Capítulo 10 Experimento


Hinata gimió cuando se levantó y apagó el ordenador, después se sacó lentamente la ropa para prepararse para dormir. Durante los tres últimos días, se había pasado las mañanas ayudando a Mito a plantar su huerto y le dolía cada músculo.

Sonrió mientras doblaba sus vaqueros y los guardaba en el armario, luego cogió el camisón. Normalmente le molestaba tener alrededor gente dictatorial, pero le encantaba que Mito fuera su jefa.

Mito también era la jefa de Naruto. La mañana del miércoles había insistido en llevar a Hinata a Heartache Mountain. Cuando llegaron, Hinata le había sugerido, al bajar del coche, que dejara de contratar gente para hacer lo que debería hacer él mismo. Él se había puesto a trabajar, refunfuñando todo el tiempo, pero no pasó demasiado tiempo antes de que lo oyera silbar. Y había hecho un buen trabajo en el escalón; después se había puesto a hacer otras reparaciones necesarias. Hoy mismo, había llevado varios botes de pintura de la ferretería y había comenzado a raspar el exterior de la casa.

Se puso en silencio un camisón gris de manga larga con una imagen de Goofy en el bolsillo. Al día siguiente por la noche cenaría con los padres de Naruto. Él no había vuelto a mencionar la promesa para que los mantuviera a distancia, pero sabía que no se había olvidado.

Aunque estaba cansada, eran apenas las once y se sentía demasiado inquieta para ir a la cama. Comenzó a ordenar su área de trabajo y se preguntó otra vez donde iría Naruto por la noche. Sospechaba que veía a otras mujeres y recordó la referencia que Mai había hecho del Mountaineer. Le había preguntado a Mito ese mismo día sobre eso y se había enterado de que era una especie de club privado. ¿Era donde se encontraba con sus mujeres?

Si bien éste no era un matrimonio real, la idea le dolía. No quería que se acostara con nadie más. ¡Quería que se acostara con ella!

Sus manos se detuvieron sobre un montón de papeles de la impresora. Se enderezó. ¿Qué estaba pensando? El sexo sólo haría más difícil una situación ya complicada. Pero al mismo tiempo que se decía eso, recordó a Naruto sin camisa, de pie sobre la escalera, raspando la fachada de la casa de Mito. Observar todos esos músculos que ondulaban cada vez que él se movía la había hecho perder el control hasta tan punto que, agarrando su camisa, se la lanzó y se había puesto a darle una sesuda conferencia sobre la reducción de la capa de ozono y los productos cancerígenos.

Lujuria. De eso se trataba. Lujuria pura y dura. Y no iba a ceder.

Necesitaba hacer algo que la distrajese, así que llevó la desbordada papelera escaleras abajo y la vació en el garaje. Luego, miró la luna por la ventana corredera de la cocina y se encontró pensando en los antiguos astrónomos: Ptolomeo, Copernico, Galileo, todos ellos habían tratado de descifrar los misterios del universo con unos instrumentos primitivos. Ni siquiera Newton podía haber imaginado las herramientas que ella utilizaba, desde el ordenador que tenía sobre la mesa, hasta los enormes aceleradores de partículas que había por todo el mundo.

Pegó un brinco cuando la puerta trasera se abrió y Naruto entró desde el garaje. Mientras lo observaba moverse por la cocina, se le ocurrió que nunca había conocido a un hombre que estuviera tan a gusto con su cuerpo. Además de vaqueros, llevaba una camiseta ajustada en color rojo oscuro, del tipo de tejido con que se fabricaba la ropa interior y una cazadora negra de nailon. Sintió como un cosquilleo en su piel.

—Creí que estarías en la cama —dijo él y ella se preguntó si habría imaginado la leve ronquera que notó en su voz.

—Estaba pensando.

—¿En esas patatas que plantaste?

Ella sonrió.

—Lo cierto es que pensaba en Isaac Newton —agregó.

—Me suena el nombre —dijo él secamente. Las mangas de la cazadora reposaron sobre sus muñecas cuando metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros—. Creía que los físicos de hoy en día se habían olvidado por completo del viejo Isaac ante su pasión por el Gran Chico.

Oir llamar a Einstein de esa manera la divirtió.

—Créeme, el Gran Chico tenía muchísimo respeto por su predecesor. Lo único que pasó es que no dejó que las Leyes de Newton limitaran su manera de pensar.

—Aún creo que fue algo irrespetuoso. Isaac hizo todo ese trabajo y luego el viejo Albert tuvo que llegar para contrariarlo.

Ella sonrió otra vez.

—Los mejores científicos siempre han sido rebeldes. Dale gracias a Dios que ahora no nos matan por nuestras teorías.

Se sacó la cazadora y la lanzó sobre uno de los taburetes del mostrador.

—¿Y como va la búsqueda del quark?

—Lo encontramos en 1995. ¿Y cómo sabes qué tipo de trabajo estoy haciendo?

Él se encogió de hombros.

—Es asunto mío.

—Estoy investigando las características del quark, no buscándolo.

—¿Y cuántos quarks hay en la cabeza de un alfiler?

—Más de los que te puedas imaginar. —Aún estaba sorprendida que supiera algo sobre su investigación.

—Te estoy preguntando sobre tu trabajo, Profesora. Te prometo que al menos puedo captar el concepto, aunque no aseguro que lo haga con los detalles.

Otra vez se había olvidado de lo listo que era. Era fácil que le pasara con ese musculoso cuerpo de deportista parado delante de ella. Puso a funcionar su cerebro antes de que sus pensamientos fueran en esa dirección.

—¿Qué sabes sobre los quarks?

—Poco. Que son una partícula subatómica básica y toda la materia está formada por ellos. Hay… ¿Cuántos? ¿Seis tipos de quarks?

Era más de lo que sabía la mayoría de la gente y ella inclinó la cabeza.

—Hay seis tipos o sabores de quarks: "up" (arriba), "down" (abajo), "charm" (encanto), "strange" (extraño), "top" (cima) y "bottom" (fondo.) Su nombre salió de un poema de James Joyce, Finnegans Wake.

—Ves, ese es el problema que tenéis los científicos. Si cogierais el nombre de un libro de Tom Clancy, cosas que la gente lee, todos se interesarían más.

Ella se rió.

—Prometo que si descubro algo importante, lo llamaré Octubre Rojo.

—Hazlo. —Apoyó la pierna sobre un taburete, luego la miró con impaciencia. Hinata se dio cuenta de que estaba esperando que le contara más sobre su trabajo.

Ella fue a la esquina del mostrador y apoyó una mano sobre la encimera de granito.

—Lo que sabemos sobre el top quark es realmente sorprendente. Por ejemplo, es cuarenta veces más pesado que el bottom quark, pero no sabemos porqué. Cuanto más sabemos sobre las características del top quark, más cerca estamos de dejar al aire las grietas del modelo estándar de la física de partículas. Y por supuesto, claro está, estamos buscando la teoría final que nos conducirá hacia una física nueva.

—¿La teoría del todo?

—El nombre es gracioso. Es más adecuado llamarla la teoría de la gran reunificación, pero, sí, la teoría del todo. Algunos de nosotros pensamos que el top quark nos dará la llave para entender por lo menos una parte.

—Y tú quieres ser el Einstein de esta nueva física.

Ella estaba pasando la punta de su dedo sobre la encimera de granito.

—Hay muchos físicos geniales trabajando en ello en todo el mundo.

—¿Y no estás intimidada por ellos?

Ella sonrió ampliamente.

—Ni un poquito.

Él se rió.

—Buena suerte, Profesora. Deseo que lo consigas.

—Gracias. —Ella esperaba que cambiara de tema, la mayoría de la gente ponía los ojos en blanco cuando comenzaba a hablar de su trabajo, pero él se levantó, cogió un paquete de patatas fritas de la despensa y sentándose en el banco rojo de la zona de desayuno, comenzó a hacerle preguntas sobre como trabajaban los supercolisionadores.

Antes de que pasara mucho tiempo, ella se sentó enfrente de él, comiendo ruidosamente las patatas fritas mientras describía el colisionador Tevatron de los laboratorios Fermi, así como también el nuevo colisionador que estaba construyendo CERN en Ginebra, Suiza. Sus explicaciones solamente conducían a que hiciera más preguntas.

Al principio contestaba ansiosamente encantada de encontrar un laico que estuviera genuinamente interesado en la física de partículas. Era agradable estar sentados en la cálida cocina, comiendo ruidosamente comida basura y hablando sobre su trabajo. Casi sintió como si tuvieran una relación real. Pero la fantasía se evaporó cuando se dio cuenta de que le estaba explicando los conceptos del lepton y, lo que era peor, los asimilaba a la perfección.

Su estómago se contrajo cuando se dio cuenta de lo fácilmente que captaba esos conceptos difíciles. ¿Qué ocurriría si su bebé fuera incluso más brillante que ella? La idea la mareó, así que comenzó precipitadamente una explicación complicada sobre el boson de higgs para intentar dejarlo atrás.

—Me temo que me perdí, Profesora.

Ojalá pudiera gritarle que se había perdido porque era demasiado tonto para entenderla, pero todo lo que pudo decir fue—: Es algo complicado. —Se levantó de la mesa—. Estoy cansada. Creo que me iré a dormir.

—Vale.

Decidió que esa era tan buena ocasión como otra cualquier para poner fin a su encarcelamiento. Él estaba de bastante buen humor, quizá tolerara mejor las nuevas noticias en ese momento.

—A propósito, Naruto, necesito un coche. No quiero el coche fantástico, sólo algo básico. ¿Dónde me aconsejas que vaya?

—A ningún lado. Si necesitas ir a algún sitio te llevaré yo.

Rápidamente, su afabilidad desapareció. Se levantó de la mesa y salió de la cocina, poniendo fin a la discusión.

Pero ella no quedó satisfecha y lo siguió por la cavernosa sala de estar hacia el estudio.

—Soy independiente. Necesito un coche. —Y luego, mordazmente añadió—: Te juro que no saludaré a tus amigos con la mano cuando recorra el pueblo en el coche.

—Nada de coches, Profesora. Olvídalo. —Otra vez, se alejó de ella. Esta vez desapareció en el estudio. Ella apretó los labios y lo siguió. Esto era ridículo. A Naruto parecía habérsele olvidado que vivían en el siglo veinte. Y que tenía dinero propio.

Ella se detuvo en la puerta.

—A diferencia de tus novias, soy lo suficientemente mayor para tener carnet de conducir.

—Ese chiste no tiene gracia.

—¿Y como sabes que es un chiste? —Lo miró atentamente—. ¿Seguro que no tiene nada que ver con proteger a tus padres? ¿Seguro que no tiene que ver con mi avanzada edad y no quieres pasar vergüenza delante de tus amigos?

—No sabes de lo que estás hablando. —Se dejó caer desgarbadamente tras el escritorio de madera maciza.

Lo miró desapasionadamente.

—No me acerco ni de lejos al tipo de mujer con la que todos tus colegas esperarían que te casaras, ¿no es así? No soy lo suficientemente guapa para ser tu esposa, mis pechos no son lo suficientemente grandes y soy demasiado vieja. Una gran vergüenza para Dinamita.

Él cruzó los tobillos y posó las botas sobre el escritorio.

—Si tú lo dices…

—No necesito tu permiso para comprarme un coche, Naruto. Tengo intención de hacerlo te guste o no.

Él la miró con sus penetrantes ojos entrecerrados.

—Ni de coña.

Completamente exasperada y sin humor para entablar una pelea, se giró hacia la puerta. Mañana haría lo que quisiera y él tendría que aceptarlo.

—He tenido de ti todo lo que puedo tolerar por ahora. Buenas noches

—¡No te alejes de mí! —Él se movió tan rápidamente que no lo vio llegar y antes de que pudiera atravesar la puerta, la bloqueó—. ¿Me has oído?

Ella puso las manos en las caderas y lo miró encolerizadamente.

—¡No te acerques, imbécil!

Los segundos pasaron, con cada uno aumentaba la tensión. Tenía la frente arrugada y los labios apretados, pero al mismo tiempo, ella detectó algo que parecía casi anticipación en sus ojos, como si él quisiera pelearse con ella. Era asombroso. Ella estaba acostumbrada a evitar los conflictos, pero Naruto parecía disfrutarlos, y, para su sorpresa, ella estaba más que dispuesta a enfrentarse a él.

Antes de tener la oportunidad, sin embargo, él bajó la vista y la comisura de su boca se curvó.

—Goofy.

La habían llamado muchas cosas , pero nunca eso y su temperamento se inflamó.

—¿Qué has dicho?

—Tu camisón. —Él levantó la mano y con la punta del dedo, recorrió el dibujo que estaba estampado en la curva superior de su pecho—. Goofy.

—Ah. —Su cólera menguó.

Él sonrió y lo rozó con la uña, recorriendo el contorno de la figura. La piel de su pecho se tensó y su pezón se endureció en respuesta. Ella odiaba reaccionar ante algo que era obviamente un movimiento calculado por su parte. No era extraño que él tuviera un ego enorme; Probablemente podría excitar a las mujeres incluso dormido.

—Espero que te estés excitando tú porque a mí no me hace sentir nada.

—¿Segura? —Él pasó la mirada sobre su camisón donde la prueba claramente apuntaba otra cosa.

Él era tan arrogante; Tan seguro de sí mismo. Ella necesitaba la satisfacción de una pequeña de venganza, así que negó con la cabeza y se dirigió a él con tristeza.

—Aún no lo comprendes, ¿verdad Naruto?

—¿Comprender qué?

—No importa. —Ella suspiró—. Supongo que debes ser un tío medianamente agradable bajo todas tus fanfarronadas y no quiero herir tus sentimientos.

Un atisbo de agresividad sonó en su voz.

—No hagas como si te preocuparas por mis sentimientos. ¿Qué es lo que todavía no comprendo?

Ella parpadeó indefensa, consideró que era sorprendentemente efectivo teniendo en cuenta que nunca lo había hecho antes.

—Es una tontería. No quiero hablar de eso.

—¡Habla!

—Bueno, tú lo has querido. Para ser sinceros, la cosa es que no eres mi tipo. Simplemente no me excitas. —Mentirosa, mentirosa, te arden las bragas.

Él dejó caer su mano.

—¿Qué no te excito?

—¿No te habrás enfadado?

—¿Enfadado? ¿Por qué demonios debería estar enfadado?

—Tienes cara de disgusto.

—Bueno, eso sirve justo para demostrar que no eres tan perceptiva como piensas.

—Bueno. Además, estoy segura que mi falta de respuesta hacia ti es simplemente un problema mío. Probablemente no tiene nada que ver contigo.

—Tonterías.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Es sólo que siempre he preferido un tipo diferente de hombre.

—¿Qué tipo?

—Ah, hombres que no sean demasiado grandes. No tan fuertes. Hombres dóciles. Intelectuales.

—¿Cómo el Dr. Toneri Ōtsutsuki —dijo a bocajarro

—¿Qué sabes sobre Toneri?

—Sé que te dejó por una secretaria de veinte años.

—No era secretaria. Era una de las becarias que pasan los datos. Y no me dejó él.

—Eso no es lo que me dijeron. Se deshizo de ti como si fueras mierda.

—Te puedo asegurar que no lo hizo. Lo dejamos de mutuo acuerdo.

—Mutuo, ya.

—Estás desviando el tema porque te hirió que te dijera que no me excitabas.

—He conocido un montón de mujeres mentirosas, pero tú eres la que se lleva la palma. Admítelo, Profesora. Te pongo tanto que apenas lo puedes aguantar. Si me pusiera a ello, te tendría desnuda y suplicante en menos de treinta segundos.

—No hay nada más patético que un hombre de edad presumiendo de sus flojas proezas sexuales.

—¡Flojas!

Ella observó como se iban enrojeciendo sus pómulos y supo que realmente lo había hecho. Lo había empujado más allá de lo que debía y ahora estaba absolutamente segura que podía dejarlo sin habla.

—No te preocupes, Naruto. En algún sitio hay una mujer a la que le importarás lo suficiente para estar contigo.

El rubor llegó a sus orejas.

Ella palmeó su pecho.

—Y si eso no funciona, he oído que están haciendo maravillas con injertos.

Esos ojos pálidos se abrieron más, casi como si no pudiera creer lo que oía.

—Creo que hay también algunas cosas que no son quirúrgicas que se basan en la presión y el vacío. Probablemente podrías probarlo.

—¡Basta! —El rubor desapareció y antes de saber qué ocurría, él se inclinó y, sin ningún tipo de miramiento, se la cargó al hombro.

—Vámonos arriba, querida.

Ella se encontró clavando los ojos en el bolsillo trasero de sus vaqueros. La tela descolorida de los vaqueros se tensaba sobre sus caderas delgadas y de músculos duros. Se comenzó a marear y lo cierto era que no le podía echar toda la culpa a la sangre que le llegaba a la cabeza.

—¿Naruto?

—¿Sí?

—Por favor, déjame en el suelo.

—En un momento. —Él se dirigió al vestíbulo, moviéndose con suavidad en deferencia a su embarazo. La había enganchado por la parte trasera de una de sus rodillas para sujetarla en su lugar y palmeó el otro muslo desnudo mientras subía las escaleras—. Quédate quieta un momento y todo estará bien.

—¿Adónde vamos?

—Vamos a ver a la malvada reina.

—¿A la malvada reina? ¿De qué hablas? ¡Bájame!

Llegaron al final de las escaleras.

—Calla. Tengo que concentrarme para no dejarme llevar y meter esa cabezota tuya de un golpe en la pared, lo que haría que disminuyera tu coeficiente hasta un nivel casi humano e hiciera que te comportaras como una persona razonable.

—Mi dormitorio es allí.

—El de la malvada reina es aquí. —Se dirigió hacia su dormitorio.

—¿Que malvada reina? ¿De qué hablas? ¡Y bájame ya o comenzaré a gritar como si hubiera visto un asesinato cruento y luego cometeré el asesinato de verdad!

—Ya escondí todos los aparatos eléctricos y no me doy una ducha sin cerrar la puerta. —Él la dejó caer de su hombro y se encontró encima de algo suave. Ella miró hacia arriba, a su reflejo.

Su pelo estaba despeinado, su camisón retorcido alrededor de sus muslos y su piel rosada. Naruto se puso de pie al lado de la cama. Se inclinó hacia adelante y miró hacia el espejo que había encima de la cama.

—¿Espejito, espejito, quien es la que se va a quedar desnuda?

¡La malvada reina! Ella cogió una almohada y se la lanzó.

—Oh, no, no lo harás. —Ella se dirigió al otro lado de la cama, sólo para que la agarrara por el camisón y la pusiera donde estaba antes.

—Vamos a quitar del medio al bueno de Goofy para que los adultos puedan jugar.

—¡No quiero jugar contigo y no te atrevas a quitarme el camisón, asno arrogante!

El colchón se hundió cuando él se puso a horcajadas sobre sus muslos.

—Te has puesto uno muy a tu gusto todo hay que decirlo. ¿Qué tal si lo vemos más cerca? —Él cogió la bastilla del camisón.

—No lo hagas, Naruto. —Lo asió, pero al mismo tiempo que presionaba la prenda sobre sus muslos, supo que no quería realmente echarlo. ¿Por qué no podía continuar? Estaban casados.

Manteniéndose a horcajadas sobre ella, se reclinó hacia su pantorrilla derecha.

—No crees en serio que vayamos a vivir aquí tres meses sin intimar.

Su corazón palpitó con fuerza, su cuerpo latió de necesidad y su cerebro le gritó la verdad. Él no sentía ni una pizca de afecto por ella. No era nada más que una conveniencia sexual. Rechinó los dientes.

—¿Has olvidado que no te gusto?

—Cierto, pero una cosa no tiene nada que ver con la otra. A ti tampoco te gusto yo.

—Eso no es exacto.

—¿Te gusto?

—No me desagradas. Eres una persona decente. A tu retorcida manera, sé que piensas que estás haciendo lo correcto sobre todo esto, pero desearía que fueras diferente.

—Tonto.

—Eso. Y no tan grande. Todo en ti es demasiado grande para mí, no sólo tu cuerpo, sino tu personalidad, tu cuenta corriente, tu temperamento, y, definitivamente, tu ego.

—¡No digas ni una sola palabra sobre temperamento! No soy yo quien habla de electrocutar a nadie. Y si hablamos de cosas que son demasiado grandes, ¿Qué pasa con ese enorme cerebro tuyo? —Pasó su pierna sobre ella y se movió hasta los pies de la cama, donde se apoyó contra uno de los postes de la cama.

Ella sabía que había hecho lo correcto, pero era doloroso. Apuntó lo obvio.

—Para ti, soy simplemente un cuerpo disponible.

—Tú eres mi esposa.

—Un tecnicismo. —Se incorporó, apoyándose contra el cabecero—. Quieres que sea desagradable con tus padres y me mantenga alejada de tus amigos pero, al mismo tiempo, esperas que haga el amor contigo. ¿No entiendes que lo puedo encontrar un poco humillante?

—No. —La miró, con sus fosas nasales dilatadas y los labios apretados, desafiándola a que discutiera con él. Iba a defender su postura, aunque sabía que era indefendible.

—Supongo que no debería estar sorprendida, sabiendo la manera en que los deportistas famosos tratan a sus admiradoras. Las mujeres son suficientemente buenas para un retozo rápido en la cama, pero no para formar parte de su vida.

—¿Estás diciendo que quieres formar parte de mi vida? Eso es difícil de creer, Profesora, viendo que no parece gustarte nada de mí.

—Me estás interpretando mal deliberadamente. Solo digo que me niego a acostarme contigo sabiendo que no te gusto, especialmente cuando me quieres tener encerrada durante el día. Estoy segura que te comportarías de manera distinta si fuera una de tus rubias tontas.

—¡Ninguna de mis rubias tontas es lo suficientemente lista como para planear lo que tú hiciste! ¡Y no tengo ninguna rubia tonta!

Ella levantó una ceja.

—Un hombre como tú quiere que su esposa sea un reflejo de sí mismo. Tú quieres juventud y belleza a tu lado porque es así como quieres que todo el mundo te vea, joven y saludable, un espécimen con un físico perfecto que no se preocupa de nada, ni siquiera de que Konohamaru Sarutobi le quite el puesto.

Él sacó la pierna por un lado de la cama y se levantó.

—Ésta es la conversación más aburrida que tuve nunca.

—Eso es otra señal de lo incompatibles que somos, porque creo que esta conversación es fascinante. ¿Qué vas a hacer cuando se acaben tus días de juego, Naruto?

—Eso es algo que no me preocupará en mucho tiempo.

—He visto como cojeas cuando sales del coche después de llevar mucho tiempo sentado y tengo el presentimiento de que esas duchas de treinta minutos que oigo por la mañana no son por limpieza personal. Tu cuerpo ha llegado al límite y no resistirá mucho más.

—Ahora eres experta en fisioterapia.

—Sé lo que veo.

—No te voy a comprar un coche. —Se dirigió a la puerta.

—No te lo pedí —le dijo—. Tengo intención de comprarlo yo.

—No, no lo harás. —Señaló la puerta con la cabeza—. Y te llevaré a la cama.

Ella se desembarazó de las sábanas y bajó el camisón mientras se ponía de pie.

—No compartiré la cama con un hombre al que desagrado

—Ya trabajaremos sobre eso.

—Nunca hemos tenido una cita.

—¡Ya lo hemos hecho dos veces!

—Eso no fue nada más que un procedimiento médico.

Sus ojos se estrecharon.

—Ni siquiera nos hemos besado nunca —siguió, haciendo prevalecer su punto de vista.

—Eso es algo que podemos arreglar fácilmente ahora mismo. —Él se acercó de modo amenazador a ella, con la intención brillando intensamente en sus ojos.

—Naruto, no quería decir… —No pudo seguir. Quería besarle

Él rodeó sus muñecas con las manos. Su columna se topó con el poste de la cama.

—Considera esto un experimento científico, Profesora.

Él se inclinó hacia adelante, recorriendo su espalda con las manos al tiempo que rodeaban el poste de la cama. Ella sintió como si la hubieran atado a una estaca, pero sus dedos suaves eran las únicas cuerdas que la sujetaban en ese sitio.

Cuando la miró, su corazón latió con nerviosismo contra sus costillas.

—Veamos cómo sabes.

Inclinó la cabeza y sus labios rozaron los suyos. Eran suaves y calientes, estaban ligeramente abiertos y apenas la tocaban. Se le cerraron los ojos. Sintió como si la rozaran con una pluma y se preguntó como alguien tan fuerte podía acariciar tan suavemente.

Él continuó tentándola con su boca. Un roce más fuerte, un toque más leve. Sus sentidos se arremolinaron. Quería más y se puso de puntillas, inclinando su boca hacia la de él y haciendo más hondo el beso.

Él se echó para atrás. Otro ligero roce. Una mirada.

Ella se apoyó en él otra vez, y él mordió su labio inferior ¿Era una advertencia de que sólo el quarterback dirigía el juego? Su cuerpo palpitó de frustración.

Él recompensó su obediencia cerrando sus labios sobre los de ella y recorriendo ágilmente su forma con la punta de su lengua. Ella gimió. Si él prestaba tanta atención a un simple beso, ¿qué haría si le dejara continuar por el resto de su cuerpo?

Ella no pudo aguantar más y otra vez se puso de puntillas. Esta vez él no objetó nada. La tentadora suavidad desapareció y él tomó posesión completa de lo que le ofrecía. Con sus manos ocupadas sujetando su espalda contra el poste de la cama, solo podía usar su boca sobre la de ella y la usó adecuadamente, llenándola con su lengua y presionándose contra ella para que pudiera sentir su pasión.

Ella presionó su cuerpo contra él y aprendió una nueva manera de besar, un apareamiento que era más erótico que cualquier acto sexual que hubiera experimentado. Ella podía ser hombre y mujer, poseedora y poseída. Movió su cuerpo contra él, usándolo como si fuera una serpiente, frotando su vientre y sus pechos, muslos y caderas. Su cuerpo ardió con la impresión de que todo estaba mal, ellos y su pasión; tuvo la imagen de cómo podría ser si fueran para el otro algo más que un cuerpo.

Oyó un gemido, pero esta vez no era de ella. Era ronco, amortiguado, urgente. Repentinamente, él apartó sus manos que al momento estuvieron en sus muslos, deslizándose bajo el camisón.

Oh, sí. Lo quería allí. De prisa. Toca mi lugar más suave. Mi lugar más dulce. Su cuerpo la urgía a la intrepidez mientras en su mente y su corazón intentaba no sentirse barata. Quería ser cortejada, que la tentaran y ganaran, que estuviera con ella no sólo porque era un cuerpo disponible. Por una sola vez en su vida, quería sentir lo qué sentían las demás mujeres cuando los hombres las perseguían.

Sus dedos tocaron los suaves rizos.

—¡Basta! —Su exclamación sonó en parte aullido en parte orden.

—No.

—Lo digo en serio, Naruto. —Ella respiraba agitadamente intentando recuperar el control—. Saca las manos de debajo de mi camisón.

—Me quieres ahí. Lo sabes.

Él estaba todavía apretado contra ella y ella deseó haberle tocado antes de decirle que se detuviera. Sólo un roce rápido para saber como se sentía contra su mano.

—Quiero que te detengas.

Él se apartó de ella.

—¡Esto es estúpido! ¡Esto es tan malditamente estúpido que no puedo creerlo! Estamos atrapados juntos en este horrible matrimonio. ¡No podemos aguantarnos el uno al otro y el único consuelo que vamos a encontrar está en la cama, pero tú eres demasiado terca para cooperar!

Él le había hecho daño y ella lo ocultó. No podía dejar que lo supiera.

—Sabía que no te gustaba.

—¿De que coño estás hablando?

—De lo que acabas de decir. Acabas de decir que no podemos aguantarnos el uno al otro, aunque ya te he dicho que no me desagradabas. Eso sólo quiere decir que acabas de admitir como te sientes sobre mí.

—No he dicho eso.

—Te aseguro que lo hiciste.

—Bueno, no quería decir eso.

—¡Ja!

—Rosebud…

—¡No me llames así! ¡Eres un retorcido! El sexo es simplemente algo casual para ti, ¿no es cierto? Algo que hacer cuando no estás en el campo o tomando cerveza con tus colegas. Bueno, yo no soy así. ¿Quieres tener relaciones sexuales conmigo? ¡Maravilloso! ¡Tendrás relaciones sexuales conmigo! Pero bajo mis condiciones.

—¿Y exactamente cuales son?

—¡Te tengo que gustar primero! ¡Bastante!

—¡Ya me gustas bastante! —rugió él.

—¡Eres patético! —Con una exclamación que mostraba al mismo tiempo furia y frustración, ella cogió una almohada de la cama, se la lanzó a la cabeza. Se dio la vuelta bruscamente y se dirigió a su dormitorio.

Momentos más tarde, oyó un ruido sordo, como si el puño de alguien se hubiera encontrado con la pared.

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