Disclaimer:

Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen. Todos los créditos a Hajime Isayama


Kyouhansha*

Historia gimoteó. A través de la cortina de frío sudor que le embarraba la cara y nublaba la vista, pudo distinguir la figura masculina que se erguía delante suyo.

La mano trémula se estiró hacia él temblando con debilidad.

-¡D- Dámelo! –Clamó con la voz rota. Herida por el doloroso esfuerzo de las pasadas horas, que se ensañaba con su cuerpo diminuto.

-Historia… ya hemos hablado de esto. Es lo mejor para ti, encariñarte solo te hará más daño.

Escuchó el llanto de su hijo quebrarse en los brazos de un completo desconocido y las lágrimas de rabia comenzaron a fugarse de sus ojos.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en sí misma como alguien frágil, pero en ese momento la impotencia que le brotaba del centro del pecho agitado, la hacía sentirse como un venado herido en la trampa de un cazador, a la espera del golpe de gracia.

Estaba sola, lo sabía… Si quería oponer alguna resistencia, tendría que hacerlo por sus propios medios; mientras tanto aquel llanto la estaba lastimando más que cualquier otra cosa en este mundo…

Más que el rechazo de su madre.

Más que la carta de Ymir.

Más que la partida de Eren.

Aturdida notó como aquel bramido infantil se convertía en una austera letanía y sus puños golpearon la cama bajo su cuerpo, intentando deshacerse de la frustración.

A escasos metros de ella el fuego del hogar crepitaba. El fuego destinado a mantenerla caliente… El fuego y las mugrosas frazadas que no podrían calentarla ni en un millón de años. Lo único que podría apaciguar el helado horror que se le había instalado en cada partícula del cuerpo, era poder sostener a su hijo, tocar cada partecita de su diminuta anatomía para asegurarse de que había nacido sano, calmar el desgarrador llanto con su calor maternal y la tibia leche de la que sus pechos estaban abarrotados.

Ella más que nadie en el mundo sabía lo que era ser privada del calor materno, el gentil toque con el que un niño debía ser arrullado para sentir que todo iba a estar bien.

Pero nadie le estaba dando eso a su hijo… Más aún… Nada iba a estar bien. Nada podría salvarse de esa inofensiva criatura a menos que ella lograra ponerlo a resguardo del ruin futuro que ahora pendía sobre ellos cual espada de Damocles.

Nada de esto debía haber salido así, desde el momento en que se había enterado de su embarazo, invadida por el miedo y la incertidumbre, había decidido que fingiría ser parte del supuesto plan de Zeke Jaeger, había reservado en el anonimato la identidad del padre de su hijo, a fin de resguardar la formalidad tanto como fuera posible; después de todo se trataba de un asunto de Estado.

Al menos esa había sido la versión oficial; internamente Historia sabía que no sería capaz de entregar a un ser gestado y nacido de sus entrañas para cumplir con un destino trágico como el que había arrastrado a su gente hacia tan sombría posición.

Poco a poco la soledad e incertidumbre se habían colado hasta en sus huesos; incapaz de compartir su carga con nadie o de hacer nada más que esperar, había acabado por aceptar ser recluida a escondidas del ojo público por su seguridad y la del futuro heredero. Durante los pasados meses un conocido de su confianza había velado por ella; sin embargo, pocos días antes todo había quedado en manos del ejército. Una armada cuyos intereses políticos distaban abismalmente de los suyos como madre.

El tiempo había seguido su curso, llegado a cierto punto su destino poco le importaba, los últimos meses se había sentido vaciar poco a poco; incluso antes de que comenzaran sus contracciones había permanecido en ella la idea de haberse convertido en una corteza vacía… Después de todo siempre acababa quedándose sola por una u otra razón.

Sin embargo, mientras su cuerpo se contorsionaba durante las horas de agonía que había durado su parto, de pronto la súbita comprensión de que no estaba sola había logrado que su consciencia retornara a ella; finalmente había recordado que de ahora en más habría alguien que la necesitaría, alguien por quien debía ser fuerte y sobreponerse de cualquier calamidad que le deparara el mundo. Alguien por quién ahora tendría que huir, no importaba dónde, daba igual si Paradis no era un sitio completamente seguro; definitivamente ella y su hijo tampoco estarían a salvo en aquel lugar aguardando a que el cortejo real de la milicia viniera a buscarlos y separarlos para siempre.

-No en esta vida… -Una pulsión instintiva le inyectó las venas de febril adrenalina; no supo de dónde sus piernas obtuvieron equilibrio para ayudarla a incorporarse. Jadeaba mientas se dejaba caer contra la pared para obtener más estabilidad.

Su sexo palpitante de dolor aún supuraba gotas de sangre y líquido amniótico; la huella fresca que probaba que había traído una vida al mundo. Todo su cuerpo estaba dolorido y cansado, entumecido y débil… Y aun así se resistía salvajemente a derrumbarse.

Aun si le costaba la vida, se aseguraría de poner a su hijo a salvo del destino trágico de su linaje.

-No eres… el maldito heredero de Erdia… Eres mi pequeño hijo. Así que… -En tanto susurraba entre jadeos delirantes, asió con fuerza el atizador del fuego, no llegaría muy lejos sin algo que utilizar como arma- …Así que aguarda… En un momento voy… ¡Voy a corregir todo esto!

Intentó no arrastrar los pies. Intentó ser lo suficientemente fuerte como para lidiar con el peso de su cuerpo en cada diminuto pero definitivo paso que daba. Intentó no pensar en cuanto dolía cada parte de ella y solo se centrarse en cuan fortalecido se sentía su espíritu. Como si nadie pudiera ganarle; como si, por primera, vez pudiera sostener el peso de la humanidad sobre sus hombros.

Hubiera querido perdonarle la vida a aquel hombre que ahora le daba la espalda intentando, torpemente, calmar las lágrimas y gritos sin consuelo del recién nacido que descansaba en una improvisada cuna delante suyo.

-Tranquila, niña. Créeme que en poco tiempo te darán verdaderos motivos para llorar.

No había sonado malicioso, sino más bien resignado… Sin embargo, fue suficiente para que la bilis amarga subiera por el esófago de Historia, convirtiéndose en furia visceral.

Un único movimiento. Realizó un único movimiento dispuesta a descargarle un golpe certero en la cabeza, sin que su prioridad fuera acertarle de forma no letal; a esa altura le vendría dando igual si sobrevivía o no. Más no tuvo oportunidad de enterarse pues, antes de que el atizador lograra hacer contacto con su blanco, él… Más alto que ella. Más ágil que ella. Más fuerte que ella, había logrado girarse y sujetar el arma con suficiente fuerza como para arrancársela de las manos.

-¿Qué crees que estás haciendo, Majestad? -Historia tragó con dificultad en tanto intentaba volver a hacerse con su atizador, sin embargo, fue súbitamente empujada hacia atrás cayendo violentamente sobre su parte posterior.

La espalda se le arqueó por el dolor en tanto profería un bramido animal. Definitivamente, si estuviera en sus condiciones normales, le hubiese hecho tragar el hierro a ese bastardo; se hubiera impuesto como la soberana y ex recluta de Elite de la Legión de Reconocimiento que era.

Sin embargo, vulnerable en el piso, como estaba, solo podía buscar desesperadamente con la vista, algo con lo que poder defenderse.

-Estoy bastante seguro de que la Comandante entenderá muy bien si le digo que tuve que romperte una pierna para que no escaparas. Después de todo, una Reina que se resiste a cumplir su deber no es preciada por nadie ¿Cierto, Historia?

No pudo descifrar las emociones tras aquella velada amenaza, sin embargo, sus intenciones estaban suficientemente claras para ella y esta vez, cuando vio aquella figura alzar, por encima de su altura, el hierro con el que pretendía quebrarle las piernas apretó los ojos y gritó.

Aun sin esperanza, gritó por auxilio y no reconoció su propia voz, ni entendió como esta podía haber resonado como si se tratara de una herida proveniente del centro de la tierra misma. Acto seguido escuchó el seco ruido de la pieza de hierro chocando con el suelo. Sus párpados se separaron descubriendo con horror la sangrante figura masculina sin vida, atravesada desde su cadera hasta el hombro por un pico punzante que nacía desde la tierra y había perforado la madera del piso.

No reparó en el cuerpo delante de ella; a esta altura del partido estaba trágicamente acostumbrada a la muerte.

Tan a prisa como pudo se arrastró sobre sus rodillas hacia su pequeña hija. Su escolta la había llamado "pequeña". Así que era una niña… Ni eso le habían permitido saber, pero ahora podría saber todo de ella, podría entender y amar hasta el más mínimo detalle.

Sin entender muy bien por qué, sus ojos se habían atiborrado de lágrimas, no había espacio para preguntarse qué había pasado o reprocharse por la pasividad que la había llevado hasta esta instancia. Tambaleando se incorporó del suelo y logró por fin levantar en brazos a su hija.

Por fin pudo estrecharla y sentir que el calor regresaba a su cuerpo; vencida por el agotamiento cayó de rodillas mientras mecía con debilidad a aquella frágil criatura.

-Shhh… Todo está bien ahora… Sabes quién soy ¿verdad? –Aun cuando era consciente de que no la comprendería, era la manera de reafirmarse a sí misma como su madre, experimentó un escalofrío al poder, por primera vez, sentir de que se trataba eso. Sobre todo, porque había bastado con que le hablara para que ese ser diminuto que, hasta hace escasos segundos, berreaba como un animalito en el matadero; ahora se acurrucara plácidamente contra su pecho.

¿Su voz tenía ese poder? De repente se sintió mucho más que la Reina de Paradis; era la madre de su hija y pese a las circunstancias estaba agradecida por ello; más agradecida de lo que había estado nunca.

Su bebé no tardó en dormirse contra su calor, aparentemente había estado bajo demasiado estrés como para aguantar despierta, ella la besó en la sien antes de recolocarla en aquel nido de mantas donde ahora podría descansar.

Aún estaba alerta, sería mejor que saliera afuera a averiguar de qué se trataba aquel extraño fenómeno que la había salvado minutos antes.

Nuevamente recargó su cuerpo contra la pared, su mano se ciñó al pomo de la puerta para abrirse paso hacia el exterior.

El sol comenzaba a caer, los matices anaranjados del cielo anunciaban la llegada de la noche; recortada por los rayos moribundos pudo distinguir una silueta humana que se acercaba hacia ella, desde donde el horizonte dibujaba su línea.

Su pecho se agitó. Entrecerró los ojos para convencerse de que no se estaba contando una mentira y cuando fue capaz de atar cabos y entender medianamente quien la había salvado y de qué se trataba aquel grito inhumano que se había ensamblado con el suyo, no tuvo la fuerza para seguir conteniendo las lágrimas.

-Eren… -Se llevó las manos a la boca, cubriéndola para intentar ahogar todas las palabras que se había callado los últimos meses, todo lo que no había sido capaz de compartir con nadie; pero sobre todo para evitar insinuar cualquier cosa sobre ese sentimiento que, en tiempos de guerra, no debía ser siquiera conjurado.

Eren detuvo su andar cuando se encontraba a escasos metros de ella.

En su mente repasó los últimos acontecimientos y suspiró con alivio al verla a salvo; después de todo minutos antes, a través del titán había conseguido distinguir la amenaza inminente sobre Historia. No había vacilado en utilizar la habilidad del gigante que había tomado de la familia Tybur; aliado o enemigo, él ya cargaba con suficientes muertes en su haber como para sopesar un miligramo de piedad sobre quien representara un peligro. Sobre todo, si ese peligro concernía a ella. Aquella pequeña mujer por la que se había convertido en el enemigo de la paz.

Fue ante ese pensamiento que sus pies se anclaron en la tierra y dejaron de responderle; aun si todavía le restaba sortear una distancia prudencial para llegar hasta ella.

Tanta muerte y destrucción. Había sembrado tanto dolor y espanto por preservar a Historia.

¿Por qué?

Nunca se lo había preguntado, desde el principio había sido lo natural para él, pero plantado allí delante suyo no pudo evitar que a él acudiera la respuesta que se había rehusado a asumir durante los últimos cuatro años.

-Lamento no haber llegado a tiempo - ¿Qué más podía hacer aparte de disculparse? Él se había marchado y la había dejado sin nadie que intercediera por ella acerca del plan atribuido a Zeke; incluso cuando había aceptado renunciar a su humanidad para que ella pudiera conservar la suya, su medio-hermano le había advertido que no había garantías de que Historia estuviera a salvo hasta que él llegara.

Sin embargo, estúpidamente había creído que sería capaz de solucionarlo todo. Con la misma ingenuidad con que había creído que erradicaría a los titanes del mundo, había creído que podría erradicar a los demonios de la vida de Historia

Y de nuevo había fracasado.

Había fallado miserablemente por no ser capaz de entender que ella estaba condenada desde el momento de su nacimiento, que sin importar cuanto peleara para repeler ese destino, al final la crueldad del mundo la aplastaría a causa de algo tan ridículo como un accidente genético del que no tenía culpa alguna.

¿Cómo podía perdonarle eso al mundo?

No estaba seguro, sin embargo, sus pies volvieron a avanzar incapaces de detener el flujo de los acontecimientos, tarde o temprano debería enfrentar todos sus crímenes.

-Todas las decisiones que me trajeron hasta aquí… No me arrepentiría de ninguna si hubiera podido evitarte est…-Fue súbitamente interrumpido por dos puñetazos simultáneos a la altura del pecho.

Ella no decía nada, solo miraba el suelo y lo golpeaba repetidamente.

Él se dio cuenta de que estaba sorbiendo las lágrimas, por eso no podía hablar o cruzar la mirada con él.

Ella quería maldecirlo, maldecir hasta la última célula que lo conformaba y le daba su jodida identidad. Quería insultarlo hasta convencerse a sí misma de que ya no poseía ningún sentimiento por él. Así hubiera sido mucho más fácil, sin embargo, fue completamente incapaz de soltar una palabra y cuando sus puños dolieron de tanto estrellarse contra el plexo solar de Eren, dejó que su propio peso cayera contra él mientras sus brazos debilitados le rodeaban la cintura, temblando incontrolablemente.

Finalmente, su presencia la invadió, las lágrimas de alivio se calmaron y por fin fue capaz de alzar la vista hacia él.

Sin duda era el mismo; sin embargo, parecía mucho más cansado y maltrecho; como si de pronto el peso del deber que le habían impuesto, hubiera caído sobre él sin clemencia, volviéndolo consciente de hasta qué punto era demasiado para un solo ser humano.

Fue instintivo, para ella, el acto de alzar su mano y ahuecarla en torno a la mejilla del muchacho, su dedo pulgar se meció contra la piel constatando su textura áspera. Entonces fingió una sonrisa y por fin habló.

-Te ves terrible…

Eren no dio crédito a lo que le estaba diciendo. Desde luego que debía verse fatal. Se sentía fatal. No era algo que pudiera controlar de todos modos. En otra situación se habría molestado y le hubiera lanzado un comentario igual de malintencionado, pero ahora la calidez de ese tacto, esa simple caricia no premeditada lo estaba desarmando.

Mecánicamente su rostro viró 90º hasta que los labios chocaron con la palma de la mano de Historia, aspiró su olor y vencido se desplomó de rodillas delante de ella, incapaz de seguir sosteniendo por sí solo el peso de sus errores.

-Sasha fue asesinada por mi culpa. Cientos de civiles. Niños. Madres y padres. Hijos y hermanos. Arrasé familias enteras. Me convertí en lo que pasé odiando la mayor parte de mi vida. No puedo volver de toda la destrucción que dejé atrás. Creí que ser un demonio era mucho más fácil si ya era odiado de todos modos. Traicioné la confianza de todos y fallé en salvarte… -Sus puños se apretaron contra el suelo descargando la impotencia que de pronto lo abrumaba, a pesar del contacto con Historia, sentía su consciencia fluir más libre, se despejaba poco a poco de la influencia tormentosa que ejercían las memorias del pasado.

Siempre que se trataba de ser atroz era más fácil olvidarse un poco de sí mismo y retraerse en el caos de su mente; pero cuando recobraba plena consciencia sobre sí, y el peso de sus pecados lo golpeaba sin un ápice de compasión, sentía que se rompía un poco más por dentro.

Historia sintió un nudo en la garganta al escuchar sobre el deceso de Sasha, como nunca, se sintió impotente. Incapaz de salvar la vida de nadie, incapaz de salvar a Eren de la oscuridad. Incapaz de evitarle a su hija un destino miserable.

¿Qué necesitaba? ¿Más poder? ¿Más influencia? ¿Más valor? No tenía certeza de nada, en ese momento solo le quedaban palabras, y una bobina de sentimientos a flor de piel que le estaba costando contener.

-No trates de ser un héroe trágico otra vez… Los dos sabemos que ese papel hace tiempo no encaja contigo. –Una de las comisuras de su boca se curvó en su mejilla dibujando media sonrisa triste, en tanto ella se desplomaba sobre sus rodillas para poder mirarlo con detenimiento. - Es una guerra, Eren. Nadie está allí afuera esperando que no haya sacrificios; por lo único que peleamos es por acabar con esta era de oscuridad lo antes posible… Sin embargo ¿Quién podría juzgarte a esta altura? Todos tenemos las manos manchadas de sangre. Cada elección que hiciste, recae sobre mí también. Por mi propia debilidad, mis propias dudas… Sasha… Ella y todas las vidas que se perdieron son una responsabilidad compartida; así que si te has convertido en lo que más odias tendrás que odiarme también. –Ella habló con determinación, sin embargo, su voz no se tornó estricta en ningún momento.

-¿De qué estás hablando? Ni siquiera sabías lo que iba a hac... -Ella le cubrió la boca con dos dedos, no necesitaba que dijera nada más, no quería oírlo martirizarse por algo que no tenía solución.

-Cualquier cosa que hayas hecho por proteger a mi gente o a mí, me implica directamente ¿Entiendes? Todos tus crímenes son igualmente míos así que somos cómplices en esto. No le des más vueltas en tu cabeza porque solo te enloquecerá; además… Tenemos trabajo que hacer –Se incorporó con cuidado aguardando a que él la imitara- Todavía hay mucha gente que nos necesita y a quienes podemos salvar.


-Flashback-

Eren daba vueltas como un animal enjaulado, habría jurado que abriría un surco en el suelo si no dejaba de ir y venir en la misma dirección ¿Cuánto tiempo más se suponía que lo iban a hacer esperar?

-…geeer… E-reeen Ja-egeer –Arqueó una ceja al escuchar aquel susurro por el cual lo llamaban con cierta picardía, al identificar su procedencia viró el cuerpo hacia la enorme puerta del hall que apenas se entreabría dejando asomar la mitad de una cabeza humana.

-Yelena… Demoraste demasiado ¿Tienes noticias?

-Lo siento, tuve un percance en el camino… De todos modos, tendrás que darte prisa en alistarte; Zeke mandó a decir que mañana deberías partir a Marley si quieres infiltrarte exitosamente. Encontrémonos antes de que amanezca en la puerta Oeste.

-Entendido. No pierdas más tiempo, nadie debe saber que nos encontramos. –Le replicó constatando el espacio a su alrededor, asegurándose de que sus escasos aliados no permitieran que nadie atestiguara aquella reunión-

-Nos veremos pronto Eren Jaeger… Espero que cuando lo hagamos el mundo haya comenzado a cambiar. –Ella se retiró dejándolo en un estado de letargo emocional. Sin importar lo que ocurriera de ahora en adelante, las manecillas del reloj ya habían comenzado a moverse.

-Solo me resta una cosa… -El pensamiento fue mecánico, como si un reflejo instintivo hubiera operado en él y digitado cada uno de los movimientos que le sucedieron.

Abandonó el enorme salón y sorteó el pasillo interminable. Ni un solo escolta. Nadie. Definitivamente habían hecho un buen trabajo asegurando el perímetro para su encuentro con la cabecilla de los voluntarios.

Luego de atravesar la enorme biblioteca por fin el flujo de gente comenzó a parecer normal; varios soldados de menor rango lo saludaron respetuosamente y él imitó el gesto con sus superiores, sin detenerse o aminorar su paso.

-Jaeger ¿Tienes autorización para estar aquí? –La voz grave de Nile Dok le llegó desde el flanco izquierdo, obligándole a voltear la vista.

-Hist...- Su Majestad mandó a llamarme- Ni un músculo de su cara delató la mentira. La naturalidad de su voz y cada gesto de su lenguaje corporal le indicaron al comandante que podía autorizar el tránsito del joven hacia el ala de descanso de la Reina.

Dejando el último pasillo detrás, se aventuró hacia el jardín invernal que antecedía a los aposentos de Historia. Un lugar cálido e iluminado en el que ella adoraba pasar el tiempo. De alguna manera tenía su esencia inconfundible.

Dos golpes con los nudillos, acertados en la enorme puerta de roble. Eren tragó con dificultad, no estaba seguro de como iniciar aquella conversación, pero tenía claro que a ella no podía mentirle, Historia podría leerlo como un libro abierto, sin la menor dificultad.

No escuchó ningún sonido proveniente del interior de la alcoba, se dispuso a golpear de nuevo cuando por fin la gruesa lámina se separó del umbral, dejando ver a la pequeña mujer al otro lado.

-Eren… ¿Qué te trae por aquí a esta hora? –Historia abrió la puerta por completo, invitándole a pasar con un gesto casual de la barbilla-

-¿No prefieres que hablemos aquí? –No estaba del todo seguro de que fuera una buena idea entrar en el cuarto de ella, a solas, furtivamente y de noche-

-Ni que fueras alguien peligroso… Anda, entra. Odio toda esta ceremonia que tienen que montar incluso mis amigos- Al ver que él no se movía un centímetro, acabó por jalarlo hacia adentro desde la manga de su chaqueta-.

-¡Historia espe…!- Antes de que pudiera decir nada más ella ya había cerrado la puerta tras él y se vio obligado a ahogar la risa por aquel gesto.

-Cielos… Sigues siendo el mismo necio de siempre. Si te digo que está bien. Entonces, por favor, tómalo. –Le retrucó recargando su espalda contra la pared-

-Lo que digas. No vengo con ánimos de discutir contigo. Hay algo importante que tengo que decirte.

-Me alegra que vinieras… Llevo días queriendo preguntarte algo.

Él arqueó una ceja, contrariado. Le llamaba la atención que ella se hubiera guardado una pregunta durante tanto tiempo, en una situación normal sabría dónde encontrarlo para aclarar cualquier duda que tuviera. Bien, ahora su asunto debería esperar; por lo pronto lo urgía la información.

-¿Preguntarme?

-Uhum… -Ella asintió, empujando su cuerpo para separarse de la pared, emprendiendo una caminata hacia el balcón. Ahora le daba la espalda a Eren- Las cosas siguen conformes al plan. Estoy preparada para hacer lo que sea necesario para proteger Paradis o ganar tiempo, pero… Dime Eren… ¿Qué se siente ser un titán?

La pregunta le revolvió el estómago. Miles de escenarios del pasado y de un probable futuro cruzaron por su cabeza a una velocidad vertiginosa. Instintivamente sus puños se apretaron por la rabia contenida y su respiración se volvió pesada. Sin embargo, no perdería la calma; él estaba allí precisamente para evitar lo que estaba pasando por la mente de Historia.

-No importa. Tú no te convertirás en un titán- Sentenció sin admitir nada parecido al derecho a réplica en su tono severo-

Historia pareció reír socarronamente antes de retrucarlo.

-Eso no es algo que podamos evitar. No depende de ti. O de mí…

-Para lo que me importa de quién demonios dependa. Tú no serás sacrificada por esto. –Implacable. No le concedería un mínimo margen de duda-

-Eren… -Por fin giró hacia él, consternada por ese tono autoritario que jamás le había dirigido a ella- Está bien. Es un peso que estoy dispuesta a soportar por la humanidad. Si eso le dará un mínimo de sentido a todas las vidas que se han perdido. Si soy capaz de forjar un futuro para nuestra gente… Me convertiré en un titán, en un demonio, en un enemigo… En cualquier cosa que sea necesaria, así como me convertí en la Reina de estos muros, no significará nada si no estoy dispuesta a sacrificar cada parte de mí. Es una decisión que ya tomé. No puedes hacer nada para cambiarlo. –Con una sonrisa vacía le tomó las manos entre las suyas con delicadeza y las guio hacia su cuello para ceñirlas a él –Excepto que decidas tomar mi vida con tus propias manos en este momento. Si quieres salvarme, es la única manera; porque no me salvaré a costa de nadie más.

Su cuello era tan pequeño... Prácticamente ni siquiera necesitaba sus dos manos para rodearlo, con una le hubiera bastado para romperlo. Pero ella era mucho más fuerte que él. Ni siquiera había necesitado emplear sus manos. Sus simples palabras habían bastado para quebrarlo, para hacerlo añicos ¿Cómo se atrevía a decirle que solo podía salvarla dándole muerte? ¿Cómo, entre todas las cosas, había elegido decirle que no había nada que él pudiera hacer para cambiar el resultado?

No aceptaría algo semejante. Mientras aún respirara, mientras aún pudiera moverse podría pelear. Contra cualquier enemigo. Contra el destino mismo, su maldición o el dios del que tanto le habían hablado el último tiempo.

Historia dejó caer sus manos pesadamente, aguardando por la respuesta de Eren.

Él volvió a reparar en su cuello, en el pulso acelerado que percibía a través de la carótida. Su sangre fluyendo. La sangre real. La que había comenzado todo esto y la que le daría fin. Pero no sería esa noche ni sería por él.

Sus manos ascendieron hacia las mejillas de ella. Historia dio un respingo confundida mientras él apenas le alzaba el rostro y reclinaba el suyo para reclamar sus labios rosados y diminutos. Sin darle ocasión de que volviera a pedirle algo imposible. Sin mediar con su propia razón cual era la alternativa más benéfica; así como ella, él ya había tomado su determinación. Él necesitaba protegerla por encima de todas las cosas y haría lo que fuera necesario por eso; en esta pulseada ganaría quien moviera sus piezas más rápido.

Mientras permanecía inmóvil, sin que siquiera la respiración se pudiera abrir paso a través de sus pulmones, no estaba seguro de lo que sentía al besarla ¿Era miedo? ¿Por eso estaba temblando? Ella permanecía rígida, como si estuviera esperando salir de un trance que la mantenía atrapada.

Él estaba a punto de separarse, esa despedida alcanzaría hasta que volvieran a encontrarse. Sin embargo, en ese exacto segundo en que ella percibió que la tensión de sus labios cedía, gruñó entreabriéndolos y rozando los ajenos con la punta de la lengua.

Y el mundo entero de Eren detonó.

Como si un sismo interno le agrietara todos los tejidos, como si su sangre se transformara en lava y lo cauterizara desde lo más profundo e íntimo de su ser.

Con un escalofrío surcándole cada centímetro de la piel, ladeó el rostro para profundizar en ella, tomando revancha con su propia lengua, perdiéndose en la textura de su boca dulce.

Súbitamente invadido por la necesidad de sentirla mucho más íntimamente, deslizó una de sus manos desde la mejilla hasta la nuca, la aferró enterrando sus dedos entre las doradas hebras de cabello.

En su inexperiencia no tenía la mínima idea de cómo acariciarla, solo sabía que la necesitaba, que por encima de cualquier cosa quería que ella viviera libre, que odiaba la sola posibilidad de condenarla al mismo destino truncado que le había tocado a él.

Historia se sintió mareada, desde el segundo confuso en que los labios de Eren habían invadido los suyos, el caos interno se había desatado sin concederle un gramo de piedad.

Pronto descubrió que no quería que se acabara, que cuando sintió que él podía alejarse lo último que quería era dejarlo marcharse. Quería probarlo. Sentirlo como una mujer llena de deseos y necesidades. No quería cargar con más arrepentimientos. Incluso si de ahora en adelante se sacrificaría por otros ¿Estaba tan mal tomar algo para sí misma? Ser egoísta por una sola vez. Por una sola noche.

Solo por unas horas no le importaría nadie más, no se contendría ni se guardaría nada para sí. Tendría todo lo que quería de Eren y lo dejaría marchar luego sin ningún reproche de por medio.

Dejándose llevar por la urgencia con que Eren la estaba correspondiendo sus manos se colaron por debajo de la camiseta de él. El contacto con su piel hizo que la suya enardeciera.

Percibió el temblor en sus extremidades. El temor al rechazo que ya había experimentado tantas veces antes ¿Cómo podría volver a mirarlo a los ojos si él despreciaba sus caricias?

Sin embargo, lejos de apartarla o vacilar, Eren la ciñó con más fuerza. Gruñó contra sus labios y la apretó contra sí.

Entonces sus pechos se aplastaron contra el torso de él y en respuesta emitió un gemido ahogado que a ella la excitó tanto que sus piernas se aflojaron.

Se habría derrumbado de no ser porque Eren la ceñía con tal firmeza que ella podría prescindir de sus extremidades inferiores. No importaba cual fuera la situación, al final Eren siempre estaba allí para contenerla, para convertirse en su fuerza cuando lo necesitaba. Su corazón se agitó por el pensamiento y su cabeza se volvió un desastre. Él no le estaba permitiendo pensar con claridad. Sus labios, su lengua y el calor que dimanaba su piel la estaban trastornando por completo.

Sin embargo, el verdadero desastre no comenzó sino hasta que él separó sus labios jadeando para desabotonar el salto de cama que envolvía a Historia, dejándolo caer pesadamente al suelo y exponiendo su figura femenina y diminuta al escrutinio implacable de su mirada.

Fue como si el tiempo se detuviera en un caótico segundo interminable, Eren no fue capaz de hilar ningún pensamiento coherente mientras sus ojos se acostumbraban a la imagen delante de sí. El vaivén agitado del pecho femenino al respirar, solo hacía más evidente la forma enhiesta de sus pezones debajo de la camisola liviana que llevaba como única prenda.

Su garganta se comprimió mientras su cabeza intentaba procesar que Historia le estaba concediendo permiso de continuar, pero… ¿Hasta dónde? Sus pensamientos erráticos eran un caos total, entonces decidió apagar su mente. Si lo pensaba, tendría que haberse ido de allí hace mucho, sin embargo, ya se había percatado de que era muy tarde para eso.

Dejándose llevar por el flujo de los acontecimientos, él reclinó su rostro sobre el cuello de Historia, permitiendo que sus dientes le arañaran la yugular.

Ella respondió ahogando un gemido mientras sus manos le aferraron la camiseta para quitársela con un único movimiento.

Si hubiera estado más lúcido, Eren se habría sorprendido por aquella demostración de destreza, aunque la urgencia con que Historia se precipitaba a descubrirlo le resultaba embriagadora.

En respuesta él la levantó por los muslos hasta sus caderas; cuando ella lo atrapó con un candado de sus piernas, él pudo sentir su miembro reaccionar ante el estímulo de la cercanía de la entrepierna femenina en su vientre; cálida… desconocida, estaba transgrediendo todos los límites de la cordura y nunca habría pensado que pudiera sentirse tan glorioso; nuevamente sus labios urgieron a reclamar los ajenos.

Eren sentía que nunca tendría suficiente de ella, incluso si el calor de sus cuerpos se estaba mimetizando, él podría haber jurado que mientras más la besaba, más y más la necesitaba.

Historia estaba mareada, entregada, actuando completamente por instinto; el miedo y la inseguridad se habían esfumado; solo le quedaba la profunda urgencia primitiva, la sumisión total a la parte menos evolucionada de su cerebro.

Su pelvis comenzó a restregarse contra la de Eren, podía sentir su miembro hinchado presionando bajo la tela de sus pantalones; quería brindarle alivio, abarcarlo con su mano, con su boca ¿Qué demonios pasaba con ella? ¿Desde cuándo se había vuelto tan lasciva?

No quiso seguir dando vueltas en su cabeza a las razones que no obedecían al deseo, era totalmente nueva experimentando tales sensaciones así que ni siquiera sabía cómo debía sentirse; sin embargo, cuando se trataba de Eren, incluso en una situación donde se encontraba tan expuesta, él le hacía sentir todo tan perfectamente natural, tan normal y correcto, como si ella encajara perfectamente con él; como si no debiera estar en ningún otro lugar ni momento que allí y sin cuestionamientos.

Los labios le dolían, respirar se volvía dificultoso, sin embargo, Historia no quería separarse, incluso si el calor la sofocaba, si el mareo le nublaba el escaso juicio que le quedaba o si no podía gemir libremente; era incapaz de resistir el magnetismo que la boca de ese hombre ejercía sobre la suya.

Que adictivo… Así de intoxicante e invasivo como era, la estaba desquiciando. Su cuerpo comenzó a tomar vida propia, las piernas aflojaron la sujeción del cuerpo masculino permitiendo su anatomía laxar con todo su peso hacia el suelo, cayendo de rodillas ante él y rompiendo su beso con un quejidito que provocó una descarga eléctrica en la entrepierna de Eren.

Ella lo observó, agitada, desde su posición. La expresión contrariada de él parecía estarle gritando para que lo liberara; decidió que no necesitaba palabras para saberlo. Le bastaba con descifrar esa expresión cargada de necesidad impostergable.

Obedeciendo su instinto ciñó la tela de los pantalones y los arrastró hacia los pies.

La visión de aquel pene erecto le resultó fascinante; la simple idea de que él estuviera tan duro por ella le provocó morderse el labio, su propia anatomía experimentaba escalofríos ante la expectativa de llenarse con esa virilidad que él le ofrecía. Con su sexo palpitante por la ansiedad apretó las rodillas en el suelo mientras reclinaba el rostro hacia la ingle masculina.

Él ya no tenía cabeza para poder actuar diferente de lo que le dictaba la amígdala, con ella plantada de rodillas frente a él… ¿En qué estaba pensando? ¿Acaso quería matarlo?

Si ese era su plan, lo estaba orquestando magníficamente. Sus sentidos estaban hechos un caos y la ridícula fracción de juicio que lo mantenía atado a la realidad se hizo añicos en cuanto la punta de la nariz de Historia le rozó el glande.

Un gemido estridente le brotó del pecho mientras le enterraba la mano en el pelo, acercándola amorosamente a su sexo, invitándola a tomarlo por completo y sin escrúpulos.

Ella dio un respingo, si hubiera podido pensar estaría asustada de sí misma y de lo ansiosa que parecía por deleitarse con esa primera experiencia, a la vez sentía una curiosidad casi infantil de no perderse nada; sabía que esa sería la primera y última vez que ella compartiera con Eren un momento de intimidad tan preciado; si esa porción del mundo y ese fragmento del tiempo era únicamente de ellos dos, entonces que su existencia fuera plena era la única alternativa.

Con ese pensamiento y una oleada de inseguridad, su boca rodeó la extensión del falo provocando que Eren emitiera un gemido estridente mientras se tambaleaba a punto de perder el equilibrio.

Ella trató de acostumbrarse a la sensación salobre sobre la lengua, estiró sus labios para abarcarlo más, hasta que el glande la golpeó en la úvula, entonces ella echó la cabeza hacia atrás para enseguida volver a atacarlo.

Eren había comenzado a azotar la cabeza contra la pared, podía sentir los quejiditos ajenos reverberando en la extensión de su miembro y también podía jurar que las venas estaban a punto de reventarle. Sentía toda la sangre de su cuerpo concentrada allí donde ella se dedicaba a torturarlo de aquella dulce manera.

Historia lo repasaba sin vergüenza, había superado por mucho el umbral de su propia inseguridad al notar como Eren se deshacía en éxtasis bajo sus lamidas; eso había acabado por calentarla descomunalmente, incluso si era la soberana de Paradis y detentaba más poder que nadie en su Nación, se encontró descubriendo que esta nueva clase de poder que estaba descubriendo, a diferencia del político, sí le gustaba, la estremecía y hacía sentir única y especial.

A medida que lo succionaba una de sus manos se alzó hacia su saco para jugar con sus testículos, las uñas se demoraron en arañarlos hasta sentirlos tiesos y tensos bajo su tacto, y aun si ella no era la destinataria de ninguna caricia, el gozo que le provocaba cada uno de los sonidos de placer de Eren, las sacudidas de su cuerpo y la rigidez del miembro cuyas venas podía apreciar contra la lengua; la hacían sentir como si flotara perdida entre la dispersa bruma del erotismo.

Eren tenía que detenerla, incluso si aborrecía la idea, no soportaría la vergüenza de venirse en su boca, aunque a ella parecía no importarle en absoluto. Quizás debía dejarse llevar y dejarla hacer a su antojo, llevarlo hasta la culminación y derramarse entre esos labios implacables.

Ni hablar.

-His... Historia, necesitas detenerte... –Le habló con la voz entrecortada por sus jadeos-

El pecho de ella se oprimió mientras se apartaba totalmente contrariada.

La inseguridad se abrió paso en ella como una tormenta, el miedo al rechazo regresó mucho más poderoso y solo fue capaz de alzar la mirada hasta encontrarse con los orbes contrarios sin poder descifrar el cambio en su actitud.

Él se sintió desmoronar cuando aquel rostro arrebolado fijó sus ojos en los propios con total desconcierto. Percibió la confusión y contrariedad de aquella chica que, pese a no tener ninguna otra experiencia de ese tipo, estaba siendo tan dedicada y amorosa en el acto que él había interrumpido sin consideración a su esfuerzo.

La conocía lo suficiente como para saber lo que pasaba por su mente sin necesidad de palabras.

-Te equivocas. –Susurró reclinando su cuerpo contra el de ella y besando su frente- No sabes cuánto –Continuó mientras la alzaba en sus brazos, dando dos zancadas hacia la cama y volteándola sobre su propio estómago en el colchón.

-¿Eren?- Inquirió ella con la voz temblorosa, no estaba segura de la razón en su cambio de actitud, aunque esta nueva incertidumbre resultaba embriagadora-

-Dime –Susurró, esta vez besándole la nuca.

Historia arqueó la espalda en respuesta mientras ronroneaba, no le diría nada. Haría lo que sabía hacer, confiar en Eren, confiar en él con todo su ser. Confiarle su cuerpo esta vez, sin arrepentimientos, sin miedos. Como una mujer. Como su aliada incondicional incluso si el mundo se convertía en un infierno y la humanidad los despreciaba.

-Nada… -Murmuró dejando caer la cabeza hacia adelante mordiéndose el labio inferior mientras un escalofrío le recorría todo el cuerpo.

Eren sonrió complacido, sabiendo que realmente no era necesario decir nada, ambos eran completamente conscientes de que esto sería terriblemente complicado si se ponía en palabras. Sin embargo, a diferencia de ella, él sabía que partiría a la mañana siguiente y, si todo salía acorde a sus planes, ellos no se volverían a cruzar hasta que el mundo se hubiera revolucionado por completo.

Quizás allí todo sería más fácil de hablar, incluso si de aquí en más él actuaba solo, sabía que Historia era un refugio al que podía acudir cuando el mundo lo hubiera abandonado por completo.

Le alzó la camisola para besarle la columna mientras su dedo índice se topaba con sus bragas y las arrastraba hacia los muslos.

Ella se estremeció nuevamente al sentir su sexo expuesto. Cuando los dientes de Eren le arañaron el trasero, tuvo que estirar su mano derecha para pillar una almohada y esconder allí su rostro.

Enseguida se percató de los dedos separando sus pliegues, asió la almohada con más fuerza mientras el tormento solo comenzaba.

Eren sintió una nueva sacudida en su miembro, casi sentía la urgencia de acariciárcelo para mitigar el tirón permanente. La visión de los vagos espasmos de los labios internos solo empeoraba su situación, podría haberse dejado tres cuartos de su vida a cambio de poder enterrarse en ella de una vez.

Aun así, podía tolerar la tortura a cambio de tomarse tiempo en disfrutar de su primera y única noche con Historia, quería conocerla con cada parte de su cuerpo, experimentar cada una de las sensaciones que solo ella sería capaz de provocarle y al mismo tiempo sentirla deshacerse bajo su toque y sus lamidas.

Su lengua trazó el meridiano que le separaba los pliegues antes de hundirse entre ellos, gruñó cuando la dulce esencia le invadió los sentidos. Por su postura, la punta de la nariz le rozaba el perineo a medida que ella se dilataba y contraía en torno a la carne que la invadía.

Historia pudo ocultar el grito de placer que le provocó Eren al penetrarla con su lengua, gracias a la almohada en su rostro, pero sentía que no estaba siendo justa. Él le había permitido deleitarse con los sonidos con que respondía a sus estímulos. Le había concedido ver cuánto podía doblegarlo y cuan bien era capaz de hacerlo sentir. Ella realmente quería que él sintiera la misma seguridad que le había conferido a ella.

Soltó la almohada y a cambio apretó las sábanas entre sus puños.

Él siguió martirizándola, no le concedió espacio para relajarse mientras el éxtasis iba en crescendo, quería llevarla hasta el límite mucho más que por sus motivaciones egoístas; después de todo alguna vez había tenido "La Charla" con su padre y este le había advertido acerca del dolor que podían experimentar las mujeres durante su primera vez.

En aquel momento la, innecesariamente gráfica, representación médica del asunto había sido suficiente para no dejarlo dormir tranquilo durante días.

Ahora mismo todo parecía una lección necesaria. Como cada pieza del camino recorrido hasta ahora. Cada una de las travesías que había transitado lo habían traído hasta este momento y este lugar. Habían cruzado a Historia en su camino y le habían dado algo que quería proteger mucho más que su propia vida.

¿Cómo podía pensar en causarle cualquier clase de dolor? Incluso si era a costa de su propia cordura quería que ella sintiera realmente cuan especial era para él. Quería trasmitirle todo lo que no podía con palabras.

Por ello no mitigó el vaivén de su lengua, de hecho, se apresuró a acompañar aquel ritmo con caricias lineales sobre su clítoris henchido y ansioso por un alivio.

Podía sentirlo palpitar contra la yema del dedo central, como un capullo a punto de eclosionar, pronto su cuerpo comenzó a sufrir estertores y su sexo a supurar en exceso. Él supo que ella iba a venirse y solo entonces se detuvo para girarla con cuidado mientras ella, incapaz de dar marcha atrás a su clímax, se corría entre los dedos de su amante.

Era demasiado egoísta, no había podido darse el lujo de perderse la expresión de ella ante su primer orgasmo.

Historia sentía haber sido orillada a un precipicio y luego empujada en caída libre hacia el abismo, encontrando una retorcida fascinación en el absoluto placer que le había generado el derrumbe.

Había perdido el control por completo de sus terminales nerviosas, por unos segundos había prescindido de la consciencia de sus extremidades, como si estas hubieran desaparecido y sus sentidos hubieran colapsado sumergiéndola en una oscuridad donde solo habitaban Eren y todas las sensaciones caóticas que le traía aquel orgasmo desquiciado en el que se deshacía cuando él la masturbaba implacable.

Él la observó hipnotizado por su expresión. Ella lucía preciosa, aturdida y agitada como estaba seguía siendo gloriosa; como si no conociera la fragilidad en absoluto.

Él sonrío anclando sus ojos en los de ella mientras se le colocaba a horcajadas en las caderas. Entrelazó sus dedos con los femeninos esperando su aprobación.

Aun sin recuperarse del asalto anterior ella asintió ejerciendo presión en el colchón con sus pies, preparándose para lo que se aproximaba.

Eren se tensó liberando una de sus manos para rodear su erección con los dedos y acercarla hacia la palpitante entrada que Historia le ofrecía; con la cabeza de su miembro se entretuvo jugando en la puerta hacia su vagina, ella de vez en cuando movía su cabeza y se mordía el labio inferior tratando de mantener el control sobre su cuerpo.

Él ya podía paladear el alivio a su agonía, soltó su pene para, acto seguido, usar la mano con el fin de levantarle la camisola hasta las clavículas y exponer sus pechos perfectamente excitados por él.

En el momento en que se inclinó sobre el torso femenino para tomar entre los labios uno de sus pezones, su pelvis realizó un movimiento certero, hundiéndose casi por completo en ella, desgarrando la fina membrana de su castidad.

Historia sintió una punzada cálida y tirante en su interior, semejante al dolor de un músculo sobreexigido cuando se desgarra. Le había pasado varias veces en su entrenamiento como cadete; dolía, molestaba… Pero sobre todo desconcertaba la sensación de satisfacción que lo acompañaba.

Instintivamente el cérvix se contrajo en torno a la virilidad de Eren. Ella estaba apretada y húmeda. Tan maravillosamente estrecha que él podría jurar que eran dos partes de lo mismo. Las dos mitades que conjugaban un todo; no era perfecto, probablemente era un desastre, pero era suyo y era el rincón en que sus almas necesitaban descansar y consolarse mutuamente; como si fueran el uno y el otro las únicas personas que podían comprender la carga que llevaban sobre sus frágiles hombros humanos.

Eren gruñía mientras sus caderas pincelaban contra las ajenas rozando cada punto de placer en su centro, ella le respondía restregando sus caderas contra él, jadeando entrecortadamente con los pezones dolorosamente contraídos.

Mientras él se hundía más y más en ella, embistiéndola con más certeza en cada renovada estocada, Historia podía sentir el dolor desaparecer cediendo terreno al goce pleno. Su necesidad iba en aumento, podía sentir el nuevo orgasmo gestándose, su ombligo tirante, los dedos de sus pies formando garras involuntarias, una sensación de hormigueo en la espina dorsal…

Él estaba al borde del colapso, no recordaba haber tenido tan poco control sobre su cuerpo nunca… Quizás las primeras veces que materializó su titán, de alguna manera sentía que esta era una nueva transformación; se estaba convirtiendo en una parte de Historia, estaba reclamando de ella algo que nadie más podría tomar y ofreciéndole a cambio lo mismo, estaba tomando una parte suya dentro de él, volviéndola una existencia mucho más irremplazable de lo que había sido hasta ahora.

Cautivo de aquellas emociones volvió a demandar sus labios, el frío sudor de sus cuerpos los envolvía mezclándose con el calor que emanaban su piel. Eren era tan consciente de ella que lo conmovía. No quería darles un nombre a aquellos sentimientos, no los entendía, quizás no lo necesitaba. Solo sabía que quería volver a besarla. Y que nadie más pudiera hacerlo nunca.

Se dejó llevar y nuevamente se fundieron en un beso urgente y delicioso, enredando sus lenguas como dos serpientes apareándose, tronando sus dientes al ladear los rostros en oposición.

Historia le rodeaba el cuello con los brazos mientras él reposaba la mitad de su peso en los antebrazos para que ella pudiera respirar sin más dificultades de las que ya tenía.

El beso se prolongó mientras sus caderas seguían friccionando la una con la otra en delirio encomiado.

El viento del sur silbando entre los árboles, gemidos tronadores, la percusión de los pliegues mojados de Historia cuando los entumecidos testículos impactaban contra ellos; un ritmo cada vez más vertiginoso, los gemidos ahora lastimaban la garganta.

Ella sintió que su mente se desconectaba de su cuerpo.

Él vio un estallido de puntos blancos y negros antes de que sus ojos se desorbitaran mientras gruñía el nombre de Historia, una descarga le recorrió el estómago desplazándose hacia donde sus cuerpos se fundían; con todos los músculos doloridos su espalda se arqueó y su control se liberó sin tener ninguna chance de evitarlo o retrasarlo, su miembro se estremeció mientras vaciaba dentro de ella hasta la última gota de su cimiente cálido y urgente.

Ella, poseída por algo extraño y etéreo, era incapaz de hacer algo más que necesitar, la percepción sensorial se fundía con sus propias emociones, cuando Eren rompió su beso doblando el cuerpo sobre su propia espalda, ella fue consciente tarde del segundo en que el calor en su boca desaparecía para enseguida explotar en su entrepierna, la renovada sensación de una criatura aleteando desesperadamente como si escapara de la muerte; la tensión de su cuerpo desapareciendo súbitamente mientras el tórrido orgasmo se abría paso entre los tejidos confundiéndose con el clímax de Eren, drenando su cimiente hacia el abismo de su interior, logrando trascender incluso la intimidad que habían compartido hasta ese momento.

Historia recordaba que aquella noche la había tomado nuevamente contra el cabezal de la cama, hasta que ella sintió confianza para reclamar control de la situación y dominarlo, llena de poder y seguridad en sí misma.

Luego habían hecho el amor de rodillas, él a su espalda la había invadido desde atrás mientras le estimulaba el clítoris con sus dedos y ella se arqueaba hacia atrás enterrándole las manos en el pelo, exponiendo su pecho frente al enorme espejo de cuerpo entero que se hallaba frente a la cama.

Historia podría haberse quedado toda la noche contemplando aquella imagen; él rostro de él distorsionado de placer sobre el hombro de ella, la unión de sus cuerpos escurriendo sobre las sábanas; seguía sin descubrir desde cuándo se había vuelto tan lasciva.

El cuerpo le dolía y no tenía una sola gota de energía, sin embargo, estaba feliz. Sin importar lo que pasara de ahora en adelante, nadie le podría arrebatar aquella egoísta noche.

Eren se quedó a su lado y la abrazó hasta que el sueño la reclamó.

Apenas el cielo comenzaba a matizarse en color índigo cuando él supo que tenía que marcharse de allí.

Solo tenía un único recuerdo de algo que le había costado más que dejar a Historia en ese cuarto aquella noche. Sin embargo, tenía su promesa más clara y firme que nunca.

Finalmente se vistió desprolijo y besó sus labios fugazmente antes de desaparecer de allí, dejando atrás una única carta a sus superiores de la Legión.

Horas más tarde Daryus Zackly llamaba a la puerta de los aposentos de la Reina.

-¿Majestad? –Inquirió rogando no tener que elevar más la voz para que decidieran atenderlo-

Historia sentía que su cuerpo no le pertenecía, tenía calambres en zonas que hasta ese momento desconocía, sin embargo, el olor de Eren y su presencia permanecían allí con ella.

Trató de esconder la alegría infantil que sentía mientras abrazaba la almohada, tenía que actuar con normalidad y madurez después de todo.

Eren seguramente se había marchado a su cuarto en el transcurso de la madrugada.

No podía culparlo, pero secretamente un pequeño fragmento de su mente esperaba poder despertar y verlo durmiendo plácidamente a su lado; como si fueran dos personas normales.

Como si no cargaran un destino trágico que los condenaba a olvidar aquella noche.

-Ya voy… -Respondió neutralmente mientras se envolvía en el salto de cama y se acomodaba el pelo para ir hasta su vestidor y vestirse tan a prisa como le resultaba posible por el cansancio y el dolor.

Cuando estuvo lista dio un par de zancadas hacia la puerta y la abrió lo suficiente como para poder asomarse, pero sin permitir la vista hacia el caos que era el interior de la habitación.

-General. Usted dirá que lo trae hasta aquí a esta hora –Podía sonar como una acusación, pero lo cierto es que le preocupaba; después de todo conocía bien al hombre como para saber que no estaría en aquella situación si no fuera por un asunto delicado-

-Majestad… Se trata de Eren Jaeger –Le soltó provocando que ella se tensara a la espera de que continuara. Él le extendió un papel, que en apariencia era una carta, antes de continuar su explicación- Se ha marchado por su cuenta al continente de Marley ¿Desea que procedamos como si se tratara de un desertor o piensa seguir tratándolo como nuestro aliado?

Palideciendo, Historia se desplomó sobre sus rodillas con la palabra aliado rebotando en su cabeza, produciendo un eco vacío y sin forma.

Pase lo que pase yo siempre seré su aliada…

Lo único que acudía a su mente era su promesa a él, incluso si parecía que la había abandonado como todos los que habían sido importantes e irremplazables en su vida; confiaría en él porque también era su más grande aliado, contra la humanidad o el destino.

Quería creer en él desesperadamente; tenía que creer hacerlo o perdería la fe incluso en sí misma, después de todo, él era un espejo de ella que siempre le devolvía su mejor versión… y ahora también era una parte suya; mucho más de lo que sabía o imaginaba en ese momento.

-Fin flashback-


Eren sintió renovados deseos de matar al occiso mientras más se percataba del estado demacrado de Historia, la seguía por detrás viéndola cojear, débil y desgarbada. Se le hizo más pequeña y pálida que nunca y eso le generó una culpa paralizante.

Si él hubiera estado a su lado antes probablemente podría haber evitado su cautiverio; podría haberse deshecho de cualquiera que intentara volverla una herramienta del ejército.

-Eren… - Ella se detuvo delante de la puerta, hasta ese momento no se había percatado de que tendría que explicarle a él lo que había pasado y… Dejarle caer una joyita, sin duda.

Si es Eren, entonces estará bien… Tiene que estarlo –Se dijo a sí misma para envalentonarse mientras abría la puerta, adentrándose en la cabaña y caminando tambaleante hasta el improvisado nido donde descansaba su pequeña. Ella la levantó con todo el amor que era capaz de conjurar una madre.

Se Tensó cuando finalmente escuchó los pasos de él dentro de la humilde morada, avanzando hacia ellas mientras eludía el cadáver empalado cerca de la ventana.

Sabiendo que tenía que enfrentar la situación, viró su cuerpo gentilmente hacia él, con el mayor cuidado de no despertar a la bebé que acunaba.

Los ojos de Eren se desorbitaron ante la imagen que se le presentó de pronto, aunque confusamente algunas piezas empezaban a encajar bien en su cabeza, permitiendo que al conmocionado impacto lo sucedieran una avalancha de sentimientos mucho más cálidos.

-Historia… Esto es…

-Ellos dijeron que sería el futuro de Erdia –Lo interrumpió susurrando, mientras acariciaba la diminuta mejilla de su hija con los nudillos- Pero en realidad ella es mi futuro… Y el tuyo. -Prosiguió tratando de ser sutil- Creo que es el lugar donde todo empieza ¿Sabes? A partir de donde podemos forjar un futuro para todos los demás también. Como su madre, creo que Liese se convertirá en nuestra mayor fortaleza. -Concluyó, alzando los ojos hacia él a la espera de su reacción, sin ser capaz; por primera vez en mucho tiempo; de descifrar su expresión-.

La mandíbula de él temblaba mientras observaba a la frágil criatura arrullada en aquellos brazos que le brindaban seguridad, como para dormir tan plácidamente, a pesar de estaban físicamente en su límite.

-Pasaste por esto tú sola todo este tiempo… - ¿Cómo podía disculparse sin sentirse hipócrita? Lo cierto es que por protegerla habría vuelto a hacer todo igual.

Sobre todo, ahora cuando no era solo a ella a quien debía salvar del destino, las maldiciones o el resto de la humanidad que se volverían contra ellos.

¿Cómo podría hacer algo diferente a lo que había hecho o lo que planeaba hacer cuando frente a él se hallaba la existencia más valiosa y preciosa en el mundo?

Aquella existencia que era el resultado de los sentimientos más reales e importantes que había tenido alguna vez.

Su hija. Su preciada creación. La que había dejado en el vientre de la única mujer que era su mayor fuerza hasta ese momento. Su aliada absoluta y la única que por fin se atrevía a reconocer; para sí mismo, aunque fuera; que había amado desquiciadamente.

-De ahora en más, no volverá a pasar. No volverán a estar solas. –Le susurró acunando la mejilla de Historia y luego dejando caer la mano sobre el cuerpo de su bebé, antes de inclinar el rostro sobre ella y besarle suavemente su coronilla. –Todo empezará a estar bien a partir de ahora. Así que duerme Liese, yo voy a liberarnos a todos.

Esa fue la primera promesa de Eren para su hija, cuando la primera estrella de la quinta noche de noviembre del 854, besó el cielo sobre Paradis.


.

.

Fin.


*Kyōhansha= Cómplices (normalmente en un crimen).