Capítulo 15 Buenas y malas noticias.
Hinata usó el pequeño destornillador que siempre llevaba en el bolso para desactivar las puertas automáticas de la verja. Ahora permanecerían cerradas y le había llevado menos de dos minutos. Cuando llegó a la casa, aparcó el Escort en el camino de acceso, entró y cogió un trozo de cordón que aseguró apretadamente en forma de ocho alrededor de las manillas gemelas de la doble puerta principal. Formó una cuña con varios utensilios de cocina y la usó para asegurar la puerta trasera.
Comprobaba los pernos en la puerta corredera de la sala de estar cuando el interfono comenzó a zumbar. Lo ignoró y se dirigió hacia el garaje, donde utilizó la pequeña escalera de mano que se guardaba allí para desenchufar el portero automático de la puerta del garaje.
El irritante zumbido del interfono llegó a sus oídos cuando volvió a la cocina. Cerró bruscamente todas las cortinas de la primera planta y desconectó el teléfono para no oírlo. Cuando terminó de hacer todo eso, agarró su destornillador, fue al interfono y presionó el botón.
—¿Naruto?
—Si, oye, hay algo mal en la puerta.
—¡Claro que hay algo mal, machote, pero no está en la puerta! —Con un giro de muñeca, aflojó el contacto eléctrico. Luego subió las escaleras, fue directamente al ordenador y se puso a trabajar.
No pasó demasiado tiempo antes de que oyese el traqueteo de las puertas acompañado de martillazos. Cuando fueron tan fuertes que rompían su concentración, rasgó un kleenex y se taponó con dos trozos los oídos.
Bendita quietud.
¡Un Escort! Naruto se subió por encima del borde del tejadillo que cubría el estudio. ¡Primero había saboteado sus Lucky Charms y ahora lo avergonzaba delante de todo el pueblo conduciendo un Escort de diez años! No podía explicar por que esas dos ofensas le parecían peor que el que lograra dejarle fuera de su casa. Puede que porque disfrutaba del desafío de entrar, sin mencionar la anticipación por la pelea que iban a tener cuando lo hubiera conseguido.
Caminó tan rápidamente como pudo sobre el tejadillo porque no quería que la maldita lluvia de primavera lo pillara allí cuando comenzara a caer. Al mirar hacia arriba había visto que nubes oscuras iban cubriendo el cielo, así que suponía que no tardaría en caer una buena.
Llegó al borde superior del tejadillo, donde se encontraba con la esquina del balcón que recorría la fachada principal de la casa y experimentó una súbita desilusión porque no había manera más difícil de hacerlo. Bueno, la barandilla de hierro forjado era demasiado endeble para sostener su peso, por fin, algo que lo hiciera más interesante.
Usando el borde inferior del balcón como barra, se descolgó por un lado y, con las piernas colgando, se abrió camino a lo largo del borde del balcón hasta que vio el pilar de la esquina. Reverberó un trueno y la lluvia comenzó a apedrearle, pegándole la camiseta a la espalda. Se sujetó con las piernas alrededor del pilar, luego, cogiendo con una mano la inestable barandilla, se izó a la resbaladiza superficie y pasó por encima de la barandilla.
El cerrojo de la puerta corredera de su dormitorio fue fácil de forzar y le molestó que Doña Cerebro no hubiera hecho nada para bloquearlo. ¡Probablemente había pensado que era demasiado viejo para llegar hasta allí! El que le dolieran el labio y las costillas y que su hombro malo latiera condenadamente lo irritó y cuando abrió la puerta, su temperamento explotó otra vez. ¡Debería tenerle el suficiente respeto como para por lo menos haber puesto una silla delante del pomo!
Atravesó su dormitorio hacia el oscuro vestíbulo y se movió hacia la luz que salía de la habitación de Hinata. Ella estaba sentada de espaldas a la puerta y además concentrada en la formidable columna de datos incomprensibles de la pantalla de su ordenador. Trozos de kleenex azules salían de ambas orejas, haciéndola parecer la caricatura de un conejo. Pensó en ponerse tras su espalda y darle el susto de su vida arrancando los kleenex de sus oídos. Era exactamente lo que se merecía, pero como estaba embarazada, modificó su plan. No era que él creyese todas las horrendas advertencias de Mito sobre bebés con marcas y cordones umbilicales retorcidos, pero bueno, tampoco iba a arriesgarse.
El olor de cerveza lo envolvía igual que el humo del bar cuando se abría paso escaleras abajo. ¡Estaba mojado, herido y completamente cabreado y todo era culpa de ella. Su corazón latía de anticipación cuando alcanzó el vestíbulo. Echando la cabeza hacia atrás, gritó su nombre estruendosamente.
—¡ Hinata Hyūga Namikaze! ¡Baja aquí inmediatamente!
Hinata levantó la cabeza rápidamente. Su rugido atravesó los tapones de sus oídos. Parecía que había logrado encontrar la manera de entrar. Cuando se arrancó los Kleenex de los oídos y los lanzó a la papelera, se preguntó como lo habría hecho. Alguna bravata asombrosa, sin duda, el genial quarterback no soñaría con humillarse con algo tan obvio como romper una ventana. A pesar de su enfado, sintió cierto orgullo.
Cuando se levantó del escritorio y se quitó las gafas, intentó convencerse que lo mejor sería encerrarse en su habitación. Nunca le habían gustado los conflictos, nunca. Quizá no estaba ansiosa por evitar esa batalla porque estaría con Naruto. Durante toda su vida había sido educada, digna y había procurado no ofender. Pero a Naruto le impacientaba la cortesía, no se impresionaba por la dignidad y era insensible a las ofensas. No tenía que pensar lo que decía o fijarse en sus modales. Simplemente podía ser ella misma. Cuando atravesó la habitación, sentía el latido de su pulso y las células de su cerebro estaban totalmente alerta. Se sintió completa y maravillosamente viva.
Abajo, en el vestíbulo, Naruto la observó acercarse a la parte superior de las escaleras. Sus esbeltas caderas iban de un lado a otro dentro de sus pantalones y su jersey enfatizaba un par de pechos tan poco impresionantes por su tamaño que no entendía que estuviera tan ansioso por poner los ojos en ellos. Su pelo, retirado de su cara con por unos pasadores como si fuera una estudiante de clase alta, se balanceaba de aquí para allá, tan descarado como su boca.
Ella lo miró, pero en vez de asustarse como debería haber hecho, él podría jurar que vio algo de travesura en sus ojos.
—Alguien tiene cara de enfado —dijo ella con voz arrastrada todo arrojo y descaro.
—Tú —puso las manos en las caderas— vas a pagar por esto.
—¿Y que me vas a hacer, machote? ¿Sacudirme?
Y así de golpe, se puso duro. ¡Maldita sea! ¿Cómo podía hacerle esto? ¿Y qué clase de conversación sucia era esa para una respetable profesora de universidad?
Una involuntaria imagen de ese dulce trasero curvándose bajo el golpe de su mano lo asaltó. Apretó la mandíbula, estrechó los ojos y le echó una mirada tan lasciva que se avergonzó de usarla con una pobre mujer, indefensa y embarazada.
—Tal vez que te sacudan el trasero desnudo es exactamente lo que necesitas.
—¿En serio? —En lugar de desfallecer de miedo como cualquier mujer sensata habría hecho, lo miró con una mirada calculadora en su cara—. Podría ser entretenido. Lo pensaré.
Se giró sobre los talones y regresó a su habitación, dejándolo de pie junto a las escaleras. Estaba aturdido. ¿Cómo lograba seguir dándole la vuelta a las cosas de esa manera? ¿Y que significaba eso de lo pensaré?
Recordó el estropeado Escort aparcado en el camino donde debería estar su condenado Jeep y subió las escaleras detrás de ella. ¡Esa pelea no había llegado ni a la mitad!
Hinata lo oyó venir y la avergonzó la emocionada anticipación que el sonido de esas pisadas le provocó. Hasta estas semanas, no se había percatado de lo pesado que era el manto de la dignidad que llevaba sobre sus hombros. Pero con Naruto la dignidad tenía tanto uso como unos calcetines para un perro.
Él cruzó con rapidez la puerta de su dormitorio y apuntó el dedo en su dirección y luego a su propia frente.
—Ahora mismo, nosotros dos vamos a dejar algunas cosas claras. ¡Soy el cabeza de familia y espero respeto! No quiero oír ninguna otra frase provocativa de esa boca. ¿Entiendes lo que digo?
Sus técnicas indudablemente surtían un buen efecto en los hombres, pero trató de sentir un destello de simpatía por esas pobres muchachitas que lo habían acompañado en el pasado. Él debía haber devastado a esas niñitas curvilíneas.
Pero por alguna razón la imagen de él gritando a una indefensa reina de la belleza de veinte años no se formaba en su mente y entendió porqué. Nunca lo haría. Naruto era incapaz de desatar por completo su cólera con alguien que consideraba más débil que él. Saberlo la hizo sentir llena de orgullo.
—Te sangra el labio otra vez —dijo—. Vamos al cuarto de baño y te lo curaré.
—No voy a ningún sitio hasta que acabemos con esto.
—Ya basta, por favor. Siempre he fantaseado sobre curar a un guerrero herido.
Eso lo detuvo. Él era peligroso, su mirada la debería poner de rodillas. Eran noventa y cinco kilos de dinamita a punto de reventar ¿por qué ella no le tenía miedo?
Él metió el pulgar en el bolsillo de sus vaqueros.
—Te dejaré curarme con una condición.
—¿Cuál?
—Después de que lo hayas hecho, te sientas en silencio, y quiero decir con tu boca cerrada, mientras yo te desvisto.
—Vale.
—¿Vale? —Su rugido casi le rompió los tímpanos—. ¿Eso es todo? ¡Señora, no debes entender lo que tengo intención de hacer porque si lo hicieses, no estarías ahí de pie diciéndome vale!
Ella sonrió sólo porque sabía que lo irritaría más.
—Creo que la comunicación es importante para un matrimonio.
—No hablamos de comunicación. Hablamos de mí tocándote de cabo a rabo. —Hizo una pausa y alzó la barbilla—. De mis manos en tu culo desnudo.
—Lo que sea. —Ella le indicó con las manos el camino hacia el cuarto de baño.
Casi sintió lástima por él. Era un hombre intensamente temperamental, maldecido con una conciencia demasiado moral, lo cual le dificultaba totalmente tener una pelea realmente satisfactoria con una mujer. Ella finalmente entendió por que él amaba el fútbol con sus duros golpes y su enorme libro de reglas. Para Naruto, la combinación de rudo contacto físico y justicia sería como juntar las mejores cosas del mundo.
Pero definitivamente era un problema en su relación con las mujeres.
Ella cruzó el cuarto de baño hacia el botiquín y empezó a buscar dentro.
—Espero que haya algo que desinfecte por aquí.
Como él no hizo comentario alguno, ella se giró y tragó saliva cuando vio que se estaba sacando la camiseta por encima de la cabeza. Cuando él se estiró, los músculos de su tórax se hicieron más prominentes y su ombligo formó un óvalo estrecho. Vio los penachos de vello sedoso bajo sus brazos y la cicatriz de su hombro.
—¿Qué haces?
Él echó a un lado la camisa y abrió el botón de sus vaqueros.
—¿Qué piensas que estoy haciendo? Me voy a dar una ducha, ¿o no recuerdas que me echaste una jarra de cerveza sobre la cabeza y luego me dejaste fuera de mi casa en medio de una tormenta salvaje? Y eso que hiciste en la puerta de la verja, debería estar arreglado a primera hora de la mañana o lo lamentarás. —Bajó la cremallera.
Ella se dio media vuelta, haciendo que el movimiento fuera tan casual como era posible. Afortunadamente el cuarto de baño tenía suficientes espejos como para qué inclinando la cabeza tuviera una panorámica completa. Desafortunadamente, era sólo de su espalda. Incluso esa era magnífica. Anchos hombros afilados que se estrechaban hacia las caderas y nalgas apretadas. Tenía una señal roja justo al final de la columna, producto de su pelea con Konohamaru. Ella miró con el ceño fruncido la colección de cicatrices que su decadente guerrero había sufrido.
Abrió la puerta de la redonda cabina de la ducha, que parecía como si perteneciera a la nave Enterprise y entró. Desafortunadamente, el vidrio mateado de la mitad inferior de la ducha le impidió ver más.
—Estás exagerando al decir eso de la tormenta salvaje —gritó ella por encima del sonido del agua—. Sólo empezó a llover.
—Antes de que subiese al balcón.
—¿Es así cómo entraste? —Impresionada, se giró hacia la ducha.
—Sólo porque tú no confiaste lo suficiente en mí como para asegurar también esas puertas.
Ella sonrió ante el tono herido de su voz.
—Lo siento. No lo pensé.
—Obviamente no. —Él inclinó la cabeza bajo el chorro de la ducha—. ¿No quieres unirte a mí?
Ella ansiaba decir que sí, pero su voz seductora le recordó a la tentadora serpiente del paraíso, así que se hizo la sorda. Mientras él se duchaba, ella buscó entre los cajones tratando de localizar alguna pomada antibiótica.
Encontró un tubo de pasta de dientes Crest en el de arriba y un bote de desodorante pulcramente sellado con su tapa. Su peine negro estaba limpio y tenía todos los dientes. En el cajón también había hilo dental, un par de brillantes cortauñas, crema de afeitar y varias cuchillas, un bote grande de Tylenol y un tubo grande de crema para contracturas Ben Gay. Y condones. Una caja entera de ellos. El que usara esos condones con alguien que no fuera ella le dio una sacudida tan definida que incluso le dolió
Dejando a un lado esa imagen, se arrodilló para mirar debajo del lavabo y encontró más tubos de Ben Gay, tres cajas de sales Epsom y un tubo de pomada antibiótica. Cerró el agua y momentos más tarde, oyó como se abría la puerta de la ducha.
—Sarutobi te está utilizando —dijo él—. ¿Lo sabes?
—Eso no es cierto. —Se volvió a tiempo de observar como se envolvía una gruesa toalla negra alrededor de las caderas. Tenía el pecho todavía mojado y el rubio pelo revuelto.
—Te lo aseguro. Te usa para vengarse de mí.
El que él no creyera que Konohamaru la pudiera encontrar lo suficientemente atractiva la ofendió lo bastante como para obligarla a vengarse.
—Puede que sea cierto, pero también hay una sutil química sexual entre Konohamaru y yo.
Él estaba a punto de coger una toalla de manos para secarse el pelo, pero detuvo el brazo a medio camino.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué química sexual?
—Siéntate para que te pueda curar el labio. Sangra otra vez.
Las gotitas de su pelo mojado volaron a todas partes cuando se acercó con violencia.
—¡No me voy a sentar! Quiero saber lo que has querido decir.
—Una mujer mayor, un hombre más joven y muy atractivo. Es algo que pasa desde el principio de los tiempos. Pero no te preocupes. No se lía con mujeres casadas.
Sus ojos se habían entrecerrado cuando hizo la descripción de Konohamaru.
—¿Se supone que eso me debe reconfortar?
—Sólo si la idea de Konohamaru y yo juntos te molesta.
Él cogió la toalla y se frotó vigorosamente el pelo.
—Sabes que sólo se interesa por ti porque llevas puesto mi anillo. Si no fuera así, no te prestaría atención.
Él había encontrado su punto vulnerable, y, de repente, el juego dejó de ser divertido. Sus violentas amenazas sin sentido no la habían molestado, pero el que creyera que era demasiado sabihonda para que otro hombre la encontrara atractiva, la ofendió hasta la médula.
—No, no lo sé. —Y se fue hacia su dormitorio.
—¿Dónde vas? —La llamó—. ¿No ibas a curarme el labio?
—Tienes el antibiótico ahí encima. Échatelo tú.
Él la siguió a su dormitorio, parándose en la puerta.
—¿ Konohamaru …, él significa algo para ti? —Arrojó la toalla al suelo— ¿Cómo demonios puede significar algo para ti? ¡Ni siquiera lo conoces!
—Nuestra conversación ha terminado.
—Pensaba que creías en la comunicación.
Ella no dijo nada, pero miró por la ventana, deseando que se fuera.
Él se acercó a su espalda y oyó una brusca curiosidad en su voz.
—¿Herí tus sentimientos?
Ella inclinó lentamente la cabeza.
—No tenía intención de hacerlo. Es sólo que no quería que te hiriera, eso es todo. Tú no tienes demasiada experiencia con deportistas. Pueden ser, y lo sé de buena tinta, muy duros con las mujeres.
—Lo sé. —Ella se volvió a tiempo de observar como un riachuelo de agua se deslizaba sobre su tetilla oscura—. Creo que he tenido suficiente drama por hoy. Es mejor que te vayas.
Él se acercó más y cuando habló, su voz tenía una sorprendente nota de ternura.
—Aún no hemos llegado a la parte de sacudirte el trasero desnudo.
—Quizá otro día.
—¿Y también dejamos la parte del trasero desnudo?
—No creo que sea una buena idea que dejemos desnuda ninguna parte de nuestro cuerpo por un tiempo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque lo complica todo.
—Anoche no fue complicado. Al menos no antes de que te pusieras esnob.
—¡Yo! —Elevó la cabeza rápidamente—. ¡No he sido esnob en mi vida!
—¿Oh, tu crees? —Su renovado brío debía ser lo que él esperaba porque una tenue luz de batalla brilló de nuevo en sus ojos—. Bueno, lo cierto es que estaba en el autocine contigo y, creéme, fuiste esnob.
—¿Cuándo?
—Lo sabes muy bien.
—No lo sé.
—Esa majadería del muy agradable.
—No sé qué…, ah, eso. —Lo miró entrecerrando los ojos—. ¿Lo que dije te molestó?
—Caramba, no, no me molestó. ¿Crees que no sé lo bueno que soy? Y si tú no te enteraste, bueno, supongo que es problema tuyo y no mío.
Él parecía malhumorado y ella se dio cuenta de que había herido sus sentimientos la noche anterior. Saberlo la afectó. A pesar de su confianza en sí mismo aparentemente ilimitada, tenía inseguridades como todos los demás.
—Fue algo más que agradable —admitió.
—Puedes jurarlo.
—Diría que fue… fue… —Lo miró por el rabillo del ojo—. ¿Qué palabra estoy buscando?
—¿Qué tal si comienzas con algo como maravilloso?
Su espíritu dio una voltereta cuántica.
—¿Maravilloso? Sí, ese es un buen principio. Fue definitivamente maravilloso. Fue también… —Ella esperó.
—Excitante y endemoniadamente erótico.
—Eso, también, y…
—Frustrante.
—¿Frustrante?
—Sí. —Un gesto combativo cuadró su mandíbula—. Quiero verte desnuda.
—¿Quieres? ¿Por qué?
—Porque si.
—¿Es esto una cosa de tíos?
Su salvajismo se desvaneció y una de las comisuras de su boca, la comisura ilesa, se curvó.
—Y tanto.
—Creeme cuándo te digo que no te pierdes nada.
—Yo juzgaré mejor que tú.
—Oh, estoy segura que no. ¿Sabes esas piernas interminablemente largas que tienen las modelos? ¿Esas piernas que suben hasta sus axilas?
—Ajá.
—No las tengo.
—Eso es un hecho.
—Mis piernas no son cortas, pero no son excepcionalmente largas, ¿sabes? Son algo normal. Y en lo que respecta al pecho ¿te consideras un hombre de pechos?
—Es sabido que reciben mi atención.
—Los míos no lo harán. Y mis caderas son harina de otro costal. Son enormes.
—Tus caderas no son enormes.
—Parezco una pera.
—Tú no pareces una pera.
—Gracias por el voto de confianza, pero ya que no me has visto desnuda, no eres un juez competente.
—Podemos encargarnos de eso ahora mismo.
Él estaba de lo más tentador: Los ojos azules destellando, ese inesperado hoyuelo exhibiéndose justo en medio de su mejilla, gracioso, caliente, erótico. Y ella estaba de lo más vulnerable. En un instante de claridad que casi la hizo caer, se dio cuenta de que estaba enamorada de él. Profunda y totalmente enamorada. Amaba su masculinidad, su inteligencia, su complejidad. Amaba su sentido del humor y su lealtad a su familia, así como ese código moral pasado de moda que lo hacía casarse por un niño. Incluso aunque no quisiera tener ese niño.
No tuvo tiempo para pensarlo, ningún lugar donde esconderse para poder reflexionar sobre la enormidad de lo que había ocurrido. Lo vio alzar el brazo y recorrer la curva de su mejilla con su pulgar.
—Me gustas, Rosebud. Me gustas bastante.
—¿Si?
Él inclinó la cabeza.
Ella notó que él había dicho que le gustaba, no que la amara y se tragó el nudo de la garganta.
—Sólo lo dices para desnudarme.
Arruguitas de diversión se hicieron más profundas en las esquinas de sus ojos.
—Es tentador, pero esto es demasiado importante para mentir sobre ello.
—Creía que me odiabas.
—Lo hacía. Pero es difícil mantener un odio bueno y totalmente justificado contigo.
La esperanza creció dentro de ella.
—¿Me has perdonado?
Él vaciló.
—No exactamente. Es algo demasiado grande para perdonarte.
Otra vez, ella sintió una gran oleada de culpabilidad atravesándola rápidamente.
—Sabes que lo siento, ¿no?
—¿De veras?
—Yo…, yo no puedo sentir lo del bebé, pero lamento la manera en que te usé. No pensaba en ti como una persona real, sólo un objeto deshumanizado que me podía dar lo que quería. Si alguien me utilizase de esa manera, nunca se lo perdonaría y si te sirve de consuelo, debes saber que nunca me perdonaré a mí misma.
—Quizá podrías hacer lo que he estado haciendo yo, separar el pecado del pecador.
Ella lo miró fijamente a los ojos, tratando de ver a través de ellos su corazón.
—¿En realidad ya no me odias?
—Ya te he dicho todo lo que me gustas.
—No entiendo por qué.
—Supongo que solamente ocurrió.
—¿Cuándo?
—¿Cuándo decidí que me gustabas? Ese día en casa de Mito cuando averiguaste que soy listo.
—Y tú averiguaste que soy vieja.
—No me lo recuerdes. Todavía no me he recobrado de eso. Tal vez podríamos decir que la DGT se equivocó en tu carnet.
Ella ignoró el indicio de esperanza en sus ojos.
—¿Cómo pudiste decidir que te gustaba ese día? Tuvimos una pelea terrible.
—Así fue. Sólo ocurrió.
Ella consideró lo que él le estaba confesando. Nada podía estar más alejado de una declaración de amor, pero sus palabras provocaban una cierta calidez en sus sentimientos.
—Necesito pensar en ello.
—¿En qué?
—Si voy o no voy a desnudarme.
—Bien.
Esa era otra cosa que le gustaba de él. Con todo su machismo y su efervescente cólera, él sabía distinguir lo importante de lo trivial y parecía entender que no la podía presionar en eso.
—Hay otra cosa más de la que tenemos que hablar.
Ella lo miró con suspicacia, luego suspiró.
—Me gusta mi coche. Tiene personalidad.
—También un montón de psicópatas, pero eso no significa que quiera meter uno en casa. Va a ser de la siguiente manera...
—Naruto, por favor no gastes saliva dándome una de tus conferencias arrogantes porque sólo terminaré por dejarte fuera de casa otra vez. Te pedí que me ayudaras a encontrar un coche, te negaste, así que lo busqué yo. El coche se queda. Y ni siquiera herirá tu reputación. Piénsalo. Cuando la gente me vea en ese coche, lo tomarán como un signo más de lo indigna que debe ser tu esposa.
—Con eso te has anotado un punto. Todo el mundo que me conoce sabe que no dejaría que ninguna mujer, y muchísimo menos la MIA, condujera una chatarra así.
—Ni siquiera haré ningún comentario sobre lo que eso dice de tus valores. —El tenía unos maravillosos valores. Era lo que pensaba de las mujeres lo que necesitaba cambiar.
Él sonrió ampliamente, pero ella se negó a dejarse afectar. Sabía que no ganaría tan fácilmente.
—Quiero tu palabra de honor que no le harás nada a mi coche. Nada de abandonarlo fuera o de mandar una grúa cuando no esté mirando. El coche es mío y se queda. Y sólo para que nos entendamos te diré que, si colocas un solo dedo sobre mi Escort, nunca disfrutarás de otra taza de Lucky Charms en esta casa.
—¿Vas a hacer otro estropicio con los caramelos?
—Nunca me repito. La idea sería veneno de ratas.
—Eres la mujer más sedienta de sangre que he conocido nunca.
—Es una muerte lenta y dolorosa. No te la recomiendo.
Él se rió y se giró hacia el cuarto de baño, dónde cerró la puerta sólo para volver a sacar la cabeza.
—Todas estas argumentaciones han provocado mi apetito. ¿Que te parece que preparemos algo para comer en cuanto me vista?
—De acuerdo.
Mientras la lluvia seguía cayendo afuera, cenaron sopa, ensalada y sándwiches, con una bolsa de patatas fritas. Mientras comían, ella logró sacarle algunos detalles más sobre su trabajo con adolescentes y descubrió que él había dedicado su tiempo a niños con mala situación económica durante años. Colaboraba en la financiación de centros de rehabilitación y ayudaba a reclutar voluntarios para programas escolares, participaba en ligas infantiles y trataba de presionar para que la ley estatal de Amegakure mejorara sus programas sobre drogas y programas de educación sexual.
Él no hizo caso a su comentario de que no todas las celebridades cederían tanto tiempo sin una recompensa obvia para ellos mismos. Era sólo algo que había que hacer, gruñó él.
El reloj del vestíbulo dio la medianoche y gradualmente, su conversación decayó. Los envolvió una torpeza que no había estado allí antes. Ella jugueteó con una corteza de pan. Él cambió de posición en la silla de la cocina. Había estado cómoda durante toda la tarde, pero ahora se sentía torpe y cohibida.
—Es tarde —dijo ella finalmente—. Creo que me iré a la cama. —Recogió su plato cuando se levantó.
Él se levantó también y se lo quitó de la mano.
—Tú cocinaste. Yo fregaré.
Pero no fue hacia el fregadero. En vez de eso, se quedó donde estaba y la contempló con ojos hambrientos. Ella podía oír su pregunta tácita. ¿Esta noche, Rosebud? ¿Estás lista para ir hasta el final y hacer lo qué ambos queremos?
Si la hubiera tratado de coger, se hubiera rendido, pero no hizo eso, y entendió que esa vez tendría que dar ella el primer paso. Sus cejas se elevaron en claro desafío.
Sintió ramalazos de pánico en el pecho. El nuevo conocimiento de que se había enamorado de él significaba mucho. Quería que el sexo entre ellos tuviera importancia.
La racionalidad que la había guiado a lo largo de toda su vida se negaba a funcionar y la confusión la envolvió. Se sintió paralizada y todo lo que pudo hacer fue esbozar una educada sonrisa social.
—He disfrutado esta noche, Naruto. Me centraré en lo de la puerta de la verja mañana a primera hora.
Él no dijo nada; Sólo la observó.
Ella trató de pensar en algún comentario informal para aliviar la tensión, pero no se le ocurrió nada. Seguía allí observándola. Sabía que él se daba cuenta de su desasosiego, pero no parecía compartirlo. ¿Por qué debería compartirlo cuando no sentía lo mismo? A diferencia de ella, él no se había enamorado.
Ella se dio la vuelta y se marchó, rodeada por una sensación de pérdida. Cuando dejó la cocina, su cerebro le dijo que estaba haciendo lo correcto, pero su corazón le dijo que era una cobarde.
Naruto la observó desaparecer por la puerta y la desilusión lo invadió. Ella huía y no sabía por qué. No la había presionado esa noche. Le había dejado espacio, se había asegurado de que la conversación se mantenía en temas seguros. De hecho, lo había pasado tan bien, que casi se había olvidado del sexo. Casi, pero no del todo. La deseaba demasiado para dejar de pensar en eso. Ella había disfrutado de su manera de hacer el amor la última noche, lo sabía, lo que no sabía era por qué les estaba negando a ambos uno de los placeres básicos de la vida.
Llevó los platos de la cena al fregadero y los enjuagó. Su desilusión se convirtió en irritación. ¿Por qué dejaba que lo molestara tanto?
Muy indignado consigo mismo, se dirigió arriba, pero al entrar en su dormitorio tipo burdel sólo hizo que su humor empeorara. El retumbar de un trueno sacudió furiosamente las ventanas y se dio cuenta de que la tormenta se había intensificado. Bueno. Hacía juego con su humor. Se sentó en la cama y se sacó bruscamente un zapato.
—¿Naruto?
Él vio como la puerta del cuarto de baño se abría un poco, pero justo entonces un relámpago enceguecedor sacudió las paredes y la casa fue envuelta por la oscuridad.
Pasaron varios segundos y luego oyó su suave risa nerviosa.
Arrojó al suelo el otro zapato.
—Sólo nos hemos quedado sin luz. ¿Quieres decirme que es lo que te parece tan gracioso?
—No es que sea gracioso. Bueno, es que tengo buenas y malas noticias.
—En ese caso, dame antes las buenas.
—Es que las dos son la misma.
—Me estás liando.
—Bueno. No te enfades, pero…—Su risa ahogada llegó hasta él—. Naruto… estoy desnuda.
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