Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor. Hay OOC


«CUATRO»


Cogiendo rápidamente su túnica, Hinata se unió a su marido en la extinción de las llamas. Apenas había comenzado cuando Naruto la tomó en sus brazos y la sacó a empujones de la estancia.

—Oh, pero quiero ayudar —protestó Hinata cuando la dejó en el pasillo.

Naruto se limitó a gruñir y sacudió la cabeza mientras se precipitaba hacia la escalera para gritar una vez más «¡Fuego!». Después corrió de nuevo hacia la habitación.

Hinata le observó luchar contra las llamas, pero su mente se distrajo cuando el fuego bañó con su resplandor su musculoso y desnudo cuerpo. Sabía que era alto y fuerte. Había resultado obvio incluso vestido, pero desnudo pudo ver exactamente lo grande que era. Este hombre no había necesitado rellenar su ropa para impresionar a la gente. Estaba solidamente constituido, con unas piernas tan fuertes y musculosas como las de un caballo, un pecho tan ancho como un barril y unos brazos tan gruesos como sus muslos, pero mucho más duros.

Los ojos de Hinata acababan de llegar a su trasero cuando Naruto cogió las cortinas en llamas de la cama y se volvió, tirándolas al suelo. Fue entonces cuando recordó la palangana de agua. Natsu se había anticipado a su estado sudoroso y acalorado después del embarazoso incidente y había tenido la previsión de traer una palangana de agua para que pudiera refrescarse rápidamente antes de deslizarse desnuda en la cama. El agua sucia no había sido retirada y permanecía encima del arcón cerca de la chimenea.

Ignorando su orden de permanecer donde estaba, Hinata corrió hacia el interior de la habitación, agarró rápidamente la palangana y se precipitó con ella hacia Naruto. Casi lo había alcanzado cuando la sábana se empezó a deslizar por su cuerpo. Antes de que pudiera sujetar la tela que se deslizaba, se enredó en sus pies haciéndola tropezar. Naruto se giró ante su grito estrangulado cuando caía al suelo.

Él agarró su brazo en un esfuerzo por salvarla. A pesar de que logró impedir que cayese sobre su cara, Naruto terminó estrellándose contra sus rodillas, el agua de la palangana salpicó por todas partes y su cara húmeda terminó a solo unos centímetros de una parte extraña del cuerpo de él. Su madre le había descrito ese apéndice mientras la preparaba para su noche de bodas, pero Hinata nunca lo había visto. Ahora ciertamente lo veía, y a una distancia más bien ínfima.

Se quedó congelada en el sitio, con sus ojos sorprendidos fijos en su cuerpo. Su madre había dicho muy poco acerca del aspecto de ese apéndice, aparte de que era similar a un dedo. «Pero más largo, espero», había añadido en un susurro. Hinata sospechó que no había querido que oyera su comentario. Naruto era ciertamente mayor que un dedo, pero no se parecía en nada a uno. Quizá a una salchicha bastante grande y abultada, pensó con ligereza, parpadeando después, cuando una gota de agua cayó sobre su extremo, atrayendo su vista. Estaba con la boca abierta ante su extraña punta, una abertura que parecía estar creciendo, cuando Naruto emitió una especie de sonido ahogado, que atrajo su atención hacia arriba.

Hinata observó detenidamente su cara, encontrándola también mojado. El agua parecía haber salpicado totalmente su parte delantera. Pero esto no explicaba la extraña expresión de su cara al deslizar su mirada hacia donde ella se encontraba arrodillada, delante de su ingle. Hinata siguió su mirada, sorprendiéndose al ver que su vara había crecido aún más, y surgía del extremo como un topo que asomaba la cabeza por su agujero. Acababa de notar esto cuando se encontró de nuevo sujeta como un fardo entre sus brazos y transportada rápidamente al corredor.

—Quédate aquí —le dijo bruscamente, marchándose de nuevo.

Mordiéndose el labio, Hinata se movió para apoyarse contra la jamba de la puerta, observando ansiosamente cómo combatía las llamas. Las cortinas que había lanzado lejos de la cama habían caído encima de un arcón que se había prendido fuego y ahora ardía alegremente. Naruto estaba intentando apagar aquellas llamas con las calzas en una mano y la túnica que ella había usado antes en la otra.

Cuando le miró, Hinata recordó los comentarios que había hecho su padre sobre este hombre mientras preparaban la ceremonia. Lord Hiashi había hablado de él a menudo. Se imaginaba que había tratado de aliviar cualquier inquietud que pudiera tener al acercarse el día señalado. Su padre opinaba que conocía bastante a Naruto. Hinata suponía que conocería todo lo que un hombre pensaba que era importante, pero le había parecido muy poco.

Según su padre, Naruto tenía la extraña habilidad de ser capaz de manejar una espada con ambas manos. Lo que le hacía ser un formidable oponente. Añadiendo que también se decía que era implacable. Tanto él, como su padre antes que él, eran considerados unos temibles guerreros. Ese había sido el principal motivo por el que su padre acepto su petición de matrimonio cuando lord Minato le abordó con tal cuestión. No vivían lejos, e incluso entonces, siendo aún un muchacho, Naruto había destacado por ser grande y fuerte a pesar de su edad, mostrando las señales inequívocas de seguir los temibles pasos de su padre. Lord Hiashi había querido que el marido de su hija pudiera cuidar de ella y mantenerla segura.

Observando a su marido combatir el incendio en su dormitorio, Hinata comenzó a entender por qué. Las llamas lamían su cuerpo como las lenguas de serpientes venenosas y, aún así, él no se encogía. Sus brazos giraban constantemente, en un movimiento incansable. A pesar de eso, temió que su determinación no fuera suficiente. Parecía que las llamas bailaban a su alrededor, siguiendo una dirección y después girando, como si tuvieran mente propia y jugaran al Peekaboo con él.

Estremeciéndose al percibir cómo una astilla se le clavaba en la sensible piel de un dedo, se miró la mano y observó que había apretado el marco de la puerta ante su creciente inquietud. Soltando la madera, se adentró de nuevo en la habitación, parándose al momento y girándose hacía la escalera.

Estaba sorprendida ante el hecho de que nadie hubiera notado el incendio o hubiera oído el grito de auxilio de Naruto. Seguramente el humo habría alcanzado la gran entrada, pensó, comprendiendo después que en cambio subía hacia la torre. Por supuesto, las celebraciones abajo se habían vuelto bulliciosamente alborotadoras. Parecía que ni siquiera hubieran oído los gritos de Naruto, o alguien habría subido con baldes de agua. Alejándose de la puerta, Hinata corrió hacia la escalera.

Probó a gritar desde arriba como había hecho Naruto, pero tampoco a ella la escucharon. Hinata tomó el borde de la sábana y descendió deprisa las escaleras, gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Estaba casi abajo antes que nadie la oyera, y todos parecieron oírle al mismo tiempo, ya que los ruidos murieron cuando todas las cabezas giraron hacia ella.

Hinata esperaba alguna reacción: un rápido movimiento de pies, gritos alarmados solicitando agua, una erupción de salvadores apresurándola; pero en cambio se produjo una repentina y completa calma mientras todos ellos la observaban boquiabiertos. Ajena al cuadro que presentaba, con sus exuberantes curvas y sus senos redondos y plenos intentando escapar de la sábana húmeda y ajustada que la cubría.

Ajena al pelo que le caía sobre su sonrojada cara, en gloriosas ondas oscuras que ondeaban sobre sus hombros y llegaban hasta sus rodillas. Ajena al hecho de que aquellos que habían pensado de ella que era meramente agradable o demasiado rellenita, con sus oscuros y desaliñados vestidos, y su pelo estirado y retirado de su cara, estaban reconsiderando sus opiniones y ahora la veían como un delicioso y sensual banquete. El aturdimiento de Hinata dio paso a la impaciencia. En aquel momento, su marido estaba arriba solo, luchando para salvar el castillo, y aquí seguían ellos, sentados como si les hubiera alcanzado un rayo.

—¿Están todos sordos? —gritó con asombrosa furia—. ¿Consentirán que el castillo arda a vuestro alrededor? ¡Mi alcoba está ardiendo!

Neji fue el primero en moverse. Poniéndose en pie de un salto, rugió tardíamente pidiendo agua y se precipitó hacia ella. Pero no voló para pasar delante de ella y correr escaleras arriba como había supuesto, se limitó a detenerse delante, ocultándola de los que se hallaban abajo.

—Será mejor que te retires a lo alto de la escalera, hermana. Estas despertando apetitos que no han sido saciados con el banquete.

Hinata le contempló aturdida, notando a continuación cómo sus ojos resbalaban incómodos hacia abajo, retirándose después. Ella miró detenidamente su cuerpo, comprendiendo solo entonces que no era que estuviera simplemente vestida con una sábana; era que, además, estaba mojada y se adhería indecentemente a sus curvas. Suspiro interiormente ante el tremendo apuro en que se había puesto una vez más, pero por otro lado, ¿qué era una humillación más? Mientras Naruto tuviera ayuda, pensó aliviada cuando la puerta de las cocinas se abrió de golpe y varios criados se precipitaron, cubos en mano, salpicando agua mientras corrían. El estruendo y el murmullo de al menos cien hombres levantándose y apresurándose en reclamar aquellos baldes la tranquilizaron. No todos podrían conseguir uno, ni tampoco cogerían todos arriba, pero al menos tenían la intención de hacer algo con respecto al fuego.

—¡Formen una fila hasta el pozo! —escuchó rugir a su padre, en un intento de traer cierto orden al caos.

Sacudiendo la cabeza, Hinata se giró y subió apresuradamente las escaleras, consciente de que su severo hermano la seguía de cerca.

El humo se había espesado mientras ella había estado abajo, y el corazón de Hinata le subió a la garganta cuando llegó a la alcoba y no vio a Naruto. Era como si una espesa niebla hubiera entrado a la deriva por la ventana, oscureciendo la alcoba. Fuera lo que fuera lo que había habido en el arcón, había causado el humo negro más espeso y cegador que hubiera visto jamás.

—Aguarda aquí.

Neji la empujó a un lado, luego tomó el balde del primer hombre que llegó y se adentró con él en la alcoba. Hinata se mantuvo de pie al lado de la puerta, procurando apartarse del camino, pero incapaz de evitar intentar vislumbrar algo en la habitación cada pocos segundos, impaciente por ver si Naruto se mantenía todavía de pie y no había sido vencido por el humo. Pero sus tentativas de mirar en la estancia la ponían en medio de los hombres que se acercaban con el agua. Se encontró echada a un lado por un hombre tras otro, mientras le sonreían de una forma u otra. Esas sonrisas le parecieron extrañas a Hinata. Nunca antes había sido receptora de ellas. Los hombres de su padre siempre se habían mostrado agradables con ella, pero de alguna forma esas sonrisas parecían diferentes.

Tuvo poco tiempo para pensar en el asunto. Su madre apareció de repente, sujetándola por el brazo y llevándosela por entre los hombres a la alcoba de su hermano. Hinata se encontró sometida a un examen cuando su madre comprobó si padecía heridas, y después le explicó cómo había empezado el fuego, aunque solo admitió que había tirado la vela al suelo, no que estuviera tratando de ocultar su cuerpo en la oscuridad cuando lo había hecho. Tampoco le dijo cómo los besos de Naruto la habían distraído, pero sospechó que su rubor y el sentido común de su madre eran suficientes como para darle una idea general de la situación.

Lady Hanna acariciaba su mano tranquilizadoramente mientras murmuraba algo en la línea de «los accidentes suceden», cuando la puerta se abrió y su padre entró con un Neji cubierto de humo. Hinata se precipitó a su lado.

—¿Está bien Naruto? No está herido, ¿verdad? —preguntó ansiosamente

—¿Estás herido? —preguntó su madre casi en el mismo momento, alcanzando a Neji y examinándolo como había hecho con Hinata.

—Estoy bien, madre —le aseguró Neji rápidamente, volviendo su atención después hacia Hinata, que luchaba con la culpa de haber demostrado tan pobre preocupación por un hermano al que amaba mucho—. En cuanto a Naruto, creo que se ha quemado las manos. Y ha respirado mucho humo. Creo que...

—¿Dónde crees que vas, señorita? —gruñó su padre cuando ella se dirigió a la puerta.

—Yo… Neji ha dicho que Naruto se ha quemado las manos y pensé...

—Lady Kushina le curará —le aseguró su madre, tomándola de los hombros y alejándola de la puerta.

—Pero...

—No. No hay peros, mi niña —dijo lord Hiashi firmemente—. Apenas estás vestida como para andar revoloteando por el castillo. Su madre le está atendiendo en la alcoba que les asignaron. Podremos verle cuando venga aquí, una vez que ella haya terminado con él. —Finalizó sus severas palabras con una caricia en su hombro, girándose después hacia su esposa con una nueva inquietud—. Su alcoba no ha quedado bien. Hinata y Naruto no podrán quedarse allí esta noche. Tendremos que hacer otros arreglos. Al menos para esta noche. Esperemos que mañana podamos arreglarlo lo suficiente como para que sea habitable. Yo...

—Pueden quedarse en mi aposento —interrumpió Neji—. Puedo dormir en el gran salón esta noche.

Lord Hiashi se volvió preocupado y contempló a su hijo, cubierto de hollín, pero asintió con la cabeza, aliviado ante esa fácil solución a su problema.

—Prepararé un baño en nuestra alcoba para que puedas lavarte — anunció, conduciéndole hacia la puerta con una mano en su hombro.

—Quizá también debieras enviar otro a los aposentos de lord y lady Namikaze para Naruto, esposo —sugirió lady Hanna.

El padre de Hinata hizo una pausa y echó un vistazo hacia atrás, observando a su esposa e hija. Frunció los labios afectuosamente.

—Sí. Y también otro para nuestra muchacha —afirmó.

Hinata echó un vistazo hacia abajo cuando la puerta se cerró detrás de los dos hombres, sorprendiéndose al ver que el lino blanco con el que había estado corriendo era ahora de un tono gris oscuro, como sus brazos, hombros y probablemente también su cara. Estaba segura que no era de ese color cuando corrió escaleras abajo, pues el lino había estado húmedo pero todavía blanco cuando se observó detenidamente después de bajar las escaleras. Solo se le ocurría que, al ponerse en la puerta de su alcoba mientras el espeso humo negro salía en oleadas hacia fuera, se había cubierto con ese polvo. Definitivamente necesitaba un baño.

—Has hecho un buen trabajo en tus manos.

Naruto gruñó ante la sardónica declaración de su madre mientras atendía sus heridas. Intentaba no pensar demasiado en el asunto. Las manos le dolían terriblemente. Sentía como si las tuviera dentro de una tina de aceite hirviendo.

Su mirada se dirigió hacia la puerta del aposento y se preguntó dónde estaría su novia. Había tratado de ayudarle, lo sabía, pero resultó principalmente un obstáculo. Al menos hasta que trajo a los demás. Eso probablemente le había salvado la vida. Al principio, mientras ardían las cortinas de la cama, el humo no resultó tan malo, pero una vez que el fuego alcanzó el arcón, lo que estuviera dentro había convertido el humo en espeso y acre. Eso le había llenado los pulmones como una oscura masa, ahogándole hasta el punto de que se había mareado y perdido el equilibrio. Había caído sobre sus manos y rodillas entre el fuego, aterrizando con sus manos en las cortinas en llamas de la cama.

La mordedura del fuego le despejó rápidamente y había luchado para ponerse en pie en el mismo momento en que Neji había entrado precipitadamente en la estancia con un balde de agua. El primer balde había hecho poco, pero la llegada de más baldes y también de más hombres consiguió acabar con el fuego y ayudado mucho a hacer desaparecer el humo de la alcoba. Aún así, para Naruto resultó un alivio poder dejar finalmente aquel cuarto. Había pasado bastante rato medio doblado, sofocado por el humo negro que había respirado. Apenas recordaba haber sido conducido a esa alcoba y todavía no tenía ni idea de donde estaba su esposa.

—Donde está...

—Creo que esta al otro lado del vestíbulo —murmuró Kushina Namikaze.

Naruto lanzó una mirada desconcertada a su madre. La mujer siempre parecía ser capaz de leerle la mente. A veces sentía la necesidad de ser cauto a su alrededor, como si debiera proteger sus pensamientos.

—Sí. Allí está —anunció Minato, después de escuchar la pregunta y respuesta entre su esposa y su hijo al entrar en la alcoba—. Hiashi dice que su madre la está ayudando a bañarse. Han ordenado un baño también para ti. Su hermano os ha cedido sus aposentos. —Hizo una pausa al llegar al lado de su hijo, haciendo una mueca al observar sus manos dañadas—. Aunque no creo que sea necesaria la intimidad esta noche. Apenas podrás hacer nada con esas. —Levantó una ceja esperanzado—. Supongo que no habrás tenido tiempo de hacer nada antes...

—No, —dijo Naruto sintiéndose miserable, pues realmente había estado a punto de hacerlo.

Hinata había estado tan caliente y suave como él esperaba. Había olido como las dulces flores del verano y se había mostrado tan apasionada y receptiva como un hombre podría desear. En verdad se encontraba bastante resentido por la interrupción que había causado el incendio. De no haber sido por eso, sin duda en estos momentos estaría profundamente enterrado en su húmedo calor. Naruto lanzó un pequeño suspiro de desilusión. Suspiro que fue repetido por su padre.

—¿Cómo comenzó el incendio? —preguntó lord Minato después de permitirle un momento para que se lamentara por su oportunidad perdida.

Naruto negó aturdido.

—No estoy seguro. Creo que una de las velas se cayó al suelo, aunque no estoy seguro de cómo sucedió.

—Hmmm. Ah, aquí está tu baño —dijo Minato cuando sonó un golpe en la puerta y varios criados entraron trayendo todo lo necesario.

—Me quedaré y te ayudaré —anunció lady Kushina, provocando una mirada alarmada en Naruto.

Su madre no le bañaba desde…bueno, no podía recordar haber sido bañado nunca por su madre. Siempre había habido niñeras y criados para ocuparse de sus necesidades siendo niño. Como adulto, ciertamente no había pensado aceptar su ayuda, y no tenía intención de comenzar ahora.

—No necesito ninguna ayuda. Puedo hacerlo solo —dijo firmemente.

Ella no pareció impresionarse por su tono severo. De hecho, se limitó a sonreír divertida. Por supuesto, este era un problema habitual con sus padres. Su reputación en el campo de batalla era tal que muchos hombres temblaban ante la única mención de su nombre, pero, aún así, su madre no tenía el más leve miedo de él.

—Lo puedes hacer por ti mismo, ¿no? —preguntó ella secamente, apartando su atención de su silenciosa queja.

Notando la significativa mirada que ella le lanzó a las manos, Naruto siguió su mirada y casi jadeó. El dolor había disminuido un poco después de la llegada de su padre, al haberle untado ella un fresco bálsamo calmante. Había prestado poca atención a lo que le hacía después de eso, con la mente puesta en el hecho de que no había logrado poseer a su novia. Ahora observó que, mientras estaba lamentándose por la oportunidad perdida, ella le había vendado las manos, y vendado de verdad. Dios bendito, sus manos eran ahora unos muñones cubiertos de lino. No había ni un solo dedo que pudiera verse. Parecía que necesitaría ayuda para bañarse.

Su mente había comenzado apenas a rebelarse ante aquel pensamiento, cuando comprendió que no solo necesitaría ayuda para el baño, sino que el estado de sus manos había acabado también con la posibilidad de poseer a su esposa esa noche, o las siguientes noches, a decir verdad. Contempló con consternación sus vendados muñones.

No existía la menor posibilidad de que pudiera acariciarla hasta el punto de la excitación, o simplemente sostenerla con ellas. Para consumar ahora mismo la boda, Hinata tendría que sentarse encima o apoyarse de tal manera que se pusiera al mismo nivel de su cadera, de modo que solo tuviera que conducir su miembro a su nido. Tal acto sería humillante y doloroso para su nueva novia, sin ninguna caricia que la preparara y excitara, y no tenía ningún deseo de causar a Hinata humillación o dolor. Parecía que tendría que retrasar su posesión… indefinidamente.

Hinata abrió los ojos y observó inexpresivamente la ropa oscura de su cama, aturdida durante un momento, pensando en cómo las cubiertas de un azul pálido habían sido cambiadas por unas rojas oscuras sin que ella se despertase. Entonces comprendió que no estaba en su propia cama. El repentino recuerdo de todo lo sucedido le siguió, y giró la cabeza hacia un lado, encontrando allí sus ojos al hombre dormido.

Su marido, Naruto Namikaze.

El hombre estaba profundamente dormido, pero hasta en su sueño la expresión era de dolor. Su mirada recayó en sus manos vendadas y suspiró. Hinata apenas había creído en sus ojos cuando entró aquella noche en la alcoba. Sus manos vendadas, junto con la afligida expresión de su cara, fueron suficiente como para convencerla de que probablemente esa noche no habría consumación. Había tenido razón. Naruto la miró larga y duramente, desnuda bajo los cobertores, con unos ojos que parecieron devorarla; suspirando entonces, se había situado al lado de la cama, solo para hacer una pausa y mirar con frustración de sus manos a la ropa de la cama.

Comprendiendo que no era capaz de levantar los cobertores él mismo, Hinata rápidamente los había retirado para que pudiera meterse en la cama, colocándolos entonces a su alrededor y mordiéndose el labio al notar el rubor avergonzado que le cubría la cara. Una vez que ella terminó y se colocó en su lado, él había suspirado pesadamente, cerrado los ojos y deslizado en el sueño.

Esa había sido su noche de bodas. Suspirando, se había girado lejos de él y se había obligado a dormir. Le había llevado un rato. Su mente giraba ante la culpa que sentía por causar el incendio que le había herido, lamentándose también por no haber podido experimentar lo que hubiera seguido a los emocionantes besos y caricias que su marido le había prodigado.

Ahora era por la mañana, pero a juzgar por la dolorida expresión de su marido incluso durante el sueño, Hinata estaba segura de que lo mejor era dejarle descansar todo lo que pudiera mientras permaneciera así. Su madre siempre decía que el sueño era la mejor cura para cualquier enfermedad o herida.

Levantándose de la cama, Hinata soltó un pequeño suspiro aliviado al poder sacar los pies sin despertar al hombre. Dejándole allí, se apresuró hacia el arcón que su padre le había traído de su antigua alcoba. Su vestido rojo había sucumbido ante las llamas, junto con los demás que había dejado fuera para ponerse en los siguientes días. Tendría que hacer una incursión en su arcón para coger otro vestido. Muy consciente de su desnudez, Hinata se vistió con el primer vestido que tomó, uno marrón claro que se ponía a menudo cuando trabajaba en el castillo. Frunció el ceño ante su estado, bastante arrugado, mientras lo alisaba, pero todos sus vestidos estarían igual de arrugados después de haber permanecido embalados.

Desistiendo de poder quitar las arrugas, Hinata echó un vistazo hacia su marido para asegurarse que todavía dormía, después salió del aposento y caminó hacía el gran salón. Se detuvo un momento en la escalera y un pequeño suspiro resbaló de sus labios cuando vio que aparentemente el resto del castillo estaba ya levantado. No había ni un solo criado o invitado dormido en el suelo del salón. Las únicas personas que permanecían en la estancia eran sus tres primos, sentados ante la mesa de caballete. Hinata casi giró y emprendió el regreso hacia arriba, ¿pero dónde iría? No se arriesgaría a despertar a su marido, y los demás aposentos estaban ocupados.

Comprendiendo que no tenía otro sitio donde ir, enderezó los hombros y terminó de bajar los últimos escalones. Hinata cruzó el salón hacia la mesa con la cabeza alta, esperando que su actitud orgullosa escondiera su renuencia a permanecer allí.

—Bueno.

Hinata se tensó ante la prolongada palabra que emitió su prima Shion.

—No pareces diferente —terminó, y Hinata no pudo resistir echar un vistazo hacia ella con sorpresa.

—¿Diferente?

—Sí —dijo Shion con sequedad—. Deduzco que tu marido no ha podido compartir tu cama… como temimos. Pues de otro modo parecerías diferente.

—No, por supuesto que no lo ha hecho, Shion —dijo Tokuma mientras Hinata, silenciosamente, se preguntaba cómo se vería si la hubiera poseído—. Si fuera así, la prueba de su inocencia colgaría ahora mismo de la baranda de la escalera.

Hinata no necesitó que le explicase lo que era «la prueba de su inocencia». Sabía que su primo se refería a la sábana ensangrentada que resultaba después de que el marido rasgara el velo de la doncella. Hinata había asistido a la boda de su vecino y fue testigo de la ceremonia y los rituales que tuvieron lugar allí.

—Las manos de mi marido se han dañado con el fuego —dijo con toda la dignidad que pudo reunir—. Ha sido incapaz de completar el acto, por ahora.

—¿Eso es lo que te ha dicho? —preguntó Shion con compasión, mientras Tokuma se reía y decía:

—No eran sus manos las que tenían que completar el acto.

—Sí. —Tetsu sonrió abiertamente—. ¿Su cosita también se quemó con el fuego?

Hinata apretó los dientes cuando su dignidad la abandonó y se hundió en la incertidumbre. Sus primos debieron de darse cuenta del cambio de su expresión, porque pareció como si los lobos hubieran descubierto un débil ciervo alejado de su manada, pues la rodearon y comenzaron a arrancarle cada porción de autoestima que le quedaba.

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Continuará...