Capítulo 8 Summa cum lauden


Naruto entró en la sala de estar con el bolso de Hinata en la mano y se dirigió con grandes pasos hacia la puerta corredera que daba a la terraza, pero ni siquiera allí vio algún signo de ella. Eso sólo significaba una cosa. Había ido montaña arriba.

Sabía que caminaba la mayoría de los días, pero cuando le había preguntado acerca ello, le había dicho que nunca iba lejos. ¡Bueno, obviamente había ido lejos esta vez, incluso hasta se podía haber perdido! Para tener un coeficiente de 180, era la mujer más estúpida que conocía.

—¡Maldita sea! —Arrojó el bolso sobre el sofá. El cierre se abrió repentinamente y el contenido se derramó.

—¿Pasa algo, N-Man?

—¿Qué? Ah, No. —Naruto se había olvidado de su hermano menor, Deidara. Cuando Deidara se había presentado en la puerta veinte minutos antes, Naruto se había inventado una excusa sobre tener que devolver una llamada telefónica y lo había metido dentro mientras trataba de encontrar una pista sobre el paradero de su esposa perdida.

Se le había acabado el tiempo, tenía que presentar a Hinata a su familia antes de lo que había pensado. Deidara había regresado de esquiar hacía tres días y sus padres habían llegado de sus vacaciones hacía dos y desde entonces lo estaban acosando.

—Estaba buscando mi cartera —mintió—. Pensé que Hinata la podría haber metido en su bolso.

Deidara se levantó de un sillón cerca de la chimenea, que era lo bastante grande como para que cupiera un Honda y se acercó a la ventana para mirar afuera. La cólera de Naruto se suavizó un poco mientras contemplaba a su hermano. Mientras Menma y él habían sido estrellas deportivas en la escuela, Deidara se había dedicado al teatro. Aunque era un deportista decente, no valía para los deportes de equipo, simplemente porque no le importaba si ganaba o no.

Rubio, más delgado que Naruto o Menma, tenía el físico de un rompecorazones y era el único de los tres hermanos Namikaze que se parecía a su madre; su apariencia de modelo masculino le había causado tener que resistir una interminable lista de puyas de Naruto y Menma. Tenía sagaces y luminosos ojos azules y nunca se había roto la nariz. Su pelo color dorado, tenía un corte conservador y siempre estaba bien peinado. Normalmente prefería camisas Oxford, pantalones Dockers pulcramente planchados y mocasines, pero hoy llevaba una vieja camiseta Grateful Dead y vaqueros. Claro que en Deidara esa ropa parecía el traje de los Brooks Brothers.

Naruto lo miró ceñudamente.

—¿Planchas las camisetas?

—Sólo un poco por arriba.

—Jesús, Dei, tienes que dejar de hacer ese tipo de majaderías.

Deidara puso su sonrisa cristiana solamente porque sabía cuánto irritaba a su hermano mayor.

—A algunos nos enorgullece ir bien vestidos. —Le echó una mirada a las botas enlodadas de Naruto con desagrado—. A otros no les importa.

—Basta, gilipollas. —El lenguaje de Naruto siempre empeoraba cuando tenía a Deidara cerca. Había algo en la imperturbabilidad de ese chico que le llevaba a maldecir. No era como si Deidara se fuera a escandalizar. Como era el más joven de los tres, sus hermanos lo habían acostumbrado a una edad temprana a palabras malsonantes. Incluso de niños, Naruto y Menma habían sospechado que Deidara era más vulnerable que ellos, así que se habían asegurado de que podría cuidarse. Aunque nadie en la familia Namikaze lo había admitido nunca, todos en secreto consideraban a Deidara el mejor.

Naruto también lo respetaba. Deidara había experimentado un período de locura durante la universidad, alrededor de los veinte años, cuando había bebido de más y se había acostado con demasiadas mujeres, pero cuando había recibido "la llamada", había decidido vivir como predicaba.

—Visitar enfermos es parte de mi trabajo —dijo Deidara—. ¿Por qué no puedo visitar a tu nueva esposa?

—No le agradaría. Ya sabes cómo son las mujeres. Quiere estar lo más presentable posible antes de conocer a mi familia, para causar una buena primera impresión.

—¿Y cuándo piensas que va a ser? Ahora que mamá y papá regresaron al pueblo están ansiosos por conocerla. Y Mito realmente se está regodeando porque la ha visto y nosotros no.

—No es culpa mía que todos estuvierais recorriendo el país cuando llegué.

—Regresé de esquiar hace tres días.

—Bueno, como dije a todo el mundo ayer de noche en la cena, Hinata se puso enferma antes de que regresaseis. La maldita gripe. Debería sentirse mejor en una semana y luego la llevaré a casa. Pero no pienses que la vas a ver mucho. Su trabajo es muy importante para ella y no puede pasarse demasiado tiempo lejos del ordenador.

Deidara tenía sólo treinta años, pero lo miró con ojos viejos y sabios.

—Si necesitas hablar, N-Man, estoy dispuesto a escuchar.

—No hay nada de lo que quiera hablar excepto de la manera en que todos los miembros de esta familia quieren meter las narices en mis asuntos.

—Menos Menma.

—Si, menos Menma. —Naruto se metió las manos en los bolsillos de atrás de sus vaqueros—. Desearía que él lo hiciera.

Se quedaron los dos en silencio, pensando preocupados en el destrozado hermano mediano. Estaba en México, intentando encontrarse a sí mismo.

—Desearía que estuviera en casa —dijo Deidara.

—Se fue de Kirigakure hace años. Su casa ya no está aquí.

—Supongo que ningún lugar es su casa sin Suiren y Kiyoshi.

La voz de Deidara se puso ronca y Naruto apartó la mirada. Ansioso por cambiar de tema, comenzó a mirar el contenido del bolso de Hinata. ¿Dónde estaba? Durante las dos semanas pasadas, se había forzado en mantenerse alejado y calmar su temperamento.

También quería que se sintiera aislada y que entendiera que él era el único que poseía la llave de su prisión. Desafortunadamente no parecía afectada.

Deidara intentó ayudar.

—Si la gripe de Hinata es tan mala, quizá debería ir a un hospital.

—No. —Naruto cogió una pequeña calculadora y tocó los botones para no tener que mirar a su hermano—. Se ha forzado demasiado, pero se sentirá mejor tan pronto como descanse.

—Te aseguro que no se parece a ninguna de tus rubias tontas.

—¿Cómo sabes eso? —Levantó la cabeza y vio a Deidara estudiando su foto en el carnet de conducir que se había caído de su cartera—. Ninguna de las chicas con las que he salido eran rubias tontas.

—No eran exactamente lumbreras. —Se rió—. Que es lo que es tu mujer. Todavía no puedo creer que te casases con una física. Por lo que recuerdo, lo único que te atraía de la física en secundaria era lo que el entrenador Maito Gai enseñaba en su clase.

—Eres un maldito mentiroso. Saqué sobresaliente en esa clase.

—Ya sería menos.

—Te aseguro que por lo menos fue notable.

Deidara sonrió ampliamente y sacudió el carnet de conducir.

—No puedo esperar para decirle a papá que gané la apuesta.

—¿Qué apuesta?

—La de la edad de tu mujer. Él dijo que tendríamos que celebrar la boda con una reunión de ScoutGirl, pero yo dije que seguro que habías recobrado la cordura. Creí en ti, hermano y parece que estaba en lo cierto.

Naruto estaba irritado. No había querido que la gente supiera que Hinata tenía veintiocho años, pero con Deidara mirando fijamente la fecha de nacimiento en su carnet de conducir, no lo podría negar.

—No se le echan ni un día más de veinticinco.

—No sé porque te pones así. No pasa nada por que te casaras con alguien de tu edad.

—Ella no es exactamente mi edad.

—Dos años más joven. No hay demasiada diferencia.

—¿Dos años? ¿De qué coño hablas? —Le arrancó el carnet de un tirón—. ¡No tiene dos años menos que yo! Ella tiene…

—Oh, oh. —Deidara retrocedió—. Creo que me voy.

Naruto estaba demasiado estupefacto por lo que veía en el carnet para oír la diversión en la voz de su hermano, ni siquiera oyó el sonido de la puerta cerrándose unos momentos más tarde. No oía, ni veía nada excepto la fecha del carnet de conducir que tenía en su mano.

Lo frotó con el pulgar. Tal vez fuera simplemente una mancha en el plástico lo que hacía que pareciera que ese era su año de nacimiento. O tal vez fuera una errata. La maldita Dra. no hacía más que cometer errores.

Pero sabía que no era una errata. No había nada equivocado en esos números sombríos y condenatorios. Su esposa tenía treinta y cuatro años y él se acababa de despedir de su vida.

—Narutobi no tardará mucho en venir a buscarte —dijo Mito Uzumaki.

Hinata colocó sobre el suelo la taza de té que había tomado, aún se veían en la vieja taza blanca los restos de una bandera americana. Miró a Mito a través de la desordenada sala. A pesar de su poca convencional decoración, sentía que esa casa era un hogar, un lugar donde uno tenía su sitio.

—Oh, no creo. No sabe donde estoy.

—Lo sabrá pronto. Ese chico ha recorrido 'stas montañas desde que llevaba pañales.

Ella no se podía imaginar a Naruto llevando pañales. Seguramente había nacido con actitud beligerante y un montón de pelo en el pecho.

—No puedo creer lo cerca que está tu casa de la de él. El día que vinimos me pareció como si recorriéramos varios kilómetros antes de llegar a esas horribles puertas

—Lo hicisteis. La carretera rodea Heartache Mountain para atravesar el pueblo. Esta mañana, tomaste el atajo.

Hinata se había sorprendido cuando llegó a la cima de la montaña y miró al otro lado para ver el tejado de chapa de la cabaña de Mito Uzumaki. Al principio no la había reconocido, pero entonces había visto el móvil que colgaba en la esquina del porche. Aunque habían pasado dos semanas desde que se habían visto, Mito la había saludado como si la esperara.

—¿Sabes hacer pan de maíz, Hinata Namikaze?

—Lo he hecho algunas veces.

—El truco es utilizar un poco de suero de leche.

—Lo recordaré.

—Antes de ponerme tan enferma, solía hacer mi propia mantequilla de manzana. No hay nada tan bueno como mantequilla fría de manzana en pan de maíz caliente. Intenta encontrar manzanas realmente tiernas cuando lo hagas, y pruébalas tú misma, porque no hay nadie en la tierra que pueda resistirse a una buena mantequilla de manzana cuando se hace con manzanas tiernas.

—Si la hago alguna vez, seguiré tu consejo.

Mito llevaba haciendo eso todo el rato desde que Hinata había llegado, desgranando recetas y pedazos de sabiduría popular: Té de jengibre para el frío, nueve sorbos de agua para el hipo, las remolachas debían ser plantadas entre mediados de febrero y últimos de marzo, si se hacía antes o después, no saldrían buenas.

A pesar de la improbabilidad de utilizar alguna vez esa información, se encontró asimilándolo todo. Los consejos de Mito representaba la continuidad entre una generación y la siguiente. Las raíces de esas montañas y para alguien que siempre se había sentido tan, pero que tan desarraigada, cada una parecía un enlace sólido con una familia que tenía historia y tradiciones, algo que ella deseaba mucho.

— …y si vas a hacer dumplin , entonces mete un huevo en la masa y una pizca de salvia. —Comenzó a toser y Hinata la miró con preocupación. Cuando se recuperó, sacudió su mano exhibiendo las uñas pintadas en un brillante rojo cereza—. Me estás escuchando con atención. Es increíble que no me hayas dicho: Mito, cierra el pico; me calientas las orejas.

—Me encanta escucharte.

—Eres una buena chica, Hinata Namikaze. Estoy asombrada de que Narutobi se casase contigo.

Hinata se rió. Mito Uzumaki era una persona sorprendente. Al único de sus abuelos que Hinata había conocido había sido la egocéntrica madre de miras estrechas de su padre.

—Voy a perder mi huerto. Ese Chōji Akimichi lo hubiera arado hace un par de semanas, pero va en contra de mis principios tener desconocidos por aquí. Narutobi, siempre me manda desconocidos para arreglar las cosas, pero no los quiero. No me gusta que gente que no pertenece a la familia esté cerca de mis cosas, y mucho menos desconocidos. —Negó con la cabeza—. Esperaba 'star lo suficientemente fuerte para dedicarme al huerto en primavera, pero no lo 'stoy. Deidara dijo que me visitaría para ayudarme, pero ese pobre chico tiene tanto trabajo en la iglesia, que no tuve corazón para permitir que el cara bonita de mi nieto pequeño plantara mi huerto. —Miró a Hinata de reojo con sus astutos ojos marrones—. Puedo perder el huerto, pero no tendré desconocidos plantando para mí.

Hinata se daba cuenta de las tretas de la vieja, pero no le molestaban. Sino que la hacían sentir curiosamente halagada.

—Me encantará ayudarte si me dices qué hacer.

Mito se llevó la mano sobre su pecho.

—¿Harías eso por mí?

Hinata se rió de su asombro fingido.

—Lo disfrutaré. Nunca he tenido un huerto.

—Bueno, bueno, eso 'stá muy bien. Le dices a Narutobi que te traiga a primera hora de la mañana y comenzaremos de inmediato. Es algo tarde, me gusta hacerlo a finales de febrero, durante la noche pensaré lo que podríamos plantar asi nos pondremos de inmediato. Más adelante plantaremos cebollas y después algunas remolachas.

—Suena genial. —Sospechaba que las personas de esa edad no comían como deberían y se levantó—. ¿Por qué no preparo un almuerzo ligero? Me están entrando ganas de comer.

—Es una buena idea. Kushina Mai volvió de su viaje y me trajo algo de sopa ayer, está en la nevera. Puedes calentarla. No la hace como le enseñé, pero bueno, así es Kushina Mai.

Así que los padres de Naruto habían regresado. Mientras se dirigía a la cocina, se preguntó cómo explicaría no llevarla a conocerlos.

Hinata sirvió la sopa en un tazón de porcelana china. Lo acompañó con trozos de pan de maíz que había en una fuente de la encimera. Mientras comían en la mesa de cocina, no pudo recordar disfrutar más una comida. Después de dos semanas de aislamiento, era maravilloso estar con otra persona, especialmente una que no gritara órdenes y la mirara con odio.

Lavó los platos y llevaba un té para Mito a la sala de estar cuando advirtió tres diplomas entre el desorden de pinturas, bailarinas y relojes de pared colgando al lado de la puerta.

—Pertenecen a mis nietos —dijo Mito— pero me los dieron. Saben que siempre me molestó tener que abandonar la escuela en sexto grado, así que cada uno de ellos me trajo su titulo universitario el mismo día que se graduaron. El de arriba es de Naruto.

Hinata fue a buscar sus gafas a la mesa de la cocina y miró el diploma de arriba. Era de la Universidad de Ottawa, y declaraba que Narutobi Namikaze se había licenciado en Ciencias… con la más alta distinción.

Summa cum laudem.

La mano de Hinata fue a su garganta. La apretó.

—¿Naruto se graduó summa cum laudem?

—Así se dice cuando se hace realmente bien. Creí que tú, al ser profesora, lo sabrías. Mi Naruto siempre fue muy listo.

—Él… —Tragó y lucho por seguir hablando a pesar del rugido que sonaba en sus oídos—. ¿En qué se licenció?

—¿No te lo dijo? La mayoría de los deportistas, cogen las asignaturas fáciles, pero mi Narutobi no, no hizo eso. Él obtuvo su titulo en biología. Al chico siempre le gustó el bosque, se pasaba la vida allí metido.

—¿En biología? —Hinata sintió como si le acabaran de clavar un punzón en el estómago.

Mito entrecerró los ojos.

—Me parece extraño que no lo supieras, Hinata Namikaze.

—Supongo que nunca surgió el tema. —La habitación comenzó a dar vueltas y sintió como si se fuera a desmayar. Giró torpemente, derramando el té caliente sobre su mano y tropezando de vuelta a la cocina.

—¿Hinata? ¿Qué sucede?

No podía hablar. Dejó caer la taza en el fregadero. Presionó sus dedos sobre su boca y ahogó una creciente oleada de horror. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? A pesar de todo lo que había tramado, se había dirigido directa al desastre que pretendía evitar y ahora su niño no iba a ser ordinario en absoluto.

Se agarró firmemente al borde del fregadero mientras la dura realidad vencía sus ensueños más optimistas. Sabía que Naruto había asistido a la Universidad de Ottawa, pero no había creído que se lo hubiera tomado en serio. Los deportistas iban al mínimo número de asignaturas para pasar inadvertidos y se iban antes de graduarse. Pero que él estuviera licenciado en biología y con honores, en una de las universidades más prestigiosas del país tenía tantas brutales ramificaciones, que apenas las podía asimilar.

La inteligencia tendía hacia el término medio. Los hechos la sobrepasaron. La única cualidad que apreciaba en él, su estupidez, no era más que una ilusión, una ilusión que él deliberadamente había mantenido. Al no saberlo, había condenado a su niño a la misma vida de aislamiento y soledad que ella había vivido.

El pánico se apoderó de ella. Su precioso niño iba a ser un fenómeno, igual que su madre.

No dejaría que ocurriera. Se moriría antes de permitir que su hijo sufriera lo que ella había sufrido. ¡Se mudaría! Se llevaría el bebé a África, a alguna parte remota de hombres primitivos y alejada de su pais. Educaría al niño ella misma, para que su precioso pequeño nunca conociera la crueldad de otros niños.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué había hecho? ¿Cómo podía dejar Dios que ocurriera algo tan cruel?

La voz de Mito penetró en su sufrimiento.

—'se será Narutobi. Te dije que vendría por ti.

Ella oyó el portazo de la puerta del coche y el ruido de pasos en el porche delantero.

¡Hinata! ¿Dónde estás, maldita sea?

Hinata salió a la sala de estar.

—¡Tú, bastardo!

Él se paró delante de ella con la cara deformada.

—¡Señora, ya me lo puedes ir explicando!

—¡Dios mío, te odio!

—¡Eso es exactamente lo que yo opino de ti! —Los ojos de Naruto resplandecían de cólera y algo más, que, en ese momento Hinata no podía creer no haber visto antes, una inteligencia aguda y mordaz.

Quiso tirarse sobre él y arrancar esa inteligencia de sus ojos, hacer agujeritos en su cráneo y extraer por ellos su cerebro. Se suponía que era estúpido! ¡Leía cómics! ¿Cómo podía haberla traicionado así?

Todo su autocontrol se rompía y sabía que tenía que escapar antes de sufrir una crisis nerviosa. Con una exclamación de furia, pasó rápidamente por delante de él y regresó corriendo a la cocina, donde salió por la desvencijada puerta trasera.

Cuando comenzó a correr, oyó un rugido de furia que llegaba desde atrás de ella.

—¡Vuelve aquí! ¡No me hagas correr detrás ti o lo lamentarás!

Ella quería golpear algo. Quería meterse en un profundo agujero y dejar que la tierra la cubriera, cualquier cosa para terminar con el horrible dolor que recorría su cuerpo. Ese bebé, que amaba más de lo que alguna vez había amado nada, iba a ser un fenómeno.

No lo oyó llegar por detrás de ella y se quedó sin aliento cuando la hizo girar bruscamente.

—¡Te dije que te detuvieras! —gritó.

—¡Lo has arruinado todo! —gritó ella en respuesta.

—¿Yo? —Su cara estaba pálida de furia—. ¡Eres una maldita mentirosa! ¡Eres mayor! ¡Una jodida mujer mayor!

—¡Nunca te perdonaré por esto! —Apretó la mano en un puño y lo golpeó en el pecho tan duro que le dolió el brazo.

Él gritó con furia. La agarró por ambos brazos, pero estaba tan envuelta en su cólera que no pudo coartarla. Este hombre había dañado a su niño y ella, que nunca había golpeado a otra persona, quería su sangre.

Perdió el control. Sus gafas volaron, pero no le importó. Lo pateó y araño y trató de hacerle daño de cualquier forma que podía.

—¡Detente ahora mismo! ¡Basta! —Su bramido hizo temblar las mismas copas de los árboles. Otra vez trató de refrenarla, pero ella hundió los dientes en la parte superior de su brazo.

—¡Ay! —Sus ojos se abrieron más por el ultraje—. ¡Maldita sea, me has mordido!

La violencia sentaba bien. Ella levantó la rodilla para darle un golpe en la ingle pero sus pies perdieron apoyo.

—Oh, no, no lo harás…

Él cayó con ella, amortiguando la caída con su cuerpo, luego se retorció para sujetarla contra la tierra.

Ella luchaba con todas sus fuerzas, pero él era un hombre que hacía eso para ganarse la vida y ni siquiera estaba afectado. Estaba, sin embargo, enfurecido cuando la inmovilizó.

—Detente ahora mismo, ¿me oyes? ¡Estás actuando como una loca! ¡Estás chiflada! Me mentiste, me engañaste y ahora tratas de matarme, sin mencionar que lo que estás haciendo no puede ser bueno para ese bebé. Te juro por Dios que voy a encerrarte en un manicomio donde te tendrán hasta la cejas de Toracina.

Le escocían los ojos por las lágrimas que no quería derramar, pero no podía creer lo que acababa de hacer.

—Lo has echado todo a perder.

—¿Yo? —Él se picó por la ofensa—. No soy yo el que está actuando como un lunático. ¡Y no soy yo el que dijo a todo el mundo que tenía veintiocho jodidos años!

—¡Yo nunca dije eso y no me maldigas!

—¡Tienes treinta y cuatro años! ¡Treinta y cuatro! ¿Tenías pensado mencionármelo alguna vez?

—¿Y cuándo se suponía que debía mencionarlo? ¿Cuándo irrumpiste en mi aula o cuándo me gritabas por teléfono? ¿O quizá cuando me insultabas en el avión? ¿O tal vez te lo debería haber dicho después de que me encerrases en tu casa? ¿En cual de esos momentos?

—No intentes escabullirte. Sabías que era importante para mí y deliberadamente me lo ocultaste.

—¿Deliberadamente? Fíjate, una palabra difícil para un deportista tonto. ¿Crees que es bonito hacerte pasar por un paleto estúpido y hacer que todo el mundo piense que eres tonto redomado? ¿Esa es tu idea de pasarlo bien?

—¿De qué estás hablando?

Ella le escupió las palabras.

—Universidad de Ottawa. Summa cum lauden.

—Ah, eso. —Parte de la tensión abandonó su cuerpo y su peso se aligeró.

—Dios mío, te odio —murmuró ella—. Habría sido lo mismo ir a un banco de semen.

—Que es exactamente donde deberías haber ido desde el principio.

A pesar de sus palabras, ya no sonaba tan enojado, pero a ella se le estaba revolviendo el estómago. Sabía que tenía que preguntarle, incluso aunque temiera oír la respuesta y sacó fuerzas de flaqueza.

—¿Qué coeficiente tienes?

—No tengo ni idea. A diferencia de ti, no lo llevo tatuado en la frente. —Él rodó a un lado, lo que le permitió levantarse con dificultad.

—Y tu SAT. ¿Cuánto fue?

—No lo recuerdo.

Ella le lanzó una mirada amargada.

—Eres un mentiroso. Todo el mundo recuerda su SAT.

Él se sacudió algunas hojas mojadas de sus pantalones vaqueros mientras se levantaba.

—¡Dímelo, maldita sea!

—No tengo por que decirte nada. —Sonaba molesto, aunque no particularmente peligroso.

Eso no la calmó. En cambio la hizo sentir cerca de tener un ataque de histeria.

—¡O me lo dices ahora mismo o te juro por Dios que te voy a asesinar! ¡Meteré cristal en polvo en tu comida! ¡Te apuñalaré con un cuchillo de carnicero mientras duermes! ¡Esperaré a que estés en la ducha y te echaré dentro un secador! ¡Te golpearé la cabeza con un bate de béisbol cualquier noche cuando atravieses la puerta!

Él dejó de sacudirse los vaqueros y miró con lo que parecía ser más curiosidad que aprensión. El saber que la estaba haciendo parecer todavía más irracional todavía, la inflamaba.

—¡Dímelo!

—Eres una mujer sedienta de sangre. —Parecía débilmente aturdido cuando negó con la cabeza—. Eso del secador…, necesitarías un cable extensible o algo por el estilo para llegar a la ducha. O tal vez no pensabas enchufarlo.

Ella rechinó los dientes, sintiéndose totalmente estúpida.

—Si no estuviese enchufado, no te electrocutaría, ¿no?

—Cierto.

Ella aspiró profundamente y trató de serenarse.

—Dime tu SAT. Me lo debes.

Él se encogió de hombros y se agachó para recoger sus gafas.

—Sobre mil cuatrocientos o algo así. Creo.

¡Mil cuatrocientos! —Le dio un puñetazo tan fuerte como pudo, luego salió disparada hacia el bosque. Él era un hipócrita y un fraude, y ella estaba enferma hasta el fondo de su ser. Ni siquiera Toneri era tan listo como este hombre.

—Es poco comparado contigo —le dijo él.

—Ni siquiera te atrevas a hablarme nunca más.

Se acercó a ella, pero no la tocó.

—Vamos, Rosebud, sabes que no te he hecho nada tan malo como lo que tú me hiciste a mi. Tu mentira es mucho peor que mi maldita SAT.

Ella se volvió rápidamente hacia él.

—¡No me lo has hecho a mí! Se lo has hecho al bebé, ¿no lo ves? Por tu culpa, este inocente niño va a ser un fenómeno

—Nunca te dije que fuera estúpido. Lo supusiste tú sola.

—¡Dijiste 'sto! ¡La primera noche que estuvimos juntos, dijiste 'sto dos veces!

Un músculo palpitó en la esquina de su boca.

—Un poco de acento local. No soy un estirado.

—¡Tienes cómics por toda la casa!

—Simplemente cumplía tus expectativas.

Ella se derrumbó. Le dio la espalda, apoyó los brazos contra el tronco del árbol más cercano y descansó la frente contra las muñecas. Recordó todas las humillaciones de su infancia: Los insultos y las crueldades, el horrible aislamiento. Pero no había perdido nunca la dignidad y su bebé tampoco lo haría.

—Voy a llevar al bebé a África —murmuró—. Lejos de la civilización. Yo le enseñaré, así no tendrá que crecer con los demás niños insultándole.

Sintió una mano sobre la espalda que sorprendentemente comenzaba a acariciarla.

—No te dejaré hacerle eso al niño, Rosebud.

—Lo harás en cuanto veas que la niña es un fenómeno.

—No va a ser un fenómeno. ¿Así es como te veía tu padre?

Se quedó paralizada. Se apartó de él y buscó en el bolsillo de su impermeable un kleenex. Se dio tiempo mientras se sonaba y se limpiaba los ojos, recobrando el autocontrol. ¿Cómo podía haber sufrido una crisis nerviosa de ese calibre? No era raro que él pensara que estaba chiflada.

Se sonó por última vez. Él le tendió las gafas y ella se las puso, ignorando el musgo prendido en las patillas.

—Siento haber causado una escena tan atroz. No sé lo que me sucedió. Nunca había golpeado a nadie en mi vida.

—Pero sienta bien, ¿no es cierto? —Él sonrió ampliamente, y para su asombro, se le marcó repentinamente un hoyuelo en su mejilla. Se quedó estupefacta, lo miró un largo rato antes de poder pensar coherentemente

—La violencia no soluciona nada y te podía haber hecho daño.

—No estoy tratando de provocarte otra vez, Rosebud, pero tienes tan poca fuerza que no conseguiste lastimarme. —La tomó del brazo y la guió hacia la casa.

—Es por mi culpa. Es por mi culpa desde el principio. Si no me hubiera dejado llevar por el estereotipo que tiene todo el mundo de los deportistas y los sureños, me habría dado cuenta de tus habilidades mentales.

—Ajá. Háblame de tu padre.

Ella casi tropezó, pero la mano en su codo la sujetó.

—No hay nada que decir. Era contable en una compañía de envases.

—¿Era superdotado?

—Era inteligente. Pero no destacaba.

—Creo que ya sé lo que pasó.

—No tengo ni idea de qué hablas.

—¿Supo que hacer contigo?

Ella se paró.

—Lo hizo lo mejor que supo. No quiero hablar sobre eso.

—¿No se te ha ocurrido que tus problemas de niña podrían haber tenido más que ver con la actitud de tu viejo que con el tamaño de tu cerebro?

—No sabes nada.

—Eso no es lo que dice el diploma.

Ella no pudo responder porque habían llegado a la parte trasera de la casa y Mito los esperaba en la puerta de tela metálica. Ella miró a su nieto.

—¿Qué te pasa? No puedes provocar a una mujer encinta de 'sa manera, con toda seguridad provocará que el bebé tenga señales.

—¿Qué? —Él se volvió con beligerancia—. ¿Quién te dijo que 'stá embarazada?

—No te habrías casado con ella si no fuera así. No eres tan sensato.

Hinata se emocionó.

—Gracias, Mito.

—¡Y tú! —Mito se volvió contra ella—. ¿Cómo se te ocurre salir corriendo? Si te pones así cada vez que Narutobi te contrarie, el bebé se estrangulará con el cordón mucho antes que tenga siquiera posibilidad de respirar.

Hinata pensó explicarle la improbabilidad fisiológica de ese suceso, pero resolvió ahorrarse el trabajo.

—Tendré cuidado.

—La próxima vez que te enloquezca, coge una escopeta.

—No te metas en lo que no te importa, viejo palo —gruñó Naruto—. Ya tiene demasiadas ideas ella sola de lo que puede hacerme.

Mito inclinó la cabeza hacia Hinata, y pareció que la embargaba la tristeza.

—Escúchame, Hinata Namikaze. No sé qué sucedió entre Narutobi y tú, pero por lo que he visto hace unos minutos no tenéis un matrimonio por amor. Se ha casado contigo y me alegro. Pero te voy a dar un consejo, ten cuidado cuando te encuentres con Kushina Mai y Minato Namikaze, y asegúrate que nunca se enteren. No tiene la mente tan abierta como yo y si sospechan que has obligado a su niño te pondrán de rodillas, ¿entiendes lo que te digo?

Hinata tragó saliva e inclinó la cabeza.

—Bien. —Mito se volvió hacia Naruto. La tristeza se desvaneció y sus viejos ojos brillaron astutos—. 'stoy asombrada de que con una gripe tan grave, Hinata haya tenido fuerzas para subir la montaña.

Naruto maldijo suavemente. Hinata clavó los ojos en Mito.

—¿Qué? No tengo gripe.

Naruto la agarró del brazo y comenzó a empujarla.

—Vamos, Hinata, vamos a casa.

—¡Espera un momento! Quiero saber lo que quiso decir.

Naruto rodeó la casa, pero aún así ella oyó la voz cascada de Mito.

—Acuérdate de que se puede retorcer el cordón, Hinata Hyūga, porque creo que Narutobi está a punto de contrariarte otra vez.


Glosario:

SAT es el resultado de las pruebas previas al ingreso de la universidad. Una especie de selectividad, aunque no se miden los conocimientos previos, sino las aptitudes del estudiante. La nota de corte suele ser alrededor de 800 puntos.

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