Capítulo 7 Hogar Dulce ¡Hogar!


Cuando bajaban de la montaña, Hinata vio un viejo autocine a la derecha. La pantalla todavía estaba en pie, aunque estaba dañada y una senda de grava invadida por la maleza conducía a la taquilla que una vez había sido amarilla, pero que ahora se había transformado en mostaza sucio. Sobre la entrada había un letrero enorme de bombillas rotas que ponía Orgullo de Kirigakure, con letras púrpuras y amarillas.

Hinata no podía soportar el tenso silencio que había caído entre ellos otra vez.

—Llevo años sin ver un autocine. ¿Solías venir aquí?

Para su sorpresa, él le contestó.

—Aquí es donde los chicos de secundaria se reunían en verano. Aparcábamos en la fila de atrás, bebíamos cerveza e intentábamos tener suerte.

—Apuesto que era entretenido.

Hinata no se percató de lo triste que había sonado hasta que él le echó una mirada de curiosidad.

—¿Nunca lo hiciste?

—Estaba en la universidad cuando tenía dieciséis años. Pasé las noches del sábado en la biblioteca de ciencias.

—Sin novios.

—¿Quién me iba a invitar a salir? Era demasiado joven para mis compañeros de clase y los pocos chicos que conocía de mi edad, pensaban que era un fenómeno.

Se dio cuenta demasiado tarde que acababa de darle una excelente oportunidad de darle otra sacudida verbal, pero no lo hizo. Lo que hizo fue devolver la atención a la carretera como si lamentara mantener una conversación con ella, aunque fuera tan corta. Ella se dio cuenta de que las aristas duras de su perfil le hacían parte de esas montañas.

Estaban en las afueras de Kirigakure cuando él habló otra vez.

—Siempre me quedo con mis padres cuando vengo de visita, pero como este año no podía hacerlo, compré una casa.

—Oh —Ella esperó que le ofreciera más detalles, pero no dijo nada más.

Kirigakure era pequeño y compacto, asentado en un valle estrecho. El centro del pueblo era antiguo y curioso y estaba lleno de tiendas, incluyendo un restaurante fascinantemente rústico, una tienda de muebles de madera y el cancan rosa y azul que formaba parte del letrero del Junction Cafe. Pasaron una tienda de comestibles ingleses, luego cruzaron un puente. Naruto giró y pasó otro puente, la carretera subió, luego tomaron un camino pavimentado con grava y se detuvieron.

Hinata clavó los ojos en las dos puertas de acero forjado que había delante de ella. Cada una tenía un par de manos de oro en posición de rezo en su centro. Ella tragó, reprimiendo un gemido a duras penas.

—Por favor, dime que todo esto no es tuyo.

—Hogar, dulce hogar. —Él salió del coche, sacó una llave de su bolsillo y la metió en una caja que había en un pilar de piedra a la izquierda. A los pocos segundos, las puertas, con sus manos orantes, se abrieron.

Él se subió al coche, lo hizo atravesar las puertas y continuó adelante.

—La puerta funciona electrónicamente. El agente inmobiliario dejó los mandos dentro.

—¿Qué es este lugar? —dijo ella débilmente.

—Mi nueva casa. También es el único lugar de Kirigakure que nos dará suficiente privacidad para ocultar nuestro sucio secretito del mundo.

Tomó una pequeña curva y Hinata absorbió la primera visión de la casa.

—Parece Tara con esteroides.

El camino de grava finalizaba en una zona para aparcar, que tenía forma de medialuna, delante de una casa blanca de plantación colonial. Seis columnas ocupaban el frente, junto con un balcón con una elaborada barandilla dorada. Un adorno en forma de abanico decoraba con cristales de colores la doble puerta principal, tres escaleras de mármol conducían al porche.

—A Orochimaru le gustaba hacer las cosas a lo grande —dijo Naruto.

—¿Ésta era su casa? —Por supuesto que lo era. Lo había sabido desde el momento que había visto las manos orantes en las puertas—. No me puedo creer que comprases la casa de un telepredicador ladrón.

—Él está muerto y yo necesito privacidad. —Detuvo al Jeep enfrente, luego estiró el cuello para contemplar la fachada meticulosamente adornada—. El agente inmobiliario me garantizó que me agradaría.

—¿Estás diciéndome que es la primera vez que la ves?

— y yo no nos tratábamos, así que nunca me invitó.

—¿Compraste una casa sin mirarla? —Pensó en el coche en el que iban y no supo por qué se sorprendía tanto.

Él salió sin contestar y comenzó a bajar el equipaje. Ella salió, también, y se agachó para recoger una de sus maletas, sólo para ver que la llevaba él.

—Apartate de mi camino. Entra. Está abierto.

Con esa invitación tan gentil, subió las escaleras de mármol y abrió la puerta principal. Cuando entró y tuvo su primera imagen del interior, vio que era incluso peor que el exterior. El vestíbulo abierto daba una grandiosa bienvenida con una estatua de mármol de una muchacha griega vertiendo agua desde un cántaro de su hombro. La fuente funcionaba, gracias, sin duda, al agente inmobiliario que había cometido ese acto abominable con Naruto, y las luces multicolores escondidas bajo el agua le daban a todo una cierta apariencia a Las Vegas. En el techo, como si fuera una tarta de bodas invertida, colgaba una enorme lámpara de araña formada por centenares de prismas de cristal y lágrimas doradas, que se balanceaban con su afiligranada decoración.

Girando a la derecha, entró en una sala de estar amueblada con falso mobiliario rococó francés, las elaboradas cortinas con flecos y una chimenea de mármol italiano se completaban con figuras de cupido haciendo cabriolas. Quizá lo más vulgar de la habitación era la mesa de café. La parte superior de cristal estaba soportada por una columna central que era un joven negro arrodillado y totalmente desnudo con excepción de un taparrabos dorado y rojo.

Continuó hacia el comedor donde un par de lámparas de arañas de cristal coronaban una mesa donde fácilmente se podrían sentar veinte personas. Pero la más opresiva de las habitaciones de esa planta era sin duda el estudio, con un falso techo lleno de arcos góticos, cortinas del terciopelo color aceituna y muebles oscuros y pesados incluyendo un escritorio macizo y una silla que parecía que podía haber pertenecido a Enrique VIII.

Volvió a entrar en el vestíbulo cuando Naruto regresaba con sus palos de golf. Cuando él los apoyó contra la fuente, ella miró hacia el segundo piso, que asomaba sobre el inferior rodeado de una barandilla de forja que estaba todavía más meticulosamente adornada que el balcón de fuera.

—Me da miedo ver el primer piso.

Él se enderezó y la miró fríamente a los ojos.

—¿No te gusta? No sabes como lo siento. Los paletos como yo nos pasamos toda nuestra vida soñando con poseer un lugar tan bello como este.

Ella apenas reprimió un estremecimiento cuando se giró y subió al piso superior, donde le sorprendería no encontrar algo más recargado, lleno de terciopelo dorado. Abrió la puerta de uno de los extremos y entró en el dormitorio principal, que era una pesadilla roja, negra y dorada. Había otra lámpara de araña sobre una cama enorme que estaba situada sobre una plataforma. Coronando la cama había un dosel de brocado rojo decorado con borlas doradas y negras. Algo captó su atención y se acercó más, vio que en la parte inferior del dosel había un enorme espejo. Ella rápidamente se echó para atrás, sólo para darse cuenta de que Naruto había entrado en la habitación detrás de ella.

Él se acercó a la cama y miró bajo el dosel para ver qué había atrapado su atención.

—¿Te has fijado que suerte? Siempre quise tener algo así. Esta casa está resultando mejor de lo que pensaba.

—Es horrorosa. Un monumento a la avaricia.

—No me molesta en absoluto. No fui yo quien defraudó a Dios.

Su estrechez de miras la enloqueció.

—Piensa en todas esas personas que enviando dinero a Orochimaru se quedaron sin presupuesto para la comida y sin cheques del seguro social. ¿Me pregunto cuántos niños tuvieron que pasar hambre para conseguir ese espejo?

—Por lo menos dos docenas.

Ella le echó una rápida mirada para ver si estaba bromeando, pero se había alejado para explorar un armario de ébano que ocultaba un equipo audiovisual.

—No puedo creer que no te importe nada todo lo que esto representa. —No sabía porque trataba de hacer que alguien tan egocéntrico e intelectualmente deficiente viera más allá de sus narices.

—A lo mejor cambias de parecer si sabes que les compré esta casa a los acreedores de . Te aseguro que más de uno recuperó lo suyo cuando la pagué. —Sacó un cajón del armario—. A este tío le gustaba el porno. Hay más de una docena de videos pornográficos aquí dentro.

—Estupendo.

—¿Has visto alguna vez Slumber Party Panty Pranks(Travesuras en la fiesta del pijama)?

—¡Es el colmo! —Se acercó al armario, se inclinó sobre el cajón y tomó todos los videos en sus brazos. El montón era tan grande que tuvo que asegurarlo con la barbilla mientras salía por la puerta buscando un cubo de basura—. Desde este momento, esta casa es para todos los públicos.

—De acuerdo —asintió Naruto—. De todas maneras, el único uso que le das al sexo es para quedarte embarazada.

Ella sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago. Se paró en lo alto de la escalera y se giró para enfrentarse a él.

La miró con esos malditos ojos penetrantes con las manos apoyadas en las caderas, la barbilla elevada; no le habría sorprendido si le hubiera dicho que salieran para solucionar todo con los puños. Otra vez, se dio cuenta de lo estúpidamente que se había comportado al manipular a ese hombre. Seguramente tendría que haber ideado otra manera de conseguir lo que quería.

—¿Es así cómo queremos vivir los siguientes tres meses? —preguntó quedamente—. ¿Viendo cual de los dos ataca mejor?

—Por mi vale.

—Va a ser algo desagradable. Por favor. Hagamos una tregua.

—¿Quieres una tregua?

—Sí. Terminemos todos estos ataques personales y tratemos de llevarnos bien.

—Ni de coña, Profesora. —Clavó los ojos en ella un largo rato, luego se acercó, despacio, pero todavía amenazador—. Eres tú quien comenzó esta pequeña guerra sucia y ahora vas a vivir con las consecuencias. —Pasó rozándola y bajó las escaleras.

Se quedó allí de pie con el corazón latiendo a mil por hora mientras él desaparecía por la puerta principal. Momentos más tarde, oyó el sonido del Jeep que se alejaba. Profundamente deprimida, se arrastró hasta la cocina, donde depositó los videos en la basura.

Como no, había colgado otra lámpara de araña sobre la isleta de trabajo de la cocina, que era de granito negro; el efecto era el de una cripta, realzado todavía más por el brillante suelo de mármol negro. El cercano rincón del desayuno tenía una puerta corredera que daba a una hermosa vista. Desafortunadamente, la vista incluía un banco tapizado en terciopelo rojo sangre y el papel de la pared estaba impreso con rosas rojas tan grandes que daban la impresión de estar al borde de la descomposición. Toda el área parecía decorada por Drácula, pero por lo menos el paisaje era agradable, así que se sentó allí hasta que sentirse capaz de hacer frente a su vida.

Durante las siguientes horas, alternó entre colocar los alimentos de las bolsas del supermercado, llamar por teléfono para solucionar cabos sueltos en Konoha, escribir una nota para Tenten y descansar. Según iba anocheciendo, la quietud de la casa se hizo tensa y opresiva. Se percató que su última comida había sido un desayuno muy temprano, y aunque tenía poco apetito, comenzó a prepararse una comida con los alimentos que había colocado en la mal surtida despensa.

Los alimentos que habían recibido incluían un montón de cajas de cereales con caramelos de colores Lucky Charms, bizcochos de chocolate rellenos de crema, pan blanco y diversos tipos de embutido. El menú gourmet de un paleto o la dieta de ensueño de un niño de nueve años, que no la atraía en absoluto. Le gustaban los alimentos frescos y tan crudos como fuera posible. Optando por un sándwich de queso a la plancha con rebanadas de pan blanco y lonchas de queso artificial parecidas a la goma, se sentó en el banco de terciopelo rojo para comer.

Cuando terminó, los acontecimientos habían hecho su efecto en ella y no quería nada más que caer sobre una cama y dormir, pero sus maletas no estaban en el vestíbulo. Se dio cuenta que Naruto las debía haber llevado al que sería su dormitorio mientras ella exploraba la casa. Por un momento, recordó ese dormitorio principal tan horrible y se preguntó si creía que iba a compartirlo con él. Inmediatamente rechazó la idea. Él había evitado incluso el más leve contacto físico con ella; Ciertamente no tenía que preocuparse de que él fuera sexualmente agresivo.

Saberlo la debería haber confortado, pero no lo hizo. Había algo tan abrumadoramente masculino en él que no ayudaba en absoluto. Simplemente esperaba que su inteligencia superior ganara a la fuerza física.

Las luces multicolores de la fuente del vestíbulo arrojaban divertidas sombras grotescas en las paredes de la casa cuando subió para buscar un dormitorio. Con un estremecimiento, se dirigió a la puerta al final del pasillo, escogiéndola sólo porque era la que estaba más alejada del dormitorio principal.

La pequeña habitación infantil que encontró era tan encantadora que la asombró. Estaba sencillamente decorada en blanco y azul y con un empapelado a rayas en los mismos tonos; había una mecedora confortable, un aparador esmaltado en blanco a juego con una cuna. En la pared colgaba una oración a punto de cruz montada en un sencillo marco y se dio cuenta de que ese era el único objeto religioso que había visto dentro de la casa. Alguien había diseñado la habitación infantil con mucho amor para un niño y no creía que hubiera sido .

Se dejó caer en la mecedora de madera mirando por la ventana entre las cortinas abiertas y pensó en su niño. ¿Cómo podría ser fuerte y feliz con sus padres constantemente en guerra? Recordó la promesa que había hecho a Mito Uzumaki de anteponer el bienestar de Naruto al suyo y se preguntó como había permitido que la anciana la atrapara en algo tan imposible. Parecía todavía más irónico pensando que él no había ofrecido nada a cambio.

¿Por qué no había sido más lista y eludido la promesa que le exigía la anciana? De todas maneras, a la vista de los votos que había hecho al casarse, ¿qué diferencia había en romper una promesa más?

Descansando la cabeza sobre el respaldo de la mecedora intentó buscar una manera de hacer las paces con Naruto. De alguna manera tenía que conseguirlo, no por lo que le había prometido a Mito, sino porque era lo mejor para el bebé.

Después de la medianoche, Naruto se cerró en el estudio para telefonear a Danzo Shimura a su casa. Mientras esperaba que su abogado contestara el teléfono, miró la decoración gótica de la habitación con desagrado, incluyendo las cabezas de trofeos de caza de las paredes. Le gustaban los deportes de lucha que involucraban hombres robustos, no animales y tomó la decisión de deshacerse de ellos tan pronto fuera posible.

Cuando Danzo contestó, Naruto no estaba de humor para hablar de trivialidades, así que fue directamente al grano.

—¿Qué has encontrado?

—Aún nada. La doctora Hyūga no parece tener ningún esqueleto en su armario, estabas en lo cierto, porque su vida personal ha sido prácticamente inexistente.

—¿Qué hace en su tiempo libre?

—Trabaja. Eso es todo lo que hace.

—¿Ninguna mancha en su historial?

—Algún problema con su jefe de laboratorios Sanofi, pero es más algo de celos profesionales. Los altos cargos del proyecto de los laboratorios parece que no quieren chicas en el club, especialmente los más viejos.

Naruto frunció el ceño.

—Esperaba que tuvieras algo más a estas alturas.

—Naruto, sé que quieres solucionarlo ya, pero llevará más tiempo a no ser que quieras atraer todo tipo de atención.

Se pasó la mano por el pelo.

—Tienes razón. Tómate el tiempo que necesites, pero hazlo. Te dejo completa libertad de acción. No quiero que lo dejes de lado.

—Entendido.

Hablaron unos cuantos minutos acerca de las condiciones que le ofrecían a Naruto para renovar su contrato con una cadena de comida rápida y luego discutieron otro que tenía con un fabricante de ropa deportiva. Naruto estaba a punto de colgar cuando se le ocurrió otra cosa.

—Envía a alguien mañana a comprar un montón de cómics. De mercenarios, de héroes de acción, incluso mándamelos de Bugs Bunny. Necesitaré cuatro o cinco docenas.

—¿Comics?

—Sí.

Danzo no hizo más preguntas, aunque Naruto sabía que deseaba hacerlas. Su conversación terminó y él se dirigió arriba en busca de la mujer que había alterado su vida de manera tan tortuosa.

No sentía ni una punzada de culpabilidad por la venganza que planeaba. El fútbol le había enseñado montones de lecciones de supervivencia y una de ellas era fundamental. Si alguien te la juega, se la devuelves dos veces con la misma intensidad, si no lo pagarás en el futuro y a eso no se iba a arriesgar de ninguna manera. No tenía intención de pasarse la vida mirando por encima del hombro intentando descubrir que sería lo siguiente que se le ocurría a esa mujer. Ella necesitaba entender exactamente a quién había enredado y cuales serían realmente las consecuencias si trataba de tomarle el pelo en alguna ocasión.

La encontró en la habitación infantil hecha un ovillo sobre una mecedora con las gafas sobre el regazo. Dormida ella se mostraba vulnerable, pero él sabía que era una mentira. Desde el principio, a sangre fría había ido de un lado a otro para conseguir lo que quería y durante el proceso había alterado el curso de su vida de una manera que nunca le perdonaría. Y no sólo su vida, se recordó a sí mismo, sino la vida de un niño inocente.

Siempre le habían gustado los niños. Durante más de diez años había pasado mucho de su tiempo trabajando con los más desfavorecidos, aunque había intentado que esa información no trascendiera a la prensa porque no quería que le convirtieran en San Naruto. Y siempre había creído que cuando finalmente se casase, sería para siempre. Había crecido en una familia estable y le molestaba ver como sus compañeros y sus ex-esposas andaban con los niños de un lado para otro. Se había jurado que nunca le haría eso a un niño, pero Hinata Hyūga le había quitado la posibilidad.

Entró en la habitación y observó el rayo de luz de luna plateado atrapado en un de los mechones de su cabello. Un rizo caía suavemente sobre su mejilla. Había abierto la chaqueta y la blusa se ceñía a sus pechos de tal manera que él podía ver su tierna forma.

Dormida, parecía más joven que la formidable profesora de física que enseñaba sobre isótopos de litio. De día había algo seco en ella, como si todos sus jugos se hubieran desecado, pero dormida y bañada por la luz de la luna era diferente, húmeda, renovada, plena y él sintió punzadas de deseo.

Su reacción física lo molestó. Las dos veces que había estado con ella no había sabido como era. Ahora lo sabía, pero su cuerpo no parecía haber entendido el mensaje.

Decidió que era el momento adecuado para la siguiente escena de su desagradable melodrama y pisó con su pie la base de la mecedora. La silla se balanceó y ella se sobresaltó despertándose.

—Hora de ir a la cama, Rosebud.

Sus ojos grises se abrieron repentinamente e inmediatamente se ensombrecieron con cautela.

—Debo haberme quedado dormida.

—Un largo día.

—Estaba buscando un dormitorio. —Se puso rápidamente las gafas, se pasó la mano por el pelo, recogiendo el que había caído sobre su cara. Observó como los oscuros mechones resbalaban entre sus dedos.

—Puedes ocupar la habitación de la viuda de Orochimaru. Vamos.

Se dio cuenta de que no quería seguirle pero que quería aún menos otra discusión. Era un error por su parte mostrar sus emociones de la manera en que lo hacía. Hacía que el juego fuera demasiado fácil.

La condujo al pasillo y mientras se acercaban al dormitorio principal, su nerviosismo aumentó. Sintió una sombría satisfacción al mirarla. ¿Qué haría ella si la tocaba? Hasta ahora, había evitado cualquier contacto físico, al no confiar por completo en poder controlarse. Nunca había golpeado a una mujer y nunca se había imaginado que pudiera hacer tal cosa, pero el deseo de hacerle daño era algo primario. Al observar su nerviosismo, supo que tenía que hacerla pasar una prueba.

Llegaron a la puerta anterior. Él extendió la mano hacia el pomo y deliberadamente rozó su brazo.

Hinata dio un salto de miedo al sentir su caricia a través de la tela. Sus ojos estaban llenos de burla y se percató de que él sabía exactamente lo nerviosa que estaba. Había algo peligroso en él esa noche. No tenía ni idea de lo que pensaba; sólo sabía que estaban solos en esta casa grande y fea, y se sintió indefensa.

Él abrió la puerta.

—Tenemos los dormitorios conectados, como solían tener las casas antiguas. Supongo que y su esposa no se llevaban demasiado bien.

—No quiero un dormitorio conectado con el tuyo. Pasaré la noche en uno de los dormitorios del otro extremo del pasillo.

—Dormirás donde yo diga.

Punzadas de alarma subieron por su columna, pero ella levantó la cabeza y se enfrentó a sus ojos.

—Deja de intimidarme.

—No estoy intimidándote. Los intimidadores no cumplen sus amenazas. Yo sí.

Su perezosa voz arrastrada contenía una pizca de amenaza y su estómago se contrajo.

—¿Exactamente con qué me estás amenazando?

Su mirada cayó sobre ella, demorándose en el hueco de su cuello, en sus pechos, pasando por sus caderas, para regresar a sus ojos.

—Me estás costando mi paz mental, sin mencionar un montón de dinero. Según yo lo veo, eso significa que me debes un montón de algo. Tal vez sólo te quiero cerca mientras decido como voy a cobrar.

La amenaza sexual era inconfundible y debería estar enfurecida en vez de asustada, una curiosa sacudida la atravesó, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Fue una sensación profundamente perturbadora y trató de apartarse de él, regresando a la puerta.

Él levantó su brazo y apoyó la mano en el borde del marco, justo al lado de su cabeza. Su pierna rozó la de ella y mientras sus sentidos se ponían alerta. Ella vio las sombras sobre sus pómulos, el cerco negro que rodeaba el iris de sus ojos azul pálido. Percibió el débil perfume a limpio de su camisa de punto y algo más, algo que no debería tener olor, pero lo hacía. El olor del peligro.

Su voz fue un susurro ronco.

—La primera vez que te vea desnuda, Rosebud, será a plena luz del día. No quiero perderme nada.

Las palmas de sus manos se humedecieron y sintió un horrible impulso furioso dentro de ella. Un deseo suicida de pasar su blusa de seda sobre su cabeza y desabrocharse los pantalones, para quedarse desnuda allí mismo para él en el pasillo de esa casa pecadora. Quería contestar al desafío del guerrero con el suyo propio, un desafío tan antiguo y poderoso como la primera mujer.

Él se movió de forma imperceptible. Un leve cambio de peso, pero transformó el caos de sus pensamientos en orden. Era una madura profesora de física que se había acostado con sólo un hombre. ¿Qué tipo de adversario era ella para este guerrero sexual que parecía haber escogido el sexo como arma para someterla?

Se sintió profundamente afectada y se determinó a no dejarle usar su debilidad a su favor. Ella levantó su mirada a la de él.

—Haz lo que tengas que hacer, Naruto. Yo haré lo mismo.

¿Imaginó un parpadeo de sorpresa en su cara? No podía asegurarlo se dijo mientras entraba en la habitación y cerraba la puerta.

Los rayos del sol que atravesaban las ventanas la despertaron a la mañana siguiente. Se incorporó sobre las almohadas y admiró el dormitorio de la viuda Orochimaru, estaba pintado con un azul claro con suaves remates blancos. Su mobiliario sencillo de color cereza y sus alfombras de lana le daban a la habitación la misma sensación hogareña de la habitación infantil del fondo del pasillo.

Hinata miró ansiosamente hacia la puerta que conectaba su dormitorio con el de Naruto. Vagamente recordó oír la ducha más temprano y esperaba que ya hubiera salido de la casa. Anoche había colocado sus artículos de aseo en un cuarto de baño más pequeño al otro lado del vestíbulo.

El Jeep se fue cuando estaba acabando de vestirse; cuando acabo de vaciar sus maletas se encaminó a la cocina. Encontró una nota de Naruto sobre la encimera de la cocina con el número de una tienda de comestibles a domicilio y las instrucciones para encargar lo que quisiera. Tomó una tostada, luego llamó por teléfono para pedir una lista de alimentos más adecuados para sus papilas gustativas que bizcochos de chocolate rellenos de crema.

Al cabo de un rato, apareció un repartidor con su ordenador. Le mostró que lo llevara a su dormitorio, donde se pasó las siguiente horas organizando un área de trabajo en una mesa que movió junto a la ventana, para poder contemplar las montañas cuando fuera que se acordara de levantar la vista de la pantalla del ordenador. Durante el resto del día, trabajó, deteniéndose sólo para dar un paseo por el exterior.

Los alrededores de la casa casi compensaban el interior. Rodeados por las montañas circundantes, estaban bastante aislados y aunque era demasiado pronto para que floreciera nada, le encantó la sensación de aislamiento y ligero abandono. Encontró una senda angosta que se dirigía hacia arriba por la ladera de una montaña cercana y comenzó a seguirla, pero después de menos de diez minutos, comenzó a jadear por efecto de la altitud. Cuando dio la vuelta, decidió que se obligaría a sí misma a continuarla un poco más cada día hasta llegar a la cima.

Cuando se acostó esa noche, aún no había visto a Naruto y él se había ido cuando se despertó a la mañana siguiente. A última hora de la tarde, sin embargo, él entraba en el vestíbulo cuando ella bajaba la escalera.

Él le dirigió la familiar mirada desafiante, la que la hacía desear meterse bajo una roca.

—El agente inmobiliario contrató a un par de mujeres para limpiar la casa mientras estaba a la venta. Dijo que hicieron un buen trabajo, así que las contraté. Vendrán un par de días a la semana a partir de mañana.

—Vale.

—No hablan mucho inglés, pero parecen saber lo que hacen. Mantente lejos de su camino.

Ella inclinó la cabeza y pensó preguntarle donde había estado hasta las dos de la madrugada anterior, hora a la que había oído el inodoro en el cuarto de baño contiguo, pero ya se marchaba. Cuando se cerró la puerta, se preguntó si iría para estar con otra mujer.

El pensamiento la deprimió. Aunque su matrimonio era una farsa y él no tenía por que serle fiel, deseó que lo fuese, aunque sólo fuera los tres meses siguientes. Cayó sobre ella la premonición de un desastre, un sentimiento de una condena tan inminente que la hizo sentir incómoda, así que se apuró en ir hasta el ordenador y enterrarse en su trabajo.

Sus días se convirtieron en una rutina, pero el desasosiego nunca se desvaneció. Para conservarlo bajo control, trabajaba todo el tiempo, aunque siguió avanzando en la senda todos los días. Apenas vio a Naruto, algo que debería haberla relajado, pero no lo hizo ya que se percató de que virtualmente la había encarcelado. No tenía coche y ni siquiera se había ofrecido a prestarle el suyo; las únicas personas que veía eran las dos mujeres de la limpieza coreanas. Como si fuera un señor feudal con un castillo rodeado por un foso, deliberadamente la había aislado del pueblo y de la gente. Se preguntó que tenía intención de hacer cuando regresara su familia.

A diferencia de una mujer de la nobleza medieval, podía poner fin a su encarcelamiento cuando quisiera. Una simple llamada telefónica pidiendo un taxi habría bastado, pero no tenía deseos en realidad de salir. Con excepción de la espinosa Mito Uzumaki, no conocía a nadie allí y aunque habría disfrutado conociendo la zona, no se podía resistir al lujo de disfrutar de tiempo ininterrumpido.

Nunca en su vida había podido dedicarse tan completamente a la física. No tenía que dar clases, ni reuniones del departamento de la facultad, ni recados, nada que la molestara en su investigación. Con el ordenador, el módem y el teléfono, tenía lo que necesitaba, desde la biblioteca online de Los Alamos sacaba los datos cruciales para las teorías que llevarían a la empresa a ganar miles de billones de dólares. Y continuó trabajando y bloqueando sus pensamientos.

Comenzó a perder la noción del tiempo mientras prestaba toda su atención a las matemáticas y su aplicación a la teoría. Usando la matemática con total libertad según su intuición, consideró cuidadosamente la teoría de las cuerdas y la simetría. Desarrollaba teorías en el campo de la cuántica para averiguar los huecos del espacio cuatridimensional, y donde quiera que fuera, iba dejando notas garabateadas con las ideas que se le ocurrían, escribió fórmulas en cajas de pizza, hasta con un lápiz de golf en los márgenes del periódico de la mañana. Una tarde cuando estaba en el baño, se dio cuenta que había utilizado irreflexivamente el lápiz de labios para escribir la fórmula de algo relacionado con las esferas en el espejo del cuarto de baño. Por eso, se dio cuenta de que tenía que salir.

Agarró su chubasquero blanco, vació las notas que había metido en los bolsillos en paseos previos y atravesó la puertaventana de detrás de la casa. Mientras caminaba por el patio hacia la senda de la falda de la montaña que había estado recorriendo un poco más cada día, sus pensamientos regresaron al problema de las curvas en cuatro dimensiones. Debería ser posible…

Una llamada chillona de un maldito pájaro atravesó sus pensamientos y la hizo consciente de donde estaba. ¿Cómo seguía pensando en geometría cuántica en medio de toda esa belleza? Si no tenía cuidado, se habría vuelto tan rara que ningún niño la querría como una madre.

Siguió subiendo, obligándose a sí misma a observar el mundo que se abría a sus pies. Aspiró los sustanciosos aromas a hierba y pino y sintió el calor del sol. Los árboles parecían tejer un frágil encaje sobre ella. Estaba llegando la primavera y antes de que pasara demasiado tiempo la falda de la montaña estaría llena de flores.

Pero en lugar de ser absorbida por la belleza, su espíritu se retorcía y la premonición de un desastre que había bordeado continuamente su conciencia durante días se reafirmó. Sumergiéndose tan completamente en su trabajo, había evitado pensar en ello, pero con la quietud del húmedo bosque alrededor de ella, ya no era posible.

Cuando su respiración se volvió jadeante, se acercó a un área rocosa al lado del camino donde podría descansar. Su cansancio y la sensación de culpabilidad que la invadía eran igual de profundos. Naruto nunca le perdonaría lo que había hecho y sólo podía rezar para que no volcara su hostilidad en su hijo.

Recordó su amenaza sexual la noche que llegaron y supo que no tenía ni idea de si él realmente trataría de obligarla a algo. Temblando se puso de pie y observó el valle desde la altura donde se encontraba; vio la casa con su tejado oscuro, el camino de entrada. Reconoció un coche en la zona de aparcamiento. El Jeep de Naruto. ¿Habría regresado para recoger uno de los comics recién llegados?

Estaban por toda la casa: Los X-Men, Los vengadores, La cripta del horror, incluso Bugs Bunny. Cada vez que veía un nuevo comic, rezaba una oración de agradecimiento de que al menos eso hubiera salido bien. La inteligencia tendía a la norma. Seguramente su lentitud mental contrarrestaría su genialidad y haría que su hijo no fuera un fenómeno. Silenciosamente lo agradecía haciendo que sus comics nunca se perdieran, ni siquiera por las mujeres de la limpieza.

Pero esa gratitud no se extendía a su encarcelamiento. Tanto aislamiento le estaba haciendo efecto, se dio cuenta de que le daba demasiado poder tolerándolo. ¿Qué haría él, se preguntó, si no regresaba? Él sabía que ella salía a pasear, ¿pero cómo reaccionaría si no regresaba? ¿Qué ocurriría si salía por la puerta, encontraba un teléfono y tomaba un taxi para el aeropuerto?

La idea de desquiciarlo elevó un poco su espíritu. Levantando los brazos, inclinó la cara y disfrutó del brillo de sol hasta que sintió el escalofrío provocado por el frío aire de montaña a través de sus pantalones de lana. Luego se levantó y miró hacia abajo, al valle.

La casa y su dueño estaban allí; La ladera de la montaña continuaba.

Siguió subiendo.

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