Capítulo 4 Consejera Espiritual


Mientras Naruto permanecía bajo la ducha del vestuario, se encontró pensando en Rosebud en vez de en el desastroso entrenamiento que acababa de realizar o en que le dolía el hombro, le latía el tobillo y que ninguna de las dos cosas parecía sanar tan rápidamente como solían hacerlo. No era la primera vez que había pensado en Rosebud desde la noche de su cumpleaños, dos semanas atrás, pero no podía explicarse por qué continuaba apareciendo de pronto en su mente o por qué se había sentido tan inmediatamente atraído por ella. Solo sabía que en el mismo momento que había entrado en su sala de estar, con ese lazo rosa alrededor del cuello, la había deseado.

Ese deseo lo confundía porque ella no era su tipo. Aunque era atractiva con su cabello negro y esos ojos grises tan claros, estaba a kilómetros de las bellas chicas con las que solía salir. Su piel era algo excepcional, lo admitía, exactamente igual que el helado de vainilla francés, pero era demasiado alta, tenía poco pecho y era jodidamente vieja.

Inclinó la cabeza y dejó que el agua lo salpicara. Quizá había sido absorbido por todas sus contradicciones: La inteligencia de esos ojos grises era opuesta a esa historia ridícula que le había contado, y esa graciosa dignidad en su manera de mover la cabeza a los torpes intentos de seducirle.

Él rápidamente se había imaginado que era una de las fans de la jet-set buscando una emoción barata al hacerse pasar por una prostituta, y no le había gustado la idea de sentirse atraído por una mujer así, por eso le había dicho que se fuera. Pero no lo había dicho realmente en serio. En lugar de estar irritado por sus mentiras, en general, le había hecho gracia su desesperada seriedad cuando le había explicado detalladamente una historia tras de otra.

Pero lo que había sucedido en su dormitorio era algo que no podía olvidar. Algo había estado muy mal. ¿Por qué se había negado ella a sacarse la ropa? Incluso cuando estaban a punto de hacerlo, no le había dejado desnudarla. Había sido muy extraño y también había sido tan jodidamente erótico que no podía dejar de pensar en ello.

Frunció el ceño, recordando que ella no le había dejado hacer que se corriera. Lo había deseado. Calaba a la gente bastante bien, y aunque se había dado cuenta de que era una mentirosa, la había considerado esencialmente inofensiva. Ahora no estaba tan seguro. Era casi como si ella tuviera alguna intención oculta, pero no se podía imaginar nada más allá que añadir otro nombre en su haber antes de dirigirse hacia otro deportista famoso.

Mientras Naruto se aclaraba el champú del pelo, Rock Lee gritó desde el vestuario.

—Dinamita, Asuma Yūhi al teléfono. Quiere hablar contigo.

Naruto se ajustó una toalla alrededor de las caderas y se dirigió al teléfono. Si hubiera sido cualquier otra persona, desde el comisario de la NFL a John Madden, le habría dicho a Rock Lee que ya devolvería la llamada. Pero no hizo eso con Asuma Yūhi. Habían coincidido sólo durante los últimos años de la carrera de A.Y, pero daba lo mismo. Si A.Y. quisiera su brazo derecho, Naruto creía que probablemente se lo daría. Eso indicaba el gran respeto que sentía por el ex-jugador de los Stars que, en su opinión, había sido el mejor receptor en la historia de la NFL.

Naruto sonrió cuando la familiar voz arrastrada con acento tejano llegó por la línea telefónica.

—Hola Naruto, ¿Vendrás hasta Telarosa para mi torneo benéfico de golf en mayo? Considera esta llamada como una invitación personal. Habrá la barbacoa más grande que puedas imaginar y unas mujeres tan bellas que ni siquiera tú sabrás que hacer con ellas. Pero con Kurenai mirando, tendré que dejar que seas tú quien las entretenga. Esta esposa mía me tiene atado con una correa bien corta.

Como las lesiones no habían permitido que Naruto participara en los últimos torneos de A.Y, no conocía a Kurenai, pero conocía lo suficiente a Asuma como para saber que no había mujer en el mundo que pudiera tenerlo atado de una correa.

—Te lo prometo, A.Y.

—A Kurenai le encantará. ¿Sabes que salió elegida alcaldesa de Telarosa justo antes de que Mirai naciese?

—Eso oí.

Asuma procedió a hablar de su esposa y su hija recién nacida. Naruto no estaba demasiado interesado, pero fingió estarlo porque sabía que era importante para A.Y. hacer como si su familia fuera el centro de su vida ahora que estaba retirado y que había perdido el fútbol del todo. Asuma nunca se había quejado por haber sido forzado a retirarse por una lesión en la rodilla, pero Naruto sabía que le tenía que desgarrar por dentro. El fútbol había sido la vida de Asuma, igual que lo era para Naruto, y el no poder esperar los partidos con ilusión, sabía que hacía que la existencia de su ex-compañero de equipo fuera tan vacía como un estadio la noche de los martes.

Pobre A.Y. Naruto sabía que nunca se había quejado de la injusticia de ser obligado a dejar el fútbol y se prometió a sí mismo, que no iba a dejar que nada lo apartara antes de que estuviera preparado. El fútbol era su vida, y nada alteraría eso. Ni la edad. Ni las lesiones. Nada.

Cuando acabó la conversación, se dirigió al vestuario para vestirse. Mientras se ponía sus ropas, sus pensamientos abandonaron a Asuma y regresaron a la noche de su cumpleaños. ¿Quién era ella, maldita sea? ¿Y por qué no la podía sacar de su mente?

—¿Me has hecho venir hasta aquí sólo para poder preguntarme sobre mis gastos de transporte al congreso de Suna? —Hinata nunca perdía el control en situaciones profesionales, pero mientras miraba al responsable del proyecto de Laboratorios Sanofi, quiso gritar.

El Dr. Nagato Miles levantó la cabeza de los documentos que había estado estudiando en su escritorio.

—Tú puedes considerar este tipo de detalles como molestias menores, Hinata, pero como responsable ante los Laboratorios Sanofi, te aseguro que no son menores para mí.

Él se pasó la mano por la cabeza, sobre su pelo gris demasiado largo, como si ella lo hubiera frustrado más de lo que podía aguantar. El gesto pareció tan estudiado como su aspecto. Ese día el uniforme de Nagato constaba de un jersey amarillo de poliéster con el cuello vuelto, una raída chaqueta azul marino con las hombreras salpicadas de caspa y unos pantalones de pana gastados, compasivamente ocultos por el escritorio.

No era costumbre de Hinata juzgar a las personas por su ropa, la mayor parte del tiempo estaba demasiado ocupada para fijarse, pero sospechaba que la apariencia descuidada de Nagato era deliberadamente cultivada para ajustarse a la imagen de físico excéntrico, un estereotipo que había muerto hacía más de una década, pero Nagato debía creer que así disimularía el que no se mantuviera al tanto de los descubrimientos de la física moderna.

Las teorías de las Supercuerdas1 lo desconcertaban, la supersimetría lo frustraba y, a diferencia de Hinata, no podía manejar con soltura la matemática moderna que los científicos como ella inventaban prácticamente cada día. Pero a pesar de sus defectos, Nagato había sido designado dos años antes por Laboratorios Sanofi como director del proyecto, una maniobra orquestada por los más viejos y conservadores miembros de la empresa, que querían que uno de los suyos dirigieran un proyecto tan prestigioso. La relación de Hinata en el proyecto Sanofi había sido una maraña burocrática infernal desde entonces. Por el contrario, su trabajo en Newberry le parecía notablemente elemental.

—En el futuro —dijo Nagato— vamos a necesitar más documentos para justificar este tipo de gastos. La factura del taxi desde el aeropuerto, por ejemplo. Es escandalosa.

Encontró sorprendente que un hombre en ese puesto no pudiera encontrar nada mejor que ocuparse de algo tan insignificante.

—El aeropuerto Suna está algo lejos de la ciudad.

—En ese caso, deberías haber usado el autobús del hotel.

Apenas podía reprimir la frustración. No era sólo que Nagato fuera un científico incompetente, además era sexista, ya que sus compañeros varones no tenían que experimentar ese tipo de escrutinio. Por supuesto, tampoco habían hecho que Nagato quedara como un tonto.

Cuando Hinata tenía poco más de veinte años y todavía estaba rodeada por una nube de idealismo, había escrito un artículo que tiraba por los suelos una de las teorías favoritas de Nagato, que aunque había sido un poco prepotente por su parte le había acarreado bastantes felicitaciones. Su puesto dentro de la comunidad científica nunca había vuelto a ser lo mismo, y él nunca la había perdonado.

Ahora, arrugaba la frente y cuestionaba su trabajo, no era sencillo que él comprendiera la futilidad de todo eso. Mientras el pontificaba, la depresión que la acosaba desde que había decidido quedarse embarazada hacía dos meses se hizo más profunda. Si llevara dentro a su hijo en ese momento, las cosas podían no parecer tan poco prometedoras.

Como feroz defensora de la verdad, sabía que lo que había hecho esa noche estaba moralmente mal, pero estaba confundida por el deseo de ser madre que le había parecido correcto, puede que fuera que no hubiera podido escoger mejor candidato para ser padre de su bebé. Naruto Namikaze era un guerrero, agresivo y fuerte, cualidades de las que ella carecía. Pero había algo más, algo que ella no podía explicar, algo que explicaba su absoluta idoneidad. Una voz interior, vieja y sabia, le decía lo que la lógica no podía explicar. Sería Naruto Namikaze o nadie.

Desafortunadamente esa voz interna no le decía cómo debía encontrar el valor para abordarle otra vez. La Navidad había llegado y se había ido, pero aunque deseaba desesperadamente un bebé, no se podía imaginar propiciando otro encuentro sexual.

La visión en los labios de Nagato Miles de la sonrisa del gato que se acaba de comer al canario la devolvió bruscamente al presente.

— …probado para evitar todo eso, Hinata, pero en vista de las dificultades que hemos tenido estos últimos años, no me parece que quede otra opción. Así que ahora me presentarás un informe el último día de cada mes detallando todas tus actividades y poniéndome al día sobre tu trabajo.

—¿Un informe? No entiendo.

Cuando comenzó a explicarle detalladamente lo que quería de ella, no pudo evitar estremecerse. Nadie más estaba obligado a hacer nada así. Era una tarea laboriosa y burocrática pero no productiva y eso iba contra la esencia del proyecto Sanofi.

—No haré eso. Es totalmente injusto.

Él le dirigió una mirada débilmente compasiva.

—Estoy seguro que al consejo no le gustará oír eso, sobre todo cuando se tiene que renovar tu contrato este año.

Estaba tan indignada que apenas podía hablar.

—He hecho un trabajo excelente, Nagato.

—Entonces deberías entregarte de la misma manera para preparar ese informe cada mes y que yo pueda compartir tu entusiasmo.

—Nadie tiene que hacerlo.

—Eres demasiado joven, Hinata; y no tan prudente como todos los demás.

Y además era una mujer y él un imbécil machista. Años de autodisciplina evitaron que dijera nada de eso en voz alta, la dañaría más a ella que a él. En vez de eso, se puso de pie y, sin una palabra, se marchó de su oficina.

Estaba completamente furiosa mientras llegaba al primer piso en el ascensor y cruzaba el vestíbulo. ¿Cuánto tiempo más tendría que aguantar eso? Otra vez, lamentó que su amiga Tenten estuviera fuera del país. Necesitaba un oído comprensivo.

La tarde gris de enero mostraba la desagradable sensación de permanencia que siempre parecía colgar sobre el norte de Amegakure a esas alturas del año. Temblaba cuando se subió a su Saturno y aceleró hacia la escuela primaria de Aurora donde tenía programado dar una charla sobre ciencia para tercer grado.

Algunos de sus colegas se metían con ella sobre su trabajo voluntario. Le decían que tener una física teórica de renombre mundial enseñando en una escuela primaria, especialmente en una que tenía una mala situación económica, era como tener a Itzhak Perlman impartiendo primero de violín. Pero el estado de la educación de física en las escuelas primarias la molestaba y hacía lo que estaba en su mano para cambiarla.

Mientras se apresuraba hacia el aula de tercer curso, cargando con el material que traía para los nuevos experimentos, se obligó a apartar sus pensamientos del nuevo acto de sadismo burocrático de Nagato.

—Doctora Hyū, doctora Hyū.

Sonrió ante la manera en que los alumnos de tercer grado habían acortado su apellido. Había ocurrido durante su primera visita hacía dos años y como no se había molestado en corregirles, el diminutivo había permanecido. Mientras les devolvía los saludos y contemplaba sus caras ansiosas y traviesas, su corazón se encogió. Cómo quería tener un niño suyo.

Se sintió asqueada contra sí misma. ¿Iba a pasarse el resto de su vida autocompadeciéndose porque no tenía un hijo, pero sin haber hecho nada para remediar la situación? No era de extrañar que no hubiera podido concebir el bebé del guerrero. ¡No tenía coraje!

Cuando empezó su primer experimento, usando una vela y una caja vacía de harina de avena, tomó una decisión. Desde el principio había sabido que sus posibilidades de concebir después de un único intento eran muy leves y era el momento de intentarlo otra vez ese fin de semana, cuando su fertilidad estaba al máximo.

Averiguó en las páginas de deportes que los Stars estarían en Nuevopolis para los cuartos del campeonato AFC ese fin de semana. Según Konan, Naruto se iba a la casa de su familia en Kirigakure poco después de que la temporada se terminara, así que si lo postergaba más, era posible que él se fuera.

Su conciencia escogió ese momento para recordarle que lo que estaba haciendo era inmoral, pero censuró con firmeza esa voz fastidiosa. El sábado, dejaría atrás todas sus dudas y se dirigiría hacia Nuevopolis. Quizá esa vez el legendario quarterback podría meterle un buen gol.

Había llovido durante todo el día en Nuevopolis, haciendo que se retrasara el vuelo de los Stars del sábado por la mañana y que se perdieran todos los enlaces. Cuando Naruto llegó al hotel el sábado por la noche y se dirigió al ascensor, era cerca de la medianoche, una hora más tarde que el toque de queda normal la noche anterior a un partido. Subió con Konohamaru Sarutobi, pero ninguno de los dos dijo una palabra. Ya se habían dicho todo algunas horas antes en una rueda de prensa. Ambos odiaban besarse el culo en público para engañar a todo el mundo, pero era parte del trabajo.

En cada una de esas ocasiones, Naruto se veía forzado a mirar a los reporteros a los ojos y hablar sin parar sobre el talento de Konohamaru y cuánto apreciaba su apoyo y cómo los dos querían únicamente lo mejor para el equipo. Luego Konohamaru hablaba sobre todo el respeto que le merecía Naruto y el privilegio que era pertenecer a los Stars. Todo eso no eran más que tonterías. Los periodistas lo sabían. La afición lo sabía. Naruto y Konohamaru lo sabían, pero, de todas maneras, tenían que hacer el numerito una y otra vez.

Cuando Naruto llegó a su habitación, puso el video del último partido de los Colts en el video del hotel y se sacó los zapatos. Cuando se acostó en la cama para mirarlo, dejó de lado los pensamientos sobre Konohamaru para concentrarse en la línea defensiva de los Colts. Pasó deprisa el segundo cuarto y observó su juego defensivo, entonces encontró lo que buscaba. Rebobinó y lo miró otra vez.

Fijando la mirada en la pantalla, desenvolvió el caramelo de menta de la almohada y lo comió. A menos que sus ojos lo engañaran, los colts tenían la mala costumbre de señalar un ataque sorpresa mirando dos veces hacia el banquillo. Naruto sonrió y almacenó la información.

Hinata se paró delante de la puerta de la habitación de Naruto Namikaze vestida con el traje de seda y aspirando profundamente. Si lo de esta noche no funcionaba, tendría que aprender a vivir con la autocompasión porque no podría enfrentarse a eso otra vez.

Se percató que se había olvidado de sacarse las gafas y rápidamente las metió dentro del bolso, luego subió la cadena dorada a su hombro. Ojalá tuviera alguna de esas píldoras relajantes de Konan, así todo esto sería más fácil, pero esta noche actuaba sin ayuda externa. Reuniendo toda su fuerza de voluntad, levantó la mano y golpeó la puerta.

La puerta se abrió. Vio un pecho desnudo. Vello oscuro en el pecho desnudo. Y un par de ojos marrones.

—L-l-lo lamento. Me parece que me he equivocado de habitación.

—Supongo que eso depende de lo que busques, corazón.

Era joven, quizá veinticuatro o veinticinco años, y arrogante.

—Busco al Sr. Namikaze.

—Entonces tienes suerte, porque has encontrado algo mejor. Soy Konohamaru Sarutobi.

Ella finalmente lo reconoció por los partidos de la tele que había estado mirando, aunque parecía que tenía menos años sin casco.

—Me informaron que el Sr. Namikaze estaba en la habitación 542. —¿Por qué había confiado en que Konan obtuviera la información correcta?

—Se equivocaron. —Una mueca de desagrado apareció en su boca y ella entendió que lo había insultado por no reconocerle.

—¿No sabrás cual es su habitación?

—Ah, bueno, si lo sé. ¿Qué tipo de asunto tienes con el viejo?

¿Qué tipo de asunto, de hecho?

—Es algo privado.

—Apuesto que sí.

Su mirada lasciva la molestó. Este joven definitivamente necesitaba que alguien lo pusiera en su lugar.

—Soy una especie de consejera espiritual.

Sarutobi echó hacia atrás la cabeza y se rió.

—¿Es que ahora se llama así? Bueno, seguro que puedes hacer que olvide todos sus problemas sobre envejecer.

—Las conversaciones que tengo con mis clientes son confidenciales. ¿Me puedes decir por favor su número de habitación?

—Haré algo mejor. Te llevaré hasta allí.

Ella vio un destello malicioso en sus ojos y supo que incluso con su buena presencia y su inmejorable salud, era demasiado listo para ser candidato a padre de su bebé.

—No es necesario que te molestes.

—Oh, no me lo perdería por nada del mundo. Déjame coger mi llave.

Cogió la llave, pero no perdió el tiempo en ponerse la camisa y los zapatos y caminó descalzo por el pasillo. Giraron una esquina y recorrieron otro pasillo antes de detenerse delante de la habitación 501.

Ya era lo suficiente difícil enfrentarse a Naruto sin tener espectadores, así que rápidamente extendió la mano y se la estrechó.

—Muchas gracias, Sr. Sarutobi. Agradezco tu ayuda.

—No es nada. —Él soltó su mano y golpeó ruidosamente con los nudillos dos veces contra la puerta.

—Creo que puedo continuar yo sola. Gracias otra vez.

—De nada. —No hizo ningún movimiento para irse.

La puerta se abrió y Hinata se quedó sin aliento cuando otra vez se encontró cara a cara con Naruto Namikaze. Al lado de la gloriosa juventud de Konohamaru Sarutobi, parecía todavía más guerrero de lo que recordaba y, se dio cuenta que ante todo, los dos eran formidables: Un insensible rey Arturo ante el inexperto Lancelot que era Sarutobi. No había recordado lo poderosa que era su presencia y contuvo el deseo de dar un paso atrás.

La voz arrastrada de Sarutobi pareció deliberadamente insolente.

—Mira qué encontré vagabundeando por ahí, Narutobi. Tu consejera espiritual.

—¿Mi qué?

—Me dieron el número de la habitación del Sr. Sarutobi por equivocación —dijo ella precipitadamente—. Ha sido muy amable al escoltarme hasta aquí.

Konohamaru le sonrió.

—¿Te dijo alguien alguna vez que hablas de una manera muy graciosa? Deberías dedicarte a narrar películas sobre fauna silvestre en la tele.

—O a ser el jodido mayordomo de alguien —masculló Naruto. Sus ojos azules la taladraron—. ¿Qué haces aquí?

Konohamaru cruzó los brazos en la espalda y se recostó contra la jamba de la puerta para observar. Hinata no tenía ni idea de lo que pasaba entre estos dos hombres, pero supo que no eran amigos.

—Vino para que olvidaras los problemas de tu vejez, Narutobi.

Un pequeño músculo comenzó a palpitar en la mandíbula de Naruto.

—¿No tienes que ver algunos videos de partidos, Sarutobi?

—No. Ya sé lo mismo que Dios sobre la defensa de los Colts.

—¿De verdad? —Lo miró con esos ojos de guerrero maduro—. ¿Y sabes que señales se hacen cuando están a punto de realizar un ataque sorpresa?

Konohamaru se quedó petrificado.

—No creía que lo supieras. Vete a hacer tu tarea, chico. Ese brazo de oro tuyo no vale una mierda si no sabes leer una defensa.

Hinata no tenía ni idea de lo que hablaban, pero entendió que Naruto de alguna manera, había puesto a Konohamaru en su lugar.

Konohamaru se apartó de la jamba de la puerta y le guiñó el ojo a Hinata.

—No te quedes demasiado tiempo. Los viejos como Narutobi necesitan su sueño reparador. Siéntete en libertad para pasar por mi habitación cuando te vayas. Estoy seguro de que no estarás cansada.

Aunque el descaro del joven tenía su gracia, todavía necesitaba que lo pusieran en su lugar.

—¿Precisas consejo espiritual, Sr. Sarutobi?

—Más de lo que puedas imaginar.

—Entonces rezaré por ti.

Él se rió y se fue pasillo abajo, lleno de juventud y patente irrespetuosidad. Sonrió a pesar de sí misma.

—¿Por qué no te vas con él, Rosebud, ya que piensas que es tan jodidamente gracioso?

Ella devolvió su atención a Naruto.

—¿Fuiste tan arrogante cuándo eras joven?

—¡Desearía que todo el mundo dejara de hablar de mí como si tuviera un pie en una jodida tumba!

Dos mujeres doblaron la esquina y se detuvieron cuando lo vieron. Él agarró su brazo y la atrajo al interior.

—Entra.

Cuando cerró la puerta tras ella, recorrió la habitación con la mirada. Las almohadas estaban amontonadas contra el cabecero de la enorme cama y la colcha estaba arrugada. La pantalla de la televisión parpadeaba.

—¿Qué estás haciendo en Nuevopolis?

Ella tragó.

—Creo que sabes la respuesta a esa pregunta. —Con una intrepidez que no creía poseer, deslizó la palma de la mano sobre el interruptor al lado de la puerta.

La habitación se quedó rápidamente en una oscuridad que sólo era aliviada por la luz oscilante de la pantalla de la televisión.

—Sigues sin creer en andarte con rodeos, ¿verdad, Rosebud?

Perdió rápidamente coraje. Esta segunda vez iba a ser aún más difícil que la primera. Dejó caer su bolso al suelo.

—¿Con qué fin? Ambos sabemos a dónde nos dirigimos.

Con el corazón latiendo con fuerza, metió los dedos en la cinturilla de sus pantalones y lo acercó a ella. Cuando sus caderas presionaron contra las de ella, sintió como se endurecía y fue como si cada célula de su cuerpo cobrara vida.

Para alguien que siempre había sido tímida con el sexo contrario, jugar a ser una mujer fatal era una experiencia poderosa. Hundió los dedos en sus nalgas y presionó sus senos contra su pecho. Subiendo sus manos a lo largo de su cuerpo, restregó su cuerpo contra el de él, moviéndose tentadoramente.

Pero su sensación de poder duró bien poco. Él la empujó contra la pared y cogió su barbilla en un apretón rudo.

—¿Hay un Sr. Rosebud?

—No.

Su presa se tensó.

—No me mientas, señora. Quiero la verdad.

Ella lo miró a los ojos sin inmutarse. En esto, al menos, no tenía que mentir.

—No estoy casada. Te lo juro.

Él la debió creer porque soltó su barbilla. Antes de que le pudiera preguntar nada más, ella colocó las manos entre ambos y las puso sobre la pretina de sus pantalones.

Mientras luchaba con la cremallera, sintió sus manos sobre su chaqueta. Abrió la boca para protestar cuando la desabotonó.

—¡No! —Ella agarró rápidamente las solapas de seda, desgarrando una costura al intentar cubrirse.

Él inmediatamente se alejó de ella.

—Fuera de aquí.

Ella agarró firmemente los lados de la chaqueta. Él parecía furioso y ella supo que había cometido un error, pero la única manera de evitar que todo esto se pusiera insoportablemente sórdido era preservando su modestia.

Ella se obligó a sí misma a sonreír.

—Es más excitante así. Por favor, no lo estropees.

—Me haces sentir como un violador y no me gusta. Eres tú quien va detrás de mi, señora.

—Es mi fantasía. Vine hasta Nuevopolis para poder sentirme dominada. Con la ropa puesta.

—Humm, dominada…

Ella agarró firmemente la chaqueta sobre sus pechos desnudos.

—Con la ropa puesta.

Él lo pensó un momento. Si ella solo pudiera leer su mente.

—¿Alguna vez lo has hecho contra una pared? —preguntó.

La pregunta la excitó y eso era lo último que quería. Aquello sería para procrear, no por lujuria. Además, sería más difícil quedarse embarazada de ese modo.

—Prefiero la cama.

—Supongo que alguien que quiere sentirse dominada no puede decidir eso, ¿no es cierto?

Lo siguiente que supo, fue que la apretaba contra la pared y que había levantado su falda lo suficiente como para cogerla por la parte posterior de sus muslos. Separándoselos, la levantó del suelo y se movió lentamente hacia la desnudez entre ellos.

La dura fuerza de su cuerpo la debería haber asustado, pero no lo hizo. En vez de eso, envolvió sus brazos alrededor de sus hombros y se sujetó.

—Rodéame con las piernas. —La orden la transmitió con voz baja y ronca y ella instintivamente obedeció.

Lo sintió liberarse y esperó que la penetrara inmediatamente, pero no lo hizo. Lo que hizo fue tocarla suavemente con la punta de su dedo.

Enterró su cara en el hueco de su cuello y hundió los dientes en su labio inferior para no gemir. Se concentró en la intrusión en lugar del placer, en la vergüenza de cómo se abría ante el toque de un desconocido. Se había convertido en su puta. Eso era todo lo que ella significaba para él, era una mujerzuela que le servía para un momento de deleite sexual y luego descartarla. Dio rienda suelta a su humillación para no sentir deseo.

Su dedo recorrió la entrada de su cuerpo. Ella se estremeció y centró la atención en la tensión de sus muslos abiertos, en el incómodo tirón de sus músculos, en cualquier cosa excepto en su suave caricia. Pero fue imposible. Las sensaciones eran demasiadas dulces, así que clavó las uñas en su espalda y se retorció contra él.

—¡Penétrame, maldita sea!

Él maldijo y el sonido fue tan salvaje que ella se sobresaltó.

—¿Qué demonios te pasa?

—¡Sólo hazlo! ¡Ahora!

Con un gruñido sordo, cogió sus caderas.

—¡Maldita seas!

Ella se mordió los labios cuando se impulsó dentro de ella, luego agarró sus hombros con más fuerza para no perderle. Todo lo que tenía que hacer era esperar.

El calor de su cuerpo atravesó su camisa hasta sus pechos. La pared la lastimaba en la espalda y él había abierto sus piernas todo lo que permitían los músculos doloridos. Ya no tuvo que preocuparse por evitar el placer. Sólo quería que terminara.

Él penetró tan profundamente en su interior que se sobresaltó. Habría hecho el amor con ella si se lo hubiera permitido, pero no había querido. Se había obligado a no sentir ningún placer, y le había concedido el deseo.

Su camisa traspasó la humedad a las palmas de sus manos y la usó de tal manera que la hizo sentir como si los estuviera castigando a los dos. Ella apenas podía esperar su orgasmo. Cuando ocurrió, intentó que su cuerpo absorbiera la esencia del suyo, pero su alma magullada sólo quería escapar.

Los segundos se hicieron eternos antes de que él finalmente se retirara. Lentamente se alejó de ella y la bajó al suelo.

Sus piernas parecían de goma, apenas podía sostenerse. Se negó a mirarle. No podía soportar lo que había hecho, lo había hecho una vez, pero dos veces…

—Rosebud…

—Lo siento. —Ella se inclinó para coger rápidamente su bolso y acto seguido agarrar el pomo de la puerta. Con la chaqueta firmemente sujeta con una mano y los muslos mojados, salió corriendo al pasillo.

La llamó por su nombre. Por ese nombre absurdo que había tomado de un anuncio de cerveza. No podría tolerar que saliera tras ella y observara como se hacía pedazos, así que levantó su mano e hizo un gesto con la mano sin ninguna intención. Fue una seña desenvuelta, algo tipo—: Hasta Luego, mamón. No me llames. Te llamaré yo.

La puerta se cerró ruidosamente tras ella.

Había captado el mensaje. en el Mayflower.


Glosario:

La teoría de cuerdas es un modelo físico que considera que la materia y el espacio-tiempo se entretejen de una manera muy profunda a escala infinitesimal. Sus bloques fundamentales de construcción son objetos extendidos (cadenas, membranas y objetos de dimensiones superiores) en vez de puntos. Las teorías de cuerdas son capaces de resolver varios problemas asociados a la presencia de partículas puntuales en la teoría física de campos.