Capítulo 14 Efecto Mariposa.
Hinata sonreía cuando se dirigía algo más tarde a Heartache Mountain en su maltratado Escort. Se había pasado casi cuatro horas la noche anterior separando los cereales de los caramelitos, pero había valido la pena por ver la expresión de la cara de Naruto. Un día, pronto se daría cuenta de que no iba a poder con ella. Esperaba que con la lección de los cereales le mostrase el camino correcto.
¿Por qué tenía que ser tan sumamente estimulante? De todas las trampas que se podía haber imaginado que tendría este matrimonio, el creciente afecto que sentía por él no había sido una de ellas. A pesar de cómo la irritaba, le encantaba que no lo intimidara su inteligencia como hacía con otros hombres. Se sentía viva cuando estaba con él: su sangre corría, su cerebro estaba en alerta, todo su cuerpo reaccionaba. Hasta ahora sólo se había sentido así cuando estaba enfrascada en su trabajo.
Todo hubiera sido más fácil si lo hubiera podido despachar por ser un deportista egoísta y egocéntrico, pero él estaba lejos de ser así. Bajo esa fachada de niño beligerante se ocultaba, no sólo una mente aguda, sino también un sentido del humor altamente desarrollado. Bueno, en vista del incidente con los Lucky Charms y de que pronto se enteraría de lo del coche, esperaba que él se rindiese pronto a lo inevitable.
Se detuvo delante de la casa de Mito y apagó el motor. El Escort se estremeció durante varios segundos antes de apagarse finalmente. Como había esperado, el coche de Mai no estaba a la vista por ningún sitio, por lo que como suponía estaba comiendo con Naruto, dándole a Hinata la oportunidad de visitar a Mito.
Subió las escaleras y entró sin llamar, tal y como Mito le había ordenado hacer la última vez que había estado allí. Eres de la familia ahora, cariño, no te olvides.
—¿Mito? —Entró en la sala de estar vacía.
Para su súbita desilusión, Mai Namikaze asomó la cabeza por la puerta de la cocina, respondiendo lentamente a la llamada cuando vio que era su nuera.
Hinata percibió la palidez de la tez de Mai bajo el maquillaje y las ojeras oscuras bajo sus ojos. Sencillamente vestida con vaqueros y una vieja camiseta rosa, se parecía poco a la anfitriona bien arreglada y elegante que había presidido tan refinadamente la mesa de la cena cinco días antes. Quiso transmitirle su simpatía, pero se percató de que incluso el más pequeño gesto haría más daño que bien. Además tenía que incrementar los problemas de Mai y comportarse como una bruja.
—No sabía que estabas aquí. Creía que almorzabas con Naruto.
—La reunión que tenía por la mañana se alargó demasiado y tuvo que cancelar el almuerzo. —Mai colocó el paño de secar que tenía en la mano sobre el respaldo de un orejero—. ¿Viniste por alguna razón en particular?
—Venía a visitar a Mito.
—Está echando la siesta.
—Entonces dile que pasé por aquí.
—¿Para qué querías verla?
Hinata comenzó a decir que había estado preocupada por Mito, pero se detuvo justo a tiempo.
—Naruto me pidió que viniera para ver como estaba. —¿Contaban ante Dios las mentiras cuando eran piadosas?
—Ya veo. —Los ojos de Mai se entrecerraron—. Bueno, me alegro de que te obligara a venir, quería hablar contigo. ¿Prefieres una taza de café o de té?
Lo último que necesitaba era una charla privada con la madre de Naruto.
—En serio, no puedo quedarme.
—No tardaremos mucho tiempo. Toma asiento.
—Quizá en otro momento. Tengo algunas cosas importantes que hacer.
—¡Siéntate!
Si Hinata no hubiera estado tan ansiosa por salir, se habría divertido. Aparentemente Naruto no había recibido todas sus habilidades de liderazgo de su padre, pero luego, supuso que cualquier mujer que hubiera criado tres hijos de voluntad fuerte tenía que saber algo sobre ejercer autoridad.
—Bueno, pero sólo unos minutos. —Tomó asiento en la punta del sofá.
Mai se sentó en la mecedora tapizada de Mito.
—Quiero hablar contigo sobre Naruto.
—No me parece bien hablar de él a sus espaldas.
—Soy su madre y tú eres su esposa. Si eso no nos da un derecho para hablar de él, no sé qué lo puede hacer. Después de todo, las dos nos preocupamos por él.
Hinata oyó el débil signo de interrogación al final de esa declaración y entendió que Mai quería que confirmara sus sentimientos por Naruto. Pero se mostró cuidadosamente inexpresiva. Naruto tenía razón. Mai y Minato ya habían pasado bastante pena sin tener que sentirla también por el fracaso de su matrimonio. Era mejor dejarlos celebrar el final de una alianza desastrosa. Tal vez les daría algo que compartir.
La postura de Mai se hizo más rígida y Hinata lo lamentó de corazón por ella. Lamentó el dolor que le causaba ahora, pero sabía que, al final, era mejor así. Sus suegros parecían abocados a la angustia, pero al menos la podría hacer tan efímera como fuera posible.
—En algunas cosas, Naruto es como su padre —dijo Mai—. Los dos tienen un genio explosivo, pero es mucho más fácil herirlos de lo que la gente se piensa. —Una sombra cruzó la cara de Mai.
Tal vez una simple concesión por su parte relajaría a su suegra lo suficiente como para terminara esa conversación.
—Naruto es una persona especial. Lo supe desde el momento que lo vi.
Inmediatamente se dio cuenta de su error porque un poco de esperanza maternal comenzó a arder en los ojos de su suegra y se dio cuenta de que Mai comenzaba a valorar la posibilidad de que la mujer fría y cursi que su hijo mayor había llevado a casa no fuera tan mala como ella pensaba.
Hinata apretó las manos en su regazo. Odiaba causar dolor a esa mujer. Había algo vulnerable en Mai, una tristeza que se ocultaba debajo de ese barniz de sofisticación. No importaba lo mala que tuviera que ser, no podía hacerla albergar falsas esperanzas. Al final eso sería más cruel que cualquier otra cosa.
Se forzó a que sus labios esbozaran una leve sonrisa.
—Si alguna vez alguien duda que es especial, lo único que tiene que hacer es preguntárselo a él. Tiene un ego enorme.
La barbilla de Mai se elevó rápidamente al mismo tiempo que sus dedos agarraron el brazo de la silla.
—No parece gustarte mucho.
—Por supuesto que si, pero sé que no es perfecto. —Hinata sintió como si se asfixiara. Nunca había sido tan deliberadamente cruel en su vida y aunque sabía que tenía que serlo, le sentaba muy mal.
—No entiendo por qué te casaste con él.
Hinata tenía que salir de allí antes de sufrir una crisis nerviosa y se puso de pie.
—Es rico, inteligente y no interfiere en mi trabajo. ¿Quieres saber algo más?
—Sí. —Soltó el brazo de la silla y se levantó—. ¿Por qué demonios se casó él contigo?
Hinata sabía que tenía que enterrar las esperanzas de Mai.
—Es fácil. Soy lista, no interfiero en su trabajo y soy buena en la cama. Mira, Mai, no te agobies con esto. Ni Naruto ni yo invertimos grandes emociones en este matrimonio. Esperamos que resulte, pero si no es así, los dos sobreviviremos. Ahora si me disculpas, necesito volver al trabajo. Dile a Mito que si quiere algo que llame a Naruto.
—Quiero que termine de pintar mi casa.
Hinata giró la cabeza y se quedó consternada al ver a Mito de pie junto a la puerta que llevaba a los dormitorios de atrás. ¿Cuánto tiempo llevaba allí y cuanto había oído? Mito era imprevisible. Obviamente no había informado a Mai de que Hinata estaba embarazada, pero ¿qué le habría dicho? Bajo las arrugas y el maquillaje de sus ojos, la anciana la miraba con algo que sólo podía ser compasión.
—Se lo diré —dijo Hinata.
—Hazlo. —Mito inclinó la cabeza levemente y entró en la cocina.
Hinata se apresuró en llegar al coche con las lágrimas escociendo en sus ojos. ¡Condenado Naruto por hacerla ir a Kirigakure! ¡Condenado por obligarla a casarse y creer que sería tan fácil mantener a sus padres a distancia!
Pero mientras encendía el motor, se dio cuenta de que no era culpa de Naruto. Era solamente suya. Ella tenía la culpa de todo y el ardid que había cometido se había propagado hasta perjudicar a más personas de las que podía haber supuesto.
Se pasó el dorso de la mano por la cara y condujo ciegamente por la senda, con pensamientos del efecto mariposa rondando en su mente. Era un concepto sobre el que los científicos que estudiaban la teoría del caos hablaban siempre, la idea de que algo tan simple como el batir de alas de una mariposa en el aire de Singapur podría causar un efecto ondulatorio que podría llegar a afectar al clima de Denver. El efecto mariposa también se podía aplicar como una pequeña lección de moralidad y se dijo que lo tendría que comentar en la clase de tercer grado; decirles que cualquier buena obra, no importaba lo pequeña que fuera, podría seguir multiplicándose hasta cambiar por entero el mundo para mejor.
Su acción había producido lo mismo, pero al revés. Su acto egoísta estaba provocando dolor a un creciente número de personas inocentes. Y había más a la vista. El daño continuaba propagándose, multiplicándose por el efecto mariposa. Ella había lastimado a Naruto, a sus padres y, pese a todo, su mal juicio iba a lastimar a su bebé.
Estaba demasiada alterada para conducir, así que aparcó el coche en el pueblo y fue a la farmacia. Cuando salía oyó una voz familiar.
—Hola, preciosa. ¿Rezaste por mí?
Ella se giró rápidamente y se encontró de frente ante un par de arrogantes ojos cafes. Sin absolutamente ninguna razón, su decaído espíritu se elevó un poco.
—Hola, Sr. Sarutobi, no esperaba verle por aquí.
—¿Por qué no me llamas Konohamaru? Todavía mejor, llámame cariño, eso disgustará mucho al viejo.
Ella sonrió. Él le recordaba a un joven y dorado ejecutivo: atractivo, excesivamente ansioso, lleno de inquieta energía e ilimitada confianza en sí mismo.
—Deja que adivine. Has venido a Kirigakure para causarle a Naruto tantos problemas como sea posible.
—¿Yo? ¿Por qué haría algo así? Quiero al viejo.
—Si no te pone pronto alguien en tu lugar, no existe justicia en el mundo.
—Mi lugar está en el banquillo y no me gusta ni una pizca.
—Estoy segura de eso.
—Déjame invitarte a almorzar, Hinata. ¿Puedo llamarte Hinata, no? ¿Por qué conduces ese montón de chatarra? Creía que no dejaban que los coches así anduvieran por la carretera. ¿De quién es?
Ella abrió la puerta del Escort y colocó dentro sus paquetes.
—Es mío y no hables así de él o herirás sus sentimientos.
—Ese coche no es tuyo. Dinamita nunca te dejaría conducir una ruina como esa ni en un millón de años. Vamos, almorzaremos en el Mountaineer. Dan la mejor comida de la ciudad.
La agarró por el brazo y ella se encontró acercándose hacia una pequeña casa de madera, de donde colgaba un letrero en el porche, donde indicaba que ese era el bar sobre el que había estado oyendo. Al tiempo que caminaba, él iba hablando.
—¿Sabías que en este condado existe la Ley Seca? No hay bares. El Mountaineer es lo que llaman un club de botella. Incluso me tuve que comprar un carnet de socio para entrar. ¿No crees que sea un poco cínico? Puedes beber en este condado, pero tienes que tener un carnet de socio para hacerlo.
Él la condujo escaleras arriba, atravesaron un porche de madera y una pequeña entrada donde una joven en vaqueros permanecía de pie al lado de un viejo atril sobre el que había lo que creía que era un libro de reservas.
—Hola, cariño. Necesitamos una mesa para dos. En un lugar acogedor. —Mostró su carnet de socio.
La recepcionista sonrió a Konohamaru y los condujo a través de un espacio pequeño, el austero comedor parecía como si originalmente hubiera prestado servicio a los que se alojaban en la casa, pero ahora estaba lleno de media docena de mesas de madera, las cuales estaban todas vacías. Dos escalones bajaban a una zona de ladrillo con una barra de caoba y una gran chimenea con un cesto de revistas viejas al lado. Música country sonaba por los altavoces, pero no era ensordecedora y algunos lugareños estaban sentados en las mesas redondas y la barra disfrutando de sus almuerzos. La recepcionista los condujo hacia una mesa pequeña al lado de la chimenea.
A Hinata nunca le habían gustado los bares, pero tenía que admitir que este era acogedor. Las paredes tenían colgados algunos carteles antiguos de anuncios, noticias amarillentas del periódico y recuerdos de fútbol, incluyendo una camiseta azul y dorada de los Stars con un colorido numero dieciocho en la espalda. Al lado del jersey colgaban un montón de fotografías enmarcadas sacadas de revistas, todas ellas de su marido.
Konohamaru las miró mientras echaba la silla para atrás para que ella pudiera sentarse.
—A pesar de la buena comida, te aseguro que la vista podría echarte a perder el apetito.
—Si no querías ver ese tipo de vista, no haber venido a Kirigakure.
Él bufó al tiempo que ocupaba su lugar.
—Todo el pueblo tiene lavado el cerebro.
—No seas niño, Konohamaru.
—Debería haber sabido que tú estarías de su lado.
Ella se rió de la expresión herida de su cara.
—¡Soy su esposa! ¿Qué esperabas?
—¿Qué? Se supone que eres un genio o algo por el estilo, ¿no es cierto? ¿No puedes ser imparcial?
Se salvó de contestar por la llegada de la camarera, que miró a Konohamaru con ojos rapaces, pero él estaba absorto en el menú y no pareció enterarse.
—Queremos un par de hamburguesas, patatas fritas y cerveza. Y un perrito caliente.
—¿Algo más?
—Dos platos de ensalada de col.
Hinata apenas se podía resistir a poner los ojos en blanco por su despotismo.
—Mi ensalada sin tocino, con queso light y el aliño aparte y un vaso de leche desnatada.
Konohamaru hizo una mueca.
—¿Hablas en serio?
—Es la comida del cerebro.
—Lo que digas.
La camarera se fue. Mientras que esperaban sus comidas, Hinata escuchó un monólogo cuyo tema central era Konohamaru Sarutobi. Ella se mantuvo callada hasta que llegó la comida, luego comenzó a preguntar.
—¿Qué estás haciendo exactamente aquí?
—¿A que te refieres?
—¿Por qué viniste a Kirigakure?
—Es un bonito lugar.
—Hay muchos lugares bonitos. —Lo miró con sus ojos de profesora—. Konohamaru, deja esas patatas fritas y dime exactamente lo que estás haciendo aquí. —Ella se percató de que se sentía protectora hacia Naruto. Algo raro, especialmente considerando lo enfadada que estaba con él.
—Nada. —Se encogió de hombros y dejó las patatas en su paquete—. Vine para divertirme un poco, eso es todo.
—¿Qué quieres de él, aparte de su trabajo?
—¿Por qué querría algo de él?
—No estarías aquí si no fuera así. —Ella frotó el pulgar sobre el vaso de leche—. Tarde o temprano tendrá que retirarse y luego su puesto será tuyo. ¿Por qué no puedes esperar que ocurra?
—¡Porque lo debería tener ahora!
—Aparentemente los entrenadores no están de acuerdo.
—¡Son tontos!
—Parece que estás haciendo un gran esfuerzo por hacerle pasar un mal rato. ¿Cómo es eso? Sólo porque seáis rivales no quiere decir que tengáis que ser enemigos.
Su expresión se puso terca, haciéndole aparentar menos de sus años.
—Porque odio lo bueno que es.
—Si odiara a alguien tanto como tú pareces odiar a Naruto, lo que haría sería mantenerme apartada de él.
—No lo entiendes.
—Explícamelo.
—Yo… él…, es un gilipollas eso es todo.
—¿Y?
—Él es…, por si no lo sabes…. —miró hacia abajo y le dio un golpecito a su plato—. Él es un entrenador bastante decente.
—Ahh.
—¿Qué significa eso?
—Nada. Solo Ahh.
—Lo dijiste como si significara algo.
—¿Eso hice?
—¿Crees seriamente que le querría entrenándome, teniéndole pegado a mi culo todo el tiempo gritándome que mi brazo no vale nada porque no tengo cerebro para acompañarlo? Creéme, eso es lo último que necesito. Soy un quarteback jodidamente bueno sin su ayuda.
Pero uno aún mejor con ayuda de Naruto, supuso Hinata. Así que era por eso por lo que Konohamaru estaba allí. No era solamente que codiciara el trabajo de Naruto; también quería que Naruto lo entrenara. Pero a menos que ella estuviese equivocada, no tenía ni idea de cómo preguntarle y era demasiado orgulloso. Guardó la información.
Por su parte, Konohamaru estaba transparentemente ansioso por cambiar de tema.
—Siento lo de esa noche en el hotel. Creía que eras una conejita; No sabía que salíais juntos.
—Está bien.
—Te aseguro que vuestra relación era un secreto bien guardado.
No por primera vez, se preguntó sobre Rock Lee y los otros jugadores que la habían regalado por su cumpleaños. ¿Qué habían dicho de todo eso? Y más importante, ¿se habían callado la boca?
Decidió indagar un poco.
—Algunas personas sabían que nos veíamos.
—¿Tíos del equipo?
—Unos cuantos.
—Nunca me lo dijeron.
Así es que los amigos de Naruto no habían hablado.
—Te aseguro que no pareces su tipo.
—Tal vez no conozcas a Naruto tan bien como crees.
—Tal vez no quiera hacerlo. —Hundió los dientes en la hamburguesa, dando un mordisco demasiado grande para que fuera de buena educación. Bueno, su entusiasmo era contagioso y se dio cuenta de que tenía hambre.
Mientras comía, la entretuvo con chistes, más de uno subido de tono. El que él fuera el tema central de cada uno de ellos la debería haber asqueado, pero no lo hacía. Tenía la sensación de que su egocentrismo era resultado de una falta de confianza que estaba decidido a ocultar a todo el mundo. Aunque hubiera muchas razones para que no lo hiciera, se encontró con que le gustaba Konohamaru Sarutobi.
Él se terminó la cerveza y sonrió ampliamente.
—¿Tienes interés en engañar a Dinamita? Porque si lo tienes, creo que a ti y a mí nos podría ir bien.
—Eres imposible.
Él sonrió, pero sus ojos estaban serios.
—Sé que parece que no tenemos nada en común y eres un par de años mayor que yo, pero me gusta estar contigo. Entiendes las cosas. Y eres una buena oyente.
—Gracias. —No podía evitarlo—. También me gusta estar contigo.
—Pero probablemente no estarás interesada en una aventura, ¿no? Lo digo porque hace sólo un par de semanas que os casasteis.
—Hay algo más. —Sabía que no debería disfrutar con eso, pero su confianza se había tambaleado la noche anterior y Konohamaru Sarutobi era adorable. Bueno, le llegaba con los pecados que tenía sobre su conciencia sin aumentar su ego a expensas de él—. ¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco.
—Tengo treinta y cuatro. Soy nueve años mayor que tú.
—No me lo puedo creer. Eres casi tan vieja como Dinamita.
—Me temo que sí.
—No me importa. —Sus labios eran una línea terca—. Puede que a Dinamita le preocupe envejecer, pero no significa nada para mí. Lo único es… —Pareció vagamente abochornado—. A pesar de que odio lo bueno que es Dinamita, no me lío con mujeres casadas.
—Estupendo.
—¿Te parece bien?
—Dice mucho de ti.
—Bueno, supongo que sí. —Pareció contento y estiró su mano sobre la mesa para tomar la suya—. Prométeme algo, Hinata. Si Dinamita y tú os separáis, prométeme que me llamarás.
—Oh, Konohamaru, realmente no creo…
—Pero bueno, qué encantador.
Una voz profunda y beligerante la interrumpió y giró la cabeza para ver a Narutobi Namikaze cargando hacia ellos como un volcán a punto de entrar en erupción. Medio esperaba ver chorros de humo saliendo por sus fosas nasales y trató de apartar su mano de la de Konohamaru, pero, naturalmente, él la sostuvo con fuerza. Debería haber sabido que no desperdiciaría tan excelente oportunidad de exasperar a su marido.
—Hola, viejo. La señora y yo estamos simplemente teniendo una pequeña charla. Coge una silla y únete a nosotros.
Naruto lo ignoró y le echó a Hinata una mirada tan explosiva como para crear una nube atómica sobre el oeste de Kirigakure.
—Vamos.
—No terminé el almuerzo. —Señaló su plato a medio comer.
—Oh, ya lo acabaste, mira. —Cogió su plato de ensalada y echó lo que quedaba sobre el plato de Konohamaru.
Sus ojos se abrieron. ¿O muy equivocada estaba o posiblemente estaba presenciando un ataque de celos? Su espíritu se elevó un poco más al tiempo que trataba de decidir como manejar esto. ¿Debería hacer una escena en público o en privado?
Konohamaru tomó la decisión por ella poniéndose bruscamente en pie.
—¡Eres un hijo de puta!
Un puño voló y lo siguiente que supo era que Konohamaru yacía sobre el suelo. Con un siseo de alarma, se levantó de un salto y se arrodilló junto a él.
— Konohamaru, ¿estás bien? —Miró encolerizadamente a su marido—. ¡Eres retrasado mental!
—Está fingiendo. Apenas lo toqué.
Konohamaru dijo una obscenidad y mientras se ponía de pie, ella se recordó que trataba con dos hombres que eran como niños, con mal genio e intensamente viscerales.
—¡Deteneros ahora mismo! —exclamó levantándose—. Esto no puede llegar más lejos.
—¿Quieres terminarlo fuera? —preguntó Naruto con sarcasmo a Konohamaru.
—¡No! Te patearé el culo aquí mismo.
Konohamaru le dio un empujón en el pecho a Naruto. Naruto trastabilló hacia atrás, pero no cayó.
Las manos de Hinata apretaron sus mejillas. Estaban comenzando una pelea de bar y, a menos que se equivocara mucho una de las cosas por las que se peleaban ¡era ella! Rechazó con fuerza el tentador pensamiento, recordándose que aborrecía la violencia y tenía que detenerlos.
—¡Nadie pateará ningún culo! —Usó su voz más severa, la que ocasionalmente utilizaba con los niños de tercer grado más peleones. Pero estos niños prestaron poca atención. En vez de eso, Naruto empujó a Konohamaru contra la barra, después lo arrastró contra la pared. Un poster de Sports Illustrated enmarcado, que mostraba a su marido sacándose el casco, cayó con estrépito.
Hinata supo que no los podría avasallar físicamente, así que probó otro método. Metiéndose detrás de la barra, agarró rápidamente uno de los dispensadores, lo apuntó a los dos luchadores y apretó el gatillo. Era agua o agua con gas, no podía asegurar cual, pero perdió su fuerza por la distancia y cuando los alcanzó no tuvo ningún efecto.
Giró hacia los espectadores, que se había levantado de sus sillas para observar, y les imploró a algunos hombres.
—¿No podéis hacer algo? ¡Detenedlos!
La ignoraron.
Por un momento consideró dejarles luchar hasta el final, pero eran demasiado fuertes y ella no tenía estómago para verlo. Cogió una jarra llena de cerveza de la barra y acercándose a ellos, se la arrojó por encima.
Abrieron la boca, sonando ahogados y enseguida volvieron a luchar el uno con el otro con la mayor naturalidad. Fue un desagradable recordatorio de cuán resistentes eran.
Konohamaru dio un puñetazo en el estómago de Naruto, luego Naruto dio otro en el sólido pecho de Konohamaru. Ninguno de los hombres o jubilados que observaban hicieron ademán de ayudar, así que supo que tenía que actuar sin apoyo de nadie, pero lo único en lo que pensó iba contra sus principios. Bueno, no se le ocurría una idea mejor, así que se sentó en la barra, aspiró profundamente y comenzó a gritar todo lo alto que podía.
El sonido era molesto, incluso para ella, pero continuó. Los espectadores inmediatamente desviaron su atención de la pelea a la enloquecida pelinegra sentada en la barra que gritaba como si la estuvieran degollando. Naruto se distrajo y Konohamaru logró darle en un lado de la cabeza. Luego Konohamaru se descentró y acabó en el suelo.
Ella aspiró otra vez y continuó gritando.
—¡Detente! —espetó Naruto a voz en grito desde la pared.
Ella comenzaba a marearse, pero se obligó a sí misma a soltar otra serie de gritos.
Konohamaru se arrodilló en el suelo, jadeando.
—¿Qué coño le pasa?
—Está histérica. —Naruto se pasó el revés de la mano por la cara para escurrir la cerveza mientras cogía aire y se tambaleó hacia ella con los ojos brillando llenos de significado—. Voy a tener que abofetearla.
—¡Ni te atrevas! —gritó ella agudamente.
—Claro que me atrevo. —El brillo de sus ojos era ahora claramente diabólico.
—¡Tócame y gritaré!
—¡No la toques ! —Gritaron tres personas del público inmediatamente.
Ella se cruzó los brazos sobre el pecho y miró a los espectadores.
—Podíais haber ayudado y esto no hubiera sido necesario.
—Es sólo una pelea de bar —se quejo Konohamaru —, no había ninguna razón para ponerse así.
Naruto tomó su brazo y la bajó de la barra—. Está algo nerviosa.
—No me digas. — Konohamaru se subió el faldón de su camisa para pasárselo por la cara. Un corte en el pómulo sangraba y tenía un ojo hinchado.
Un hombre de mediana edad que llevaba una camisa blanca almidonada y una pajarita negra la miró con curiosidad—. ¿De todas maneras, quien es esta mujer?
Naruto pretendió no oírlo.
— Hyūga —dijo ella, tendiendo la mano para saludarle—. Hinata Hyūga.
—Es mi esposa —masculló Naruto.
—¿Tu esposa? —El hombre pareció débilmente desconcertado cuando tomó su mano.
—La misma —contestó ella.
—Éste es Iruka Umino. El dueño de la ferretería local. —Hinata nunca había oído una presentación hecha de tan mala gana.
Iruka dejó caer la mano de Hinata y miró a Naruto.
—¿Por qué cuando ella finalmente se dignó a venir aquí, estaba con Sarutobi y no contigo?
Naruto apretó la mandíbula.
—Son viejos amigos.
Hinata se dio cuenta de que todos los de la barra la estaban evaluando y ninguno de ellos parecía particularmente amistoso.
—Es agradable que finalmente haya sacado tiempo para venir a conocer a la gente que vive por aquí, Señora Namikaze —dijo Iruka.
Ella oyó varios murmullos de voces hostiles, incluyendo uno de una atractiva camarera y supo que la historia de Naruto de su fría esposa científica que se creía mejor que todos los demás se había propagado.
Naruto atrajo la atención de la multitud diciendo que pusiera la factura de los daños y perjuicios en la nota del almuerzo de Konohamaru. Konohamaru lo miró malhumorado, como un niño castigado.
—Tú diste el primer golpe.
Naruto lo ignoró. En vez de tenerlo en cuenta, agarró a Hinata con una mano todavía húmeda de cerveza y se dirigió a la puerta principal.
—Me alegro de haberlos conocido. —Echó una mirada por encima del hombro hacia la multitud hostil—. Aunque hubiera apreciado un poco más de ayuda.
—¿Te callarás? —gruñó.
Él la condujo por el porche y la hizo bajar las escaleras. Ella vio el Jeep aparcado junto a la acera y recordó que tenía una batalla más que luchar. Estar casada con Naruto Namikaze se estaba volviendo un asunto cada vez más complicado.
—Ya tengo coche.
—Una leche. —Su labio estaba sangrando y comenzaba a hincharse por un lado.
—Lo tengo.
—No lo tienes.
—Está aparcado delante de la farmacia ahora mismo. —Metió la mano en el bolsillo, sacó el pañuelo y tiró de él hacia abajo.
Él no le prestó atención—. ¿Te has comprado un coche?
—Te dije que lo iba a hacer.
Él se inclinó bruscamente. Ella presionó el pañuelo suavemente contra su labio, sólo para que lo apartara.
—Y yo te dije que no lo hicieras.
—Sí, pero soy lo bastante mayor e independiente para no hacerte caso.
—Enséñamelo —dijo a bocajarro como si las palabras fueran explosivos.
Ella recordó los crueles comentarios de Konohamaru acerca de su Escort y sintió un momento de temor.
—¿Por qué no te lo enseño en casa?
—¡Enséñamelo!
Resignada, recorrió la manzana hasta el centro municipal, luego dobló hacia la farmacia. Él caminó silenciosamente a su lado y sus pasos parecieron chispas contra el pavimento.
Desafortunadamente, el aspecto del Escort no había mejorado. Cuando ella se paró al lado de eso, él pareció quedarse estupefacto.
—Dime que no es ese.
—Todo lo que necesitaba era transporte básico. Tengo un Saturno en perfecto estado esperándome en casa.
Él sonó como si se estuviera ahogando con un hueso—. ¿Te ha visto alguien conducirlo?
—Casi nadie.
—¿Quién?
—Sólo Konohamaru.
—¡Joder!
—Realmente, Naruto, necesitas cuidar tu lenguaje, sin mencionar tu presión sanguínea. Un hombre de tu edad… —Se dio cuenta de su error y rápidamente cambió de tema—. Es perfecto para lo que lo necesito.
—Dame las llaves.
—¡No!
—Tú ganas, Profesora. Te compraré un coche. Ahora dame las malditas llaves.
—Ya tengo un coche.
—Un coche de verdad. Un Mercedes, un BMW, el que quieras.
—No quiero ni un Mercedes, ni un BMW.
—Eso es lo que tú te crees.
—Deja de intimidarme.
—Ni siquiera he comenzado.
Comenzaban a atraer a una multitud, lo cual no era sorprendente. ¿Cuándo tenía ocasión la gente de Kirigakure, de ver a su héroe local en el centro del pueblo chorreando cerveza y sangre?
—Dame las llaves —siseó él.
—En tus sueños.
Afortunadamente para ella, la gente hacía imposible que él se las quitara de un tirón como quería. Ella aprovechó para apartarlo de un empujón, abrir la puerta y meterse en el coche.
Él parecía una olla de presión a punto de estallar.
—Te lo advierto, Profesora. Este es el último paseo que das en esa chatarra de coche, así que disfruta de cada minuto.
Esta vez su despotismo no la divirtió. Obviamente los caramelitos no habían funcionado y era hora de tomar medidas más severas. El Sr. Narutobi Namikaze necesitaba saber de una vez por todas que no podía dirigir su matrimonio igual que dirigía un partido de fútbol.
Ella rechinó los dientes.
—Sabes que puedes hacer con tus amenazas, imbécil. Las puedes coger y …
—Hablaremos de esto cuando lleguemos a casa. —Él le dirigió una helada mirada con ojos fríos como el invierno—. ¡Ahora conduce!
Furiosa, arrancó. El coche la ayudó saliendo como un tiro. Apretó la mandíbula y se dirigió a casa.
Se iba a acordar.
[Escribir texto]
