Capítulo 9 Sr. & Sra. Namikaze
—¿Le dijiste a tu familia que tengo gripe? —preguntó Hinata mientras bajaban la montaña. Era más fácil hablar de esa mentirijilla que de una mentira mayor.
—¿Supone un problema?
—Pensaba que me ibas a presentar a tus padres. Creía que era una de las cosas por las que estaba aquí.
—Los conocerás. Cuando yo lo decida.
Su arrogancia fue como un detonante. Éste era el resultado de dejar que la mantuviera en casa durante las últimas semanas, era hora de dejarle las cosas claras.
—Será mejor que decidas que sea pronto, porque no voy a dejar que me mantengas más tiempo encerrada allí arriba.
—¿Qué tonterías dices de que te mantengo encerrada? He hecho un extraordinario esfuerzo para asegurarme que puedes trabajar sin que te anden molestando y te quejas.
—¡No te atrevas a hacerlo parecer como si me estuvieras haciendo un favor!
—No sé como lo llamas tú.
—¿Qué te parece encarcelamiento? ¿Aprisionamiento? ¿Incomunicación? Y ni se te ocurra decirme que me voy a ir a tus espaldas, mañana por la mañana me voy a ayudar a Mito a plantar su huerto.
—¿Qué tú vas a hacer qué?
Mejor pensar en Mito y en su huerto, se dijo a sí misma, que en que su bebé iba a ser otro inadaptado. Se sacó las gafas y se puso a limpiarlas con un pañuelo, concentrándose en hacerlo como si fuera una ecuación complicada.
—Mito quiere plantar el huerto. Si las patatas no se plantan en los próximos días, saldrán malas. También plantaremos cebollas y remolachas.
—No vas a ayudarla en el huerto. Si quiere un huerto, contrataré a Chōji Akimichi para que la ayude.
—Él no sirve.
—Ni siquiera conoces a Chōji.
—Sólo repito lo que oí. No sirve porque no quiere desconocidos en su casa.
—Entonces es una pena, porque tú no lo vas a hacer.
Ella abrió la boca para replicarle, pero antes de que pudiera decir la primera palabra, la cogió por la cabeza y se la bajó hacia el asiento de tal manera que su mejilla quedó aplastada contra su muslo.
—¿Qué haces? —dijo tratando de incorporase, pero él la sujetó con fuerza.
—Mi madre. Está saliendo de la tienda de zapatos.
—¡Y tú dices que estoy loca! ¡Tú si que has perdido completamente el juicio!
—¡No conocerás a mi familia hasta que yo lo decida! —Mientras la sostenía contra su regazo, movió la otra rodilla y aceleró. ¡Maldición! ¿Por qué sus padres no podían mantenerse alejados más tiempo, otros dos meses, más o menos? Sabía que tenían que conocer a la profesora, pero había esperado posponerlo tanto como pudiera. Ahora su madura esposa lo había echado todo a perder con su excursión de esa mañana por la montaña.
Miró hacia abajo. Su mejilla presionaba contra su muslo y su pelo era suave bajo sus dedos. Siempre estaba arreglada, pero ahora su trenza francesa se había despeinado. Sedosos mechones oscuros envolvían su mano y se extendían sobre la tela de sus vaqueros descoloridos. Tenía el pelo bonito, incluso lleno de hojas y ramitas. El coletero que aseguraba la trenza colgaba flojamente y tuvo que resistir el deseo de mover la mano y aflojar el resto con su mano.
Sabía que pronto tendría que soltarla, ella estaba como una cabra y comenzaba a sonar como si se estuviera ahogando, pero le gustaba la idea de tener su cabeza sobre el regazo, incluso aunque luego le escupiera. Se dio cuenta de que no llevaba ni una pizca de maquillaje. Y aún así, sin las gafas, era hermosa. Del tipo de hermosura que era igual a los diecisiete que a los veinticinco. Tal vez aún podría hacerla pasar…
Como si ella le fuera a seguir la corriente. Era una mujer jodidamente terca. Recordó cuántas veces había deseado que Shion no fuera tan dulce. Shion era una chica hermosa, pero nunca había podido tener una pelea decente con ella, lo cual quería decir que nunca se había podido relajar por completo. Si tenía que reconocer algo sobre la profesora era que seguro que con ella podía tener una buena pelea.
Frunció el ceño. ¿Estaba suavizándose su actitud hacia ella? Caramba, No. Tenía que recordar los hechos y no olvidarse nunca de cómo lo había engañado. Era normal que hubiera desaparecido la furia hirviente que lo había envuelto las últimas dos semanas. Tal vez finalmente había desaparecido cuando había inclinado la cabeza contra el árbol y le había dicho que se iba a llevar el bebé a África.
Excepto por lo que le había hecho, comenzaba a darse cuenta de que ella debía ser una persona decente. También jodidamente seria y endiabladamente neurótica. Bueno, trabajaba duro, había visto montones de pruebas de eso en esas ecuaciones que dejaba como cagaditas por toda la casa y se había abierto paso en un mundo de hombres. Que quisiera ayudar a Mito hablaba bien de ella, aunque hacía todo más difícil para él. Quizá sus sentimientos se habían relajado un poco. Había estado tan contrariada hoy cuando averiguó que no era lelo que incluso se había sentido algo culpable. Joder, el viejo de Hinata había hecho un buen trabajo con ella.
La miró otra vez y vio que un mechón oscuro había escapado de su trenza y ahora reposaba en forma de ocho sobre la cremallera de su pantalón. Casi gimió en voz alta. Había estado duro desde que la bajó a su regazo. Incluso antes, si contaba su pelea en casa de Mito. Pero su deseo en lugar de disminuir, empeoraba y, si ella volvía un poco la cabeza, vería que había algo presionando su cremallera. No había nada que cuestionarse. Discutir con la profesora lo había animado y comenzaba a pensar que era hora de hacer algo al respecto. Hasta ahora sólo había visto el lado malo de ese matrimonio; era hora que aprovechara las ventajas.
—¡Ay! ¡Maldita sea! —Sacó la mano de golpe de su cabeza y se frotó el muslo—. ¡Es la segunda vez que me muerdes! No sabes que la saliva humana es bastante más peligrosa que la de los animales.
—¡Supuse que lo aprendiste mientras obtenías tu licenciatura summa cum lauden en biología! —Se puso derecha y se colocó las gafas—. Espero que se te gangrene y te tengan que amputar la pierna sin anestesia. ¡Y con una sierra eléctrica!
—Voy a ver si la casa tiene un ático donde te pueda encerrar, como hacían los hombres en la antigüedad, cuando estaban ineludiblemente comprometidos con una esposa loca.
—Apuesto que si tuviera dieciocho en vez de treinta y cuatro, no pensarías en encerrarme. ¡Me darías un chicle y me pasearías por todo el pueblo! Ahora que sé que eres un hombre inteligente, tu atracción por las adolescentes me parece de lo más peculiar
—¡No me atraen las adolescentes! —Tomó el camino que conducía a la casa.
—Lo cierto es que no pareces confiar en tu habilidad para manejar a una mujer madura.
—¡Joder, maldita sea, Hinata! —Frenó de golpe e intentó empujarla de nuevo asiento abajo. Pero no fue lo suficientemente rápido. Su padre ya la había visto.
Maldijo y a regañadientes bajó la ventanilla. Aparcó el coche justo detrás del Blazer rojo lleno de lodo y lo llamó—: ¿Qué pasa, papá?
—¿Qué crees que pasa? ¡Abre esta maldita puerta y déjame entrar!
Estupendo, pensó con aversión. Era totalmente genial, el remate perfecto para un día jodidamente malo. Apretó el botón del mando a distancia de la puerta de la verja y saludando con la cabeza a su padre, aceleró, adelantando como un relámpago al Blazer para que no tuviera una buena ojeada de Hinata.
La relajación en los sentimientos que había experimentado hacia unos momentos dejó de existir. No quería que sus padres la vieran. Y punto. Esperaba que no se le ocurriese a su padre mencionar ninguna de las actividades en las que estaba ocupando su tiempo. Cuanto menos supiera Hinata de su vida privada, mejor.
—Sígueme la corriente —dijo—. Y de ninguna manera digas que estás embarazada.
—Se enterará tarde o temprano.
—Tarde. Mucho más tarde. ¡Y sácate esas jodidas gafas bifocales! —Llegaron a la casa y Naruto la urgió a entrar mientras se volvía para saludar a su padre.
Hinata oyó el portazo y supo que estaba molesto. ¡Bien! El Sr. Summa cum lauden merecía estar molesto. Mordiéndose los labios, llegó a la cocina. Cuando entró, presionó la mano sobre la cintura. Lo siento, pequeño. No lo sabía. Lo siento.
Se sacó las hojas secas del pelo. Debería intentar arreglarse antes de que el padre de Naruto entrara, pero no tenía energía suficiente para hacer más que empujar las gafas sobre la nariz mientras intentaba pensar cómo iba a criar un genio.
Oyó la voz de Naruto.
—… y como Hinata se sentía mucho mejor, nos acercamos a ver a Mito.
—Si sentía tan bien, deberías haberla llevado al pueblo a conocer a tus padres.
Dejó el impermeable en uno de los taburetes de la cocina y se giró para enfrentarse al hombre que entraba en la cocina.
—Papá, estuve con vosotros anoche en la cena. Os expliqué…
—No importa. —El padre de Naruto se detuvo al verla.
La imagen mental que tenía de un viejo alegre con barriga redonda y pelo blanco se disolvió en el instante que miró hacia la puerta. Le pareció como si estuviera mirando una versión mayor de Naruto.
Era exactamente igual, grande, guapo y duro, y estaba perfecto con su camisa roja de franela cayendo flojamente y las desgastadas botas de cuero. Su grueso pelo rubio, que llevaba más largo que su hijo, tenía algunas hebras plateadas, pero no parecía mayor de cincuenta y pocos años, demasiado joven y guapo para tener un hijo de treinta y seis años.
Se tomó tiempo para evaluarla, y ella no tuvo dificultad para reconocer esa mirada como un espejo de la de su hijo. Mientras le devolvía el escrutinio, supo que tendría que pasar la prueba con dignidad. Finalmente, le dirigió una sonrisa acogedora y extendió la mano.
—Soy Minato Namikaze. Me alegro de que finalmente nos conozcamos.
—Hinata Hyūga.
Su sonrisa desapareció cuando sus cejas se elevaron a la vez. Le soltó la mano.
—La mayoría de las mujeres de aquí toman el nombre de su marido cuando se casan.
—Yo no soy de aquí y mi nombre es Hyūga. Y tengo treinta y cuatro años.
A su espalda, oyó un sonido asfixiante. Minato Namikaze se rió.
—Calla.
—Los tengo. Treinta y cuatro y soy mayor cada segundo que pasa.
—Ya basta, Hinata. —El tono de advertencia de la voz de Naruto la aconsejó que no revelara más secretos, pero fue como si no hubiera hablado.
—No pareces enferma.
—No lo estoy. —Notó algo rozando su espalda y se dio cuenta de que se le había soltado la trenza.
—Comenzó a sentirse mejor hace un par de horas —intervino Naruto—. Después de todo, quizá no haya sido la gripe.
Hinata se alejó lo suficiente para indicarle con una mirada débilmente compasiva que no iba a seguirle la corriente en sus mentiras pero él se hizo el loco.
Minato recogió un comic de los X-Men de la encimera y lo miró sin comprender por qué estaba allí.
—¿El libro del mes?
—Hinata los lee para relajarse. ¿Quieres una cerveza, papá?
—No. Voy camino del hospital.
La preocupación interrumpió el comentario cáustico que Hinata estaba apunto de hacer respecto al cómic.
—¿Ocurre algo malo?
—¿Y un sándwich? —dijo Naruto con demasiada rapidez—. Hinata, haznos a papá y a mí un par de sándwiches.
—Me encantará hacerle un sándwich a tu padre. Tú puedes hacerte el tuyo.
Minato arqueó una ceja cuando miró a su hijo. Hinata sospechó que significaba algo así como—: ¿Después de todos estos años, esta es la mejor esposa que pudiste conseguir?
Se negó a acobardarse.
—¿Se está haciendo pruebas? Espero que no esté enfermo.
Naruto se adelantó.
—Tienes la cara sucia, cariño, por el paseo que dimos en casa de Mito. Quizá sería mejor que subieras y te limpiases.
—No me pasa nada —dijo Minato—. Soy médico y tengo que visitar algunos pacientes.
Por un momento ella no pudo ni moverse por la magnitud del error que había cometido. Miró rápidamente a Naruto.
—¿Tu padre es médico? ¿Cuántos secretos familiares más me has ocultado?
Su corazón se estaba rompiendo, pero él parecía divertido.
—Sé que esperabas un destilador ilegal, cariño, pero supongo que simplemente no es tu día de suerte. Aunque, si lo piensas bien… Papá, ¿no cuentas siempre que tu tataratatarabuelo era trampero en alguna parte de estas montañas?
—Eso es lo que decía mi padre. —Minato estudió a Hinata—. ¿Qué importancia tiene?
Naruto no la dejó contestar, lo cual fue bueno, porque la piedra de su garganta se había puesto demasiado grande para permitirle hablar.
—Hinata admira la vida salvaje. Es una autentica chica de ciudad, pero le gusta todo ese rollo de la aislada vida en las montañas y se ha sentido realmente decepcionada al ver que incluso llevamos zapatos.
Minato sonrió.
—Supongo que podría quitarme los míos.
La voz de una mujer, suave y sureña, llegó desde el vestíbulo.
—¿Naruto, dónde estás?
Él suspiró.
—En la cocina, mamá.
—Pasé por delante y vi la verja abierta. —Al igual que el padre de Naruto, la mujer que apareció por la puerta parecía demasiado joven para tener un hijo de treinta y seis años, y también, demasiado sofisticada para ser hija de Mito Uzumaki. Bonita, elegante y estilosa, llevaba el pelo rojo claro a la altura de los hombros, curvándose a la altura de las orejas y enfatizando sus ojos. Discreta frialdad camuflada con exquisitos modales. Alta y delgada, llevaba pantalones negros con una impecable chaqueta de lana de color uva con un broche abstracto en la solapa. En contraste, Hinata se sintió como un niño de la calle con la ropa sucia y el pelo lleno de hojas.
—Tú debes ser Hinata. —Se adelantó con la mano extendida en señal de bienvenida—. Soy Kushina Mai. —Su saludo fue cálido, pero cuando Hinata tomó su mano, tuvo la impresión de una profunda reserva—. Espero que te sientas mejor. Naruto dijo que tenías la gripe.
—Estoy bien, gracias.
—Tiene treinta y cuatro años —anunció Minato desde donde estaba, al lado del mostrador.
Mai pareció alarmada y luego sonrió.
—Vaya sorpresa.
Hinata se encontró sonriendo a Mai Namikaze. Minato se sentó en uno de los taburetes del mostrador y alargó las piernas.
—Naruto dice que le encantan los montañeros. Seguro que se vuelve loca por ti, Kushina.
Hinata observó como Naruto le dirigía a su padre una mirada de perplejidad. Notó una débil huella de insolencia en el tono de Minato Namikaze que no había estado allí antes, pero su esposa no exteriorizó reacción alguna.
—Seguro que Naruto te contó que acabamos de regresar de un viaje que combinaba un congreso médico con vacaciones. Siento que no pudieras reunirte con nosotros anoche para cenar. Lo haremos el sábado. Minato, si no llueve, podrías hacer una barbacoa.
Minato cruzó los tobillos.
—Bueno, Kushina, como a Hinata le gusta tanto la vida rural, por qué no te olvidas de la barbacoa y le preparas alguno de esos platos tan deliciosos de la familia Uzumaki. Por ejemplo frijoles y fritos o un poco de esa salmuera, de la misma manera en que la hace tu madre. ¿Has comido salmuera alguna vez, Hinata?
—No, creo que no.
—No me puedo imaginar que Hinata quiera probar eso —dijo Mai suavemente—. Ya nadie come salmuera.
—Tal vez podrías ponerla de moda, Kushina. Se lo podrías contar a esas elegantes amistades tuyas cuando vayáis a la próxima Gala Benéfica de Asheville.
Naruto estaba mirando a sus padres como si nunca los hubiera visto antes.
—¿Cuándo empezaste a llamar Kushina a mamá?
—Es su nombre —contestó Minato.
—Mito lo usa, pero nunca te había oído hacerlo.
—¿Quién dice que siempre se deben hacer las mismas cosas?
Naruto miró hacia su madre, pero ella no hizo comentario alguno. Claramente incómodo, cambió de tema y otra vez abrió la puerta de la nevera.
—¿Estáis seguros de que no queréis un sándwich? ¿Tú tampoco, mamá?
—No, gracias.
—La salmuera es parte de la herencia de la familia Uzumaki —dijo Minato, negándose a dejar ese tema en particular—. No la habrás olvidado, ¿no, Kushina? —le dirigió una mirada tan fría a su esposa, que Hinata experimentó un arranque de simpatía hacia la madre de Naruto. Sabía exactamente como sentaba ser el objetivo de una mirada así. En vez de esperar respuesta, Minato se volvió a Hinata—. La salmuera es embutido, Hinata, pero se hace de cabeza de cerdo, con excepción de los ojos.
Mai sonrió algo rígidamente.
—Es asqueroso. No sé si mi madre la hizo alguna vez. Acabo de hablar con ella por el móvil; Fue así como supe que te sentías mejor. Parece que le caes bien, Hinata.
—Ella me gusta. —Hinata estaba tan ansiosa por cambiar de tema como su suegra. No por que la desconcertaran las insondables corrientes de tensión entre los padres de Naruto, sino porque su estómago no había sido totalmente previsible últimamente y no quería tener la oportunidad de presenciar una discusión sobre ojos y cabezas de cerdo.
—Naruto nos dijo que eres física —dijo Mai—. Me quedé impresionada.
Minato se levantó del taburete.
—Mi esposa no acabó la escuela, así que algunas veces se intimida cuando se encuentra con gente con título superior.
Mai no parecía en absoluto intimidada y Hinata se encontró que comenzaba a desagradarle Minato Uzumaki con su poco sutil comportamiento. Su esposa podría estar dispuesta a ignorarlo, pero ella no lo estaba.
—La verdad, no hay ninguna razón para sentirse intimidado —dijo llanamente—. Algunas de las personas más tontas que conozco tienen título universitario, sabe de lo que hablo, ¿verdad Dr. Namikaze? Estoy segura que las conoce de primera mano.
Para su sorpresa, él sonrió. Luego metió la mano dentro del cuello de la chaqueta de su esposa y frotó su cuello con la familiaridad de alguien que llevaba haciendo exactamente eso durante casi cuatro décadas. La intimidad del gesto hizo que Hinata se percatara de que se había metido en aguas demasiado profundas para ella y deseó haberse callado la boca. No importaba qué problema matrimonial hubiera entre ellos, indudablemente habían superado varias disputas matrimoniales a lo largo de los años y no era asunto de nadie. Ella ya tenía bastantes problemas matrimoniales propios de los que ocuparse.
Minato se alejó de su esposa.
—Me tengo que ir o me retrasaré en la ronda. —Miró a Hinata y le dio un abrazo acogedor, luego sonrió a su hijo—. Me alegro de haberte conocido Hinata. Hasta mañana, Naruto. —Su afecto por Naruto era obvio, pero cuando Minato dejó la cocina, echó en falta lo mismo en la mirada que le dirigió a su esposa.
Naruto puso carne y queso para hacer sándwich en el mostrador. Cuando oyeron el sonido de la puerta principal cerrándose, miró a su madre.
Ella le devolvió la mirada con perfecta neutralidad y Hinata advirtió el invisible "no inmiscuirse" que emitía ahora que su marido se había ido.
Él pareció preocupado.
—¿Por qué papá te llama Kushina? No me gusta.
—Entonces tendrás que decírselo a él, ¿no crees? —le sonrió a Hinata—. Conociendo a Naruto, lo único que se le ocurrirá será llevarte al Mountaineer. Si quieres ver algunas tiendas locales, estaría encantada de acompañarte. Podríamos almorzar después.
—Oh, me encantaría.
Naruto se adelantó.
—Hinata, no tienes que ser tan educada. Mi madre es comprensiva. —Puso el brazo alrededor de los hombros de su madre—. Hinata no puede perder ni una de las horas que dedica a su investigación ahora mismo, pero no quiere herir tus sentimientos. Ha dicho sí cuándo realmente debería decir no.
—Ya entiendo. —La expresión de Mai decía que no entendía nada—. Por supuesto, tu trabajo es más importante que salir de compras. Olvida que te lo propuse.
Hinata estaba consternada.
—No, de verdad…
—Por favor. No necesitas decir nada. —Dándole la espalda a Hinata, abrazó a Naruto—. Tengo que llegar a una reunión en la iglesia. Ser la madre del párroco se está convirtiendo en un trabajo a jornada completa; Estoy deseando que Deidara se case. —Miró a Hinata fríamente—. Espero que puedas hacernos un hueco la noche del sábado.
Hinata captó la reprimenda.
—No faltaría más.
Naruto escoltó a su madre a la puerta, dónde hablaron unos momentos. Luego, él regresó a la cocina.
—¿Cómo pudiste hacer eso? —dijo—. ¿Me hiciste parecer una esnob ante tu madre?
—¿Qué más te da? —metió la mano en el bolsillo derecho de los vaqueros para sacar las llaves del coche.
—¿Que qué más me da? Fue como si la estuviera insultando.
—¿Ah, sí?
—No puedo creer que seas tan obtuso.
—Ahora lo entiendo. —Colocó las llaves en el mostrador—. Quieres ser la nuera perfecta. Estoy en lo cierto, ¿no es así?
—Simplemente quiero ser cortés.
—¿Por qué? ¿Para gustarles y luego desgarrarles el corazón cuando nos divorciemos?
El desasosiego se asentó en su estómago.
—¿Qué quieres decir exactamente?
—Ya han llevado luto por una nuera —contestó quedamente—. No quiero que lo lleven por otra. Cuando se enteren de nuestro divorcio, quiero que agiten una botella de champán celebrando que haya puesto fin a mi mal matrimonio.
—No lo entiendo. —Aunque si lo hacía.
—Entonces déjame deletrearlo. Apreciaría muchísimo si te aseguras que mis padres no te pueden aguantar.
Le comenzaron a temblar las manos y se cogió una con la otra. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que había tenido una fantasía sutil, pero no obstante poderosa de sentirse parte de la familia de Naruto. Para alguien que siempre había querido pertenecer a una familia, esa era la ironía final.
—No me gusta ser ruin a propósito.
—No tiene que gustarte. Te metiste en mi vida sin ser invitada y lo pusiste todo patas arriba. No quiero ser padre ahora mismo; Sin duda alguna no quiero ser marido. Pero me dejaste sin elección y ahora tienes que hacer eso por mí. Si tienes un gramo de compasión en tu corazón, no lastimarás a mis padres.
Ella se giró y parpadeó. Él no podía haberle pedido nada que le doliera más. Otra vez sería la intrusa ¿sería siempre ese su papel en la vida? ¿Ver a su alrededor las familias de otras personas, ver como era tan fácil para todos los demás? Pero esta vez, si Naruto conseguía lo que quería, iba a ser algo más que la rara. Iba a ser odiada.
—Gran parte de mi vida está aquí, en Kirigakure —dijo él—. Mis amigos. Mi familia. Tú sólo estarás aquí un par de meses y luego desaparecerás.
—Cuando me vaya no olvidarán los malos recuerdos.
—Tienes una deuda conmigo —dijo él suavemente.
Había algo de justicia en lo que le pedía, era casi extraño en su perfección. Lo que le había hecho a Naruto era inmoral, la había hecho sentirse intensamente culpable durante meses y ahora tenía la posibilidad de cumplir su penitencia. Él estaba en lo cierto. Ella no merecía tener un lugar en su familia. Y tenía una deuda con él.
Él jugueteó con las llaves del mostrador y ella se percató de que estaba incómodo. Era raro verle de alguna manera que no fuera seguro de sí mismo, y por un momento lo entendió. Temía que ella no siguiera sus deseos y quería convencerla de alguna manera.
—Habrás notado que mis padres estaban algo tensos el uno con el otro. No era así antes de que Suiren y Kiyoshi se matasen.
—Sé que se casaron cuando eran adolescentes, pero son más jóvenes de lo que esperaba.
—Fui el regalo de graduación de la escuela secundaria de mi padre. Mi madre tenía quince años cuando se quedó embarazada, dieciséis cuando nací.
—Ah.
—La echaron de la escuela, pero Mito nos contó que mamá se quedó fuera del colegio durante la ceremonia de graduación, con su mejor vestido aunque nadie la podía ver, sólo para oír el discurso de despedida.
Hinata pensó en la injusticia de todo aquello. A Kushina Mai Uzumaki, la chica pobre de la montaña, la habían echado de la escuela por estar embarazada mientras el niño rico que la había dejado en ese estado, estaba en el estrado y recibía los aplausos de la comunidad.
—Sé lo que estás pensando —dijo Naruto— pero él no quedó impune. Hizo lo correcto. Nadie esperaba que se casara con ella, pero lo hizo y tuvo que mantener una familia mientras iba a la universidad y hacía la especialidad.
—Con ayuda de sus padres, supongo.
—No al principio. Odiaban a mi madre y le dijeron que si se casaba con ella, no le darían un penique. Mantuvieron su palabra durante el primer año más o menos, pero entonces llegó Menma y finalmente claudicaron.
—Tus padres tienen problemas.
Él se puso inmediatamente a la defensiva. Ella se dio cuenta de que debía comentar el problema aunque no fuera con ella.
—Sólo están molestos, eso es todo. Nunca han sido demasiado demostrativos, pero no pasa nada en su matrimonio, si es eso lo que quieres decir.
—No quiero decir nada.
Él agarró rápidamente sus llaves del mostrador y se dirigió a la puerta que conducía al garaje. Ella lo detuvo antes de que llegara.
—Naruto, haré lo que quieres con tus padres, seré tan aborrecible con ellos como pueda, pero no con Mito. De todas maneras, ella sabe la verdad. —Hinata se sentía en sintonía con la vieja y tenía que tener cerca alguna cara amigable o se volvería loca.
Él la miró.
Ella cuadró los hombros y levantó la cabeza.
—Ese es el trato. Tómalo o déjalo.
Él lentamente inclinó la cabeza.
—Bien. Lo tomaré.
[Escribir texto]
