Capítulo 21 Te Amo Hinata


Durante toda la noche, Kushina hizo alarde de Hinata ante Minato, como si fuera una niña muy querida expuesta ante un desconocido para que mostrara lo que sabía hacer. Cantó las alabanzas de Hinata hasta que él comenzó a parecer deslumbrado, luego los empujó a la sala de estar para que pudieran aclarar las diferencias que aún había entre ellos.

Cuando Hinata se sentó en la silla de Mito, el parecido entre padre e hijo se hizo doloroso y quiso sentarse a su lado en el sofá y meterse entre esos brazos robustos como si fueran los de Naruto. En vez de hacerlo, inspiró profundamente y le contó como se habían conocido Naruto y ella y como lo había engañado.

—No escribí el artículo del periódico —dijo cuando terminó de contar la historia—. Pero casi todo lo que dice es cierto.

Esperó su censura.

—Supongo que Deidara tendría algo que decir sobre la providencia divina que os reunió a Naruto y a ti —dijo, asombrándola.

—No sé que quieres decir.

—¿Amas a Naruto?

—Con todo mi corazón. —Evitó su mirada—. Pero eso no significa que vaya a volver a su vida.

—Siento que te lo esté haciendo pasar tan mal. No creo que vaya a ceder. Los hombres de nuestra familia son duros de mollera. —Pareció incómodo—. Supongo que también tengo que hacer una confesión.

—¿Si?

—Llamé a Sherry Vogler esta tarde.

—¿Llamaste a mi médico?

—No podía estar tranquilo con tu embarazo hasta estar seguro de que todo iba bien. Me aseguró que así era, pero no la pude convencer para que me dijera si era un nieto o una nieta. Dijo que tú habías decidido no saberlo y por lo tanto yo tampoco. —Pareció tímido—. Se que no tengo perdón por hacerlo a tus espaldas, pero no quiero que te ocurra nada. ¿Te molesta?

Ella pensó en Surien y Kiyoshi y luego en su padre, al que nunca le había importado nada. Lo siguiente que supo fue que sonreía.

—No me molesta. Gracias.

Él negó con la cabeza y sonrió abiertamente.

—Eres una señora agradable, Hinata Namikaze. El viejo palo estaba en lo cierto sobre ti, después de todo.

—¡Te he oído! —dijo el viejo palo desde la otra habitación.


Más tarde, esa misma noche, cuando Hinata yacía insomne en su estrecha cama de hierro, sonrió recordando la indignación de Mito. Pero su sonrisa se desvaneció cuando pensó en todo lo que iba a perder cuando se fuera: Minato y Kushina, Mito, las montañas que parecían ya parte de sí misma, y Naruto. ¿Pero como podía perder algo que nunca había tenido?

Quería cerrar los ojos y gritar, pero presionó la boca contra la almohada y pretendió que era Naruto. Su cólera se desvaneció y volvió a clavar los ojos en el techo. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Estaba esperando inconscientemente que él cambiara y se diera cuenta que la amaba? Hoy le había demostrado que no iba a ocurrir.

Ella recordó el momento humillante de esa tarde cuando él había anunciado en alta voz que seguirían casados. Su oferta la había herido por la rapidez. Las palabras que había deseado oír habían sido pronunciadas cuando estaba cegado por la cólera y no habían tenido ningún significado.

Se obligó a encarar la verdad. Puede que él hubiera cambiado de idea, pero no toleraría deber en lugar de amor, porque sabía que él no sentía por ella lo que ella sentía por él. Tenía que aceptarlo y comenzar a vivir su vida otra vez. Era hora de dejar Heartache Mountain.

El viento batía fuera y en la habitación hacía algo de frío. Aunque debajo de las mantas hacía calor, parecía como si el frío le hubiera penetrado hasta los huesos. Se enroscó más profundamente bajo las sábanas y aceptó que tenía que irse. Siempre agradecería esas dos semanas que había tomado para sí, pero tenía que dejar de esconderse y recobrar su vida.

Sintiéndose desgraciada, finalmente se quedó dormida, para despertarse bruscamente por el ruido de un trueno y por la mano fría y mojada que se posó sobre su boca. Tomó aire para gritar, pero la mano que la sujetaba apretó más y una voz profunda y familiar murmuró en su oído—: Shhh… Soy yo.

Abrió los ojos de golpe. Una forma oscura se cernía sobre ella. El viento y la lluvia penetraban a través de la ventana al lado de la cama y batían las cortinas contra la pared. Él apartó la mano de su boca y la extendió para cerrar la ventana al tiempo que un trueno retumbante hacía temblar la casa hasta los cimientos.

Temblando por el susto que le había dado, intentó incorporarse.

—¡Fuera!

—Baja la voz antes de que aparezca Medea y su criada.

—No te atrevas a decir nada malo sobre ninguna de ellas.

—Se comerían a sus propios hijos para la cena.

Esto era demasiado cruel. ¿Por qué no la podía dejar sola?

—¿Qué haces aquí?

Él plantó las manos en sus caderas y miró ceñudo.

—Vine para secuestrarte, pero hace frío y llueve, así que tendré que hacerlo otro día.

Se dejo caer encima de la silla que había entre la máquina de coser y la cama. Las gotas de agua brillaban en su pelo y sobre su parka de nailon. Cuando otro relámpago iluminó la habitación, vio que él estaba todavía sin afeitar y que parecía tan ojeroso como había estado esa tarde.

—¿Ibas a secuestrarme?

—¿No pensarás en serio que voy a dejarte aquí más tiempo con esas locas, no?

—No es asunto tuyo lo que yo hago.

La ignoró.

—Tenía que hablar contigo sin esos vampiros oyéndolo todo. En primer lugar, no debes ir al pueblo durante los próximos días. Un par de reporteros ansiosos han aparecido para confirmar el artículo del periódico.

Por eso había aparecido esa noche. Para no llevarle una declaración de amor imperecedero, sino una advertencia sobre la prensa. Intentó tragarse la desilusión.

—Son un montón de sanguijuelas —gruñó él.

Ella se incorporó sobre las almohadas y lo miró fijamente.

—No le hagas nada a Konan.

—Ni en sueños.

—Lo digo en serio.

La miró y un relámpago al iluminar la habitación mostró la dureza de sus ojos.

—Sabes que sin duda alguna fue ella la que vendió la historia al periódico.

—El daño está hecho, y no hay nada más que pueda hacer, ¿así que con que fin? —Subió la manta hasta la barbilla—. Sería como aplastar una hormiga. Es digna de lástima y quiero que la dejes en paz.

—No está en mi naturaleza no devolver el golpe a quien me golpea.

Ella se tensó.

—Lo sé.

—De acuerdo. —Suspiró—. La dejaré en paz. Supongo que no tenemos que preocuparnos demasiado de eso de todas maneras. Konohamaru dio una rueda de prensa esta tarde y dijo que daría otra mañana para los periodistas que lleguen esta noche. Aunque parezca mentira, lo ha manejado todo bastante bien.

—¿Konohamaru?

—Tu caballero de brillante armadura. —No pasó por alto el tono sarcástico de su comentario—. Cuando fui al Mountaineer para tomar una cerveza, lo encontré con un montón de reporteros. Les dijo que la historia era verdad.

—¿Qué?

—Pero sólo hasta cierto punto. Les dijo que nosotros habíamos estado saliendo durante meses antes de esa noche desafortunada. Según él, todo lo del cumpleaños fue una sorpresa arreglada por ti. Tonterías de la mediana edad, creo que lo llamó. Lo cierto es que, el niño bonito los convenció. Cuando estaba explicándolo, incluso yo me lo creía.

—No te dije que era un encanto.

—¿Tú crees? Bueno, tu encanto también aclaró que la única razón de que tú y yo comenzáramos a salir fue porque ¡él acababa de dejarte! y tú estabas tan triste que te pasó a mí como premio de consolación.

—Que retorcido.

—Eso pienso yo.

A pesar de sus palabras, no parecía contrariado con Konohamaru. Él se levantó y echó la silla a un lado. Se puso rígida cuando se sentó en el borde de la cama.

—Ven a casa, cariño. ¿Sabes que siento todo lo que sucedió? —Cerró la palma de su mano sobre su brazo, que permanecía bajo las sábanas—. Debería haber llamado a Danzo tan pronto como mis sentimientos por ti cambiaron, pero supongo que no estaba listo para reconocerlo. Lo podemos arreglar. Sólo necesitamos estar a solas.

Le estaba rompiendo el corazón.

—No hay nada que arreglar.

—Estamos casados y vamos a tener un bebé. Se razonable, Hinata. Sólo necesitamos un poco de tiempo.

Ella se obligó a endurecerse ante la debilidad que la inclinaba a estar de acuerdo con él. Se negaba a ser otra débil mujer victima de sus emociones.

—Mi casa está en Konoha.

—No digas eso. —De nuevo, algo de cólera estaba presente en su voz—. Tienes una casa perfecta al otro lado de la montaña.

—Ese lugar es tuyo, no mío.

—Eso no es verdad.

Sonó un golpecito en la puerta, sobresaltándoles a ambos. Naruto se levantó del borde de la cama.

—¿Hinata? — gritó Kushina —. Hinata, oí algo. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Oí voces. ¿Hay un hombre ahí dentro?

—Sí.

—¿Por qué tienes que contárselo a ella? —siseó Naruto.

—¿Lo quieres ahí? —preguntó Kushina.

Hinata luchó contra el sufrimiento que crecía en su pecho.

—No.

Hubo una larga pausa.

—Bueno, entonces, entra en mi habitación. Puedes dormir conmigo.

Hinata apartó las sábanas.

Naruto la cogió del brazo.

—No hagas esto, Hinata. Necesitamos hablar.

—Ya pasó el tiempo de hablar. Regreso a Konoha mañana.

—¡No puedes hacer eso! He estado pensando y tengo algunas cosas que decirte.

—Díselas a alguien que le importen. —Se retorció para liberarse y salió de la habitación.


Hinata iba a irse y Naruto no lo podía consentir. Ni en un millón de años. ¡La amaba!

Había sabido por su padre que las mujeres se levantaban temprano, así que se dirigió a Heartache Mountain al amanecer. No había dormido desde que había salido por la ventana del dormitorio de Hinata hacía unas horas. Ahora que ya había pasado, se dio cuenta del error de su estrategia.

Le debería haber dicho que la amaba en el mismo instante que entró en su habitación, mientras todavía tenía la mano sobre su boca. En vez de eso, había seguido hablando del niño bonito y de los reporteros, farfullando sobre tonterías en vez de sobre lo esencial, sobre lo único que significaba algo. Quizá estaba demasiado avergonzado de que le hubiera llevado tanto saber lo que debería haber sido obvio desde el principio.

La realidad de sus sentimientos lo había golpeado como un relámpago. El día anterior por la tarde, se había sentido herido por la verdad mientras conducía como un demonio montaña abajo después de haber quedado como un autentico tonto al gritar que iban a seguir casados. La expresión de su cara, la mirada de desprecio absoluto que le había dirigido, lo devastó. Su opinión significaba más para él que lo que dijera cualquier periodista. Ella lo era todo para él.

Ahora sabía que su amor por ella no era un sentimiento nuevo, sólo era nueva su aceptación. Volviendo la vista atrás, creía que probablemente se había enamorado de ella cuando la había perseguido en el patio trasero de Mito el día que se había enterado de su edad.

Más que nada en su vida, sabía que no podía dejar que se rompiese su matrimonio. Con lo mucho que la idea de finalizar su carrera lo asustaba, no lo asustaba ni la mitad que perderla. Eso significaba que tenía que conseguir que lo escuchase, pero antes, tenía que asegurarse que no se iba a ir.

La puerta principal de la casa de Mito estaba cerrada con el cerrojo nuevo que él no había instalado dos semanas antes. Sabía que no había ni una maldita oportunidad de que le abrieran, así que la derribó a patadas y fue directo a la cocina.

Hinata estaba de pie ante el fregadero con su camisón de Goofy, despeinada y formando con la boca un óvalo de sorpresa. Cuando vio su pinta, los ojos plata de Hinata se abrieron con alarma.

Él se había visto momentáneamente en el espejo cuando atravesaba la sala de estar y no se sorprendió por su reacción. Con su barba de dos días, los ojos rojos y su temperamento propenso a dispararse impulsivamente, parecía un bandido al oeste del río Pecos. Y estaba exactamente de ese humor. Hacía que todas esas mujeres, desde el principio, supieran que hablaba en serio.

Mito estaba sentada a la mesa con una vieja camisa de franela sobre un pijama rosa. Aún no se había maquillado y aparentaba cada uno de sus ochenta años. Cuando él atravesó la cocina, pareció que se ahogaba y comenzó a levantarse con dificultad. Se adelantó a ella y cogió la escopeta de la esquina donde descansaba.

—Consideraros desarmadas, señoras. Y nadie se va a ir sin mi permiso.

Llevándose la escopeta, se dirigió directamente al porche, donde apoyó la antigua arma contra la pared de la casa y se dejó caer de mala manera en la vieja mecedora de madera al lado de la puerta principal. Apoyó los pies en una nevera portátil roja y blanca que había llevado con él. Tenía seis latas de cerveza, un montón de mortadela, algunas Milky Ways congeladas y una barra de pan, así es que podían olvidar que se fuera a rendir por hambre. Luego se reclinó y cerró los ojos. Nadie amenazaba a su familia. Ni siquiera su familia.

Deidara apareció alrededor de las once. Naruto no había oído demasiado ruido dentro: Alguna conversación en voz baja, agua corriendo, Mito tosiendo. Al menos no fumaba estos días. De ninguna manera lo haría con su madre y Hinata por allí.

Deidara se detuvo en el escalón de abajo. Naruto notó con aversión que se había vuelto a planchar la camiseta otra vez.

—¿Qué haces aquí, Naruto? ¿Y por qué está tu Jeep bloqueando la carretera? —Subió al porche—. Creía que no te dejaban entrar en la casa.

—No lo hacen. Dame tus llaves si piensas entrar.

—¿Las llaves de mi coche? —Miró la escopeta que se apoyaba contra la casa.

—Hinata piensa irse hoy, pero no va a poder mover su desvencijado coche con mi coche ahí en medio, así que tratará de convencerte de que la lleves. Sólo me aseguro que no te tienta.

—No te haría eso. Espero que sepas que pareces la foto de uno de esos carteles de "Se busca".

—Puede que no tengas intención de darle tus llaves, pero la profesora es casi como la mano de Dios. Te convencería.

—¿No crees que eres un poco paranoico?

—La conozco. Y tú no. Ponlas encima de 'sta mano.

Con gran renuencia, Deidara sacó las llaves de su coche y se las puso a Naruto en la mano.

—¿No has pensado en algo simple como comprar una docena de rosas? Le funciona a la mayoría de los hombres.

Naruto resopló enojado, se levantó de la mecedora y se adelantó para abrirle la puerta rota. Él metió la cabeza dentro lo justo como para avisar.

—Oye, Profesora, el reverendo llegó de visita. El mismo que te vio desnuda como un arrendajo.

Echándose para atrás, mantuvo la puerta abierta para que Deidara entrara, luego volvió a sentarse en la mecedora. Cuando sacó una chocolatina Milky Ways de la nevera, decidió que ese día, su falta de principios era digna rival de su cerebro.

Konohamaru llegó una hora más tarde. Naruto sabía que debería agradecerle lo de las ruedas de prensa, pero los viejos hábitos nunca mueren. Lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué demonios pasa, Dinamita? ¿Por qué hay dos coches bloqueando la carretera?

El estaba algo cansado de explicarse.

—No entras a no ser que me des las llaves del coche.

A diferencia de Deidara, el niño no discutió. Se encogió de hombros, se las lanzó y metiendo la cabeza por la puerta principal gritó—: No disparéis señoras, soy el bueno.

Con un bufido, Naruto cruzó los brazos sobre el pecho, apoyó la barbilla y cerró los ojos. Tarde o temprano ella iba a tener que salir y hablar con él. Todo lo que tenía que hacer era esperar.

A la una, llegó el viejo. Las malditas personas seguían llegando, pero nadie salía.

Minato sacudió con fuerza la cabeza hacia la carretera.

—Parece un aparcamiento.

Naruto tendió la mano.

—Dame las llaves si quieres entrar.

—Naruto, esto tiene que detenerse.

—'stoy haciendo lo que debo.

—¿No le puedes decir que la amas y ya está?

—No me da la oportunidad.

—Espero que sepas lo que estás haciendo. —Naruto le dio las llaves y entró.

Naruto volvió a esperar, no iba a admitir delante de su viejo que tenía dudas. Especialmente no a su viejo.

Los sentimientos de Naruto hacia Hinata eran ahora tan cristalinos para él, que no se podía creer que no lo hubieran sido siempre. Pensar en vivir sin que ella estuviera a su lado, hacía que su vida estuviera tan vacía que no había nada capaz de llenarla, ni siquiera el fútbol. Ojalá pudiera olvidar la forma en que le había echado su amor a la cara el día que lo había dejado. Había sido el regalo más precioso que le hubieran hecho nunca y lo había desechado como si fuera basura. Ahora ella estaba haciendo lo mismo con él.

A pesar de su breve flirteo con el lado oscuro para quedarse embarazada, era la persona más íntegra que conocía y tenía que creer por tanto que una vez que ella amaba a alguien, lo hacía para siempre. Incluso cuando supo la verdad, tenía claro que merecía lo que le estaba pasando porque no había tenido el suficiente sentido común para tomar lo que Dios le había dado. También sabía que no le importaba quedarse allí el resto de su vida hasta conseguir lo que quería.

La tarde se hizo interminable. El fuerte ruido de música rock llegaba del patio trasero y le indicaba que se había formado una fiesta improvisada, pero Hinata no apareció para hablar con él. ¡Olió carbón vegetal y oyó a Deidara gritando, "¡Gin!" En otro momento Konohamaru corrió por el lateral de la casa para coger un Frisbee que alguien había tirado. Todo el mundo parecía pasarlo bien excepto él. Era un extraño para su propia familia; estaban bailando sobre su tumba.

Se enderezó. Vio moverse dos figuras a través del bosque por el lado Este de la casa. Por un momento pensó que Hinata había convencido a alguien para que la ayudara a escapar, pero cuando estaba casi a punto de levantarse de la silla, reconoció a sus padres.

Se detuvieron cerca de un viejo fresno blanco al que él mismo había trepado cuando era niño. Su padre presionó contra el tronco a su madre y ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello, y lo siguiente que supo, era que parecían un par de adolescentes.

El alejamiento de sus padres estaba había llegado a su fin y él sonrió por primera vez en días. Pero su sonrisa se desvaneció al ver la dirección que tomaban las manos de su padre y se dio cuenta que ¡estaba metiéndole mano a su madre!

Con un estremecimiento, se volvió a recostar en la mecedora. Había cosas que no quería presenciar en su vida y esa era una de las que estaban en lo más alto de la lista.

Las siguientes dos horas dormitó un poco entre las breves visitas de Konohamaru y Deidara, que no parecían tener ni idea de qué decirle. Deidara eligió la política, mientras Konohamru predeciblemente escogía el fútbol. A su padre se le echaba de menos notoriamente, pero no se permitió pensar en lo que el viejo y su madre podrían estar haciendo. No supo nada de Hinata.

Era cerca del atardecer cuando apareció su madre. Estaba despeinada y la rojez de su cuello, si se miraba suspicazmente, parecía producida por el roce de una barba. Tenía hojas secas en el pelo, justo al lado de la oreja, evidenciando otra prueba más de que el viejo y ella habían estado haciendo algo más que coger florecitas silvestres en el bosque.

Lo miró y arrugó la frente con preocupación.

—¿Tienes hambre? ¿Quieres que te traiga algo de comer?

—No me hagas favores. —Sabía que sonaba hosco, pero sentía que lo había traicionado.

—Te invitaría a entrar, pero Mito no lo permitirá.

—Quieres decir que Hinata no lo permitirá.

—La has lastimado, Naruto. ¿Qué esperas que haga?

—Espero que salga aquí para que podamos hablar.

—Para que le puedas gritar, ¿no?

Gritar era lo último que tenía en la mente y le dijo otra vez que sólo quería hablar a solas con ella en el porche. Para ser alguien que había intentado mantener a sus padres al margen de su vida personal, lo había hecho jodidamente mal.

La noche cayó sobre la montaña y el fracaso le retorció las tripas. Él se inclinó hacia adelante y dejó caer la cabeza entre las manos. Ella no iba a salir. ¿Cómo podía haberlo hecho tan rematadamente mal?

La puerta de tela metálica rechinó en sus goznes y se quedó pasmado al verla. Sus botas resonaron al apoyarse sobre el suelo y se enderezó en la silla.

Llevaba puesto lo mismo que vestía el día que lo dejó: el vestido claro con los grandes botones color café en el frente. Esa tarde no llevaba recogido el pelo, le caía alrededor de su bella cara igual que cuando acababan de hacer el amor.

Ella se metió las manos en los bolsillos.

—¿Por qué estás haciendo esto?

Él quiso llevársela directamente del porche al bosque, donde la amaría hasta que fuese ella la que llevase la marca de la barba y hojas secas en el pelo.

—No te vas, Hinata. No sin darnos una oportunidad de resolver esto.

—Hemos tenido montones de oportunidades y hemos desperdiciado cada una de ellas.

—Quieres decir que yo las he desperdiciado. Te prometo que no arruinaré esta.

Se levantó de la mecedora y se movió hacia ella. Ella instintivamente dio un paso atrás, hacia la barandilla. Se obligó a sí mismo a no acercarse más. No era el único al que no le gustaba ser acorralado.

—Te amo, Hinata.

Si él había esperado que su anuncio la llevara a sus brazos, había calculado mal. En lugar de placer, la tristeza que apareció en sus grandes ojos pareció tragarse su cara.

—No me amas, Naruto. ¿No lo ves? Esto se ha convertido en otro juego para ti. Anoche finalmente te diste cuenta de que ibas a perder, pero eres un campeón y perder no es aceptable. Los campeones hacen lo que sea necesario para conseguir la victoria, incluso decir cosas que realmente no sienten.

Clavó los ojos en ella con asombro. ¡No le creía! ¿Cómo podía pensar ella que esto se trataba solamente de ganar algo?

—Estás equivocada. Eso no es así en absoluto. Siento lo que dije.

—Quizá lo sientas así en este momento, pero recuerda lo que sucedió después de que me vieras desnuda. El juego terminó y perdiste el interés, Naruto. Esto es lo mismo. Si estuviera de acuerdo en aceptarte de nuevo, perderías el interés.

—¡No perdí el interés después de verte desnuda! ¿De dónde sacas esa idea tan absurda? —Se percató de que estaba gritando y la frustración lo hizo querer gritar aún más fuerte. ¿Por qué le resultaba tan difícil comunicarse como una persona normal?

Tragó saliva e ignoró la película de sudor que comenzaba a cubrir su frente.

—Te amo, Hinata, y una vez que tomo una decisión sobre algo, es para siempre. Nos parecemos en eso. Diles a tus perros guardianes que salgan.

—No son mis perros guardianes, ¡son los tuyos! —Su agitación se exteriorizaba en su expresión—. He tratado de hacer que salgan, pero no lo harán. Tienen la idea ridícula de que tú los necesitas. ¡Tú! Deidara me ha contado todas las historias sentimentales de tu infancia y Konohamaru ha descrito cada lanzamiento que has hecho e incluso que podías llegar a hacer. ¡Como si me importara! Tu padre me ha pasado por las narices tus talentos académicos, ¡que es lo último que quiero saber!

—Apuesto que mi madre no ha cantado mis alabanzas.

—Al principio se concentró en enumerar las buenas causas que apoyas. Luego me comenzó a explicar como solía jugar contigo a la rayuela, pero entonces se puso a llorar y se fue, así que no estoy segura qué trataba de decirme.

—¿Y Mito? ¿Qué dijo?

—Que eres la semilla de Satán y estoy mucho mejor sin ti.

—No dijo eso.

—Es bastante aproximado.

—Hinata, te amo. No quiero que te vayas.

Su cara se contrajo de dolor.

—Ahora mismo amas el desafío que supongo, pero eso no es suficiente para construir una vida. —Cruzó los brazos y se los frotó—. Estas dos últimas semanas han despejado las telarañas de mi cerebro. No sé en lo que estaba pensado al creer que podíamos tener una relación duradera. No todo pueden ser peleas y desafíos. Y tú te nutres de eso, pero yo necesito a alguien que siga allí cuando todo eso haya desaparecido.

—¡Toda esa materia gris y no entiendes nada! —Por Dios, ya estaba gritando otra vez. Respiró profundamente y dijo en voz baja—: ¿No puedes correr el riesgo de creer lo que digo?

—Es demasiado importante para que corra el riesgo.

—Escúchame, Hinata. Esto no se trata de peleas y desafíos. Te amo y quiero seguir casado contigo el resto de nuestras vidas.

Ella negó con la cabeza.

Se sintió herido. Estaba ofreciéndole todo lo que sentía, pero ella no lo creía. No se le ocurría ni una sola cosa para convencerla.

—Me voy mañana, incluso si tengo que llamar a la policía para salir de aquí. Adiós, Naruto. —Le dijo en voz baja. Se dio media vuelta y entró.

Cerró los ojos con fuerza mientras la desesperación lo atravesaba. Sintió debilidad en las rodillas y dolor, igual que si hubiera recibido el golpe que acababa con su carrera. Pero no iba a rendirse. Jamás.

A pesar que la idea de una declaración pública iba contra su sentido de la privacidad, no pudo pensar en nada más que dejar que su gente lo ayudara. Apretando la mandíbula, entró.

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