Capítulo 17 Venganza
Las manos de Hinata temblaban mientras se echaba la loción de almendra sobre cada centímetro de su cuerpo de treinta y cuatro años, incluyendo su redondeada barriga. La luz del sol fluía a través de la ventana de su dormitorio y en la otra habitación la maleta de Naruto reposaba sobre la cama, lista para su vuelo al atardecer a Austin. Se había convencido esa mañana y ahora quería hacerlo ya, antes de perder el valor.
Se cepilló el pelo hasta que brilló y luego se quedó mirando su cuerpo desnudo en la pared de espejo de detrás de la bañera de hidromasaje. Trató de imaginarse como la vería Naruto, pero todo lo que podía pensar era como no la vería. No la vería como una jovencita de veinte años.
Con una exclamación de repulsión, se volvió a su dormitorio, agarró rápidamente su bata más bonita, de seda color albaricoque con un dibujo de hojas de laurel intensamente verde en la bastilla y las mangas y metió sus brazos en ella. ¡Era doctora en física, por el amor de Dios! ¡Una mujer con éxito profesional! ¿Desde cuándo medía su autoestima en función del tamaño de su cadera?
¿Y desde cuándo podía respetar a un hombre que la viese sólo como un cuerpo? Si sus medidas no se correspondían con los gustos de Naruto, entonces no pasaría mucho tiempo antes de que lo supiera. No podrían tener una relación duradera si lo único que lo mantenía interesado era el misterio de cómo sería desnuda.
Quería mantener una relación real más de lo que había querido nada. Le dolía demasiado para estar asustada de que todo el afecto que sentía por ella fuera por esa causa. Necesitaba dejar de suponer y saber si existía algo perdurable entre ellos o si ella era solamente otro ligue para que Naruto Namikaze acumulara puntos.
Ella oyó el débil zumbido de apertura de la puerta de la cochera y el corazón se le subió a la garganta. Había llegado a casa. Las dudas la recorrieron como un relámpago. Debería haber escogido un momento más conveniente, un día cuando el no tuviera que atravesar medio país para ir a un torneo de golf. Debería haber esperado a estar más calmada, más segura de si misma. Debería…
Su cobardía la disgustó y resistió el deseo casi irresistible de coger toda la ropa de su armario y ponerse una prenda encima de otra hasta ser del tamaño de un oso polar. Hoy comenzaría a saber si había dado su corazón en vano.
Aspirando profundamente, aseguró el cinturón con un lazo y salió descalza al pasillo.
—¿Hinata?
—Estoy aquí arriba. —Se paró en lo alto de la escalera, con el corazón latiendo apresuradamente y sintiéndose insensata.
Él apareció en el vestíbulo de abajo.
—Adivina a quien… —se interrumpió al mirar hacia arriba y verla de pie al final de la escalera, a la una de la tarde, llevando puesta solamente una suave bata de seda.
Él sonrió y metió los dedos de una mano en el bolsillo de sus vaqueros.
—Te aseguro que sabes dar la bienvenida a casa a un tío.
Ella no podría haber hablado aunque quisiera. Con el corazón retumbando, llevó las manos al cinturón de la bata mientras su corazón murmuró una oración silenciosa. Por favor que me quiera por mi misma y no sólo por que soy un desafío. Por favor que me ame sólo un poco. Sus torpes dedos tiraron del cinturón de la bata y su mirada se enredó con la de él mientras la prenda se abría. Con un encogimiento de hombros, la dejó resbalar por su cuerpo y caer formando un charco a sus pies.
La luz del sol iluminó su cuerpo, revelando todo: Sus pechos pequeños y su vientre redondeado, sus enormes caderas y sus piernas ordinarias.
Naruto pareció deslumbrado. Ella posó una mano ágilmente en el pasamanos y bajó lentamente las escaleras, llevando puesto nada más que un frágil velo de aceite de almendras.
Los labios de Naruto se abrieron. Sus ojos se empañaron.
Cuando llegó al último escalón, sonrió.
Él se relamió los labios como si se le hubieran puesto muy secos y dijo con una voz que era levemente ronca.
—Date la vuelta, Dei.
—Ni hablar.
Hinata elevó la cabeza rápidamente. Con un súbito gritito de espanto, vio al Reverendo Deidara Namikaze de pie en el pasillo, justo detrás de Naruto.
La estudiaba con interés no disimulado.
—Espero no haber aparecido en mal momento.
Con un gemido estrangulado, se dio la vuelta y comenzó a subir rápidamente las escaleras, demasiado consciente de la vista que ofrecía desde atrás. Se agachó para coger la bata y, estrujándola delante de ella, huyó hacia su dormitorio, donde cerró de golpe la puerta y se dejó caer contra ella, más avergonzada de lo que había estado nunca en su vida.
Le dio la impresión de que habían pasado sólo unos segundos cuando oyó unos golpecitos suaves.
—¿Cariño? —La voz de Naruto tenía el tono tentativo de un hombre que sabía que iba contrarreloj para desactivar una bomba.
—No estoy aquí. Vete. —Para su súbita desilusión, las lágrimas escocieron en sus ojos. Ella había pensado en esto durante tanto tiempo, le había dado tanta importancia y ahora había acabado en un desastre.
La puerta se movió contra ella.
—Da un paso adelante, cariño y déjame entrar.
Ella se movió, demasiado deprimida para discutir. Con la bata de seda todavía arrugada delante de ella, presionó la espalda desnuda contra la pared adyacente.
Él entró cautelosamente, como un soldado esperando minas.
—¿Estás bien, cariño?
—¡Como me preguntas eso! Nunca he pasado tanta vergüenza.
—No tienes porqué, cielo. Alegraste el día de Deidara. Caramba, probablemente le alegraste todo el año, igual que a mí.
—¡Tu hermano me vio desnuda! Allí parada en las escaleras, desnuda como el día que nací, como una tonta absoluta.
—En eso estás equivocada. No había nada de tonto en verte desnuda. Por qué no me dejas colgar la bata antes de que la estropees.
Ella la sujetó firme y más apretadamente contra su estómago.
—Estuve ante su vista todo el tiempo y tú no dijiste ni una sola palabra ¿Por qué no me advertiste de que no estábamos solos?
—Me cogiste por sorpresa, cariño. No podía pensar. ¿Y cómo no podría mirar Deidara?. Por supuesto que miró. Estaría preocupado si no hubiese mirado.
—¡Él es pastor!
—Fue un acontecimiento feliz. ¿Estás segura que no quieres que cuelgue la bata?
—Estás haciendo un chiste de esto.
—Te aseguro que no. Sólo un imbécil insensible pensaría que algo así de traumático es gracioso. Te diré lo que voy a hacer. Bajaré la escalera ahora mismo y lo sacudiré antes de que se vaya.
Ella se negó a sonreír. En vez de eso, hizo un mohín. Era algo que siempre había querido hacer, pero hasta ese momento nunca había pensado que valiera para algo. Ahora pareció salirle naturalmente.
—Acabo de pasar la mayor vergüenza de mi vida y tú te lo tomas como si fuera un chiste.
—Soy un cerdo. —La separó unos centímetros de la pared y pasó sus manos por su espalda desnuda—. Si yo fuera tú, me diría que me largara porque no merezco respirar el mismo aire que tú.
—Eso es cierto.
—Querida, me está preocupando mucho esa bonita bata. Aplastándose entre nosotros, se puede estropear. ¿No crees que deberías dármela?
Ella presionó su mejilla contra su pecho, gozando del calor que sentía donde la tocaban sus manos a lo largo de su espalda, aunque no lo suficiente para bajar hasta su trasero.
—Ahora no podré mirarle de frente otra vez. Ya piensa que soy pagana. Esto se lo probará.
—Cierto, pero Deidara ha sentido atracción toda su vida por las mujeres que llevan el pecado en la sangre. Es su único defecto.
—Ha tenido que darse cuenta de que estoy embarazada.
—Se callará la boca si se lo pido.
Ella suspiró, le acarició el trasero.
—¿Voy a tener que hacerlo, no?
Él ahuecó su mejilla y suavemente acarició su mandíbula con su pulgar.
—Estoy seguro de que pasaste ese punto cuando decidiste dar el paso.
—Supongo.
—Pero si no te importa, ya que has esperado tanto, espera un poco más para que pueda abrir más esas cortinas y entre más luz.
Ella suspiró mientras él se acercaba a la ventana.
—No me lo vas a facilitar, ¿verdad?
—No. —Él tiró con fuerza del cordón, inundando la habitación con la luz del sol de primera hora de la tarde.
—¿Qué pasa con Deidara?
—Mi hermano no es tonto. Hace mucho rato que se ha ido.
—Sácate la ropa tú primero.
—De ninguna manera. Tú me has visto docenas de veces desnudo. Es mi turno.
—Si te crees que voy a quedarme desnuda mientras tú te quedas con toda la ropa puesta...
—Eso es exactamente lo que creo. —Se dirigió a la cama, se dejó caer y apiló las almohadas contra el cabecero. Luego se sacó los zapatos y se desperezó, cruzando los brazos detrás de la cabeza como alguien a punto de disfrutar de una buena película.
Era ella la que se debatía entre la diversión y la irritación.
—¿Qué pasa si he cambiado de idea?
—Los dos sabemos que tienes demasiado orgullo para echarte atrás ahora. Dime si quieres que cierre los ojos.
—Como si lo fueras a hacer. —¿Por qué había dejado que las cosas llegaran a tal punto? Para ser un genio, era una completa idiota. Y estaba condenada de todos modos. ¿Por qué no le había sacado la bata de las manos y había puesto fin a todo esto? Pero no. Eso era muy fácil. En vez de eso, yacía allí con un destello de desafío en esos ojos azules y ella supo que probaba su valor. Su irritación aumentó. Esta era su prueba, no la de ella. Él era el que tenía que probar algo y era el momento de darle la oportunidad.
Ella cerró los ojos y dejó caer la bata.
Silencio sepulcral.
Una docena de pensamientos compartieron su atención, todos ellos horribles: odiaba su cuerpo, se había horrorizado al ver sus caderas, su barriga abultada le daba asco.
El último pensamiento encendió su temperamento. ¡Era un gusano! ¡Más bajo que un gusano! ¿Qué tipo de hombre rechazaba el cuerpo de la mujer que llevaba su niño? Era la forma de vida más baja del planeta.
Sus ojos se abrieron repentinamente.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que odiarías mi cuerpo! —Puso las manos sobre sus caderas, se dirigió hacia la cama y lo miró llena de cólera—. Bueno, para tú información, señorito, todas esas bonitas gatitas sexys de tu pasado puede que tuvieran cuerpos perfectos, pero no saben distinguir un lepton de un protón y no pienses que me voy a quedar aquí parada dejando que me juzgues por el tamaño de mis caderas y de mi barriga. —Lo señaló con un dedo—. ¡Esta es la manera en que son las mujeres, estúpido! ¡Este cuerpo fue diseñado por Dios para ser funcional, no para ser visto por algún deportista con desequilibrio hormonal que sólo se siente atraído por mujeres que parecen Barbies!
—Joder. Voy a tener que amordazarte. —Con un movimiento veloz, tiró de ella hacia la cama, la giró dejándola caer debajo de él y cubrió sus labios con los suyos.
Su beso fue profundo y feroz. Comenzó en su boca, luego bajó desde sus pechos, que se hincharon, a las corvas, con varias emocionantes paradas por el camino. Su irritación fue sustituida por necesidad.
Ella no estuvo segura cuando se quitó él las ropas porque rápidamente fue absorbida por los placeres de sentir su cuerpo firme y sólido bajo sus manos y sus labios. Para ser un hombre de acción, siempre había sido un amante pausado y hoy no fue la excepción. Mientras la luz del sol iluminaba sus cuerpos, él satisfizo su curiosidad explorando cada centímetro, girándola en todas direcciones, contra la luz, hacia la luz, hasta que ella le rogó.
—Por favor… No puedo más.
Él acarició con la nariz y los labios su pecho y su respiración ronca se sintió caliente sobre su piel húmeda.
—Vas a tener bastante más antes de que acabemos.
Ella lo castigó por su chiste con un tormento igual que el que ella sufría, usando su boca en él de la manera que sabía que él adoraba, pero esa manera profunda y húmeda también sirvió para inflamar su necesidad y cuando Naruto finalmente alcanzó su límite, ella también había alcanzado el suyo. La cubrió con su cuerpo y la penetró. Ella inmediatamente llegó al clímax.
—Mira lo que has hecho ahora —se quejó ella cuando bajó de las nubes.
Sus ojos eran de un azul tan profundo como el cielo primaveral, su voz insinuaba el tipo más delicioso de amenaza mientras se empujaba más profundamente en ella.
—Pobre cariñito. Supongo que tendré que volver a empezar.
—Ya no me interesa más —mintió.
—Entonces cierra los ojos y piensa en otra cosa hasta que acabe.
Ella se rió y él la besó, y en un decir amén se perdieron el uno en el otro. Ella nunca se había sentido tan libre. Al despojarse de sus ropas, también lo había hecho de sus barreras.
—Te amo —murmuró, mientras la penetraba—. Te amo tanto.
Él besó sus labios como si bebiera sus palabras.
—Cariño… cariño. Tan hermosa…
Sus cuerpos encontraron un ritmo tan viejo como el tiempo y subieron juntos cada barrera que los separaba. Mientras la amaba con su cuerpo, ella tuvo la firme certeza de que él también la amaba con su corazón. No podía ser de otra manera y saberlo la catapultó más arriba. Juntos, descubrieron la creación.
Pasaron las siguientes horas en diversos grados de desnudez. Él le dio permiso para ponerse un par de sandalias azul pálido, pero nada más. Ella le permitió llevar su toalla negra, pero insistió en que la mantuviera alrededor del cuello.
Comieron un almuerzo tardío en la cama, donde experimentaron unos juegos sexuales con jugosos gajos de naranja. Luego, mientras se daban una ducha juntos, ella se arrodilló ante él con el agua cayendo sobre ellos y le amó hasta que ambos perdieron el control.
Fueron insaciables. Ella sintió como si hubiera sido creada sólo para complacer a este hombre y, a su vez, ser complacida sólo por él. Nunca se había sentido tan amada, ni estado tan segura de sus armas de mujer. Se sintió brillante y fuerte, suave y completamente satisfecha y aunque él no había dicho las palabras, sabía en el mismo centro de su ser que la amaba. Tanta emoción no podía provenir sólo de ella.
Él retrasó su salida hasta que apenas tuvo suficiente tiempo de llegar al aeropuerto. Cuando el Jeep volaba por el camino de acceso, ella sonrió y se felicitó.
Todo iba a salir bien.
La mejor banda de country del país estaba en Telarosa, tocando vivamente un baile de pasos, Naruto había rechazado invitaciones para bailar de una admiradora de los Dallas Cowboy y de una pija de Austin. Era bastante buen bailarín, pero esa noche no estaba de humor y no sólo por que había tenido una ronda asquerosa en el torneo de golf de ese día sino por que la depresión se había extendido sobre él como una gruesa y oscura noche montañesa.
En parte, la depresión que lo envolvía furtivamente era observar la alegría que podía mostrar un hombre que había dejado el fútbol. Una bebe recién nacida de pelo negro, que tenía toda la pinta de que sería un bomboncito en el futuro, se acurrucaba en su brazo, ocupando el mismo espacio que habían ocupado los balones de fútbol. Por lo que Naruto podía contar, las únicas veces en que Mirai Yuhi no había estado en brazos de su papá era cuando Asuma manejaba el palo de golf o dejaba que su madre le diera el pecho.
—¿Te mostró Kurenai la ampliación que haremos en la casa? —dijo Asuma—. Con el bebé y todo eso, necesitamos otra habitación. Más, desde que Kurenai fue elegida alcaldesa de Telarosa; necesita un despacho.
—Kurenai me la enseñó, A.Y. —Naruto miró a su alrededor, buscando una vía de escape, pero no la encontró. Se le ocurrió que esos minutos a solas con la esposa de A.Y, Kurenai, habían sido uno de los pocos placeres de ese fin de semana. A la sazón, Asuma había estado embrujando a los reporteros deportivos y con Mirai, así que Naruto no se había visto forzado a mirarle acunar ese bultito y ver su futuro.
Para su sorpresa, a Naruto le había gustado mucho la mamá de Mirai, aunque Kurenai no era el tipo de mujer con la que uno pensaría que una leyenda como Asuma se casaría. Siempre había estado rodeado de gatitas sexys y aunque Kurenai no era fea, estaba muy lejos de esa imagen. Sin embargo era muy simpática. Era afectuosa y genuinamente interesada por la gente. Era del tipo de la profesora, aunque ella no tenía la manía de Hinata de desaparecer en medio de una conversación para considerar cuidadosamente alguna teoría que sólo ella y otra docena de personas en el planeta podían entender.
—Te aseguro que Kurenai y yo nos divertimos diseñando lo que queremos para la ampliación de la casa. —Asuma sonrió ampliamente y empujó hacia atrás su sombrero de vaquero. Naruto decidió que Asuma le podría enseñar a Deidara alguna lección sobre parecer una estrella de cine, aunque A.Y. tenía más carácter en la cara que el reverendo. De todas maneras, era un sinvergüenza bien guapo.
—¿Y te contó lo de la calle de ese pueblo en el este de Texas? Compré los ladrillos. Kurenai supo que se los iban a cargar al echar asfalto, así que fui allí e hice un trato con ellos. Nada me gusta más que ese tipo de ladrillo. Te puedo asegurar que si echas un vistazo detrás de la casa, verás lo que hicimos con ellos.
Asuma siguió hablando del ladrillo antiguo como si fuera la cosa más importante en el mundo, mientras el bebé anidaba dichosamente en su brazo chupándose los puños y haciendo ruiditos a su papá. Naruto sintió como si se asfixiara hasta morir.
Sólo dos horas antes, Naruto había oído sin intención una conversación que el gran receptor mantenía con Yugito Nii, la dueña de los Stars, ¡sobre lactancia! Según parecía, A.Y. no estaba seguro de que Kurenai lo estuviera haciendo bien. Creía que no se lo tomaba lo suficientemente en serio. ¡Asuma, que nunca había tomado nada en serio excepto el fútbol, había actuado como si amamantar un bebé fuera lo más importante del mundo!
Incluso ahora, recordarlo, hacía que Naruto comenzara a sudar. Todo ese tiempo, Naruto había creído que Asuma estaba manteniendo una fachada, fingiendo que todo era maravilloso en su vida, pero ahora sabía que Asuma se lo creía. A él no le parecía que hubiera nada mal. ¡La idea de que el genial receptor del fútbol profesional se hubiera vuelto un hombre que centraba su vida en una esposa y un bebé y ampliar su casa con ladrillo era horrenda! Nunca, ni en un millón de años, hubiera creído que el legendario Asuma se pudiera olvidar de lo que había sido, pero eso era exactamente lo que había ocurrido.
Para su alivio, Kurenai subió y se llevó fuera a Asuma. Sin embargo, antes de que se fueran, Naruto vio la mirada de absoluta satisfacción cuando miró a su esposa y tuvo ganas de darle una patada en el estómago.
Se terminó su cerveza e intentó convencerse a sí mismo que él nunca había mirado así a la profesora, pero la cosa era, que no podía asegurarlo. La profesora le había dado la vuelta a todo últimamente y sabía que tipo de expresión tonta tenía en la cara cuando estaba junto a ella.
Si únicamente no le hubiera dicho que lo amaba, puede que no se sintiera tan aterrorizado. ¿Por qué había tenido que decir esas palabras? Al principio cuando las había dicho, él se había sentido feliz. Había algo satisfactorio en ser amado por una mujer inteligente, dulce y divertida como la profesora. Pero esa locura había desaparecido cuando aterrizó en Telarosa y vio la vida de Asuma después del fútbol.
Asuma podría ser feliz con toda esa majadería permanente, pero Naruto sabía que nunca valdría para él. No había nada esperándolo cuando dejara de lanzar la pelota, ninguna fundación de caridad, ningún trabajo honrado en el que ocuparse, nada que le permitiera caminar con la cabeza tan alta como un hombre debería. Y eso, admitió para sí mismo, era el quid de la cuestión.
¿Cómo podía un hombre considerarse un hombre sin un trabajo honrado? Asuma tenía la Fundación Yuhi, pero Naruto no tenía el talento de A.Y. para mutiplicar el dinero. Lo que el hacía era mantener su dinero en unas cuentas que le daban un interés muy alto. Naruto no tenía una vida digna esperando al otro lado de la línea de gol. Todo lo que había al otro lado de la línea de gol para él no era nada.
También estaba Hinata; ayer por la tarde cuando se despedía de ella, había sabido que ella ya no pensaba en estar con él a corto plazo. Ella estaba pensando en lanzarse de cabeza, toallas de baño con monograma a juego y donde se establecerían cuando fueran mayores. Pero él no estaba listo para eso, ¡y no quería que le dijera que lo amaba! Lo siguiente sería que ella le preguntara el color de la pintura y qué alfombras elegir. Ahora que había dicho las palabras, esperaría que hiciera algo al respecto y no estaba preparado. Todavía no. No cuando el único trabajo digno que sabía hacer era tirar un balón de fútbol. No ahora cuando estaba a punto de comenzar la mejor temporada de su vida.
Mientras Naruto jugaba al golf en Texas, Hinata dio largos paseos por la montaña, soñando despierta sobre el futuro. Consideró en qué lugares podrían vivir y de que manera podría ajustar su vida para ocasionalmente acompañarlo en los desplazamientos. La tarde del domingo, arrancó el feo empapelado de rosas del rincón del desayuno y preparó sopa de fideos y pollo casero.
Cuando se despertó el lunes por la mañana con el sonido de la lluvia, se dio cuenta de que Naruto había regresado la noche anterior, después de que se hubiera quedado dormida y la desilusionó que no se hubiera metido silenciosamente en la cama con ella. En las últimas semanas se había acostumbrado a hacerle compañía mientras se afeitaba, pero la puerta del baño estaba firmemente cerrada y no fue hasta que llegó a la cocina para desayunar cuando finalmente se encontró con él.
—Bienvenido a casa —dijo y esperó que en ese momento la cogiera entre sus brazos, pero él masculló algo ininteligible.
—¿Cómo resultó el torneo de golf? —preguntó.
—Fue una mierda.
Eso explicaba su mal humor.
Él llevó su tazón de cereales al fregadero y lo llenó de agua. Se giró y señaló con el dedo las paredes desnudas del rincón del desayuno, donde ella había quitado el empapelado.
—No me gusta regresar y encontrar mi casa destrozada.
—No te podían gustar esas rosas horribles.
—No importa si me gustaban o no. Deberías haber hablado conmigo antes de tomar tú sola la decisión de redecorar mi casa.
El amante tierno sobre el que había fantaseado el fin de semana había desaparecido y el desasosiego la invadió. Había comenzado a pensar que ese lugar horrible también era su casa, pero obviamente él no lo consideraba de la misma manera. Inspiró profundamente y ocultó el daño que le hacía, luchando por hablar razonablemente.
—No pensaba que te importaría.
—Bueno, pues sí.
—Vale. Podemos escoger un papel nuevo. Me gustará ayudarte a ponerlo.
Una mirada de absoluto horror cruzó por sus ojos.
—¡No escogeré un papel nuevo para la pared, Profesora! ¡Jamás! Y tú tampoco, así que déjalo como está. —Él agarró rápidamente las llaves del coche del mostrador.
—¿Quieres dejar la pared así?
—Puedes apostar que sí.
Ella debatió entre mandarlo al infierno o pasar de él. A pesar de su dolor, decidió hacer lo segundo. Siempre lo podía mandar al infierno después.
—Hice sopa de fideos casera. ¿Volverás a tiempo de cenar?
—No lo sé. Me verás cuándo me veas. No trates de controlarme, Profesora. No lo conseguirás. —Y con eso, desapareció hacia el garaje.
Ella se sentó en una de las sillas de la cocina y se dijo a sí misma que no iba a dramatizar lo que acababa de suceder. Él tenía jet-lag y estaba alterado por haber jugado mal delante de sus amigos en el torneo de golf y eso lo había puesto de mal humor. No había ninguna razón para creer que su salida tenía algo que ver con lo que había sucedido entre ellos el día que había salido para Texas. A pesar de su despliegue de mala educación de esa mañana, Naruto era un hombre decente. No iba a ponerse en contra de ella sólo por que se había desnudado a plena luz del día y le había dicho que lo amaba.
Se obligó a comer media tostada mientras todas las razones por las que había sido renuente a dejar que la viera desnuda volvían a su cabeza. ¿Qué pasaría si sus miedos fueran ciertos? ¿Qué pasaría si había dejado de ser un desafío para él y ya no tenía interés en que formara parte de su vida? Dos días antes, había estado segura de que él la amaba, pero ahora ya no estaba segura. De nada.
Se dio cuenta de que estaba ensimismada en sus pensamientos y fue arriba, pero en vez de ponerse a trabajar, se puso a vagar por la casa. El teléfono sonó. Dos tonos rápidos indicaron que la llamada era por la línea de negocios de Naruto, la cuál no contestaba nunca.
Mientras pasaba por delante del estudio, el contestador se puso en marcha y oyó una voz que recordaba demasiado bien.
«—Naruto, soy Danzo. Mira, tengo que hablar contigo de inmediato. Mientras estaba de vacaciones, se me ocurrió la manera de cómo hacer eso. No hay nada como una playa de arena blanca para desatascar el cerebro; siento haber tardado tanto. Bueno, sea como sea, me reuní con alguien el fin de semana para asegurarme que era posible y parece que puede ser. Pero si vamos a tomar esa dirección, lo tenemos que hacer ya. —Hizo una pausa y su voz bajó de tono—. No quise usar el fax por razones obvias, así que te he enviado un informe por correo urgente esta mañana. Llámame en cuanto lo leas. —Se rió entre dientes—. Feliz aniversario.»
Ella recordaba al abogado de Naruto, Danzo Shimura, demasiado bien: Ojos ávidos, gesto arrogante, mirada desdeñosa. Algo de la llamada le daba mala espina, probablemente la nota de satisfacción oculta que había oído en su voz. Qué hombre tan desagradable.
Miró el reloj de su muñeca y vio que eran las nueve. Ya había desaprovechado demasiado tiempo esa mañana dándole vueltas a las cosas y no iba a continuar añadiendo la llamada de Danzo Shimura a la lista de sus preocupaciones. Regresó a la cocina y se sirvió una taza de café y se lo llevó a su habitación, donde encendió el ordenador y accedió al programa.
La fecha brilló intermitentemente y el vello de su nuca se erizó. Por un momento no supo porqué, pero entonces finalmente relacionó lo que veía y lo que había oído. 5 de mayo. Naruto y ella hacía justo dos meses que se habían casado. Feliz aniversario.
Ella se tocó los labios reflexionando. ¿Era una coincidencia? Ella recordó la satisfacción oculta de Shimura. No quise usar el fax por razones obvias… ¿Qué razones obvias? ¿El que ella pudiera leer ese informe misterioso antes de que Naruto lo viera? Se levantó de un salto de la silla y bajó al estudio, dónde se sentó detrás del escritorio para volver a oír el mensaje y pensar.
Poco antes de las diez, llegó el repartidor de FedEx. Firmó el paquete y lo llevó al estudio de Naruto. Sin vacilar un momento, lo abrió.
El informe tenía varias páginas y numerosos errores tipográficos, que indicaban que probablemente lo había preparado Shimura en persona. No era de extrañar. Desanimada, leyó cada detalle irrecusable de la propuesta de Shimura y que probaba que, todo el tiempo, mientras Naruto había estado haciendo el amor con ella, tramaba su venganza.
Pasó una hora antes de que fuese arriba e hiciese las maletas. Llamó a Konohamaru y le pidió que fuera hasta allí. Cuando él vio sus maletas apiladas, inmediatamente comenzó a protestar, pero ella se negó a oírlo. Sólo después de que amenazase con bajar el ordenador ella misma consiguió que finalmente lo bajara él y lo cargara en el Escort. Luego le dijo que se fuera y se dispuso a espera en casa a que llegara Naruto. La vieja Hinata se habría marchado sin despedirse, pero la nueva necesitaba enfrentarse a él por última vez.
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