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XV
Tentación Implacable
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—¿Y esas flores? —preguntó Shaina a Marin, cuando ésta la invitó a pasar a su pequeña cabaña, y sobre la mesa destacaba un bello florero con unos tulipanes.
—Los compré esta tarde —mintió Marin sin ningún recato.
Shaina lo supo por dos cosas, uno, la florería de Rodorio estaba cerrada. Dos, Marin jamás compraba flores, menos si para eso tendría que ir al pueblo vecino.
—¿Y desde cuándo te gustan los tulipanes? —inquirió, casi burlándose, acariciando el pétalo suave (y fresco) de una de estas flores.
—Desde hoy, ¿algún problema? —como buena anfitriona, Marin le ofreció un vaso de agua.
—Ninguno, sólo me pareció… extraño.
Ignorando el tema, momentáneamente, Shaina trató con Marin el reclutamiento de otras integrantes. Pronto, niños de diversas partes del mundo serían admitidos en contiendas diversas para recibirse como caballeros de Athena, y ellas deberían estar alerta por si debían entrenar a alguno de ellos.
Mientras Shaina caminaba de vuelta a su propia casa, no pudo evitar pensar en Casios.
No culpaba a Aioria, mucho menos a Saga. Su pupilo, al final del día, murió como un héroe, incluso le dio batalla a un Santo Dorado. Su querido Casios dio la vida para que Athena pudiese salvarse de la flecha mortal en su corazón. Eso lo hacía merecedor del mayor honor y respeto.
Pero… seguía siendo doloroso para Shaina pensar en él.
¿En verdad tendría que cuidar a otro joven aspirante?
Con esa duda rondando por su cabeza, Shaina entró a su casa, no esperando ver a Milo de Escorpio invadiendo su propiedad.
—¿Te crees en tu casa, o algo así? —ella cerró la puerta sin alterarse. Dado a que ella también lo visitaba cuando quería, lo justo era que él también pudiese darse esa libertad.
Aunque por la mirada seria que llevaba, Shaina dudaba que hoy buscase sexo. Además, mierda, el olor de las flores en la casa de Marin, todavía estaba en su nariz.
—No, sólo quería hacerte una pregunta —se mantuvo sentado en la cama.
—¿Pregunta? —ella arqueó una ceja, acomodándose el fleco.
—Verás —alzó la vista al techo—, no sé qué diablos le pasó por la cabeza a Aioria cuando hizo las compras esta mañana, pero su casa está a reventar de tulipanes y un montón de flores más.
Shaina arqueó hacia arriba, las dos cejas.
—Tulipanes.
—Sí. Hasta Afrodita se sorprendió de la variedad. ¿Por qué crees que la florería del pueblo está cerrada? —Milo se cruzó de brazos—. Ahora, todo Leo apesta a flores. A mí no me desagradan, pero se vuelve insoportable el aroma después de un rato, y Aioria no sabe qué hacer con tanto. Además de que podrían marchitarse rápido.
—Ajá…
—Incluso repartiendo ramos entre nosotros doce, quedaba algunos —por debajo de la cama, sacó un gran florero blanco con gladiolas rosas pálidas.
Se veían bonitas y el hecho de estar recibiendo flores, la emocionaba más de lo que creyó posible. Pero, Shaina, siendo fiel a su rudeza amazónica; hizo una mueca despectiva.
—Y supongo que esas nadie las quería —se imaginó ella creyendo que Milo le entregaba las sobras.
—¿Tampoco tú? —sonrió dudoso.
Sí.
Las quería.
—Si no queda de otra —refunfuñó dejando que Milo pudiese el florero en su mesa.
Cuando él pasó por su lado, un aroma floral que no tenía que ver con las gladiolas, la distrajo. Ese aroma era de los tulipanes.
—Tienes razón, Aioria debió excederse en su pedido. ¿Sabes cuántos ramos de tulipanes pidió? ¿Y por qué?
—Mmm, no. No. Y aunque Death Mask intentó sacarle la verdad, Aioria es un tipo realmente duro —el santo no volvió a la cama, sino que se dispuso a abrir la puerta de la casa de Shaina. Cabe mencionar que Milo no llevaba puesta su armadura, por lo que podía moverse con total libertad, haciendo un ruido mínimo con su calzado actual.
—¿Seguro que nadie te vio entrando? —aguantando morderse la lengua, Shaina se tragó su verdadera pregunta "¿tan rápido te vas?".
—Y nadie me verá saliendo —dijo seguro de sí mismo. ¿Y cómo no estarlo? Lo único más rápido que un Santo Dorado, sería un dios—. Además, seguro tienes cosas que hacer. También yo.
Cosas… que hacer.
Sintiéndose ofendida, Shaina apretó los dientes. ¿Por qué no mejor le escupió en la cara? ¿Qué diablos era más cosas que hacer? Vino a dejarle únicamente un estúpido florero, ¿y ya?
—Sí —dijo irónica sin poder detenerse—, seguro tienes agenda está muy ocupada el día de hoy.
—Búrlate si quieres —frunció el ceño—, pero, aunque no lo creas, hay cosas en Escorpio que sólo su santo ocupante puede hacer.
«¿Cómo ocultar a amantes ahí adentro?» no, no iba a decir eso.
Lo que Milo y ella tenían estaba pactado, y Shaina no tenía por qué recriminarle nada respecto a su vida personal fuera de sus encuentros clandestinos, lo que hiciera él en el resto del día no debería por qué importarle. Aunque a ella sí le pesó que su duda pudiese ser real, y sí le molestó más creer que ella no era exclusiva en su cama.
—Entiendo, entiendo —alzó los hombros desinteresadamente—. Entonces vete.
Viéndola, Milo esperó un par de segundos en silencio, como si quisiera decir algo más. Al final inhaló profundo.
—Nos vemos luego.
—Ajá.
Tratando de mantener su cabeza fría para evitar hacer una escena sin sentido delante de él, Shaina se sentó en su cama, justamente donde había estado Milo, donde prosiguió a desprenderse de sus sandalias y acostarse para descansar un poco sobre sus suaves sábanas.
Su día había empezado desde muy temprano y ahora que tenía un par de horas libres, quería evitar más callos a sus pies. Había uno, en especial, en su dedo pequeño del pie izquierdo, que estaba matándola.
Ah, cierto. Pero antes. ¿Dónde estaban sus modales?
—Milo, gracias por… —alzó un poco la cabeza desde la comodidad de su almohada, viéndose sola—, las flores —susurró, parpadeando confundida.
Ni siquiera escuchó la puerta abrirse, o cerrarse.
Él realmente debió haber tenido muchas cosas que hacer si es que había desaparecido tan rápido de su vista. Ella era una amazona de plata, no era tan fácil hacer eso con una guerrera de su calibre.
En fin, el tipo a veces era extraño.
Shaina se acostó de lado, de modo que pudiese ver el florero. Lucía tan bonito ahí.
Y pensar que Aioria, con toda seguridad, había comprado todo ese montón de flores para Marin. ¿Y para quién más? Quizás para muchos otros, el romance que el león y el águila sostenían a espaldas del Santuario; podría ser una gran sorpresa, pero para Shaina, ese amor era tan evidente como la luna llena en el cielo nocturno.
Pero, ¿por qué Aioria no le regaló todas las flores? ¿Marin las había rechazado?
Si eran tantas como Milo había descrito, a Shaina no le parecería extraño que Marin haya preferido quedarse sólo con un ramo.
«No sabía que Aioria podía ser tan romántico» frunció un poco el ceño.
Corrección: a veces, todos los tipos que vestían las armaduras doradas, eran extraños. Y Milo encabezaba su lista.
Porque, ¿de verdad él le había traído ese florero sin esperar nada a cambio? ¿De verdad entre 12 santos dorados y un patriarca las flores no se habían acabado? No había mucho sentido en que sobrasen flores para ella si es que era cierto que Aioria las había repartido entre sus colegas.
Ahora que lo pensaba así, Shaina se sentía un poco mal por no haberle agradecido las flores a Milo antes de que él se fuese.
¿Qué más daba? Lo haría en cuanto lo viese otra vez.
Por lo pronto trató de relajarse, no quería que nadie pudiese ver que a veces, incluso una amazona tan dura como ella, podía degustar (como cualquier persona) de ese tipo de detalles tan hermosos. La naturaleza, debía ser admirada por su perfección. Sin embargo, ahora que estaba sola, ella se permitió sonreír mientras admiraba los pétalos de las flores.
—Por favor —susurró pacíficamente—, no mueran pronto —sabía que pedía lo inevitable.
Cerró los ojos y dejó su mente en blanco.
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Seika estaba cansadísima. Había estado corriendo durante todo el día. Entre mostrando habitaciones y limpiar escaleras… apenas tenía energías para arrastrar sus pies sobre la alfombra que cubría el suelo del pasillo que iba hacia su alcoba.
Por suerte no encontró a Tatsumi después de aquella pequeña discusión, por lo que Seika (bastante aliviada) dedujo que el hombre habría sido llamado por alguna de las sirvientas, como todos los fines de semana, para hacer (bajo su supervisión) el inventario de todo lo que se requería comprar para esta semana.
El agua caliente iba a relajarle los músculos, le ayudaría a calmar sus nervios, y por supuesto, le haría dormir bastante bien. Eso hasta que el sol alumbrase y tuviese que prepararse para atender a los invitados de Saori, como una empleada más de la mansión.
Estaba cansada y sinceramente no tenía ganas de cenar, pero si no lo hacía ahora estaría en problemas. La comida se servía en horarios específicos bajo la estrecha mirada de Tatsumi, y ella ya se había saltado la comida de la tarde por lo que su estómago estaba exigiendo alimentos.
Por supuesto, no comería con Saori y los otros en el comedor principal, sino en la cocina. A menos claro que las amazonas estuviesen cerca y le exigiesen (ambas) a Tatsumi, que dejase a Seika sentarse donde estaban ellas.
Se desvistió con cuidado poniendo su ropa sucia en un cesto al fondo del cuarto; tomó la bata blanca que cubría un poco más debajo de sus rodillas y afianzó el cinturón. Tomó otra toalla para su cabello y unas sandalias apropiadas, apagando las luces de su habitación para adentrarse en la regadera.
El agua fue un alivio, amaba su jabón neutro y más aún su champú con olor a menta. Se tomó su tiempo para limpiar el sudor de sus axilas, piernas, espalda, y el resto de su cuerpo. El chorro de agua cayó como cascada por su cuello para esparcirse por el resto. Cerró los ojos, sintiéndose bastante relajada.
Peinó su cabello bajo el agua, limpió bien entre los dedos de los pies.
Mientras cerraba el grifo de la ducha, Seika pensó en su hermano y en lo que los doctores le habían dicho la última vez que fue a verlo.
»Mejora cada día. Su progreso no es tan notorio por la gravedad de su herida, pero ten por seguro que su vida ya se encuentra fuera de peligro.
Sólo por eso, Seika estaba dispuesta a seguir trabajando como una mula para Saori. Porque una vez que Seiya se recuperase…
Sonrió imaginando lo fuerte que le abrazaría.
Su hermanito, era un héroe. Era un verdadero caballero, respetado por todos. Y ella estaba tan orgullosa de él que apenas podía creer que ya no estaba al borde de morir.
«Está fuera de peligro» pensó bastante feliz, refrescando las palabras del doctor.
Con una toalla sobre sus hombros y la otra rodeando su cuerpo desde arriba del pecho, Seika volvió a su alcoba luego de dejar una ventana abierta en su baño para que el vapor del agua se fuese y no ensuciase tanto el espejo y el azulejo de la regadera. Cuando tuviese algo de tiempo, lavaría ese espacio.
Sus pensamientos sobre sus planes a futuro con Seiya… y su propio baño, se vieron trucados cuando comenzó a escuchar ruido. Afuera, en el pasillo, algo estaba pasando. ¿Acaso las puertas a su alrededor habían cobrado vida o por qué parecía que intentaban abrirse?
¿Serían fantasmas? Imposible, con una diosa griega de la guerra aquí, ningún tipo de ente podía ser tan tonto como para intentar perpetrar sus dominios.
Empapada de curiosidad, Seika iba a ver qué ocurría. Quien sabe, podría ser Tatsumi en una de sus famosas escenas de cólera. Pero, apenas ella abrió su puerta un poco, una fuerza mayor que la suya la obligó a entrar de nuevo. Los pies de Seika, ante la violenta sacudida, apenas pudieron retroceder ante una gran velocidad sin caerse.
Aquella sombra intrusa la asustó demasiado, Seika se preparó para gritar cuando una mano grande tapó su boca dando un giro maestral sobre sí mismo, obligándola a ella a acomodarse a su voluntad. Su espalda pegó contra la puerta, cerrándola de nuevo. Estaba atrapada en su propia habitación con aquel intruso, sin poder moverse.
Aterrada, sin saber qué sería de ella, Seika luchó para liberarse.
—E-espera, soy yo —dijo el intruso.
Seika no reconoció esa voz así que intentó dar un rodillazo a la entrepierna, pero sea quien sea el intruso, este puso una pierna sobre las suyas inmovilizándolas a tiempo.
—¡Soy yo! Seika, soy Aioros.
Ella se quedó quieta entre el pánico y el desconcierto.
—¿Señor Aioros? —masculló aún con la boca tapada—, ¿qué hace?
—Espera —chitó.
—¡Aioros! —exclamó Aioria afuera—, ¡sé que estás por aquí, cobarde! ¡No me hagas abrir todas estas malditas puertas, si lo hago, acabaré contigo!
Un poco menos asustada pero bastante acalorada hasta las orejas, Seika trató de ignorar el hecho de que Aioros estaba pegado… mucho, a su pequeño cuerpo desnudo, el cual estaba únicamente cubierto con una sola toalla.
Tratando de no desmayarse por los nervios, Seika se puso a pensar en el por qué el señor Aioria parecía tan molesto.
«Debí encender las luces» pensó algo atormentada. Y es que a ella le gustaba pasearse por su cuarto en la oscuridad, le agradaba el ambiente.
Pero, sin la luz de su cuarto para auxiliarla, Seika apenas pudo tratar de ver la silueta de Aioros.
Sí. Estaba muy cerca.
—¡Aioros! ¡Sal ahora mismo!
—Aioria, basta ya —se oyó a Marin, tan agitada como los Caballeros—. Seguro no fue su intención.
Oh dioses, Seika podía sentir los duros músculos de sus brazos, torso y piernas sobre su cuerpo flacucho. Ella cerró los ojos respirando, tratando de aliviarse, pero el aroma que él desprendía estando tan cerca la invadió sin clemencia proporcionándole mareos innecesarios. Sentía que faltaba poco para que se desmayase.
—¡No! Tú no lo conoces, eso no fue un accidente —reclamó Aioria.
—La verdad es que sí —susurró Aioros sin soltar a Seika, quien estaba enrojeciendo peligrosamente de la cara.
—¡Como si no supiese que primero tiene que tocar una puerta antes de abrirla!
Bueno… Seika podía darle la razón a Aioria en ese punto.
—Se me olvidó que estaban juntos —canturreó éste apenado.
—Matándolo no resolverás nada ni tampoco persiguiéndolo por toda la mansión —razonó Marin—, algún día tendrás que volver a verlo. Anda, regresemos. Recuerda que Shaina no debe saber que están aquí.
—Maldita sea —gruñó Aioria entre dientes—, cuando lo vea…
Ambos parecieron marcharse del pasillo cuando Aioros finalmente reparó en el cuerpo que sostenía con firmeza. Creyendo que el calor que se sentía en la cara de Seika, se debía a que ésta no podía respirar, así que se apartó de inmediato dando dos pasos hacia atrás.
—Yo de verdad lo siento, todas las otras puertas tenían los seguros y esta fue la única… que no lo tenía —le dijo él bastante apenado.
Agradeciendo a los dioses porque la toalla siguiese en su sitio, Seika se llevó las manos al pecho, tratando de regularizar su respiración y los latidos de su corazón. Él no la había estado ahogando con su mano sino con su íntimo acercamiento.
¿Quién diría que la primera vez que un hombre como ese la sostendría así sería cuando su hermano lo buscase para matarlo?
Sea como sea, ella recuperó algo de aliento, luego se lamió los labios.
—E-e-está bien —tartamudeó bajando la mirada al piso, rogando porque él no pudiese verla con la toalla del baño. Eso sería bastante vergonzoso.
Para su mala suerte la luz de la luna parecía odiarla ya que alumbró lo suficiente a través de la ventana y la ligera cortina blanca.
Ay no.
Aioros no había querido interrumpir a su hermano menor y cuñada en un íntimo momento, pero ocurrió. Tampoco quiso que Aioria sacase la sangre caliente que tenía y lo persiguiese con intenciones de desollarlo… y por todos los dioses, Aioros tampoco había querido ir a parar a una alcoba cuya usuaria estaba… indispuesta, para recibir visitantes. Menos si éstos eran totalmente inoportunos.
Él lo intentó. Por su honor, de verdad intentó no mirar hacia abajo para confirmar que Seika no estaba luciendo un atuendo muy… abrigador, así que apenas se dio cuenta de ese detalle, desvió los ojos invocando toda su fuerza de voluntad para no ser un maldito degenerado.
—Yo… no buscaba importunarte —dijo sintiéndose aún más nervioso. Incluso sus mejillas se coloraron un poco.
Sin duda no era el mejor momento para explicarle a la joven que el motivo por el que Aioria lo buscaba para matarlo era porque estúpidamente, a Aioros se le había ocurrido ir a su habitación para preguntarle si ya había llegado Athena, pues él se había levantado (15 minutos después de que creyó que dormiría bien) con las intenciones para alistarse para la cena.
Tenía mucha hambre.
Juraba por su nueva vida que había olvidado por completo que Marin seguía con Aioria hasta que los encontró… no desnudos y en la cama. No. De haber sido eso Aioros se hubiese quedado ciego al ver a su cuñada y hermano en esas condiciones. Y como quedarse sin visión no iba a quitarle los recuerdos, él mismo se habría suicidado para no tener pesadillas posteriores. Habría hecho un clavado por una ventana.
No, lo que pasó es que al abrir la puerta de golpe hizo que Aiora perdiese la concentración y tirase todas las piezas del Jenga sobre el piso declarando a Marin como la vencedora. Entonces el joven de Leo, aun con su pieza en la mano, lo miró con las intenciones de arrancarle la cabeza, lo que dio inicio a la persecución.
«Ya había olvidado lo competitivo y dramático que es Aioria» quiso mascullar sintiendo que todo aquel pleito había sido ridículo. Pero, al final, su hermano había logrado vengarse (sin saberlo) poniéndolo en esta incómoda situación.
Por su propia vergüenza, Seika no lo miraba, y él procuraba no hacerlo tampoco.
—Creo que ya debo irme…
—Sí —suspiró la joven, temblando de arriba abajo.
—¿Podría…? ¿Para que yo pueda…? —mantuvo los ojos lejos de ella, pero sabiendo bien que para salir necesitaba que Seika se moviese—. ¿Salir?
—Sí —respondió ella quedamente haciéndose a un lado, apenas dos pequeños pasos que dio casi temblando.
Aioros, al andar para finalmente tomar el pomo de la puerta, cometió un error: detenerse y mirar a su izquierda, sólo para descubrir que ella le miraba con una tierna timidez.
Aunque no se le notase mucho, Seika tenía muchas cosas (una más loca que la otra) dando vueltas alrededor de su cabeza.
Dos de ellas, y las peores que alguna vez se le hayan ocurrido:
1.- ¿Cómo es caer extremadamente bajo luego de una vida entera consagrada al sentido común?
2.- ¿Cómo diablos es mirar los ojos de alguien al que le atraigas tanto como él te atrae a ti y mandar todo al carajo?
¿Sería capaz?
Seika decidió lo más estúpido y patético al arriesgar el nada por el todo.
Rejuntando todo su valor, ella caminó lentamente hacia Aioros para tomar su rostro, aprovechar su desconcierto de éste, y pararse de puntas, pegando sus labios con los de él, suavemente.
Con la cabeza punzándole, a punto de estallar como una bomba, ella creyó que él la rechazaría, que la lanzaría lejos, como una furcia al piso, y la pondría en evidencia ante Athena como la reprimida sexual que era, pero ni en su loca fantasía de medio segundo, Seika se imaginó que Aioros le correspondería con un ímpetu todavía mayor, devorando sus labios con una saña tal que le provocó vértigo.
¿Cómo es caer extremadamente bajo luego de una vida entera consagrada al sentido común?
En medio del beso, Aioros se lo demostró sin saberlo. Qué tanto se podía caer en la locura.
Él tomó las manos temblorosas de ella bajo las suyas y prácticamente la hizo abrazarlo del cuello. Una vez logrado eso, él se permitió agarrarla de la cintura.
De acuerdo, Seika no tenía pensado eso… pero tampoco estaba en desacuerdo. Este no era su primer beso, había tenido un novio no hace mucho, antes de que Marin la encontrase. Pero… por los dioses, ¿cómo podía siquiera pensar en comparar al nervioso chico adolescente de su pasado, con este hombre?
A él no le costó nada tomar las riendas. Hacerla parecer una total inexperta, fue sencillo para Aioros. Y bueno, quizás el motivo de eso era porque él, era un santo de la élite, un guerrero que pondría de rodillas a un sinfín de temibles enemigos con un solo dedo.
Él la intimidaba mucho por lo que representaba en el ejército ateniense, y porque físicamente, ella palidecía a su lado.
Seika apenas pudo abrir un poco los ojos cuando se separaron, luego de recuperar algo de cordura y aliento.
Se vieron a los ojos sin saber exactamente qué decir.
¿Y qué podían decirse?
¿"Perdón"? ¿"Fue un error"? ¿"No sé qué diablos me poseyó"?
Seika sabía que su cara estaba completamente roja. Su corazón palpitaba en un ritmo que no consideraba normal.
Las preguntas (dementes) volvieron: ¿Se puede subir la apuesta?
Sí.
Seika y Aioros volvieron a subir la apuesta, volviendo a unir sus labios.
El segundo beso fue más tranquilo, más suave y lento. Manteniendo los ojos cerrados, él no se hizo preguntas estúpidas ni obvias sobre cómo es que Seika sabía besar como lo hacía, y ella tampoco fue tonta al creerse la primera.
Como si quisiera saber de qué era ella capaz. Como si la retase o impulsase a ser más atrevida. Aioros abrió un poco más su boca, invitando a Seika a unir su lengua con la de él.
Mientras Seika se dejaba seducir y convencer de profundizar el beso, enterrando sus dedos entre el cabello del guerrero, él deslizó sus manos hacia arriba para unirla más a él.
A Seika poco le importó que, entre sus respectivas caricias, la toalla que la cubría cediese a su agarre y cayese en picada a sus pies, dejándola completamente expuesta.
Cuando Seika sintió las ásperas, duras y cálidas manos de Aioros, deslizándose de arriba abajo sobre su espalda, sin llegar sus nalgas. Diciéndole claramente con eso que no iba a llegar más lejos, ella reunió toda la locura que poseía fresca en su cabeza para soltar sus suaves rizos, deslizando sus propias manos pequeñas y débiles, por sobre su cuello y pecho.
Volvieron a separarse, esta vez mantuvieron sus labios rozando, mientras recuperaban el aliento.
—Debemos parar —masculló Aioros, apretando sus dedos sobre la piel de Seika.
Ella imitó ese movimiento sobre pectorales de Aioros.
—Tonterías —susurró subiendo sus manos hacia las mejillas de él, para atraerlo de nuevo a su boca.
Como si algo les hubiese poseído a ambos, se dejaron llevar sin tomar en cuenta que eran unos completos desconocidos para el otro.
Teniendo la completa aprobación de la mujer, Aioros acarició la piel de la espalda de Seika, pero en esta ocasión sí bajó hasta sus nalgas. Las acarició y las tomó con fuerza, no tanta para no hacerle daño, subiéndola a su cintura, donde la ayudó a abrazarlo con las piernas.
La sostuvo ahí con el brazo izquierdo mientras que usaba la mano derecha para meterla entre ambos y tomar el pecho izquierdo. Aioros apretó y pasó sus dedos por encima del pezón. Le gustó oírla gemir, y tensarse bajo sus movimientos.
—Inclínate hacia atrás —ordenó separando su boca de la suya, con la voz ronca por el placer.
Ella como fiel amante se dejó llevar e hizo lo que él le pidió, expectante a lo que haría.
Inhalando el perfume femenino cual bestia recién despierta, Aioros sonrió al tener ambos pechos cerca de su rostro. Miró hambriento los pezones tan oscuros como el dulce chocolate, duros, a su disposición.
Él, como Seika, tampoco era el gran experto en este tipo de situaciones, pero sabía bien lo que le excitaba y sin duda ella lo hacía.
—¡Se-señor! —apretando el agarre de sus piernas, Seika cerró fuerte los párpados y encajó sus cortas uñas sobre los hombros aun cubiertos por la ropa de Aioros, cuando él se llevó el pecho derecho a su boca.
Disfrutando de la sensación de su ágil lengua rozando con ímpetu su pezón, ella pasó las manos por encima de la camiseta, maldiciéndola con fuerza por no desaparecer bajo su voluntad y permitirle disfrutar de la piel masculina a su disposición.
Aioros pasó de un pecho al otro, para darle la misma atención, usando su lengua para estimular más los pezones. También pasó sus dientes (sin morder) por encima de la piel de Seika con una desesperación casi imposible.
—Se-señor Ai-Aioros —y ella no podía hacer más que suspirar, gemir y chillar su nombre.
Cuando él caminó lento y la bajó sobre la cama, con él arriba de su cuerpo, Seika supo que ya no había vuelta atrás.
Tampoco le importó.
—Déjeme tocarlo, se lo suplico —suspiró tan excitada como él, delineando con sus dedos los brazos desnudos y fuertes; metiendo las manos sobre sus costados, degustándose de sentir los trabajados músculos de la espalda bajo sus dedos.
Necesitaba acariciarlo, probarlo también; ansiaba marcarlo como suyo.
Sin replicas, Aioros paró sus besos y se incorporó viéndola fijamente con los ojos oscurecidos, arrodillándose sobre la cama, entre sus piernas, únicamente para desprenderse de la camiseta gris.
A Seika se le hizo agua la boca, se sentó y alzó las manos hacia él pasándolas por sus costados, su torso y subirlas hasta su rostro, el cual tomó de las mejillas besándolo de nuevo.
Aioros cortó esa conexión acomodándola más arriba de la cama. Abrió las piernas de ella un poco más. Seika se extrañó mucho cuando él hizo un lento camino de besos que inició desde su frente, su nariz, sus labios de nuevo, su mentón, el cuello, entre sus pechos, el abdomen y finalmente su vientre.
Por un segundo Seika creyó que él se alejaría y detendría todo, pero nada más alejado de la verdad, pues de pronto, ella gimió sorpresivamente cerrando los ojos, arqueó la espalda hacia arriba y se aferró fieramente de las sábanas al sentir los labios y la lengua del Santo besando su intimidad.
Inició con calma y tacto para ir, poco a poco, siendo un poco más duro y placentero.
Enterrando los dedos de sus pies sobre la cama, Seika comenzó a mecer su cabeza de un lado a otro.
—¡E-espe-re! ¡Po-por favor! ¡N-no puedo! ¡R-re-spirar! —chillaba llevándola las manos la boca para callarse, temiendo que alguien pudiese oírla.
Haciendo caso omiso Aioros se ayudó con las manos para abrir las piernas de Seika e impedir que lo detuviese en su labor de hacerla humedecerse lo suficiente para recibirlo. Al poco tiempo ella misma mecía sus caderas al compás de sus besos, incluso bajó sus manos a su cabeza para acariciar su melena pidiendo por más.
—¡No pare! ¡Por favor no pare! ¡S-se lo su-plico!
Aun abajo Aioros llevó la mano derecha en apoyo para estimular más el inflamado clítoris y finalmente llevarla al éxtasis. Él bebió hasta la última gota de su pasión, subiendo de nuevo hasta ella. Seika lo recibió con los brazos abiertos.
Aioros la besó poniendo las manos de lado a lado de su cabeza. Su adolorido pene estaba tan duro que sentía que no podría soportar más sin ella, aun con el molesto pantalón dio una embestida a la sensible intimidad de la chica, quien por su lado lo abrazó y delineó con sus pequeñas uñas cada de sus músculos hasta el borde del pantalón, lo agarró e hizo un intento fallido por bajarlo.
—Déjeme complacerle también —suplicó volviendo a besarlo—, y-yo no soy tan experimen…
Aioros la interrumpió con otro beso.
—Tranquila, ya habrá momento para eso —dijo roncamente separándose otra vez, para quitarse el pantalón dejando a la vista su pene erecto. Lo preparó yendo hasta ella otra vez—. Relájate —le masculló al oído llevando su miembro al centro de Seika, lubricándolo con la humedad de ella y la suya propia.
Besó su cuello acariciándola íntimamente, una vez que pensó que entraría en ella sin problemas llevó la punta a su apertura y de un solo movimiento de caderas entró atravesando la fina barrera que lo marcaba como el primer hombre en su cama.
La sostuvo gentilmente del rostro cuando la oyó gritar y enterrar sus uñas en su espalda baja.
—Perdona, perdón, ¿fui muy brusco? —masculló agitado sobre sus labios, ella mantenía los ojos cerrados con fuerza.
Por los dioses, Aioros convocó toda la fuerza que le fue posible para no moverse como sus instintos animales se lo pedían. Ella debía acoplarse a él primero o le haría mucho daño.
Seika apretó los dientes al sentirlo entrar, rasgando su carne con la suya y llenándola con algo tan duro y caliente que no supo qué llegó primero, el dolor o el placer. Ambos se fusionaron alocadamente en su centro, el cual palpitó como un segundo corazón.
No creyó que él pudiese adentrarse más, pero lo hizo, ella gimió más excitada que adolorida. Llevó sus piernas a su cintura y para su sorpresa, él aún pudo entrar más y más profundo hasta que Seika creyó que perdería la cordura.
Sorprendido de que Seika no sólo se fuese acoplando a su tamaño con más rapidez de la que pensó, sino que también lo incitase a ir más y más adentro, Aioros la tomó del rostro y besó delicadamente sus labios, dispuesto a moverse.
—Es-estoy bien —susurró ella bajando las manos hasta su trasero y pasando las uñas por encima de él.
—Me alegra —sonrió él con complicidad meciendo sus caderas, tocando cada rincón del interior de aquella chica.
Un pequeño recuerdo golpeó su sentido común.
»La acabas de conocer.
¿Y qué?
Salió un poco de ella para adentrarse otra vez; ambos gimieron. Aioros empezó con cuidado, abriéndose pasó lo más delicado que pudo mientras oía a Seika suspirar sobre su boca.
—No se contenga —suspiró mirándolo con aquellos ojos y semblante que él había visto momentos antes—. Se lo im-ploro… no se contenga…
Aioros no supo qué le impresionó más, si la petición o el tono tan sensual y a la vez inocente que ella había implementado. De cualquier forma, no iba a dudar en obedecerla. El fuego que él trataba de contener, se desató.
—Cómo ordenes, pequeña —susurró bajando su rostro hasta su oreja izquierda la cual mordió con suavidad.
Aioros se quitó las manos de Seika para sostenerlas de lado a lado de la cabeza de ella y empezó a impulsarse en su interior con más brusquedad. Se dio cuenta de que ella estaría bien cuando las manos de Seika apretaron con fuerza las suyas, cuando el centro del suave y pequeño cuerpo palpitaba con más fuerza sobre su miembro haciéndole sentir extraordinariamente bien.
Al santo le pareció maravilloso el ver la rítmica danza que hacían los pechos de la chica cuando él se impulsaba hacia adentro. Tomó un ritmo más rápido teniendo que acallar los gemidos de Seika con su boca.
Las malditas paredes eran traicioneras y a estas alturas él, a diferencia de Aioria, Aioros sí mataría a cualquiera que atravesara la puerta para interrumpirlos. A menos que el mundo se estuviese acabando, Aioros no se separaría de Seika hasta que ambos hayan alcanzado el Nirvana.
Seika por un segundo creyó que Aioros se había aburrido de ella cuando sacó su pene bruscamente de ella y se separó.
Como una muñeca, se dejó guiar afuera de la cama donde ella le permitió llevarla hasta una de las paredes, precisamente la que estaba al lado de la puerta y la alzó asegurándose de que sus piernas quedasen sobre sus fuertes codos y su intimidad fuese invadida con éxito una vez más.
Él besaba su cuello mientras Seika lo abrazaba por encima de los hombros aruñando toda la piel que podía. Seika intentó mecer sus caderas al ritmo desquiciante que imponía el Santo, pero no hubo nada que hacer, ella no era rival para alguien que había estado entrenando su propio cuerpo como un arma, toda su vida.
Con los iris nublados por el placer, Seika alzó la cabeza hacia arriba conteniendo sus gemidos mordiéndose los labios. Con el corazón a punto de estallarle en pedazos y tan cerca de perderse entre una infinidad de estrellas, cerró sus ojos ante las sensaciones que este misterioso hombre que conocía de nada le ocasionaba con tan solo tocarla, gruñendo cada vez que entraba con fuerza adentro de ella.
—FIN DE CAPÍTULO—
Ehm...
Bueno...
Ahm...
Chicos, chicas, no me pregunten qué diablos acaba de pasar porque ni yo misma lo sé XDDDD hasta yo pensé que ya íbamos a ver a Shaina y Milo en este capítulo... y resulta que falta un poco más.
Para no hacer tan dolorosa la espera, decidí apresurarme a modificar este capítulo y subirlo rápido.
Ehm...
En serio... no sé qué diablos pasó XD.
Ehm...
Creo que ya me puedo ir a dormir...
Ehm... saludos.
Muchas gracias por leer, comentar y apoyar la historia:
agusagus, Tatiana ayala, camilo navas, Monse, Nyan-mx y Ligia dAfrodita.
¡Hasta el próximo capítulo!
Saludos y que todos estén bien.
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