Capítulo 20 Como atrapé al mejor (y más tonto)


Durante dos semanas, Naruto se mantuvo alejado de Heartache Mountain. La primera semana, se emborrachó tres veces e intentó golpear a Konohamaru, que se negó a llevarlo al infierno de Dodge. Durante la segunda semana, empezó a ir por ella media docena de veces, pero el orgullo no le dejó. ¡Él no era el que se había marchado! Él no era el que había echado a perder todo pidiendo algo irrazonable.

También tenía que asumir que no estaba absolutamente seguro de que cualquiera de esas tercas mujeres lo dejasen entrar en la casa. Aparentemente los únicos hombres que eran bienvenidos allí eran Deidara, que no contaba porque era Deidara y, Konohamaru Sarutobi, que sin duda alguna sí contaba. Naruto se enfurecía pensando en Sarutobi yendo a Heartache Mountain cuando quisiera, donde era alimentado y consentido, Sarutobi, que de alguna manera parecía haberse mudado ¡a la propia casa de Naruto!

La primera noche que Naruto se había emborrachado en el Mountaineer, Sarutobi había cogido sus llaves, como si Naruto no fuera lo suficientemente listo para haberse dado cuenta de que no estaba en condiciones de conducir. Fue la misma noche que Naruto había intentado pegarle, pero su corazón no estaba en eso, y había apuntado mal. Lo siguiente que supo fue que estaba sobre el asiento del copiloto del Mitsubishi Spyder de setenta mil dólares de Sarutobi mientras Konohamaru lo llevaba a casa y no se había podido deshacer del chico desde entonces.

Estaba totalmente seguro que no le había dicho a Konohamaru que podía quedarse. De hecho, recordaba claramente echarle fuera de su casa. Pero Konohamaru se había quedado por allí como un maldito perro guardián, aunque tenía alquilada una casa perfectamente buena, sin mencionar la de Tami Terryman. Lo siguiente que Naruto había sabido era que los dos estaban viendo películas de partidos y que le enseñaba a Konohamaru que lo primero era siempre tener paciencia, leer las defensas y encontrar el hombre más débil.

Al menos, ver las películas con Konohamaru mantenía su mente alejada de cuanto dolía haber perdido a la profesora, lo cual no quería decir que estuviera más cerca de tener claro que iba a hacer. No estaba preparado para estar casado para siempre jamás, no cuando necesitaba toda su energía enfocada en los partidos y no cuando no tenía nada que lo esperara después. Pero tampoco estaba dispuesto a perder a Hinata. ¿Por qué no había podido dejar las cosas como estaban en vez de ponerse a hacer demandas?

Ir a Heartache Mountain y ponerse de rodillas para que ella volviera era inconcebible. No se arrodillaba ante nadie. Lo que necesitaba era una razón para ir hasta allí, pero no podía pensar en ninguna que no le importara decir en voz alta.

Todavía no entendía el que ella se hubiera quedado en lugar de volver volando a Konoha, pero se alegraba de que hubiera ocurrido, así tenía tiempo a que le volviera la cordura. Le había dicho que lo amaba y ella no habría dicho esas palabras si no las sintiese. Tal vez hoy fuera el día en que iba a ser lo bastante mujer para admitir su error y regresar a él.

Oyó sonar el timbre de la puerta, pero no estaba de humor para tener compañía y lo ignoró. No había dormido demasiado bien, ni comía mucho más que un ocasional bocadillo de mortadela. Ni siquiera los Lucky Charms le habían ayudado como otras muchas veces, así que había estado tomando café para desayunar. Se pasó una mano por la mandíbula cubierta de barba de varios días e intentó recordar cuándo había sido la última vez que se había afeitado; pero no tenía la impresión de haberse afeitado. De hecho tenía la impresión de que lo único que había hecho era ver películas de partidos y gritado a Konohamaru.

El timbre de la puerta sonó otra vez y frunció el ceño. No podría ser Sarutobi porque de alguna manera el hijo de puta había conseguido su propia llave. Tal vez fuera...

Su corazón retumbó en su pecho y se golpeó el codo contra el marco de la puerta mientras se precipitaba hacia el vestíbulo. Pero cuando abrió bruscamente la puerta, vio a su padre parado al otro lado en vez de la profesora.

Minato entró violentamente señalando con las manos un periódico sensacionalista abierto en un artículo.

—¿Has visto esto? Maggie Lowell me lo dio, inmediatamente después de que le pasara consulta. ¡Por Dios, si yo fuera tu, le sacaría a esa esposa tuya cada penique que tiene, y si no lo haces tú, lo haré yo! No me importa lo que me digas sobre ella. La calé desde el principio y tú estás demasiado ciego para ver la verdad. —Su perorata acalorada finalizó abruptamente cuando se dio cuenta del aspecto de Naruto—. ¿Qué diablos te has hecho? Estás horrible.

Naruto arrancó el periódico sensacionalista de la mano de su padre. Lo primero que vio fue una foto de él mismo y la profesora que les habían sacado en O'Hare la mañana que habían salido para Kirigakure. Él parecía sombrío; Ella, aturdida. Pero no fue la foto lo que hizo caer su estómago a los pies. Fue el titular debajo de él.

Como atrapé al mejor (y más tonto) quarterback de la NFL en matrimonio

por Dr. Hinata Hyūga Namikaze.

—Joder.

—¡Vas a decir bastante más cuando leas esta majadería! —exclamó Minato—. ¡No me importa si está embarazada o no, esa mujer es una mentirosa compulsiva! Dice ahí que fingió ser prostituta y se hizo pasar por tu regalo de cumpleaños para poder quedarse embarazada. ¿Cómo te enredaste con ella?

—Ya te lo dije, papá. Salimos y se quedó embarazada. Sólo fue una de esas cosas.

—Bueno, aparentemente la verdad no era lo suficientemente excitante, así que se inventó esta extraña historia. ¿Y sabes que va a pasar? La gente que lea esa mierda, se creerá que es verdad. Que fue así como ocurrió.

Naruto estrujó el periódico sensacionalista con el puño. Había querido una buena excusa para ver a su esposa y ahora la tenía.


Era bienaventurada esa vida sin hombres, o así se lo decían. Hinata y Kushina haraganeaban como gatas al sol y no se peinaban hasta mediodía. Por la noche, alimentaban a Mito con carne y patatas, luego pelaban peras maduras para ellas mismas y lo llamaban cena. Dejaron de contestar al teléfono, dejaron de ponerse sujetadores y Kushina pegó un póster de un joven musculoso con un Speedo en la pared de la cocina. Cuando Rod Stewart salía en la radio, bailaban una con otra. Hinata olvidó sus inhibiciones y sus pies volaban como alas de paloma sobre la alfombra.

Para Hinata, la vieja casa desvencijada era todo lo que una casa debería ser. Desgranó guisantes y llenó las habitaciones de flores silvestres. Las metía en vasos, floreros de porcelana china y en una taza con la inscripción "Bagels 2 Go" que Kushina encontró en un estante. No sabía exactamente como se habían acercado tanto Kushina y ella; tal vez fuera por que sus maridos eran parecidos y no necesitaban las palabras para entender el dolor de la otra.

Permitieron que Konohamaru entrara en su casa de mujeres porque las entretenía. Las hacía reírse y sentirse deseables incluso con zumo de pera goteando por sus barbillas y sin peinarse. Dejaron entrar también a Deidara, porque no tenían corazón para rechazarle; Pero se alegraban cuando se iba porque no podía ocultar su preocupación.

Kushina dejó sus reuniones del club de lectura y de conjuntar la ropa. Se olvidó de teñirse el pelo o de hacerse las uñas, lo cual hizo que sus cutículas fueran un desastre. El ordenador de Hinata permaneció en el maletero de su Escort. En lugar de buscar la Teoría del Todo, se pasaba la mayor parte del tiempo descansando sobre un viejo balancín de mimbre que había en una esquina del porche delantero sin hacer otra cosa que permitir crecer a su bebé.

Estaban dichosamente felices. Se lo decían a sí mismas todos los días. Pero cuando el sol se ocultaba, su conversación iba languideciendo. Una suspiraba mientras la otra miraba fijamente el crepúsculo.

Junto con la noche, la soledad caía sobre la vieja casa desvencijada en Heartache Mountain. Se encontraban anhelando una pisada más pesada, una voz más profunda. Durante el día, recordaban demasiado bien que habían sido traicionadas por el hombre que amaban, pero por la noche su casa de mujeres ya no parecía tan bienaventurada. Se acostumbraron a acostarse muy temprano para hacer las noches más cortas y ver amanecer.

Sus días comenzaron a seguir un patrón y no había nada que diferenciara una mañana de otra, después de que Hinata se quedara en Heartache Mountain. Le preparaba a Mito su desayuno, hacía la casa y daba un paseo. A veces, después de regresar, una melodía particularmente inquieta de Mariah Carey salía en el VH-1, entonces hacía que Kushina dejara de planchar las cortinas que había lavado para ponerse a bailar. Luego descansaba sobre el porche. Cuando recogían los platos del almuerzo, estaba lista para trabajar en el huerto.

Le dolían los músculos de los brazos cuando trabajaba la tierra del huerto, usando un azadón para arrancar las malas hierbas que amenazaban sus preciosas plantas de guisantes. Hacía calor y hubiera sido más inteligente hacerlo a primera hora de la mañana, pero los horarios habían perdido el sentido para ella. Por la mañana había estado demasiado ocupada descansando sobre el balancín y mimando a su bebé.

Se enderezó para descansar su espalda y sostuvo con la palma de la mano el mango del azadón. La brisa jugó con la falda del vestido de algodón pasado de moda que llevaba puesto y la batió contra sus rodillas. Estaba suave y gastado por los muchos lavados. Mito le dijo que una vez había sido su favorito.

Tal vez haría que Deidara o Konohamaru descargaran su ordenador si iban hoy de visita. O tal vez no lo haría. ¿Qué pasaría si se ponía a trabajar y Rod Stewart salía en la radio? Podría perder una oportunidad de bailar. O si, ¿mientras estaba absorta con las ecuaciones, una nueva mala hierba amenazaba sus guisantes?

No. Trabajar no era una buena idea, aunque Nagato Miles estuviera maquinando para acabar con su carrera. Trabajar definitivamente no era una buena idea cuando tenía guisantes que cuidar y un bebé que mimar. Aunque la Teoría del Todo la llamaba, había perdido las ganas de enfrentarse a la burocracia. En vez de eso, contempló el cielo de la montaña e intentó desentrañar el sentido de su vida.

Así fue como Naruto la encontró. En el huerto, envolviendo con la mano el mango de un azadón y la cara levantada hacia el cielo.

La respiración quedó atrapada en su garganta viéndola enfrentarse al sol con una bata descolorida de algodón. Se le estaba deshaciendo la trenza y los rizos sueltos formaban una corona alrededor de su cabeza. Parecía como si fuera del cielo y de la tierra, como si estuviera en unión con los elementos.

El sudor y la brisa moldeaban el vestido contra su cuerpo, exhibiendo, tan claramente como si estuviera desnuda, la forma de sus pechos y la redondez dura e hinchada donde crecía su bebé. Se había desabrochado dos de los botones del vestido y se abría a los lados sobre su pecho húmedo y polvoriento.

Estaba morena como una baya: Sus brazos y sus piernas, su cara sucia y esa V húmeda de piel que parecía señalar sus pechos. Parecía una mujer de la montaña, una de esas criaturas fuertes y estoicas que, durante la depresión, se habían ganado, a duras penas, la vida en esta tierra inclemente.

Con la cara todavía levantada al cielo, se pasó el brazo sobre la frente, dejando una veta sucia. Se le secó la boca cuando la tela se tensó sobre esos pequeños pechos erguidos y sobre su barriga redondeada. Nunca había sido tan bella para él como en ese momento, sin rastro de maquillaje, en el huerto de su abuela y aparentando cada uno de sus treinta y cuatro años.

El periódico se agitó contra su muslo y la voz de Mito sonó a sus espaldas.

—Fuera de mis tierras, Narutobi. ¡Nadie te invitó a venir!

Hinata abrió los ojos repentinamente y dejó caer el azadón.

Él se dio la vuelta a tiempo de ver a su padre corriendo por un lateral de la casa.

—¡Baja esa escopeta, maldita vieja loca!

Su madre apareció por la terraza posterior de la casa y se detuvo detrás de Mito.

—Bueno, ahora si que no creo que vayamos a ganar el premio de Familia del año.

Su madre. Aunque había hablado con ella por teléfono, había evadido sus invitaciones y él no la había visto desde hacía semanas. ¿Qué le había sucedido? Ella nunca hacía comentarios sarcásticos, pero su voz destilaba sarcasmo. Horrorizado, se percató de los demás cambios.

En lugar de uno de sus caros trajes informales, llevaba unos gastados vaqueros negros cortados desigualmente por la mitad del muslo, una camiseta verde que recordaba haber visto por última vez en su propia esposa, aunque no tenía tanta suciedad en aquel momento. Como Hinata, no llevaba maquillaje. Llevaba el pelo más largo que nunca y despeinado, con hilos grises que él no sabía que tenía.

Sintió un destello de pánico. Parecía una madre de la tierra, no su madre.

Hinata, mientras tanto, había dejado caer el azadón y había atravesado el patio hacia los escalones. Metió los pies desnudos en unas sucias Keds blancas sin molestarse en atar los cordones. Mientras él observaba, silenciosamente tomó su lugar en el porche con las otras mujeres.

Mito se quedó en el centro con la escopeta apuntando todavía a su estomago, su madre a un lado, Hinata al otro. A pesar de que ninguna de ellas fuera excepcionalmente grande, sintió como si estuviera mirando un trío de amazonas.

Mito elevó las cejas, asumiendo una pose decididamente malevolente.

—Si quieres recuperar a 'sta chica, Narutobi, tendrás que cortejarla seriamente.

—Él no quiere cortejarla —escupió Minato—. Mira lo que ha hecho. —Él arrebató el periódico de la mano de Naruto y se lo ofreció a las mujeres.

Hinata bajó un escalón, lo tomó e inclinó la cabeza para estudiar la página.

Naruto nunca había oído tal tono de amargura en la voz de su padre.

—Espero que estés orgullosa —le gruñó a Hinata—. Quieres estropear su vida y estás haciendo un trabajo malditamente bueno.

Hinata había leído la esencia del asunto en el artículo y su mirada se elevó para encontrarse con la de Naruto. Él sintió el impacto en su pecho y tuvo que evitar sus ojos.

—Hinata no tuvo nada que ver con el asunto del periódico, papá.

—¡Es su nombre el que está en esa jodida línea! ¿Cuándo vas a dejar de defenderla?

—Hinata es capaz de ser un montón de cosas, incluyendo terca e irrazonable —le dirigió a ella una mirada dura— pero no haría eso.

Vio que no estaba sorprendida de que saliera en su defensa y lo alegró. Al menos confiaba algo en él. La observó agarrar firmemente el periódico contra su pecho como si pudiera esconder las palabra al mundo y se prometió a sí mismo que Konan Tenshí pagaría el dolor que le estaba causando.

Su padre continuaba atronando y se dio cuenta de que iba a tener que explicarle al menos parte de la verdad. Nunca le diría lo que Hinata había hecho, eso no era asunto de nadie, pero podría por lo menos explicar su comportamiento hacia su familia.

Se adelantó protector cuando su padre se acercó a ella.

—¿Estás bajo vigilancia prenatal regular o te tiene demasiado ocupada tu maldita carrera para ir a ver a un médico?

Miró a Minato a los ojos.

—He estado viendo a la doctora Vogler.

Minato inclinó la cabeza con cierta envidia.

—Es buena. Asegúrate de hacer lo que te dice.

El brazo de Mito comenzaba a estremecerse y Naruto veía que la escopeta se estaba volviendo demasiado pesada para ella. Miró a su madre que extendió la mano y se la quitó.

—Si alguien va a dispararle a alguno de ellos, Mito, lo haré yo.

¡Genial! Su madre también se había vuelto loca.

—Perdón —dijo él tensamente— me gustaría hablar con mi esposa a solas.

—Eso depende de ella. —Su madre miró a Hinata, que negó con la cabeza. Eso lo cabreó aún más.

—¿Hay alguien en casa?

El trío de mujeres levantó la cabeza y, para colmo, comenzaron a sonreír como si hubieran salido el sol y las estrellas cuando su suplente avanzó hacia la casa como si fuera el dueño del lugar.

Y había estado a punto de pensar que las cosas no podían empeorar…

Konohamaru miró a las mujeres sobre el porche, a los dos Namikaze al pie de los escalones y la escopeta. Arqueó una ceja a Naruto, inclinó la cabeza a Minato, luego subió al porche para unirse a las mujeres.

—Estas bellas señoras me dijeron que podía venir a tomar pollo frito, así que les tomé la palabra. —Se apoyó contra un poste que Naruto había pintado hacía sólo un mes—. ¿Cómo está el pequeño hoy? —Con una familiaridad que indicaba que lo había hecho antes, estiró la mano y palmeó la barriga de Hinata.

Naruto lo sacó del porche y lo tumbó sobre el terreno en dos segundos.

El tiro de la escopeta casi le rompió los tímpanos. Trozos de barro volaron a su cara y salpicaron sus brazos desnudos. Entre el ruido y la tierra que lo había cegado, no logro mantener la posición y Konohamaru logró salir rodando de debajo de él.

—Joder, Dinamita, me has hecho más daño esta primavera que todas las lesiones de la última temporada.

Naruto se frotó la tierra de los ojos y se puso de pie.

—Aparta tus manos de ella.

Konohamaru pareció resentido y miró a Hinata.

—Si actuó así contigo, no me extraña que lo dejases.

Naruto apretó los dientes.

—Hinata, me gustaría hablar contigo. ¡Ahora!

Su dulce y razonable madre, dio un paso adelante, ¡como si Hinata fuera su hija en lugar de él! Y su viejo no ayudaba nada. Sólo permanecía allí, mirando a su madre como si no entendiera nada.

—¿Cuáles son tus intenciones hacia Hinata, Naruto?

—Eso es cosa nuestra.

—No exactamente. Hinata tiene ahora una familia que la protege.

—¡Y tanto que la tiene! Yo soy su familia.

—Tú no la quisiste, ahora mismo Mito y yo somos su familia. Eso significa que somos las que cuidamos de sus intereses.

Vio que los ojos de Hinata volaron a la cara de su madre, y reconoció su expresión atontada como feliz. Recordó el hijo de puta frío que la había criado y a pesar de la escopeta, la deserción de su madre, e incluso de Konohamaru Sarutobi al que no podía soportar, se sintió contento porque ella finalmente hubiera encontrado algún padre decente. Aunque fuera uno de sus padres.

Pero su calidez se enfrió cuando su madre le dirigió la misma mirada que, veinte años antes, había significado quedarse sin las llaves del coche.

—¿Vas a honrar esos votos matrimoniales que le hiciste a Hinata, o todavía planeas desembarazarte de ella una vez que nazca el bebé?

—¡Deja de hacer que suene como si tuviera un contrato con ella! —señaló a Sarutobi con el pulgar—. ¿No podemos discutir esto en privado, sin que este tío esté oyendo todo con atención?

—Él se queda —interfirió Mito—. M' gusta. Y se preocupa por ti, Narutobi. ¿Verdad, Konohamaru?

—Le aseguro que lo hago, Señora Uzumaki. Me importa bastante. —Esbozó una sonrisa afectada a lo Jack Nicholson y se volvió a Mai—. Además, si él no quiere a Hinata, yo si la quiero.

Hinata tuvo el descaro de sonreír.

Pero su madre siempre había sido de ideas fijas.

—No puede ser de las dos maneras, Naruto. O Hinata es tu esposa o no lo es. ¿Cómo va a ser?

La cuerda no dio más de sí y su temperamento se hizo añicos.

—¡Bien! Nada de divorcio. ¡Seguiremos jodidamente casados! —Miró a las tres mujeres—. ¿Vale? ¿Estáis satisfechas? ¡Ahora quiero hablar con mi esposa!

Su madre se sobresaltó. Mito negó con la cabeza e hizo ruiditos con la lengua. Hinata le echó una mirada de desprecio absoluto y se giró hacia la casa, llevándose el periódico con ella.

La puerta de tela metálica golpeó ruidosamente y Konohamaru dejó escapar un silbido bajo.

—Joder, Dinamita, tal vez en vez de ver todas esas películas de partidos, deberías haber leído algún libro sobre psicología femenina.

Sabía que la había jodido, pero también sabía que lo habían empujado más allá de la razón. Había sido humillado públicamente, le habían hecho perder los estribos delante de su esposa. Le dirigió una mirada furiosa a todos y dándose la vuelta sobre sus talones, se fue.

Kushina quiso llorar mientras lo veía desaparecer. Su corazón se fue con él, a su terco hijo mayor le había tocado el turno. Estaba furioso con ella y sólo podría esperar que hiciese lo correcto y que algún día la entendiera.

Ella esperaba que Minato corriera tras Naruto. En vez de eso, se acercó lo que le faltaba al porche, pero miró a Mito en lugar de a ella. Conociendo sus sentimientos acerca de su madre, esperaba que mostrara su acostumbrada beligerancia, sólo para ser sorprendida.

—Señora Uzumaki, me gustaría pedirle permiso para pasear con su hija.

Ella contuvo el aliento. Éste era el Minato que había venido hasta allí hacía dos semanas, la noche en que lo había rechazado. En los días siguientes, había sabido que había hecho lo correcto, pero por la noche, cuando sus defensas estaban más bajas, había deseado no haberlo hecho. Nunca había esperado que se tragara su orgullo lo suficiente como para repetir su empeño como pretendiente formal.

Mito, sin embargo, no pareció encontrar nada extraño en eso.

—Si os quedáis donde os pueda ver desde la casa —advirtió.

Un músculo palpitó en su mandíbula, pero asintió con la cabeza rígida.

—Entonces bien. —Su madre clavó los nudillos huesudos en su espalda—. Venga vete, Kushina Mai; Minato lo preguntó cortésmente. Así que debes ser también educada, no tan insolente como has sido conmigo últimamente.

—Sí, mamá. — Kushina bajó los escalones intentando decidir si reír o llorar.

La mano de Minato envolvió la de ella. Él la miró y las cálidas motitas verdes de sus ojos color azul le recordaron repentinamente lo dulce que él había sido en sus tres embarazos. Cuando más gorda estaba, él había besado su barriga y le había dicho que era la mujer más bella del mundo. Mientras su gran mano anidaba como si fuera un pajarito la suya más pequeña, pensó rápidamente que debía olvidar lo bueno y recordar lo malo.

La condujo hacia el camino que llevaba al bosque. A pesar de las palabras de su madre, pronto estuvieron lejos de la vista de la casa.

—Bonito día —dijo él—. Demasiado calor para mayo.

—Sí.

—Está silencioso aquí arriba.

La asombró que estuviera todavía dispuesto a hablarle como si se acabaran de conocer. Se apresuró a unirse a él en ese nuevo lugar dónde no podían lastimarse el uno al otro.

—Es tranquilo, pero me encanta.

—¿No es muy solitario?

—Sobran cosas que hacer.

—¿Cómo cuáles?

Él la miró y ella se sintió afectada por la intensidad de su expresión. ¡Él quería saber cómo pasaba el día! ¡Quería escucharla! Sintiendo un gran deleite, empezó a contarle:

—Todas madrugamos. Me gusta caminar por el bosque tan pronto amanece y cuando regreso, mi nuera —vaciló y lo miró por el rabillo del ojo—, se llama Hinata.

Él frunció el ceño, pero no dijo nada. Penetraron más en el bosque donde los rododendros y las margaritas sembraban los lados del camino, con violetas y tréboles. Un par de cornejas volaban entre las flores blancas escapando de la contaminación que había destruido muchas de las especies de las montañas de Kirigakure. Kushina aspiró los húmedos y perfumados olores de la tierra.

—Hinata tiene listo el desayuno cuando vuelvo de caminar —siguió—. Mi madre quiere tocino y huevos, pero Hinata le prepara tortitas integrales o gachas con fruta fresca, así que Mito generalmente está discutiendo con ella cuando entro en la cocina. Pero Hinata es buena negociadora, maneja mejor a Mito que cualquier otra persona de la familia. Cuando terminamos de desayunar, escucho música y limpio la cocina.

—¿Qué tipo de música?

Él sabía exactamente qué tipo. Durante años, centenares de veces, había quitado sus cintas de música clásica para poner música country en el coche.

—Me encanta Mozart y Vivaldi, Chopin, Rachmaninoff. A mi nuera le gusta el rock clásico. Algunas veces bailamos.

—Tú y… ¿Hinata?

—Tiene pasión por Rod Stewart —se rió Kushina —. Si sale en la radio, me hace interrumpir lo que esté haciendo y bailar con ella. También lo hace con grupos nuevos, de algunos de ellos nunca he oído hablar. Algunas veces necesita bailar. Creo que no lo hizo mientras crecía.

—Pero oí que es una científica —dijo él cautelosamente.

—Lo es. Pero dice que lo que más le importa ahora es mimar a su bebé.

Pasó un rato, mientras él asumía todo eso.

—Parece alguien inusual.

—Es maravillosa. —Añadió impulsivamente— ¿Te gustaría venir a cenar esta noche para conocerla mejor?

—¿Me estás invitando? —Su cara mostró sorpresa y goce.

—Sí. Sí, creo que lo estoy haciendo.

—Vale, de acuerdo. Me gustará.

Caminaron un rato sin hablar. El camino se estrechó y ella lo abandonó, conduciendo a Minato hacia el riachuelo. Habían ido docenas de veces allí cuando eran niños y se habían sentado uno al lado del otro sobre un viejo tronco que hacía mucho tiempo que se había podrido. Algunas veces simplemente habían mirado la corriente de agua sobre las rocas llenas de musgo, pero la mayoría de las veces, habían hecho otras cosas. Naruto había sido concebido allí.

Él se despejó la garganta y se dejó caer sobre un tronco que había caído, por alguna tormenta, sobre el borde del riachuelo.

—Parecías bastante fuerte cuando te enfrentaste a mi hijo en el porche.

—Lo sé. —Se sentó a su lado, pero sin tocarlo—. Tengo que hacer lo mejor para mi nieto.

—Entiendo.

Pero ella estaba segura que no lo entendía. Sólo unas semanas antes, esa incertidumbre podría haber hecho que le contestara bruscamente, pero ahora parecía más pensativo que irritado. ¿Estaba comenzando a confiar en ella?

—¿Recuerdas que te dije que mi matrimonio iba mal?

Ella se tensó.

—Lo recuerdo.

—Es por mi culpa. Sólo quiero que lo sepas si piensas seguir… viéndome.

—¿Todo culpa tuya?

—El noventa y nueve por ciento. La culpé de mis errores y no me había dado cuenta. —Apoyó los antebrazos en las rodillas y observó como se precipitaba el agua—. Durante años me permití creer que me habría convertido en un epidemiólogo mundialmente conocido si no me hubiera visto forzado a casarme tan joven, pero hasta que ella se fue, no me dí cuenta de que me estaba engañando a mi mismo. —Se cogió una mano con la otra, esas manos firmes y curativas que habían ayudado a nacer y morir en el condado—. Nunca habría sido feliz fuera de estas montañas. Me gusta ser médico rural.

Ella se emocionó ante el profundo sentimiento que oyó en su voz y pensó que él finalmente había descubierto una parte de si mismo que no conocía.

—¿Y el uno por ciento?

—¿Qué? —Giró la cabeza.

—Dijiste que era culpa tuya en el noventa y nueve por ciento. ¿Qué pasa con el uno por ciento restante?

—Ni siquiera ese porcentaje fue realmente culpa suya. —Ella no supo si fue un truco de la luz o un reflejo del agua, pero en sus ojos parecía haber compasión—. No tuvo demasiadas ventajas mientras crecía, ni educación. Dice que siempre pensé que era superior a ella y probablemente esté en lo cierto en la mayoría de las cosas, pero creo que ella alimentó esa situación porque aunque es más competente que la mayoría de la gente, nunca se ha tenido en buen concepto.

Abrió la boca de golpe pero después la cerró. ¿Cómo podía refutar algo que era tan evidentemente cierto?

Por un momento vio donde la había llevado la vida. Vio el trabajo duro y la autodisciplina que había necesitado para ser la mujer que había querido ser. Como si fuera otra persona, vio quien era y donde se encontraba y le gustó lo que vio. ¿Por qué le había llevado tanto aceptarse? Minato estaba en lo cierto. ¿Cómo podía esperar que la respetara él si no lo hacía ella misma? Supo que tenía más del uno por ciento de culpa, y así se lo dijo a Minato.

Él se encogió de hombros.

—Supongo que no tiene demasiada importancia el número. —Le cogió la mano, la apoyó en el muslo y recorrió sus uñas con el pulgar, hasta llegar al anillo de matrimonio. No la miró, pero su voz tuvo una suave nota ronca y llena de emoción—. Mi esposa es parte de mí, la necesito como el aire que respiro. La amo muchísimo.

Su declaración simple y llena de emoción la conmovió y las palabras se atascaron en su garganta.

—Es muy afortunada.

Él levantó la cabeza y la miró. Ella reconoció la humedad que brillaba en sus ojos como lágrimas. En treinta y siete años, no había visto llorar a su marido ni una vez, ni siquiera el día que habían enterrado a Surien y Kiyoshi.

—Minato… —Se metió en silencio entre sus brazos y encontró ese viejo lugar familiar que Dios había creado sólo para ella con los huesos, los músculos y la carne de Minato. Sentimientos que no podía expresar la invadieron, derritieron su cerebro, pero intentó que las siguientes palabras no lo mostraran—. Deberías saber que no me acuesto con hombres la primera cita.

—¿Y eso? —Su voz era ronca.

—Es por que comencé a tener relaciones sexuales cuando era demasiado joven. —Se apartó de él, y posó la mirada en su regazo—. No quería, pero le amaba tanto que no supe decirle que no.

Ella miró hacia arriba para ver cómo había tomado él su declaración. No quería hacerle sentir más culpable; Solamente necesitaba que él entendiera cómo había sido.

Su sonrisa tenía una pizca de tristeza y acarició la comisura de su boca con su pulgar.

—¿Hizo que no te gustara el sexo?

—Oh, no. Disfruté de un amante maravilloso. Quizá un poco torpe al principio, pero no le llevó demasiado hacerlo bien. —Sonrió.

—Me alegra oír eso. —Su pulgar recorrió su labio inferior—. Entonces ya deberías saber que no tengo demasiada experiencia sexual. Sólo he estado con una mujer.

—Eso está bien.

Él le retiró el pelo de la cara con los dedos.

—¿Te dijo alguien alguna vez lo hermosa que eres? Bastante más descuidada que mi esposa, pero detendrías el tráfico.

Ella se rió.

—No podría detener el tráfico ni con una luz roja en mitad de la frente.

—Eso demuestra lo poco que sabes. —La tomó de la mano y la puso de pie. Cuando inclinó la cabeza, se percató de que iba a besarla.

El roce de sus labios fue suave y familiar. Sus cuerpos sólo se tocaban con la boca y las manos, que tenían cogidas a los lados. Pero su beso rápidamente perdió la gentileza y se volvió apasionado. Hacía demasiado tiempo y necesitaban expresarse con algo más que palabras. Pero le encantaba su cortejo y quería mantenerlo más tiempo.

Él se echó atrás como si la entendiera y la miró con ojos brumosos.

—Tengo que regresar a la consulta. Voy retrasado en mis citas de la tarde. Y cuando hagamos el amor, quiero tener tiempo.

Ella se sintió extremadamente pesada y nerviosa por la anticipación. Volvieron cogidos de las manos por el camino.

—Cuando vengas para la cena, quizá tendremos algún tiempo para hablar y me puedes contar cosas de tu trabajo.

Una sonrisa de puro placer iluminó su cara.

—Me gustaría.

Se dio cuenta de que no podía recordar la última vez que le había preguntado algo más que un precipitado «¿Cómo te fue el día?» Este asunto de escucharse el uno al otro iba a tener que funcionar en los dos sentidos.

Su sonrisa se desvaneció, y arrugó la frente.

—Supongo que no sería educado que trajera a mi hijo a cenar, ¿no?

Ella vaciló sólo un momento antes de menear la cabeza.

—Lo siento. Mi madre no le dejaría entrar.

—¿No eres un poco mayor para acatar las órdenes de tu madre?

—Algunas veces, ella siente cómo deberían ser las cosas. Ahora mismo, siente quién debe y quien no debe entrar en casa.

—¿Y mi hijo no es bienvenido?

Lo miró desdichadamente.

—Me temo que no. Espero que… pronto. Realmente está en sus manos, no en las de Mito.

Adelantó la mandíbula en la terca línea familiar.

—Es duro creer que dejas que una anciana loca tome las decisiones sobre algo que es tan importante.

Ella lo atrajo y le dio un beso apresurado en el borde de su terca mandíbula.

—Quizá no está tan loca como piensas. Después de todo fue ella la que me animó a que fuera de paseo contigo.

—¿No lo habrías hecho?

—No sé. Mi vida es como una apuesta ahora mismo y no quiero equivocarme. Algunas veces las madres saben lo que es más conveniente para sus hijas. —Lo miró de reojo—. Y para sus hijos.

Él negó con la cabeza y bajó bruscamente los hombros con resignación.

—Vale, supongo que sé cuando no hay nada que hacer.

Ella sonrió y tuvo que refrenarse para no besarlo otra vez.

—Cenamos temprano. A las seis.

—Allí estaré.

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