Capítulo 11 Galletas de Chocolate
Los padres de Naruto vivían en una calle residencial sombreada por árboles frondosos y flanqueada por casas pudientes. Las vides que pronto florecerían se mezclaban con otros arbustos ocultando los buzones y setos que pronto se llenarían de flores de colores encaramados a las verjas blancas ante los porches delanteros.
La casa de los Namikaze estaba situada en la parte superior de una pronunciada cuesta alfombrada con hiedras y rododendros. Pintada en color crema, tenía dos plantas y un tejado de tejas curvas pintadas de verde, los postigos eran del mismo color verde claro. Naruto aparcó el Jeep frente al porche delantero, se bajó y rodeó el coche para abrirle la puerta.
Durante un largo rato su mirada permaneció en sus piernas. No había hecho ningún comentario sobre el conjunto que llevaba, una falda suave de color melocotón y un jersey a juego, aunque ella había dado dos vueltas a la cinturilla de la falda para que dejara unos buenos ocho centímetros de sus muslos, enfundados en unas medias claras, al aire. Había creído que no se había fijado y que sus muslos de treinta y cuatro años no eran rivales para todas esas piernas, producto del aeróbic, a las que estaba acostumbrado; pero ahora el parpadeo de admiración de sus ojos la hizo pensar que lo había juzgado mal.
No podía recordar haber estado tan confundida en su vida. La noche anterior había sentido como si hubiera experimentado todas las emociones posibles con él. Cuando habían hablado en la cocina, había sentido un compañerismo que nunca hubiera esperado. Pero también había habido risa, cólera y lujuria. Ahora mismo lo que predominaba era la lujuria.
—Me gusta tu pelo —dijo él.
Se lo había dejado suelto, se había quitado las gafas y maquillarse, le había llevado el doble del tiempo que normalmente necesitaba. La mirada con la que la recorrió, la hizo pensar que le gustaba algo más que su pelo. Después él frunció el ceño.
—Nada de trucos esta noche, ¿me oyes?
—Bien claro. —Deliberadamente se metió con él para intentar dejar de pensar en la noche pasada—. ¿No quieres ponerme el abrigo sobre la cabeza para asegurarte que ninguno de los vecinos pueda echarme una mirada? ¿Pero qué tonterías digo? Si me ve alguien, le puedes decir que soy la madre de una de tus novias.
Él la cogió del brazo y la condujo hacia la puerta principal.
—Un día de estos te voy a poner un esparadrapo en esa boca tan ingeniosa que tienes.
—Imposible. Para entonces ya habrás muerto. Pondré una verja eléctrica delante del garaje.
—Después te ataré, te meteré en un armario, echaré dentro un montón de ratas muertas de hambre y cerraré con llave.
Ella levantó la ceja.
—Genial.
Él gruñó y abrió la puerta principal.
—Estamos aquí —gritó Mai.
Naruto la condujo a una bella sala de estar decorada casi por completo en blanco, con ligeros toques de color en melocotón y verde menta. Hinata apenas tuvo ocasión de fijarse pues centró la atención en uno de los hombres más guapos que había visto en su vida.
—Hinata, éste es mi hermano Deidara.
Él se adelantó, tomó su mano y la miró con unos ojos azules amables y directos.
—Hola, Hinata. Por fin nos conocemos.
Sintió que se derretía y se quedó tan asombrada por su reacción ante él que apenas logró emitir un saludo. ¿Podía ese hombre de pelo rubio, finamente cincelado y de voz agradable, ser realmente hermano de Naruto? Mirándolo fijamente a los ojos, sintió la misma emoción que experimentaba algunas veces cuando veía un bebé recién nacido o una foto de la Madre Teresa. Le dirigió una mirada furtiva a Naruto, sólo para ver si se había perdido algo.
Él se encogió de hombros.
—No me mires. Ninguno de nosotros se lo puede creer.
—Siempre pensamos que es un niño cambiado. —Mei se levantó del sofá—. Es la vergüenza de la familia. La bondad personificada. Cada uno de nosotros tiene una lista de pecados de un kilómetro de larga, pero él nos hace parecer aún peor por el contraste.
—Y con razón. —Deidara miró a Hinata con absoluta sinceridad—. Ellos son la semilla del diablo.
A estas alturas Hinata tenía bastante conocimiento del sentido del humor Namikaze.
—Y tú probablemente asaltas a las viejecitas en tu tiempo libre.
Deidara se rió y se volvió a su hermano.
—Finalmente encontraste la horma de tu zapato.
Naruto masculló algo inaudible, luego la miró furiosamente recordándole en silencio que se suponía que debía de caer mal a todos, no ser su compinche. No se había olvidado, pero tampoco se había permitido pensar demasiado en todo eso.
—Tu padre tuvo una urgencia —dijo Mei— pero debería estar de regreso de un momento a otro. Betsy Woods está teniendo el tercer niño. La tienes que recordar; Fue tu primera pareja en el baile de graduación. Creo que vuestro padre ha atendido los partos de todas las novias que tuvieron sus hijos.
—Papá tomó las riendas de la consulta de su padre —explicó Deidara—. Durante mucho tiempo fue el único doctor que había por aquí. Ahora tiene ayuda, pero todavía trabaja demasiado.
La conversación le recordó que necesitaba elegir pronto médico. Y no sería Minato Namikaze.
Como si lo hubiera conjurado, apareció por el pasillo. Estaba despeinado y cansado y Hinata vio una fugaz expresión de preocupación en los rasgos de Mei.
Cuando Minato entró en la habitación, su vozarrón retumbó.
—¿Por qué no tiene nadie una copa?
—Tengo una jarra de margarita en la cocina. —La cara de Mei cambió de expresión y se dirigió hacia la puerta.
—Iremos contigo —dijo Minato—. No soporto esta habitación. No desde que ese decorador y tú la estropeasteis. Todo este blanco me hace sentir como si no pudiera sentarme.
Hinata pensaba que la habitación era preciosa y encontró inoportuno el comentario de Minato. Los cuatro siguieron a Mei a la acogedora cocina de madera de pino, los detalles bien elegidos le daban el acogedor encanto del país. Hinata se preguntó como Naruto podía aguantar esa casa tan colorida donde vivían después de haber crecido en un lugar tan confortable.
Minato le ofreció una cerveza a su hijo, luego miró a Hinata.
—¿Te apetece un margarita?
—Prefiero un refresco.
—¿Eres baptista?
—¿Perdón?
—¿Eres abstemia?
—No.
—Tenemos buen vino blanco en casa. Kushina se tiene por experta en vino, ¿no es cierto, cariño? —Sus palabras parecían provenir de un marido orgulloso, pero su tono decía algo diferente.
—Ya basta, papá. —La voz de Naruto fue acerada—. No sé que pasa aquí, pero no quiero que continúe.
Su padre se enderezó y las miradas de los dos chocaron notoriamente. Aunque la de Naruto bajó en intensidad, el destello duro de sus ojos advertía a su padre que se estaba pasando de la raya.
Minato obviamente no permitía que nadie pusiera en duda su autoridad, pero Naruto no mostró ni la más leve señal de echarse para atrás. Recordó que hacía unos días, él mismo había negado que existiera algún problema en el matrimonio de sus padres.
Deidara intervino pidiendo una cerveza y haciendo un comentario informal sobre el consejo municipal en el que acababa de participar. Debía ser el pacificador de la familia. La tensión disminuyó; Mei preguntó a Hinata sobre las mañanas que pasaba con Mito. Hinata vio la frialdad de su expresión y supo que se preguntaba por qué su nuera tenía tanto tiempo para ayudar a su madre con su huerto pero se negaba a dedicar algunas horas a ir de compras con ella.
Hinata miró a Naruto. Vio una expresión de resignación en su cara. Él no esperaba que ella mantuviera su palabra.
Ella sintió un momento de tristeza, pero aunque no lo hiciera con ilusión, sabía que le debía esto.
—Eso ha sido una molestia, pero no se lo digáis. Simplemente no entiende que cada hora que estoy apartada de mi investigación es una hora que no puedo recuperar.
Hubo un momento de tenso silencio. Hinata se negó a mirar a Naruto. No quería ver su alivio mientras ella se avergonzaba delante de su familia. Temía cambiar de idea.
—Sé que el huerto es importante para ella, pero de verdad, no se puede ni comparar con el trabajo que estoy haciendo. Traté de explicárselo, pero ella es así… No tengo intención de insinuar que es una ignorante, pero, si somos francos, su comprensión de estos asuntos complicados es limitada.
—¿Por qué demonios te quiere allí? —ladró Minato.
Hinata fingió no enterarse de su beligerancia, tan parecida a la de su hijo.
—¿Quién entiende los antojos de una anciana?
Naruto intervino.
—¿Sabéis que pienso? Hinata tiene un carácter irritante, justo como Mito y supongo que por eso le encanta tenerla cerca. Tienen bastante en común.
—Dios nos coja confesados —masculló Deidara.
Sus mejillas ardieron y Naruto debió sospechar que había llegado todo lo lejos que podía soportar porque llevó la conversación hacia el viaje de esquí de Deidara. No pasó mucho tiempo antes de que se sentaran en la mesa del comedor.
Hinata intentó parecer, lo mejor que pudo, aburrida todo el rato, aunque absorbía cada detalle. Observó el afecto cordial entre los dos hermanos y el amor incondicional de Minato y Mei hacia sus hijos. A pesar de todos los problemas que tenían, ella habría dado cualquier cosa por haber pertenecido a esa familia en lugar de la que tuvo con el padre distante que la había criado.
Varias veces durante la comida la conversación trató sobre el trabajo de Minato: Un caso interesante que había tenido, un nuevo procedimiento médico. Hinata encontró sus descripciones demasiado sangrientas para la hora de la cena, pero no parecía molestar a nadie más y concluyó que todos estaban acostumbrados a eso. Naruto, en particular, presionaba a su padre para que le diera más detalles.
Pero Hinata estaba más fascinada por Mei. Según la comida progresaba, habló de arte y música, así como del club de lectura en el que participaba. Era también una cocinera excelente y Hinata se sintió cada vez más intimidada. ¿Había algo que esa chica de la montaña no hiciera perfectamente?
Deidara señaló con la cabeza el centro de mesa, un florero de cristal donde se sostenían lirios y orquídeas.
—¿Dónde consigues las flores, mamá? Desde que Inoichi Yamanaka cerró la floristería después de Navidad, no he visto nada de esto por aquí.
—Las compré cuando fui a Asheville el jueves. Los lirios están un poco mustios, pero aún se pueden disfrutar.
Por primera vez desde que habían comenzado a comer, Minato le dirigió la palabra a su esposa directamente.
—¿Recuerdas como solías decorar la mesa cuando nos casamos?
Ella se quedó callada un momento.
—Fue hace mucho tiempo, me he olvidado.
—Bueno, yo no. —Él se dirigió a sus hijos—. Vuestra madre cogía dientes de león del patio trasero, las metía en una vieja jarra y me las mostraba cuando llegaba de clase como si fueran flores exóticas. Le gustaban tanto los dientes de león como a otras mujeres las rosas.
Hinata se preguntó si Minato había tenido la intención de hacer pasar vergüenza a su esposa con este recuerdo de sus raíces humildes, pero si fue así, le salió el tiro por la culata. Mai no parecía avergonzada, y la voz de Minato se había hecho ronca con una emoción que la sorprendió. Tal vez Minato Namikaze no estuviera tan avergonzado de la procedencia humilde de su esposa como parecía.
—Te enfadabas conmigo —dijo ella— y no te puedo culpar. Imaginaos. Diente de león en la mesa del comedor.
—No eran solamente flores lo que usaba para centros de mesa. Recuerdo una vez que recogió un montón de piedras que pensaba que eran bonitas y las metió en un nido de pájaro que encontró.
—Y muy correctamente dijiste que el nido de un pájaro en la mesa de la cocina era asqueroso y se negó a comer hasta que lo tiré.
—¿En serio, lo hice? —Frotó los dedos en el tallo de su copa y frunció el ceño—. Puede que fuera antihigiénico, pero os aseguro que era bonito.
—Venga, Minato, no era así. —Ella sonrió, fría, serena, sin parecer afectada por las viejas emociones que atravesaban a su marido.
Por primera vez desde que se habían sentado, él miró a Mei directamente.
—Siempre te gustaron las cosas bonitas.
—Todavía me gustan.
—Pero ahora tienen que ser de marca.
—Y tú disfrutas de esas cosas de marca más de lo que nunca disfrutaste de los dientes de león o de los nidos.
A pesar de su promesa de distanciarse de la familia, Hinata no podía soportar la idea de presenciar más discusiones.
—¿Cómo os las ingeniasteis esos primeros años después de casaros? Naruto dijo que no teníais dinero.
Naruto y Deidara intercambiaron una mirada que le hizo pensar a Hinata que había tropezado accidentalmente con un tema prohibido. Se dio cuenta que su pregunta era demasiado personal, pero ya que se suponía que tenía que ser aborrecible, ¿qué más daba?
—Si, papá. ¿Exactamente cómo os las arreglasteis? —preguntó Deidara.
Mei se dio toquecitos en los labios con la servilleta.
—Es demasiado deprimente. Tu padre odió cada minuto y no queremos estropearle la cena.
—No odié cada minuto. —Minato pareció pensativo cuando se recostó en su silla—. Vivíamos en ese feo apartamento de dos habitaciones de Chapel Hill que daba a un callejón donde la gente tiraba los colchones y sofás viejos. El sitio era desastroso, pero a vuestra madre le encantaba. Recortó fotos del National Geographics y las pegó en las paredes. No teníamos cortinas, sólo dos persianas amarillentas y ella hizo unas de kleenex que unía con alfileres en los bordes. Le gustaban ese tipo de cosas. Éramos pobres como ratas. Trabajaba en un supermercado cuando no estaba en clase o estudiando, pero lo de ella era peor. Hasta el día que Naruto nació, se levantaba a las cuatro de la madrugada para trabajar todo el día en una panadería. Pero a pesar de lo cansada que estaba, aún tenía tiempo de coger esos dientes de león camino de casa.
Mei se encogió de hombros.
—Creedme, trabajar en esa panadería no era tan duro como trabajar el campo como había estado haciendo en Heartache Mountain.
—Pero estabas embarazada —apuntó Hinata, tratando de imaginarla.
—Era joven y fuerte. Y estaba enamorada. —Por primera vez, Mei pareció ligeramente desconcertada—. Después de que Naruto naciese, teníamos un montón de cuentas médicas y como no podía trabajar en la panadería y cuidar de él, empecé a experimentar con recetas de galletas.
—Empezaba a hornear en cuanto le había dado la toma de las dos, seguía hasta las cuatro, luego dormía algo más de una hora hasta que él se despertaba otra vez. Después de haberlo alimentado, me despertaba para ir a clase. Luego recogía todo, metía a Naruto en un viejo cochecito de bebés que había conseguido en una tienda de segunda mano, lo rodeaba de galletas y se iba al campus donde se las vendía a estudiantes, dos galletas por veinticinco centavos. No tenía licencia, así que cuando aparecían polis por el campus, cubría todo menos la cabeza de Naruto con una manta.
Ella le sonrió a Naruto.
—Pobrecito. No sabía nada de bebés y casi te sofoqué ese verano.
Naruto la miró cariñosamente.
—Aún ahora no me gusta tener mantas encima.
—Los polis nunca se dieron cuenta —dijo Minato—. Todo lo que veían era una chica de la montaña de dieciséis años con unos vaqueros gastados y un cochecito con un bebé que todo el mundo pensaba que era su hermano pequeño.
La expresión de Deidara se hizo pensativa.
—Siempre supimos que había sido duro, pero nunca nos contasteis los detalles. ¿Por qué?
¿Y por qué ahora?, se preguntó Hinata.
Mei se levantó.
—Es una historia vieja y aburrida. La pobreza sólo es encantadora retrospectivamente. ¿Me ayudas a recoger la mesa para el postre, Deidara?
Para desilusión de Hinata, la conversación se centró en el tema mucho menos interesante del fútbol y, si la mirada preocupada de Minato Namikaze siguió desviándose una y otra vez a su esposa, a nadie pareció interesarle.
Harta de su grosero comportamiento esa tarde, no estaba ansiosa por juzgar a nadie. Había algo triste acechando en las profundidades de los ojos que la rodeaban. Cuando miraba a los padres de Naruto tenía la sensación de que nada era lo que parecía.
Para ella, el momento más interesante fue cuando Naruto le preguntó a Deidara cómo iban sus reuniones y supo lo que su marido hacía todo ese tiempo. Naruto había sido reclutado por el director de la escuela secundaria local, un viejo compañero de clase suyo, para visitar a los hombres de negocios del condado y persuadirlos de que se involucraran en un programa de ayuda a estudiantes de alto riesgo. También parecía dar a Deidara una cantidad de dinero considerable para aplicar un programa contra la drogadicción en los adolescentes del condado, pero cuando pidió con insistencia más detalles, cambió de tema.
La velada se hizo interminable. Cuando Minato le preguntó sobre su trabajo, lo abrumó con su explicación. Mei la invitó a unirse a su club de lectura, pero Hinata le dijo que no tenía tiempo para reuniones de señoras. Cuando Deidara dijo que esperaba verla en la iglesia el domingo, le dijo que no era creyente.
Lo siento, Dios mío, pero estoy haciendo lo mejor. Éstas son personas agradables y no necesitan pasar más pena.
Finalmente llegó la hora de irse. Todo el mundo fue rígidamente cortés, pero se dio cuenta del ceño fruncido de Minato cuando se despedía o la profunda preocupación en los ojos de Mei cuando abrazó a su hijo.
Naruto esperó hasta alejarse de la casa antes de mirarla.
—Gracias, Hinata.
Ella miró al frente.
—No podré volver a pasar por eso. Mantenlos alejados de mí.
—Lo haré.
—Lo digo en serio.
—Sé que no ha sido fácil para ti —dijo suavemente.
—Son gente maravillosa. Fue horrible.
Él no habló otra vez hasta que llegaron al límite del pueblo.
—He estado pensando. ¿Qué te parece que tengamos una cita?
¿Era esa su recompensa por humillarse esa noche? El que hubiera escogido ese momento en particular para hacer la invitación la hizo ser sarcástica.
—¿Tengo que llevar una bolsa en la cabeza para que nadie me vea?
—¿Ahora tienes que ir y ponerte borde? Te invité a salir y todo lo que tienes que decir es si o no.
—¿Cuándo?
—No sé. ¿Qué te parece el miércoles por la noche?
—¿A dónde vamos a ir?
—No me digas que te preocupas por eso. Sólo lleva los vaqueros más apretados que tengas y uno de esos tops con un escote de vértigo.
—Apenas puedo abrocharme mis vaqueros más apretados y no tengo ningún top escotado. Y aunque lo tuviera, hace demasiado frío.
—Supongo que te puedo mantener caliente y así no me preocuparé por los botones. —La profunda promesa sexual que oyó en el tono de su voz la hizo temblar. La recorrió con la mirada y sintió como si la acariciara con los ojos. No podía dejar más claras sus intenciones. La deseaba y tenía intención de tenerla.
Pero la pregunta era, ¿estaba lista para él? La vida siempre había sido algo serio para ella, y nada podría hacer que fuera una persona impulsiva. ¿Podría manejar el dolor que la esperaba si bajaba la guardia con él?
Le había comenzado a doler la cabeza y se puso a mirar por la ventana sin contestarle. Trato de olvidarse de las corrientes eléctricas que vibraban entre ellos pensando en sus padres y mientras el Jeep atravesaba las calles vacías de Kirigakure, comenzó a pensar sobre lo que había averiguado de ellos.
Mei no siempre había sido la mujer reservada y sofisticada que había visto esa noche. ¿Pero que pasaba con Minato? Hinata quería que le desagradara, pero durante toda la tarde había visto la mirada de anhelo de sus ojos cuando miraba a su esposa y no podía desarrollar una aversión bien fundada por un hombre que tenía esos sentimientos.
—¿Qué había sucedido con esos dos adolescentes que se habían enamorado en la escuela? —Se preguntó.
Minato entró en la cocina y se sirvió la última taza de descafeinado. Kushina estaba delante del fregadero y se dio la vuelta hacia él. Ella siempre estaba de acuerdo con él, pensó, aunque no importaba porque incluso cuando se enfrentaba a él, no le dejaba ver nunca nada más que la mascara educada que se ponía para todo el mundo excepto para sus hijos.
Fue durante el embarazo de Menma cuando Kushina se había comenzado a transformar en una perfecta esposa de médico. Él recordó cómo había dado la bienvenida a su creciente reserva y a que ya no lo hiciera pasar vergüenza públicamente con su mala gramática y exuberancia. Cuando los años pasaron, se había convencido de que la transformación de Kushina había impedido que su matrimonio fuera el desastre que todo el mundo había predicho. Incluso había pensado que era feliz.
Luego había perdido a su único nieto y a una nuera que adoraba. Después había presenciado la pena sin fin de su hijo y cuando Naruto les había llamado por teléfono diciendo que se había casado, finalmente había comenzado a tener esperanzas otra vez. Pero entonces había conocido a su nueva nuera. ¿Cómo podía Naruto haberse casado con esa persona fría y arrogante? ¿No se daba cuenta de que iba a convertir su vida en una miseria?
Acunó la taza de café entre sus manos y miró la espalda delgada de su esposa. Kushina estaba sobrecogida hasta los huesos por el matrimonio de Naruto y ninguno de los dos encontraba ni una sola razón por la que hubiera escogido tan mal. Existía entre ellos una sutil atracción sexual que él había percibido de inmediato, aunque Kushina no lo había hecho, pero eso no explicaba que Naruto se hubiera casado con ella. Durante años se habían sentido desesperados por la preferencia de su hijo por mujeres que eran demasiado jóvenes e intelectualmente limitadas para él, pero por lo menos habían sido dulces.
Se sintió impotente para ocuparse de los problemas de Naruto, especialmente cuando ni siquiera podía solucionar los suyos. La conversación en la mesa del comedor le había traído los recuerdos y ahora sentía el tiempo pasar tan audiblemente que quería ponerse las manos sobre las orejas para no recordar todas las situaciones donde había tomado la decisión equivocada.
—¿Por qué no has dicho nunca nada de ese día que en que te compré galletas? Todo este tiempo y nunca has dicho ni una sola palabra.
Ella alzó la cabeza ante su pregunta y él esperaba que fingiera que no sabía qué estaba hablando, pero debería haber sabido que no reaccionaría de esa manera.
—Venga Minato, pasó hace treinta y seis años.
—Lo recuerdo como si fuera ayer.
Había sido un bello día de abril durante su primer año en la UNC, cinco meses después de que Naruto naciera; él acababa de salir del laboratorio de química con algunos de sus nuevos amigos, todos de clase alta. Ahora no recordaba sus nombres, pero en ese momento había deseado mucho su aceptación y cuando uno de ellos había gritado: "Mirad, ahí está la chica de las galletas", había sentido que todo su mundo se tambaleaba.
¿Por qué tenía que estar ella allí en ese momento, dónde sus nuevos amigos la podían ver? La cólera y el resentimiento actuaron como ácido dentro de él. Ella estaba tan malditamente desarreglada. ¿Cómo lo podía avergonzar de esa manera?
Cuando ella detuvo el cochecito sobre sus ruedas inestables, se la veía delgada y habían gastado una broma, sobre que apenas era más que una niña, una tosca chica de la montaña. Él se olvidó de todo lo que amaba de ella: Su risa, la manera ansiosa que iba a sus brazos, los corazones que había dibujado en su barriga antes de que diera a luz y que no podía pensar en nada más que en enterrarse dentro de ella.
Ahora mientras la veía acercase, cada venenosa palabra que sus padres le había dicho sonó en sus oídos. No era buena. Era una Uzumaki. Lo había atrapado y había estropeado su vida. Si quería ver alguna vez un penique de su dinero, tenía que divorciarse de ella. Él se merecía algo mejor que un apartamento infestado de cucarachas y una chica de la montaña demasiado joven, incluso una tan tierna y dulce que lo hacía llorar cuando hacía el amor con ella.
Su pánico aumentó cuando uno de sus nuevos amigos le gritó a ella.
—Oye, Chica de las galletas, ¿las tienes de mantequilla?
—¿Cuánto por dos paquetes de las de chocolate?
Él quiso correr, pero ya no había tiempo. Sus amigos ya examinaban las galletas que ella había horneado mientras él dormía. Uno de ellos se inclinó hacia delante e hizo cosquillas en la barriga de su hijo. Otro se giró hacia él.
—Oye, Minato, acércate. No sabes lo que es algo bueno hasta que no has probado una de las galletas de esta niñita.
Kushina lo había mirado, con la risa bailando en sus ojos. Podía ver como esperaba el momento en que él les diría que era su esposa y supo que saboreaba el humor de la situación como saboreaba todo lo de su vida juntos.
—Bien, eh…, bueno.
Su sonrisa permaneció brillante mientras caminaba hacia ella. Recordó que llevaba recogido su pelo rojo en una cola de caballo con una goma azul y que tenía mojado el hombro de la vieja camisa de cuadros donde Naruto había babeado incontroladamente.
—Tomaré dos de chocolate.
Su cabeza se inclinó como diciendo, Te estás pasando, ¿cuando les dirás quien soy?, pero continuó sonriendo, disfrutando la broma.
—Dos de chocolate —repitió.
Su fe en su honor era infinita. Esperó pacientemente. Sonrió. Metió una mano en el bolsillo y sacó un cuarto de dólar.
Fue después, cuándo le dio el dinero, que ella entendió. No iba a reconocerla. Fue como si alguien apagara la luz de su interior, haciendo desaparecer su risa y su alegría, su fe en él. El dolor y el desconcierto anegaron sus rasgos. Por un momento clavó los ojos en él, pero, finalmente metió la mano en el cochecito para coger las galletas y se las tendió con su mano temblorosa
Él le dio el cuarto de dólar, uno de los cuatro que ella le había dado esa misma mañana cuando había salido para clase. Dejó caer el cuarto de dólar como si ella no fuera más que un mendigo de la esquina de un callejón, luego se rió cuando uno de los otros chicos dijo algo. No la miró, solo se dio la vuelta y se fue con las galletas quemando en su mano como pedazos de plata.
Había ocurrido hacía más de tres décadas, pero ahora le escocían los ojos. Colocó la taza de café en el mostrador.
—Lo que hice estuvo mal. Nunca lo he olvidado, nunca me he perdonado a mí mismo, lo siento.
—Disculpa aceptada. —Ella cogió el grifo, poniendo fin deliberadamente al tema. Cuándo cerró el grifo, dijo—: ¿Por qué Naruto tuvo que casarse con ella? ¿Por qué no podían vivir juntos hasta que se diera cuenta del tipo de mujer que es?
Pero él no quería hablar de Naruto y su fría esposa.
—Deberías haberme escupido a la cara.
—Únicamente desearía haberla conocido antes.
Él odió su rápida aceptación de su disculpa, especialmente cuando sospechaba que no lo había perdonado del todo.
—Quiero recuperarte, Kushina.
—Tal vez podríamos haberle hecho cambiar de idea.
—¡Basta! ¡No quiero hablar de ellos! Quiero hablar de nosotros y quiero que vuelvas a mí.
Ella finalmente se giró y lo miró con sus ojos brillando como el cielo de la montaña que no revelaban nada.
—Nunca me fui.
—Quiero que vuelvas a ser cómo eras. Eso es lo que quiero.
—Estás de un humor esta noche.
Para su súbita desilusión, él pudo sentir como su garganta se cerraba, pero incluso así, no pudo callarse.
—Quiero que seas como eras al principio. Te quiero graciosa y haciendo tonterías, imitando a la casera y riéndote de mí por ser demasiado serio. Quiero que pongas dientes de león en la mesa del comedor y que hagas fritos y frijoles. Quiero que te rías de tal manera que no puedas evitar mojar las bragas y cuando vaya a la puerta, quiero que me retengas para que me quede contigo.
Arrugó la frente con preocupación. Se dirigió hacia él y apoyó la mano sobre su brazo en el mismo lugar que llevaba tocando durante cuatro décadas.
—No puedo hacer que vuelvas a ser joven otra vez, Minato. Ni te puedo devolver a Kiyoshi y Suiren, ni que todo vuelva a ser como antes.
—¡Ya lo sé, maldita sea! —Se sacó la mano de encima, rechazando su piedad y su asfixiante bondad interminable—. No se trata de ellos. Lo que sucedió me ha hecho darme cuenta de que no me gustan como están las cosas. No me gusta la forma en que te has vuelto.
—Has tenido un día duro. Te daré un masaje en la espalda.
Como siempre, su dulzura lo hizo sentir culpable, indigno e insignificante. Era por la manera tan baja en que se había comportando últimamente hasta ese momento, para lastimarla, para romper su helada reserva y que apareciera la chica que había sido.
Puede que si le diera alguna prueba de que no era tan malo como él mismo creía, se ablandara.
—Nunca te he engañado.
—Me alegra saberlo.
Él no podía dejar de mostrarle la verdad que quería que supiera.
—Tuve oportunidades, pero nunca llegué al final. Una vez me detuve en la puerta de un motel.
—No quiero oír esto.
—Pero me eché atrás. Dios mío, me sentí genial por lo menos durante una semana. Presumido y arrogante moralista.
—Lo que sea que pretendas con esto, no importa. Vas a detenerte ahora.
—Quiero volver a empezar. Creía que tal vez en nuestras vacaciones…, pero apenas nos hablamos. ¿Por qué no podemos volver a empezar?
—Porque lo odiarías ahora igual que lo odiaste antes.
Ella era tan inalcanzable como una estrella lejana, pero todavía necesitaba tocarla.
—Te amaba tanto, ¿lo sabes? Incluso cuando deje que mis padres me convencieran para divorciarnos, te amaba.
—No importa ahora, Minato. Llegó Menma y luego Deidara y no hubo divorcio. Fue hace mucho tiempo. No tiene sentido recordar el pasado. Tenemos tres hijos maravillosos y una vida desahogada.
—¡No quiero sólo eso! —La furia estalló dentro de él provocada por la frustración—. ¡Maldición! ¿No entiendes nada? ¡Jesús, odio como eres! —En todo el tiempo que llevaban juntos nunca la había tocado con violencia, pero ahora la agarró por los brazos y la sacudió—. ¡No puedo aguantarlo más! ¡Vuelve a cambiar!
—¡Basta! —Sus dedos se clavaban en la parte superior de sus brazos—. ¡Basta! ¿Qué te pasa?
Vio el miedo en su mirada y se apartó, abrumado por lo que había hecho.
Su helada reserva finalmente se derritió, dejando salir la furia, una emoción que no había visto hasta ese momento en su cara.
—Llevas meses torturándome —gritó—. Me denigras delante de mis hijos. ¡Todos los días me pinchas y te metes conmigo hasta que me hieres! Te he dado todo, pero aún no es suficiente. ¡Bueno, ya no lo soporto más! ¡Te dejo! ¡Se acabo! —Y salió de la cocina.
El pánico lo invadió. Echó a correr detrás de ella, pero si la alcanzaba. ¿Qué haría cuando la cogiera? ¿Sacudirla otra vez? Cristo. ¿Qué pasaría si finalmente la hubiera presionado demasiado?
Él inspiró profundamente y se dijo a sí mismo que ella todavía era su Kushina Mai, simpática y mansa como una tarde en la montaña. No lo dejaría, no importaba lo que dijera. Sólo necesitaba tiempo para calmarse, eso era todo.
Cuando oyó su coche en el camino de acceso, se siguió diciendo eso a sí mismo.
Ella no lo dejaría. No podía.
El nudo en el pecho de Kushina era tan fuerte que tuvo que jadear mientras conducía por la carretera estrecha y sinuosa. Era una carretera traidora, pero llevaba años conduciendo por ella y ni siquiera sus lágrimas la hacían derrapar. Sabía lo que quería de ella. Quería que se abriera las venas y se desangrara con el amor que había sentido alguna vez. Sangre por un amor que nunca le había devuelto.
Intentó controlar la respiración y recordó que había aprendido la lección años atrás, cuando había sido más inocente que un bebé, un ingenua ignorante de dieciséis años completamente convencida de que su amor cerraría la enorme grieta que existía entre los dos. Pero había sido una fantasía. Dos semanas después de que le hubiera dicho que estaba embarazada de Menma y cuando Naruto tenía sólo once meses, su inocencia se interrumpió para siempre.
Lo debería haber visto llegar, pero por supuesto no lo hizo. Cuando le había dicho que estaba embarazada, ella había estado rebosante de felicidad aunque Naruto aún no tenía un año y apenas se podían arreglar. Él se había quedado helado cuando ella se lo había balbuceado.
—¡Piénsalo, Menma! ¡Otro precioso bebé! Quizá sea una niña 'sta vez y podamos llamarla Sorano. ¡Oh, como me gustaría tener una niña! Pero un niño podría ser mejor para que Naruto tuviera con quien jugar.
Cuando su expresión no se alteró, había comenzado a asustarse.
—Sé que será muy duro por un tiempo, pero mi negocio de galletas va muy bien y piensa cuanto queremos a Naruto. Y seremos realmente cuidadosos de ahora en adelante para asegurarnos que no vienen más. Dime que te alegra de 'ste bebé, Minato. Dímelo.
Pero no le dijo nada; Sólo se dirigió a la puerta y salió del pequeño apartamento, dejándola sola y asustada. Había esperado durante horas a oscuras hasta que él regresó. No dijo ni una sola palabra. En vez de hablar, la había llevado a la cama y le había hecho el amor con una ferocidad que había hecho desaparecer su miedo.
Dos semanas más tarde, mientras Minato estaba en clase, su suegra la había visitado. Tsunade Namikazele había dicho que Minato no la amaba y que quería el divorcio. Le había dicho que él iba a decírselo la misma noche que Kushina le había anunciado que estaba embarazada otra vez, pero ahora se sentía obligado por honor a quedarse con ella. Si Kushina lo amaba realmente, le dijo Tsunade, lo dejaría ir.
Kushina no la había creído. Minato nunca pediría el divorcio. La amaba. ¿No tenía la prueba en su cama todas las noches?
Cuando llegó a casa de estudiar en la biblioteca, le contó la visita de su madre, esperando que se riera. Sólo que no lo hizo.
—¿De que sirve hablar de eso ahora? —dijo—. Te quedaste embarazada otra vez, así que no puedo ir a ningún sitio.
El mundo de color rosa que ella se había creado se rompió a sus pies. Todo había sido una ilusión. El que le gustara tener relaciones sexuales con ella no significaba que la amara. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Él era un Namikaze y ella una Uzumaki.
Dos días más tarde llegó su madre al apartamento otra vez, un dragón que escupía fuego exigiendo que Kushina dejara libre a su hijo. ¡ Kushina era una ignorante, una inculta y una deshonra para él! No lo podía retener.
Todo lo que Tsunade dijo era cierto, pero aunque Minato no la amara, sabía que no lo iba a dejar ir. Si fuera ella sola, podía haberse arreglado, pero sus niños necesitaban un padre.
Ella encontró una fuerza oculta que le dio coraje para desafiar a su madre.
—Si yo no soy lo suficientemente buena para él, será mejor que me hagas serlo, porque yo y mi bebé no iremos a ninguna parte.
No había sido fácil, pero gradualmente las mujeres habían forjado una frágil alianza. Ella había aceptado la guía de Tsunade Namikaze en todo: Cómo hablar, cómo caminar, qué comida cocinar. Tsunade dijo que Kushina sonaba a basura blanca y que debía de llamarse Mai.
Mientras Naruto jugaba a sus pies, devoró los libros de literatura inglesa de Minato y dejó el niño al cuidado de una mujer para poder asistir a clases de la universidad y aprender historia, literatura, arte, temas que alimentaban su alma.
Menma nació y su familia aflojó dinero suficiente como para asumir los gastos de la universidad de Minato y sus cuentas médicas. El dinero era todavía escaso, pero ya no estaban desesperados. Tsunade insistió que se mudaran a un apartamento mejor, uno que amueblaron con restos de muebles de la familia Namikaze.
La transformación de Mei fue tan gradual que nunca estuvo segura de cuando se dio cuenta Minato. Él continuó haciendo el amor con ella casi todas las noches, y si ella ya no se reía, ni bromeaba, ni le decía cosas picantes al oído, no pareció importarle. Cultivó la contención en el dormitorio y sus ocasionales miradas aprobatorias la recompensaron por su autocontrol. Gradualmente, aprendió a comportarse de manera que su marido no pasara vergüenza ante nadie.
Él se graduó y comenzó las prácticas de Medicina, mientras su mundo se centraba en las necesidades de sus hijos pequeños y sus continuos esfuerzos de auto superación. Cuando él terminó su residencia, volvieron a Kirigakure para que Minato se uniera a la consulta de su padre.
Los años pasaron con la profunda satisfacción por sus hijos, su posición en la comunidad y su pasión por el arte. Minato y ella tenían vidas separadas, aunque él era infaliblemente considerado con ella, y compartieron pasión aunque no intimidad en el dormitorio. Gradualmente los niños se fueron de casa y ella encontró una serenidad nueva. Quería de todo corazón a su marido y no le culpaba por no amarla.
Luego murieron Suiren y Kiyoshi y Minato Namikaze había sufrido una crisis nerviosa.
En los meses que siguieron a las muertes, él había comenzado a herirla de tantas incontables maneras que algunas veces sentía como si lentamente se estuviese muriendo desangrada. La injusticia la hizo temblar. Se había convertido en todo lo que él había querido, pero ahora no lo quería. Lo que parecía querer era algo que ella ya no tenía dentro para darle a nadie.
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