Capítulo 6 Abuelita
—Nunca te perdonaré esto —siseó Hinata agarrando rápidamente las dos mitades de su cinturón de seguridad y abrochándolas.
—Sólo recuerda quién llegó con un lazo alrededor del cuello. —Naruto metió los resguardos del equipaje en el bolsillo de su abrigo y se sentó al lado de ella. La miró con hostilidad y ella no pudo recordar haber estado en toda su vida en presencia de un odio tan patente.
Era lunes, sólo cinco días después de su boda, pero todo había cambiado. La asistente que servía a los pasajeros de primera clase se paró al lado de sus asientos, deteniendo temporalmente la amarga batalla verbal que se había estado desarrollando entre ellos, de una u otra manera, desde que el Tribunehabía publicado su historia hacía tres días. Les tendió una bandeja con dos copas de champán.
—¡Felicidades! Toda la tripulación está encantada de tenerles en el vuelo de hoy. Somos grandes admiradores de los Stars y nos alegramos de su matrimonio.
Hinata forzó una sonrisa mientras tomaba la copa de champán.
—Gracias.
Naruto no dijo nada.
La mirada de la asistente repasó a Hinata, evaluando a la mujer que había logrado cazar al soltero más cotizado de la ciudad. Hinata comenzaba a estar acostumbrada al parpadeo de sorpresa en la cara de la gente cuando la veía por primera vez. Indudablemente esperaban que la esposa de Naruto Namikaze pareciera y se vistiera como una modelo de Victoria's Secrets, pero la chaqueta de mezclilla de lana perfectamente cortada de Hinata, los pantalones color camel y la blusa de seda color bronce, estaban bastante alejados de eso. Todas sus ropas eran de buena calidad, pero conservadoras. Le agradaba el estilo clásico y tenía pocas ganas de volverse una fanática de la moda.
Se había recogido el pelo en una trenza francesa bastante floja, como siempre; le gustaba porque retiraba el pelo de la cara y siempre era actual. Su amiga Tenten decía que era aburrida, pero también admitía que compensaba de una manera bastante buena la delicada estructura ósea de Hinaata. Apenas llevaba joyas, pequeños pendientes en las orejas y el sencillo anillo de oro que Naruto había comprado para la boda. Se veía extraño en su dedo y fingía que no estaba allí.
Se volvió a colocar las gafas y consideró la inclinación de Naruto por las jovencitas. Indudablemente hubiera sido más feliz si ella hubiera aparecido con una minifalda y un top de lentejuelas. Se preguntó que sucedería cuando descubriera su verdadera edad.
Sólo mirar el gesto beligerante de esa dura mandíbula cuadrada, la enervaba. Si ese hombre había tenido alguna vez un pensamiento elevado en su cabeza, lo disimulaba muy bien. Sentada al lado de él, tenía la sensación de ser una bomba de inteligencia a punto de estallar.
—Bébete esto. —Le pasó su vaso de champán en cuanto la asistente desapareció.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Porque yo estoy embarazada y no lo puedo hacer. ¿O quieres que todo el mundo sepa eso también?
Él la miró, vació la copa y se la devolvió.
—Lo siguiente que harás, será convertirme en un jodido alcohólico.
—Viendo como has bebido la mayor parte del tiempo que he estado contigo, dudo que no lo seas ya.
—No dices más que gilipolleces.
—Hechizante vocabulario. Mordaz.
—Por lo menos yo no sueno como si me hubiese tragado un diccionario. ¿Cuánto tiempo crees que te llevará eructar las palabras mayores?
—No estoy segura. Pero si lo hago con la suficiente lentitud, quizá tú puedas entender alguna de ellas.
Sabía que discutir con él de esa manera era infantil, pero era mejor que los hostiles silencios que la ponían de los nervios y buscando con los ojos la salida más próxima. En lugar de reconfortarla el que él estuviera haciendo un esfuerzo tan obvio para evitar el más leve contacto físico entre ellos, la hacía sentir como si él no confiara en sí mismo lo suficiente para no ponerle las manos encima. No le gustaba tener miedo, especialmente cuando sabía que se había equivocado de esa manera, sabía que era responsable de su agresividad. Pero costase lo que costase, no le dejaría sospechar que tenía miedo.
Su agitación emocional era sólo uno de los cambios que los catastróficos acontecimientos de los pasados días habían producido. Había llegado en Newyonsei la mañana del viernes, dos días después de su boda, para encontrarse con un ejército de reporteros gritándole preguntas y empujando micrófonos a su cara. Se había abierto camino entre la multitud y había corrido a su oficina, donde había encontrado a Chiyo con una apariencia atemorizada y un montón de mensajes telefónicos, incluyendo uno de Naruto.
Lo había cogido en su casa, pero él interrumpió sus preguntas con un gruñido, luego le leyó el comunicado de prensa que su abogado había escrito. Manifestaba que se habían conocido por amigos comunes hacía varios meses y que su decisión de casarse había sido repentina. Hacía una lista de sus credenciales académicas, manifestando su orgullo ante su talento profesional, esto último acompañado por un bufido burlón. Luego anunciaba que la pareja pasaría los siguientes meses de luna de miel en la ciudad natal de Naruto, Kirigakure.
Hinata había estallado.
—¡Eso es imposible! Tengo que dar clases y no voy a ningún lado.
Su mofa llenó la línea telefónica.
—A partir de las cinco de la tarde tienes un… ¿como lo llamarías, permiso temporal?
—Te aseguro que no.
—En la universidad piensan algo diferente.
—¿De que estas hablando?
—Pregúntale a tu jefe. —Y colgó el teléfono de golpe.
Ella inmediatamente se dirigió a la oficina del Dr. Shino Aburame, jefe del departamento de física de Newyonsei, donde descubrió que Naruto había dado una donación a la universidad como muestra de su aprecio por su flexibilidad ante su plan de tomarse una excedencia los siguientes meses. Se había sentido impotente y humillada. Con nada más que su dinero, él había asumido el control de su vida.
La asistente de vuelo regresó para recoger sus copas. Tan pronto como la mujer desapareció, desahogó su resentimiento en Naruto.
—No tenías por que interferir en mi carrera.
—Olvídate de eso, Profesora. Te compré unos meses de vacaciones. Me lo deberías agradecer. Si no fuese por mí, no tendrías todo este tiempo libre para investigar para ese laboratorio donde trabajas.
Él sabía demasiado de ella, y eso no le gustaba. Lo cierto era que estaba bastante aliviada que su excedencia como profesora beneficiase su investigación en el proyecto Sanofi, aunque nunca lo admitiría ante él. Su ordenador ya estaba rumbo a Kirigakure, y con ayuda de un módem, estar en otro sitio no afectaría su trabajo. Bajo otras circunstancias, habría estado encantada de tener tres meses libres, pero no cuando no había sido idea suya y no cuando tenía que pasar parte de ellos con Narutobi Namikaze.
—Podría hacer mejor mi investigación desde el despacho de mi casa.
—No con un ejército de periodistas acampados a tu puerta y preguntándose por qué los más famosos recién casados de la ciudad viven en sitios diferentes. —Parpadeó como si ella no fuera nada—. Voy a Kirigakure todos los años y permanezco allí hasta que comienzan los entrenamientos en julio. Quizá ese cerebro gigante que tienes pueda idear una excusa convincente para que no venga conmigo mi preciosa mujercita, pero yo no pude pensar en ninguna.
—No entiendo cómo puedes engañar así a tu familia. ¿Por qué no les dices la verdad?
—Porque, a diferencia de ti, nadie en mi familia es un buen mentiroso. Lo sabría todo el pueblo en poco tiempo y luego el resto del país sabría los detalles. ¿Realmente quieres que el niño crezca sabiendo todo eso?
Ella suspiró.
—No. Y deja de llamarla "el niño". —Otra vez se preguntó si el bebé sería un niño o una chica. Aún no había tomado la decisión si querría saber o no el sexo cuando le hicieran la ecografía.
—Además, mi familia ya ha pasado demasiadas cosas el año pasado, y no voy a darles una más.
Recordó que Konan había mencionando la muerte de la cuñada y el sobrino de Naruto.
—Lamento profundamente lo que pasó. Pero en cuanto nos vean juntos, sabrán que pasa algo raro.
—Eso no será un problema porque no pasarás demasiado tiempo con ellos. Te conocerán, pero no vas a intimar con ellos. Y una cosa más. Si alguien te pregunta cuantos años tienes, no digas que tienes veintiocho. Si te sientes presionada, admite veinticinco, pero no más.
¿Qué iba a ocurrir cuando él averiguara que tenía treinta y cuatro y no veintiocho?
—No voy a mentir sobre mi edad.
—No entiendo por qué no. Mentiste sobre todo lo demás.
Ella aplacó otra oleada de culpabilidad.
—Nadie va a creer que tengo veinticinco años de edad. Así que no lo haré.
—Profesora, te aconsejo seriamente que no me cabrees más de lo que ya estoy. ¿Y no tienes lentillas para no tener que llevar esas jodidas gafas todo el rato?
—Llevo bifocales. —Sintió bastante placer al señalarlo.
—¡Bifocales!
—De esas que tienen una línea invisible. No llevan corrección arriba, solo un cristal de aumento. Las lleva un montón de gente de mediana edad.
No importa qué desagradable respuesta le fuera a dar Naruto porque un corpulento pasajero que se dirigía hacia la parte de atrás, pasó ruidosamente arrastrando dos maletas de mano. Ella miró al hombre fascinada. Estaban a bajo cero en el exterior, pero sólo llevaba una camiseta sin mangas de nailon, probablemente para poder presumir de músculos.
Naruto advirtió que miraba interesada el atavío del hombre y le echó una mirada calculadora.
—De donde yo vengo utilizamos esos músculos para maltratar mujeres.
Él obviamente se había olvidado que no iba con una de esas conejitas enfermas de amor. Sonrió dulcemente.
—Y yo que pensaba que los paletos nunca golpeaban a sus hermanas.
Elevó las dos cejas a la vez.
—No tienes ni idea qué hacemos los paletos, Profesora, pero sospecho que te enterarás pronto.
—Un segundo, lamento interrumpir, Naruto, pero me pregunto si me puedes dar un autógrafo para mi hijo —dijo un hombre de negocios de mediana edad ofreciéndole a Naruto una pluma junto con una agenda con el nombre de una compañía farmacéutica. Naruto accedió, y no pasó demasiado antes de que apareciera otro hombre. Múltiples demandas continuaron hasta que los asistentes de vuelo mandaron a todo el mundo a sus asientos. Naruto fue educado con los seguidores y sorprendentemente paciente.
Ella aprovechó las interrupciones para empezar a leer un artículo escrito por un colega sobre las partículas de los quarks, pero fue difícil centrarse en física cuántica cuando su propio mundo estaba descentrado. Podía haberse negado a ir a Kirigakure, pero la prensa la habría acosado y habría estropeado el futuro de su hijo. Simplemente no podía arriesgarse.
No había problema, había dejado su piso y se había ocultado de los ojos curiosos. La humillación que encararía, no sería tan horrible como lo que podría oír su hijo mientras crecía. Se había prometido a sí misma que basaría todas sus decisiones en lo que fuera más conveniente para el bebé, así que finalmente había estado de acuerdo en ir con él.
Empujó las gafas con firmeza sobre la nariz e intentó concentrarse en la lectura. Pero por el rabillo del ojo, vio que Naruto la miraba y decidió que era bueno que no tuviera habilidades psíquicas porque lo último que quería era leer su mente.
¡Bifocales! pensó Naruto. Dios mío, cómo odiaba esas gafas. Él mentalmente repasó todo lo que le molestaba de la mujer que se sentaba a su lado y concluyó que, incluso dejando aparte el asunto del carácter, tenía de sobra donde escoger.
Todo en ella era serio. Incluso su pelo era serio. ¿Por qué no se quitaba esa jodida trenza? El color era precioso, eso era verdad. Había salido con un par de chicas que tenían el pelo de ese color, pero lo habían conseguido con tinte y el de Hinata Hyūga era de nacimiento.
Con excepción de ese pequeño mechón que se había escapado de los confines de la trenza y caía sobre su oreja, era una mujer seria. Ropa seria y pelo serio. La piel era bonita. Pero sin duda alguna no le gustaban nada esas gafas bifocales de sabihonda. Hacían que aparentara cada uno de sus veintiochos años.
Todavía no podía creer que se hubiera casado con ella. ¿Pero qué podía hacer sino para seguir viviendo consigo mismo? ¿Dejar que su hijo creciera sin padre? Tal y como lo habían educado, esa no era siquiera una posibilidad.
Trató de sentirse bien por haber hecho lo que debía, pero todo lo que sentía era furia. ¡No quería estar casado, maldita sea! Con nadie. Pero especialmente no con esa mojigata inflexible de corazón mentiroso.
Durante días se había dicho que ese matrimonio no era más permanente que una novia temporal, pero cada vez que se veía el anillo en el dedo, sentía repugnancia. Era como si viera un reloj marcando los últimos minutos de su carrera.
—No me puedo imaginar comprar un coche sin verlo primero. —Hinata contempló el interior del Jeep Grand Cherokee verde que los esperaba en el aparcamiento del aeropuerto de Asheville con la llave escondida bajo el parachoques delantero.
—Contrato a gente para que haga eso por mí.
Su indiferencia sobre su riqueza la hizo ser sarcástica.
—Qué pretencioso.
—Vigila tu lenguaje, Profesora.
—Significa sabio —mintió—. Prueba a usarlo en una frase que le digas a una persona que realmente admires. Dile que crees que es pretencioso y se sentirá feliz y encantado todo el día.
—Gracias por la sugerencia. Quizá la use en la próxima entrevista que me hagan en la tele.
Lo miró con suspicacia, pero no veía ni un atisbo de desconfianza en su expresión. Se le ocurrió que todo lo ocurrido los últimos días la estaba convirtiendo en una perra.
Durante todo el camino fijó su mirada sombría en el paisaje a través de la ventana. A pesar de la tristeza del día moderadamente frío y nublado de marzo, tenía que admitir que era hermoso. Los contornos montañosos del oeste de Kirigakure contrastaban extremadamente con el paisaje plano de Amegakure donde había crecido.
Cruzaron el río Ancho Francés, un nombre que la habría hecho sonreír en otras circunstancias y se dirigieron al oeste por la Interestatal 40 hacia Kirigakure. Desde que había oído el nombre de la ciudad natal de Naruto, le había sonado, pero no podía recordar porqué.
—Hay alguna razón por la que me suene Kirigakure.
—Salió bastante en las noticias, pero a la gente de allí no nos gusta hablar de ello.
Ella esperó que le proporcionara más información, pero no se sorprendió demasiado cuando no lo hizo. Al lado de Dinamita, ella era una cotorra.
—¿Crees que puedo conocer el secreto?
Él tardó tanto tiempo en contestarle que creyó que la estaba ignorando, pero finalmente habló.
— Kirigakure fue donde se estableció . El telepredicador.
—¿No murió en un accidente de avioneta hace unos años?
—Sí. Mientras intentaba salir del país con unos cuantos millones de dólares que no le pertenecían. Incluso cuando era más famoso, los líderes del pueblo no le tenían en buen concepto y no les gusta que se asocie Kirigakure con él ahora que está muerto.
—¿Lo conociste?
—Lo vi alguna vez.
—¿Qué tipo de hombre era?
—¡Era un ladrón! Cualquiera se puede dar cuenta.
Los matices de una conversación educada estaban obviamente más allá de sus capacidades mentales. Se giró y trató de disfrutar el paisaje, pero saber que se acercaba rápidamente a una vida nueva con un peligroso desconocido que odiaba todo lo que se relacionara con ella, lo hacía difícil.
Al poco tiempo dejaron la autovía por una carretera sinuosa con un carril en cada sentido. Las ruedas del Jeep subieron la ladera de una montaña y luego descendieron por el otro lado. Grandes caravanas oxidadas asentadas sobre parcelas llenas de hierba al lado del camino, eran un definido contraste con las lujosas entradas a complejos residenciales para jubilados que rodeaban exuberantes campos de golf. Se le comenzaba a revolver el estómago por la carretera llena de curvas, cuando Naruto abandonó la carretera para tomar un camino de grava que parecía llevar hacia la cumbre.
—Este lugar se llama Heartache Mountain. Tengo que detenerme para saludar a mi abuela antes de continuar. El resto de mi familia está fuera de la ciudad ahora, pero ella armará un buen follón si no te llevo a verla de inmediato. Y no te esfuerces en resultar simpática. Te recuerdo que no estarás aquí demasiado tiempo.
—¿Quieres que sea grosera?
—Digamos que no quiero que ganes un concurso de popularidad con mi familia. Y guárdate que estás embarazada para ti solita.
—No tenía pensado anunciarlo.
Él se metió por una senda profunda que conducía a una cabaña con techo de chapa y que necesitaba urgentemente una mano de pintura. Uno de los postigos estaba caído y las escaleras que conducían al porche comenzaban a hundirse. Conociendo la riqueza de Naruto, se escandalizó de las condiciones en que estaba. Si se preocupaba por su abuela, seguramente podía haber destinado algo de dinero para reparar el lugar.
Apagó el motor, bajó del coche y lo rodeó para abrir su puerta. Su cortesía la asombró. Recordó que había hecho lo mismo cuando habían cogido el coche en el aeropuerto.
—Se llama Mito Uzumaki —le dijo mientras salía—. Y cumplirá ochenta años el año que viene. Padece del corazón y tiene enfisema, pero dice que no está preparada para dejarnos. Mira como tiene las escaleras. Joder. Este lugar se está viniendo abajo.
—Seguramente tú puedes ofrecerle algún otro sitio para vivir.
La miró como si hubiera perdido la cabeza, luego se dirigió a la puerta y la golpeó con el puño.
—¡Abre, viejo palo, y dime por qué está la puerta cerrada!
Hinata lo miró boquiabierta. ¿Ésta era la manera en que él trataba a su vieja abuelita?
La puerta se abrió y Hinata clavó la vista en una mujer cargada de hombros con cabello rojo oxigenado sobresaliendo en mechones por toda su cabeza, con los labios pintados en rojo fuerte y un cigarrillo colgando de una de las esquinas de su boca.
—Vigila como me hablas, Narutobi Namikaze. Aún puedo golpearte el trasero de una manera que no olvidarás.
—Tendrás que cogerme primero. —Le sacó el cigarrillo de la boca, lo aplastó bajo su zapato y la envolvió entre sus brazos.
Ella rió jadeante y palmeó su espalda.
—Salvaje como el diablo y doblemente malo. —Miró con atención alrededor de él y luego miró ceñudamente a Hinata, que permanecía de pie en lo alto de los escalones—. ¿Quién es?
—Mito, ésta es Hinata. —Su voz se volvió acerada—. Mi esposa. Recuerdas que llamé para hablarte de ella. Nos casamos el miércoles pasado.
—Parece una chica de ciudad. ¿Alguna vez desollaste una ardilla, chica de ciudad?
—Yo diría que no.
Le soltó un bufido despectivo y se volvió para Naruto.
—¿Cómo tardaste tanto en venir a ver a tu abuelita?
—Temía que me mordieras y tuviera que vacunarme de la rabia.
Esto provocó unas carcajadas cascadas que culminaron con un ataque de tos. Naruto la rodeó con su brazo y la condujo adentro, maldiciendo el tiempo que se había pasado fumando.
Hinata se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y pensó que no iban a ser fáciles para ella los siguientes meses. Ahora que había fallado la prueba de desollar ardillas.
No tenía especial interés en entrar, así que cruzó el porche hasta el punto donde un móvil de colores brillantes colgaba de la esquina del techo. La cabaña estaba asentada en una de las laderas de la montaña y rodeada de bosque por todos sus lados con excepción de uno, donde se había desbrozado para plantar un huerto. La niebla ocultaba la cima de los lejanos picos que creía que pertenecían a una parte de los Apalaches llamada Smokies.
Había tanta paz que se podía oír incluso el murmullo de una sola ardilla desde las ramas desnudas de un roble. Hasta ese momento, no se había percatado lo ruidosa que era la ciudad, incluso en un suburbio tranquilo. Oyó el chasquido de una ramita, el graznido de un cuervo y aspiró el aroma húmedo y frío del bosque de marzo que aún no había dejado atrás el invierno. Con un suspiro, atravesó el porche hacia la puerta. Sabía lo suficiente sobre Mito Uzumaki para darse cuenta de que la vieja tomaría cualquier retirada como una señal de debilidad.
Entró directamente en una sala de estar pequeña y desordenada que era claro ejemplo de la curiosa y llamativa mezcla que hacían las personas mayores de cosas viejas y otras nuevas y de buen gusto. Una hermosa alfombra azul humo, contrastaba con el grueso tapizado de brocado descolorido de los sillones. La mesa de café dorada tenía una pata rota escabrosamente reparada con cinta aislante plateada y unas descoloridas borlas rojas colgaban del frágil cordón de las cortinas de las ventanas.
Había un gabinete obviamente caro y un completo equipo estéreo con lector de compact disk apoyado sobre una pared perpendicular a una vieja chimenea de piedra. La repisa de piedra toscamente labrada de la chimenea soportaba un surtido desorden, incluyendo un florero de loza en forma de guitarra lleno de plumas de pavo real, la figura de un faisán y una foto de un hombre que parecía familiar, aunque Hinata no lograba ubicarlo.
A través de un pequeño pasillo abovedado que había a la izquierda, se podía ver parte de la cocina con el suelo de linóleo que entraría en la categoría de arte en cocinas. Otro pasillo conducía probablemente a los dormitorios en la parte trasera.
Hinata Hyūga se dejó caer con gran esfuerzo en una mecedora tapizada mientras Naruto se paseaba delante de ella, ceñudo.
—… entonces Tazuna dice que lo apuntaste con la escopeta, y ahora afirma que no vendrá aquí otra vez sin un depósito de quinientos dólares. ¡No reembolsable!
— Tazuna Potts no sabe la diferencia entre el martillo y su culo.
— Tazuna es el mejor carpintero de esta zona.
—¿Me trajiste el nuevo CD de Harry Connick Jr.? Ahora mismo es todo lo que quiero, no un carpintero que no conoce su negocio.
Él suspiró.
—Si lo traje. Está en el coche.
—¿Pues que haces? Ve a por él y dámelo. —Señaló la puerta con la mano—. Y mueve ese altavoz cuando vuelvas. Está demasiado cerca de la tele.
Tan pronto como él desapareció, miró a Hinata con sus penetrantes ojos marrón. Hinata sintió un curioso deseo de arrodillarse y confesar sus pecados, pero sospechaba que la irritable mujer simplemente la daría una palmadita en la cabeza.
—¿Qué años tienes, chica?
—Treinta y cuatro.
Pensó durante un rato.
—¿Cuántos piensa él que tienes?
—Veintiocho. Pero yo no se lo dije.
—Nunca lo sacaste de su error, ¿no?
—No. —Aunque no la habían invitado a sentarse, se acomodó sobre un extremo del viejo sofá de terciopelo—. Quiere que le diga a todo el mundo que tengo veinticinco.
Mito permaneció un rato pensativa.
—¿Vas a hacerlo?
Hinata negó con la cabeza.
—Naruto me dijo que eres profesora en una universidad. Eso significa que eres una chica realmente lista.
—Sobre algunas cosas. Sobre otras no, supongo.
Ella inclinó la cabeza.
—Narutobi, no soporta las tonterías.
—Lo sé.
—Necesita tonterías en su vida.
—Me temo que no soy demasiado buena para ese tipo de cosas. Lo era, de niña, pero ahora no.
Mito miró como Naruto entraba por la puerta.
—Cuando oí la rapidez con la que os casasteis, pensé que te había cazado como tu madre hizo con tu padre.
—Las situaciones son diferentes —dijo él inexpresivamente.
Mito inclinó la cabeza hacia Hinata.
—Mi hija Kushina no era na' más que basura blanca que corría to' el tiempo tras los chicos. Le puso una trampa al más rico de la ciudad. —Mito se rió entrecortadamente—. Lo cazó. Naruto aquí presente fue el cebo.
Hinata se estaba mareando. Así que Naruto era la segunda generación de Namikaze obligado a casarse por una mujer embarazada.
—A mi Kushina Mai le gusta olvidarse que creció en la parte pobre. ¿No es cierto, Narutobi?
—No sé por qué se lo estás recordando todo el rato. —Él caminó hacia el reproductor de CD y unos pocos momentos después, el sonido de Stardust de Harry Connick Jr. llenaba la cabaña.
Hinata se percató que Connick era el hombre de la foto de la repisa de la chimenea. Qué vieja tan extraña.
Mito se reclinó en la silla.
—Ese Connick tiene una bella voz. Siempre deseé que pudieses cantar, Narutobi, pero nunca lo hiciste.
—No, señora. No lo hice, pero puedo lanzar un balón de fútbol. —Se sentó en el sofá al lado de Hinata pero sin tocarla.
Mito cerró los ojos y los tres permanecieron sentados en silencio escuchando la dulce voz. Tal vez fuera el día gris o la profunda paz del bosque, pero Hinata sentía que comenzaba a relajarse. El tiempo pasaba fuera y un curioso estado de letargo la invadió. Aquí en esta desvencijada casa donde comenzaban a caer las sombras de las montañas Great Smoky, comenzó a sentir como si estuviera a punto de encontrar algo que le faltaba. Ahí mismo en esa habitación que tenía olor a pino y humedad y humo de chimenea.
—Hinata Namikaze, quiero que me prometas algo.
El sentimiento se desvaneció cuando oyó como se dirigía a ella usando por primera vez su nombre de casada, pero no tuvo siquiera oportunidad de decirle a Mito que usara su nombre de soltera.
—Hinata Namikaze, quiero que me prometas ahora mismo que cuidarás de Narutobi como debe hacer una esposa y que pensarás en su bienestar antes que en el tuyo.
Ella no quería hacer nada de eso y luchó para ocultar su consternación.
—La vida es complicada. Es difícil prometer eso.
—Por supuesto que es difícil —reconoció— no pensarías que 'star casada con 'ste hombre iba a ser fácil ¿no?
—No, pero…
—Haz lo que digo. Prométemelo ya, chica.
Bajo la fuerza de esos afilados ojos marrones, la voluntad de Hinata se disolvió y encontró que no podía mentir a esa vieja.
—Prometo que lo haré lo mejor que pueda.
—Bueno, eso es suficiente. —Otra vez cerró los párpados. El chirrido de su mecedora y su jadeante respiración se sobrepuso a la dulce voz que salía de los altavoces—. Narutobi, prométeme que cuidarás a Hinata Namikaze como debe hacer todo esposo y que pensarás en su bienestar antes que en el tuyo.
—Por Dios, Mito, ¿después de todos 'stos años esperando que se me pusiera a tiro la chica perfecta y crees que no la cuidaré ahora que por fin la encontré?
Mito abrió los ojos e inclinó la cabeza, pasando por alto la mirada malevolente que Naruto le dirigió a Hinata o que él no había prometido nada.
—Si hubiera hecho 'sto con tu mamá y tu papá, Narutobi, quizá las cosas hubieran sido distintas.
—No seas mentirosa, vieja hipócrita. Estuviste tan encantada de que tu hija cazara a un Namikaze que no te preocupaste de nada más.
Frunció la boca y Hinata vio que su lápiz de labios color carmín se había corrido en las arrugas de su boca.
—Los Namikaze siempre pensaron que eran demasiado buenos para los Uzumaki, pero supongo que les demostramos que no es así. Hay sangre fuerte y verdadera en mis tres nietos. Al menos en Menma y en ti. Deidara siempre ha sido más blando, más Namikaze que Uzumaki.
—Eso es sólo porque Deidara es predicador y no es descarado. —Él se levantó del sofá—. Ahora nos tenemos que ir, pero no creas que me olvido del otro asunto. ¿Dime donde escondes esos malditos cigarrillos?
—Donde no los vas a encontrar.
—Eso es lo que tú te crees. —Se dirigió hacia un viejo buró al lado de la puerta de cocina donde abrió el último cajón y sacó una cajetilla de Camels—. Por lo pronto, me llevo estos.
—Para fumártelos tú. —Se levantó de la mecedora con mucho trabajo—. Cuando Narutobi regrese, ven con él, Hinata Namikaze. Tienes mucho que aprender sobre estar casada con un chico del país.
—Está trabajando en un proyecto de investigación realmente importante —dijo Naruto— así es que no tendrá tiempo para andar de visitas.
—¿Es cierto eso? —Hinata creyó ver un destello de dolor en los ojos de la vieja.
—Vendré de visita cuando quieras.
—Bien.
Naruto apretó la mandíbula con fuerza y ella se percató que no le había parecido bien.
—Ahora iros. —Mito les señaló la puerta—. Quiero escuchar a mi Harry sin que nadie me interrumpa.
Naruto abrió la puerta para que Hinata pasara. Acababan de llegar al coche cuando la voz de Mito los detuvo.
—¡Hinata Namikaze!
Se giró para ver a la vieja mirándolos a través de la puerta de tela metálica.
—No te pongas nada para dormir, ni siquiera en invierno, ¿me oyes, chica? Ve a tu marido como te hizo el creador. Totalmente desnuda. No le pongas obstáculos a un hombre.
A Hinata no se le ocurrió una respuesta apropiada, así que hizo vagos gestos con las manos y se volvió al coche.
—Eso me gustaría verlo —masculló Naruto mientras se alejaban de la casa en el coche— apuesto algo que te duchas con ropa.
—Eso realmente te irrita, ¿no es cierto? Que no me desnudara para ti.
—La lista de lo que me irrita de ti, Profesora, es tan larga que no sé por donde empezar. ¿Y por qué le dijiste que irías de visita cuando quisiera? Te traje aquí porque tuve que hacerlo, pero eso es todo. No pasarás más tiempo con ella.
—Ya le he dicho que lo haría. ¿Cómo sugieres que me niegue ahora?
—Tú eres el genio. Estoy seguro que se te ocurrirá algo.
[Escribir texto]
