VII

Historias que Duelen


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Comiendo una jugosa manzana roja que acababa de comprar, descansando de su entrenamiento matutino, Milo de Escorpio miraba con atención a los pobladores de Rodorio. Él, estando de pie en el techo de una casa, observando a algunos aspirantes que iban con sus compañeros, los niños acompañaban a sus madres, y varias jóvenes doncellas reían o andaban caminando hacia un destino incierto.

Milo los observaba a todos con un ligero cosquilleo en su pecho.

¿Sería envidia?

Una pequeña corriente de viento, que le removió los cabellos, pudo refrescarle un poco.

«¿Qué estará haciendo?» se preguntó sin poder detenerse. Dio otra mordida a la manzana, disfrutando del viento vespertino.

Luego de tan duro día iba a necesitar también una ducha duradera y una cena exquisita. Menos mal que las doncellas del Santuario cocinaban bastante bien, sólo una llamada suya iba a hacerlas atenderle.

Aunque el sol no había hecho mucho acto de presencia entre las enormes nubes había dejado a su paso un poco de bochorno. Milo aprovechó la frescura de la tarde para despejar su mente luego de una larga mañana recibiendo puñetazos del gran Aldebarán. Había que decirlo, el Santo de Tauro era de naturaleza pacífica, sin embargo cuando era la hora de entrenar o pelear, demostraba que no era para nada débil.

Pobre de aquel que lo hiciera enfadar.

—¿Pensando en la inmortalidad del cangrejo? —le preguntó Camus, llegando hasta él luego de saltar y aterrizar con elegancia en el techo de la casa.

—Sabes que no —volvió a morder la manzana—. ¿Y? ¿Has tenido noticias de Japón? ¿Cómo está Athena?

—Físicamente, bien —dijo—. Por otro lado, el estado de Pegaso le afecta tanto como a los otros Santos de Bronce y Aioria.

—Es normal, supongo —meditó en voz alta reconociendo que si alguno de sus amigos más cercanos, como Camus, y recientemente el jovencito Hyōga de Cisne, peligraban de ese modo él también estaría perdiendo la cordura.

No es que no apreciase a Seiya, el chico era bastante fácil de querer… pero por alguna razón, Milo no sentía lástima hacia él. Para empezar, el chico incontables veces había demostrado ser más resistente que todos los Pilares de Poseidón puestos juntos, además de que algo en su interior le decía a Milo que ese niño no iba a permitirse morir si es que todavía tenía que proteger a Athena.

O posiblemente estaba sobrestimando al muchacho, quien al igual que todos aquí, era sólo un ser humano más.

—¿Estás bien? —le preguntó Camus acercándose más a él.

Milo lo escuchó, pero no pudo responderle. Su cerebro no tenía cupo para su amigo ahora.

De hecho, él estaba pensando en el qué pasaría si Seiya decidía volver a Grecia si recuperaba la salud. ¿Qué debería hacer Milo?

¿Qué haría Shaina?

Dioses… ¿por qué no podía sencillamente odiar al mocoso? O mejor aún, ¿por qué no podía meterse en la cabeza que su relación con Shaina no debería siquiera quitarle el sueño como lo hacía?

Ellos dos habían acordado que su relación iba a ser estrictamente sexual y laboral. Ni siquiera eran amigos, eran compañeros de armas cuanto mucho. Entonces, ¿por qué Milo no podía controlar aquellas sensaciones que lo recorrían día tras día y aceptar su verdad con dignidad? La verdad que hasta Milo conocía, aquella que le remarcaba (como un "segundo yo") que él ya no tenía el poder de decidir qué y qué podía aceptar, sentir o dejar que le afectase.

La segura y pronta recuperación de Seiya, por mucho que quisiera negarlo, le estaba afectando negativamente, más de lo que Milo debería permitir porque Seiya también era un compañero. Un amigo.

—Milo —lo llamó Camus pero él lo ignoró—. Milo… ¿acabas de comerte toda la manzana? ¿Las semillas también? ¿Y dónde está el tallo?

Buscando el susodicho tallo y las semillas, Camus lo vio con un tic bajo el ojo derecho.

—Estabas hambriento —dijo suspicaz—, o…

Hasta que Camus se lo recordó, Milo notó el sabor agrío del tallo y las semillas mezclándose con el dulzor de la fruta. Hizo una mueca al percatarse de que habían quedado residuos de semillas en su lengua.

—Déjame en paz, Camus —escupió la punta del tallo, alejándose del Santo de Acuario. Si le permitía que lo leyese mejor, el francés no tardaría en llegar al origen de su estado pensativo.

Milo bajó de un salto y se puso a andar por Rodorio.

Tenía que recuperar su control.

Tenía que dejarse de estupideces.

Tenía que despertar.


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Como Patriarca y como Caballero, Shion había visto muchas cosas. Buenas… pero lamentablemente, la mayoría malas.

Con fuerza, Shion había presenciado horrores que no deseaba para nadie, ni a su peor enemigo, y sin embargo no encontraba palabras para describir su estado actual de ofuscación ante lo antes dicho por Camus de Acuario, quien le informó hace unos momentos que Milo ya estaba al tanto de la situación de Shaina y en vez de ponerse a gritar y replicar decidió guardar silencio y retirarse más muerto que vivo hacia (posiblemente) su casa.

Esperó hasta que el Santo de Acuario se marchase para ponerse en contacto telepáticamente con Athena.

—Mi señora —la llamó algunas veces con cautela. No vaya a ser que la diosa estuviese ocupada—. Mi señora.

—Shion… ¿qué pasa?

Shion le dijo todo lo que le había contado Camus respecto a Milo.

—Él ansia saber si todo está realmente bien.

—Afortunadamente sí, el vuelo fue muy difícil para Shaina pero ahora ella está estable, en la mansión. Su última visita médica salió muy bien, tengo una copia de la ecografía. Entrégasela a Milo cuando lo creas conveniente.

Abrió los ojos para ver su regazo, en él se hallaba un folder grande color amarillo sellado con un hijo rojo. Quiso destaparlo y ver su contenido pero entendía que no era él quien debía hacerlo.

—Gracias, mi señora —dijo teniendo cuidado al tomarlo.

—Shion, quiero decirte que es necesario que evites que Milo venga a Japón.

—¿Cree que lo haga?

—Honestamente tampoco sé qué puede decir su reacción ante la noticia, sin embargo Shaina no debe alterarse y cada vez que le mencionamos el nombre de Milo, ella se comporta agresiva y tenemos que cambiar de tema rápidamente —suspiró—. Necesitan más tiempo para pensar las cosas.

—Entiendo, haré todo lo que esté a mi alcance.

—Gracias.

Y con eso la presencia del cosmos de Athena se desvaneció lo que quería decir que ya no podían oír sus pensamientos mutuamente.

Shion se levantó con el folder en sus manos y usando la misma conexión telepática llamó a Mū. A quien le ordenó con firmeza que si veía a Milo salir de Aries, le notificase directamente a él.

—Es la orden de Athena: Milo no debe salir de Grecia. Y si abandona Aries, quiero saberlo en el acto —dijo firmemente.

—Sí, maestro.

Y para estar seguros, se puso en contacto con Shaka, a quien le dio la misma indicación.

Eso haré —prometió el budista sin cuestionar el motivo de nada.

A estas alturas Shion dudaba de que la noticia del embarazo de Shaina y el estado mental inidentificable de Milo fuesen un secreto para el resto de la orden dorada, pero eso no le daba el derecho de ir hablando de ello con todos.

Shion vio el sobre en sus manos, acariciándolo.

¿Cómo es que la bendición que se le concedía a un Santo Dorado una vez cada muchos (de verdad muchos) años pudo convertirse en el declive emocional del principal involucrado?

—Niños tontos —masculló tan irritado como asustado.

Sonaría como un viejo lobo que rememoraba antiguos recuerdos (muy antiguos en su caso), pero en su época cuando él aún era tan joven como lucía en la actualidad, un Santo de su nivel trataba de tener mucho más cuidado con sus relaciones exteriores. Como hombres (pues en esos años era muy poco común ver a mujeres guerreras en las filas atenienses) tenían sus propios deseos mundanos, carnales, e incluso avariciosos, sin embargo tenían que verse obligados a retenerlos sin importar el costo. Luchar contra todo ello sin importar nada más.

Enamorarse, antes y ahora, era un error que no podía cometerse si es que se quería seguir viviendo.

Indeseadamente la mente de Shion viajó años atrás, cuando llevó en brazos al primer Santo Dorado caído en batalla de su generación. Quien dio su vida para proteger a Rodorio del espectro Minos de Grifo: Albafica de Piscis.

»¿Por qué tienen que morir? —la voz lastimosa de aquella chica que no le importaba la sangre envenenada de su compañero de armas, quebró ese semblante frío y pensativo que llevaba Shion en la actualidad.

Él no tuvo la oportunidad de decírselo a la jovencita, pero posiblemente ella fue un halo de luz en la oscura, cruel y frívola vida de Albafica. Sus sentimientos cálidos pudieron haber significado tanto para el antiguo Santo de Piscis, que él la mantuvo lejos de sí mismo en todo momento, aun cuando se estaba muriendo. Hasta que su cuerpo se rindió, y su alma partió sin haber sido acariciado con la benevolencia que merecía.

Un par de días antes del comienzo de la guerra, Shion logró ver a Albafica sentado en un barandal de su templo, apoyado en una de las columnas. El hombre estaba perdido en sus pensamientos, mirando una flor roja que sostenía en su mano derecha para admirarla como si fuese su más valioso tesoro. Los ojos de Albafica traspiraban tristeza y soledad, unas ansias tan grandes por no ser quien era, que incluso Shion pudo leer su rostro a la perfección.

Algo en el antiguo Santo de Aries, actualmente, le dijo que esa mirada tuvo algo que ver con aquella niña florista del pueblo. Sus sospechas se confirmaron cuando vio la misma flor frondosa adornando la toga de Agasha. ¿Cómo lo dedujo? Ella había protegido más esa cosa que su propia vida cuando Minos atacó.

Además, las flores de los Santos de Piscis eran inconfundibles. Eran hermosas y su delicada fragancia mortal no tenía igual. Aunque Shion notaba ciertas diferencias entre las rosas de Albafica y las de Afrodita.

Vaya, incluso ellos dos se parecían bastante físicamente. Cada vez que Shion miraba a Afrodita no podía evitar pensar en Albafica. Luego el actual Santo de Piscis hablaba de lo orgulloso que estaba de su belleza y las comparaciones terminaban.

Albafica siempre había odiado su aspecto hermoso como nadie que Shion haya conocido antes.

Después de la guerra, la chica florista crecería narrando la historia de cómo conoció y vio a Albafica morir para proteger a todos los pueblerinos en aquella sádica batalla. Cómo siguió dándolo todo, aun si todos sus estaban huesos destrozados. Manteniendo su cosmos al límite, venciendo a Minos de Grifo.

Albafica tuvo la oportunidad de morir pacíficamente luego de ser derrotado por primera vez pero no. Se levantó con sus últimas energías para evitar que más gente perdiese sus vidas o las vidas de los que amaban. Albafica hizo un intercambio injusto a los ojos de Agasha porque de uno u otro modo el enemigo también ganó algo aquel día con su fallecimiento.

Al final, Agasha también moriría en soledad siendo ya una mujer consagrada a la soltería. Luego de enfermar gravemente de influenza, Agasha había cerrado los ojos una tarde de invierno y no volvió a abrirlos más. Lo curioso de todo fue que murió a los 23 años, la misma edad que tenía Albafica cuando fue asesinado.

Pocos supieron de ese lazo que había enroscado a ambos como una serpiente, entre ellos Shion, quien viviría el tiempo suficiente para darse cuenta de que posiblemente ambos habían encontrado en el otro lo que muchos, aun viviendo mil vidas no hallaban jamás.

Ahora Albafica y Agasha estaban juntos en los Campos Elíseos, Shion lo sabía. Aunque su historia en el mundo terrenal no haya tenido un final feliz como tal, ambos estaban juntos al fin.

Pero este sitio no era los Campos Elíseos, era la línea de fuego entre dioses y hombres. Enamorarse, en este tiempo y en aquel, era un error en la mayoría de los casos. Shion apretó un poco el folder entre sus manos esperando que este no fuese una de esas ocasiones.

Mū de Aries dejó que el viento meciese su cabello. Estaba preocupado por el estado mental y sentimental de Milo, la nota de alerta en la voz de su maestro le hizo creer que en efecto, el mencionado estaba enterado de algo malo y ahora trascurría por un estado de negación peligroso y por eso debían retenerlo si deseaba salir del Santuario, por eso mismo no pudo ocultar su susto al verlo acercándose.

—¿Saldrás? —le preguntó Mū a punto de decirle que el Patriarca había ordenado que él no saliese de Aries ni para tomar el sol.

—Pensaba quedarme en mi templo y esperar a que me saliesen raíces de mis pies, pero terminé aburriéndome —se sentó en las escaleras, suspirando. Aunque sus hombros seguían tensos.

Ahora Mū entendía por qué su maestro se había preocupado.

—¿Tú lo sabías también?

—¿El qué? —masculló Mū preparándose por si tenía que detenerlo o defenderse de algo, sus instintos le advirtieron del peligro.

—Shaina está embarazada de mi hijo y se largó de aquí con él.

Mū se quedó helado, eso definitivamente no lo sabía, ¡así que era eso! El secretismo que parecían guardar algunos como Aioria o Camus.

Esto no era nada bueno.

—No, no lo sabía —dijo intuyendo que Milo no le creería, pero en vez de eso su compañero sólo regresó su mirada al horizonte.

—Camus acaba de decírmelo; él, Aioria y Death Mask lo sabían… y creo que Afrodita también —musitó con un enfado entendible—. ¿Por qué me lo ocultaron?

—Sinceramente no sé qué decirte —dijo Mū—, solo que quizás esperaban que fuese Shaina quien te lo dijese.

—¿Por qué medio? ¿Por teléfono? ¿Una paloma mensajera?

Mū no supo distinguir si eso fue un chiste o una queja.

—Sé que ahora esos tres idiotas esperan que me vuelva loco por la ira, y sé que yo debería estar gritándoles mientras los golpeo por callarse esto, pero no sé por qué… no me siento de ánimos para nada de eso. —Milo miró a Mū, bastante cansado—. Sólo me sé que me siento mal, no logro discernir qué tanto y en qué sentido, sólo sé que me duele… y mucho.

Bajando un poco la guardia, Mū se dispuso a intentar ayudar a su amigo. Él no era un gran experto en el tema pero claramente el Santo debía recuperar su ánimo, ser él mismo y no dejarse llevar ni por la tristeza ni por la ira. Tenían que ayudarlo a recuperar la parte del alma que Shaina se llevó consigo cuando le arrebató la oportunidad a Milo de conocer al ser inocente que no tenía culpa de nada.

Sí, iba a ayudarlo pero iba a necesitar de más apoyo.

—Entiendo —musitó Mū dejándole pensar por su propia cuenta.

Agradeció que Kiki había ido a pasar la tarde entrenando solo, pues eso significaría que tendrían algo de tiempo para hablar y hacerse compañía mutua.

—CONTINUARÁ—


Lo admito, no pude evitar meter a mi querida OTP de TLC, Agafica/Albagasha. La verdad es que me hacen demasiado tiernos y cuando veo algo sobre ellos en un fic o un fanart, simplemente me vuelco una fan loca más jajaja. Espero que es detalle no les haya molestado.

Por otro lado, creo que todos subestimamos a Milo. En el fondo, él sigue siendo un santo entrenado para mantener su miseria al margen de sus deberes.

Veamos qué pueden hacer los santos y Shion por su querido amigo.

Aww, no se molesten con Camus por haberle dicho la verdad a Milo. Él sabía que si Milo no conseguía las respuestas con él entonces iba a salir a buscarlas y entonces sí habrían varios problemas.

Milo y Shaina se enredaron demasiado en sus propios deseos. Tal vez Milo no buscaba tener un hijo tan pronto con ella pero creo que ya estamos quedando bastante de acuerdo en que él se resistió tanto como pudo.

Por su lado, Shaina todavía no ha salido a escena desde que se fue, ¿veremos si su cabeza deja de hacer cu-cú y recupera un poco de sentido común?

Estén al tanto de las actualizaciones para saberlo.

¡Saludos y gracias por acompañarme en esta historia!

¡No olviden comentar!

¡Lo aprecio con el corazón!

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Muchas gracias por sus comentarios a:

ShainaCobra, camilo navas, foxsqueen, Gioconda Alvear, Nyan (aww, tus comentarios son una delicia, chica. La verdad es que Athena/Saori me cae algo mal por llorona pero no le guardo tanto rencor como para no dejarle esa bondad que la caracteriza. Yo insisto, Camus es un buen amigo, tan entrometido como Milo cuando interfirió en su pelea con Hyoga jaja, saludos), Sereia85br, y Tatiana ayala.

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