Epílogo

La Teoría Del Todo.


—Te juro, Hinata, que esta es la mayor locura de la que nunca me han convencido. No sé cómo te escuché.

Naruto la había escuchado porque había estado de puntillas alrededor de ella el último mes, tratando de complacerla mientras se ponía más grande que una casa y más gruñona que un oso. Incluso ahora, ella quería darle un golpe en la cabeza, sólo por principios. Pero le amaba muchísimo. Así que se colocó para acurrucarse entre sus grandes brazos.

Estaban sentados en la parte de atrás de una limusina negra que se dirigía hacia Heartache Mountain. Los árboles que flanqueaban la carretera estaban salpicados por los colores de octubre: amarillos, naranjas y rojos. Éste sería su primer otoño en las montañas y había estado deseando verlo, así como reencontrarse con las amistades que había hecho antes de que hubieran tenido que dejar Kirigakure. Naruto y su familia la habían arrastrado a cada acto importante y no había pasado demasiado tiempo antes de que hubiera desaparecido el resentimiento que los ciudadanos tenían hacia ella.

Mientras la limusina se acercaba a Kirigakure la inundó la anticipación. Naruto había alquilado el coche porque una lesión en el tendón de la rodilla lo iba a tener no sólo apartado de los terrenos de juego sino también de conducir y no la quería dejar ponerse detrás del volante hasta que naciera el bebé. Probablemente era lo mejor. La espalda la estaba matando por culpa de esos horribles asientos del avión y se sentía demasiado mal para concentrarse en la carretera de la montaña. Llevaba semanas con contracciones de Braxton-Hicks, esas prácticas contracciones que conducían al parto, aunque habían sido bastantes peores durante esa tarde.

Él la besó en la coronilla. Ella suspiró y se acurrucó más cerca. Si hubiera necesitado algo más para convencerse del amor de Naruto, esas últimas semanas habrían sido suficientes. Según su embarazo avanzaba hacia el final, ella se había vuelto exigente, caprichosa y generalmente, maliciosa. En respuesta, él había sido increíblemente cariñoso y se había mostrado de irritante mal humor. Varias veces había tratado de hacer saltar su temperamento sólo como desafío, pero en vez de tragar el anzuelo, se había reído de ella.

Era fácil para él ser feliz, pensó agriamente. No era él quien acarreaba alrededor de mil kilos de un futuro deportista ganador del Nobel. Él no tenía que ponerse esa tienda de campaña de talla enorme y un estúpido panty; ni tenía la espalda dolorida, ni tenía contracciones improductivas; ¡Ni un par de pies que no se había visto desde hacía semanas! Por otra parte, estaba fuera de juego para los siguientes partidos, así que no estaba precisamente en la gloria. Claro que su lesión era la única razón de que hubieran podido ir a casa, a Kirigakure, en mitad de la temporada.

Ella bajó la mano todo lo que pudo para acariciarle el muslo. No era el tendón de la corva, pero era lo más cerca que podía llegar. Sus ojos se llenaban de vez en cuando de lágrimas cuando pensaba en el dolor que había sufrido el domingo cuando ese retrasado mental ignorante que jugaba en los Bears lo había derribado sobre el campo. Naruto había realizado un partido glorioso hasta entonces y si Hinata hubiera podido echarle el guante al Neandertal después del partido, lo hubiera puesto a caer de un burro.

Konohamaru había fingido simpatía cuando había ayudado a Naruto a salir del campo, pero a Hinata no la engañaba. Konohamaru se deleitaba por cada momento que podía jugar y por lo que ella sabía lo iba a hacer las siguientes semanas mientras Naruto estaba lesionado. Si no estuviese tan molesta con él, se enorgullecería de los progresos que había realizado esa temporada. Incluso Naruto se enorgullecía de él, aunque nunca lo admitiría.

Algunas veces le daba la impresión de que Konohamaru pasaba más tiempo en su casa que en la de él. Habían alquilado la casa de Glen Ellyn y se habían instalado en el apartamento de Naruto hasta que decidieran donde iban a vivir permanentemente. Por alguna razón, Naruto había insistido en participar en cada decisión sobre el color de la pintura de las habitaciones y del mobiliario, incluso había elegido los cojines. Konohamaru y él habían montado juntos la cuna del bebé y habían colgado las cortinas amarillas en el dormitorio que iba a ser la habitación del niño.

Ni siquiera Konohamaru sabía que Naruto iba a anunciar su retirada al final de la temporada. Naruto no estaba precisamente contento, porque aún no sabía a qué se iba a dedicar, pero estaba cansado de batallar con las lesiones. También decía que había aprendido que había cosas más importantes en la vida que jugar al fútbol.

—Se supone que las mujeres no vuelan cuando están de nueve meses —gruñó—. Es una suerte que no me arrestaran por llevarte a ese avión.

—No se habrían atrevido. Vosotros las celebridades podéis escaquearos de todas esas cosas. —Hizo sobresalir su voluptuoso labio inferior de una manera que la hacía sentir una tonta—. Ayer me di cuenta de que no podía soportar la idea de tener nuestro bebé en Konoha. Quiero estar con la familia.

Él se aprovechó del mohín de su labio y lo mordisqueó entre los suyos antes de seguir quejándose.

—Podías haberte decidido hace un mes y te habría mandado para aquí cuando aún era seguro que viajaras.

—Entonces habríamos estado separados y ninguno de nosotros podría haberlo soportado.

Era cierto. Se necesitaban el uno al otro en muchos sentidos. No era sólo que hubieran encontrado juntos la pasión, sino que también habían encontrado satisfacción y una energía que había repercutido en sus trabajos. Naruto había jugado su mejor temporada hasta que se lesionó, había batido todas sus marcas y el trabajo de Hinata nunca había sido mejor.

Poco después de regresar a Konoha, le habían otorgado el premio Coates en Física por un artículo que había escrito sobre la dualidad. Sin ella saberlo, los rumores sobre el premio habían estado circulado durante semanas, haciendo que Nagato Miles, con su vendetta contra ella, quedara como un tonto. En agosto, lo habían despedido y había sido reemplazado por uno de los físicos más respetados del país, un hombre que había convencido a Hinata de aceptar un puesto permanente en Sanofi. Incluso había llegado a sobornarla con contratar a varios físicos jóvenes y ansiosos que la ayudaran.

En ese momento, sin embargo, a Naruto no le preocupaba la floreciente carrera profesional de su esposa, sino su bienestar físico y ella trataba de aliviar su preocupación.

—Sé lógico, Naruto. Hablé con la Doctora Vogler esta mañana. Conoce mi historial médico y es perfectamente capaz de atenderme en el parto.

—Sigo diciendo que podías haber tomado la decisión sobre esto hace mucho tiempo.

El deseo de tener a su bebé allí había crecido según su embarazo avanzaba, pero no habría dejado a Naruto en Konoha. Su lesión del fin de semana le había dado la oportunidad que necesitaba.

El bebé se movió y sintió como si su columna vertebral estuviera siendo aplastada por un puño gigante. Él se pondría como una furia si se daba cuenta de que tenía tanto dolor y ella contuvo una boqueada.

Gradualmente estaba dándose cuenta de que Naruto estaba en lo cierto y que subirse a ese avión había sido una tontería. Bueno, el trabajo de parto llevaba su tiempo y Minato y Kushina la estaban esperando. Su suegro le diría si pensaba que debería llamar a Vogler.

Afortunadamente, Naruto estaba distraído y no advirtió nada.

—¿Qué es eso de tu muñeca? —Él cogió su mano.

Ella apenas podía respirar.

—Eh…, no es nada. —Trato apartar su mano de un tirón, pero él se mantuvo firme—. Es simplemente una marca de boli. Me he debido pintar accidentalmente.

—Pues es realmente extraño. Parece mucho más una ecuación que una marca accidental.

—Estábamos aterrizando —tomó aire por la nariz— y no podía coger mi cuaderno de apuntes. —Recobró el aliento mientras el bebé batía un record con un triple salto mortal. Esta vez el dolor de espalda la golpeó con una aguda contracción que pareció durar siempre, pero estaba convencida que sólo podía ser una Braxton-Hicks. Contuvo un gemido, que podría contrariar a Naruto en serio y tratándose de olvidar del dolor, trató de comenzar una riña.

—Ya no te peleas conmigo.

—Eso no es cierto, cariño. Hemos estado peleando desde que me dijiste que querías emprender este viaje.

—Hemos estado discutiendo, no peleando. No has gritado ni una sola vez. Ya no me gritas.

—Lo siento, pero no acabo de ver como conseguir estar furioso contigo.

—¿Por qué no? ¡Ni siquiera me puedo aguantar a mi misma!

—Una locura, lo sé. No lo puedo explicar.

Ella lo miró con irritación.

—Estás haciéndolo otra vez.

—¿El qué?

—Lo que me fastidia.

—¿Sonreír?

—Sí. Eso.

—Lo siento. —Extendió su mano sobre su abdomen tenso como un tambor—. Soy tan feliz, que no lo puedo evitar.

—¡Inténtalo más!

Ella reprimió una sonrisa. ¿Quién podría haber pensado que un guerrero como Naruto Namikaze haría tantas tonterías sin sentido? Pero a él no parecía importarle. Tal vez entendía lo maravilloso que era sentirse completamente irrazonable y tener el apoyo de ese amor incuestionable. ¿Cómo podía haber dudado de sus sentimientos por ella? Cuando Naruto Namiakze había aceptado que estaba enamorado, lo había hecho por completo.

Naruto la había hecho olvidar su miedo de tener un niño que fuera un genio, haciéndola comprender que la mayor parte de lo que había sufrido en su infancia, no era por su inteligencia, sino por criarse con un padre distante e insensible. Algo de lo que ese niño nunca tendría que preocuparse.

Él se inclinó hacia adelante y miró con atención fuera de la ventanilla.

—¡Joder!

—¿Qué sucede?

—¿No lo ves? ¡Está empezando a llover! —Su voz era agitada—. ¿Qué sucederá si estamos arriba en la montaña, te pones de parto y la carretera está tan resbaladiza que no podemos bajar? ¿Qué haremos entonces?

—Eso sólo ocurre en los libros.

—Fue una locura dejar que me convencieras.

—Teníamos que venir. Te lo dije. Quiero tener al bebé aquí. Y soñé que Mito estaba en su lecho de muerte.

—La llamaste tan pronto te despertaste esta mañana. Sabes que está bien.

—Sonaba cansada.

—Probablemente se mantuvo toda la noche en vela pensando algo más por lo que odiar a nuestro padre.

Ella sonrió. Ahora, él siempre hacía eso. Hablaba de sus padres como si también fueran de ella. No sólo le había dado su amor, también le había proporcionado a sus padres.

Emociones que no podía controlar burbujearon en ella. Con una sonrisa desvaída se le saltaron las lágrimas.

—Eres el marido más maravilloso del mundo y no te merezco.

Ella creyó oír un sufrido suspiro, pero pudo haber sido el siseo de las llantas sobre el pavimento mojado.

—¿Te sentirías mejor si te digo que te haré pagar cada cosa irrazonable que has hecho el mes pasado y te prometo que será tan pronto vuelvas a la normalidad?

Ella afirmó con la cabeza.

Él se rió y la besó otra vez mientras la limusina comenzaba a subir hacia Heartache Mountain.

—Te amo, Hinata Namiakze. Con toda mi alma. La noche que entraste en mi casa con ese lazo rosa atado alrededor de tu cuello fue la noche más afortunada de mi vida.

—La mía, también —respiró por la nariz.

Los faros iluminaron la casa de Mito y el Blazer rojo de Minato, que estaba aparcado delante. Había visto a sus suegros dos semanas antes, cuando había ido a konoha para ver un partido de Naruto y se habían comportado como recién casados todo el tiempo. Esa noche, Naruto se había puesto una almohada sobre la cabeza y había asegurado que iban a comprar una cama nueva para la habitación de invitados. ¡Una que no chirriara!

Ella estaba tan ansiosa por ver a Minato y Kushina que no esperó que el conductor le abriera la puerta.

—¡Espera un momento, Hinata! Está lloviendo y…

Ella ya se bamboleaba hacia el porche. Y aunque Naruto cojeaba con la pierna vendada, la cogió por el codo antes de que llegase a los escalones y tiró de ella. La puerta se abrió de golpe y Kushina explotó ante lo que vio.

—¿Naruto, en qué estabas pensando? ¿Cómo la pudiste dejar hacer esto?

Hinata estalló en lágrimas.

—¡Quiero tener aquí a mi bebé!

Kushina intercambió una mirada con Naruto por encima de su cabeza.

—Cuanto más listas son… —murmuró— mas les afectan las hormonas.

Minato apareció detrás de Kushina y abrazó a Hinata al tiempo que la conducía al interior. Otro espasmo la golpeó. Ella gimió y se apoyó contra él.

La cogió por los hombros y la separó lo suficientemente para poderla mirar.

—¿Tienes contracciones?

—Me duele la espalda, eso es todo. Y las Braxton-Hicks.

Mito se rió entre dientes desde su mecedora ante la TV. Hinata se acercó, con intención de abrazarla, pero se encontró conque no podía inclinarse hasta ella. Apretó la mano de Mito.

—Era hora de que volvieras a verme.

—¿Cada cuánto estás teniendo esos dolores de espalda? —preguntó Minato desde atrás de ella.

—Creo que cada dos minutos —Se quedó sin aliento y presionó la espalda con la mano—. ¡Mierda!

Naruto cojeó a través de la alfombra.

—¿Quieres decir que está de parto?

—No me sorprendería. —Minato la apartó de Mito y se sentó con ella en el sofá, puso su mano sobre su abdomen y miró su reloj.

Naruto la miró con furia.

—¡El hospital del condado está a veinte kilómetros de aquí! ¡Veinte kilómetros por esas carreteras nos llevarán por lo menos veinte minutos! ¿Por qué no me lo dijiste, cariño? ¿Por qué no me dijiste que tenías contracciones?

—Porque me llevarías directamente al hospital y me enviarían a casa. Casi todo ese dolor de espalda es culpa del asiento del avión, de todas maneras. ¡Aauuuuu!

Minato comprobó su reloj. La expresión de Naruto era frenética.

—¡Papá, tenemos que bajar la montaña antes de que la carretera esté más resbaladiza por la lluvia!

—Apenas es llovizna, Naruto —apuntó su madre— y en esa carretera no ha patinado nadie desde hace diez años. Además, los primeros bebés se toman su tiempo.

Él no le hizo ni caso, saliendo rápidamente hacia la puerta.

—¡La limusina ya se fue! La meteremos en el Blazer. Tú conduces, papá. Yo iré en el asiento de atrás con ella.

—¡No! ¡Quiero tener a nuestro bebé aquí! —gimió Hinata.

Naruto le echó una mirada de horror.

—¿¡Aquí!?

Ella inhaló por la nariz y asintió con la cabeza.

—Espera un minuto. —Su voz bajó de tono peligrosamente, dándole a ella un pequeño momento de placer a pesar de su sufrimiento—. ¡Cuando decías que querías tener a nuestro bebé aquí, creía que te referías a esta área en general y, más concretamente, al hospital del condado!

—¡No! ¡Quería decir aquí! En casa de Mito. —Ella no había querido nada de eso hasta ese preciso momento, pero ahora sabía que no podría encontrar un nido mejor para su parto.

Los ojos de Naruto reflejaron una combinación extraña de frenesí y miedo mientras se giraba hacia su padre.

—¡Dios mío! ¡Lleva camino de convertirse en uno de los mejores físicos del país y está como una cabra! ¡No vas a tener al bebé en esta casa! ¡Lo vas a tener en el hospital del condado!

—Ves. —Ella le sonrió a través de las lágrimas—. Me estás gritando.

Él gimió.

Minato le palmeó la mano.

—Sólo para asegurarnos, ¿por qué no me dejas que te haga primero una revisión, cariño? ¿De acuerdo? Vamos al dormitorio y así puedo ver que dilatación tienes.

—¿Puede venir Naruto?

—Por supuesto.

—¿Y Kushina? Quiero que venga Kushina.

— Kushina, también.

—Y Mito.

Minato suspiró.

—Vamos, todo el mundo.

Naruto la rodeó con el brazo y la condujo hacia la antigua habitación de Kushina. Mientras atravesaban la puerta, sintió un espasmo tan fuerte que se quedó sin aliento y se agarró al marco de la puerta. Duró muchísimo y después de que terminara se dio cuenta de que había ocurrido.

—¿Naruto?

—¿Qué, cariño?

—Mira hacia abajo. ¿Tengo los pies mojados?

—¿Tus pies? Tus… —Él hizo un sonido extraño, estrangulado—. Has roto aguas. ¡Papá! ¡Hinata ha roto aguas!

Minato había entrado en el cuarto de baño para lavarse, pero Naruto había gritado tan alto que no tuvo ninguna dificultad para oírle.

—Vale, Naruto. Estaré ahí en un momento. Estoy seguro que habrá tiempo de sobra para llegar al hospital.

—¿Si estás tan seguro, por qué tienes que examinarla primero?

—Sólo para estarlo por completo. Las contracciones son bastante seguidas.

Naruto se puso rígido. La dirigió hacia la cama doble, mientras Kushina iba por un montón de toallas y quitaba la colcha de bodas de Mito de la cama. Hinata se negó a sentarse hasta que Kushina protegiera la cama, mientras Naruto alcanzaba bajo su vestido y le quitaba los pantys de embarazo que le había ayudado a ponerse esa misma mañana. Cuando los apartó, junto con sus zapatos y sus bragas, Kushina ya había puesto un plástico protector a la cama y lo había cubierto con una sábana y algunas toallas. Naruto la ayudó a sentarse.

Mito cogió una silla de madera de la otra habitación y se situó para observar los actos. Cuando Minato entró en el cuarto, hinata finalmente cayó en que él tenía intención de hacerle una exploración pélvica y comenzó a morirse de vergüenza. Podía ser médico, pero también era su suegro...

Antes de que pudiera pensarlo demasiado, la arrasó otra contracción, mucho más fuerte que la última. Un grito se escapó de sus labios y atravesando el dolor que la retorcía, se le ocurrió que había algo que no parecía estar bien. Pero supuso que las cosas debían ser así.

Minato le dio algunas instrucciones con delicadeza a su hijo. Naruto creyó que se le doblarían las rodillas durante el examen. Kushina la cogió de la mano y canturreó Maggie May.

—Joder, he tocado un pie —dijo Minato—. Viene de nalgas.

Ella siseó con alarma y luego tuvo otro golpe de dolor.

—Naruto, métete debajo de ella —pidió Minato—. Sujétala sobre tu regazo y haz que mantenga las piernas abiertas; Vas a mojarte. ¡Hinata, no empujes! Kushina, vete corriendo al coche y coge mi maletín.

El dolor y el miedo la inundaron. No entendía. ¿Qué quería decir Minato al decir que había tocado un pie? ¿Qué tenía que ver su pie con eso? Ella miró frenéticamente a Minato mientras Naruto se atravesaba en la cama.

—¿Qué está ocurriendo? No puedo tener al bebé ahora. Es demasiado rápido. ¿Pasa algo?

—Viene de nalgas —contestó Minato.

Ella gimió profundamente, luego gritó por el dolor. Los partos de nalgas eran de alto riesgo y los bebés solían nacer por cesárea en quirófanos perfectamente equipados, no en cabañas de montaña. Por qué no había insistido en ir directamente al hospital. Había puesto en peligro a su precioso bebé yendo allí primero.

—Estaba colocado cuando fuimos al médico el miércoles —dijo Naruto. Ignorando su rodilla lesionada se deslizó detrás de ella.

—Algunas veces se giran —contestó Minato—. Es raro, pero ocurre.

Naruto la colocó encima de su regazo. Con su espalda presionada contra su pecho, y sus piernas a horcajadas sobre las de él, le sujetó las rodillas para mantenerlas separadas.

Su bebé tenía problemas y todos los pensamientos de modestia huyeron. Sentada en su regazo y con su poderoso cuerpo de guerrero rodeándola, supo que él se enfrentaría al mundo para que su hijo naciera bien.

Minato le dio un apretón tierno a Hinata en la rodilla.

—Esto va a ir rápido, cariño. No precisamente como tú esperabas. Ahora mismo voy a buscar el otro pie y no puedes empujar. Naruto, tenemos que tener cuidado con el cordón en esta posición. No dejes que empuje.

—Respira, Cariño. ¡Respira! Muy bien. Como practicamos. Lo haces muy bien.

El dolor la consumía. Sintió como si estuviera siendo devorada por un animal, pero Naruto la hizo respirar con él, murmurando al mismo tiempo palabras de amor y ánimo. Palabras graciosas. Palabras de apoyo.

El deseo de empujar creció, haciendo imposible resistir y horribles sonidos salieron de su garganta. ¡Tenía que empujar!

Pero Naruto, líder de hombres, se negó a dejar que se rindiera. Amenazó y aduló, y ella hizo lo que le decía porque no le dio otra elección. Jadeó como le pedía, luego sopló con fuerza terminando por gritar al liberar los instintos naturales de su cuerpo.

—¡Así! —exclamó Minato—. ¡Así, cariño! Lo estás haciendo muy bien.

Ya no podía separar un dolor de otro. No se parecía en absoluto a la película sobre el parto que habían visto, donde la pareja jugaba a las cartas y paseaba por los pasillos y donde descansaban entre contracciones.

Los minutos pasaban y su mundo se redujo a una gruesa niebla de dolor y a la voz de Naruto. Lo obedeció ciegamente.

—¡Respira! ¡Así! ¡Así, cariño! Muy bien. —Ella sentía como su fuerza pasaba de su cuerpo al de ella y la invadía.

Su voz se hizo ronca.

—Continúa respirando, cielo. Y abre los ojos para que puedas ver esto.

Ella miró hacia abajo y vio como Minato conducía el primer pie del recién nacido por el canal de nacimiento. Naruto y ella lloraban juntos cuando apareció la cabeza. El éxtasis la inundó, sintiendo una dicha absoluta al ver a su bebé en las manos firmes y capaces de su abuelo. Minato limpio rápidamente la boca y la nariz con una jeringuilla que le dio Kushina y luego suavemente colocó al bebé sobre la barriga de Hinata.

—¡Es un niño!

El bebé dio un vagido suave. Estiraron las manos para tocarlo, mojado y sucio. Minato cortó el cordón.

—¡Naruto!

—Es nuestra, cariño.

—Oh, Naruto…

—Dios mío… es precioso. Tú eres preciosa. Te amo.

—¡Te amo! ¡Oh, te amo!

Murmuraron tonterías, se besaron y lloraron. La emoción también desgarraba la cara de Kushina cuando recogió el bebé y la envolvió con una toalla. Hinata estaba tan atenta al bebé y a su marido que apenas advirtió que Minato había retirado la placenta y la amplia sonrisa de su cara.

Kushina se rió y murmuró tonterías al niño mientras con un paño húmedo lo limpiaba suavemente y se acercaba para que Mito lo pudiera ver.

Mito Uzumaki miró a su bisnieto con satisfacción.

—'ste chico va a ser un rompecorazones. Un autentico rompecorazones. Espera y verás. Se nota la sangre Uzumaki.

Kushina esbozó una tímida sonrisa, luego le llevó el bebé a Hinata, pero las competentes manos de quarterback de Naruto la recogieron primero.

—Ven aquí, cariño. Vamos a echarte un buen vistazo.

Él sujetó al bebé delante de Hinata para poder beber juntos la imagen de su carita arrugada, entonces él dejó caer sus labios sobre la frente diminuta.

—Bienvenido al mundo, cariño. Estamos muy contentos de que estés aquí.

Aturdida y completamente en paz, Hinata observó como padre e hijo se conocían. Ella recordó aquel momento hacía tanto tiempo cuando le había gritado a Naruto, ¡Éste es mi bebé! ¡Aún no ha nacido, pero es mío! Ahora, mirando a su alrededor, a unos abuelos que parecía como si hubieran recibido las estrellas, a una irritable bisabuela y a un padre que parecía estar hechizado mientras Hinata lo observaba, se dio cuenta de lo equivocada que había estado.

En ese mismísimo momento, supo que la había encontrado. La explicación final de la Teoría del Todo.

Naruto elevó la cabeza de repente.

—¡Acabo de darme cuenta! —Su estruendosa risa sobresaltó a su hijo recién nacido, que abrió los ojos, pero no lloró porque lo reconocía. Grande, fuerte y sensible. Alguien fácilmente derrotable.

—¡Hinata! ¡Mamá! ¡Papá! ¡Ya se que voy a hacer con mi vida!

Hinata clavó los ojos en él.

—¿Qué? ¿Qué es?

—¡No me lo puedo creer! —exclamó—. Con todo lo que me preocupé y ha estado ahí, tocándome las narices todo el tiempo.

—¿Por qué no me dijiste lo que te preocupaba, Narutobi? —Una voz quejumbrosa llegó desde la esquina—. Podría haberte dicho lo que necesitabas saber hace muchos años.

Todos la miraron.

Les devolvió una mirada ceñuda.

—Cualquiera con algo de cerebro vería que el destino de Narutobi era ser médico rural, como su padre y su abuelo antes que él. La sangre Namikaze corre por sus venas.

—¿Médico? —Hinata giró la cabeza y lo contempló con asombro—. ¿Tiene razón? ¿Quieres ser médico?

Naruto miró a su abuela con irritación.

—¡¿No crees que me lo podías haber dicho hace mucho tiempo?!

Ella aspiró por la nariz.

—Nadie me preguntó.

Hinata se rió.

—¿Quieres ser médico? ¡Es perfecto!

—Cuando lo sea, voy a ser un médico viejo. ¿Crees que podrás manejar que tu marido vuelva a la universidad?

—No puedo pensar en nada que pudiera disfrutar más.

En ese momento Boruto Namikaze Hyuga decidió que ya había sido suficiente. Éste era su momento, maldita sea, ¡y quería que le prestaran atención! Después de todo, tenía mucho que hacer. Había molestos hermanos pequeños a los que dar la bienvenida al mundo, amigos que conocer, árboles que trepar, padres que tranquilizar.

Había también matemáticas que suspender, sin mencionar una desafortunada experiencia en el laboratorio de química con ese profesor que era retrasado mental y que no apreciaba la buena literatura. Pero quizá fuera mejor que esas dos personas que la miraban con cara de bobos no supieran lo del laboratorio de química aún...

Boruto Namikaze abrió la boca y aulló. ¡Aquí estoy, mundo! ¡Estés preparado o no!

FIN


Gracias por leer esta adaptación. En estos días tratare de publicar la segunda parte que se llama LA TEORÍA DEL CAOS, se centra en la vida de Menma, pero esta adaptado al NaruHina.

Les dejo la información de la historia original:

Autora: Susan Elizabeth Phillips

Titulo: Nadie como tú

Saga: chicago stars #3

GRACIAS POR LEER LA ADAPTACIÓN, HECHA POR UNA FAN PARA FANATICOS DEL NARUHINA.

SIN ÁNIMO DE LUCRO SOLO POR ENTRETENIMIENTO.

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