Capítulo 22 Tapiz
Mito tenía los ojos pegados al canal VH-1, donde un vídeo de Whitney Houston brillaba en silencio. Sus padres estaban sentados en el sofá con las manos cogidas y pareciendo que posaban para un anuncio de aniversario de la famosa joyería DeBeers. Deidara y Konohamaru habían llevado sillas de la cocina a la mesa de la esquina y jugaban a las cartas. Todos miraron a Naruto cuando entró. Hinata ya había desaparecido.
Él se sintió tonto, pero sabía que la sensación provenía del orgullo, una emoción que ahora mismo no servía para nada, no cuando necesitaba que todos lo apoyaran. Se intentó tranquilizar.
—Hinata no se cree que hablo en serio cuando digo que la amo.
Deidara y Konohamaru lo miraron sobre los naipes. Su madre arrugó la frente.
—¿Sabes que le gusta bailar? No esos bailes en línea de música country, sino rock & roll.
Él no entendía exactamente cómo le podría ayudar eso ahora, pero lo archivó.
—¡Ya'stoy harta de todo 'ste jaleo! —Mito dejó caer el mando sobre el brazo de su silla—. Minato Namikaze, ve a buscar a Hinata ya y dile que venga aquí. Es el momento de aclarar todas 'stas cosas, a ver si así puedo tener algo de paz y tranquilidá.
—Sí, madam. —Sonriéndole a su esposa, Minato se levantó del sofá y fue hacia el dormitorio de invitados.
Hinata levantó la vista de la maleta que estaba haciendo y vio a Minato en la puerta.
—¿Qué sucede?
—Tienes que venir a la sala ahora y aclarar las cosas con Naruto.
—Ya hablé con él y no quiero hacerlo otra vez.
—Tienes que hacerlo, es cosa de Mito.
—No.
Una ceja se arqueó rápidamente.
—¿Cómo has dicho?
—¿Dije que no? —Desafortunadamente, salió como pregunta en lugar de como declaración, había algo definitivamente intimidante en ese hombre y su ceja levantada.
—Ahora mismo soy lo más cercano que tienes a un padre, ¡y te ordeno que salgas ahí!
Aturdida, observó como señalaba con la mano en dirección a la sala de estar. Ella no podía evitar comparar la mirada autoritaria de sus ojos con la de su padre, que siempre parecía rechazarla vagamente.
—Sin discutir. ¡En marcha!
Pensó preguntarle si tenía intención de castigarla sin salir si no obedecía, pero decidió que no era una buena idea.
—Minato, esto no va a funcionar.
Él la miró y la envolvió en sus brazos para darle un abrazo reconfortante.
—Necesita expresar lo que siente. Se lo merece.
Ella descansó la mejilla contra su camisa.
—Ya expresó su punto de vista en el porche hace algunos minutos.
—Aparentemente no terminó. —La apartó con fuerza y suavidad y la empujó hacia la puerta—. Venga, adelante, estoy contigo.
Naruto parecía aún más peligroso en la sala de estar de lo que había parecido en el porche, donde había menos luz. Percibió su imagen de ladrón de ganado y sus ojos entrecerrados. Quería creer que los otros tres hombres presentes la rescatarían si él fuera completamente irrazonable, pero sospechaba que lo apoyarían a él.
Naruto la ignoró mientras ella se colocaba cerca de la televisión, el lugar mas alejado de él, junto a la puerta de la cocina. Como si ella fuera invisible, él se dirigió a los demás ocupantes de la habitación.
—Estos son los hechos… Amo a Hinata y ella me ama a mí. Quiero seguir casado con ella y ella quiere seguir casada conmigo. Pero todos vosotros os interponéis. —Se quedó en silencio.
Pasaron los segundos. Uno tras otro.
—¿Es así? —preguntó Deidara finalmente.
Naruto asintió con la cabeza.
Konohamaru se dirigió a ella.
—Oye, Hinata, él dice que nos interponemos. Si nosotros no estuviéramos aquí, ¿volverías con él?
—No.
—Lo siento, Dinamita. Tendrás que pensar en otra cosa.
Naruto miró a Konohamaru con fuego en los ojos.
—¿Quién demonios te dio vela en este entierro? Esto no tiene nada que ver contigo. Lo digo en serio, Sarutobi. Te quiero fuera de aquí. ¡Ahora!
Hinata vio que Konohamaru estaba a punto de desafiar a Naruto y que este ya había rebasado su límite. Pero cuando se levantó, las palabras de Mito lo hicieron volver a sentarse.
—¡Él es parte de 'sto y se queda!
Naruto se volvió contra ella.
—¡No es de la familia!
—Es el futuro, Narutobi, el mismo futuro que no quieres ver.
Sus palabras parecieron enfurecerle. Se metió la mano en el bolsillo, extrajo unas llaves y se las lanzó a Konohamaru, que se puso de pie para atraparlas.
—Lo siento, señora. Me tengo que ir, acabo de recordar un compromiso previo.
Hinata se echó sobre él, viendo finalmente una salida a todo el lío.
—Iré contigo.
Todo el mundo de la habitación se puso en tensión.
—Eso… —dijo Konohamaru— …es una idea realmente mala.
—Siéntate, Hinata —dijo Minato con su firme voz paternal—. De todas maneras, ya es demasiado tarde para que cojas hoy un avión, así que haz el favor de escuchar a Naruto. Konohamaru, gracias por su interés.
Konohamaru inclinó la cabeza, le dirigió a Hinata una sonrisa compasiva, le echó a Naruto una mirada preocupada y salió.
Ella se hundió en una silla cerca de Mito. Naruto se metió las manos en los bolsillos y despejó su garganta, todavía dirigiendo la palabra a su familia en lugar de a ella.
—Piensa que sólo la quiero porque se hace de rogar y que una vez que el desafío desaparezca, no tendré interés. Le dije que eso no es cierto, pero no me cree.
—Te gustan los desafíos —apuntó Kushina.
—Confía en mí… vivir con una persona que trata de descubrir la Teoría del Todo es un desafío más que suficiente. ¿Tenéis idea de lo que es ver fórmulas matemáticas garabateadas en la primera página del periódico por la mañana o en la lista de la compra, cuando todo lo que quieres es acordarte de comprar cervezas? ¿O incluso por toda la caja de tus cereales cuando ni siquiera la has abierto?
—¡Nunca escribí sobre ninguna de tus cajas de cereales! —Hinata se levantó de la silla.
—¡Te aseguro que lo hiciste! Directamente encima del duende de los Lucky Charms.
—Te lo estás inventando. ¡Se lo inventa! Admito que algunas veces garabateo un poco, pero… —Se interrumpió al recordar una mañana, varias semanas atrás, cuando una de esas cajas había sido lo único disponible. Volviendo a sentarse, le dijo con rigidez—. Eso es una irritación, no un desafío.
—Para tu información, Profesora, algunas veces te estoy hablando y sin ningún tipo de advertencia, te vas. —Colocó las manos sobre sus caderas y la miró—. Físicamente estás allí mismo, de pie delante de mi, pero tu cerebro ha despegado al hiperespacio.
Ella levantó la barbilla.
—Una irritación, no un desafío.
—Voy a matarla. —Rechinando los dientes, se dejó caer sobre el sofá, al lado de sus padres y miró a su hermano—. ¿Entiendes contra lo que tengo que luchar?
—Por otro lado —dijo Deidara— está muy buena desnuda.
—¡Deidara! —Hinata mortificada, miró a Kushina —. No es lo que parece. Fue un accidente.
Los ojos de Kushina se abrieron más.
—Un accidente extraño.
—Te 'stás saliendo del tema —dijo Mito—. Personalmente, creo a Narutobi. Si él lo dice, entonces te ama, Hinata Namikaze. Y punto.
—Yo también lo creo —dijo Kushina.
—Yo, también —aseguró Minato.
Deidara guardó silencio.
Hinata lo miró como si fuera su salvación.
Él la miró con un indicio de disculpa.
—Lo siento, Hinata, pero no hay ninguna duda sobre eso.
Se había dejado envolver en la fantasía de que eran su familia y cuidaban de sus intereses, pero ahora que las espadas estaban en alto, la sangre llamaba a la sangre. No eran ellos los que se despertarían cada mañana preguntándose si ese sería el día en que su marido iba a perder el interés por ella.
—Estáis gastando saliva. —Naruto se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas y diciendo con una voz lacónicamente dura—. Lo cierto es que ella es un científico y los científicos necesitan pruebas. Es eso lo que quieres, ¿no es cierto, Hinata? Quieres que te pruebe mis sentimientos por ti, igual que tú compruebas todas esas ecuaciones que garabateas por toda la casa.
—El amor no funciona así —aseguró Kushina.
—No lo aceptará de otra manera, mamá. Hinata necesita algo tangible, como sus ecuaciones. ¿Sabes por qué? Porque nunca la ha amado nadie antes y no se cree que pueda suceder ahora.
Ella se echó para atrás en la silla como si la hubiera golpeado. Sintió un pitido en los oídos, una sensación abrasadora dentro de su cabeza.
Naruto se puso de pie.
—¿Quieres una prueba de lo que siento? De acuerdo, voy a dártela. —En tres pasos se plantó delante de ella. Sin previo aviso, la cogió en brazos y la llevó a la puerta.
—¡Basta, Naruto! Ponme en el suelo.
Kushina se puso rápidamente de pie.
—Naruto, ésta no es una buena idea.
—Lo he hecho a tu manera —espetó—. Ahora lo estoy haciendo a la mía. —Pateó la puerta para abrirla y la llevó al exterior.
—No puedes solucionar esto con sexo —siseó Hinata. Se escudó en la cólera para proteger su corazón roto. ¿Por qué no entendía que no podía obligarla por la fuerza a solucionar algo tan complejo? La estaba desgarrando y ni siquiera parecía darse cuenta.
—¿Quién dijo nada sobre sexo? ¿O es que te estás haciendo ilusiones?
Pareció que se ahogaba por el insulto mientras él bajaba el porche delantero y empezaba a caminar hacia la carretera. Aunque ella no era precisamente pequeña, la llevaba como si no pesara nada. Su respiración era normal y sus brazos seguros; de esa manera la llevó hacia los tres coches que interrumpían la carretera.
La bajó delante de su Jeep, sacó un montón de llaves de su bolsillo y tiró varias sobre el asiento. Luego la llevó al Blazer de su padre, que era el que bloqueaba a los otros dos coches.
—Entra.
—Naruto, esto sólo pospone lo inevitable.
La empujó dentro y cerró la puerta.
Ella giró la cabeza hacia la ventanilla. Si no tenía cuidado, la convencería y se quedaría con él. Eso sería desastroso. Era mejor aguantar el dolor ahora, que tener que pasar por todo otra vez cuando él se diera cuenta que se había equivocado.
Hinata necesita algo tangible, como sus ecuaciones. ¿Sabes por qué? Porque nunca la ha amado nadie antes y no se cree que pueda suceder ahora.
Ella rechazó las palabras de Naruto. Ese era su problema, no el de ella. Ella no estaba tan carente de autoestima que rechazaría un amor honestamente ofrecido. Tal vez fuera cierto que nadie la había amado nunca realmente, pero eso no quería decir que no estuviera lista para aceptar el amor cuando llegara.
¿O no?
Naruto entró en la carretera, interrumpiendo el doloroso camino que seguían sus pensamientos.
—Aprecio que no aireases todos nuestros trapos sucios delante de mi familia.
—No puedo suponer que trapos sucios no han visto aún.
—De acuerdo, Hinata. No me cabrearé si sacas el tema de nuevo. Sé que lo he hecho antes, pero no volverá a ocurrir. No es demasiado difícil darse cuenta de que me ves a la deriva ahora mismo y te agradezco que no lo sacaras a colación delante de mi familia.
—¿A la deriva?
—Sólo porque no sepa lo que voy a hacer cuando deje de jugar al fútbol no significa que no sea digno de ti. Sé que puedes pensarlo, pero eso cambiará tan pronto como me aclare. Sólo necesito un poco más de tiempo para barajar mis opciones, eso es todo.
Ella clavó los ojos en él, asombrada. Ésta era la primera vez que él había asumido que no iba a jugar al fútbol siempre. ¿Pero qué tenía que ver eso con sus sentimientos hacia él? Ni por un momento había considerado su falta de planes para el futuro como un impedimento.
—Nunca he dicho que no seas digno de mí.
—No tienes que decirlo. Sé lo que piensas. La gente digna trabaja.
—Tú trabajas.
Fue como si ella no hubiera hablado.
—Tú eres física. Ese es un trabajo digno. Mi padre es médico; Deidara es párroco. Los tíos del Mountaineer son maestros, fontaneros, técnicos. Trabajan en el juzgado o construyen casas. Trabajan. ¿Pero yo que soy?
—Eres jugador de fútbol.
—¿Y después qué?
Ella contuvo la respiración, todavía incapaz de creer que estaba dispuesto a admitir que su carrera profesional llegaba a su fin.
—Sólo tú sabes la respuesta a eso.
—Pues, ya ves, no sé la respuesta. No tengo ni idea de qué voy a hacer el resto de mi vida. Dios sabe que he ganado suficiente dinero para que me dure tres vidas, pero nunca he visto que el dinero haga que respeten a uno.
Finalmente lo entendió. Todo ese tiempo, cuando Naruto se negaba a reconocer su edad o que pronto se tendría que retirar, no había sido por terquedad, había sido porque estaba desesperado por no encontrar un trabajo que le satisficiera.
Ella no supo por qué se asombraba tanto. Éste era el mismo hombre que había insistido en casarse con una mujer que odiaba sólo para que su hijo no fuera ilegítimo. Bajo toda esa fachada machista, Naruto tenía unos fuertes y anticuados valores. Esos valores dictaban que un hombre sin un trabajo digno no merecía que lo respetaran.
—Naruto, hay muchas cosas que podrías hacer. Podrías entrenar, por ejemplo.
—Sería un entrenador espantoso. Es normal que no te hayas dado cuenta, pero no tengo demasiada paciencia con la estupidez. Si le digo algo a alguien una vez y no lo entiende, no tendría la paciencia necesaria para decírselo una segunda vez. Esa no es manera de dirigir un equipo de fútbol ganador.
—¿Y que me dices de Konohamaru? Él dice que ha aprendido más fútbol de ti que de cualquier otra persona.
—Eso es porque él lo comprende a la primera.
—Eres muy bueno en televisión. ¿Por qué no te animas a retransmitir partidos?
—No me entusiasma. De vez en cuando está bien, pero no para hacerlo siempre.
—Tienes un título en biología. Podrías usarlo.
—Mi título tiene quince años. No recuerdo nada. Lo saqué porque me gustan la ciencia y el aire libre.
—Tienes un montón de experiencia en los negocios. Puedes crear una compañía.
—Los negocios me aburren. Es siempre tener más. Siempre lo mismo. —La miró, pero no a los ojos—. He pensado en practicar mi juego de golf. En un par de años, podría hacerme profesional.
—Creía que como golfista eras mediocre.
—No exactamente mediocre —dijo a la defensiva—. Soy bastante bueno. —Suspiró—. No importa, la idea era estúpida.
—Ya pensarás algo.
—Por supuesto que lo haré, así que si es eso lo que te detiene, olvídalo. No tengo intención de pasarme el resto de mi vida haraganeando y viviendo de mi dinero. No podría deshonrarte de esa manera.
Quería decir que no se podía deshonrar a sí mismo. ¿No? Se preguntó cuánto tiempo llevaba dándole vueltas a eso.
—Tus planes futuros de trabajo no es lo que se interpone entre nosotros, Naruto. Todavía no lo entiendes. No puedo soportar que rechaces mi amor otra vez. Es demasiado doloroso.
Él se sobresaltó.
—Nunca sabrás lo que lo lamento. Tuve una reacción de pánico. A algunas personas les lleva más crecer que a otras y supongo que soy una de ellas. —Estiró su mano y cubrió la de ella—. Eres lo más importante del mundo para mí. Sé que no me crees, pero te lo voy a probar.
Soltándola, aparcó el Blazer justo delante de la ferretería, luego maldijo suavemente por lo bajo.
—Al ser de noche, está cerrado. No lo pensé.
—¿Traerme a la ferretería probará que me amas?
—Te aseguro que pronto te llevaré a bailar. Rock & roll, no country. —Salió del coche, lo rodeó para abrirle la puerta y ayudarla a bajar—. Vamos.
Sin entender absolutamente nada, dejó que la guiara al estrecho callejón que había entre la farmacia y la ferretería. Cuando llegaron a la puerta trasera, intentó abrir, pero la puerta estaba cerrada con llave. Entonces, la abrió de una patada. Una alarma comenzó a sonar.
—¡Naruto! ¿Te has vuelto loco?
—Bastante. —Agarrándola del brazo, tiró de ella hacia el interior. ¿Qué estaba haciendo?
Le rodeó la muñeca con los dedos y la arrastró por la sección de sillas de jardín y la de lámparas hasta la sección de pintura. La alarma seguía sonando.
—¡Va a venir la policía! —exclamó ella.
—No me digas que te preocupas por la poli; Gaara y yo somos amigos desde hace años. Sólo debes preocuparte de que encontremos el papel adecuado para nuestra cocina.
—¿Papel? ¿Me has traído aquí para escoger el papel de la pared?
La miró como si fuera estúpida.
—¿De qué otra manera se supone que debo probar mis sentimientos por ti?
—Pero…
—Ya llegamos. —La tranquilizó. No sin gentileza, la sentó encima de uno de los taburetes de la sección de papeles de pared, luego se giró hacia las estanterías, que estaban llenas de docenas de libros con muestras de papel—. Joder, no sabía que iba a ser tan complicado. —Empezó a leer las etiquetas de los estantes—. Cuartos de baño. Comedores. Vinilos. Manadas. ¿Qué diablos será manadas? ¿No es, o por lo menos eso creo, grupos de caballos o cosas por el estilo? ¿Hay papel para caballos?
—¿Caballos?
Por primera vez, la sombra de una sonrisa se insinuó en la comisura de su boca, como si él comenzara a percatarse de lo ridículo que estaba siendo.
—Podrías echarme una mano en vez de repetir lo que digo.
El pitido de la sirena de la policía se unió a la alarma y unas llantas derraparon delante de la tienda.
—Quédate aquí mismo —le pidió—. Me encargaré de esto. Pensándolo bien, quizá sea mejor que te agaches detrás del mostrador, es sólo por si acaso Gaara saca la pistola.
—¡Pistola! Te lo juro, Narutobi Namikaze… Cuando termines, te voy a…
Su amenaza murió en sus labios cuando la bajó del taburete y la empujó para que se pusiera de rodillas sobre el suelo, detrás del mostrador.
—¡Gaara, soy yo —gritó— Naruto Namikaze!
—¡Sal de ahí, Naruto! —contestó una voz ruda—. Están robando la ferretería. ¡No me digas que te cogieron de rehén!
—No están robando nada. Tiré la puerta de una patada porque tengo que escoger un papel para la pared. Mi esposa está aquí también, así que si tienes alguna idea rara, como disparar la pistola, la olvidas. Dile a Iruka que ajustaré cuentas con él mañana por la mañana. Y desconecta de una vez esa jodida alarma.
A Naruto le llevó unos buenos quince minutos, arreglarlo todo con Iruka, el dueño de la ferretería, antes de que apagaran la alarma y las cosas se calmaran.
Mientras Naruto utilizaba la labia para escapar de los cargos de allanamiento de morada, Hinata salió de detrás del mostrador y se volvió a sentar en el taburete para intentar comprender por qué en la mente de Naruto, escoger el papel de la pared, constituía una prueba de su amor. Ella no veía ni la más mínima relación. Él se había enfadado con ella por haber sacado el papel de la pared, ¿pero qué tenía que ver elegir uno nuevo con probar su amor? Sin embargo lo que era seguro, era que en su mente si la había. Y si ella le obligaba explicar su lógica, la miraría con esa incrédula mirada, como si se preguntara si los resultados de sus test de inteligencia eran ciertos.
A pesar de lo confundida que estaba, entendía algo. En la mente de Naruto, esta expedición nocturna de compras probaba su amor y eso era todo. Un calor traicionero comenzó a invadirla.
Iruka finalmente cerró la puerta tras él, llevándose un buen pellizco del dinero que Naruto llevaba en su cartera. Se quedaron a solas en la tienda.
Naruto la miró con una expresión que fue repentinamente insegura.
—¿No creerás que todo esto es una estupidez, verdad? ¿Entiendes lo del papel para la pared?
No tenía ni la más remota idea, pero nada haría que lo admitiera, no cuando él la miraba con el corazón en los ojos y el amor, del tipo vivieron felices, suavizaba su voz.
—Lo que realmente quería hacer por ti, cariño, era ganar un partido —le dijo con voz ronca—. Dan Calebow hizo eso por Yugito una vez y yo quería hacerlo por ti, pero la temporada ni siquiera ha comenzado y a ti no te importaría. Además, comparado con esto, eso sería tan fácil que no probaría nada. Quería hacer algo duro. Tan duro como… —Él esperó con una mirada de expectación en su cara.
—¿Escoger papel para la pared? —le sugirió tentativamente.
Sus ojos cobraron vida, como si acabara de darle las llaves del universo.
—Me entiendes. —Con un gemido, la sacó del taburete y la envolvió en sus brazos—. Me asustaba más que la muerte que no lo hicieras. Te aseguro que me aclararé con eso del trabajo en cuanto pueda.
—Oh, Naruto… —Sus palabras terminaron con un sollozo de felicidad. No tenía ni la más remota idea de qué significaba todo eso en su mente. No entendía lo de entrar a la fuerza en la ferretería o escoger el papel, pero sabía que era real. Los sentimientos de Naruto hacia ella no eran producto del desafío que presentaba. Le estaba dando su corazón de guerrero y ella no iba a dejar que las vivencias de su infancia le impidieran tomarlo
Se miraron profundamente a los ojos el uno al otro y vieron sus almas.
—Ahora es un matrimonio real, cariño —murmuró él—. Para siempre jamás.
Y luego, allí mismo en la ferretería, la acostó sobre la alfombra de detrás del mostrador y empezó a hacer el amor con ella. Naturalmente, no quiso que llevara puesta ni una sola prenda de ropa y ella tampoco que la llevara él.
Cuando estuvieron desnudos, la sorprendió cogiendo sus vaqueros. Ella se incorporó sobre un codo y lo observó sacar un lazo rosa manchado de barro del bolsillo, estaba gastado y sucio, pero no impidió que lo reconociese.
—Lo conservaste —dijo ella.
Él se inclinó hacia adelante para acariciar su pecho con la nariz.
—Al principio tenía pensado hacértelo comer, luego iba a atarte con él mientras te dejaba de comida para las ratas.
—Humm. —Ella se recostó y lo mordisqueó en el pecho—. ¿Qué vas a hacer con él ahora?
Él masculló algo que sonó como—: Pensarás que es una estupidez.
—No lo haré.
Él se echó para atrás y la miró.
—Prométeme que no te reirás.
Asintió solemnemente con la cabeza.
—Fuiste el mejor regalo de cumpleaños que tuve nunca.
—Gracias.
—Quería corresponderte, pero debo advertirte que lo que te voy a dar no es tan bueno como mi regalo. Incluso así, no puedes devolverlo.
—Vale.
Ató el lazo rosa alrededor de su propio cuello y sonrió ampliamente.
—Feliz cumpleaños, Rosebud.
[Escribir texto]
