Sus hermosos ojos azules se abrieron pesadamente, no recordó mucho de lo que pasó en ese momento. Pero si que recordaba lo que había pasado anoche junto a Emmett.

El mismo ser que yacía desnudo a su lado, era el mismo que ahora la aplastaba con su escultural cuerpo de físico culturista. Odiaba eso, odiaba que la aplastaran así, quitándole la respiración que necesitaba.

—Ush, Emmett —murmuró ofuscada.

—¿Hmm? —susurró el chico semiinconciente.

—¡Quítate de mí! —dijo en tono más alto.

Pero Emmett solo siguió roncando como si no hubiera escuchado nada. Rosalie no sabía si estar furiosa o simplemente divertida.

Quizá un poco de ambas, admitió. Pero eso no quitaba que, a pesar de ser muy alta, el corpulento muchacho no le molestara. De hecho, ya empezaba a faltarle el aire que necesitaba. Decidió ignorar la situación ¿qué caso tenía? Emmett Cullen estaba profundamente dormido en sus brazos, y sinceramente, ella no deseaba que se quitara. Al menos no con su cuerpo, sino con su calor. Ella amaba el calor que irradíaba. Amaba a Emmett Cullen desde el primer momento en que lo vio.

Luego de una hora —o quizá dos—, en la que no le quedó más que rendirse y dormir para olvidarse que tenía un tremebundo sujeto encima de su hermoso cuerpo, decidió despertarse. Despegó uno a uno sus ojos nuevamente contemplando la escena a su alrededor. Abrió los ojos de golpe, se levantó de un saltó de la cama y cubrió con la fina sábana color rosa de satén su desnudez.

—¡Oh, por Dios! —susurró ofuscada nuevamente— acaso yo... ¿acaso Emmett y... yo?

—Buenos días —canturreó una risueña voz desde la puerta de la habitación donde se encontraba— ¿ya despertó gatita? —ronroneó Emmett, y dejó una rebosante charola plateada en la mesita de luz junto a su cama.

Rosalie enarcó una ceja dubitativa observando lo que contenía esa cosa encima. Huevos, café, jugo, pan tostado con jalea de uva y miel, más un tazón de avena. ¿O era arroz y tocino? No podía desde esa distancia corroborar de que se trataba aquel alimento, pero eso no cambió su pose malhumorada y un tanto distante hacia él.

No le gustaba que se tomaran ese tipo de atribuciones como si nada. Frente a ella.

—Emmett —murmuró, para luego sentarse en la cama, la que era suya— ¿qué estás haciendo?

Emmett pudo comprender la pregunta implícita dentro de esa, no se refería al desayuno, claro estaba. Sino que se refería al hecho de qué él todavía continuara presente en su departamento como si su estadía ahí ya no hubiera caducado.

—Sé que quieres que me vaya —dijo él con tono bajo, tal vez un poco afectado por tal indirecta de su parte. Sinceramente, no se lo esperaba, o al menos no así tan franca—, y lo haré. Lo prometo, Rose, pero ahora desayuna ¿si? Luego vemos.

—Luego vemos ¿qué? —quiso saber seria.

—Si me voy o no —se encogió de hombros sonriendo de lado— a ver si te convenso y me quedo —Rosalie abrió los ojos como plato y negó levantándose de la cama, caminando enérgicamente hacía él.

—Emmett, no te entiendo —suspiró desganada—, es una de tus reglas. El no comprometerte emocionalmente con nadie ¿es que acaso lo olvidaste? —le preguntó, y Emmett negó de inmediato, tocando el espacio del lado donde donde se había sentado para que ella lo acompañara, pero Rosalie no se movió ni un milímetro de su lugar. El enorme hombre suspiró desganado.

—Claro que no —desvió su mirada azulada, muy parecida a la de ella. El tenerla ahí, tan cerca y con tan solo una pequeñísima sábana cubriéndola era demasiado para tentar a su auto control, en ese mismo momento se le antojó arrancarle la sábana de cuajo—, es una de mis reglas. Efectivamente.

—Entonces ¿que te impide irte, Emmett? —cuestionó.

—Tú —contestó simplemente él —tus besos, tu cuerpo, tus caricias. Toda tú me volvió loco y anoche tuve la mejor experiencia de sexo de mi vida. Ash no puedo olvidar como te movías sobre mí, nena —ronroneó nuevamente acercándose a ella, y Rosalie retrocedió todo lo que pudo en su propia cama. Emmett sonrió de dicha al verla con los ojos brillantes y cargados por la expectación de que sucedería si comenzaba a besarla como un salvaje.

—Basta —dijo quitándose la sábana de un tirón, y enfrentándolo a los ojos con seriedad, pero Emmett vio una chispa de deseo y lujuria en esas profundas irises azules frías como el mar—, nos divertimos lo suficiente anoche, pero ya acabó. Ahora por favor, vete de mi departamento.

—No —dijo levantándose con los ojos chispeando a causa de la lujuria— ¿en serio pretendes que me vaya cuando te desnudas frente a mí? —la señaló con su dedo de arriba a abajo. Rosalie negó buscando con lentitud una bata de seda color azul como sus ojos, y se puso sin más. Emmett sonrió de lado con expectación— no es que ayudes mucho con esa bata, cariño.

—¡Lárgate, Emmett!

Emmett se encogió de hombros y sonrió.

—Como quieras, gatita —ronroneó por última vez, tomó un gran sorbo del café de su desayuno y empezó a caminar a donde estaba colocada la puerta del dormitorio de Rosalie, sonrió de lado al tenerla cerca de él—, esta no será la última vez que hagamos esto.

—Te equivocas, Emmett.

—Claro que no —dijo desapareciendo por la puerta, Rosalie lo siguió furiosa, y dispuesta a enfrentarlo por portarse tan cínico con ella.

—No entiendo porque simplemente no te buscas otra wolfa —murmuró abatida— ¿porqué decides que sea yo quién te obsesione, eh?

—¿Obsesionar? —se giró Emmett para poder enfrentarla— Rosalie, no conozco un solo sujeto que te vea y que no caiga rendido a tus pies —susurró— ¿porque sería yo diferente, eh?

—No has contestado mi pregunta.

—Tú casi nunca contestas a las mías —sonrió formando pequeños hoyuelos de infante en sus facciones—, Rose, cielo. No lo compliquemos más de lo que esto lo es. Somos un par de amantes y ya.

—Ese es el problema contigo, Emmett —dijo acercándose y aferrándose a su bata para que no expusiera ninguno de sus atributos frente suyo— contigo solo hay sexo. Y yo busco algo más, el amor. ¿No lo entiendes?

Emmett la miró sin expresión en su rostro.

—Rosalie, cariño, no sé amar —murmuró con casi desesperación— una vez creí que lo había logrado, pero me di cuenta que no y acabó en desastre.

—Conmigo podría ser diferente —concedió, pensando en quizá no debería decirle eso a él. No quería parecer como una tonta frente suyo ni por un segundo, aunque sus palabras y su tono un tanto desesperados no ayudaran mucho—, no sé como podría, pero creo que puedo hacer que te enamores de mí... y viceversa —mintió sobre aquello último al saberse, para su pesar, completamente enamorada de ese grandulón— ¿qué dices?

Emmett negó.

—No he tenido remordimientos cuando destrocé algunos corazones —admitió para su fuero externo, pero más para si mismo—, pero si llegara a hacerte daño de alguna forma, te juro que es algo que no podría soportar. Rose, tu eres maravillosa y una fiera sexual. Eres el combo completo en todo aspecto, y yo... no.

—¿Y cómo es que lo puedes asegurar?

—Porqué lo sé —dijo simplemente, y encogiéndose de hombros. Rosalie negó no dispuesta a ceder tan fácil a las piedras que él mismo le colocaba.

—No te creo.

—Rosalie, anoche cuando querías esto dijiste que no querías algo más que lo que acaba pasar.

—¿Porqué me preparaste el desayuno? —cambió hábilmente el tema para atraparlo en su mentira— porque te agrado, mucho, no lo niegues. No te atrevas a hacerlo —Emmett sonrió de lado sintiéndose conmovido por su dulzura y sus palabras llena de aprecio.

—Claro que te quiero, ángel. Me agradas mucho, pero como esto únicamente y nada más ¿si? —dijo dándose la vuelta para comenzar a caminar—, creo que es mejor que no nos volvamos a ver.

—¿Qué? —preguntó con rapidez— ¿porqué?

—Porqué tienes razón en lo que me dijiste hace un momento en tu habitación —aclaró con suavidad el enorme muchacho pelinegro—, una noche de pasión es todo lo que busco en una hermosa mujer como tú. Y es mi más sagrada regla en lo que en el ámbito sexual confiere —Rosalie abrió los ojos como platos al escucharle decir aquellas estupideces sacadas de contexto.

¡Ella no había querido decir que nunca más compartieran esa experiencia tan pasional!

—Emmett, yo no me refería a que jamás volviéramos a acostarnos —fue al grano—, pero si tú estás de acuerdo con eso, entonces yo igual. Y nunca jamás te quiero cerca de mí ¿Oíste?

Se dio la vuelta con el fin de que él no viera que sus ojos azules y claros ya se habían empezado a humedecer. No lo permitiría delante de él.

El chico la miró entrar dentro de su habitación y cerrar la puerta. Si él fuera un caballero se disculparía e intentaría arreglar —o al menos aclarar— todo. Rosalie había confundido la pasión con el amor, y él ya le había explicado los peligros de que aquello sucediera.

Se maldijo una y mil veces por haber regresado a su apartamento la noche anterior. Debió haberse buscado alguna wolfa cerca y cogérsela hasta que se olvidara por completo lo excitado que esa rubia lo ponía. Sin saber que más que hacer se retiró del pasillo y del apartamento de la joven con parsimonia.

...

—¡Dios mío!

—Alice, ¡quédate quieta! —le regañó una de las jóvenes que la estaban peinando— ¡Dios! te comportas como una niña.

—Basta, Jess —regañó una de sus ayudantes.

—Sí, ¿que no ves que está muy nerviosa? —concedió otra de las chicas sonriendole a una sonrojada Alice— tranquila, cariño. Te prometo que serás la novia más bonita de todo Forks.

—¡Aw! ¿tú lo crees así?

—Por supuesto —dijo esta vez la joven que había regañado fieramente a su compañera—, tu novio será el hombre más feliz al verte —susurró cariñosamente.

Alice soltó una risita nerviosa.

—Muchas gracias —murmuró.

—De nada. ¿Angie, me ayudas?

—Por supuesto, Bells —dijo la muchacha de gruesos y pesados lentes color blanco— ¿qué color crees que podría ir mejor con su tono de piel?

—Cualquiera —contestó una voz muy seductora y femenina lejos de donde las tres chicas estaban maquillando a la novia— su piel es blanca, todo le va ir bien.

—Gracias, Rose —contestó Alice—, pero ¿no vas arreglarte? La boda ceremonia comienza en una hora —Rose miró a Alice y negó.

—Ya estoy lista.

—¿Qué? —Alice reprobó completamente el atuendo que llevaba, unos shorts de mezclilla muy cortos y una blusa— ¿Rose, te sucede algo?

—No —dijo la rubia parándose de su lugar con enfado— iré a cambiarme, permiso —dijo pasando junto a las tres muchachas sin dirigirles una palabra.

Alice frunció el ceño creyendo comprender lo que le sucedía. Después de todo, Rosalie era muy amable frecuentemente. Algo muy malo podría estarle sucediendo para que actuara así tan fríamente con ella. A quién ella misma la había catalogado como mejor amiga.

—Creo que iré a hablar con ella —dijo la pelinegra levantándose de su lugar, y dejando perplejas a las tres chicas con su maquillaje a medio acabar—, será un segundo, no me tardo. Lo prometo —sin más que decir salió a todo lo que sus cortitos pies le permitieron. Encontró a Rosalie entrando a la habitación que le habían asignado los Cullen para ella y para Jasper mientras se estaban alojando en su mansión— ¡Rose! —la llamó y la muchacha rubia volteó a verla sorprendida.

—¿Alice que estás haciendo? —cuestionó— se supone que debes arreglarte, ya casi empieza la ceremonia. ¿No lo dijiste tú misma? —le reprendió cuando la vio llegar con ropa común a su lado. Todavía no se colocaba su vestido de novia hasta no estar completamente peinada y maquillada.

—Quiero que hablemos, solo será un segundo. Por favor —le hizo señas a Rose para que entraran a la habitación, y la susodicha solo rodó los ojos. No podía negarse a lo que la chica le pidiera. Y ya comprendía porque tenía así de embobado al gruñón de su hermano.

—Voy a vestirme mientras hablas.

—Ok —dijo mirándole desabrocharse su pequeñísimo short azul de jean, con una sonrisita traviesa— que piernas, nena.

—Gracias —dijo secamente cerrando la puerta de un golpe seco. Alice respingó por eso, y Rose se disculpó suavemente— ¿de que querías hablar?

—De Emmett —dijo sin rodeos la pequeña mujer— de lo que pasa entre ustedes cada vez que están cerca. Rose he notado como se miran desafiándose el uno al otro. Es una idiotez, pero creo que se odian.

—Yo no odio a nadie —mintió, claro que si odiaba. Odiaba a Royce y a sus amigos que habían intentado a abusar de ella cuando tuvieron la oportunidad— así que no digas cosas que no sabes.

—Rosalie —murmuró Alice acercándose pausadamente hacia donde se estaba poniendo su bonito vestido dorado con pedrería— te conozco. No puedes ocultarme que mi hermano te gusta y lo sabes —Rosalie sonrió de lado al oírla, y con una mirada le pidió que le subiera el cierre de aquel hermoso vestido. Alice suspiró e hizo lo que la rubia le pidió silenciosamente. Cuando acabó con su cometido la observó quedándose sin aliento, Rosalie era una completa belleza.

No era como si no lo supiera, tampoco.

—Si por hermano te refieres a Edward —dijo con voz seductora, mirándola con ansiedad—, me encanta tu hermano —ronroneó muy suavemente, pero Alice no se lo creyó ni un segundo. Al contrario, enarcó una ceja muy levemente dándole a entender que no le creía.

—Eso no es cierto.

—¿Cómo sabes que no?

—Porque Edward y tú jamás se han dicho más que un hola. Y de mala gana —le recordó.

—No sé porque te preocupas de que si me gusta o no alguno de tus hermanos —dijo echándose perfume de Miss Dior—, deberías preocuparte por tu matrimonio, Alice. Y dejarme a mi en paz hacer mi vida —Alice lejos de sentirse ofendida le sonrió con cariño. Cosa que no comprendió la rubia.

—Tú eres mi hermana ahora, Rose —se acercó a ella con lentitud—, y te quiero ¿porqué no me preocuparía por ti? ¿o por quién te pone una sonrisa en tu bellísimo rostro? —Rosalie frunció el ceño, estaba a punto de pintarse los labios cuando la hizo frenar ante semejante ridiculez dicha por esa fina y traviesa boca de duende.

—Alice, me separé de Royce hace como ocho meses. No hay nadie más.

—Yo creo que sí —dijo con tranquilidad—, y sabes bien de quién hablo.

—No, no lo sé.

—¡De Emmett!

—¡Alice! —se volteó frunciendo el ceño con exasperación—, si tu propósito aquí es cabrearme lo estás logrando. Por favor sal de mi habitación. Necesito terminar de arreglarme tranquila, y sola —se volteó para continuar arreglándose frente al espejo. Se colocó su collar dorado —regalo de su hermano— y unos aretes a juego muy costosos.

Alice se quedó mirándola mientras se colocaba los utensilios en las orejas, pensando que la diosa Afrodita lloraría de envidia. Era demasiado impactante, y ese vestido dorado Gucci se le mimetizaba exquisítamente al cuerpo.

A veces no podía comprender al idiota que tenía por hermano ¿Cómo podía ignorar semejante atractivo? Si hasta su propio padre se había quedado boquiabierto cuando conoció a Rosalie el día de su compromiso con Jasper. Secretamente, agradecía que Edward la ignorara. Sabía que Emmett no lo toleraría y se armaría una especie de "riña" por la joven que Alice no querría presenciar. Porque sabía que ambos hermanos se amaban con locura, y una mujer en su camino podría complicar dicho amor. Gracias a Dios ese no era el caso en su familia. Y lo agradecía diariamente.

—Ya estoy lista, mujer —dijo dandose la vuelta, y enseñando todo el esplendor de aquel fantástico vestido— ¿Y? ¿te gusta? —Alice asintió enérgicamente, más de lo que era habitual en ella. Cosa que a Rosalie le sorprendió e incomodó de cierta forma— bueno, creo que será mejor que vayas a terminar de arreglarte.

—¡Oh, es verdad, hoy me caso! —dijo saliendo como un trueno por la puerta de aquella lujosa habitación— deseame suerte.

—¡Suerte! —rió presintiendo las locuras que compartirían cuando finalmente Alice se uniera a su pequeña familia. Se miró al espejo una vez más para cerciorarse de su aspecto cuando por suerte notó justo a tiempo que no se había realizado ningún peinado.

Salió de la habitación de Alice, la cuál estaba ocupando por el momento, y se lo topó a él. Iba vestido con un atractivo esmoquin negro, una camisa blanca de marca y un moño. Se veía espectacular, pensó Rose levantando la mirada hasta sus ojos y dejándola clavada ahí, solo mirándolo por unos interminables segundos. Ambos tenían los ojos azules, pero los de ella eran más tirando a celestes como el cielo.

Ahora entendía uno de los motivos por los cuales él le llamaba ángel todo el tiempo. Bajó su mirada incapaz de seguir sosteniendo la de él.

—Hola, Rose —murmuró Emmett tan suavemente que a Rosalie casi le cuesta entenderle—, te ves realmente bien. Está prohibido verse más linda que la novia —rió, y la joven le imitó.

—Gracias, tú también te ves muy bien.

—Gracias —sonrió. Rosalie asintió queriendo pasar por el lado de él. Sin embargo, Emmett no se lo permitió, y por el contrario la tomó muy suavemente del brazo y la acorraló entre su cuerpo ancho y la pared.

—¿Qué haces? —se sentía tan nerviosa que la voz le salió en un murmullo. Emmett sonrió de lado sintiéndose victorioso en las reacciones alocadas de la joven, así que acercó más su rostro al de ella para provocarla— Emmett...

—Shh —dijo colocando un dedo en su boca, apenas. Ya que no quería arruinarle el labial rojo colocado en ella— te ves sinceramente espectacular.

—¿Y eso qué? —contestó ceñuda, sin entender del todo porque lo trataba así—, habrán muchas señoritas espectaculares en la boda para distraerte.

Emmett soltó una carcajada al oírla.

—Así que solo se trata de eso ¿eh?

—¿De qué cosa?

—Celos —Rosalie fue la que rió esta vez e intentó zafarse— quieta.

—¡Suéltame!

—No —dijo tranquilamente y acercándose a su oreja para hablarle ahí— ángel —los ojos de Rosalie se abrieron completamente. En el tiempo que llevaba conociéndolo jamás le había le había nombrado de esa manera... tan sexy. Siempre le decía ángel para molestarla. Pues la muchacha tenía en claro que no lo era. Lo miró a los ojos, ese azul del cuál era dueño refulgía como si fuera una especie de liquido espeso. La atravesaba con aquella mirada, y a Rosalie no pudo hacer más que tragar en seco y desviar su mirada a otro lado—, mírame Rose.

se a su oreja para hablarle ahí— ángel —los ojos de Rosalie se abrieron completamente. En el tiempo que llevaba conociéndolo jamás le había le había nombrado de esa manera... tan sexy. Siempre le decía ángel para molestarla. Pues la muchacha tenía en claro que no lo era. Lo miró a los ojos, ese azul del cuál era dueño refulgía como si fuera una especie de liquido espeso. La atravesaba con aquella mirada, y a Rosalie no pudo hacer más que tragar en seco y desviar su mirada a otro lado—, mírame Rose.

—No —dijo débilmente— no funcionará —se zafó de su agarre cuando notó que le había tomado desprevenido con esa afirmación, se alejó lo más que pudo de él y corrió en dirección a donde estaban las chicas amigas de Alice, peinandola y maquillandola—. ¡Chicas! —dijo abriendo ruidosamente la puerta de esa habitación, las tres chicas se quedaron viéndolas completamente anonadas.

—Oye, si fuera lesbiana —se relamió los labios una de ella, Jessica— no te dejo escapar, nena —las otras dos no podían no apoyarla. Rosalie se veía realmente increíble.

—Eh, gracias —dijo entrando al lugar y cerrando la puerta con seguro, Alice la miró extrañada, y Rose rápidamente sonrió negando—, por si acaso al novio se le ocurre fisgonear.

—¡Oh es cierto, tiene razón! —dijeron las tres chicas apoyándola, menos Alice que seguía viéndola suspicazmente. Rosalie decidió ignorarla y se sentó a su lado en aquel "salón de belleza", pidiéndole a una de ellas que la peinara. Bella, la más callada, fue la que accedió a cumplir con la tarea. Y así las dos cuñadas empezaron a verse mucho más lindas de lo que eran para la gran fiesta de bodas de la cuál Alice Cullen sería la gran protagonista.