Capítulo 13 Asesina de Cerales
¡Muy agradable! ¡Había dicho que había sido muy agradable! Naruto se sentó en su mesa favorita de un rincón del Mountaineer y ardió a fuego lento. Normalmente no había asientos vacíos a su alrededor, pero esta noche todo el mundo se había percatado de que estaba de pésimo humor y lo habían dejado solo.
No importa cuán fácilmente hubiera ella declarado normal lo que había sucedido entre ellos, sabía que la profesora Rosebud nunca había tenido mejor amante del que había disfrutado esa noche. No había habido nada de esa tontería a la que habían estado jugando antes, la de tener las manos quietas. No, señor. Él había paseado sus manos por todo su cuerpo y ella no había protestado ni una sola vez.
Pero lo que lo tenía de pésimo humor, lo que realmente lo hacía arder a fuego lento, era que acababa de tener una de las mejores experiencias sexuales de su vida, pero nunca había estado más insatisfecho.
Tal vez fuera error suyo por haberse ido. ¿Por qué no la había agarrado allí mismo, en la puerta de la casa, la había llevado al piso de arriba y la había cortejado en su cama, con todas las luces encendidas y ese espejo en el techo? Podía haber hecho mejor su trabajo allí, no hubiera sido tan bonito como lo de esa noche, pero habría visto todo lo que quería ver. Por duplicado.
Se recordó a sí mismo, que esta era la tercera vez que lo habían hecho, pero no estaba más cerca de verla desnuda ahora que la primera noche. Se estaba volviendo una obsesión. Si no hubiera apagado la luz del techo, habría mirado hasta hartarse, pero a pesar de esa boca descarada que ella tenía, sabía que hubiera sido demasiado para ella y no había pensado correctamente. Ahora tenía que pagar las consecuencias.
Él se conocía lo suficientemente bien para saber que la única razón para encontrarse pensando en ella unas mil veces al día era porque todavía sentía como si no hubiera hecho realmente el amor con ella. ¿Cómo podría cuando aún no sabía como era desnuda? Una vez que lo supiera, se terminaría todo. En lugar de crecer día a día, la atracción que sentía por ella acabaría y él haría lo mismo de siempre, vagar hacia campos más fértiles de jovencitas en flor, con caras perfectas y temperamentos dulces, aunque fijaría la edad mínima en veinticuatro, estaba cansándose ya de que todo el mundo se metiera con él.
Sus pensamientos volvieron otra vez a la profesora. Joder, era una mujer singular. Y también punzante como una chincheta. Durante años, él había desarrollado cierta satisfacción por ser siempre más listo que todos los demás, pero el ingenio agudo de Hinata había hecho difícil ser el mejor. Ella se ponía siempre a su par, haciendo que las células de su cerebro trabajaran con frecuencia y rapidez, pasando de un juego a otro sin pararse jamás. Casi podía sentir como se sacudían las telarañas de cada esquina polvorosa de su mente para hacer una valoración precisa de lo que fuera que ella decía.
—¿Volviendo a revivir esas tres intercepciones que tiraste contra los Chiefs el año pasado?
Levantó la cabeza con rapidez y se encontró mirando la cara de sus pesadillas. Hijo de puta.
Los labios de Konohamaru Sarutobi se curvaron en una amplia sonrisa arrogante que le recordó a Naruto que ese chico no tenía que pasarse treinta minutos bajo una ducha caliente cada día para liberarse de las contracturas.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí?
—Oí que esta parte del país era muy bella y decidí echar un vistazo. Alquilé una casa de campo al norte del pueblo. Un bonito lugar.
—¿Y por qué escogiste precisamente Kirigakure?
—Fue algo de lo más extraño. Ya había entrado en el pueblo cuando se me ocurrió que era aquí donde vivías tú. No puedo entender cómo me pude olvidar de eso.
—Ya, no puedo ni imaginármelo.
—Quizá me podrías enseñar los alrededores. — Konohamaru se giró hacia la camarera—. Una Sam Adams para mí y para Dinamita otra copa de lo que sea que esté tomando.
Naruto bebía agua con gas, pero esperaba que Moegi se callase la boca sobre eso.
Konohamaru se sentó sin una invitación y se reclinó en la silla.
—No tuve ocasión de felicitarte por tu boda. Te aseguro que sorprendió a todo el mundo. Tu esposa y tú os habéis debido de partir de risa cuando la tomé por una de las admiradoras aquella noche en el hotel.
—Si, bueno, realmente nos reímos a carcajadas.
—Una doctora en física. No me lo puedo creer. Ella no parecía exactamente tu admiradora estándar esa noche, pero sin duda alguna no parecía tampoco una científica.
—Las apariencias engañan.
Moegi trajo las bebidas y le guiñó a Konohamaru el ojo.
—Le vi jugar contra los 49ers el año pasado, Sr. Sarutobi. Lo hizo realmente bien.
— Konohamaru para ti, Cara de Ángel. Y gracias. El viejo este de aquí me enseñó todo lo que sé.
Naruto se cabreó, pero no se podía poner a darle puñetazos a Konohamaru con Moegi mirando. Le pareció que tardaba una eternidad en terminar de coquetear con el Niño Bonito, pero finalmente los dejó solos.
—¿Por qué no te dejas de rodeos, Sarutobi, y me dices que estás haciendo realmente aquí?
—Ya te lo dije. Estoy de vacaciones. Nada más.
Naruto se tragó su furia, sabiendo que cuanto más lo presionara, más satisfacción obtendría Sarutobi. Además, tenía una idea bastante aproximada de por qué Konohamaru había aparecido en Kirigakure y no le gustaba una pizca. El niño estaba jugando un juego psicológico. No puedes librarte de mí, Namikaze. Ni siquiera durante la temporada baja. Estoy aquí, soy joven y soy tu sombra.
Naruto se dirigió a la cocina a las ocho de la mañana siguiente. No estaba de humor para encontrarse con Deidara a las nueve, pero habían programado una reunión con un representante local para poder discutir sobre el programa antidroga para adolescentes; tampoco esperaba con ilusión el almuerzo que había acordado con su madre para intentar hacerla entrar en razón y no lo podía posponer. Puede que si hubiera dormido el tiempo que debía no le doliesen las articulaciones.
Pero sabía que no podía acusar a la falta de sueño de su humor de perros o de la rigidez de sus articulaciones. Era responsabilidad de esa víbora sexual con la que se había casado. Si ella no tuviera esa compulsión por dejarse la ropa puesta, él habría dormido como un bendito toda la noche.
Cuando entró en la cocina, vio a Hinata sentada ante el mostrador comiendo algún tipo de bizcocho de aspecto nutritivo con miel por encima. Por un momento la hogareña escena hizo que le fuera difícil respirar. ¡Eso no era lo que quería! No quería una casa, ni una esposa, ni tener un niño en camino, especialmente no con Konohamaru Sarutobi viviendo a escasos diez kilómetros. No estaba preparado para eso.
Vio que la profesora estaba tan pulcra como siempre. Su jersey de cuello vuelto en tonos ocres iba perfecto con los pantalones beige que no eran ni muy apretados ni demasiado flojos; se había retirado el pelo de la cara con una diadema estrecha color verde. Como siempre no había perdido el tiempo en ponerse más maquillaje que un poco de barra de labios. No había nada erótico en su apariencia. ¿Por qué le parecía tan deliciosa?
Cogió una caja nueva de cereales de la despensa, luego un tazón y una cuchara. Tomó un cartón de leche de debajo del mostrador con mas fuerza de la necesaria y esperó a que ella se decidiera a echársele encima por la manera en que se había comportado la noche anterior. Sabía que no había sido precisamente un caballero, pero ella había herido su orgullo. Ahora iba tener que pagarlo y lo último que quería oír a las ocho de la mañana era una mujer histérica.
Ella lo miró por encima de las gafas.
—¿Bebes leche semidesnatada?
—¿Pasa algo? —Abrió bruscamente la caja de cereales.
—La leche semidesnatada tiene grasa a pesar de lo que millones de americanos piensan. Por el bien de tus arterias, realmente deberías de cambiar a la leche desnatada.
—Y tú realmente deberías meterte en tus malditos asuntos. —Los cereales cayeron en su tazón—. Cuando quiera tu jodida opin… —se detuvo en mitad de la frase, incapaz de creer lo que veía.
—¿Qué pasa?
—¿Puedes ver esto?
—Madre mía.
Él se quedó mirando incrédulamente un montón de cereales. ¡Faltaban todos los caramelitos! Había cereales escarchados de avena color beige, pero ningún caramelo. Nada de arco iris multicolor, ni tréboles verdes, ni lunas azules, ni herraduras púrpura, nada de espirales amarillas. Ni un triste caramelito solitario.
—Quizá alguien manipuló la caja —sugirió con voz de científica fría.
—¡Nadie pudo haberla manipulado! Estaba más jodidamente cerrada que un tambor cuando la abrí. Debió de salir mal de la fábrica.
Él se levantó de un salto de su taburete y se volvió hacia la despensa por otra caja. Esto era todo lo que necesitaba para que una mañana desastrosa se pusiera peor. Vació la caja de cereales en la basura y abrió la caja nueva y la vertió en el tazón, pero todo lo que vio fueron cereales escarchados de avena. Ningún caramelo.
—¡No me lo puedo creer! ¡Voy a escribir al presidente de General Mills! ¿No tienen controles de calidad?
—Estoy segura que es simplemente algo fortuito.
—Me da lo mismo que sea algo fortuito o no. No debería haber ocurrido. Cuando alguien compra una caja de Lucky Charms, tiene sus expectativas.
—¿Te gustaría que te dé un trozo de bizcocho de salvado de trigo con miel? Y tal vez un vaso de leche desnatada.
—No quiero bizcocho y sin duda alguna no quiero leche desnatada. ¡Quiero mis Lucky Charms! —Él fue a la despensa y cogió las tres cajas restantes—. Tengo la jodida seguridad de que alguna de estas va a tener caramelitos dentro.
Pero ninguna lo tenía. Él abrió las tres cajas y no había un solo caramelo en ninguna.
A esas alturas la profesora ya había terminado su bizcocho y sus ojos plateados eran tan serenos.
—Quizá quieras que te haga gachas. O pan de trigo. Creo que tenemos pan integral.
Estaba furioso. ¿No había nada con lo que pudiera contar esos días? La profesora lo tenía exprimiendo las meninges; Konohamaru Sarutobi se había materializado de la nada; Su madre había dejado a su padre; Y ahora no había caramelitos en cinco cajas de sus cereales favoritos.
—¡No quiero nada!
Ella tomó un sorbo de leche y lo miró con perfecta serenidad.
—Realmente no es saludable iniciar el día sin un buen desayuno.
—Me arriesgaré.
Él quiso bajarla de ese taburete, ponérsela sobre el hombro y llevarla a su dormitorio para terminar lo que había comenzado la noche anterior. En lugar de hacer eso, sacó bruscamente las llaves de su bolsillo y se fue al garaje.
No escribiría al presidente de General Mills, decidió. ¡Iba a demandar a la jodida compañía entera! Desde todos los de la junta directiva a los repartidores de la mercancía. Se iban a cagar, enseñaría a General Mills a no envasar cereales de baja calidad. Abrió con fuerza la puerta de su Jeep y los vio.
Los caramelitos. Centenares de caramelos diminutos cubriendo los asientos. Bolitas rojas, corazones rosas, lunas azules. Estaban esparcidos por todos lados. Sobre el salpicadero, en el asiento delantero y más sobre el trasero.
Un velo rojo cubrió sus ojos. Cerró de golpe la puerta y arremetió contra la cocina. ¡Iba a matarla!
Ella estaba sentada delante del mostrador sorbiendo una taza de té.
—¿Olvidaste algo?
—Si, olvidé algo ¡Olvidé darte una hostia!
Ella lo miró sin parecer ni una pizca intimidada. ¡Maldita sea! No importaba con lo que la amenazara, no importaba lo fuerte que gritara, no le tenía miedo, probablemente porque sabía que no la tocaría. Ahora solo podría desahogarse elevando la voz.
—¡Vas a pagar por esto!
Él agarró una de las cajas de Lucky Charms y la volcó, desparramando los cereales por todas partes. Sacó bruscamente la bolsa transparente de dentro y le dio la vuelta, y por supuesto había en la parte inferior una abertura que había sido cuidadosamente sellada con cinta Scotch.
Él rechinó los dientes.
—¿No crees que esto fue simplemente un poco infantil?
—Lo fue e inmensamente satisfactorio. —Tomó un sorbo de té.
—Si estabas enojada porque me fui anoche, ¿por qué no me lo dijiste?
—Prefiero hacer un drama.
—¡No puedo creer que alguien pueda ser tan malditamente inmadura!
—Pude haber sido bastante más inmadura y vaciar los caramelos en el cajón de tu ropa interior, por ejemplo, pero creo que la venganza debe ser sutil.
—¡Sutil! Arruinaste cinco cajas perfectas de Lucky Charms y de paso me jodiste el día.
—Qué lástima.
—Voy a…, te juro que voy a… —Que lo condenaran si no la llevaba arriba ahora mismo y hacía el amor con ella hasta que implorara su perdón.
—No te metas a conmigo, Narutobi. Serás tú quien salga perjudicado.
En serio. Totalmente en serio, iba a matarla. Sostuvo su mirada.
—Tal vez sería mejor que explicaras que te alteró tanto como para hacer eso. No es como si hubiera pasado algo realmente importante anoche. Tú misma dijiste que había sido… ¿Cómo fue que dijiste?... Ah, si, dijiste que había sido muy agradable. Según yo lo veo algo muy agradable no parece demasiado importante. —La miró fijamente—. Pero tal vez, fue algo más que agradable para ti. Tal vez fue más importante de lo que quieres admitir.
Quizá fue su imaginación o algo tintineó en las profundidades de esos ojos perlas.
—No seas ridículo. Es tu falta de cortesía lo que encontré ofensivo. Con algo de educación por tu parte no te habrías escapado como un adolescente ansioso de contar sus andanzas a los colegas.
—¿Educación? ¿Así es como llamarías a cargarse cinco cajas de Lucky Charms?
—Sí.
Un buen tiro. Él ya iba retrasado a su reunión, pero no podía marcharse hasta que le lanzara un buen tiro.
—Estás en lo más bajo de la escala humana.
—¿Qué?
—Entre el estrangulador de Boston y el hijo de Sam.
—¿No crees que te pasas un poco?
—Para nada. —Negó con la cabeza y la miró con aversión—. Me casé con una maldita asesina de cereales.
DATO:
El HIJO DE SAM: Infame asesino en serie. También conocido como el asesino del calibre 44, David Berkowitz, asesinó a varias mujeres con dicha arma. Le gustaba provocar a la policía mandándole cartas amenazadoras. Fue capturado y actualmente cumple prisión. Ha pedido ser convertido al cristianismo.
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