Capítulo 12 Muy Agradable
El lunes, Mito llamó a Hinata poco antes de las ocho y le dijo que no trabajarían en el huerto durante algunos días y que no quería que la molestaran hasta que los avisara. Le dijo que no se preocuparan, que seguramente unos recién casados podrían tener algo mejor que hacer que molestar a una anciana a punto de morir.
Hinata sonrió al teléfono y se volvió hacia las gachas que estaba cocinando. Cuando fuera una anciana, esperaba estar tan lúcida como Mito
—¿Quién era?
Dio un salto del susto y dejó caer la cuchara cuando Naruto, con pinta de acabarse de despertar y guapísimo, entró en la cocina. Llevaba unos vaqueros y una camisa desabotonada de franela. Estaba despeinado y descalzo.
—¡No te acerques de puntillas de esa manera! —Se dijo a sí misma que los rápidos latidos de su corazón se debían al susto y no a la imagen de él tan despeinado y escandalosamente guapo.
—No iba de puntillas. Simplemente soy sigiloso.
—Lo que sea.
—Eres un coñazo.
—¿Coñazo?
—Los deportistas tontos llamamos coñazo a los que tienen un doctorado en algo.
Ella agarró rápidamente una cuchara limpia y la metió en las gachas.
—Los coñazos llamamos tontos a los deportistas, pero algunas veces son tan listos que los coñazos son ellos.
Él se rió entre dientes. ¿Qué hacía él aquí? Normalmente se había ido cuando ella bajaba a desayunar. Ni siquiera la semana anterior cuando la había llevado a casa de Mito, habían desayunado juntos. Había estado encerrado en su estudio.
—¿Con quien hablabas por teléfono? —repitió.
—Con Mito. No quiere que la molestemos hoy.
—Ah, vale.
Él se dirigió a la despensa y salió con una de la media docena de cajas de cereales con caramelos que guardaba allí, junto con las patatas fritas, las galletas y las bolsas de caramelos. Observó con los ojos entrecerrados como vertía una montaña de cereales multicolores en un tazón y luego caminaba a la nevera de donde sacó la leche.
—Para ser hijo de un médico, tienes una dieta infernal.
—Cuando estoy de vacaciones, como lo que me gusta. —Agarró una cuchara, pasó una pierna sobre el taburete del mostrador y sentándose con las rodillas flexionadas, enganchó los pies desnudos en el reposapiés del taburete.
Ella se forzó en apartar la vista de esos pies largos y estrechos sólo para estremecerse ante lo que él estaba comiendo.
—He hecho suficientes gachas. ¿Por qué no tomas unas pocas en vez de esas cosas?
—Para tu información, no son cosas. Son el colofón de años de investigación científica.
—Hay un duende en la caja.
—Un tío simpático. —Él le hizo señas con su cuchara manchada de leche—. ¿Sabes qué es lo mejor? Los caramelos.
—¿Los caramelos?
—El que tuvo la idea de añadir los caramelos fue un tío muy listo. Hasta lo he incluido en mi contrato con los Stars; en los desplazamientos tiene que haber en el desayuno una caja de cereales Lucky Charms sólo para mí.
—Es fascinante. Y estoy hablando con un hombre que se graduó summa cum laudem, aunque podría jurar que estoy en presencia de un idiota.
—Una de las preguntas que me hago es ésta… los Lucky Charms son estupendos, pero tal vez haya unos cereales mejores, esperando solamente a que alguien los invente. —Tomo otra cucharada—. Eso es lo que haría si tuviera un cerebro tan grande como el tuyo, Profesora. En vez de investigar todo eso del top quark, investigaría para crear los mejores cereales de desayuno del mundo. Aunque sería difícil. Ya han añadido chocolate y ralladuras de chocolate y mantequilla de cacahuete, sin mencionar todos estos caramelitos de colores. Que me dices a esto… ¿alguien ha pensado en añadir M&Ms?, no señora, nadie lo ha pensado. Nadie ha imaginado lo bien que quedarían los M&Ms en los cereales de desayuno.
Ella se empapó de él mientras lo observaba comer. Allí sentado con los pies desnudos y mostrando parte de su pecho a través de su camisa desabotonada, sus músculos eran como acero líquido cada vez que se movía. La espléndida imagen del prototipo de un tonto. Pero ese esplendido tonto era astuto como un zorro.
Ella llenó su tazón y lo llevó al mostrador con una cuchara.
—¿No sería mejor cacahuetes?
Él consideró la idea.
—Eso probablemente sería una moda pasajera. Demasiado simple.
—Sabia decisión. —Ella añadió su leche y se sentó al lado de él.
Él la miró.
—¿Realmente te vas a comer eso?
—Por supuesto. Así es como Dios pensó que se debían comer los cereales.
Él movió su cuchara, y sin invitación, cogió una cucharada de la taza de Hinata que incluyó todo el azúcar moreno que se estaba derritiendo en el centro.
—No está mal.
—¡Has cogido todo el azúcar!
—¿Pero sabes como estaría realmente bueno?
—Déjame pensar… ¿Con M&Ms?
—Eres una chica lista. —Cogió la caja de cereales y vertió unos pocos sobre las gachas—. Eso hará que crujan.
—Caramba. Gracias.
—Me encantan los caramelitos.
—Ya lo has dicho. —Echó a un lado los cereales con caramelos y tomo una cucharada de las gachas—. ¿Sabes que esos cereales son para niños, verdad?
—Supongo que entonces significa que en el fondo soy un niño.
Lo único de él que le hacía pensar que era un niño era su actitud inmadura hacia las mujeres. ¿Qué había estado haciendo hasta las tres de la madrugada? ¿Divirtiéndose con alguna jovencita?
Ella no vio la necesidad de seguir con el suspense.
—¿Dónde estuviste anoche?
—¿Me estuviste espiando?
—No. No podía dormir y te oí llegar tarde, eso es todo.
—Donde estuve no es asunto tuyo.
—Lo es si estabas con otra mujer.
—¿Eso es lo que piensas? —Él le echó una mirada a su cuerpo que sólo se podía interpretar como una señal de guerra psicológica. Ella llevaba puesta una camiseta roja con las ecuaciones de Maxwell impresas, aunque el resultado final desaparecía bajo la cinturilla de sus pantalones, donde ella la había metido. Su mirada permaneció mucho tiempo sobre sus caderas, que ciertamente no eran tan delgadas como las caderas que él acostumbraba a ver en sus mujeres. Bueno, lo cierto era que su mirada no parecía precisamente crítica.
—Se me ha pasado por la mente. —Echó a un lado las gachas y lo estudió—. Lo que quiero saber es cuales son las reglas. No hemos hablado de eso y creo que deberíamos hacerlo. ¿Nosotros somos libres de acostarnos con otras personas mientras estemos casados o no?
Sus cejas subieron rápidamente.
—¿Nosotros? ¿Cómo que nosotros?
Ella mantuvo su expresión totalmente inexpresiva.
—¿Perdón? No te sigo.
Él introdujo sus dedos a través de su pelo. Le había crecido en las últimas semanas y le quedó un mechón de punta.
—Estamos casados —dijo bruscamente—. Y punto.
—¿Y eso quiere decir?
—¡Eso!
—Uhmm.
—Eres una mujer casada, y por añadidura embarazada, por si te habías olvidado.
—Y tú eres un hombre casado. —Hizo una pausa—. En caso de que te hayas olvidado.
—Exactamente.
—¿Eso significa que podemos hacer lo que queramos con otras personas mientras estemos casados o que no podemos?
—¡Significa que no podemos!
Ella ocultó su alivio levantándose del taburete.
—Vale. No se puede hacer, pero se puede ir de juerga todas las noches sin explicaciones ni disculpas. ¿Cierto?
Ella lo miró directamente y se preguntó cómo lo razonaría. No se sorprendió cuando no lo intentó.
—Yo puedo ir de juerga. Tú no.
—Ya veo. —Recogió su tazón de gachas y lo llevó al fregadero. Podía sentir como estaba a la expectativa de que se abalanzara sobre él y lo conocía lo suficiente como para sospechar que le gustaba el desafío de defender una postura que incluso él sabía que era indefendible—. Bueno, supongo que tu punto de vista es lógico.
—¿Lo es?
—Por supuesto. —Contestó con una falsa sonrisa—. ¿De qué otra manera sería posible de que pudiera convencer a todo el mundo de que tengo veintiuno?
La noche del miércoles ella se tomó su tiempo para vestirse para la cita misteriosa con la que había estado de acuerdo, a pesar de sus reservas. Se dio una ducha, se puso polvos en la cara y se perfumó. Luego le dio vergüenza comportarse como si la ocasión fuera tan importante. Pero había tenido un día bastante bueno y era duro estar enojada consigo misma. Su trabajo iba bien y disfrutaba de que Naruto rondara por la casa bastante más esa semana. Ese mismo día, incluso se había justificado para acompañarla en su paseo, diciendo que temía que se ensimismara con alguna maldita fórmula y se perdiera.
No le gustaba admitir cuánto disfrutaba de tenerlo alrededor. Nunca había encontrado a nadie que la hiciera reírse como él lo hacía, mientras su mente divagaba, se afeitó las piernas. Era irónico que la inteligencia que lo hacía tan atractivo fuese también la fuente de su máxima preocupación.
Dejó de lado la posibilidad de un futuro infeliz para su bebé y pensó en el maltratado Ford Escort rojo que le habían entregado hacía unas horas y que había escondido detrás de un viejo cobertizo en la esquina más alejada de la finca. Comprar un coche usado por teléfono podría desafiar la sabiduría convencional, pero estaba satisfecha con su compra. Cierto, el coche no era digno de mirarse con su puerta hundida, la defensa abollada y el mal trabajo de puesta a punto, pero se acomodaba a su presupuesto y además necesitaba un transporte básico para los siguientes meses hasta que regresara a Konoha y al perfecto Saturno que le esperaba en su garaje.
Tampoco tenía intención de mantener el coche escondido, pero sabía que Naruto se pondría furioso y quería disfrutar de su cita antes de darle la noticia de que su encarcelamiento había llegado a su fin.
Sonrió mientras se acababa de arreglar. Había seguido sus instrucciones sobre llevar vaqueros, pero en lugar del top con escote vertiginoso, había escogido una blusa de seda morada y un par de pendientes de aro de bisutería dorada que eran más apropiados para las nenas de Naruto que para una física. No se podía creer que le gustasen tanto.
Se desabotonó el botón superior de la blusa y observó como se abría para mostrar la parte superior del sujetador de encaje negro. Se estudió en el espejo, suspiró y volvió a abrochar el botón. Por ahora, sólo estaba preparada para los pendientes de bisutería.
Naruto salió al vestíbulo cuando ella descendió las escaleras. Llevaba una camiseta de los Stars que remarcaba todos los músculos, y que llevaba metida dentro de unos vaqueros tan ceñidos, gastados y rotos que bien podía estar desnudo.
Su mirada la recorrió como una corriente perezosa en un día caliente de verano. Ella se sonrojó, luego tropezó accidentalmente con el escalón y tuvo que agarrarse a la barandilla.
—¿Algo está mal? —inquirió él inocentemente.
Imbécil. Sabía de sobra lo que estaba mal. Era una autentica fantasía sexual.
—Lo siento. Pensaba en la teoría de Seiberg-Witten. Tiene trampa.
—Ya supongo. —Sus ojos la recorrieron de un modo que la hicieron sentir que el tiempo que había pasado arreglándose no había sido malgastado.
—¿No encontraste un top con un gran escote, eh?
—Los tenía todos para lavar.
Él sonrió y cuando observó el inesperado hoyuelo que apareció en su mejilla, se preguntó ¿Qué estaba haciendo ella con un hombre así? Estaba tan lejos de ella, que podría haber venido de otro sistema solar.
Se dio cuenta que se había olvidado la chaqueta y encendió la luz de las escaleras para ir a por ella.
—¿Ya corres asustada?
—Necesito una chaqueta.
—Ponte esto. —Fue al armario y cogió una sudadera gris de cremallera. Se la puso y cuando él la ajustó alrededor de sus hombros, sus manos permanecieron un largo rato allí. Ella percibió el intoxicante olor a limpio, pino y algo que era inequívocamente Naruto Namikaze, un indicio de peligro intoxicante.
El borde de la sudadera caía sobre sus caderas. Se recorrió con la mirada y deseó ser una de esas mujeres a las que sentaba bien la ropa de hombre, pero ella sospechó que solamente parecía gordita. Sin embargo, él no parecía encontrar nada malo en ella, así que se armó de valor.
Él había dejado el Jeep en la zona de aparcamiento, y, como siempre, le abrió su puerta. Cuando puso en marcha el coche y se dirigió por el camino de acceso hacia la carretera, se dio cuenta de que estaba nerviosa y deseó que él dijera algo para romper la tensión, pero parecía contentarse con conducir.
Atravesaron el pueblo, con todas sus tiendas cerradas por la hora y pasaron por delante del cancán del Junction Cafe. En una de las calles laterales, vio un edificio iluminado con un gran número de coches estacionados a su alrededor. Dedujo que era el Mountaineer.
Llegaron al límite del pueblo y se dirigieron hacia Heartache Mountain. Tal vez la llevaba a la casa de Mito; frenó el Jeep y dobló por un camino de grava sin señalizar. Los focos delanteros iluminaron una estructura desvencijada no mayor que una caseta de peaje de la que partía una pesada cadena que cruzaba la carretera.
—¿Dónde estamos?
—Míralo tú misma. —Apagó el coche y cogió una linterna de debajo de su asiento. Después bajó la ventanilla e iluminó fuera.
Ella agachó la cabeza y vio un letrero luminoso con las bombillas rotas y sin pintura, que formaba las palabras "Orgullo de Kirigakure".
—¿Este es el sitio donde me traes en nuestra primera cita?
—Me dijiste que nunca habías tenido una cita en un autocine cuando eras adolescente. Te estoy resarciendo.
Él sonrió ampliamente ante su expresión atónita, apagó la linterna y salió del coche para abrir la cadena que interrumpía la carretera. Cuando se volvió a subir al coche y lo puso en marcha, el automóvil comenzó a traquetear al pasar sobre los surcos.
—Mi primera cita con un multimillonario —se quejó ella— y me trae aquí.
—No herirás mis sentimientos si me dices que ya has visto la película.
Ella sonrió y se agarró a la manilla de la puerta para no golpearse contra ella. A pesar de sus refunfuños, no estaba exactamente molesta por la idea de estar a solas con él en un autocine abandonado. Sería bueno para el bebé, se dijo a si misma, si Naruto y ella se llegasen a apreciar un poco.
Los focos delanteros del Jeep barrieron la parcela desierta, que parecía como un extraño paisaje de ciencia ficción con sus montículos concéntricos de tierra y las filas de postes metálicos para los altavoces. El coche se sacudió mientras avanzaba a la parte posterior del autocine y ella se sujetó con una mano contra el salpicadero y con la otra instintivamente se cubrió el abdomen.
Él la miró.
—¿Despertando al pequeño?
Era la primera vez que había admitido su embarazo con algo que no fuera hostilidad. Hinata sintió como si lentamente una flor se hubiera abierto dentro de ella y sonrió.
Él se metió en la fila de atrás.
—Él se dormirá en un momento. Bueno, si no está demasiado ocupado solucionando ecuaciones.
—No lo verás tan gracioso cuando ella comience a agrupar sus Cheerios en múltiplos de diez mientras los demás se los comen.
—Joder, eres la mujer más preocupada que he tenido la desgracia de conocer. Actúas como si tener cerebro fuera la mayor tragedia del mundo. El niño estará bien. Mírame, tener cerebro no me molestó en absoluto.
—Eso es porque lo ocultas bajo llave.
—Bueno, pues guarda el tuyo para que podamos disfrutar de la jodida película.
No había nada que añadir a eso, así que ni siguiera lo intentó.
Se movió hasta el centro de la última fila, justo donde la cadena delimitaba el perímetro del recinto y se metió en una de las plazas para que las ruedas delanteras se elevaran por el sucio montículo. Él recogió el altavoz, lo metió en el coche y lo colgó del volante, luego cerró la ventanilla para que no entrara el aire frío de la noche. Ella se abstuvo de mencionar que el altavoz había perdido el cable.
Él apagó los focos y el motor, sumergiéndolos en una oscuridad aliviada únicamente por la luna en cuarto creciente. Ella desvió su atención a la pantalla distante, que estaba dividida en dos por un eje plateado de luz de luna.
—Deberíamos haber venido más temprano para coger mejores asientos.
—La fila de atrás es la mejor.
—¿Por qué?
—Porque no hay niños pequeños mirando por las ventanillas. Me gusta la privacidad cuando me lo monto.
Ella tragó saliva.
—¿Me has traído aquí para montártelo?
—Por supuesto.
—Ah.
—¿Tienes algún problema con ello? —La luna se ocultó tras las nubes, dejándolos a oscuras. Él encendió la luz interior y ella vio como se curvaba la comisura de su boca, haciéndole parecer un hombre satisfecho. Naruto se contorsionó hacia el asiento trasero y alcanzó una bolsa grande de palomitas de maíz.
Su cerebro emitía señales de alerta a la velocidad de la luz, pero no estaba de humor para escucharlo. Había querido que la cortejaran y él estaba haciendo exactamente eso, incluso aunque hubiera elegido una manera peculiar de hacerlo. Y no importaba lo que él dijera, ella no creía que todavía la odiara porque sonreía demasiado cuando estaban juntos.
También era astuto como un zorro, se recordó a sí misma y no había mantenido precisamente en secreto que la deseaba. Como su código moral parecía tender a la fidelidad, al menos durante los meses siguientes, las alternativas eran o seducirla o aguantarse. Quería creer que la seduciría incluso aunque no estuvieran atrapados en esa situación imposible, pero no era capaz de dar ese salto de fe. Tal vez ella fuera capaz de conseguir que él se comprometiera.
—No hay ningún problema mientras entiendas que no llegaré hasta el final en la primera cita.
Él abrió la bolsa y sacó un puñado de palomitas de maíz.
—Te respeto por eso. Desde luego, tal vez deberíamos discutir cuando exactamente sitúas nuestra primera cita. Me parece recordar un cumpleaños sorpresa…
—Naruto…
Él se metió las palomitas de maíz en la boca.
—Hay algo de cerveza y zumo en una nevera en el asiento trasero. Mira si puedes llegar hasta allí y cogerlos.
Ella se dio la vuelta y vio una pequeña nevera portátil sobre el asiento. Se dio la vuelta y se arrodilló, sólo para ser suave, pero firmemente, empujada hacia la parte de atrás. Cuando torpemente gateaba para recuperar el equilibrio sobre el asiento trasero, oyó una risa ahogada que le sonó débilmente diabólica.
—Buena idea, cariño. Ahora mismo me voy para ahí atrás contigo.
Antes de que pudiera reaccionar, él había salido por la puerta del conductor, había abierto la de atrás y se sentaba a su lado.
—Ehhh… —Ella se colocó la blusa—. Los padres debían encerrar a sus hijas cuando te veían llegar.
—No perfeccioné mis mejores movimientos hasta que llegué a la universidad.
—Por qué no te callas y miras la película.
—Pásame antes una de esas cervezas.
Ella se la pasó, tomó un zumo de manzana para sí misma y rechazó las palomitas. Él tomó su cerveza; Ella tomó su zumo. Ambos apoyaron sus cabezas contra el respaldo del asiento en cómodo silencio, con la luz del techo iluminando desde encima de ellos.
Él apoyó su brazo sobre el asiento por detrás de ella.
—Esta película me pone duro.
Su corazón latió en el pecho.
—¿Qué parte? ¿Dónde Maria canta sobre las colinas lo viva que se siente con "El sonido de música"? ¿O cuando canta esa de "Mis cosas favoritas" con los niños?
Una amplia sonrisa se extendió por su cincelada boca.
—Bueno, es Maria. Me hace preguntar que lleva debajo de ese delantal.
La conversación definitivamente se ponía peligrosa. No podía recordar sentirse más en el mar y menos a salvo. Decidió ganar algo de tiempo cambiando de tema.
—¿Qué haces cuando no estás reuniéndote con los empresarios locales?
Al principio creyó que no le contestaría, pero él se encogió de hombros.
—Me entreno en el gimnasio, veo a mis amigos, hago recados. Hoy pasé un par de horas en la consulta de papá. Le gusta verme por allí. —Frunció el ceño.
—¿Pasa algo?
—En realidad no lo sé. Creo que los problemas que tienen mamá y él son más serios de lo que pensé. —La arruga de su frente se hizo más profunda—. Me dijo que ella se ha ido a casa de Mito por un tiempo. Creí que quería decir una noche, pero parece que no es así.
—Ah, el amor.
—No puedo entenderlo. Está bastante alterado. —Vació su cerveza y la miró—. No quiero hablar más de eso, así que será mejor que no hagas más preguntas.
Era él el que había facilitado libremente la información, pero no se lo dijo.
Él tiró su lata vacía hacia la pantalla distante.
—Con toda tu charla, no puedo centrar la mente en la película y María está cantando una de mis canciones favoritas. Joder, pero esa mujer parece que está desnuda.
—¡Maria no canta desnuda El sonido de la Música!
—Lo veo perfectamente y esa mujer está tan desnuda como el día en que nació. Incluso tú puedes verla...
—Cometes un error. El que está desnudo es el Baron Von Trapp. Y ciertamente es un hombre impresionante.
—¿Llamas a eso impresionante? Es insignificante.
—Lo hago.
—Si piensas que eso es impresionante, cuando veas a un hombre de verdad te aseguro que serás una mujer muy feliz.
—Fanfarrón. —¿Se había vuelto completamente loca? Deliberadamente lo molestaba sin cesar.
—Por otro lado, por lo que yo sé, tú podrías tener verrugas en la barriga.
—No tengo verrugas en la barriga.
—Eso dices. —Él tomó el zumo de su mano, y lo lanzó fuera con su lata de cerveza, se incorporó y echó hacia delante el asiento delantero—. Bueno, me lo puedes demostrar ahora.
—¿Demostrarte qué?
—Esto es algo serio. Si tienes verrugas, entonces mi niño puede heredarlas y si es así, necesito tiempo para prepararme.
—Demostrado: eres un lunático.
—Abre solamente un poquito la cremallera de tus pantalones. Lo justo para que pueda echar una mirada
—¡No!
—Vale, de acuerdo. Me fiaré de la percepción.
Ella le apartó las manos cuando las dirigió a su cintura.
—Te dije que me lo montaría contigo, no que dejaría que me hicieras un examen médico.
Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, él sonreía tan ampliamente como si acabara de ganar a la lotería.
—Eso mismo, tú misma dijiste que te lo montarías conmigo. Pues bien, venga, cariño. Muéstrame tus cosas.
—No lo haré.
—Cobarde.
—No voy a caer en esa trampa.
—Te asusta montártelo conmigo. —En un movimiento, él se sacó la voluminosa sudadera y la lanzó encima de la nevera—. Temes no poder controlarlo. Eres una gatita asustada.
—No lo soy.
—Asustada de mostrar lo que tienes. Asustada de no dar la talla ante las miles de mujeres de mi pasado.
—No hay miles de mujeres en tu pasado.
Su amplia sonrisa se parecía tanto a la de un zorro que casi podía ver las plumas de gallina pegadas a su boca.
Su corazón palpitó contra sus costillas. Ella sentía miedo, ansiedad y diversión al mismo tiempo, lo cual dificultaba fruncir el ceño y sonar gruñona.
—Oh, está bien. Supongo que me lo montaré contigo. Pero deja las manos quietas.
—Eso no es justo porque yo dejaré que pongas las tuyas donde quieras.
Una docena de alarmas sonaron en su mente.
—Estoy segura de que no querré.
—Espero en serio que eso no sea cierto. —Él apagó la luz del techo y los dejó rápidamente en una oscuridad tan densa que le pareció como si las estrellas estuvieran apagadas.
Sus ojos gradualmente se acostumbraron lo suficiente a estar a oscuras como para vislumbrar su silueta, aunque no sus rasgos. Él ahuecó su hombro y ella lo sintió acercarse.
—Quizá sólo necesites que te recuerde cuales son los mejores sitios. —Sus labios rozaron su pendiente de bisutería y bajaron hasta un punto sensible—. Este por ejemplo es un lugar perfecto para comenzar el calentamiento.
Ella sintió su respiración y se preguntó cómo sabía él que era tan sensible allí.
—Si vas a hablar todo el rato, podrías por lo menos decir "'sto" un par de veces para que pueda fantasear.
Sus labios tiraron del lóbulo de su oreja, del aro dorado y su codo tropezó con la puerta.
—¿Puedes fantasear sobre alguien mejor que yo?
—Bueno… —Ella luchó por hablar mientras se le ponía la piel de gallina—. Está ese físico que está tan bueno y que solía cazar top quarks en los laboratorios Fermi...
—Dudo que diga 'sto. —Jugueteó con la comisura de su boca—.Se supone que me ibas a mostrar algo. Hasta ahora solo yo estoy haciendo todo el trabajo.
Ella se dejó llevar y se inclinó lo suficiente para que sus labios se encontraran con los de él. El contacto la sobresaltó hasta tal punto que se olvidó por completo de los juegos y cuando su beso se hizo más hondo, se abandonó al placer erótico. Saboreó cerveza y palomitas de maíz, junto con un indicio de pasta de dientes y algo peligroso que la hizo recordar un trueno.
—Eres una mujer imposible… —murmuró.
Ella lo besó otra vez. Él liberó su blusa y sus manos grandes, firmes y posesivas, rozaron la piel de debajo. Arrastró sus pulgares por las pequeñas prominencias de su columna hasta llegar a su sujetador, entonces, murmuró contra su boca abierta—: Vamos a deshacernos de esto, Rosebud.
A ella ni se le ocurrió discutir. Mientras disfrutaba de la dulce invasión de su lengua, él desabotonó su blusa, a pesar de la oscuridad parecía ver exactamente lo que estaba haciendo, luego soltó el gancho delantero de su sujetador. Sus movimientos fueron acompañados por golpes y ruidos sordos mientras tropezaba contra una u otra parte del coche.
Él se inclinó para tomarla en su boca. Sus pezones estaban blandos por el embarazo, y cuándo él comenzó a succionar, ella se retorció y clavó los dedos en su pelo. El dolor exquisito de la tierna succión la dejó queriendo pedirle que se detuviera, y a la vez, rogarle que no lo hiciera.
Sabía que tenía que tocarle y avanzó lentamente hacia su camiseta. El interior del coche se había puesto caliente y húmedo y sintió el suave algodón mojado bajo sus dedos. Su hombro tropezó con la ventana y sintió la condensación filtrarse a través de su blusa.
Él la ayudó para deshacerse de su camiseta, luego centró su atención en los vaqueros de Hinata. Echó los zapatos en el asiento delantero y luego tiró con fuerza de los vaqueros mientras ella exploraba los contornos de su pecho desnudo.
Ella gimió por la sorpresa cuándo él le quitó los vaqueros y su trasero desnudo se puso en contacto con la frialdad de la tapicería. Se sobresaltó y repentinamente todo pareció ocurrir muy rápido. Necesitaba pensar, a pesar de todo, y considerar sus opciones.
—No hice…, no hago...
—Silencio. —Su susurro ronco llenó el interior húmedo y caluroso cuando tomó uno de sus muslos y lo separó del otro. Ella oyó una suave maldición.
—Está demasiado oscuro —masculló—. No te puedo ver.
Ella acarició los contornos de sus músculos pectorales y arrastró su pulgar sobre el punto duro de su tetilla.
—Guíate por los sentidos —murmuró.
Lo hizo. Él se rigió por el sabor y ella pensó que se moriría de este placer que había soñado pero nunca había experimentado.
—No lo hagas —se quedó sin respiración—. No tienes que hacer eso.
Su risa ahogada no fue totalmente estable y ella gimió cuando su cálida respiración cayó sobre ella.
—No te metas en lo que no te importa.
Otra vez él bajó la cabeza y ella sintió como si se desenredara todo su cuerpo. Se golpeó el codo contra la ventana húmeda y caliente cuando se agarró a sus hombros desnudos y húmedos. Él juró y tropezó con el asiento cuando cambió de posición, pero no le importó.
Era demasiado exquisito, demasiado milagroso. Ella se elevó y subió vertiginosamente, pero cuando se sintió a punto de deslizarse por el borde, él se retiró.
—Oh, no, no lo harás. No sin mí.
Ella yacía desnuda y vulnerable ante él. Su respiración era rápida y pesada.
—Dios mío, ésta es una idea estúpida. Deberíamos estar haciendo esto en el dormitorio donde nos pudiéramos ver el uno al otro, pero no aguanto más. Te necesito ahora.
Ella se dirigió al botón de sus pantalones vaqueros y tocó la forma dura y gruesa de él. Su respiración se convirtió en un siseo cuando ella se tomó su tiempo para bajar la cremallera, explorando hasta que la interrumpió con una exclamación ronca.
—No sigas, Rosebud. No puedo aguantar más.
—Cobarde. —Ella dejó caer la boca sobre su pecho y lo lamió.
Él hizo un sonido que fue en parte gemido y en parte risa ahogada. Al mismo tiempo, se reclinó y la elevó para montarla a horcajadas sobre él. Ella había perdido toda su ropa excepto la blusa que colgaba abierta de sus hombros. Él sólo había perdido su camiseta. Aunque ella le había liberado de sus vaqueros, el espacio era demasiado estrecho para que se los sacara completamente. Sin embargo, su pecho estaba desnudo, tan desnudo como su trasero y ella le pellizcó con sus dientes.
Él pronunció una exclamación estrangulada, pero a ella le encantaba su posición de supremacía y no tuvo piedad. Aunque sus pies estaban acuñados torpemente contra la parte de atrás del asiento delantero, no dejó que eso la impidiera besarlo cómo y dónde quería.
Como la oscuridad la había despojado de la vista, sus otros sentidos se volvieron más intensos y sospechaba por sus toques, sabores y caricias profundas e íntimas que lo mismo le sucedía a él.
Un débil hilo de luz de luna quedó atrapado por un riachuelo que descendía por las ventanas húmedas; el sudor de sus cuerpos mojaba las palmas de sus manos. Él ahuecó su trasero desnudo con sus grandes manos y la elevó.
—Ahora, cariño. Ahora.
Ella gimió cuando él la condujo abajo, hacia él, pero su cuerpo lo aceptó sin ninguna duda. Sollozó y presionó su pecho con la boca. Él la acarició con labios, dientes y los ensambló hasta que ella tuvo que echarse para atrás y moverse sobre él antes de volverse loca.
Al mismo tiempo él asió sus caderas, aunque no trató de marcarle ritmo sino que dejó que encontrara el suyo propio. Ella gimió y se inclinó sobre él, frotando las puntas de sus pechos contra el suave vello de su pecho y devolviéndole los besos profundos y hambrientos. Se sintió fuerte y segura mientras dirigía su pasión. La sensación aumentó hasta que la realidad disminuyó gradualmente y ella sintió como si hubiera sido arrojada a un supercolisionador, volando después a la velocidad de la luz a través de un estrecho pasaje subterráneo hacia el lugar donde todo se deshacía.
Y luego gimió cuando todas las moléculas que la formaban se desintegraron: átomos, núcleos, todo se diseminó, se hizo pedazos y, al final, se sintió más completa de lo que nunca había estado.
Él se puso rígido y gritó. Hundió sus dientes en el lado de su cuello, sin lastimarla, pero sujetándola cuando se derramó dentro de sus profundidades. Por un instante se sintió absolutamente desamparada y se dejó caer hacia delante, agradeciéndole que la sujetara.
Sus corazones tronaron conjuntamente, uno contra el otro. Ella revolvió su pelo con los labios.
Finalmente él se movió bajo ella, un movimiento con la mano, otro con la pierna. Sólo gradualmente fue consciente ella de la tensión en sus muslos abiertos y del calambre de su pantorrilla. El aire dentro del coche estaba tan espeso que costaba respirar, pero ella no quería moverse. Esta intimidad era demasiada preciosa para ella.
—¿Qué voy a hacer contigo? —Masculló él contra su pecho.
Podrías probar a amarme.
El repentino pensamiento la sacudió, luego la consternó. ¿Era este el camino destructivo que tomaba su subconsciente? ¿Quería que él se enamorara de ella? ¿Cuándo había perdido el contacto con la realidad? ¿Qué la hacía volcar sus fantasías en que este hombre la podría amar, especialmente cuando nadie más lo había hecho?
—Me llevarás a casa —dijo enérgicamente—. Esto fue muy agradable, pero tengo mucho trabajo que hacer mañana y necesito dormir.
—¿Muy agradable?
Había sido muy impactante, pero ella no podía confesarle que la había llevado a una integración y comprensión absoluta y nueva de las colisiones de las partículas subatómicas a toda velocidad.
Dios mío. ¿Por qué pensaba eso ahora? ¡Todo lo que decían de ella era cierto! Era una autentica sabihonda.
Ella cogió sus ropas. Sus bragas se perdieron en alguna parte en la oscuridad, así que se puso los vaqueros sin ellas, subiéndolos sobre su entrepierna empapada.
Él abrió la puerta de golpe y cuando la luz de techo brilló intermitentemente, ella se cerró la blusa sobre los pechos. Él la miró cuando cerraba la cremallera de sus vaqueros.
—No eres mala, Profesora, para ser alguien que no sabe jugar.
Su frase casual sobre algo que había sido tan importante para ella, casi la hizo llorar. ¡Tonta! ¿Pero qué esperabas? ¿Creía que le iba a declarar amor imperecedero simplemente porque finalmente le había dado algo que él siempre había sabido que llegaría?
Volvieron a casa en silencio. Él entró en la casa con ella y ella sintió su mirada mientras subía las escaleras hacia su habitación.
Ella vaciló, luego lo miró, observándola desde abajo.
—Gracias por una velada preciosa.
Ella había tenido la intención de sonar enérgica, pero sus palabras tuvieron una nota triste. No quería que la noche acabara así. ¿Qué ocurriría si le tendía la mano y lo invitaba a su cama? La idea la pasmó. ¿Era esa la única manera en que lo podía mantener a su lado?
Él se apoyaba contra la puerta principal y parecía aburrido.
—Bueno, fue genial.
No pudo haber encontrado una forma más cristalina de decirle que había acabado con ella. Con un hombre como Naruto Namikaze, se dio cuenta de que el juego era todo y que una vez que acababa, perdía el interés. Desanimada y enojada, se giró y se dirigió a su habitación.
Momentos más tarde, oyó irse el coche.
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