Capítulo 3 ¡Nadad! ¡Nadad, pequeños guerreros!
Hinata observó como el quarterback de los Stars rellenaba su vaso con una botella que estaba posada sobre la mesa de café. Mientras acercaba el borde a sus labios, la estudió con sus pálidos y penetrantes ojos, mirándola como si pudieran perforar su cerebro.
Tenía que hacer algo para seducirle antes de que la arrojara afuera, pero ¿qué? Podía simplemente quitarse la ropa, pero como tenía tanto pecho no era exactamente algo digno de ver y quizás con ello solo conseguiría que la pusiera de patitas en la calle con más rapidez. Además, no estaba precisamente entusiasmada con la idea de desvestirse delante de un desconocido en una habitación que tenía una pared de ventanas sin cortinas. Cuando se había imaginado la parte de los desnudos, había pensado en algún sitio muy oscuro.
—Podrías irte con ellos, Rosebud. Creo que mencioné que no m'acuesto con prostitutas.
Su atroz gramática reafirmaba sus intenciones. Con cada uno de sus errores lingüísticos, el coeficiente intelectual de su bebé bajaba un poco.
Ella se tomó su tiempo.
—Siempre he encontrado horrible encasillar a la gente en un grupo.
—No me digas.
—Es algo ilógico condenar a una persona solamente por su etnia, religión o por la actividad a la que se dedican.
—¿Tú crees? ¿Qué pasa con los asesinos?
—Los asesinos no son, estrictamente hablando, un grupo coherente, así que no se trata de lo mismo. —Sabía que enredarse en un debate con él no era probablemente el mejor método para seducirlo, pero era mucho mejor oradora que seductora y no se pudo resistir a hacer prevalecer su punto de vista—. América se fundó bajo los principios de la diversidad étnica y la libertad de culto, pero ciegos prejuicios como los tuyos han causado los peores males a nuestra sociedad. ¿No lo encuentras algo irónico?
—¿'stás tratando de decirme que es mi deber patriótico como leal hijo del Tío Sam llevarte a la cama?
Ella comenzó a sonreír hasta que vio por su expresión que él estaba hablando en serio. Darse cuenta, hizo que el coeficiente de su bebé bajara un poco más.
Por un momento, evaluó la moralidad de manipular deliberadamente a alguien tan estúpido, eso sin mencionar que no tenía sentido del humor, pero la necesidad de los servicios del cuerpo de ese guerrero venció sobre sus principios.
—Sí, supongo que en cierto modo es así.
Él sujeto el vaso entre las manos.
—Bien, Rosebud. Supongo que estoy lo suficientemente borracho para darte una oportunidad antes de arrojarte a la puta calle. Comienza a mostrar tus atributos.
—Perdón.
—Veamos tus bienes.
—¿Mis bienes?
—Tu cuerpo. Tu material de trabajo. ¿Cuánto tiempo llevas en esto?
—Esto…, bueno…, en realidad, tú eres mi primer cliente.
—¿Tu primer cliente?
—Por favor no te alarmes. Estoy muy bien preparada.
Su cara se tensó y ella recordó su aversión por las prostitutas, un hecho que hacía toda esta charada particularmente difícil de llevar a cabo. Cuando había mencionado esa cuestión, Konan lo había obviado diciendo que sus compañeros de equipo iban a emborracharle y no sería demasiado difícil. Pero aunque Hinata podía ver que él había bebido, no parecía demasiado borracho.
Otra vez, tendría que mentir. Tal vez fueran las píldoras, pero comenzaba a disfrutar del proceso. Se trataba simplemente de inventar una realidad nueva, embellecerla aquí y allá y, para que colara mejor mantener el contacto visual durante todo el proceso.
—Debes ser de la vieja escuela, Sr. Namikaze, creyendo que las mujeres de mi profesión adquieren sus facultades con la práctica, eso no es cierto. Yo, por ejemplo, no soy promiscua.
Su vaso se detuvo en el aire.
—Eres prostituta.
—Cierto. Pero creo que mencioné que eres mi primer cliente. Hasta ahora sólo me he acostado con un hombre. Mi difunto marido. Soy viuda. Una viuda muy joven.
Él la miró como si no se creyera nada, así que comenzó a adornarlo.
—La muerte de mi marido me dejó con unas deudas terribles y necesito algo más que un sueldo base. Desafortunadamente, como no poseo ningún tipo de habilidad, no tengo demasiadas elecciones. Luego recordé que mi marido siempre había elogiado los aspectos íntimos de nuestro matrimonio. Pero por favor, no creas que por sólo haber tenido un socio, no estoy altamente capacitada.
—Quizá me esté perdiendo algo, pero me estás diciendo en realidad que alguien que solo ha tenido, ¿cómo has dicho? ¿Un socio?, puede estar bien entrenado.
Un punto a su favor. Volvió a aplicar el cerebro.
—Absorbí los videos instructivos que la Agencia muestra a todas sus nuevas empleadas.
—¿Los entrenan mirando videos? —Sus ojos se entrecerraron, recordándole a un cazador pensando donde apuntar el cañón—. Bueno, 'sto comienza a ponerse interesante.
Ella sintió una oleada de placer porque su niño había perdido algunos puntos más en el Test Básico de Iowa. Ni con un ordenador podría haber escogido a alguien mejor.
—No son vídeos normales. Es algo que no querrías que viera ningún chico impresionable. Pero los viejos métodos de entrenamiento no son prácticos para este trabajo en la época que vivimos, donde se corre tanto riesgo en las relaciones sexuales, al menos eso es lo que se hace en las mejores agencias.
—¿Agencias? ¿Te refieres a burdeles?
Cada vez que oía esa repelente palabra se picaba un poco.
—El término políticamente correcto es "Agencia para el placer". —Hizo una pausa. Sentía como si su cabeza flotara sobre sus hombros—. Tal vez sería mejor que las prostitutas fueran llamadas "suministradoras de placer sexual" o SPS.
—¿SPS? Te aseguro que eres como una enciclopedia
Era curioso, pero su voz parecía mas ronca cada minuto. Debía ser el alcohol. Era de agradecer que él fuera demasiado estúpido para darse cuenta de lo extraña que se había vuelto la conversación.
—Tenemos sesiones de diapositivas y conferencias de distintos ponentes, donde nos instruyen en las distintas especialidades.
—¿Qué tipo de especialidades?
Estrujó la mente.
—Ah. . . por ejemplo como representar un papel.
—¿Representar qué tipo de papel?
¿Qué tipo, ciertamente? Su mente barajó diversos escenarios, buscando uno que no involucrará ni dolor físico ni degradación.
—Bueno, tenemos algo que llamamos La Cenicienta y el Principe Azul.
—¿Y eso de que va?
—Implica… rosas. Hacer el amor en una cama llena de pétalos de rosa.
—No suena lo suficientemente fuerte para atraerme. ¿Tenéis algo un poco más picante?
¿Por qué había mencionado eso de las representaciones?
—Por supuesto, pero como eres mi primer cliente, creo que puede que sea mejor que nos atengamos a cosas más tradicionales.
—¿Cosas como el misionero?
Ella tragó saliva.
—Mi especialidad favorita. —Él no parecía demasiado excitado al respecto, claro que como su cara no mostraba ninguna expresión era difícil asegurarlo—. Además, creo que puede que tenga un talento especial para ser el socio que esté…, ehh…, esto…, que esté encima.
—Bueno, supongo que estás haciendo que venza mis prejuicios contra las prostitutas.
—Suministradoras de placer sexual.
—Lo que sea. Pero lo cierto es, que eres demasiado vieja para mí.
¡Vieja! Se estaba quedando realmente alucinada. ¡Él tenía treinta y seis años, pero tenía el morro de considerar vieja a una mujer de veinticuatro! Tal vez fuera que tenía la cabeza en las nubes, pero el que no tuviera en realidad veinticuatro no era importante. Era el hecho lo que contaba.
Ella le dirigió una mirada compasiva.
—Lo siento, me temo que no lo comprendí. Asumí que podías manejar a una mujer madura.
Lo que fuera que él estaba tragando, se fue por mal sitio y se atragantó.
Con una sensación decididamente maliciosa, señaló el teléfono.
—¿Quieres que llame a la oficina y diga que te manden a Punkin? Si acabó con lo que iba a hacer, debería estar libre.
Él dejó de toser lo suficiente como para echarle una mirada similar a una explosión sónica con los ojos.
—No tienes veinticuatro años. Los dos sabemos que no tienes ni un día menos de veintiocho. Ahora continúa y muéstrame lo que aprendiste en esas películas de entrenamiento sobre los ejercicios de calentamiento. Si captas mi interés, quizá reconsidere mi posición.
Más que nada, quería decirle que se fuera al infierno, pero no se dejó llevar por la indignación, razonó como pudo que, el fin justificaba los medios. ¿Cómo le podía seducir? No tenía ni la menor idea de ninguna estimulación sexual anterior al coito, había asumido que simplemente se pondría encima de ella y realizaría la acción, todo del mismo modo que Toneri había hecho.
—¿Qué tipo ejercicios de calentamiento has preferido en el pasado?
—¿Has traído algo de Reddi Whip1 contigo?
Notó que se ruborizaba.
—No, no lo hice.
—¿Y unas esposas?
—¡No!
—Vaya. Supongo que realmente no tiene importancia. Soy moldeable. —Se dejó caer en el sillón más grande de la habitación y agitó la mano vagamente en su dirección—. Venga, Rosebud, improvisa algo. Aunque es probable que tengas algo preparado.
Tal vez podría hacer un baile seductor para él. Era buena bailarina cuando estaba a solas, pero en público tendía a ser torpe y cohibida. Quizá pudiera hacer algunos pasos de su clase de aeróbic, aunque entre su exigente trabajo y que su ejercicio favorito era caminar a buen ritmo, normalmente salía antes de que se terminara la clase.
—Me gustaría que pusieras tu música favorita…
—Claro. —Él se levantó y caminó hacia el equipo de música—. Creo que puedo tener algo de música clásica. Apuesto que a una SPP como tú le encanta la música antigua.
—SPS.
—¿No es lo que he dicho? —Puso un disco compacto en el aparato y volvió a sentarse, la sala se llenó con la animada música de Rimsky-Korsakov, "El vuelo del moscardón". Una música con un ritmo algo más lento era más su idea de una música seductora, ¿pero ella que sabía?
Probó a balancear un poco los hombros como se hacía en el calentamiento de la clase de aeróbic, tratando de parecer seductora, pero el rápido ritmo de la música lo hizo difícil. Tranquilidad, pero las drogas que tenía en la sangre la espoleaban. Añadió unas inclinaciones laterales, diez a la derecha, luego diez a la izquierda para no quedar desequilibrada.
Su pelo rozó sus mejillas mientras se movía de una manera que esperaba fuera atrayente, pero mientras él la miraba con esos ojos taladradores, no podía ver ninguna prueba de que él estuviera poseído por la lujuria. Pensó en tocarse los dedos de los pies, pero eso no parecía ser un paso de baile demasiado grácil. Además, no se los podía tocar sin doblar las rodillas. Se estaba quedando sin inspiración.
Un. Dos. Tres. ¡Patada!
Un. Dos. Tres. ¡Patada!
Él cruzó las piernas y bostezó.
Ella experimentó con una pequeña rutina de rotación de caderas.
Él miró el reloj de su muñeca.
Estaba desesperada. Se detuvo y dejó que el moscardón siguiera volando sin ella.
—Estoy esperando que llegues a la parte que te pones a gatas.
—No bailo bien si hay gente observándome.
—Supongo que deberías haber pasado más tiempo entrenando que viendo videos. O lo hubieras arreglado con un par de pelis viejas de John Travolta. —Él se levantó y fue a bajar el volumen de la música—. ¿Puedo ser honesto contigo, Rosebud?
—Por favor.
—No me has hecho cambiar de opinión. —Él metió la mano en el bolsillo de atrás y sacó la cartera—. Déjame darte un poco de más por tu tiempo.
Ella apenas podía resistir el deseo de llorar, a pesar de que no fuera llorona por naturaleza. Iba a sacarla a patadas, y ella habría perdido la mejor oportunidad del mundo para tener el niño de sus sueños. La desesperación enronqueció su voz.
—Por favor, Sr. Namikaze. No me eches.
—Puedes estar segura que si.
—Si lo haces… Me despedirán… La cuenta de los Stars es de suma importancia para mi agencia.
—¿Si es tan malditamente importante, entonces por qué te envían a tí? Cualquiera puede ver que no sabes una mierda de cómo se comportan las prostitutas.
—Hay una convención en la ciudad. Estaban cortos de personal.
—Osea, lo que estás diciendo es que… acabé contigo por casualidad.
Ella inclinó la cabeza.
—Y si averiguan que no quedaste satisfecho con mis servicios, me despedirán. Por favor, Sr. Namikaze, necesito este trabajo. Si me echan, me quedaré sin seguro.
—¿Tienes seguro?
Si las prostitutas no tenían seguro, lo cierto era que lo deberían tener.
—Tienen un seguro dental excelente y tengo programada una endodoncia. ¿No podríamos…, no podríamos entrar en el dormitorio?
—No sé, Rosebud…
—¡Por favor! —Llevada por la desesperación, agarró rápidamente sus manos. Cerró los ojos y las presionó contra sus pechos, manteniendo las palmas de sus manos contra ellos.
—¿Rosebud?
—¿Sí?
—¿Qué haces?
—Dejándote… tocar mis pechos.
—Ajá. —Sus manos permanecieron inmóviles—. ¿No sugerían esos videos que antes te tenías que quitar la ropa?
—La tela de la chaqueta es muy delgada, estoy segura de que no hay mucha diferencia. Como te darás cuenta, no llevo nada debajo.
Sintió el calor de las palmas de sus manos sobre su piel a través de la frágil seda. No quiso ni imaginar lo que sentiría si esas manos la tocaran sin la barrera del fino tejido.
—Puedes mover las manos si quieres.
—Aprecio la oferta, pero ¿planeas abrir pronto los ojos?
Se había olvidado que estaban cerrados y rápidamente entreabrió los párpados.
Fue un error. Él estaba de pie, tan cerca, que tuvo que echar para atrás la cabeza para mirarle. Aunque veía borroso, a tan poca distancia no podía dejar de fijarse en que su boca parecía aún más dura de lo que había pensado. Vio una pequeña cicatriz en su barbilla, otra cerca del nacimiento del pelo. Era todo músculo y acero. No habría matón en ningún parque del planeta que pudiera tener el descaro de atormentar al hijo de este hombre.
¡Ese es mi columpio, sabihonda! Vete o te daré de puñetazos.
La listilla de Hinata es una gallina… La listilla de Hinata es una gallina...
—Por favor, ¿podemos ir al dormitorio?
Ella soltó sus manos y él lentamente dejó sus pechos.
—¿Realmente quieres hacerlo, no, Rosebud?
Ella inclinó la cabeza.
Él la contempló y sus ojos de guerrero no revelaron ninguno de sus pensamientos.
—Me han contratado y pagado —le recordó.
—Cierto. —Él le pareció cavilar sobre eso. Ella esperó pacientemente, dándole a su torpe cerebro todo el tiempo que necesitaba para llegar a una conclusión.
—¿Por qué no le dices a tu jefe que lo hicimos y punto?
—Tengo una cara muy transparente. Inmediatamente notaría que miento.
—No parece que haya más remedio, entonces, ¿no?
Comenzó a tener esperanzas otra vez.
—Me temo que no.
—De acuerdo, Rosebud; Tú ganas. Supongo que será mejor que subamos las escaleras. —Él metió el dedo índice bajo el lazo rosa—. ¿'stás segura que no trajiste esposas?
Ella sintió el roce de su dedo cuando tragó.
—Estoy segura.
—Tendrá que valer esto, entonces.
Tiró con fuerza del lazo como si fuera el collar de un perro. Su corazón latió con fuerza mientras la conducía por el vestíbulo y la hacía subir la alfombrada escalera sin soltarla. Su cuerpo rozó el suyo. Intentó soltarse, pero la mantuvo sujeta.
Mientras subían las escaleras, ella lo miró por el rabillo del ojo con aprensión. Sabía que era sólo su imaginación, pero repentinamente parecía más alto y fuerte. Su mirada bajó desde su pecho a sus caderas e involuntariamente abrió más los ojos. A menos que estuviese equivocada, no era tan indiferente como aparentaba. Bajo esos pantalones vaqueros parecía estar bastante excitado.
—Aquí dentro, Rosebud.
Ella tropezó mientras la hacía atravesar la puerta del dormitorio principal, todavía estaba intentado asimilar que alguien tan inepta como ella hubiera logrado excitarle. Se recordó a sí misma que era una mujer y que él tenía mentalidad de cavernícola. En su embriaguez, habría decidido que cualquier mujer valdría. Debería estar agradecida de que la metiera en su caverna por el lazo en lugar de por el pelo.
Él encendió un interruptor. La iluminación indirecta mostró una cama de gran tamaño con las mantas extendidas pero sin ningún tipo de adorno. Estaba colocada delante de una pared que tenía una fila de ventanas con los postigos cerrados. Había una cómoda, un sillón confortable y un par de mesillas de noche, pero muy poco desorden.
Él soltó el lazo y se giró para cerrar la puerta. Ella tragó saliva cuando el echó el cerrojo.
—¿Qué haces?
—Algunos de mis compañeros tienen llave de este lugar. Supongo que no querrás tener compañía. Corrígeme si me equivoco…
—No, no. No estás equivocado.
—¿Estás segura? Algunas PSS se especializan en grupos.
—SPS. Y esas son de nivel tres. Yo soy de nivel uno. ¿Podemos apagar las luces, por favor?
—¿Cómo voy a verte si hacemos eso?
—La luz de la luna entra por esos postigos. Estoy segura de que verás más que de sobra. Y así será más misterioso.
En vez de esperar su permiso, se precipitó hacia el interruptor y apagó la luz. La habitación se iluminó inmediatamente por anchos listones de luz de luna que se vertía por los postigos.
Él se dejó caer sobre la cama y le dio la espalda. Ella miró como se sacaba el polo por la cabeza. Los músculos de sus hombros ondearon cuando la echó a un lado.
—Puedes poner tus ropas en esa silla.
Sus rodillas temblaban cuando caminó hacia la silla que le había indicado. Ahora que era la hora de la verdad, se quedó tan paralizada por un miedo que ni siquiera el efecto de las píldoras lo podía enmascarar. Una cosa era pensar en el encuentro en abstracto y otra muy distinta encarar la realidad de tener sexo con un desconocido.
—Quizá te gustaría hablar un poco primero. Llegarnos a conocer el uno al otro.
—Perdí todo interés en hablar cuando atravesamos la puerta del dormitorio.
—Ya veo.
Sus zapatos repicaron sobre el suelo.
—¿Rosebud?
—¿Sí?
—Déjate puesto el lazo.
Ella se agarró a la silla para sujetarse.
Él la miró y, con un golpecito de sus dedos, abrió el botón de sus vaqueros. Los rayos de la luna iluminaron su pecho desnudo y bajó la vista a sus caderas. Su deseo era tan pronunciado que no podía apartar los ojos de él. ¿Había provocado ella eso?
Él se ocultó de su vista cuando se sentó sobre el borde de la cama para sacarse los calcetines. Sus pies desnudos eran rectos y estrechos, mucho más largos que los de Toneri. Hasta ahora todo en él era más grande que en Toneri. Ella aspiró profundamente y se sacó los tacones.
Con sólo sus vaqueros desabotonados, se acostó en la cama y se apoyó contra las almohadas. Ella tocó el botón de su chaqueta. Él cruzó los brazos detrás de la cabeza y la observó.
Mientras tocaba el botón, oleadas de pánico le pusieron la piel de gallina e intentó reconfortarse a sí misma. ¿Qué pasaría si la viera desnuda? No era como si tuviera algo inusual bajo las ropas y ella lo necesitaba tan desesperadamente. Ahora que lo había visto, no se podía imaginar a nadie más engendrando su niño.
Pero su mano estaba paralizada. Miró su cremallera bajada, que revelaba una estrecha línea de vello que dividía su abdomen plano.
—¡Hazlo ! —gritaba su cerebro—. ¡Deja que te vea! —Pero sus dedos no se movieron.
Él la observó, sin decir nada. No había bondad en esa mirada dura. Ni caballerosidad. Ni nada que pudiera reconfortarla.
Cuando trato de salir de su parálisis, recordó que a Toneri no le había gustado la estimulación sexual que precede al coito. Le había dicho que le pasaba a todos los hombres, el resultado final era todo lo que importaba. Naruto probablemente apreciaría si ella simplemente le dejara llegar al final. Caminó hacia la cama.
—Tengo gomas en el cajón de arriba del cuarto de baño, Rosebud. Vete a por una.
Si bien su petición lo hacía más complicado, estaba satisfecha con esta prueba de sus habilidades de supervivencia. Podía no ser demasiado inteligente, pero tenía algunos destellos, una valiosa herencia para un niño.
—No hay necesidad —dijo ella suavemente—. Vine preparada.
Extendiendo su pierna ligeramente, subió la falda sobre su pierna izquierda. Recorrió la seda blanca que cubría su muslo. Metió el dedo debajo y sacó un condón que había metido bajo el borde de la media, la alcanzaron las implicaciones morales de lo que estaba haciendo. Deliberadamente había saboteado el condón y eso era un robo.
Estudiar física de partículas, distanciaba a la gente de Dios o la acercaba.
A ella le habían sucedido las dos cosas; comenzó a racionalizar. Él valía para lo que ella necesitaba y no dañaba a nadie al hacerlo. Era simplemente un instrumento. No era nada negativo para él.
Ahogando las náuseas, abrió el paquete y le dio el condón. Incluso bajo la tenue luz, no quería que advirtiera que el paquete había sido manipulado.
—Bueno, parece que eres eficiente en algo.
—Muy eficiente. —Inspiró profundamente, tiró de su falda lo suficiente para poder arrodillarse en el borde del colchón. Luego se montó a horcajadas sobre sus muslos, determinada a terminar con eso tan rápidamente como pudiera.
Él la miró, con los brazos cruzados detrás de su cabeza y el condón entre sus dedos. Quedándose de rodillas, reunió coraje y alcanzó la pretina abierta de sus pantalones vaqueros. Las puntas de sus dedos rozaron la piel tensa de su abdomen y lo siguiente que supo fue que estaba tumbada.
Con un siseo de alarma, lo miró. Su peso la presionaba contra el colchón, y las palmas de sus manos inmovilizaban sus hombros para que no pudiera moverse.
—¿Q-q-qué estás haciendo?
Su boca era una línea dura y delgada.
—El juego terminó, querida. ¿Quién demonios eres?
Ella jadeó. No sabía si por su peso o de miedo, pero sentía como si sus pulmones no pudieran coger aire.
—No sé lo que quieres decir.
—Quiero la verdad, y la quiero ahora. ¿Quién eres?
Había subestimado sus destellos de inteligencia y sabía que no podía ofrecerle otra explicación enrevesada. La única manera de salvar la situación era con simplicidad. Pensó en Konan y se obligó a sí misma a mirarlo directamente a los ojos.
—Soy una admiradora.
La miró con aversión.
—Eso es lo que pensé. Una pelinegra tonta y aburrida de la jet-set con inclinación a coleccionar camisetas de futbolistas.
¡Una pelinegra tonta! ¡Pensaba que ella era una tonta! La novedad la perturbó y le llevó un momento recuperarse.
—No me importan las camisetas de los demás —dijo precipitadamente—. Sólo la tuya.
Esperaba que no le preguntase el número porque no tenía ni idea. La investigación personal que había hecho había girado sobre sus datos médicos: Colesterol, vista, ninguna enfermedad crónica genética, sólo una gran variedad de lesiones que no le preocupaban.
—Debería sacarte a patadas de aquí.
A pesar de sus palabras, él no se movió. Seguía presionando su dureza contra su muslo y ella sabía por qué.
—Pero no lo harás.
Por un momento, él no dijo nada. Luego se incorporó sobre sus rodillas, soltando sus hombros.
—Cierto. Supongo que estoy lo suficientemente borracho para olvidarme que hace años que paso de las admiradoras.
Él se sentó sobre la cama y se sacó los vaqueros. La luz de la luna iluminaba su cuerpo, había algo primitivo y elementalmente masculino en él. Apartó la mirada mientras se ponía el condón saboteado. Iba a ser ahora.
Se le quedó la boca seca cuando se tumbó y llevó a la vez la mano al botón de su chaqueta. Ella se sobresaltó e instintivamente intentó coger su mano.
Él apretó los dientes y masculló algo que pareció una maldición.
—Decídete, Rosebud, y hazlo rápido.
—Quiero… Quiero quedarme con la ropa puesta. —Antes de que él pudiera responder, le agarró la muñeca y metió su mano bajo la falda. Una vez que hizo eso, lo soltó, porque si no podía seguir él solo, estaba condenada.
No necesitaba preocuparse.
—Te aseguro que estás llena de sorpresas, Rosebud. —Él acarició a lo largo de su media, luego se movió más arriba, recorriendo el liguero hasta encontrar el cinturón de encaje. Ahora él sabía exactamente lo poco que llevaba bajo la falda.
—No te gusta desaprovechar el tiempo, ¿eh?
Apenas pudo forzar las palabras a salir de su garganta.
—Te deseo. Ya.
Se obligó a sí misma a abrir las piernas, pero los músculos en sus muslos estaban tan tensos, que apenas lo podía hacer. Él los acarició, tranquilizándola como si fuera una gata en celo.
—Relájate, Rosebud. Para desearme tanto te aseguro que estás bastante tensa.
—A-a-anticipación. —Por favor dame un bebé. Sólo dame un bebé y déjame salir de aquí.
Sus dedos rozaron el vello suave de la unión de sus muslos y se quiso morir de vergüenza. Se sobresaltó cuando su caricia se hizo más íntima, luego trató de convertirlo en un gemido de pasión. Tenía que relajarse. ¿Cómo podría concebir estando tan tensa?
—¿Te lastimo?
—No. Desde luego que no. Nunca desee tanto a nadie.
Él dio un bufido de incredulidad y comenzó a subir la falda hasta la cintura, para poder cogerla por la parte superior de sus muslos.
—Por favor no hagas eso.
—No tengo ganas de volver a tener dieciséis años otra vez y hacerlo en el callejón de detrás de la farmacia de Delafield. —Su voz tenía una ronquera que no había oído antes, dándole la impresión que no encontraba esa fantasía particularmente desagradable.
¿Cómo sería, se preguntó, ser la chica que se besuqueaba con el héroe local de fútbol en el callejón detrás de la farmacia? Cuando ella tenía dieciséis años estaba en la universidad. En el mejor de los casos, sus compañeros de clase la habían tratado como a una hermana pequeña; En el peor de los casos, habían hecho sarcásticos comentarios como—: Es la pequeña perra que rompe la media del curso.
Él arrastró su boca sobre su chaqueta. Ella sintió el calor húmedo de su respiración sobre su piel, y casi saltó fuera de la cama cuando sus labios encontraron la protuberancia de su pezón.
Una ráfaga ardiente de deseo, tan inesperada como apabullante, la atravesó. Él cerró su boca sobre su pezón y jugueteó con él sobre la seda con la punta de la lengua. La sensación inundó su cuerpo, en oleadas, impactando en todo su cuerpo.
Luchó contra lo que estaba ocurriendo. Si se permitía disfrutar del placer momentáneo de sus caricias, no sería mejor que la prostituta por la que había intentado hacerse pasar. Tenía que ser un sacrificio o nunca podría vivir consigo misma.
Pero Toneri siempre había ignorado sus pechos y las sensaciones eran tan dulces.
—Oh. Quiero… Por favor no hagas eso. —Desesperadamente, tiró de él para que se recostara sobre ella.
—Eres difícil de complacer, Rosebud.
—Sólo hazlo. ¡Hazlo, ya!
Ella oyó algo que sonó a cólera en su voz.
—Lo que la señora quiera.
Sus dedos la abrieron. Y luego sintió una presión horrible mientras se impulsaba dentro de ella. Ella presionó la mejilla contra la almohada e intentó no llorar.
Él maldijo y comenzó a apartarse.
—¡No! —Ella se agarró a sus caderas y clavó sus uñas en sus nalgas duras—¡No, no lo hagas!
Él se quedó quieto.
—Entonces rodéame la cintura con las piernas.
Ella hizo lo que le dijo.
—¡Más fuerte, maldita sea!
Ella apretó los muslos, luego apretó los ojos cerrados cuando él lentamente comenzó a avanzar dentro de ella.
La presión le dolía, pero ella había esperado que la fuerza de su guerrero le causara dolor. Lo que no había esperado fue lo rápidamente que el dolor se convirtió en calor. Sus movimientos eran pausados y los envites profundos y lentos, seda y acero que hicieron que la atravesaran relámpagos de placer.
El sudor de su cuerpo humedeció la frágil barrera de su ropa. Él alcanzó bajo ella y atrapó sus caderas con sus manos. Las subió, haciendo que sintiera esos espasmos calientes en todo su cuerpo. Su excitación aumentó a la vez que luchaba por suprimirla. ¿Por qué no la había podido amar Toneri de esa manera una sola vez?
Encontrar tal placer al mantener relaciones sexuales con un desconocido la avergonzaba y, cuando las sensaciones se intensificaron, trató de concentrarse en su investigación, invocando el gran quark que la obsesionaba. Pero su mente se negaba a centrar su atención en partículas subatómicas y supo que tenía que hacer algo o la llevaría al orgasmo, algo que sería imperdonable. Se insensibilizó, pero al mismo tiempo su cerebro la advertía del peligro de incitar a un guerrero.
—Oye… ¿te va a llevar todo el día?
Él se quedó absolutamente quieto.
—¿Qué has dicho?
Ella tragó saliva, y su voz fue como un suave graznido.
—Ya me oíste. ¿Creía que…, suponía que eras un amante genial? ¿Por qué está llevándote tanto tiempo?
—¿Tanto tiempo? —Se echó lo suficiente para atrás como para mirarla con cólera—. ¿Sabes qué, señora? ¡Estás como una cabra! —Y luego se abalanzó sobre ella.
Ella se mordió los labios para abstenerse de gritar cuando él se movió con brusquedad. Una y otra vez.
Ella se pegó a él con muslos y brazos, haciéndose responsable de sus envites con sombría determinación. Se mantendría con él y no sentiría nada.
Pero su cuerpo se rebeló. Las oleadas de placer no deseadas se incrementaron. Se quedó sin aliento. Subió.
Entonces los músculos de Naruto se tensaron. Cada parte de su cuerpo se puso rígida y ella sintió el momento cuando se derramó dentro de ella.
Ella cerró firmemente sus manos en puños, olvidando su placer. ¡Nadad! ¡Nadad, pequeños guerreros! ¡Nadad, dulces fabricantes-de-bebes sin cabeza! Con ternura por el regalo que él le había proporcionado, presionó sus labios contra su hombro húmedo y le dio un suave beso de gratitud.
Él cayó hacia delante, presionándola con su peso.
Ella mantuvo sus muslos enredados sobre sus caderas, sin dejarle ir cuando sintió que comenzaba a retirarse. Sólo un poco más. Aún no.
Su voluntad no era adversario para su fuerza. Él se apartó y se sentó en el borde de la cama. Apoyando los codos en las rodillas, se quedó allí, con la mirada fija en la nada y respirando profundamente. El lazo de alrededor de su cuello estaba suelto, y, en cuanto ella se movió, cayó encima de la almohada.
Rayos de luz de luna rozaban su espalda, y ella pensó que nunca había visto a nadie que pareciera tan solo. Quiso extender la mano y tocarle, pero no pudo entrometerse en su privacidad. Lo incorrecto de lo que había hecho la golpeó con fuerza. Era una mentirosa y una ladrona.
Él se levantó y se dirigió hacia el cuarto de baño.
—Quiero que te hayas ido cuando salga.
