Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor. Hay OOC
«UNO»
—Es condenadamente extraño.
—¿Hmm?
Lady Kushina Namikaze alzó la vista de su comida, sorprendida al oírle murmurar aquello. Su mirada se dulcificó al caer sobre el hombre sentado junto a ella y su marido. Naruto Namikaze, su hijo. Llevaba el pelo, rubio algo largo, tenía el rostro perfectamente afeitado, y llevaba la nueva casaca color verde oscuro que ella le había hecho para la feliz ocasión. Se parecía mucho a su padre en el día de su boda: guapo, fuerte, y también refunfuñaba como él, notó divertida. Luego recordó lo que había murmurado para llamar su atención y le preguntó:
—¿Qué es raro, hijo?
—Esto —Naruto hizo un gesto que abarcaba las mesas de caballete llenas de gente. Lord y lady Hyuga y todos los suyos les rodeaban, todos menos una. La más importante para él—. ¿Dónde está mi novia? Es condenadamente raro que no esté. Tampoco la vi anoche cuando llegamos. Algo va mal.
Lady Kushina intercambió una mirada divertida con su marido, Minato, que se había dado la vuelta de su conversación con lord Hiashi a tiempo para captar el último comentario de Naruto.
—Nada va mal, muchacho —le aseguró lord Minato Namikaze a su hijo—. Sin duda la chica se ha retrasado por... eh... cosas de embellecerse. Cosas típicas de mujeres. Las mujeres siempre llegan de últimas —le aseguró. A continuación, al ver cómo su mujer entornaba los ojos con desagrado, se aclaró la garganta y le dedicó una sonrisa de disculpa por calumniar a todo su género—. Bueno, da igual, el caso es que no debes preocuparte. Son solo los nervios de la boda, como ya te advertí. Te están jugando una mala pasada.
Concluyó su charla de ánimo propinando a su hijo lo que él consideró un leve codazo en señal de apoyo. El codazo casi mandó volando a su hijo fuera del banco, pero Naruto, acostumbrado a los empujones afectuosos de su padre, se agarró a la mesa y se salvó de desplomarse indignamente en las esteras de juncos.
Refunfuñando mientras se colocaba bien, Naruto cogió un trozo de queso y dio un bocado, pero estaba distraído. Su mirada no se apartaba de las escaleras por las que esperaba que su novia bajara en cualquier momento. Sabía que su padre tenía razón y que estaba nervioso, pero Naruto no tenía idea de por qué. Aquella inquietud se había apoderado de él súbitamente. No había sentido la menor inseguridad en el camino. En su mente no había nada de lo que estar inseguro. Simplemente iba a recoger a su prometida y hacerla su mujer.
Cierto que se trataba de algo nuevo para él, pero no era muy diferente de tomar un nuevo escudero, algo que también tenía que hacer en aquel viaje. Planeaba casarse con la chica, pasar unos días en Hyugaton después y luego volver a Konoha, parando de camino para recoger a su nuevo escudero. Sencillo. No era para ponerse frenético.
Al menos, eso había pensado de camino el día anterior. Sin embargo, aquella mañana, Naruto había cambiado de opinión. De pronto se le había ocurrido que una esposa podía ser algo diferente de un escudero. Después de todo, un hombre no tenía por qué llevar a la cama a su escudero. Tampoco tenía que pasar junto él todos los años de su vida que tuviera la fortuna, o la desgracia, dependía, de vivir. Y, además, siempre podía despedirle si no le agradaba. Por desgracia, uno no podía despedir a una esposa, por muy poco agradable que fuera.
Para colmo, aún no había visto siquiera a su futura mujer. Casi parecía que le evitaba. Costaba mucho pensar que aquello fuera buena señal.
—Aguanta un poco más la respiración, mi señora.
—No puedo, Natsu. Es imposible meter más el estómago —Hinata expulsó sus palabras con lo poco que le quedaba de aire en los pulmones, y tuvo que inhalar para preguntar—. ¿Falta mucho?
El titubeo de su criada fue suficiente respuesta. Hinata expulsó el aire con un suspiro de derrota.
—Es inútil, Natsu. No voy a poder ponerme este vestido, y las dos lo sabemos. Además, aunque lo consiguiera, las costuras reventarían en cuanto acabaras de abrochar los corchetes.
—Lo siento, mi señora. No debería haberle metido tanto en las costuras — Natsu salió de detrás de Hinata, con el rostro el vivo retrato de la culpabilidad.
—No es culpa tuya. Yo mandé que lo hicieras.
Hinata se dejó caer a los pies de la cama, buscando otras opciones con la mente. No había muchas, que pudiera ver. No había perdido ni un kilo en las últimas dos semanas. De hecho, a pesar de toda su determinación y esfuerzo, Hinata se temía que podía haber ganado una libra o dos. El precioso vestido azul en el que ella y Natsu habían trabajado tanto no le entraba.
Mirándolo por el lado positivo, al menos ya no tenía que temer parecer un arándano gigante en el día de su boda. Por desgracia, aquello la dejaba con la elección de parecer una enorme cereza o un montón de...
—Quizá podríamos sacar las costuras —sugirió Natsu dubitativamente, pero Hinata sabía que era imposible.
Había insistido en cortar lo que sobraba para asegurarse que iba a perder peso. Era una idiota.
Si al menos se hubiera probado el vestido unos días antes se hubiera podido hacer algo con él. Pero no lo había hecho. Había tenido tanto que preparar para la boda y los invitados que no había pensado en el vestido ni en que le había pedido a Natsu que le metiera las costuras. Era una estúpida.
Obligándose a olvidar su desdicha y su autocompasión, Hinata se irguió y comenzó a luchar para salir del vestido.
—Bueno, pues tendrá que ser el vestido rojo. Es el que está más nuevo.
Trató de no pensar en la razón de ello. Lo único que le faltaba era preocuparse por aquel desafortunado efecto que tenía de hacer que se le viera la cara más roja. Por suerte, Natsu tuvo la amabilidad de no recordárselo y limitarse a murmurar desconsoladamente:
—Oh, mi señora.
Al oír el temblor en la voz de su joven criada, Hinata enderezó la espalda.
—Vamos, vamos. Nada de llorar, Natsu, o me harás llorar a mí también.
Hinata le dio la espalda al trágico rostro de su criada, decidida a soportar el desastre con toda la dignidad y el aplomo que pudiera reunir. No iba a llorar. Aunque Lord Naruto Namikaze la rechazara al verla, mantendría la cabeza alta y una apariencia de calma y tranquilidad.
Hinata se dirigió a su arcón y rebuscó entre sus contenidos hasta encontrar el vestido rojo en cuestión. Torció la boca al tocar el suave tejido. Le había parecido el tejido más precioso que había visto jamás cuando el mercader lo había sacado de su carro. Hinata había imaginado la fresca tela cortada en líneas simples, fluyendo sobre su cuerpo en ondas acariciantes. Claro está que se había imaginado a sí misma esbelta y adorable en el vestido, una imagen que había perdurado en su mente hasta que el vestido estuvo acabado. Hinata se había sentido mas que preciosa cuando se lo puso por primera vez... y luego bajó a cenar.
Tetsu, Tokuma y Shion se habían apresurado a aclarar su visión. Sus cáusticos comentarios y sus palabras crueles habían destruido su orgullo y su placer por el nuevo vestido, haciéndola sentirse enorme y desgarbada. Fue Shion quien señaló que el color tenía un desafortunado efecto sobre su rostro. Tetsu se había reído y había dicho que apenas se había dado cuenta porque el vestido le hacía parecer una cereza gigante.
Hinata jamás lo había vuelto a llevar. Esa era la razón de que estuviera prácticamente nuevo.
Esperemos que a Naruto Namikaze le gusten las cerezas, pensó con un toque de sarcasmo mientras sacaba el vestido del arcón y lo sacudía bruscamente.
La mayor parte de sus vestidos, incluido ese, estaban empaquetados para el viaje a Konoha. Hinata hizo una mueca al ver las arrugas, pero a continuación se encogió de hombros interiormente. Seguro que unas cuantas arrugas ni se notaban en su vasta circunferencia.
—¡Hinata! —exclamó su madre—. ¿Qué estás haciendo? ¡Ni siquiera te has puesto el vestido! Naruto está impaciente por conocerte antes de la boda.
—¿Cómo es? —preguntó Hinata, mientras su madre corría hacia ella.
Se suponía que los Namikaze llegarían a Hyugaton el día anterior temprano para dar a Hinata y Naruto al menos algo de tiempo para conocerse. Sin embargo, el día había pasado sin rastro de su prometido y los suyos. Casi todos los otros invitados habían llegado y se habían instalado ya antes de que un mensajero llegara con la noticia de que un carro de los Namikaze había sufrido un percance y se habían retrasado. Hinata ya estaba acostada cuando al fin llegaron a Huygaton.
Para ser honesta, Hinata se había sentido aliviada de que su presentación a su prometido se hubiera retrasado. Llevaba dos semanas sin poder quitarse de la cabeza las bromas de sus primos de que su novio la rechazaría en cuanto la viera. Y cada vez que consideraba aquella posibilidad se sentía enferma de preocupación.
—Parece muy agradable —le aseguró su madre—. De hecho, me recuerda mucho a tu padre de joven. Venga, vamos. Tenemos que ponerte el vestido azul.
Hinata dirigió una sonrisa forzada a su madre.
—He decidido llevar este otro vestido.
—¿Qué? —Lady Hanna se detuvo, recorriendo a Hinata con una mirada de consternación—. ¡No! Pero, ¿por qué? El vestido azul te sienta tan bien, y este otro está todo arrugado. —Su boca adoptó una expresión de firmeza y movió la cabeza—. No. Tienes que llevar el azul.
—No me entra —admitió Hinata mientras su madre cogía el vestido azul y se acercaba.
—Por supuesto que te entra. Te lo vi puesto hace solo dos semanas. Te estaba perfectamente. Estabas guapísima.
Hinata no pudo evitar un gesto de duda al oírlo, pero se limitó a confesar desdichadamente:
—Le mandé a Natsu meterle las costuras y cortar lo que sobraba. Esperaba perder peso antes de la boda, pero... —¡Oh, Hinata!
Lady Hanna dejó caer las manos, decepcionada, con el precioso vestido colgando de sus dedos y cayendo sobre el suelo cubierto de esteras de juncos.
Llena de vergüenza, Hinata hizo ademán de darse la vuelta, pero su madre la cogió del brazo y tiró de ella para abrazarla fuertemente.
—Oh, Hinata, ojalá no te preocuparas tanto por tu aspecto. Eres preciosa como estás. ¿Por qué sufres tanto por eso?
—Porque soy una vaca, madre, y desearía no serlo.
Para su sorpresa, su madre siseó un juramente al soltarla. Cuando se separó de ella, había ira en los ojos de la mujer y tenía los labios prietos de enfado.
—Debería encerrar a esos primos tuyos. ¡Hay que ver! Sé que todo eso es cosa suya. Esos tres... —Se calló de pronto, mientras su rostro reflejaba una lucha interior; finalmente se calmó y meneó la cabeza—. Da igual. No eres ninguna vaca, Hinata. Eres agradablemente rellenita. Los hombres prefieren así a las mujeres.
Hinata soltó un resoplido pero su madre la ignoró.
—No puedes ponerte el rojo. Está demasiado arrugado. —La mirada de lady Hanna se dirigió hacia el vestido azul que colgaba de su mano—. Tengo una idea. Pero tenemos que darnos prisa. Están a punto de salir hacia la iglesia y solo están esperando que llegues. Quítate el vestido rojo —le ordenó, y luego se volvió a Natsu—. Ve a buscar a Bya. Dile que busque ese retal de lino blanco que le compramos al vendedor ambulante y que venga corriendo.
—¿Qué estás pensando, madre? —preguntó Hinata ansiosamente mientras se quitaba el vestido rojo.
—Te vamos a vendar —anunció su madre con determinación.
Los ojos de Hinata se agrandaron, dudosos.
—¿A vendarme?
—Sí. Si no podemos cambiar el vestido para ajustarse a tu forma, cambiaremos tu forma para ajustarse al vestido.
—Oh, Dios mío —murmuró Hinata, no muy segura de que aquello fuera buena idea.
Instantes después, tuvo la seguridad de que lo no era. Se encontró aferrándose desesperadamente a Natsu para mantener el equilibrio mientras su madre y Bya se afanaban a su espalda, apretando y estrujando ajetreadamente.
—¿Cuánto falta, madre? Ya está horrorosamente estrecho —jadeó Hinata, apretando convulsivamente los hombros de Natsu.
La criada le dedicó una sonrisa medio preocupada medio animosa, y luego se inclinó a un lado para ver qué hacían lady Hanna y Bya en la parte de atrás de Hinata. Hinata no necesitaba mirar. Podía notarlo. Le habían envuelto la cintura con el lino, apretando mas con cada vuelta... y mas... y mas.
—Ya sé que es incómodo, pero solo será poco tiempo —la calmó su madre, y luego ordenó—. Más apretado, Bya. Ya casi está.
Hinata gimió cuando la opresión en su cintura se hizo insoportable. Podía jurar que sus órganos vitales estaban siendo empujados hacia arriba en busca de espacio a medida que la enrollaban en la tela. Por desgracia, aquellos órganos vitales parecían estar invadiendo el espacio ocupado normalmente por sus pulmones. De pronto el aire apenas le llegaba. Hinata estuvo a punto de desmayarse de alivio cuando su madre anunció —¡Ya! ¡Ya está! Ahora vamos a atar la punta.
—No podemos atarlo, mi señora —protestó Bya—. Haría bulto.
—Ah, sí. Tendremos que coserlo, me imagino —suspiró—. Bueno, venga. Yo lo sujetaré mientras tú coses, pero por favor, date prisa, Bya. Ya tengo las manos a punto de sufrir calambres. No sé cuánto tiempo podré seguir sujetándolo.
—Sí, mi señora.
Hinata escuchaba todo aquello a través de una niebla cada vez más espesa. Realmente no podía inhalar más que un leve soplo de aire cada vez. Gimiendo al sentir que la cabeza le daba vueltas, apoyó el rostro en el hombro de Natsu y trató de mantenerse al menos levemente consciente un poco más.
—¡Ya está!
El anuncio de Bya sacó a Hinata de su estado de aturdimiento.
—¡Gracias al cielo! Oh, mis manos —se quejó lady Hanna—. Venga, vamos a ponerle el vestido. Perfecto.
Hinata supuso que «perfecto» significaba que habían podido abrochar el vestido. Sin embargo, no estuvo segura hasta que notó que le daban la vuelta de donde estaba apoyada sobre Natsu. Alzó la cabeza y trató de sonreír cuando se encontró de cara a su madre y a Bya.
—Oh —exclamó lady Hanna.
—Sí —asintió Bya. Las dos mujeres intercambiaron una mirada de felicitación mutua.
—Estás preciosa, cariño. Verdaderamente preciosa. —Tomando a Hinata del brazo, lady Hanna la hizo apresurarse hacia la puerta —. Ahora vamos a bajar antes de que vengan a buscarnos.
Hinata consiguió cruzar casi media habitación, cada paso más lento y arduo que el anterior, antes de verse obligada a parar para coger aliento.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó lady Hanna.
—Es... nada, es que... necesito... tomar... air... —Hinata forzó una sonrisa mientras pugnaba por inhalar aire en sus pulmones comprimidos—. Dame... solo... un momento.
Lady Hanna intercambió una mirada de preocupación con su criada y murmuró:
—Sí. Párate un momento a coger aire. Luego podemos bajar y presentarte a tu prometido antes de ir hasta la iglesia.
El pequeño soplo de aire que Hinata había conseguido coger salió silbando solo de pensar en caminar; no solo salir de la habitación y bajar las escaleras, sino todo el camino hasta la capilla. La iglesia jamás le había parecido tan lejana, pero en aquel momento lo mismo podía haber estado a kilómetros de distancia. Le parecía que no podía tomar bastante aire para respirar, y mucho menos para andar. Hinata estaba a punto de desmayarse y se tambaleaba después de tan solo cruzar su cuarto, jamás llegaría hasta la iglesia.
—No creo que pueda andar tan lejos —admitió, sintiéndose como si estuviera decepcionando a todo el mundo.
—Oh, cielos. —Lady Hanna la sujetó cuando Hinata se tambaleó hacia ella—. Estás sonrojándote y palideciendo por turnos, cariño. Quizá deberíamos aflojar la venda un poco.
—No podemos —dijo Bya—. La hemos cosido.
Lady Hanna pareció tan consternada al recordárselo que Hinata se obligó a enderezarse y sugirió:
—Quiza si andamos lentamente...
—Sí. —Su madre asintió con alivio—. Además, caminar lentamente es más propio de una dama. Vamos, probemos otra vez, pero más despacio.
Hinata luchó por dar un paso, y luego otro. Notaba cómo el rostro se le enrojecía del esfuerzo, y luego el calor se le escapaba de la piel, dejándole las mejillas pálidas y frías mientras la estancia empezaba a girar a su alrededor.
—Oh, cielos. No va a funcionar —dijo lady Hannar tristemente, haciendo que Hinata se detuviera. Dudó por un instante, pensando, y súbitamente se volvió hacia su criada, llena de determinación—. Trae a Neji y a mi marido enseguida, Bya.
—Sí, mi señora.
Hanna Hyuga volvió su atención a Hinata mientras la criada salía a toda prisa de la habitación. Al ver cómo Hinata se tambaleaba, frunció el ceño y la fue empujando varios pasos hacia un lado hasta que estuvo delante del arcón.
—Venga, cariño, siéntate aquí.
—No puedo —boqueó Hinata, pugnando por mantenerse en pie a pesar de que su madre la hacía sentarse—. ¡No puedo sentarme! Sería peor. ¡Por favor! Necesito aire. Necesito...
Lady Hanna abrió mucho los ojos, horrorizada.
—¡Te estás poniendo azul! ¡Natsu! ¡Rápido, la ventana! —exclamó, y echándose el brazo de Hinata por los hombros la arrastró por el cuarto, frenética, mientras la criada se adelantaba corriendo a abrir las contraventanas.
Hacía aire aquel día. El viento entró en la habitación, sacudiendo el dosel de su cama, mientras Hinata se asomaba apoyada en el antepecho de la ventana. Notó cómo el aire le tiraba del pelo, soltándole varios mechones del apretado moño que Natsu le había hecho, pero no le importó. Lo único que le importaba era la sensación refrescante del aire frío dándole en la cara. Hinata abrió la boca al viento y boqueó, tratando de aspirar aire en unos pulmones que sencillamente no tenían espacio para aceptar más que un leve soplo cada vez.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Las tres mujeres se enderezaron al oír aquel rugido, mientras la puerta se abría de golpe. Hinata echó un vistazo por encima del hombro y vio a su padre entrar en el cuarto hecho una furia, con Neji, preocupado, pisándole los talones.
—¡Hanna! ¿A qué viene este retraso? Primero Hinata no baja; luego desapareces tú y Bya... —Se detuvo abruptamente al ver el pálido rostro de Hinata. Todo el fuego desapareció de su expresión, reemplazado por preocupación, y se acercó a toda prisa—. ¡Hinata! Santo Dios, estás pálida como una muerta. ¿Qué ocurre?
—No es nada, es... —comenzó lady Hanna, pero se detuvo al notar los dedos de Hinata apretándole convulsivamente el brazo.
—Solo son nervios, padre —terminó Hinata con un jadeo.
Luego se detuvo para tomar aire. De inmediato se le llenaron los ojos de lágrimas, tanto por la tortura de sus pulmones como por el resto de sus palabras:
—Voy a casarme y a dejar mi hogar. Los echaré de menos y...
Sus palabras terminaron en un gemido de dolor cuando Hiashi Hyuga la abrazó fuertemente.
—Y nosotros también te echaremos de menos. Eres una chispa de luz en nuestras vidas, niña. Pero nos veremos a menudo y... ¿Has perdido algo de carne, niña? Parece que hay menos de ti para abrazar.
La respuesta de Hinata fue un jadeo estrangulado, mientras agarraba la túnica de su padre y pugnaba por apartar la cara de su hombro para inhalar algo de aire. No pudo liberar la nariz o la boca, pero consiguió que los ojos sobresalieran del hombro. Se veían enormes y alarmados al posarse en su madre.
—¡Suéltala, Hiashi! —exclamó lady Hanna—. La estás asfixiando.
Hinata se encontró libre al instante. Se volvió y se dejó caer sobre el antepecho de la ventana, boqueando al aire que le daba en la cara.
—¿Seguro que son solo nervios? —preguntó Neji—. No parece encontrarse nada bien.
—Sí, son nervios —insistió lady Hanna.
Entonces Hinata oyó el inequívoco sonido de su madre aspirando aire con determinación. El sonido era maravilloso, profundo y tonificante, y Hinata gimió al imaginarse tomando aire así. Luego oyó a su madre decir:
—Sea como sea, en este estado, caminar hasta la iglesia sería demasiado para ella. Hiashi, tendrás que llevarte a todos a la iglesia. Neji, tú llevarás a Hinata a caballo hasta allí.
—¿Llevarla a caballo? —exclamaron los dos hombres.
—Pero si está más lejos ir a por el caballo que andar hasta la iglesia — protestó Neji.
—Sí —convino lord Hiashi—. Los Namikaze pensarán que está enferma o...
—No cuando les expliques que en la corte se considera muy romántico que la novia llegue en un corcel —insistió lady Hanna pacientemente—. Y que es la última moda y que todas las novias de sangre noble lo hacen.
Hiashi parpadeó.
—¿Ah, sí?
—¿Cómo voy a saberlo? —preguntó lady Hanna, exasperada—. Odias la corte y nunca me llevas.
—Ah —asintió Hiashi, comprendiendo—. Así que es mentir lo que quieres que haga.
—Sí.
—Muy bien. —Lord Hiashi sonrió ampliamente al salir del cuarto.
—Me va a hacer pagar por esto —murmuró la madre de Hinata.
Lady Hanna no parecía muy preocupada por ello. De hecho, Hinata estaba segura de que su madre se estremecía con anticipación, mirando a su marido cerrar la puerta tras él.
Lady Hyuga se volvió hacia su hijo.
—Ve a buscar tu caballo. Espéranos en las puertas. —En cuanto él asintió con la cabeza y se volvió para irse, lady Hanna volvió su atención a Hinata—. Ahora... ¡Oh, tienes mejor aspecto! —exclamó, sorprendida.
Hinata se las arregló para sonreír.
—Creo que me estoy acostumbrando. Si estoy tranquila y no me muevo mucho, parece que estoy bien —dio un paso cauteloso alejándose de la ventana, y luego otro.
—Quizá sería mejor que descansaras hasta que Neji vuelva con su montura.
Su madre extendió una mano nerviosa, como para cogerla si se desmayaba.
—Debo asegurarme que no me desmayaré al dar los pocos pasos desde el caballo de Neji hasta mi nuevo marido —señaló Hinata, dando otro paso mientras su madre, Bya y Natsu la seguían, con las manos tendidas para cogerla.
Apenas hubo andado un poco antes de que la habitación comenzara a darle vueltas. Hinata sospechó que malgastaba aliento en hablar, y por eso la sensación de desmayo llegó más rápida. Al parecer tendría que elegir entre hablar y caminar. En aquel momento, caminar era más importante, así que solo se detuvo un momento para que se le pasara la sensación y luego siguió. Hinata no fue la única en exhalar un suspiro de alivio cuando alcanzó la puerta.
Se apoyó en el marco un instante y luego consiguió sonreír al resto de mujeres preocupadas y abrir la puerta. Salió al vestíbulo y se detuvo. Lo único que necesitaba era cruzar el largo, larguísimo vestíbulo y luego las escaleras. Apretó los labios para reprimir el gemido que intentaba escapársele al pensar en todos aquellos escalones, cuadró los hombros y emprendió el camino, sintiendo un gran alivio cuando su madre la cogió de un brazo y Bya del otro. Natsu se quedó atrás para empujarle la espalda con las manos. Prácticamente la estaban llevando entre las tres, y aun así Hinata tenía que pararse a menudo para intentar tomar aire y aclararse la mente.
Acababa de volver a detenerse para aspirar aire ansiosamente cuando Neji apareció en el rellano.
—¿Se puede saber por qué tardais tanto? Llevo esperando... —Su hermano se detuvo ante ellas, con una mirada preocupada—. Esto no son simples nervios. Cielo santo, Hinata está a punto de desmayarse.
Su mirada se dirigió de una mujer a otra, pidiendo respuestas que Hinata hubiera preferido no dar.
Decidiendo que era mejor dar ella misma las humillantes explicaciones, Hinata lo hizo tan rápido y sencillamente como pudo, tratando de no encogerse, enrojecer o tartamudear. Luego esperó su reacción. Para su alivio, Neji se limitó a gruñir, y luego dijo:
—Bueno, es obvio que necesitas ayuda para llegar hasta el caballo o nunca llegaremos a la iglesia.
Se adelantó e intentó tomar a Hinata en brazos. Lo intentó y falló. Con aquella venda apretada, estaba tiesa como un palo de escoba de las caderas para arriba. Hinata sencillamente no podía doblarse. De ningún modo podría nadie llevarla en brazos a ningún sitio. Por un momento temió que tendría que enfrentarse a las escaleras después de todo; entonces su hermano se agachó ante ella. Le envolvió los muslos con los brazos y se enderezó con un gruñido.
Hinata dejó escapar lo que hubiera sido un leve chillido, pero resultó algo más fuerte, y se aferró desesperadamente a su cabeza y sus hombros.
—¿Qué...?
—Estate quieta, Hinata —dijo Neji, gruñón—. Esto no va a ser fácil.
Hinata se quedó quieta. De no estar tan necesitada de aire, estaba segura de que hubiera contenido el aliento. Aun así, estuvo rezando todo el camino por las escaleras y hubiera llorado de alivio cuando alcanzaron el piso bajo. Neji la sacó del castillo, con su madre y las dos criadas siguiéndoles, y luego titubeó al llegar a su montura. Se volvió con ella aún en brazos y preguntó:
—¿Cómo voy a subirla al caballo? Uno tiene que doblarse un poco para sentarse en un caballo.
Por un instante se produjo un silencio desconcertado; luego, lady Hanna dio un paso adelante.
—Déjala en el suelo, Neji, y dame tu cuchillo. Después necesitaré que te des la vuelta un momento.
—¿Qué...? —comenzó Hinata ansiosamente mientras Neji la depositaba en el suelo.
—Date la vuelta, cariño —ordenó su madre, y luego comenzó a luchar con los cordones de la parte de atrás del vestido—. Vamos a cortar la parte de debajo de las vendas lo justo para que puedas sentarte en el caballo.
—Pero...
La protesta de Hinata se ahogó en su garganta al sentir que la parte baja de la venda cedía un poco. Era solo un poco, y era la parte baja de la venda, por la parte inferior de las caderas, así que el cambio no alivió sus pobres pulmones, pero aun así era una sensación deliciosa. Cielos, qué maravilloso sería cuando al final se quitara la venda, pensó soñadoramente.
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Continuará...
