Capítulo 5 Ley De Murphy
La noche siguiente, Naruto estaba sentado en el lugar de costumbre, en la cola del vuelo charter que llevaba los Stars desde Nuevopolis a Konoha. Las luces eran tenues dentro de la cabina y la mayor parte de los jugadores o estaban dormidos u oían música a través de los auriculares. Naruto estaba melancólico.
Le dolía el tobillo por un golpe que había recibido en el último cuarto. En ese momento, Konohamaru había entrado para reemplazarle, siendo interceptado tres veces, continuando torpemente dos, para lanzar la pelota cincuenta y tres yardas y conseguir un touchdown.
Sus lesiones se sucedían ahora con más frecuencia: Una luxación en el hombro en un entrenamiento, una contractura en el muslo el mes pasado y ahora esto. El médico del equipo le había diagnosticado un esguince en el tobillo, lo cual quería decir que Naruto no podría entrenar esa semana. Tenía treinta y seis años de edad e intentó no recordar que incluso Senju se había retirado a los treinta y ocho. Tampoco era nada positivo que no se recuperara tan rápidamente como solía. Además de la lesión del tobillo, sus rodillas palpitaban, le dolían las costillas y sentía como si le estuvieran pinchado en la cadera con un punzón caliente. Supo que se pasaría buena parte de la noche dando vueltas.
Entre la lesión del tobillo y el desastroso incidente con Rosebud, estaba más que contento de que el fin de semana hubiera terminado ya. Aún ahora no se podía creer que no hubiera usado una goma. Ni siquiera de adolescente había sido tan descuidado. Pero lo que realmente le irritaba era que ni siquiera había pensado en ello hasta después de que ella se hubiera ido. Era como si al minuto de haberla visto, su cerebro hubiera entrado en hibernación y la lujuria hubiera tomado el mando.
Tal vez hubiera llevado demasiados golpes en la cabeza porque sin duda alguna parecía como si estuviera perdiendo la razón. Si hubiera sido cualquier seguidora que no fuera Rosebud, nunca la habría dejado entrar en su habitación. La primera vez tenía como excusa que había estado medio borracho, pero esta vez no tenía excusas. La había deseado y la había tomado; era así de simple.
No entendía que le atraía de ella. Una de las ventajas de ser un deportista famoso era que podía elegir y él siempre elegía las chicas más jóvenes y bonitas. A pesar de lo que ella había dicho, tenía por lo menos veintiocho y no le interesaban mujeres tan viejas. Le gustaban frescas y florecientes, con pechos altos y llenos, bocas voluptuosas y olor a juventud a su alrededor.
Rosebud olía a vainilla pasada de moda. Pero tenía esos ojos plata. Incluso cuando le estaba mintiendo, lo había mirado totalmente de frente. No estaba acostumbrado a eso. Le gustaban las mujeres que coqueteaban con los ojos, pero Rosebud tenía ojos sensatos, lo cual no dejaba de ser irónico considerando que nada en ella era honesto.
Siguió dándole vueltas mientras volvía a Konoha y durante toda la semana siguiente. El que no tuviera que entrenar lo ponía de peor humor y cuando llegó el viernes su rígido autocontrol finalmente se rompió y tuvo que obligarse a centrarse en los Suna Broncos.
Los Stars jugaban las semifinales del campeonato AFC y a pesar de la luxación del hombro logró hacer bien los pases. Las lesiones sin embargo, no permitieron que jugara bien en defensa y no pudo detener el ataque de los Broncos. Suna ganó 22 a 18.
La decimoquinta temporada de Namikaze en la NFL finalizó.
Chiyo, la secretaria que Hinata compartía con otros dos miembros del departamento de física de Newyonsei, le entregó varios mensajes rosados cuando Hinata entró en la oficina.
—El Dr. Ngyuen de Fermi llamó; Necesita hablar contigo antes de las cuatro y el Dr. Davenport ha programado la reunión del departamento para el miércoles.
—Gracias, Chiyo.
A pesar de la cara agria de la secretaria, Hinata apenas podía resistirse a darle un abrazo. Quería saltar, cantar, bailar una giga al aire libre, correr por los pasillos de Stramingler Hall y gritarle a todo el mundo que estaba embarazada.
—Necesito tu informe sobre DOE a las cinco.
—Lo tendrás —contestó Hinata. La tentación de compartir la noticia era casi irresistible, pero sólo tenía una falta, Chiyo era una amargada y era demasiado pronto para decírselo a nadie.
Sin embargo, había una persona que lo sabía y mientras Hinata seleccionaba su correo y entraba en su oficina, una insidiosa preocupación se coló en su felicidad. Hacía dos noches Konan se había dejado caer por su casa y había visto los libros sobre embarazo que Hinata irreflexivamente había dejado apilados sobre la mesa de café. Hinata había hecho que Konan le jurara que ocultaría los hechos para siempre pero no confiaba que alguien tan egocéntrico se callase sobre las circunstancias que rodeaban la concepción de su bebé.
Aunque Konan le había prometido que llevaría el secreto de Hinata a la tumba, Hinata no tenía demasiada fe en su integridad. Bueno, había parecido bastante sincera sobre sus intenciones de guardar el secreto, así que cuando Hinata se cerró en la oficina y encendió el ordenador, optó por no desperdiciar más tiempo preocupándose por eso.
Se conectó a la web de la biblioteca electrónica de Los Alamos para ver qué novedades había sobre la teoría de las supercuerdas y su dualidad. Fue un acto automático, el mismo que realizaba diariamente cada físico del mundo. La gente normal se leía un periódico cada mañana. Los físicos se conectaban a la web de Los Alamos.
Pero esta mañana, en lugar de concentrarse en los nuevos datos, comenzó a pensar en Naruto Namikaze. Según Konan, se había pasado la mayor parte de febrero recorriendo el país para cumplir sus contratos publicitarios antes de ir a Kirigakure a principios de marzo. Al menos no tendría que preocuparse de encontrarse con él por sorpresa en la tienda de la esquina.
Saberlo debería haber sido reconfortante, pero no se había librado de un vago desasosiego. Con resolución devolvió su atención a la pantalla del ordenador, pero no lograba concentrarse en las palabras. Se encontró imaginando como quería decorar la habitación infantil.
Decidió que sería amarilla y que pintaría un arco iris sobre paredes y techo. Su boca se curvó en una sonrisa soñadora. Su precioso niño crecería rodeado de belleza.
Konan estaba cabreada. Los chicos le habían prometido una noche con Konohamaru Sarutobi si conseguía el regalo de cumpleaños de Dinamita, pero estaban a finales de febrero, habían pasado más de tres meses y todavía no le "habían pagado". Que Konohamaru estuviera allí flirteando con una de sus amiguitas no mejoraba su humor.
Sasuke Uchiha había alquilado Akatsuki para dar una fiesta y los jugadores que aún estaban en la ciudad estaban invitados. Aunque Konan estaba oficialmente trabajando, llevaba bebiendo un poco aquí y allá durante toda la noche así que estaba en condiciones de enfrentarse a Rock Lee cuando finalmente lo encontró junto a la mesa de billar de la trastienda con Killer bee algo después de medianoche.
—Necesito hablar contigo Rock Lee.
—Más tarde, Konan. ¿No ves que estoy jugando con Killer?
Le dieron ganas de cerrar una de sus manos y asestarle un puñetazo en la cabeza, pero no estaba tan borracha.
—Me hicisteis una promesa y aún no tengo el número doce colgado del armario. Puede que te hayas olvidado de lo que me prometisteis sobre Konohamaru, pero te aseguro que yo no lo he hecho.
—Te hemos dicho que lo estamos arreglando. —Apuntó pero tiró mal—. Joder.
—Eso es lo que me llevas diciendo tres meses y ya no cuela. Cada vez que intento hablar con él me mira como si fuera invisible.
Rock Lee se echó a un lado para que Killer pudiera tirar y ella se sintió feliz al ver que parecía un poco incómodo.
—Lo que pasa Konan, es que Konohamaru nos está dando algunos problemas.
—¿Me estas diciendo que no quiere acostarse conmigo?
—No es eso. Lo que pasa es que está saliendo con una tía y eso lo complica todo bastante. ¿Sabes qué? Voy a hacer que quedes con Kisame Rawlins y Sasori Truate.
—Olvídate. Si hubiera querido a esos dos calientabanquillos, podría haber follado con ellos hace meses. —Se cruzó de brazos—. Hicimos un trato. Si os encontraba una prostituta para ofrecérsela de regalo de cumpleaños a Dinamita, me conseguíais una noche con Konohamaru. Yo cumplí mi parte del trato.
—No exactamente.
El sonido de esa voz arrastrada con acento de Kirigakure que llegó directamente desde su espalda hizo que le bajara un escalofrío por la columna, como si acabara de ver su propia tumba. Se giró y miró los claros ojos azules de Dinamita.
¿De dónde había salido? La última vez que lo había visto, un par de rubias intentaban ligar con él en la barra. ¿Qué hacía aquí?
—No conseguiste una prostituta, ¿no es cierto, Konan?
Ella se humedeció los labios.
—No sé de que hablas.
—Pues yo creo que sí. —Ella dio un salto atemorizada cuando él la agarró por el brazo—. Perdonad chicos. Konan y yo vamos a salir para charlar un rato.
—¡Estás loco! Hace demasiado frío fuera.
—No estaremos mucho tiempo. —Sin darle opción de discutir, la separó de la mesa de billar y la condujo a la puerta trasera.
Llevaban todo el día advirtiendo en la radio que las temperaturas serían bajo cero esa noche y cuando salieron al callejón, su aliento hizo nubes de vapor en el aire. Konan comenzó a temblar y Naruto la miró con sombría satisfacción. Por fin iba a tener respuestas a sus preguntas.
Los misterios siempre le habían puesto los nervios de punta, en el fútbol y en la vida. Según su experiencia que algo no tuviera explicación solía querer decir que lo que iba a pasar no seguía las reglas y no le gustaban ese tipo de sorpresas.
Sabía que podía haber presionado a los chicos para obtener algunas respuestas, pero no querían que sospecharan cuánto tiempo había estado pensando en Rosebud. Hasta que había oído sin querer la conversación de Konan con Rock Lee, no se le había ocurrido hablar con ella.
No importaba cuanto lo intentara, parecía que no podía olvidarse de Rosebud. Se acordaba de ella en las situaciones más extrañas. ¿A cuantas habitaciones de hotel había ido recientemente, con su historia sobre las SPS y consejeras espirituales? Por lo que él sabía, a esas alturas podía estar detrás de los Bears y no podía evitar preguntarse para cuál de ellos no se desvestiría.
—¿Quién es, Konan?
Ella sólo llevaba puesto su uniforme de barman, un chaleco con gran escote y una minifalda a rayas como las de una cebra y comenzaba a tiritar.
—Es una prostituta que conozco.
Una parte de su cerebro le advertía que tal vez sería mejor creerse eso. ¿No sería mejor que no escarbara para enterarse de algo que quizá fuera mejor que no supiera? Una de las cosas que lo hacían ser un quarterback genial era su habilidad para presentir el peligro, y por alguna razón que no entendía, el vello de su nuca había comenzado a erizarse.
—No me digas estupideces, Konan, no me gusta nada que la gente haga eso. —Le soltó el brazo, pero, al mismo tiempo, se acercó unos centímetros más, atrapándola entre él y la pared de ladrillo.
Desviando la mirada le contestó—: Es alguien que conozco, ¿vale?
—Quiero un nombre.
—No puedo dártelo, no puedo hacer eso. Lo prometí.
—No lo deberías haber hecho.
Ella comenzó a frotarse los brazos y le comenzaron a castañear los dientes.
—Jesús, Naruto, hace un frío endemoniado.
—Yo no lo noto.
—Ella es. . . Su nombre es Hinata. Es todo lo que sé.
—No te creo.
—¡Eso es una estupidez! —Ella intentó deslizarse por un lado, mientras lo empujaba, pero él se movió, bloqueándola. Sabía que estaba asustándola y le pareció genial. Quería acabar con todo esto lo más rápido posible.
—¿Hinata qué?
—Me olvidé. —Ella se apretó más los brazos y encorvó los hombros.
Su desafío lo molestó.
—¿Andar con los chicos significa mucho para ti?
Ella lo miró con suspicacia.
—Algo.
—Creo que más que algo. Creo que es lo más importante de tu insignificante vida. Y sé que realmente enloquecerías si ninguno de los jugadores volviese a entrar en Akatsuki. Si ninguno de ellos quisiera relacionarse contigo, ni siquiera los suplentes.
Él sabía que la tenía, pero ella intentó desafiarle todavía un poco más.
—Ella es una señora agradable que esta pasando algunos apuros y no voy a delatarla.
—¡Dime su nombre!
Ella vaciló, luego se rindió.
— Hinata Hyūga.
—Sigue.
—Eso es todo lo que sé —dijo hoscamente.
Él bajó la voz hasta que no fue más que un susurro.
—Ésta es tu última oportunidad. Dime lo que quiero saber, o les prohibiré a todos los jugadores del equipo que se acerque a ti.
—Eres un cabrón.
Él no dijo nada. Sólo se quedó allí parado y esperó.
Ella se frotó los brazos para entrar en calor y lo miró con agresividad.
—Es profesora de física en Newyonsei.
De todas las cosas que había esperado oír, aquella no estaba en la lista.
—¿Profesora?
—Sí. Y también trabaja en uno de esos laboratorios. No sé cuál. Es una sabihonda, pero no conoce a demasiados hombres y… pero no es peligrosa.
Cuanto más sabía, más se le erizaba el vello de la nuca.
—¿Por qué yo? Y no intentes convencerme que es seguidora de los Stars porque sé que no es cierto.
Ella temblaba de frío.
—Bueno, se lo prometí. Le prometí que no diría nada.
—Acabo de perder la paciencia.
Él podía ver como ella estaba intentando encontrar la manera de proteger a la vez a su amiga y su propio culo. Pero sabía la respuesta antes incluso de que hablase.
—¡Bueno, quiere tener un niño! Pero no quiere que lo sepas.
El escalofrío que lo recorrió no tuvo nada que ver con la temperatura.
Lo miró con ansiedad.
—No va a aparecer cuando el niño nazca pidiendo dinero. Tiene un buen trabajo y es lista, ¿por qué no te olvidas de todo esto?
Él lo estaba pasando bastante mal, ya que el aire no entraba en sus pulmones.
—¿Quieres decir que está embarazada? ¿Que me ha utilizado para quedarse embarazada?
—Bueno, pero no es realmente tu hijo. Eres simplemente un donante de semen. Así es como lo ve ella.
—¿Un donante de semen? Él sintió como la cabeza estuviera a punto de estallar como una olla a presión. Él odiaba cualquier cosa que lo atara a un lugar y ahora iba a tener un niño. Lucho para no perder el control.
—¿Por qué yo? ¿Por qué me eligió a mí?
Un hilo de miedo apareció bajo su hostilidad.
—Eso no va a gustarte nada.
—Apuesto que estás en lo cierto.
—Ella es un genio. Y ser más lista que todos los demás hizo que la trataran como si fuera un fenómeno mientras crecía. Naturalmente no quería que a su bebé le pasara lo mismo, así que era importante que el donante de semen no fuera como ella.
—¿Qué no fuera como ella? ¿Qué no fuera cómo?
—Alguien que…, bueno, alguien que no fuera exactamente un genio.
Él quiso sacudirla hasta que le cayera cada uno de sus dientes.
—¿Qué coño estás tratando de decir? ¿Por qué me eligió?
Konan le miró con temor.
—Porque piensa que eres estúpido.
—Tres protones del isótopo y siete neutrones están sin enlazar. —De espaldas a sus ocho estudiantes del curso de doctorado, seis chicos y dos chicas, Hinata dibujo los enlaces—. Si quitamos un neutrón al Li—11, se irá sólo otro, nos quedará Li—9, haciendo que los neutrones se unan en grupos de tres con los protones.
Ella estaba tan concentrada en explicar la complejidad de los neutrones de los isótopos de litio que no prestó atención al leve disturbio que había a sus espaldas.
—El isótopo Li-11 se conoce como núcleo Borromean junto con… —Una silla chirrió. Oyó susurros—. Junto con… —Los papeles crujieron y hubo más susurros. Desconcertada, se giró para conocer el origen del disturbio.
Y vio a Naruto Namikaze apoyado contra la pared del fondo, con los brazos cruzados y las manos metidas bajo las axilas.
La sangre huyó de su rostro y por primera vez en su vida, creyó que se desmayaría. ¿Cómo la había encontrado? ¿Qué hacía allí? Por un momento supuso que no la reconocería sin su ropa de faena. Ahora iba vestida con un conservador traje de lana de doble abotonadura y tenía el pelo retirado de la frente con una trenza francesa, como siempre en el trabajo. Y llevaba gafas, él nunca la había visto con gafas. Pero no lo engañó ni por un momento.
Un denso silencio cayó sobre la habitación. Toda la gente de su clase pareció reconocerle, pero él prestó poca atención a sus reacciones. La miraba a ella.
Ella nunca había sido blanco de tal odio no disimulado. Tenía los ojos entrecerrados, formando una raya mortífera y un duro gesto en la boca, y, mientras lo miraba, se sintió como el núcleo del isótopo que acababa de describir.
Con tantos ojos mirando con curiosidad, tuvo que recobrar la compostura. Quedaban diez minutos de clase. Necesitaba que saliera para poder terminarla.
—Sr. Namikaze, ¿puede esperarme en mi despacho hasta que termine? Está abajo en el vestíbulo.
—No voy a ningún sitio. —Por primera vez él clavó los ojos en sus ocho alumnos—. La clase está terminada. Fuera.
Los estudiantes se pusieron de pie, cerrando sus apuntes y cogiendo sus abrigos. Como no podía empezar a discutir con él ante tanto público, se dirigió a ellos tan serenamente como fue posible.
—Ya había acabado. Seguiremos desde aquí el miércoles que viene.
Salieron en fila del aula en pocos segundos, mirándolos con curiosidad mientras lo hacían. Naruto se apartó de la pared, cerró la puerta y echó el cerrojo.
—Abre la puerta —dijo ella inmediatamente, alarmándose por estar recluida con él en esa pequeña aula sin ventanas—. Podemos hablar en mi oficina.
Él volvió a adoptar la misma posición. Apoyándose contra la puerta, cruzó los brazos y escondió las manos bajo las axilas. Sus antebrazos eran morenos y musculosos. Una vena azul latía en ellos.
—Me gustaría que te apartaras de ahí.
Ella aspiró profundamente mientras era invadida por el pánico. Su postura repentinamente adquirió significado, era un hombre que estaba utilizando su cuerpo para cohibirla.
—¿Nada que decir? ¿Qué ocurre, doctora Hyūga? Te aseguro que no hacías más que hablar la última vez que nos vimos.
Ella lucho por recuperar la calma, esperando contra toda esperanza que simplemente hubiera averiguado que ella no era quien le había dicho y que había ido allí para recuperar su orgullo de guerrero herido. Por favor que no sea otra cosa, rezó.
Él caminó lentamente hacia ella, y ella dio involuntariamente un paso atrás.
—¿Cómo puedes vivir contigo misma? —se burló—. ¿O ese cerebro de genio tan grande que tienes ocupa el lugar que debería corresponder al corazón? ¿Pensaste que no me importaría, o simplemente supusiste que nunca me enteraría?
—¿Enterarte? —Su voz fue apenas un susurro. Chocó contra la pizarra mientras el terror reptaba por su columna.
—Me importa, Profesora. Me importa mucho.
Sintió su piel caliente, húmeda y pegajosa al mismo tiempo.
—No sé de qué me hablas.
—Joder. Eres una embustera.
Él resueltamente se acercó a ella de modo amenazador, y ella sintió como si estuviera tratando de tragar grandes bolas de algodón.
—Quiero que te vayas.
—Apuesto a que si. —Él se paró tan cerca que su brazo rozó el de ella. Sintió el olor de jabón, lana y furia—. Hablo del bebé, Profesora. De que querías quedarte embarazada de mi hijo. Y de que ganaste el premio gordo.
Toda la fuerza abandonó su cuerpo. Se dejó caer contra la pizarra. Esto no. Por favor, Dios mío, esto no. Su cuerpo perdió todas sus fuerzas y entonces quiso enroscarse dentro de sí misma.
Él no dijo nada; Simplemente esperó.
Ella respiró profunda y trémulamente. Sabía que era inútil negar la verdad, pero apenas podía hablar.
—No tiene nada que ver contigo ahora. Por favor. Lo único que tienes que hacer es olvidarte de todo este asunto.
Él se lanzó contra ella en un segundo. Ella dio un grito gutural cuando la tomó por los hombros y la sacudió con fuerza. Sus labios estaban pálidos de ira reprimida y una vena latía en su sien.
—¿Qué me olvide? ¿Quieres que me olvide?
—¡No creí que te importase! ¡Pensé que no tendría importancia para ti!
Sus labios apenas se movieron.
—Tiene importancia.
—Por favor… quería tanto un bebé. —Ella se sobresaltó cuando clavó los dedos en sus brazos—. No quería que te enteraras. Se suponía que nunca lo sabrías. Nunca había hecho nada así. Era un…, un dolor dentro de mi y no se me ocurrió otra manera.
—No 'stuvo bien.
—Sabía que lo que hacía no estaba bien. Pero no parecía un error. Solo podía pensar en tener un bebé.
Él lentamente la soltó y ella sintió que estaba intentando controlarse.
—Había otras maneras. Maneras que no me involucraban.
—Un banco de semen no era una opción viable para mí.
Sus ojos la recorrieron con desprecio y la amenaza en su suave voz arrastrada de Kirigakure la hizo querer encogerse de miedo.
—¿Viable? No me gusta que uses palabrejas de esas. Mira, no soy un científico puntero como tú. Soy simplemente un deportista, así que será mejor que uses palabras sencillas.
—No era práctico para mí usar un banco de semen
—¿Por qué?
—Tengo un coeficiente intelectual superior a 180.
—Enhorabuena.
—No tuve nada que ver, no es algo de lo que me enorgullezca. Nací de ese modo, pero es más una maldición que una bendición, y quería tener un niño normal. Por eso tuve que ser muy cuidadosa en mi selección. —Se retorció las manos delante de ella, tratando de pensar como decirle el resto sin que se enfadara todavía más—. Necesitaba que el padre tuviera una inteligencia media. Los donantes de los bancos de semen suelen ser estudiantes de medicina. Ese tipo de hombres.
—No son hombres de la Kirigakure rural que se ganan la vida tirando un balón.
—Sé que te he ofendido —dijo ella quedamente, retorciendo los botones de la parte delantera de su traje chaqueta—. No hay nada que pueda hacer salvo disculparme.
—Podrías abortar.
—¡No! ¡Quiero de todo corazón este bebé, nunca haría eso!
Ella esperó que discutiera con ella, pero no dijo nada. Se giró y se puso en un lado del aula, para poner tanta distancia entre ellos como fuera posible, protegiéndose y protegiendo a su bebé.
Lo oyó dirigirse hacia ella y se sintió como si la estuviera mirando a través de la mira de un rifle de caza. Su voz fue ronca y extrañamente incorpórea.
—Va a ser de la siguiente manera, Profesora. Dentro de unos días, viajaremos hasta la frontera de Wisconsin, donde la prensa no pueda husmearnos. Y una vez allí, nos casaremos.
Ella recobró el aliento ante su expresión venenosa.
—Y no imagines una casa con una valla blanca porque 'ste va a ser un matrimonio hecho en el infierno. En cuanto termine la ceremonia, cada uno seguirá su camino hasta que el bebé nazca. Después nos divorciaremos.
—¿De qué hablas? No me voy a casar contigo. No lo entiendes. No quiero tu dinero. No quiero nada de ti.
—No me importa lo que quieras.
—¿Pero por qué? ¿Por qué quieres hacer eso?
—Porque no es justo que un niño sea bastardo.
—Este niño no será un bastardo. No será…
—¡Cállate! Tengo una tonelada de derechos, y voy a asegurarme cada uno de ellos, con un contrato de custodia compartida si decido que eso es lo que quiero.
Ella sintió como si se hubiera quedado sin aire.
—¿La custodia compartida? No puedes. ¡Este bebé es mío!
—No apostaría nada por eso.
—¡No te permitiré hacerlo!
—No se te ocurrió nada así cuando tramaste esta sucia trampa.
—No me casaré contigo.
—Bueno, lo harás. ¿Y sabes por qué? Porque te destruiré antes de dejar que un hijo mío sea un bastardo.
—Eso ya no es importante. Hay millones de madres solteras. La gente ya no opina mal de eso.
—Te diré algo. Escúchame. Resístete y solicitaré la custodia total de ese bebé. Te llevaré a un tribunal y la conseguiré.
—Por favor no hagas esto. ¡Éste es mi bebé! ¡Aún no ha nacido, pero es mío!
—Díselo a un juez.
Ella no podía decir nada. Dolorosamente, había llegado a un callejón sin salida, donde hablar era imposible.
—Soy capaz de revolcarme en el barro, Profesora, y la verdad, no me molesta nada. Soy de ese tipo. Así que podemos hacerlo por las buenas y mantenerlo limpio o podemos hacerlo por las malas y será realmente sucio, por no decir caro. De una manera u otra, yo gano.
Ella trató de entender lo que él decía.
—No está bien. No quieres tener un hijo.
—Un niño es lo último que quiero, y te maldeciré por ello hasta el fin mis días. Pero no tiene la culpa de que su madre sea una perra mentirosa. Lo hacemos como te digo; No te conviene que sea de otra manera.
—No puedo hacerlo. No quiero.
—No tienes otra opción. Mi abogado se comunicará contigo mañana y te hará firmar un acuerdo prenupcial. Dirá que cada uno de nosotros saldrá del matrimonio exactamente con lo que llegó. No puedo tocar tu dinero y desde luego, tú no puedes tocar el mío. Mi solvencia económica es para el niño.
—¡No quiero tu dinero! ¿Por qué no me escuchas? Puedo mantener a este niño yo sola. No quiero nada de ti.
Él la ignoró.
—Tengo que regresar pronto a Kirigakure, así que lo haremos de inmediato. La semana que viene nos casamos, y luego, nos comunicaremos a través de mi abogado para todo lo referente al niño y para divorciarnos.
Estaba destruyendo todos sus maravillosos planes. ¿Que iba a hacer? ¿Cómo podía entregarle su niño a este bárbaro, incluso para una visita corta?
Iba a enfrentarse a él. ¡Él no se arriesgaría a reclamar su bebé! No le importaba cuántos millones tuviera ni lo que le costara el pleito, este niño era suyo. No le dejaría arrebatárselo. Él no tenía ningún der…
Su indignación se esfumó con un ramalazo de conciencia. Tenía derecho. Tenía todos los derechos. Gracias a su engaño, era el padre del niño, le gustase a ella o no, y eso le daba derechos en el futuro.
Se obligó a afrontar la verdad. Aunque podía tener una larga batalla en los tribunales con él, no lo haría. Se encontraba en esa situación por volverle la espalda a sus principios, por haberse convencido a sí misma que el fin justificaba los medios, y la había llevado hasta allí. Ya no lo haría más. De ahora en adelante, basaría cada decisión en sólo una cosa: ¿Qué era más conveniente para ese niño?
Ella cogió sus apuntes de la mesa y se acercó a la puerta.
—Lo pensaré.
—Hazlo. Tienes hasta el viernes a las cuatro de la tarde.
—La doctora Hyūga llegó en la hora límite. — Danzō Shimura, el abogado de Naruto, cogió el contrato prematrimonial que había sobre su escritorio—. No vino hasta casi las cuatro y estaba muy alterada.
—Bien. —Incluso después de una semana, Naruto no podía contener su furia por lo que le había hecho. Aún la veía de pie, delante de él, con ese traje chaqueta naranja oscuro de doble abotonadura dorada. Por un momento no la había reconocido. Su pelo estaba sujeto con uno de esos peinados eficientes y las grandes gafas cubrían completamente sus ojos plata. Se parecía más a la presidenta de una compañía que a cualquier mujer con la que él hubiera salido en su vida.
Él se acercó a las ventanas, desde dónde miró sin ver hacia abajo, al aparcamiento. En dos días sería un hombre casado. Hija de puta. Todo en su interior se revelaba, todo excepto el código moral con el que se había criado y que decía que un hombre no abandonaba a su hijo, no importaba lo que él quisiera.
La idea de este tipo de permanencia lo hizo sentir que se ahogaba. La permanencia era para después de su carrera, para cuándo estuviera tan jodidamente viejo que no pudiera tirar la pelota, no para ahora, cuando aún estaba en la plenitud de la vida. Él cumpliría con su deber con este niño, pero la doctora Hinata Hyūga iba a pagar por manipular su vida. Nunca había dejado que nadie lo hiciera. Nunca lo había hecho y nunca lo haría.
Él desgranó las palabras.
—Quiero que pague por 'sto, Danzō. Encuentra todo lo que haya sobre ella.
—¿Qué quieres exactamente que busque?
—Quiero conocer cualquier cosa que la haga vulnerable.
Shimura parecía inofensivo, pero tenía ojos de tiburón y Naruto sabía que era el hombre adecuado para realizar ese trabajo. Shimura llevaba representando a Naruto cinco años. Era listo, agresivo y ninguno de sus asuntos había salido nunca de su oficina. Algunas veces Shimura podía tener demasiado celo en su deseo de complacer a su cliente más valioso y se pasaba de la raya, pero Naruto creía que había defectos peores. Hasta ahora había manejado todo el asunto con rapidez y eficacia y Naruto no dudaba que manejaría el resto de la misma manera.
—No va a quedar sin castigo, Danzō. Me caso con ella porque tengo que hacerlo, pero no es el fin. Va a descubrir que escogió al hombre equivocado.
Shimura pareció pensativo mientras golpeaba el acuerdo con la parte superior de su pluma.
—Parece llevar una vida pacífica. No creo que tenga ningún esqueleto en el armario.
—Entonces descubre lo que es importante para ella y destrúyelo. Pon a tus mejores hombres en esto. Investiga su vida laboral y profesional. Averigua lo que tiene más importancia para ella. Una vez que lo sepamos, sabremos exactamente que hacer.
Naruto casi podía ver trabajar los engranajes de la mente de Shimura mientras repasaba rápidamente los desafíos del trabajo que había recibido. Otro abogado menos agresivo podría haberse resistido a algo parecido, pero no Danzō. Era el tipo de hombres que disfrutaría de una ejecución.
Cuando Naruto dejó la oficina, tomó la decisión de proteger a la gente que le importaba del engaño que había fraguado Hinata Hyūga. Su familia aún llevaba luto por las muertes de Suiren y Kiyoshi, y no añadiría una herida más. Con respecto al bebé… La gente pensaba que era un autentico hijo de puta desde que podía recordar, pero también era justo y no dejaría que ese niño fuera castigado por los pecados de su madre.
Se negó a pensar más sobre el bebé. Se ocuparía de eso más tarde. Por ahora, todo lo que le importaba era la venganza. Llevaría su tiempo, pero iba a hacer que pagara y lo haría de una manera que nunca olvidaría.
La noche antes de la boda, Hinata estaba tan aterrorizada que no pudo ni comer, ni dormir. Pero resultó, que la ceremonia real fue totalmente inocua. Tuvo lugar en la oficina de un juez de Wisconsin y duró menos de diez minutos. No hubo flores, ni amigos, ni besos.
Al final de la ceremonia, Danzō Shimura, el abogado de Naruto, le dijo que Naruto volvería a Kirigakure en una semana y que Shimura haría todas las comunicaciones necesarias. Aparte de sus bruscos votos de boda, Naruto no le dirigió la palabra.
Se alejaron en coches separados tal como habían llegado, y cuando llegó a casa, Hinata se sintió aliviada. Había terminado. No tendría que enfrentarse a él durante meses.
Desafortunadamente, no había contado con el Konoha Tribune. Dos días después de la ceremonia, un cronista deportivo del Tribune, recibió un chivatazo de un secretario anónimo del condado de Wisconsin, contando la historia del matrimonio secreto del más famoso quarterback de la ciudad con la doctora Hinata Hyūga, una distinguida profesora de física de Newyonsei.
El circo mediático comenzó.
[Escribir texto]
