Hola, hola. Aquí de nuez con la segunda entrega de esta historia. De antemano, agradezco los reviews, follows y favorito. Espero sea de su agrado la continuación. ¡Muchas gracias por la lectura!
Si del cielo te cae Sesshomaru,
se fuerte y patéale la gónadas.
Capítulo 2. Houston, we have a problem.
A juzgar por su apariencia (bastante lejana al de la niña inocente de aquel entonces) la cara enfurecida de Rin (con sus miles de poros entreabiertos) exhibía en creces el enorme rencor que le guardaba a Sesshomaru, porque es mentira que el tiempo cura las heridas de los enamorados. Mientras más le veía, más se le hinchaban los cachetes y su pobre hígado estaba a un pelín por reventar de bilis. Las emociones que le carcomían eran barahúnda de odio puro recorriendo sus venas. Si tuviera un revólver en mano, no dudaría en hacer papilla la polla de Sesshomaru. (Insértese el disparo de balas y el de carne molida caer al suelo).
—Por si no te queda claro—protestó la castaña con boca convulsa—Como dueña y señora de esta florería, puedo negarle servicio a quien se me pegue la gana, y tú—aporreó su puño sobre el pecho de Sesshomaru—no eres la excepción. Y así fueras el papa, prefiero pudrirme en el infierno a tener que extenderte un ramo de flores.
Sesshomaru aprehendió con deliberada rudeza la mano con la que Rin le había atestado un golpe y habiéndola sorrajado en la pared (ante la frugal contención de su enojo), le miró con graves ojos demoníacos a la par que le gritaba:
—¡Esto me lo pagarás muy caro, baratija! Te arrepentirás, haré que me pidas perdón de rodillas.
Kagome quedó atónita, impresionada del oscuro cuadro que sus inmaculados ojos habían presenciado. El silencio que vino después a la salida de Sesshomaru fue escalofriante. Rin, encerrada en pensamientos, estaba aislada en su dolor sosteniendo amarga expresión en su rostro. La sombra del pasado engullía sus adentros y como un espectro aterrador siguiéndole los pasos, entorpecía su ritmo en el trabajo.
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Y ella era tan entregada. Veía tutoriales de cocina de cómo preparar divertidos obentos.
Y ella entró al club de costura. Perfeccionó su técnica en hacer bufandas, tejiendo y destejiendo hasta obtener el acabado perfecto.
Y ella leyó poesía. Entre el sueño y la vigilia, la dulce ensoñación y ese delirar sonámbulo del que Sesshomaru la hizo presa.
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Mamá y papá llegaron de su viaje al extranjero pocos días después a la discusión que su hija sostuvo con Sesshomaru. Rin no hizo de mención honorífica del incidente no porque los pormenores no fueran necesarios, sino afín salvaguardar su pellejo y así evitar entrar en conflicto con sus padres quienes desde su regreso a casa pasaban las horas del mundo ocupándose de la florería y los gastos corrientes del departamento. Total, aún en sus más macabras pesadillas Sesshomaru sería incapaz de volverse en contra de ella porque era un hombre habituado actuar bajo la razón y sus deseos y aspiraciones nunca iban ligados a la ardiente vanidad de la venganza.
Al menos eso era lo que Rin creía, pero luego de reflexionar un instante su ideología fue trastocada brutalmente, siendo que de una mañana a otra la sagrada paz que respiraba se desvaneció entre las cientos de llamadas por teléfono por parte de proveedores y clientes que cerraban su cartera como reflejo de la dura presión que ejercía sobre sus cabezas la despiadada compañía Inu-Taisho, referida como la central de todo lo negocios del país.
Mamá y papá habían cogido una trasparencia inexplicable, y sus semblantes (antes sanos y lozanos) habían perdido esa fuerza de voluntad que los acompañaba al trabajo, especialmente porque las deudas se reproducían como gremlins y las intrigas y lances truculentos de la opinión pública y medios audiovisuales habían podado hasta aniquilar la popularidad de la florería, a la cual Rin debía su completa formación. Como un fuerte ruido que no puede acallarse tapándose los oídos, el cargo de conciencia del crimen cometido (a las sordas) corroyó el descanso de Rin. Su sueño era enturbiado por negros nubarrones que helaban su sangre, personificación de la engañosa pasión de Sesshomaru, la frialdad y obscenidad de su tacto desalmado y, aún más hiriente, su abrasiva mordacidad para jugar, torcer y dominar los sentimientos de la gente. Las nubes trazaban con sus ennegrecidos cuerpos la cara de Sesshomaru, y esta cara compuesta de ariscas que iban de lo grotesco al descaro de la frivolidad, retumbaban y sofocaban la atmosfera de su habitación. ¿Cuántas veces no amaneció bañada de sudor, enfebrecida y agitada?
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Por su impetuosidad, por el predominio de sus sentimientos encima de la razón, ella podría haber sido definida como la romántica perfecta, caracterizada (entre otras muchas cosas) por su apasionada entrega; vehemente, impulsiva, fácilmente excitable.
—¿Qué puedo hacer para estar a tu lado? Yo y-yo… te quiero, Sesshomaru.
No era la primera vez que Rin sucumbía al desenfreno de los sentimientos desbordándose en su pecho, cuando las palabras brotaban de sus labios la sangre estancada en su corazón se le subía a los oídos y tal fuera que una colmena estuviera aferrada en sus tímpano, el silencio de Sesshomaru zumbaba en su cabeza. Sesshomaru siempre la mantenía a raya, evitaba toparse con ella en los pasillos de la escuela y sus esporádicos encuentros (máximo de una duración de dos minutos) consistían en la distinción de sus posiciones, siendo él el orgulloso rey insensible al amor adornado de una vasalla, y ella la pobretona desgajada que abriga la esperanza de ser tocada por el rey.
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Un reguero de lágrimas comenzó a descender de sus ojos tras haber leído el mensaje de texto que recibió de una exageradamente colérica Kagome:
¡Eres una maldita perra! Todo esto es culpa tuya, actúas muy fresca como si lo que está pasando en la florería no tiene que ver contigo. Perdí mi trabajo, ¿sabes? El único sustento del que me valía para pagar los extras de la escuela. Si has decidido no contarles a tus padres, seré yo quien abra la boca.
Hasta ese entonces Rin se había mantenido como un espectador de la desdicha que como pesadas rocas encorvaba el lomo de sus padres. Aliento le hacía falta, quizá. En lo íntimo deseaba poder hablar, pero un lúgubre silencio le adormecía la boca. No menos esencial, estaba aterrada a las consecuencias. Rin se encontraba aplastada en el sillón de casa. Sepa Dios si fue casualidad, su señor padre, un hombre rechoncho y de espeso mostacho, tomó lugar a lado de ella.
—Hoy no fuiste a trabajar—fue la desencantada observación que le hizo su pequeña hija.
—Es una posibilidad que la florería cierre—habló él como el pobre hombre al que trituran y de sus sueños hacen pedazos. Tomó el control de la televisión y la encendió.
Inoportuna o no, la noticia era de primer impacto.
(Trasmitiendo en vivo)
"Sesshomaru Taisho hace pública la agresión que recibió en la destacada florería "Shikon"—La preliminar iba acompañada de la figura de Sesshomaru, perfectamente trajeado, y alrededor de él la rueda de prensa.
Un abismo se formó debajo de los pies de Rin. Delante de ella, en HIGH DEFINITION, la exigida veracidad de los hechos le quemaba la piel.
(El primer asomo de los problemas)
Continuará (…)
Gracias por la lectura.
T_T (No hago sufrir a Rin. O ¿Sí?
