Capítulo 16 Resentimiento
Un mes más tarde
Naruto introdujo su cabeza en el dormitorio a través de la puerta del cuarto de baño que los conectaba. Un destello brilló en sus ojos.
—Me voy a la ducha. ¿Quieres compartirla?
Ella deslizó la mirada sobre su cuerpo deliciosamente desnudo, tan bellamente delineado bajo la luz de la mañana y tuvo que resistirse al deseo de lamerse los labios.
—Quizá en otro momento.
—No sabes lo que te pierdes.
—Creo que sí.
La nota de tristeza de su voz pareció divertirle.
—Pobre Rosebud. ¿Sabes que te estás castigando a ti misma? —Con una sonrisa arrogante él desapareció en el cuarto de baño.
Ella sacó la lengua a la puerta vacía, apoyó la mejilla sobre su codo doblado y pensó en aquella noche de abril, hacía un mes, cuando había tomado la impulsiva decisión de quitarse la ropa e ir a él. El inesperado apagón cuando estaba a punto de entrar en su dormitorio marcó el inicio de una noche de pasión y placer que nunca olvidaría. Sonrió. En el mes que había pasado desde entonces, Naruto se había hecho muy experto en hacer el amor usando sobre todo el tacto.
Ella también se había vuelto bastante experta, pensó con cierto orgullo. Quizá la apasionada lujuria y la falta de inhibición de Naruto la habían liberado de sus propias inhibiciones. Hacía cualquier cosa…, todo…, excepto desnudarse para él.
Había comenzado como un juego. Sólo hacía el amor con él por la noche con las luces apagadas y siempre se despertaba en algún momento antes del amanecer para regresar a su habitación o meterse silenciosamente en la de él si se habían quedado dormidos en su cama. Él podría haber cambiado las reglas. La podría haber presionado o la podría haber dejado tan jadeante por sus besos a pleno sol que ella cediera, pero nunca lo hizo. Era un jugador y no quería ganar con trampas, sólo por su rendición total.
Su insistencia en hacer el amor en la oscuridad había empezado como una inofensiva broma sexual, pero una semana siguó a otra y cuando se dio cuenta de lo profundamente que se había enamorado de él, algo cambió. Porque comenzó a preocuparse de cómo reaccionaría él cuando finalmente la viera. Ahora, estaba en su cuarto mes de embarazo y aunque tenía una salud de hierro, su cintura había aumentado hasta un punto en que ya no podía cerrarse los pantalones y los días en que llevaba las blusas por dentro eran cosa del pasado. Con su barriga aumentando y sus poco impresionantes pechos, nunca podría competir con todas esas bellezas de su pasado.
Pero había algo más que los defectos de su cuerpo en su indecisión. ¿Qué pasaría si el misterio era el atractivo que lo llevaba a su cama cada noche? El misterio y la tentación de lo desconocido. ¿Y si una vez que su curiosidad estuviera satisfecha, él perdía el interés?
Quería creer que no le importaría, pero sabía cuánto le gustaban a Naruto los desafíos. ¿Disfrutaría tanto de su compañía si ella se plegase a su voluntad? Al parecer era la única mujer de su vida, con excepción de su madre y su abuela, que no lo hacía.
Era un hombre inteligente y decente, con un gran corazón. Pero era también dominante y competitivo. ¿Y si era sólo la novedad de su rebelión lo que hacía que él buscara su compañía, dentro y fuera de la cama?
Ella comprendió que el tiempo de jugar se había acabado. Necesitaba dejar de ser una cobarde, quitarse la ropa, dejar que la viera y encarar la verdad. Si no la quería como era, si la deseaba sólo por el desafío de conquistarla, entonces lo que compartían carecía de valor. Y tenía que hacerlo pronto, decidió. Esta locura no podía continuar más.
Ella salió de la cama y fue a su cuarto de baño. Después de tomarse las vitaminas matutinas y cepillarse los dientes, regresó a su habitación, y, con la mano sobre su barriga hinchada se acercó a la ventana para contemplar la mañana de mayo. La falda de la montaña estaba llena de flores: azaleas, rododendros, diente de león y laurel de la montaña. Su primera primavera en los Apalaches era más bella de lo que nunca hubiera supuesto. Violetas, tréboles y campanillas se extendían por el bosque donde caminaba y las margaritas florecían al lado de la casa como una manta blanca junto con flores de zarzamora. Nunca había contemplado un mayo tan florido e impresionante.
Pero, claro, tampoco había estado nunca enamorada.
Ella sabía lo vulnerable que se había vuelto, pero al ver la mirada de Naruto, llena de risa y ternura, comenzaba a creer que él se estaba enamorando de ella. Dos meses atrás la idea habría sido absurda, pero ahora no le parecía tan imposible.
Para ser personas que no deberían tener nada en común, nunca se quedaban sin temas de los que hablar o cosas que hacer. Mientras ella pasaba las mañanas en el ordenador, Naruto se entrenaba y cuidaba sus compromisos locales, pero pasaban la mayoría de las tardes y muchas veladas juntos.
Naruto había terminado de pintar la casa de Mito mientras ella plantaba el huerto. Habían visitado Asheville varias veces juntos, donde habían cenado en algunos de los mejores restaurantes de la ciudad y habían recorrido las tierras del Biltmore Estate en un bus de turistas. Habían recorrido alguna de las rutas más fáciles en el parque nacional de las Great Smoky Mountain y la había llevado a ver en Connemara la casa de Carl Sandberg, donde le había encantado el paisaje y él había tomado fotos cuando se puso a tocar las cabras que conservaban allí.
Por acuerdo tácito, no entraban juntos en Kirigakure. Cuando Hinata hacía compras, volvía sola. Algunas veces se encontraba con Konohamaru y almorzaban juntos en el Junction Café, donde ella ignoraba las hostiles miradas del resto de clientes. Afortunadamente, aún podía ocultar su embarazo con vestidos sueltos.
Naruto y ella continuaban discutiendo cuando él se ponía arrogante, pero generalmente eran peleas de buena fé y él nunca mostraba el frío odio que había formado parte de él en las primeras semanas. En vez de eso, rugía con todo su corazón y ella se negaba a estropear su placer al no responder. La verdad era que disfrutaba de sus peleas tanto como él.
Oyó que se interrumpía el agua de la ducha. Como no tenía sentido exponerse a tentación adicional, le dio unos minutos para secarse por completo y envolver una toalla alrededor de sus caderas antes de golpear suavemente la puerta del cuarto de baño parcialmente abierta y entrar.
Él estaba de pie ante el lavabo con la toalla negra de baño enroscada tan abajo que la asombraba que no se cayera. Mientras se extendía la crema de afeitar sobre su mandíbula, el observó su camisón de Snoopy rojo cereza.
—¿Cuándo tendrás un poco de misericordia, Profesora y dejarás de tentarme con esos deshabillés eróticos?
—Esta noche me pondré a Winnie the Pooh.
—Demasiado para mi corazón.
Ella sonrió, bajó la tapa del inodoro y tomó asiento. Durante un rato observó como se afeitaba y luego retomó la discusión que mantuvieron el día anterior.
—¿Naruto, me explicas otra vez por qué no dedicas un poco de tiempo a Konohamaru?
—¿Ya estamos con eso otra vez?
—Todavía no entiendo por qué no lo entrenas. Te respeta mucho.
—Odia lo bueno que soy.
—Eso es sólo por que quiere encontrar su lugar en el mundo. Es joven y con talento y tú te interpones en su camino.
Sus músculos se tensaron. A él no le gustaba que ella pasara tiempo con Konohamaru, pero desde que le había aclarado que lo consideraba un amigo y desde que Naruto le había insinuado a Konohamaru que le rompería los dos brazos si la miraba dos veces, habían establecido una frágil tregua.
Elevó la cabeza y se afeitó bajo la barbilla.
—No tiene tanto talento como cree. Tiene un gran brazo, de eso no hay duda. Es rápido y agresivo, pero tiene que aprender a leer las defensas.
—¿Por qué no le enseñas?
—Como ya te dije, no le veo la lógica a entrenar a mi rival y además estoy seguro de que soy la última persona a la que él haría caso.
—Eso no es cierto. ¿Por qué crees que está todavía dando vueltas por Kirigakure?
—Porque se acuesta con Tami Terryman.
Hinata había visto a la curvilínea Tami en la ciudad varias veces y decidió que Naruto se había anotado un punto, pero como no le convenía, lo ignoró.
—Él sería mejor jugador si trabajases con él y dejarías algo importante detrás cuando te retires.
—Que será dentro de mucho tiempo. —Se inclinó hacia delante y se enjuagó la crema de afeitar.
Ella sabía que estaba sobre arenas movedizas y avanzó con suavidad.
—Tienes treinta y seis años, Naruto. No puede tardar mucho.
—Eso sólo sirve para demostrar lo poco que sabes de esto. —Cogió una toalla y se secó la cara—. Estoy en lo mejor de mi juego. No hay ninguna razón para que deba retirarme.
—No hablo de ahora sino de un futuro próximo.
—Me quedan un montón de años.
Ella pensó en el hombro que él se frotaba cuando nadie miraba, en las largas duchas que se daba y supo que se estaba engañando a sí mismo.
—¿Qué vas a hacer cuando te retires? ¿Tienes algo pensado? ¿Vas a entrenar?
Los músculos de su espalda se tensaron muy ligeramente.
—¿Por qué no te dedicas a los top quarks, Profesora, y dejas que yo me preocupe de mi futuro? —Se dirigió a su dormitorio, se quitó la toalla y se dirigió a una cómoda donde abrió un cajón y sacó un par de calzoncillos—. Recuerda, me voy a Texas esta tarde.
Acababa de cambiar de tema.
—A un torneo de golf si mal no recuerdo.
—Una invitación de Asuma Yuhi.
—¿Un amigo tuyo? —Se levantó del inodoro y se apoyó contra el marco de la puerta que daba a su dormitorio.
—Querida, no me digas que no sabes quien es Asuma Yuhi. Es el mejor receptor que alguna vez jugó al fútbol.
—¿Receptor?
—Receptor. Son los jugadores a los que pasan los quarterback. Lo cierto es que el día que se rompió la rodilla y se tuvo que retirar, fue uno de los peores días de la historia del fútbol profesional.
—¿Qué hace ahora?
Él se subió bruscamente un par de pantalones.
—Principalmente poner buena cara. Vive en Telarosa, con su esposa y su hija, que es un bebé. Actúa como si su familia y su fundación fueran todo lo que necesita en la vida.
—Quizá lo son.
—No conoces a Asuma Yuhi. Desde que era niño, vivió para jugar al fútbol.
—Pero parece como si estuviera haciendo algo importante.
—¿La Fundación Yuhi? —Se metió un polo marrón oscuro por la cabeza—. Hace un montón de bien, no me entiendas mal. Solamente este torneo de golf atrae a miles de personas, pero supongo que hay mucha gente que podría hacer algo parecido y sólo él puede atrapar el balón como A.Y. hacía.
En opinión de Hinata, dirigir una Fundación de caridad le parecía bastante más importante que coger un balón de fútbol, pero supo guardar silencio.
—Retirarse puede ser excitante. Piensa en ti mismo, por ejemplo. Tendrás la posibilidad de comenzar una nueva vida mientras aún eres joven.
—Me gusta la vida que tengo.
Antes de que pudiera decir nada más, él acortó la distancia entre ellos y la envolvió en sus brazos, dónde procedió a besarla hasta que ella jadeó. Lo sintió endurecerse bajo sus pantalones, pero era de día y se echó para atrás con obvia renuencia mirándola con ojos ardientes.
—¿No estás lista para darte por vencida?
Sus ojos fueron a su boca y suspiró.
—Aún no.
—Ya sabes que no te voy a facilitar las cosas. Sólo quedaré satisfecho teniéndote desnuda a plena luz del día.
—Lo sé.
—Incluso te podría sacar a pasear.
Ella lo miró sombriamente.
—No me sorprendería.
—Por supuesto no te permitiría hacerlo totalmente desnuda.
—Eres todo corazón.
—Probablemente te dejaría poner unos zapatos de tacón de esos que tienes.
—Eres un hombre entre un millón.
Él comenzó a besarla otra vez. Luego ahuecó sus pechos y ambos comenzaron a respirar tan profundamente que no quería detenerse. Justo esa mañana se había dicho a sí misma que iba a dejar de jugar con él y ahora era la ocasión. Con una mano alcanzó la bastilla de su camisón.
Sonó el teléfono. Ella subió poco a poco su camisón y continuó besando a Naruto, pero la insistencia del teléfono les estropeó las ganas.
Él gimió.
—¿Por qué no salta el contestador?
Ella soltó el camisón.
—Las mujeres de la limpieza estuvieron aquí ayer por la tarde. Lo han debido desconectar por equivocación.
—Apuesto que es papá. Iba a llamarme esta mañana. —La dejó ir de mala gana, descansó su frente sobre la de ella un momento y luego besó la punta de su nariz.
No se lo podía creer. ¡Finalmente había reunido el valor para dejarle ver su redondo cuerpo y el estúpido teléfono tenía que sonar! Dándole privacidad, se dirigió a su cuarto de baño, donde se duchó, luego se vistió. Posteriormente se dirigió a la cocina.
Naruto se metía la cartera en el bolsillo del pantalón.
—Era papá el que llamaba. Mamá y él se encontraran para almorzar hoy en Asheville. Espero que pueda convencerla de que termine con esa locura y vuelva a casa. No puedo creer que sea tan terca.
—Un matrimonio es cosa de dos.
—Y uno de los dos no razona.
Ella había dejado de discutir con él sobre eso. Él estaba convencido de que su madre tenía la culpa de la separación de sus padres porque era la que se había ido y nada de lo que Hinata dijera lo podía persuadir de que la historia podía ser otra.
—¿Sabes qué le dijo mamá a Deidara cuando le ofreció consuelo? Le dijo que se ocupara de sus asuntos.
Ella levantó una ceja.
—Puede que Deidara no sea la mejor persona para darle consejo.
—¡Él es su pastor!
Ella logró no poner los ojos en blanco. En vez de eso, pacientemente apuntó lo obvio.
—Deidara y tú estáis demasiado involucrados personalmente para aconsejar a ninguno de los dos.
—Supongo. —Cuando recogió las llaves del coche del mostrador, frunció el ceño—. Es sólo que no entiendo como pudo suceder algo así.
Observó la cara preocupada de Naruto y deseó que Mai y Minato arreglaran sus diferencias, no sólo por ellos sino por sus hijos. Naruto y Deidara amaban a sus padres y todo esto era doloroso para ellos.
Otra vez se preguntó que habría sucedido entre Mai y Minato Namikaze. Parecía que durante años se habían llevado muy bien. ¿Por qué se habían separado ahora?
Minato Namikaze entró a grandes pasos en el comedor Blue Ridge en el Grove Park Inn, el albergue más famoso de Asheville y centro turístico. Siempre había sido uno de los lugares favoritos de Kushina y le había preguntado si podían quedar allí para almorzar. Quizá una agradable comida suavizaría el corazón de su terca esposa.
La Posada Grove Park se había construido a principios de siglo para servir de lujoso refugio, contra el calor de verano, a los más ricos. Estaba construida con granito sin trabajar de las Sunset Mountain y la compacta estructura se podía consideran fea o espléndida según el punto de vista.
El comedor Blue Ridge, como el resto del hotel, estaba amueblado con el encanto rústico del movimiento Arts and Crafts. Bajó varias escaleras que conducían al comedor inferior y divisó a Kushina sentada en una mesa al lado de las ventanas que daban a las montañas. Bebió su imagen.
Como se negaba a visitarla en Heartache Mountain, tenía o que llamarla por teléfono o mirarla a escondidas cuando sabía que iría al pueblo. Se las ingeniaba para dejarse caer por la iglesia las tardes de los miércoles cuando ella estaba en el comité de la iglesia o estaba atento a cuando su coche estaba aparcado en la parte posterior de la tienda de comestibles.
Por su parte, ella parecía hacer todo lo que podía para evitarlo. Siempre escogía un momento en que sabía que no se encontraría con él para ir por su casa, ya fuera cuando estaba en la consulta o cuando hacía la ronda en el hospital. Se había sorprendido cuando había estado de acuerdo en encontrarse hoy con él.
El placer que sintió al verla lo irritó. El mes pasado no parecía haberla afectado, mientras él, en cambio, se sentía hundido y viejo. Ella llevaba una holgada chaqueta de lanilla de color lavanda que a él siempre le había gustado, combinada con pendientes de plata y una falda y un top de seda. Cuando apartó la silla de enfrente de ella para sentarse, intentó convencerse a sí mismo que las ojeras que veía bajo sus ojos debían ser sombras provocadas por la suave luz del sol que entraba a través de las ventanas.
Lo saludó con la misma inclinación cordial de cabeza que solía reservar para saludar a los desconocidos. ¿Qué había sucedido con la joven encantadora de la montaña que se reía nerviosa e incontroladamente y decoraba la mesa de su comedor con dientes de león?
El camarero se acercó y Minato pidió dos vasos de su vino favorito, sólo para ver que Mei pedía una Pepsi Diet en su lugar. Después de que el camarero se fuera la miró inquisitivamente.
—He engordado tres kilos —explicó.
—Estás con terapia hormonal sustitutoria. Es normal que aumentes de peso.
—No es eso lo que me hace engordar; Es la manera de cocinar de Mito. Si algo no lleva un kilo de mantequilla, entonces según ella, no es comestible.
—Entonces supongo que la mejor manera de deshacerte de esos tres kilos es que vuelvas a casa.
Ella se quedó un momento en silencio antes de hablar.
—Heartache Mountain siempre ha sido mi casa.
Él sintió un soplo de aire helado justo en la nuca.
—Me refiero a tu casa de verdad. Nuestra casa.
En vez de responderle, ella cogió el menú y comenzó a estudiarlo. El camarero llevó sus bebidas y tomó nota. Mientras esperaban la comida, Kushina habló del tiempo y de un concierto al que había acudido la semana anterior. Le recordó que debía revisar el aire acondicionado y le habló de la nueva carretera que se estaba construyendo. Hizo que le doliera el corazón. Esta bella mujer que sólo había hablado de lo que tenía en el corazón ahora no lo hacía nunca.
Ella parecía decidida para evitar todo lo que fuera personal, pero él sabía que ella no podría evitar hablar de sus hijos.
—Menma llamó desde México anoche. Aparentemente ninguno de sus hermanos decidió decirle que te has mudado.
La preocupación surcó su frente.
—¿No le habrás dicho nada? Ya tiene suficiente con lo suyo. No quiero que se preocupe.
—No, no le dije nada.
Su alivio fue visible.
—Estoy tan preocupada por él. Desearía que volviera a casa.
—Quizá algún día.
—También estoy preocupada por Naruto. ¿Qué tal lo ves?
—A mi me parece que está bien.
—Está mejor que bien. Lo vi ayer en la ciudad, y nunca lo he visto más feliz. No lo comprendo, Minato. Siempre ha juzgado bien a la gente y esa mujer le romperá el corazón. ¿Por qué no puede ver como es?
Minato cambió de humor al pensar en su nuera. La había visto en la calle hacía unos días y había pasado por su lado igual que si él no existiera. Se había negado a ir a la iglesia, había rechazado invitaciones de algunas de las mujeres más agradables de la ciudad e incluso había dejado de asistir a una cena en homenaje de Naruto que le habían dado los Jaycees. La única persona con la que parecía pasar algo de tiempo era Konohamaru Sarutobi. Nada de eso era bueno para su hijo.
—No lo comprendo —siguió Kushina —. Como puede parecer tan feliz si está casado con una… una...
—Una mujer despiadada.
—La odio. No lo puedo remediar. Le va a hacer daño y no se lo merece. —Su frente se llenó de arrugas y su voz se puso ronca indicando la profundidad de su disgusto—. Todos estos años hemos esperado que se asentara y se casara con alguien agradable, alguien que le amara, pero por lo que parece, eligió a una mujer que no se preocupa por nada más que sí misma. —Lo miró con preocupación—. Desearía que hubiera algo que pudiéramos hacer.
—Ni siquiera podemos solucionar nuestros problemas, Kushina. ¿Cómo podríamos intentarlo con los de Naruto?
—No es lo mismo. Él… él es… vulnerable.
—¿Y nosotros no?
Por primera vez, lo miró vagamente a la defensiva.
—No he dicho eso.
La amargura atenazó su pecho y la bilis subió por su garganta.
—Ya he tenido bastante de este juego del gato y el ratón al que estás jugando. Te lo advierto, Kushina; No voy a aguantarlo mucho más.
Él se dio cuenta inmediatamente de que se había equivocado. A Kushina nunca le había gustado que la acorralaran y ahora no fue distinto, apretando los dientes con obstinado gesto beligerante, lo miró sin inmutarse.
—Mito me dijo que te dijera que no quiere que llames a su casa.
—Bueno, pues es una lastima.
—Está realmente furiosa contigo.
—Mito ha estado furiosa conmigo desde que tenía ocho años.
—Eso no es cierto. Su salud hace que se enfade con más frecuencia.
—Si dejara de echarle tanta mantequilla a la comida, comenzaría a sentirse mejor. —Él se reclinó en la silla—. ¿Sabes por qué no quiere que hablemos? Porque por ahora esto le viene bien, te tiene a su disposición todo el día, a horario completo, en Heartache Mountain para que la cuides. No te dejará ir fácilmente.
—¿Es eso lo que piensas?
—Es lo que es.
—Estás equivocado. Trata de protegerme.
—¿De mí? Vale, estupendo. —Su voz bajó de tono—. Maldita sea, Kushina, he sido un buen marido para ti. No merezco ser tratado así.
Ella miró hacia abajo, a su plato y luego hacia arriba, a él, con los ojos llenos de dolor.
—¿Siempre se trata de ti, no es eso, Minato? Desde el principio todo se ha referido a ti. Lo que tú mereces. Cómo te sientes. De qué tipo de humor estabas. He vivido mi vida tratando de complacerte y no ha servido para nada.
—Eso es ridículo. Estás sacando las cosas de quicio. Mira, olvida todo lo que dije esa noche. No quería decir eso. Fue sólo que no sé, debí tener una crisis de mediana edad o algo por el estilo. Me gusta como eres. Has sido la mejor esposa que un hombre podría tener. Olvidemos lo ocurrido y que las cosas vuelvan a ser como antes.
—No puedo hacer eso porque tú no lo puedes hacer.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Dentro de ti, hay un nudo de resentimiento que se formó el día que nos casamos y nunca ha desaparecido. No tiene sentido que me quieras recuperar. No creo que yo te guste mucho. Quizá nunca te gusté.
—Eso es absurdo. Estás dramatizándolo todo. Dime solamente que te falta y te lo daré.
—Ahora mismo quiero complacerme a mi misma.
—¡Estupendo! Haz lo que quieras. No te lo voy a impedir pero no tienes que irte para hacerlo.
—Si, tengo que hacerlo.
—¿Tengo yo la culpa de todo? ¡Adelante! Cuéntales a tus hijos lo malo que soy. Y mientras lo haces, seguro que te recuerdan que no soy yo quien está huyendo de un matrimonio de treinta y siete años.
Ella lo miró.
—¿Sabes que creo? Pienso que tú comenzaste a huir de nuestro matrimonio el día que pronunciamos los votos.
—Siempre supe que me echarías el pasado a la cara. Ahora me vas a culpar por los pecados de un niño de dieciocho años.
—No es eso lo que estoy haciendo. Lo que pasa es que estoy cansada de vivir con esa parte de ti que tiene aún dieciocho años; la parte que todavía no ha aceptado que dejó preñada a Kushina Mai Namikaze y tuvo que pagar las consecuencias. El chico que cree que merece algo mejor nunca se fue. —Su voz se volvió suave y vencida—. Estoy cansada de vivir sintiéndome culpable, Minato. Cansada de sentir siempre lo mismo, como si tuviera que demostrar algo una y otra vez.
—¡Entonces deja de hacerlo! Yo no te he hecho vivir de ese modo. Lo has hecho tú sola.
—Y ahora tengo que deshacerlo yo sola.
—No me puedo creer lo egoísta que estás siendo. ¿Quieres el divorcio, Kushina? Porque si quieres divorciarte me lo dices ahora. Yo no vivo en este limbo más tiempo. Dímelo ahora mismo.
Él esperaba que ella se derrumbara. Lo que había sugerido era inconcebible. Pero no se derrumbó y él comenzó a aterrorizarse. ¿Por qué no le decía que dejara de decir locuras, que su situación no era como para pensar en divorciarse? Pero otra vez, había calculado mal.
—Quizá fuera lo mejor.
Él se entumeció.
Su cara reflejó una mirada lejana, casi de ensueño.
—¿Sabes qué desearía? Desearía que pudiéramos comenzar de nuevo. Desearía que pudiéramos encontrarnos sin pasado, como dos desconocidos que se acaban de conocer. Luego, si no nos gusta lo que vemos, daríamos la vuelta y nos iríamos. Y si nos gusta… —Su voz se hizo ronca por la emoción—. El partido estaría nivelado. Habría equilibrio de poder.
—¿Poder? —Interiormente temblaba de miedo—. No sé de qué hablas.
Ella lo miró con algo que parecía piedad y que lo atravesó directamente.
—¿Y realmente no lo sabes, verdad? Durante treinta y siete años has tenido todo el poder de nuestra relación y yo no he tenido nada. Durante treinta y siete años he vivido como si fuera una persona de segunda clase en nuestro matrimonio. Pero ya no puedo vivir así.
Ella hablaba pacientemente, como un adulto explicando algo a un niño y lo enfureció.
—¡Estupendo! —Le falló la habilidad de razonar y actuó guiándose por la pasión cruda—. Divórciate. Espero que se te atragante.
Arrojó al suelo un montón de billetes que no se molestó en contar, empujó su silla, se levantó y salió del comedor sin siquiera mirar atrás. Cuando llegó al vestíbulo, se dio cuenta de que estaba sudando. Ella había puesto su vida del revés desde el día en que la había conocido.
¡Ella quería hablar de poder! Cuando ella tenía quince años, había tenido la virtud de tergiversar toda su vida. Si no la hubiera conocido, todo hubiera sido diferente. No habría vuelto a Kirigakure para ser médico rural, eso con seguridad. Se habría dedicado a la investigación, o tal vez se habría metido en una ONG y habría dado la vuelta al mundo investigando las enfermedades contagiosas como siempre había soñado hacer. Habría tenido un millón de posibilidades ante él si no se hubiese visto forzado a casarse con ella, pero por ella, no había realizado ninguna. Había tenido una esposa y niños que mantener, había vuelto a su ciudad natal con el rabo entre las piernas y había asumido el control de la consulta de su padre.
El resentimiento bulló dentro de él. Él había tenido que cambiar irrevocablemente el curso de su vida cuando era todavía demasiado joven para entender qué ocurría. Ella se lo había hecho, la misma mujer que se había sentado en ese comedor y le había dicho que ella no tenía poder. Había jodido su vida para siempre y ahora lo culpaba a él.
Él se detuvo de golpe mientras le subía de golpe toda la sangre a la cabeza. Jesús. Ella estaba en lo cierto.
Se dejó caer en uno de los sofás adosados a la pared y dejó caer la cabeza en las manos. Los segundos pasaron, convirtiéndose en minutos mientras todas las barreras mentales que él había erigido contra la verdad se volvían transparentes.
Ella había estado en lo cierto cuando le había dicho que siempre había estado resentido, pero su amargura se había convertido en una compañera tan familiar que no la había reconocido por lo que era. Ella tenía razón. Después de todo ese tiempo, aún la culpaba.
La infinidad de maneras en que la había castigado durante años le golpeó en la cara: sermones sutiles y ladinos, ciega obstinación y la negación de sus necesidades. Todos esos pequeños castigos que había infligido contra esa mujer que era parte de su alma.
Presionó los dedos en las órbitas de los ojos y negó con la cabeza. Ella tenía razón en todo.
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