IV

Propuesta de Vida


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Estaba al límite.

Lo peor: no había más culpable que él mismo.

Durante los siguientes días que ocurrieron posterior a su primer encuentro, cuando la encontró ebria, Milo había estado abusando de su buena suerte, pero incluso él no era inmune a los problemas que podía provocar el dejarse guiar por sus impulsos. En este caso, ceder a la curiosidad sobre aquella amazona.

En el pasado apenas tuvo ciertas referencias de ella. Shaina de Ofiuco, una amazona de plata, que como cualquier otra de su clase, no supuso la gran novedad para Milo. Tenía que admitirlo. Cuando Saga tomó el control del Santuario, disfrazándose de Patriarca luego de asesinar al maestro legítimo quien había elegido a Aioros como su sucesor, Milo había estado más al pendiente de sí mismo que de los otros.

Aioria, por otro lado, había sido la excepción en ese campo. Aunque era fuerte, el Santo de Leo jamás hizo alarde de ello, llevando a cuestas la injusticia de ser marcado vilmente como "el hermano del traidor" cuando Aioros no sólo, no traicionó al Santuario sino que fue el héroe que impidió el asesinato de la diosa. Aioria cumplía sus misiones sin falla y se retiraba sin permanecer mucho tiempo hablando de sí mismo y sus habilidades como si no hubiese por ahí enemigos más fuertes que pudiesen poner a los Santos de Oro en aprietos. A diferencia de muchos de ellos, incluyéndose, que tuvieron una enorme temporada de egocentrismo contra todos los que se le pusieran enfrente, hasta que llegaron los Santos de Bronce y les hicieron abrir los ojos.

Poe ejemplo, Hyōga, el alumno de Camus; le había mostrado a Milo lo que los Santos de Oro habían perdido sin darse cuenta. El rumbo. La voluntad. Y por encima de todo, el sentido común.

¿Por qué su Ilustrísima siempre cubría su rostro? ¿Por qué en antaño siempre se dijo que el maestro era el hombre más noble y sabio? ¿Por qué los Santos de Oro jamás cuestionaron sus desalmadas órdenes de destruir a aquellos que no pensaban como él? ¿Por qué se dejaron engañar tan fácilmente?

En las manos de Milo corría sangre inocente. Todo por seguir ciegamente órdenes y luego excusarse en eso para no sentir que se merecía el infierno.

Luego de tan duras batallas, él había salido aquella noche a despejar su mente, y lo que encontró fue una amazona ebria. No, había encontrado a una mujer angustiada, temerosa y vulnerable; y eso le había… conmovido.

Si debía ser sincero, no se había esperado sentirse tan curioso por ella. Tanto como por su rol como amazona, tanto como por su verdadero ser; ese que ella debía ocultar tras una máscara y sólo Seiya había visto completamente. Pero tampoco era como si pudiese culpar al mocoso, era un niño después de todo, y el "amor de pareja" era tan ajeno a él como la primavera lo era del invierno.

Lo que Milo no predijo fue que pasaría lentamente de la curiosidad al deseo.

Después de mucho tiempo observándola en el Coliseo; entrenando como guerrera e instruyendo a los novatos. A veces observándola afuera del campo de entrenamiento, desde lo lejos cada vez que podía.

Y un llameante deseo prohibido avivándose cada vez más en su interior cuando se permitía saborear esos momentos. Jamás le había seguido como un perro ansioso por aparearse. Sólo la miraba cuando tenía la oportunidad y luego seguía con lo suyo. Pero su mente era traicionera porque aun en solitario, la imagen de Shaina lo perseguía.

Después de tener varias charlas consigo mismo por las noches, donde la sola idea de que ella pudiese aceptarle en su lecho, era una absurdez para todas y cada una de sus personalidades…

Después de durar días, desconectado de su deber, de sí mismo, haciendo cuanta torpeza fuese imaginable… sólo por pensar en el modo de abordarla, de acercarse a ella sin recibir el ya previsto rechazo… después de todo, era una orgullosa amazona de plata y claramente, rebajarse a ser la puta de un Santo Dorado no iba a hacerle ninguna gracia.

Después tantos dolores de cabeza, desvelos, y momentáneos segundos de racionalidad donde su regla de "no tomar amazonas" hacía ruido en su contrariado sentido común…

Al fin había ocurrido.

Después de desprenderse de todo sentido común, seguirla con sigilo, y con su cosmos oculto al máximo, desde el pueblo hasta un viejo templo a las afueras donde la vio arrodillarse frente a las estatuas viejas de algunos dioses como Zeus, Hera, Hermes, Apolo y Athena, juntando sus manos frente a su pecho, agachando la cabeza y mascullando por lo bajo sus plegarias.

Después de mantener un ojo traidor vigilante sobre ella… desde aquella noche en la que la vio llorando amargamente por el delicado estado de salud del Santo de Pegaso.

Esa tarde, cuando el sol todavía iluminaba muy poco pues el ocaso estaba próximo a acabar… la mujer que al sentirlo aproximándose, pues sus pasos hicieron eco en el templo vacío (casi olvidado), no lo echó del sitio, sino que permaneció centrada en sus asuntos dejando que él la acompañase.

Sin deseos de interrumpirle, Milo de Escorpio no se arrodilló frente a las estatuas ya que su lealtad sólo estaba con Athena. La deidad, en cuerpo y alma, estaba en Japón, velando por la vida del guerrero que las Moiras parecían estar esmeradas en llevarse al hades por lo que no tenía a ningún otro dios más al cual rendirle respeto.

Aun así, él bajó la cabeza con las manos de lado a lado de su cuerpo. Después de todo, la salud de Seiya no le era indiferente. El muchacho se había ganado su reconocimiento desde la primera vez que se vieron y tanto él como Shiryū de Dragón habían sobrevivido (quizás por suerte) de las heridas que se llevaron en la Batalla de las 12 Casas.

Como dijo antes, él los reconocía como compañeros valiosos por los cuales daría la vida si era necesario. Después de todo, eso significaba ser un Santo de Athena.

Por otro lado…

Despertando del pasado, y sin decirse nada, Shaina de Ofiuco se levantó de su posición; todavía con la cabeza inclinada hacia el piso, dejó que el cabello ondulado, algo descuidado, se moviese pobremente con el viento frío y húmedo que presagiaba la lluvia. Bastante rápido y sin que ninguno diese un paso hacia afuera del templo, las primeras gotas se transformaron en una tormenta que también atrajo una ventisca violenta.

Milo no le dijo nada, a él esa tormenta no le sorprendió ni le asustó ya que sus entrenamientos le habían preparado para recibir de pie las más temibles pruebas de la naturaleza; pero sí esperó que los habitantes de los pueblos cercanos, tanto humanos como animales, estuviesen bien refugiados ya que, con atención, pudo oír a algunos árboles aledaños que estaban intentando no perder sus hermosas hojas verdes, aferrarse a la tierra con sus poderosas raíces, soportando el soplido del viento.

Ambos Santos se sentaron el uno junto al otro viendo al fondo, hacia la entrada grande del templo viejo, cómo el agua y el aire caían en vertical violentamente.

—Hace dos días, él entró en coma —musitó Milo no extrañándose de que su voz no haya hecho tanto eco debido al ruido de afuera.

—Lo sé… Marin me lo dijo —respondió casi de inmediato, en el mismo tono.

Por eso él había salido de su Templo. La noticia fue muy fuerte incluso para Milo.

—No morirá —con seriedad, Milo no dudó en su predicción.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —la voz de ella apenas se escuchó.

—Bueno… si varios Santos de Plata, incluyéndote, más de cuatro Santos Dorados, un centenar de Espectros, un ejército de Marinas, dos dioses sumamente molestos y varias armas clavadas en su estómago no pudieron dejarlo en cama de por vida… creo que no deberíamos perder la fe en él tan pronto —suavizó su tono antes de agregar—: Sobrevivirá.

Milo no esperaba que esas palabras le ofrecieran calma a Shaina, por eso se sorprendió cuando el cosmos de ella se avivó un poco para bien.

—Supongo que tienes razón —dijo en un tono menos cargado de tristeza—; las ha tenido peores.

—Despertará, y cuando lo haga, se llevará la sorpresa de su vida porque la hermana que tanto buscó al fin volvió a su lado.

Seguro se preguntarán por qué Milo sabía tanto del tema, y eso era porque tenía a Aioria, Marin y al mismísimo Patriarca y Mū para mantenerlo al tanto; incluso Kiki a veces iba y venía con los hermanos de Helena de Asgard para exclamar a los cuatro vientos las noticias más recientes sobre el estado de Seiya, por todas las 12 Casas del Zodiaco.

Jamás algo así había ocurrido, era un escándalo. Pero al fin había algo más que unía a los Santos Dorados unos con otros además de su lealtad a Athena: los jóvenes y valientes Santos de Bronce.

Más tranquila, Shaina asintió a sus palabras.

—Marin encontró a Seika para él —sonrió con melancolía—, aunque a ella le cueste todavía recordarlo todo.

—Quizás estar en Japón le ayude —agregó cuando un trueno retumbó hasta el piso debajo de ellos—. No hay que perder la fe —repitió sin saber, que esa sería la primera y última vez que Seiya sería nombrado por ambos cuando estuviesen juntos.

De hecho, esa sería la primera conversación real que tendrían antes de cometer la imprudencia de verse a los ojos y descubrir que la atracción entre ambos era mutua y no sólo era por parte de Milo, cómo él había estado pensado.

Ella en esos momentos no usaba la máscara, y es que se la había quitado en la entrada del templo y la había dejado bastante lejos. Sin embargo, aunque la hubiese tenido, él se la hubiese quitado para acariciarla lentamente de la mejilla, y de igual manera, se tomaría su tiempo para observar su rostro desnudo. Tímido, ante su escrutinio.

Esos opacos ojos verdes le decían a Milo claramente que ella necesitaba de tranquilidad, estabilidad y confort. Cosas que por el momento, él tenía y podía compartirlo con ella.

Quizás sólo por eso, Shaina dejó que sus labios se unieran… sólo por eso lo dejó ir descendiendo hasta poder besar su cuello y sólo por eso, le permitió desnudarla lentamente para irla acostando sobre el piso frío que más tarde se calentó un poco gracias a que él elevó su cosmos, no solo iluminando el solitario templo sino también embargándola a ella, en una calma tan magnánima, que Shaina se permitió también pecar contra su estatus de guerrera para convertirse en una simple mujer que se sentía a gusto bajo la protección de un hombre.

Más precisamente, este hombre.

En sus cinco sentidos, ella jamás habría permitido un acercamiento así. Nunca se habría dejado desnudar ni mucho menos besar por alguien con el que sólo había hablado un par de veces. Pero el cosmos de Milo de Escorpio le dio confianza, le dio calor y comodidad. Le dio la tranquilidad que ella necesitaba con desesperación luego de muchos días fingiendo que todo estaba bien; luego de muchas noches permaneciendo en vela por no dejar de pensar en la salud crítica de Seiya y en sus propios asuntos.

En ese terrible campo de ansiedad y desolación; incluso confusión, que era ahora su cabeza, Shaina le dejó a Milo enseñarle lo que era sucumbir ante la pasión. Desahogar su tensión mediante caricias y gemidos.

La fiera cobra se dejó seducir ante las entrenadas habilidades de cortejo de aquel hombre que ardía en llamas, invitándola a acompañarlo. Shaina continuó sus movimientos sin pedirle a él que no se le ocurriese alardear de su logro una vez que hubiesen terminado como en un principio quiso hacerlo.

A pesar de ser virgen, no era una estúpida. Shaina sabía que a los hombres, y más a los que tenían el ego demasiado inflado (ejemplo) como la mayoría de Santos Dorados aun si habían sido resucitados, les gustaba alardear sobre sus prodigiosas habilidades pasionales con amigos o conocidos. Pero en un único momento de ceguedad total, Shaina confió en que él no sería así. Que Milo de Escorpio la respetaría como lo hacía ahora. Tocándola sin prisas, esperando a detenerse si así ella se lo pedía.

Respirando irregularmente debido a las nuevas sensaciones que experimentaba su ser, Shaina estuvo muy nerviosa, tanto que a veces se apenaba bastante cuando de su boca salía un chillido nada propio de una guerrera.

Diosas… ella tenía un par de libros y varias conversaciones en su cabeza por parte de las chicas y mujeres de los pueblos que a veces no paraban de cacarear con respecto a sus experiencias propias, por lo que comprendía los diversos tipos de formas en las que una mujer y un hombre podían volverse uno, y esta era una de la que los amantes más disfrutaban.

Sin embargo a Shaina le costaba acostumbrarse, sobre todo porque no conocía de mucho al Santo en cuestión como para sentirse en entera confianza. Admitía que su traje de combate era un tanto ajustado y no dejaba mucho a la imaginación, pero esa fue la primera vez que un hombre la vio desnuda… y qué además la tocó.

Por otro lado, le daba pena reconocerlo, pero ella no sabía exactamente cómo eran los hombres normales a la hora de adentrar a una virgen en terrenos donde la seducción era un lenguaje; un arte… un baile incluso, por lo que varias veces ella se preguntó si estaba haciendo las cosas mal o si debía tocar o besar más de lo que su mente le dio a entender.

Milo de Escorpio fue paciente; él mismo tomó las manos de Shaina para llevárselas a su cuello sin dejar de atender sus sensibles pezones. A su lado, Shaina descubrió que su cuerpo era mucho más delicado, hermoso y moldeable de lo que alguna vez pensó que sería si en algún momento dejaba que alguien más le poseyese de esta manera.

Él se tomó su tiempo con ella, fue lento y respetuoso, cosas que ella no creyó que él sería con alguna amante pues ya había oído rumores que Milo no era todo bondad a la hora de disfrutar su tiempo al lado de una mujer. Menos al terminar.

Los rumores dejaron de valer para Shaina.

Milo descendió con galanura sobre ella, dejando los labios de Shaina hinchados por sus besos. Y cuando llegó hasta su centro, la tomó primero con su boca, acariciando también sus piernas mientras lo hacía.

En medio de quejidos y chillidos que se lograban oír en eco aun con la tormenta azotando afuera con toda su ira, Milo la hizo retorcerse sobre el piso mientras su lengua y labios marcaban cada virginal trozo de su ser. Shaina pensó que se había orinado encima al llegar por primera vez en su vida al orgasmo; incluso se tapó la cara creyendo que él le recriminaría o se burlaría. Al escucharlo reír quedamente, acomodándose encima, se dijo a sí misma que iba a matarlo en cuanto pudiese descubrirse el enrojecido rostro.

A una distancia prudente y con el tono de voz adecuado, Milo tuvo que tranquilizarla, acariciándole su sensible entrepierna con los dedos, índice y medio, porque no tenía nada de qué apenarse. Luego de haber logrado que Shaina bajase sus manos para verlo con un sonrojo pronunciado sobre su pálido rostro, él se tragó ese: "qué linda eres", por duda a que quizás ella lo apalease por confundir su tierna reacción, con debilidad o ridículo.

Se acomodó bien entre sus piernas después de desprenderse de su playera y abrirse el pantalón lo suficiente para liberar su erecto miembro y unírsele con una llama atractiva brillando en el interior de sus ojos. Le pidió a ella abrazarlo, abrir más sus piernas. Mientras la entretenía con otro beso lento donde Shaina no se sintió presionada a nada y se atrevía a acariciar su espalda con sus dedos tímidos, él restregaba con maestría su miembro sobre su húmeda cavidad hasta que se decidió a guiarse a sí mismo en el interior de aquella mujer.

Al sentir que ambos cuerpos se habían unido, fue ella la que sintió una incomodidad bastante molesta. Por su puesto que sus largas uñas remarcaron la espalda masculina, lo que por supuesto hizo que Milo casi soltara un gruñido.

En su vida Shaina había sufrido diversos tipos de dolor, pero este no era uno de ellos; ella más bien lo describiría como una intromisión incómoda, pero cálida. Bastante incómoda, de hecho.

—Du-duele… —masculló con los dientes cerrados y su cabeza echada hacia atrás. Con sus uñas oscuras apretándose sobre los músculos de la espalda del hombre que estaba sobre ella. Pero por alguna razón, Milo no se quejó por eso.

Ambos supieron que un poco de sangre debió haber manchado el suelo donde estaban.

—Lo sé —le susurró él besando su cuello, acariciando uno de sus senos y conteniéndose lo suficiente para no dejarse llevar ahora que por fin sentía lo que era tenerla a su merced.

Milo tuvo que mantener su cabeza en la situación. Ella lo había aceptado como su primer hombre, todavía no se acostumbraba a su intromisión y debía evitar causarle algún daño serio. Debía esperar, cosa que le resultaba muy difícil considerando lo mucho que había ansiado este momento.

—¿Acaso…? ¿Perder la virginidad… —ella relajó su mueca incómoda—, también es dolorosa para los hombres?

Ante su tono demandante, él sonrió sobre el hombro desnudo y sudoroso de Shaina apoyándose con su otra mano para no aplastarla, inhalando un poco del aroma de su cabello esparcido por el piso. Tal como su propio cabello, el cual caía de lado a lado sin llegar a molestar a Shaina.

—No… eso creo —sintiendo un poco de sudor cubriendo su rostro así como el resto de su cuerpo, Milo sonrió un poco.

Jamás le había preguntado a nadie de sus conocidos varones si le había dolido la primera vez porque en realidad no le importaban los otros hombres. En cuanto a él… no. No le había dolido pero era algo vergonzoso hablar de eso… los errores de novato no eran fáciles de reconocer pero muy sencillos de rememorar. Y eso era algo que Shaina no debía ni necesitaba saber ahora.

—Entonces no sabes —gimió ella ladeando su cabeza hacia la derecha, cerrando sus ojos—. Es… muy incómodo.

Y por eso, él le agradecía no exigirle que saliese de su interior y después intentase matarlo como dictaban las normas. Estaba claro que Shaina de Ofiuco no lo amaba, pero el que no lo haya rechazado ante el primer beso, le decía a Milo que posiblemente no se equivocó y ambos podrían pasar momentos muy interesantes, ellos dos justos. Claro, sin llegar a nada oficial que los atase.

Una vez pasada la incomodidad, mientras la lluvia caía con furia todavía sobre la tierra; los dos, hombre y mujer, se entregaron a algo más que su propia pasión, se encomendaron al destino. A lo que pudiesen elegir las Moiras para ellos mientras éstos ingenuamente pensaba que las reglas a seguir las imponían sus débiles corazones carentes de afecto y necesitados de calor.

El primer error que cometieron, fue pensar que ellos eran quienes tenían el mando de sus propios sentimientos. El segundo, fue acceder a repetir sus encuentros y por ende, las veces en las que se verían las caras.


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El Santo de Aries estaba hablando con su discípulo sobre las estrellas. Sus diversas formas; el modo en el que debían ser interpretadas, y sus ubicaciones, cuando ambos visualizaron a Milo de Escorpio, que iba caminando lentamente hacia las escaleras otra vez. Mū notó que en esta ocasión, su compañero estaba más decaído que hace unos momentos.

Cuando el Santo empezó a subir los escalones, Mū dio por terminada las lecciones de hoy.

—Kiki ve a dormir, mañana a primera hora, seguiremos con tu entrenamiento.

Por su semblante pensativo, Mū se preguntó si su amigo hablaba en serio sobre vengarlo. En realidad sí se veía mal.

El jovencito por su lado a pesar de todo aprendía rápido. Era un vivaz y dedicado aprendiz que Mū agradecía todos los días por tener a su lado, pero el mayor no quiso enseñarle aún, una de las más difíciles lecciones que tendría que aprender por sí mismo algún día. Mū quería que Kiki fuese un niño feliz por un tiempo más.

—Sí, maestro —dijo él levantándose y caminando hacia su habitación adentro del Templo. El niño no era tonto, supo que su maestro quería hablar a solas con el Santo de Escorpio y por eso les daría su espacio.

Al retirarse Kiki y al ver la cara seria de su colega, Mū interceptó a Milo en la entrada de Aries.

—¿Quieres que llame a un doctor? —le preguntó notando la mirada hueca en su rostro.

—¿Hay alguno por aquí que practique una transformación a robot?

Preparándose para escuchar algo que sin duda lo iba a poner triste también, Mū se reacomodó sobre las escaleras y así mismo incitó a Milo para que se sentase junto a él.

—Lamento decirte que no. Y el suicidio tampoco es una opción, ¿me oyes?

—Quiero beber —soltó con una voz débil—, muy pocas veces en mi vida he sentido el deseo de beber como ahora. Pero no estoy de ánimos de platicarle al cantinero sobre el motivo. El bastardo es un bocón espantoso y con las amazonas tengo más que suficiente.

«¿Amazonas?» Mū se tragó esa pregunta, en vez de eso suspiró—: ¿En qué clase de dilema te metiste ahora?

—En uno que había logrado evitar por años.

El joven de Aries no pudo evitar mirar al hombre, quien al parpadear soltó un par de gruesas lágrimas. Por todos los dioses. Nunca en su vida había visto a Milo en ese estado. La situación era más grave de lo que creía.

—¿Sabes? —continuó Milo sin temblor en la voz—. Eso de endurecer el puto corazón y demás mierda, es… eso. Sólo mierda —gruñó sin parar de llorar; no gimió ni sollozó, retuvo todo como un condenado a la soledad—. Somos humanos, y ni los dioses están exentos de sufrir, ¿por qué habríamos de estarlo nosotros?

Mirando al cielo sin las intenciones de incomodar a su amigo, Mū contestó:

—No lo sé —inhaló profundo—, y dudo que alguien pueda responderte eso sin parecer un idiota que repite lo que le dicen. Lo que le obligan a creer hasta que se da cuenta de que la vida no es tan sencilla.

Milo respiró sonoramente apartando las lágrimas de su cara, pero no hubo caso, más de ellas bajaron para sustituirlas.

—Dicen por ahí que no importa si eres un indefenso conejo o un monstruo sanguinario… —susurró Mū mirando el cielo estrellado—, los Destinos te obligarán a conocer tu más grande debilidad y luego de hacerte ver lo pequeño que eres, te harán desear estar muerto por lo menos una vez. Y sin importar lo que hagas, serás siempre su diversión. Cometerás locuras que podrían costarte más que el alma; todo porque los dioses se aburren.

Un ejemplo de lo antes mencionado era la ya legendaria historia de Orfeo y Eurídice. El amor tan grande que sintió este hombre por ella y de lo que él fue capaz de hacer por volverla a ver, condenándose a sí mismo junto a su amada en el Inframundo por siempre. Esa era una valiosa lección para todos los demás, con respecto a que tan peligroso podía llegar a ser el abrir tu corazón a alguien y no poder soportar el dolor de perderlo.

La felicidad de conocer a alguien que con el tiempo se vuelve importante para ti y el dolor de verlo partir eran dos cosas que iban siempre de la mano.

Por eso, todos ellos habían sido entrenados arduamente, tanto física como espiritualmente para soportar todo tipo de heridas. Sin embargo no importaba qué métodos utilizasen para prepararlos, la primera vez que te cortabas y veías la sangre correr tendrías que pensar en cómo curarte y si tú no podías hacerlo, buscar a alguien que sí pudiese antes de encontrarte con la muerte o una terrible infección que al final acabaría con tu vida.

¿Pero qué hacer con aquellas heridas que no podías ver y ni el mejor doctor podía sanar? ¿Cómo curar algo que no podías ver sangrar y sin embargo podías sentir quemando tu interior como si el infierno se hubiese transportando adentro de tu cuerpo llevando consigo hasta la última flama abrazadora?

Milo ansiaba saber las respuestas a todas sus preguntas antes de que esa herida que sentía palpitando en su pecho lo destruyese por completo como a otros hombres antes que él.

Por la mañana, Marin de Águila estaba entrenando a algunas novatas en el Coliseo, el resto de Santos a sus alrededores mantenían sus ejercicios de costumbre. La disciplina estaba siendo vigilada por otros Santos de Plata que ya habían acabado de entrenar, así que a la mujer no le costó demasiado notar cuando algunas amazonas estaban perdiendo el interés en ejercitarse y adoptaban el movimiento innecesario de sus lenguas para hablar entre ellas.

Aunque de no ser por lo parlanchinas que solían ser, ella no se habría enterado de que Milo de Escorpio fue visto ingresando a la casa de Shaina con las intenciones de hablar con ella y desde entonces la amazona de Ofiuco no había dado luces de vida. Por otro lado, él sí había sido visto saliendo de la casa de ella.

Vaya momento había elegido Marin para quedarse en Leo durmiendo entre los brazos de Aioria después de quedarse a altas horas de la noche hablando de sus planes para la semana, cenar algo ligero y permanecer acostados en la cama el uno junto al otro con sus ropas puestas pero sintiéndose más unidos que nunca. Así como cada vez que hablaban de trivialidades.

En definitiva, Marin no se arrepentía de cada minuto gastado en el que ella pudo sentir cómo Aioria, ese impresionante guerrero de corazón noble, peinaba su cabello mientras la dejaba recargar su cabeza encima de su pecho para escuchar sus latidos y respiraciones. Sin embargo, lo que escuchó esta mañana la preocupó bastante.

—¿Y si le hizo algo a la maestra? —susurraba una de ellas.

—¡No puede ser! Se habría oído. ¡Lo habríamos oído!

—Pero hablaban tan bajo que pudimos escuchar nada.

—Pues a mí y a otras nos dijo que nos mataría si no olvidábamos que nos vio sin nuestras máscaras —decía otra, temerosa—. Se veía muy molesto.

Por su estúpido tono de voz, Marin supo que esa amazona se haya sentido ofendida por eso.

—¿Tú crees que sea amante de la maestra?

—¡Ay por favor! No creo… yo lo vi muy molesto —contradijo—, quizás la maestra le dijo o hizo algo que lo ofendiese. Ya verás que ambos parecen ser muy orgullosos… y se ofenden por todo.

—Pero de ser ese el caso habrían llamado a la maestra al Santuario.

—A veces algunos quieren cobrar cuentas por sus propias manos.

—No sé tú pero yo sí quisiera olvidarlo, ¿le viste los ojos? No bromeaba, podría matarnos.

—Yo sólo espero que no haya matado a la maestra.

—¿Quién mató a quién? —les preguntó Marin sorpresivamente haciéndolas saltar y chillar—. Más vale que tengan cuidado con sus lenguas, niñas imprudentes, o se las cortarán por lanzar falsos a un Santo de Oro y a una amazona de un rango mucho mayor al de ustedes por suposiciones ridículas. Aprendan su lugar en el Santuario y cierren esas bocas. ¡Ahora a entrenar!

—Pe-pero, maestra Marin…

—¡Nadie vio nada en ningún lado! —exclamó la amazona—. ¡¿Oyeron?!

—¡P-e-pero…!

—¡Silencio! ¡Harán el doble de todos los ejercicios de hoy por sus faltas! —vio que una estuvo a punto de replicar pero Marin se adelantó—. ¡La primera que se queje hará el triple y la siguiente que hable sobre lo que nadie vio hará el cuádruple! ¡Y nadie se va hasta que terminen todo el entrenamiento y mueran en el intento! ¡¿Se me ha oído claro?! ¡Esto es el Santuario no un centro de chismes, si buscan eso regresen con mami! ¡Ahora muevan las piernas! ¡A correr!

Durante toda la mañana y la tarde, Marin se aseguró de mantener a las novatas corriendo, esquivando golpes y sufriendo lo suficiente para que no les quedasen fuerzas ni para respirar, cuanto menos para ir divulgando estupideces por todo el Santuario.

Una de las chicas desfalleció en el camino pero eso a Marin no le importó. Ella y Shaina habían sido de una generación aún más violentada y estricta. Por eso no dejó a las novatas hasta que una por una fueron besaron el piso, exhaustas. Ni siquiera terminaron su castigo.

Con decepción las mandó a bañar, casi al anochecer con la promesa que todo sería peor si los rumores de los que hablaban se propagaban por Rodorio.

Marin dejó el mensaje más que claro antes de retirarse a la casa de Shaina lo más cautelosa que pudiese.

En medio de la oscuridad meditaba lo que había oído. No estaba molesta con su compañera por ocultarle nada, sólo verificaría que todo con ella estuviese en orden para no alterar más el orden entre las novatas.

Su Ilustrísima se ofendería y reprendería a ambas otra vez si el rendimiento de esas niñas bobas seguía decayendo.

—Shaina —llamó a la puerta pero no tuvo respuesta—. Shaina —tocó con fuerza.

Suspiró dándose la vuelta, pensó en regresar pero en vez de eso hizo caso a su primer impulso que fue volverse violentamente y abrir la puerta de una patada. Todo estaba oscuro y en silencio pero Marin no se engañó, vio a su colega acostada en la cama con las cobijas encima.

¿Cobijas tan gruesas? ¿En un verano en Grecia? Aunque fuese de noche, el calor seguía persistiendo. ¿Acaso Shaina intentaba cocinarse a sí misma con ellas?

Por debajo de la máscara, Marin alzó una ceja, adentrándose a la casa.

—¿Estás muerta?

—Sí —gruñó Shaina sin dar la cara—, ahora lárgate y deja que Hades reclame mi alma en paz.

—Déjate de tonterías, hoy faltaste al entrenamiento y las novatas se pusieron a hablar entre ellas.

—¿Y acaso no pudiste con la tarea? —refunfuñó.

—Claro que pude —respondió severa—, pero eso no quita que hayan logrado hablar sobre ti y…

—Lo que vieron ayer, ¿verdad?

—Entonces no era un rumor —Marin encendió la vela sobre una pequeña mesita y fue a la puerta para verificar los daños. Tendrían que llamar al cerrajero para que arreglase la cerradura destruida.

Apartando las cobijas, Shaina se sentó dejando ver un estado horrible. Ojeras, ojos enrojecidos, cabello alborotado, piel pálida y labios resecos.

—¿Al menos has comido algo? —inquirió Marin extrañándose muchísimo de que su amiga se encontrase en ese estado.

De no estar enterada de absolutamente todo lo que conllevaba a su alumno en Japón, Marin habría pensado que Seiya estaba muerto y Shaina se había enterado primero que nadie pero dado a que ella era la maestra de Seiya y Aioria era su modelo a seguir desde que era niño y por eso su Ilustrísima lo mantenía al tanto a él primero, Marin se habría preocupado de más.

—¿Shaina? —ante el silencio, Marin la llamó de vuelta—, ¿has comido?

—¿Desde cuándo?

Con todas las alertas rojas y mucho esfuerzo, Marin tardó un poco en hacer que Shaina saliese de la cama, se pusiera algo decente junto con la máscara y saliese con ella a dar un paseo. Durante todo ese tiempo la Amazona del Águila pareció estar hablando sola o con un ente que la ignoraba.

—Shaina… Shaina —insistía.

—¿Qué? —rezongó violenta.

—Comienzas a preocuparme en serio.

—¿Antes no?

—Sí… bueno, me preocupas cada minuto más.

—Sólo hazme el favor de no enamorarte de mí, ¿quieres? No es mi meta enfadar a tu novio y que intente arañarme la cara.

Ignorando lo mejor que pudo ese mal chiste, Marin suspiró viéndola de reojo.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? —se ofreció con amabilidad.

—Imposible, nadie me ayuda a mí. Todos son inútiles.

Si Shaina no estuviese tan decaída, Marin ya la habría hecho besar un árbol de una patada.

—Hablo en serio.

—También yo —Marin detuvo sus pasos para voltearla a ver—. Cálmate, tampoco es mi intensión hacerte enfadar a ti. Sólo estoy demasiado sensible.

—¿Sensible? ¿Tú?

Estando rodeadas de únicamente árboles, Shaina se sintió con la suficiente confianza para quitarse la máscara y dar un gran salto entre las ramas de los árboles para sentarse en uno de ellos. Marin la siguió, quitándose la máscara también.

El canto de los grillos y las hojas meciéndose al son del refrescante viento nocturno fueron sus únicos acompañantes.

—¿Qué sabes de ayer? —preguntó Shaina.

—Justo lo que seguramente no querías que ni un alma supiese —alzó los hombros—, que es más que probable que Milo y tú tengan una relación.

—Mmm…

—¿Y bien?

Shaina la miró.

—¿Es cierto?

—Sí —dijo viéndola a los ojos—. Ahora ya sabes de dónde salió mi experiencia —masculló desviando la mirada—, o más bien, quién me la proporcionó.

—Aún no lo sabes todo.

—Es evidente que no. Hasta hace poco no nos interesaba conocernos tanto personalmente. Es decir, a veces hablábamos un poco… pero no creo que hayamos revelado nada especial…

—¿Te refieres a que han estado teniendo sexo durante mucho más tiempo del que se cree?

—¿En serio piensas que esto tiene unas pocas semanas de haberse iniciado? ¿O que si lo veo, sólo lo tomo de la mano? Porque si es así, eres más inocente de lo que advierte tu vida sexual con Aioria.

Marin conjuró a su mente toda su paciencia. Hablaba con Shaina de Ofiuco, una amazona orgullosa y reservada; y el tema era la relación que ella tenía con Milo de Escorpio, un hombre cuyas relaciones públicas parecían ser mucho mejores desde que regresó con Athena y los otros Santos del hades. Debía ir con calma y cuidado.

—Me hubiese sorprendido que así haya sido. ¿Y qué ocurrió? ¿Terminaron su relación?

Shaina endureció su mirada sobre Marin.

—Para empezar, nosotros no teníamos una relación que romper y segundo…

—Una relación es una relación —aclaró Marin—, no importa si sólo se haya tratado de sexo, era una relación. ¿Se acabó?

—No lo sé —susurró taciturna.

—¿Discutieron?

—No lo sé ―refunfuñó irritada―. Sólo él habló.

—¿Lo dejaste hablar?

—¿Por qué te sorprende? —preguntó ofendida.

—Porque tienes una nefasta costumbre por estar interrumpiendo a la gente cuando te habla —respondió sin dudarlo ni un segundo.

—Eso no es cierto —se defendió ofendida—. No es cierto del todo.

—Claro que lo es —Marin suspiró—, y por eso me sorprende.

Luego de un corto silencio, Shaina le relató a Marin todo lo que había pasado. Desde que Seiya regresó malherido, cuando conoció a Milo, el inicio de sus encuentros furtivos empezando con su desfloración en un templo viejo al que ya no había ido tan seguido desde entonces, su sentimiento repentino por querer ser madre y el pleito al que habían llegado ella y Milo, ayer, luego de haber mantenido una relación como aquella sin meter asuntos tan personales de por medio.

Shaina en el fondo esperó que Marin aliviara su sentimiento de culpa diciéndole que todo estaría bien y que Milo era un idiota por ponerla entre la espada y la pared de ese modo, pero…

—Suena como si todo fuese tu culpa —fue lo que dijo severamente al terminar de oír.

La amazona de Ofiuco entrecerró sus ojos sobre su compañera.

—¿Ya dije que él fue quien empezó todo? ¿Y quién sacó el tema de Seiya como si nada? —refunfuñó todavía enfadada por eso—. No tenía derecho a hacerlo.

—Sí, sí tenía —Marin asintió algunas veces viéndola a los ojos—. Porque por lo que me dices, tú accediste a ser su amante. Y porque tú fuiste quien le dijo de pronto quería tener un bebé, ¿en serio no te esperabas que te preguntase sobre si querías tener a ese niño con Seiya en realidad?

—No, no tenía el derecho de preguntar nada —se enfadó más—. ¿Y de qué maldito lado estás? ¿No dijiste que estabas de mi lado, traidora?

—Yo no tengo ningún lado. Y jamás te dije eso —suspiró alzando la vista al techo—. Pero lo que yo quiero saber es, ¿qué te golpeó tan duro en la cabeza para decirle a él, de esa forma tan repentina, que querías ser madre, literalmente usándolo? ¿No dijiste que el asunto era únicamente sexual? Si lo ves desde su punto, también lo pusiste en una situación bastante incómoda y difícil de asimilar. ¿Qué acaso estás loca?

Shaina la miró como si hubiese dicho algo estúpido, y en efecto, Marin eso hizo.

—Corrección, sí estás loca —Marin puso los ojos en blanco—. Pero eso no te da derecho de decirle que quieres tener un hijo suyo y que después desaparezca de tu vista tan pronto como te ayude a conseguirlo —reprochó alterada—, ¿qué clase de propuesta es esa?

—No estaba proponiéndoselo —gruñó entre dientes.

—Eso lo hace peor.

—¿Y cuál es el problema? Yo lo mantendré en mi vientre durante nueve meses, a mí me dolerá parirlo, yo lo criaré y le enseñaré todo lo que sé…

—Cielos, ¿y él no se sintió mejor cuando le dijiste eso? —la interrumpió con una sorprendente ironía. Marin casi nunca habla así pero cuando Shaina se ponía tan terca, sacaba de sus cabales a todo el mundo.

—¿Qué más da? No es el tipo de hombre que se preocupe por ese tipo de cosas.

Viéndola con desaprobación, Marin negó con la cabeza.

—¿No acabas de decir que no habían tenido tiempo ni interés de conocerse el uno al otro de forma más profunda? —regañó—. ¿Entonces cómo puedes asegurar cómo es él realmente si sólo te has preocupado por tu propio placer?

—Oye, que mi placer bastaba para ambos y no es cómo si Milo no lo disfrutase… incluso se llevó mi virginidad —farfulló lo último con un leve rubor sobre sus mejillas.

—¡Ese no es el punto! —gritó Marin temiendo hacerse daño en el estómago—, ¡no hablas de cosechar jitomates! ¡Hablas de engendrar una vida humana! —insistió.

Eso era justamente lo que Milo había dicho ayer. Criar una vida no era un juego.

—Una vida, que quieres que él te dé, y se vaya, así sin más —Marin estaba molesta—. ¿Acaso el que haya regresado para hablar contigo al respecto no lo hace merecedor de algo de crédito? ¿Y qué pasaría si al nacer fuese un niño idéntico a él? ¿Qué le dirías? ¿Cómo le explicarías que por un capricho tuyo creció sin su padre?

«Ya comienzas a hablar como ese estúpido» pensó Shaina con obstinación, queriendo ahorcar a Marin.

Sin comprender por qué nadie ponía ver su punto de vista como ella, Shaina refunfuñó una grosería en italiano antes de volver su atención a Marin tratando de no perder los pocos estribos que le quedaban.

—¿Y qué si es niña y se parece a mí? ¿O si fuese niño y se pareciese a mí?

—Tendrá algo suyo —Marin atacó otra vez—, y todo el mundo que los conozca a ambos lo verá. Y lo peor, con lo boconas que son las amazonas que lo vieron entrar a tu casa, te apuesto que en menos de siete días todo ser humano en Rodorio estará hablando de ustedes.

—No puedes asegurar algo así —espetó cortándole el regaño—. Además, ¿qué haces reclamándome? ¿Acaso no tienes a un celoso minino que mimar?

—Shaina —la llamó al verla bajar de la rama.

—Me regreso a casa; pensaré en este asunto, lo prometo.

La amazona italiana se fue llevándose una mano a la cabeza y la otra estrujando su máscara. Lo que Marin no supo fue que Shaina hizo eso porque sintió que el cerebro punzaba adentro de su cráneo como un segundo corazón.

«Lo que me faltaba, más bocas reclamándome» pensó irritada refiriéndose a Marin, tomando por hecho que su plática con ella le había provocado migraña. Luego su estómago rugió vehementemente pero nada parecía antojársele, pensar en comida le daba asco en estos momentos.

Atribuyó todo al estrés que sentía y al desánimo de ayer; después de todo, no era la primera vez que eso le ocurría. Desde que Seiya fue declarado en estado de coma, Shaina no se había sentido nada bien… o bueno… eso no era del todo cierto. Había momentos en los que ella realmente se sentía en calma.

—Estúpida Marin —resopló más preocupada de lo que quisiera.

Su nueva amiga se había encargado de despertar demasiado sentido común en ella, que Shaina había querido (y logrado) dejar de lado porque sabía que su seriedad permanecía, la idea de ser una madre soltera iba a parecerle no sólo ridícula sino estúpida. Incluso una ofensa al Santuario.

Pero ella ya había sangrado demasiado por Athena, por el mundo; por todos menos por sí misma. Así que recuperando cierta convicción, Shaina no se permitió dudar.

—Estúpido él también —se odio por sentirse miserable al recordar el rostro carente de emociones de Milo de Escorpio, la última noche que se vieron.

Y más se odio por saberse la causante de ese semblante tan anormal en él, así como por el deseo que tenía de golpearse a sí misma al declararse culpable de todo esto.

—CONTINUARÁ—


Espero que les haya gustado.

¡No olviden comentar!

Es algo que aprecio con el corazón.

Hasta el próximo capítulo.

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Muchas gracias por sus comentarios a:

camilo navas, Jadeima, beauty-amazon, Sereia85br, Anuy yNyan (te agradezco una enormidad por comentar en los tres capítulos, en serio valoro mucho tus comentarios).

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