Con el paso de los días la momentánea incertidumbre creada por el sobre con el sello de las Islas del Sur cayó el olvido. Como cualquier otro día Anna y Elsa se encontraron en el comedor a la espera de que se les sirviera el desayuno. Elsa pensó en lo bien que conjuntaban los ojos verdes tan oscuros de Anna con su tono cobrizo de pelo y por algún motivo no quiso demostrarlo en voz alta, simplemente quiso guardarlo para sí misma. Anna por su parte pensaba que el desayuno era una buena oportunidad para comentar con la Reina los arreglos pertinentes de los que se estaba encargando:
- Buenos días, majestad - saludó Anna mientras se sentaba a la mesa, a la derecha de Elsa.
- Buenos días, Anna - sonrió Elsa - ¿a qué viene tanta ceremonia?
- ¿Dispondríais de tiempo para aprobar las reformas del castillo ahora?
Elsa rió brevemente la burla de su hermana mientras señalaba una copa vacía esperando a que fuera llenada:
- Es descortés burlarse de la Reina antes de que ésta haya desayunado ¿sabes? Pero sí, dispones de toda mi mañana.
Anna aplaudió brevemente alegre por la oportunidad de disfrutar de su hermana toda una mañana cuando normalmente era impensable que la Reina tuviese tiempo de ocio. Desayunaron mientras Anna le contaba enérgicamente todo lo que había pensado para las reformas y qué ideas habían sido acertadas y aprobadas y cuales desechadas casi sin pensar. Ambas disfrutaron y rieron de todo lo que Anna se le ocurría comentar por disparatado que fuese. Tras el desayuno, Anna le ofreció galantemente el brazo a Elsa para guiarla por todos los recovecos del castillo que iban a sufrir un arreglo. Pasearon al menos durante una hora por el castillo hasta que al final Anna se detuvo en el pasillo de la parte de arriba.
- ¿Se acabó el tour de reformas?
- No, la siguiente parada es la última pero quiero que veas antes una cosa más - respondió Anna. Y con un gesto discreto invitó a la Reina a sus antiguos aposentos. Tras la coronación Elsa mudó la mayoría de sus pertenencias al dormitorio del Rey que era mucho más espacioso y conectaba directamente con su estudio. Elsa obedeció el gesto de Anna y abrió la puerta de su antigua jaula. Y lo que encontró era que estaba exactamente igual a lo que ella recordaba. No supo qué decir, no sabía si debía detectar o no algún cambio pero tampoco quería ofender a Anna…
- Kristoff y yo pensamos en una forma que aislara la madera del frío para que pudieras practicar dentro del castillo si así lo querías - explicó Anna - es un revestimiento que aplicado de forma uniforme…
La voz de Anna se perdía a lo lejos mientras Elsa trataba de asimilar lo que su hermana decía. Hacía días que no había visto a Kristoff merodear por el castillo como solía hacerlo desde el día del deshielo. Merodear alrededor de Anna más bien, pensó Elsa. Entonces era eso lo que estaban haciendo, Anna y él habían estado ahí a escondidas para experimentar con su dormitorio sobre como prevenir que el hielo pudiese dañar la estructura y sabría Dios que más cosas habrán hecho aprovechando el hecho de que era un dormitorio… Numerosas e hipotéticas situaciones empezaron a darse en la mente de Elsa, a cada cual peor y más obscenamente bizarrada…
- Anna - Elsa interrumpió el discurso de su hermana quien ya se había acercado a una pared y señalaba una viga sin darse cuenta de nada más:
- ¿Si?
- Me encanta que hayáis hecho esto por mí, es un detalle pensar en la salvaguarda de mis antiguas pertenencias - agradeció la Reina. Y sin esperar un momento más la princesa corrió la breve distancia que las separaba en aquella pequeña habitación para abrazarla.
- ¡Oh Elsa! Me alegra que te guste - respondió Anna aun abrazada- dudé mucho sobre lo que podía gustarte y siempre me desagradó esta habitación así que quería hacer algo con ella pero, comprendí que lo que disgustaba no era el dormitorio
- Entiendo - concedió Elsa.
Mientras salían de la habitación y retomaban el rumbo del paseo hacia la última reforma Elsa rompió el silencio:
- Anna, mientras estabais en mi antiguo dormitorio, Kristoff y tú, él y tú, es decir: no estabais a solas ¿verdad?
Elsa expresó su temor sin mirar al rostro de su hermana, tal vez por vergüenza o quizá por miedo a la respuesta. Aunque la respuesta fue completamente contundente y honesta por parte de Anna: la princesa se echó a reír de forma sonora:
- Elsa, por supuesto que no - respondió Anna. La Reina se había ruborizado ligeramente y suspiraba de alivio - había al menos media docena de obreros y agentes - explicaba Anna - eramos tantos que temí que no pudiésemos ser suficientemente discretos.
Elsa finalmente se unió a la risa de su hermana y desechó la idea por completo, seguramente Anna había aprendido por su anterior experiencia a actuar sin dejarse llevar de forma inconsciente. Aunque bien pensado, Kristoff se adentró en la ventisca para salvar a Anna y la había acompañado a la Montaña del Norte en mi busca, en cambio yo lo único que hice fue apartarla de mí y congelarle el corazón… ¿Por qué me empeño en hacer esas comparaciones absurdas?
Elsa - dijo Anna de pronto - mi honor sigue intacto, si es lo que te preocupa.
La expresión y las cejas alzadas de su hermana hicieron que la Reina se sintiese nerviosa y ligeramente avergonzada por pensar en ese aspecto de Anna. Por suerte para la ruborizada Reina acababan de llegar paseando hasta la terraza que daba a la parte posterior del castillo, donde previamente habían pensando empezar la reforma.
- ¿Es desde aquí desde donde saldrá la escala? - preguntó Elsa intentando recuperar su porte regio y serio. Anna contuvo la tenue diversión que sintió al ver a Elsa huyendo de la verguenza y respondió uniéndose al cambio transversal de tema:
- Sí, desde esta terraza nacerá una escalera que bajará hacia allí… - Anna se acercó a la barandilla de piedra de la terraza y estiró su brazo ante el rostro de Elsa para señalar el recorrido consensuado de la escalera - … creímos que lo mejor era esta ruta hasta abajo, las rocas de la base del castillo dificultan un poco la trayectoria.
Cuando Anna intentó recuperar su postura original al lado de Elsa se tropezó y su cuerpo empezó a caer de espaldas hasta que la mano de Elsa atrapó la suya. La Reina puso su mano libre en la cintura de su hermana y tiró hacia arriba para devolverle la estabilidad perdida por el tropiezo:
-¡Anna! ¿Estás bien?
- S-Sí, di-disculpa mi torpeza - dijo Anna y Elsa retiró su enguantada mano de la cintura de su hermana para alejarse un poco.
- ¿Quieres que entremos? En seguida empezaran los preparativos para la comida…
Anna asintió enérgicamente aun un poco fuera de lugar y entró de nuevo al corredor esperando a que Elsa entrara también y poder cerrar la puerta. Mientras que Elsa ya había olvidado el incidente sin darle importancia alguna, Anna aun se sentía algo descolocada. La Reina había comenzado a caminar hacia el interior del castillo mientras que la princesa se había quedado clavada en el sitio con la mano aun sobre el picaporte de la puerta que acababa de cerrar y la vista sobre la regia espalda de Elsa. Anna rió suavemente al recordar lo que había dicho dias atrás sobre lo bien que le sentaban a Elsa los vestidos azules, sin importar la tonalidad o el corte, aunque siempre con los hombros desnudos…
- ¿Vienes Anna?
La princesa abandonó sus pensamientos de inmediato junto a la terraza y aceleró el paso para acercarse hasta donde estaba Elsa. Continuaron caminando hasta que el mayordomo principal las interceptó en el pasillo:
- Su alteza, su majestad - saludó apropiadamente a las dos siendo recompensado con una ligera reverencia y el tono amable de la reina:
- Si, te escucho
- El director del hospital ha solicitado audiencia tras informarle su majestad de su interés.
- Oh, estupendo - respondió Elsa - Pedí a Lars que me pusiera en contacto con el director del hospital, hay más recaudación para invertir en sanidad que otros años y bueno, quería darle la noticia en persona y discutir las posibilidades - le explicó a Anna - ¿te gustaría unirte a la reunión?
- Ah, espera ¿quieres que asista?
- Solo si no tienes otros planes, el director del hospital seguramente solo querrá ser educado y agradecido.
- Esta bien, sí - sonrió Anna. No solía involucrarse con las responsabilidades habituales de Elsa pero le pareció un amable detalle que la invitase a una reunión que prometía ser grata.
- Muy bien - la Reina ahora dirigía sus palabras al mayordomo - responde que esta tarde la princesa y yo haremos una visita discreta, nada de ceremonias.
La hora de la comida llegó sin que ninguna de las dos se diese cuenta, habían pasado la mañana paseando, hablando y riendo justo como cuando eran niñas. Había sido una mañana placentera y lamentablemente la hora de la comida dictaba el final del descanso para ambas. Anna debía volver a concentrarse en las reformas y Elsa tenía una nueva reunión antes de volverse a ver para visitar el hospital. Y aunque Elsa se encontraba de buen animo y completamente descansada, Anna continuaba ligeramente distraida por algo que a la Reina aun se le escapaba. La princesa seguía dándole vuelvas a cierto tropiezo en la terraza del piso superior y al roce de la mano de Elsa en su cintura. No pudo evitar recuperar los pensamientos abandonados en la puerta de la terraza durante la comida muy consciente de que Elsa se sentaba a su lado y temerosa de que pudiera descubrir lo que pensaba. ¿Por qué sentí eso cuando me cogió? Pese a los guantes y el helor constante de sus manos ¿Cómo pude sentir ese calor?
Mientras Anna se perdía en sus divagaciones Elsa había terminado de comer y pedía disculpas para retirarse a su despacho, Anna asintió y quiso levantase también, y entonces Elsa lo volvió a hacer para desconcierto absoluto de la princesa: posó suavemente la mano en su cintura para apartarse y salir del comedor. Ahí está de nuevo, oh Dios… Anna sintió como el calor esta vez le subía por la espalda. Nunca había sido tan consciente de que durante sus diez y ocho años de vida había tenido cintura. Kristoff tocaba y cogía su cintura muy a menudo y jamás había sentido nada parecido. Ni si quiera cuando se besaban sentía nada parecido.
- Princesa - la llamó una sirvienta para traerla de vuelta a la realidad.
- Si - reaccionó Anna. Se había quedado parada en el medio del comedor desde que Elsa la había tocado. Los sirvientes ya habían acabado de recoger la mesa
- Quizá la princesa tenga otros quéhaceres… - sugirió la misma sirvienta
- Sí, sí, cierto - asintió Anna repetidas veces volviendo del todo a la realidad - ¿podéis prepararme un baño? Quisiera cambiarme antes de salir.
- Por supuesto, alteza.
Salió rápidamente del comedor tratando de ocultar su vergüenza y su desconcierto. Se escondió en sus aposentos y cuando el baño estuvo listo dejo su cuerpo reposando en él. Aun podía sentir el calor de la mano de Elsa. Dios mio, pero en qué estoy pensando… es mi hermana, es la Reina.
Anna decidió volver a abandonar esos pensamientos esta vez en la bañera dispuesta a prepararse para la visita al hospital. Y justo cuando acababa de recogerse el pelo Elsa la llamó desde el otro lado de la puerta. La Reina tenía razón, fue una grata forma de pasar la tarde. El director del hospital además de agradecido se mostró humilde y educado a pesar del gran trabajo que allí hacían. Y pese a que Elsa pidió que no hubiera atención hacia sus personas, casi todo el hospital quiso mostrar sus respetos a la Reina vigente y a su alteza la princesa Anna. Ciertamente la tarde había sido placentera pero también agotadora, tanto que en el carruaje durante el viaje de vuelta al castillo sus majestades iban casi dormitando. La espalda de Anna resbaló ligeramente y Elsa la abrazó para que no cayera del todo. La Reina estaba también cansada pero la visión de su hermana durmiendo tan vulnerable la mantuvo en el reino de la vigilia. Disfrutó más de lo apropiado del rostro tranquilo y la respiración tenue de la princesa pero se dijo a sí misma que se lo reprocharía más tarde.
Por suerte para ambas el viaje no era infinito y el carruaje frenó en el patio del castillo. Anna abrió los ojos lentamente en cuanto el guardia repicó en la puerta del carruaje con cierta discreción. Al despertar se dio cuenta de que se había dormido y en algún punto del camino había caído sobre el regazo de Elsa. La Reina aun dormía y el guardia volvió a llamar su atención con discreción.
- Elsa - susurró Anna despacio - Elsa, hemos llegado a casa.
- Mmmh
- Elsa vamos, están esperando que salgamos.
- ¿Su majestad? - llamó el guardia finalmente.
- Si, si, disculpad - dijo Elsa aun sin saber lo que estaba ocurriendo a su alrededor - ¿Anna?
- Vamos - Anna se atrevió a coger a su hermana de la mano y ayudarla a bajar del carruaje con cierto disimulo. Era increíble, pensó Anna, como aun medio desmayada por el sueño la Reina mantenía su porte serio y grácil.
Cruzaron la puerta del castillo aun cogidas de la mano, Anna no quería admitir que ya podía soltar la mano de Elsa y ésta a su vez luchaba por mantenerse despierta mientras caminaba y firmemente sujeta de la mano de la princesa. Decidió conducir a Elsa hacia su dormitorio y asegurarse de que entraba antes de soltar su mano y dirigirse al suyo. Pero no lo hizo, soltó su mano en cuanto el mayordomo se acercó a ellas:
- Su majestad, su alteza - se disculpó el mayordomo - sé que es tarde pero me temo que acaba de llegar esto tachado de urgente.
Elsa abrió los ojos al oír la voz del mayordomo.
- Te escuchó - concedió Elsa
- Ha llegado por correo urgente con expresa solicitud de enviar respuesta mediante el mismo mensajero que aguarda en el patio - dicho lo cual, el mayordomo alzó la bandeja de plata que portaba con un sobre reposando en el centro. El sello lacrado provenía de las Islas del Sur y de pronto todo el aire que había en el pasillo se esfumó.
