-Me voy a cambiar de nombre-dijo de pronto Arnold, deteniéndose en su caminata hacia la panadería.

Honestamente no pensaba cambiarse de nombre, pero quería saber cual iba a ser la reacción de su novia Helga G. Pataki al proclamar aquello.

La chica, levantó la uniceja.

-Pero que dices, Arnoldo -Él la miro fijo como diciendo que por eso quería cambiar de nombre.

-¿Por que harías una cosa así, Cabeza de balón? -cuestionó estupefacta.

Y seguía. Arnold la miraba con los ojos ya entrecerrados.

-Como ahora, no me llamas por mi nombre-replicó Arnold.

Helga se cruzó los brazos, su ceño fruncido.

-Lo hago-antes de que diga algo mas. Al ver su boca abierta lista para rebatir. Añadió-:No siempre, pero te he llamado por tu nombre así que deja de armar un escándalo, enano.

-Mi nombre no es cabeza de balón ni Arnoldo. ¡Y soy mas alto que tu para que me llames enano!

-Ya lo se, pero es un apodo. Sabes que son los apodos, ¿Cierto?

-Claro que lo se-refutó-Pero eso no son apodos que usas cuando sales con alguien.

-¿Ah, si? Entonces prefieres que te llame... -no pudo ni hablar que ya le daban arcadas.

Realmente, solo de pensar en los típicos apodos como "bebe, cielo, corazón" le hacia revolver sus estómago.

-Como sea, debes de admitir que los mios son muy originales, únicos y nada genéricos. ¿Y quieres que lo cambie por algo común?

-También me llamas Zopenco, niño bobo,cabeza hueca, cerebro de masa -alegó-Y no quiero que lo cambies por algo común, únicamente pido que me llames por mi nombre.

-Son apodos, que lo digo con todo mi afecto-repuso relajada.

-¿Eso llamas cariñoso? Parece mas un insulto.

-Yo soy así -dijo-Y no te hagas, Cabeza de balón-expresó-Se que te gusta.

Dio me día vuelta.

-¡Apurate! Y ya comprame mis rosquillas Arnoldo-hizo una pausa-Digo Ar-no-ld ¿Así esta mejor?

Suspiró, negó con la cabeza y siguió caminando. No había caso.

-No importa, llámame como quieras.

-Pues claro que te llamare como quiera, zopenco-dijo-Pero recuerda eres MI zopenco, MI Arnoldo, MI cabeza de balón... -diciendo cada uno de sus apodos que ahora sonaban posesivamente cariñosos.

-Lo se -sin evitar, sonrió suavemente, porque a su vez, ella era su Helga G. Pataki.