Capítulo 19 Verdad & Empezar De Nuevo


—¿Vas a dejar a mi hijo?

Kushina Mai parecía enojada y confundida cuando clavó los ojos en Hinata. Salió al patio y el corazón de Hinata se hundió. ¿Por qué se había quedado tanto tiempo? ¿Por qué no le había dicho adiós a Mito simplemente y se había marchado? Rápidamente se dio la vuelta y se pasó la mano por la mejilla húmeda.

Mito se interpuso entre las dos.

—Traje guisantes para la cena, Kushina Mai, y voy a hacerlos con mantequilla te guste o no.

Mai la ignoró y caminó hacia Hinata.

—Dime por qué dejas a Naruto.

Cuando Hinata se enfrentó a ella, trató de comportarse como la persona fría que Mai creía que era.

—Deberías estar agradecida —se las ingenió para decir—. He sido una esposa terrible.

Pero esas palabras tan falsas casi provocaron que se desatara una riada de lágrimas. ¡Había sido la mejor esposa que jamás tendría, maldición! ¡La mejor esposa que podría tener! Se dio la vuelta para irse.

—¿Qué te pasa? —Mai sonó profundamente preocupada.

Hinata tenía que salir de allí antes de que se derrumbase.

—Tengo que coger el avión. Sería mejor que hablaras con Naruto. Él te lo explicará todo.

Caminó al lado de la casa, pero apenas había dado dos pasos antes de que la asombrada exclamación de Mai la hiciera parar.

—¡Dios mío, estás embarazada!

Ella se giró y vio que Mai miraba fijamente su abdomen. Automáticamente, su mirada descendió y fue entonces cuando advirtió que había colocado protectoramente su mano encima. El gesto había presionado el vestido contra su cuerpo y perfilado suavemente su vientre redondeado. La quitó de golpe, pero era demasiado tarde.

Mai pareció desconcertada.

—¿Es de Naruto?

—¡ Kushina Mai Namikaze! —Espetó Mito—. ¿Dónde 'stán tus modales?

Mai parecía más sorprendida que acusadora.

—¿Pero cómo puedo saber si es de él o no, cuándo no entiendo nada de ese matrimonio? No sé lo que ven el uno en el otro o como se conocieron. Ni siquiera sé por qué lloraba. —Su voz se hizo más baja—. Aquí pasa algo.

Los tenues hilos que sujetaban las emociones de Hinata se rompieron y mientras miraba las marcas de sufrimiento grabadas en la cara de Mai, supo que tenía que decirle la verdad. El deseo de Naruto de proteger a sus padres había sido de buena fe, pero ahora se había vuelvo destructivo. Si ella había aprendido algo en los últimos meses, era que los engaños sólo ocasionaban dolor.

—Es el bebé de Naruto —dijo ella quedamente—. Lamento que tuvieras que enterarte así.

El dolor de Mai fue obvio.

—Pero, él nunca dijo nada. ¿Por qué no me lo dijo?

—Porque estaba intentando protegerme.

—¿De qué?

—Del doctor Namikaze y de ti. Naruto no quería que ninguno de vosotros supiera que lo engañé.

—¡Cuéntamelo! —Su expresión se puso tan fiera como una leona protegiendo a su cachorro amenazado, aunque su cachorro fuera ahora el rey de la selva—. ¡Cuéntamelo todo!

Mito recogió el tazón.

—Me voy adentro a cocinar los guisantes como me gustan. Hinata Namikaze, mantente tranquila mientras hablas con Kushina, ¿m'oyes? —Caminó arrastrando los pies hacia la puerta trasera de la casa.

Las piernas de Hinata ya no la sujetaban y se dejó caer en una silla sobre el césped. Mai tomó la otra silla y se sentó enfrente de Hinata. Tenía la mandíbula tensa, lista para la lucha. Hinata recordó a la muchachita que había horneado galletas a las dos de la madrugada para poder mantener a su marido y su bebé. El caro vestido de lino amarillo y las joyas no ocultaban el que esa mujer supiera luchar por lo suyo.

Hinata se cogió las manos sobre el regazo.

—Naruto quiso ahorraros la pena. Habéis pasado muchas cosas este año. Pensó… —Evitó su mirada—. La verdad desnuda es que yo quería desesperadamente tener un bebé y que lo engañé para quedarme embarazada

—¿Qué hiciste qué?

Hinata mantuvo la cabeza alta.

—Estuvo mal. Muy mal. Mi intención era que no se enterara.

—Pero lo hizo.

Ella inclinó la cabeza.

Los labios de Mai se cerraron en una fina línea tensa.

—¿De quien fue la idea de casaros?

—De él. Amenazó con llevarme a los tribunales y pedir la custodia completa si no hacía lo que él quería. Ahora que lo conozco mejor, dudo mucho que hubiera llevado a cabo su amenaza, pero en ese momento lo creí.

Aspirando profundamente, describió la mañana que había abierto la puerta a Konan, luego le contó a Mai el plan de ser su regalo de cumpleaños. Explicó su anhelo por un niño y cómo quería encontrar a alguien de determinadas características para ser el padre. Sin adornos, sin justificar su comportamiento de ninguna manera.

Cuando describió su reacción al ver a Naruto en televisión y la subsiguiente decisión de utilizarle a él, Mai se llevó los dedos a los labios y una boqueada de horror se entremezcló con una risa estrangulada que tenía un filo de histeria.

—¿Me estás diciendo que escogiste a Naruto por que creías que era estúpido?

Ella pensó en tratar de explicar a Mai que él había dicho "'sto"y había parecido el típico guapo tonto, pero lo dejó. Había cosas que una madre excesivamente amorosa nunca entendería.

—Obviamente lo juzgué mal, aunque no me imaginé cuánto hasta varias semanas después de que estuviésemos casados.

—Todo el mundo sabe que Naruto es muy listo. ¿Cómo pudiste creer otra cosa?

—Supongo que no soy tan lista como creía. —Continuó con la historia, exponiendo como acabó su matrimonio en los periódicos y la decisión de que fuera con él a Kirigakure.

La cara de Mai mostró un destello de cólera, pero para sorpresa de Hinata, no iba dirigido a ella.

—Naruto me debería haber dicho la verdad desde el principio.

—No quería que nadie de su familia lo supiera. Dijo que ninguno de vosotros era buen mentiroso y que la historia se haría pública si os lo contaba.

—¿Ni siquiera confió en Deidara?

Hinata negó con la cabeza.

—El viernes pasado Deidara vio que yo… Bueno, se imaginó que estaba embarazada, pero Naruto le hizo prometer que guardaría el secreto hasta que lo pudiera decir.

Los ojos de Mai se entrecerraron.

—Hay más. Esto no explica tu hostilidad hacia nosotros.

Hinata mantuvo sus manos firmemente sujetas sobre el regazo y otra vez se obligó a enfrentarse a la mirada penetrante de Mai.

—Ya te lo dije, estuve de acuerdo en divorciarme tan pronto como el bebé naciera. Y vosotros recientemente habíais perdido una nuera que queríais, me pareció cruel que os volviera a pasar. No es que creyera que necesariamente me fuerais a querer —dijo precipitadamente—, sé que no soy lo que deseabais para Naruto. Pero, bueno, no era honesto involucrarme con vuestra familia, cuando no planeaba quedarme.

—Así que decidiste comportarte tan mal como te era posible.

—Me pareció lo mejor.

—Ya veo. —Su expresión se relajó un poco, y Hinata se dio cuenta de que otra vez se encontraba ante la mujer dueña de sí misma que había conocido. Se enfrentó a los tranquilos ojos de Mai—. ¿Cuáles fueron tus sentimientos hacia Naruto?

Hinata vaciló, luego se movió intranquila y ligeramente alrededor de la verdad—. Culpa. Le he engañado terriblemente.

—La gente dijo que engañé a Minato quedándome embarazada, pero no era verdad.

—Tenías quince años, Mai. Yo tengo treinta y cuatro. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Y ahora te vuelves a equivocar al abandonarle.

Después de todo lo que había revelado, habría esperado que su suegra estuviera encantada de librarse de ella.

—Él no está… Él no está listo para un matrimonio permanente, así que no importa que me vaya. Surgió algo y tengo que regresar a mi trabajo. Es mejor así.

—Si es mejor, ¿por qué estabas llorando a mares?

Ella sintió temblar sus fosas nasales y supo que estaba próxima a perder el control otra vez.

—No me presiones, Mai. Por favor.

—¿Te has enamorado de él?

Ella se puso de pie.

—Me tengo que ir. Te aseguro que podréis tener tanto contacto con este bebé como queráis. Nunca intentaría alejaros de vuestro nieto.

—¿Harás eso?

—Por supuesto.

—¿No tratarás de alejarnos del niño?

—No.

—Bien, voy a hacértelo cumplir. —Se levantó—. Comenzando ahora.

—No entiendo.

—Me gustaría empezar el contacto con mi nieto ahora. —La delicadeza de su voz quedaba desmentida por el gesto terco de su boca—. No quiero que te vayas de Kirigakure.

—Tengo que hacerlo.

—¿Es así como cumples tu palabra?

Su agitación aumentó.

—El bebé aún no ha nacido. ¿Qué quieres de mí?

—Quiero conocerte. Desde el día que nos conocimos, has fingido tanto que no tengo ni idea de cómo eres.

—Sabes que engañé a tu hijo de la manera más baja y deshonesta posible. ¿No es eso suficiente?

—Debería ser, pero de alguna manera no lo es. No tengo ni idea de los sentimientos de Naruto hacia ti excepto que lo he visto más feliz de lo que puedo recordar en mucho tiempo. Y también me pregunto por qué Mito se lleva tan bien contigo. Mi madre es difícil, pero no es tonta. ¿Qué ha visto en ti?

Hinata se frotó los brazos.

—Lo que quieres es imposible. No volveré con Naruto.

—Entonces te puedes quedar con Mito y conmigo.

—¿Aquí?

—¿Esta casa no es suficiente para ti?

—No es eso. —Comenzó a decir algo sobre su trabajo, pero no pudo reunir energía suficiente. Había habido demasiado drama ese día y estaba exhausta. Solamente pensar en conducir hasta Asheville y subirse a un avión la agotaba más.

Otro pájaro se posó sobre el magnolio y se dio cuenta de que lo que realmente quería era quedarse en Heartache Mountain. Sólo unos días. Mito era la abuela de su bebé y sabía la verdad. ¿Sería tan terrible quedarse un poco para demostrarle que no era tan mala persona, sino que era simplemente débil?

Tenía las piernas temblorosas. Anhelaba una taza de té y una galleta. Quería observar los pájaros del magnolio y dejar que Mito le diera órdenes. Necesitaba estar sentada bajo el sol y desgranar guisantes.

Los ojos de Mai mantenían una digna súplica silenciosa y Hinata se encontró respondiéndole.

—Bueno, me quedaré. Pero sólo unos días y me tienes que prometer que no dejarás que Naruto venga aquí. No quiero verlo otra vez. No puedo.

—Me parece justo.

—Prométemelo, Mai.

—Lo prometo.

Mai la ayudó a descargar la maleta y la acomodó en la pequeña habitación de invitados de la parte de atrás de la casa, que tenía una estrecha cama de hierro y una vieja máquina de coser Singer. Las paredes estaban cubiertas por un descolorido papel amarillo con florecitas azules. Mai la dejó sola para deshacer la maleta, pero Hinata estaba tan cansada que se quedó dormida vestida y no despertó hasta que Mai la llamó para cenar.

La comida resultó ser sorprendentemente tranquila, a pesar de las quejas de Mito porque Mai no había mezclado mantequilla en el puré de patatas. Cuando estaban acabando de fregar, sonó el teléfono de la pared de la cocina. Mai respondió y no le llevó a Hinata mucho tiempo suponer quién llamaba.

—¿Qué tal el torneo de golf? —Mai enroscó el cordón telefónico alrededor de su dedo—. Es una pena. —Miró a Hinata y arrugó la frente—. Sí, oíste bien. Está aquí. Sí… ¿Hablar con ella?

Hinata negó con la cabeza y la miró suplicantemente. Mito se levantó de la mesa donde había estado supervisando la limpieza y, con un gruñido de desaprobación, se fue a la sala.

—No creo que Hinata quiera hablar ahora mismo… No, no la puedo hacer venir al teléfono… Lo siento, Naruto, pero no sé cuales son sus planes, excepto que ella no quiere verte. —Frunció el ceño—. ¡Vigila el tono de voz, jovencito, y puedes dar tus propios mensajes!

Hubo una pausa larga, pero no importaba que le estuviera diciendo Naruto, no pareció convencerla porque su expresión se volvió más feroz.

—Eso está bien y bueno, tú y yo tenemos muchísimo que hablar, incluyendo el que tu esposa está embarazada de cuatro meses y, ¡tuviste el descuido de no mencionarlo!

Pasó un rato. Mai relajó gradualmente su ceño fruncido y se quedó algo perpleja.

—Ya veo… ¿Fue así?

Hinata comenzaba a sentirse como alguien escuchando furtivamente, así que se unió a Mito en la sala, donde la vieja dormitaba. Acababa de tomar asiento en la mecedora cuando Mai salió de la cocina.

Se detuvo justo bajo la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Naruto me contó una historia diferente a la tuya, Hinata.

—¿Sí?

—No dijo que lo hubieras engañado.

—¿Qué dijo?

—Que tuvisteis una breve relación y te quedaste embarazada.

Hinata sonrió, sintiéndose un poco mejor por primera vez todo el día.

—Muy amable de su parte-. —Miró a Mai—. Sabes que te está mintiendo, ¿no?

Mai se encogió de hombros sin comprometerse a nada.

—Creo que me reservo la opinión sobre todo esto.

Mito levantó la cabeza del sofá y la miró ceñudamente.

—A menos que ya tengas una.

Se quedaron calladas.


Más tarde, después de que Hinata se hubiera ido a dormir, Kushina estaba sentada en el sofá tratando de ordenar sus pensamientos mientras su madre miraba el canal VH-1 de la tele sin volumen, indudablemente esperando que saliera un video de Harry Connick Jr.. Echaba de menos a Minato; Los ruidos que hacía cuando caminaba ruidosamente por toda la casa o el murmullo tranquilizador de su voz en la mitad de la noche cuando calmaba a un padre frenético por teléfono.

Echaba de menos la sensación de su gran cuerpo caliente envolviéndola durante la noche, la forma en que dejaba doblado el periódico del revés. Extrañaba vivir en su casa y mandar en la cocina, pero también sentía un tipo de paz que no había experimentado en años.

Minato estaba en lo cierto. Él había perdido a la chica con que se había casado hacía mucho tiempo, pero ella era demasiado lista para pensar que él quería recuperar a esa chica. Quería recuperarse a sí mismo, como era cuando iba en secundaria, cuando tenía todas las posibilidades del mundo por delante.

Por lo que respecta a sí misma, sabía que tendría que haber muchos cambios para que ella fuera feliz y estuviera totalmente libre de fantasmas. Pero tampoco era la señora del Dr. Namikaze, fría y controlada, entrenada por su suegra para reprimir todos aquellos vulgares sentimientos.

¿Quién era ella? Una mujer que amaba a su familia, de eso estaba segura. Que le gustaba el arte y que necesitaba estas montañas a su alrededor era tan cierto como que necesitaba respirar. También era una mujer que ya no podía aceptar ser plato de segunda mesa para el hombre que había amado desde que tenía quince años.

Pero Minato era orgulloso y terco. Por eso no se había echado para atrás cuando él había mencionado el divorcio y le había ondeado una bandera roja en la cara. Él nunca hacía amenazas vanas y si ella no volvía a casa y retomaba su matrimonio, el se divorciaría. Así era él, terco, tan terco como su hijo. Se quebrarían antes de doblarse.

Sus problemas con Minato se remontaban a tres décadas atrás, pero ¿y los de Naruto? Oyendo a Hinata, había leído entre líneas lo suficiente como para entender que Hinata quería un compromiso para toda la vida, pero Naruto no se lo daba.

¿Por qué le costaba tanto a su hijo el matrimonio y el compromiso? Había crecido en una familia cariñosa. ¿Por qué se resistía a tener lo mismo?

Incluso cuando era muy joven, el juego había sido todo para él. Recordó haberle enseñado a jugar a la rayuela cuando era tan pequeño que apenas andaba y mucho menos, saltaba a la pata coja. Se había puesto a jugar con él como si fuera una niña. Había dibujado el contorno en la vieja acera delante del apartamento donde vivían y nunca podría olvidar su labio inferior atrapado entre los dientes, concentrado en ganarle todo lo que podía un niño de esa edad. Sospechaba que ahora, las ataduras permanentes de una esposa y una familia se habían convertido en un símbolo más de que una parte importante de su vida llegaban a su fin y no tenía nada para ocupar ese sitio.

Naruto indudablemente habría telefoneado a su padre inmediatamente después de haber hablado con ella y le habría contado lo del bebé. Había estado casada con Minato el tiempo suficiente como para saber que rebosaría alegría ante la idea de tener una nueva vida en la familia, y como ella, estaría preocupado por la felicidad de Naruto. A diferencia de ella, sin embargo, él no se preocuparía de los sentimientos de la joven que pasaba la noche en la habitación de invitados.

Kushina miró a su madre.

—A Naruto le debe importar Hinata o no me habría mentido de la forma que lo hizo.

—Narutobi la ama. Sólo que aún no lo sabe.

—Ni lo sabes tú. No a ciencia cierta. —Si bien ella había pedido su opinión, la actitud sabihonda de Mito la irritó. O quizá no estaba aún en condiciones de olvidarse que su madre conocía a Hinata mejor que ella misma.

—Cree lo que quieras. —Mito respiró hondo—. Pero yo sé algunas cosas.

—¿Cómo qué?

—En primer lugar, no se anda con tonterías. A él le gusta eso de ella. Es luchadora y no la asusta enfrentarse a él. Y es tan bondadosa como parece.

—Y si es tan luchadora, ¿por qué huye?

—Supongo que es demasiado doloroso para ella. Siente un gran amor por 'se hijo tuyo. Deberías ver la manera en que los dos se miran en uno al otro cuando creen que el otro no les ve. Les arde la mirada.

Ella recordó la reciente felicidad de Naruto y las lágrimas en los ojos de su nuera y pensó que había bastante probabilidad de que su madre estuviera en lo cierto.

Mito la miró con ojos perspicaces.

—'se bebé suyo será una pequeña maldición.

—Parece inevitable.

—Si me preguntaras, te diría que no es bueno que un niño tan especial sea hijo único. Mira como creció de traumatizada Hinata Namikaze sin ir más lejos.

—Tienes razón.

—Me dijo que se sintió como un fenómeno mientras crecía.

—Entiendo que así fuera.

—Un niño como 'se necesita tener hermanos.

—Pero los padres tendrían que vivir en la misma casa para que eso ocurra.

—Te aseguro que 'stás en lo cierto. —Mito se reclinó en la mecedora y suspiró—. Me parece que no hay mucho donde escoger, Kushina Mai. Tenemos que cazar otro Namikaze.

Kushina sonreía cuando salió al porche después de que su madre se hubiera ido a la cama. Mito disfrutaba creyendo que ellas dos habían cazado a Mito. No era cierto, pero Kushina había dejado de tratar de convencer a su madre que no era así. Mito creía lo que quería creer.

Era casi medianoche y hacía el suficiente frío como para haberse puesto una vieja sudadera de Los Lobos, de cuando Naruto iba a la universidad. Miró las estrellas y pensó cuánto mejor las podía ver desde lo alto de Heartache Mountain que desde su casa en el pueblo.

El sonido de un coche rompió su reflexión. Todos sus hombres eran aves nocturnas, así que podía ser Naruto o Deidara. Esperaba que fuera su hijo mayor reclamando a su esposa. Luego recordó la promesa a Hinata de que lo mantendría a distancia y frunció el ceño.

Cuando por fin lo pudo ver, el coche que apareció por la parte superior de la senda no pertenecía ni a Naruto ni a deidara, sino a su marido. No se lo podía creer. Ni siquiera una vez desde la noche en que lo había dejado, había conducido Minato hasta allí arriba para verla.

Ella recordó la amargura de su despedida del viernes y se preguntó si habría ido para llevarle personalmente la carta de su abogado. No tenía ni idea de cómo se divorciaba uno, aparte de que hacía falta un abogado. ¿Cómo se hacía? Una persona quedaba con un abogado, y, antes de darse cuenta, ¿su matrimonio estaba disuelto?

Minato salió del coche y se dirigió hacia ella con esa zancada que hacía palpitar su corazón desde más allá de lo que podía recordar. Debería haberlo esperado. Naruto ya habría hablado con él y tener un nieto en perspectiva le daría otra excusa para intentar convencerla de que volviera. Se preparó apoyándose en uno de los postes recién pintados que sostenían el tejado de cinc del porche y deseó que no la hubiera encontrado con esa pinta.

Él se paró en el escalón inferior y la miró. Por algún tiempo no dijo nada y simplemente la estudió, pero cuando finalmente habló, había una formalidad extraña en su voz.

—Espero no haberla asustado apareciendo tan tarde.

—No importa. Como ves, aún estoy despierta.

Él bajó la mirada y ella, por un momento, tuvo la impresión de que él quería huir, pero eso no podía ser. Minato nunca huía de nada.

La miró de nuevo y sus ojos tenían ese destello terco que ella conocía tan bien.

—Soy Minato Namikaze.

Lo miró fijamente.

—El médico del pueblo.

¿Había perdido el juicio?

—Minato, ¿qué te pasa?

Él se movió como si estuviera nervioso, pero la única vez que no lo había visto seguro de si mismo, fue cuando Suiren y Kiyoshi habían muerto.

Se cogió las manos y entonces inmediatamente las dejó caer a los costados.

—Bueno, para ser honestos, llevo casado treinta y siete años y mi matrimonio no marcha bien. Me he deprimido bastante y en vez de darle a la botella, pensé que me podría ayudar hablar con una amiga. —Inspiró profundamente—. Oí en el pueblo, que había una agradable señora dándose la gran vida con su vieja madre, y pensé que podía venir de visita y ver si a esa señora le gustaría salir a cenar conmigo alguna vez. O tal vez ir al cine. —La sombra de una sonrisa se insinuó en la comisura de su boca—. Eso si no te importa salir con un hombre casado.

—¿Me estás invitando a salir?

—Sí, señora. Pero he perdido práctica, así que espero haberlo hecho bien.

Ella presionó los dedos sobre los labios y su corazón se expandió. Durante el almuerzo del viernes le había dicho que desearía que pudieran encontrarse como desconocidos y probar a ver si se gustaban, pero él había estado tan enfadado, que creía que ni la había oído. Después de todos estos años, nunca hubiera imaginado que la pudiera asombrar, pero acababa de hacerlo.

Resistió el deseo de echarse en sus brazos y decirle que todo estaba perdonado. Se aguantó porque ese pequeño esfuerzo era un bajo precio, a pesar de lo mucho que lo apreciaba, para borrar décadas no demasiado buenas. Se preguntó hasta donde estaría dispuesto a llegar.

—Puede que no seamos compatibles —contestó ella, probando las aguas.

—Puede que no. Supongo que no lo sabremos hasta que probemos.

—No sé. Puede que a mi madre no le guste.

—Déjeme a su madre a mí. Soy realmente bueno con las ancianas, incluso con las locas.

Ella casi se rió. Al imaginar al terco cabezota de Minato Namiakze haciendo algo tan romántico. Ella estaba encantada y tentada, pero no del todo. Algo la entristecía, y le llevó un momento saber qué era.

Se había pasado la mayor parte de su vida suplicando el afecto de Minato, siendo siempre agradable, haciendo siempre las concesiones, cediendo siempre. Él nunca había tenido que tomarse demasiadas molestias por ella porque nunca le había pedido nada. Nunca había puesto ni un obstáculo en su camino y ahora se preparaba para volver corriendo a él sólo por que había hecho un pequeño esfuerzo por complacerla.

Ella todavía podía recordar la sensación de sus manos de adolescente sobre ella. Las primeras veces que habían tenido sexo, a ella no le había gustado mucho, pero nunca se le había ocurrido decir que no. Hubiera preferido estar sentada detrás de la farmacia compartiendo una Coca-Cola y charlando sobre sus compañeros. Repentinamente eso la enfadó. La había lastimado cuando tomó su virginidad. No deliberadamente, pero no obstante, había dolido.

—Lo pensaré —dijo ella quedamente. Luego se ciñó la sudadera y regresó dentro.

Un momento más tarde, una rociada de grava golpeó la casa cuando él se fue, conduciendo como un enojado muchachito de dieciocho años.

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