Mientras se dirigía a la terraza Anna cayó en la cuenta de que no le había dicho a Elsa a qué terraza se refería concretamente. Cabía la posibilidad de que esa terraza, donde había descubierto el gusto por el tacto de Elsa, para Anna se hubiese vuelto un lugar específico y único pero para la Reina fuese solo un recoveco más del castillo. Pero su temor se disipó al distinguir la figura de la reina tras la vidriera de la puerta. Ayer simplemente me tropecé y desde entonces solo deseo volverme a tropezar, se reprochaba Anna; era todo tan confuso. Pero al menos Elsa entendió que se refería a esa terraza en particular.

- Anna - Elsa estaba de espaldas hasta que oyó la puerta abrirse

- Sí, ya estoy aquí

- Yo, eh, yo no… - Elsa no sabía por qué exactamente estaba en la terraza aunque había sentido alivio al ver a Anna cruzando la puerta.

- Vaya es raro que nuestra inquebrantable reina pierda el habla - comentó la princesa cerrando la puerta - tranquila, Kristoff ya se ha ido y la orden ya está llegando al puerto, mira - Anna quiso levantar el brazo de nuevo para señalar pero se detuvo cohibida ante su recuerdo. Elsa podía ver desde ese pequeño balcón como un diminuto mensajero real corría hasta el embarcadero.

- Oh por eso dijiste la terraza - entendió Elsa - porque podíamos asegurarnos de ver la partida del barco

- Claro - mintió una Anna sonriente - y tú que pensabas hundir el buque…

- Vamos, Anna, no iba en serio - respondió la Reina - Aunque como vuelva a ver el sello de las Islas del sur te juro que empiezo una guerra.

No sabía desde cuando le gustaba tanto que Elsa se comportara tan regiamente. Esa conducta tan severa y autoritaria podía confundirse con exceso de soberbia o incluso con tiranía cuando Elsa se enfadaba y mostraba esa penetrante e inexpunable mirada... pero yo me subyugaría encantada… Anna se censuró sobremanera haber pensado eso al instante sobre todo por la obscena influencia de los pensamientos abandonados en aquella terraza:

- No te preocupes más, se que eres temperamental pero no tan impulsiva - comentó la princesa.

Elsa sonrió ante la concesión de su hermana, no sabía exactamente porque pero desde que habían vuelto a mantener esa cercanía Elsa no sentía su gélido carácter tan helado sino que había algo templado en ella. Algo que la hacía ruborizarse si Anna la miraba con fijeza y que le hacía crecer en el interior cierta antipatía hacia Kristoff. Y ya que pensaba en el muchacho, la Reina decidió aprovechar el momento de intimidad con la princesa para confesar cierta revelación:

- Ya he averiguado por qué me resulta tan insultante la insistencia de las Islas del Sur - dijo en voz alta captando la atención de Anna - es decir, hay varias cosas en la lista pero había algo en ello que me hacía enfadarme por encima de todo.

Anna la escuchaba con expresión seria y la mirada interrogante, y la Reina continuó su explicación:

-Lars, mi consejero, comentó la ausencia de un Rey masculino pero no creo que lo dijese por mi falta de autoridad - Elsa rió - de hecho, ha quedado claro que si no soy suficiente autoritaria en un momento dado, tú tomarás el mando - Anna sonrió también algo avergonzada pero satisfecha por haber ejercido su deber. - Creo que Lars se refería al futuro legado de Arendelle.

- ¿Futuro legado?

- Niños, hijos - aclaró la Reina

- Oh

La contundente verdad cayó sobre Anna y apagó todo deseo de tropezarse con su hermana con la misma facilidad que un suspiro apagaría una vela. Todo lo que había pensado y fantaseado se relacionaba con su hermana y éso era todo; fantasía. Sin más. Herederos.

- Herederos - repitió Anna en voz alta ensimismada aun en sus pensamientos.

Elsa asintió con cierto fastidio.

- Pero, espera ¿lo que más te estaba molestando era el intento de cortejo?

- No, me trae sin cuidado el cortejo - aclaró Elsa - me irrita el recordatorio de que no había pensado jamás en ello. Nunca sentí el menor interés por príncipes o cortejos pero mis consejeros me han recordado un deber para con mi corona que yo estaba dando de lado: el linaje.

Había algo reconfortante en las palabras de la Reina pero al final, después de todo, Elsa era eso: la Reina. Con todas sus consecuencias. No era su Reina, sino la Reina de Arendelle. Quizá ya era momento de olvidar las tonterías que llevaba todo un día arrastrando y centrarse en la auténtica realidad:

- ¿Hay algo que pueda hacer o decir para ayudarte con ese deber?

- ¿Puedes encontrarme un hijo que no tenga que ser concebido?

Anna rió el sarcasmo de la Reina suavemente y se alejó para dejarla reflexionar sobre su deber. Ciertamente ella tenía mucho que asimilar también así que ordenó que le preparan un baño caliente y decidió mantener cierto debate con esos inapropiados pensamientos suyos abandonados en su bañera.

Elsa se relajó ante la soledad que le brindaba la terraza y deshizo todo su porte real para apoyar los codos en la barandilla de piedra y observar la actividad del puerto desde su escondido balcón. Se dijo a sí misma que cuando el barco desapareciera en el horizonte volvería al trabajo y que debía dejar de postergar la decisión sobre el linaje. Era una Reina y antes, fue princesa y desde siempre era sabido que las princesas van acompañadas y que el deber de una casa real era principalmente el de perpetuar el linaje. ¿Porqué lo había aplazado tanto? No tuve una adolescencia normal, trece años encerrada en una habitación de hielo. Otras pasan más tiempo en una torre y son felices de prometer amor eterno al príncipe. Pero no hay príncipe en este cuento, a mi me salvó Anna… Al pensar en Anna ese calor volvía a nacerle desde dentro. El mismo que sintió al sujetar su cintura y esa misma mañana en el hombro. Y ¡Dios! sus muslos y sus manos. Y entonces cayó en la cuenta de lo que estaba pasando: no era una simple y pasajera atracción; estaba enamorada de su hermana, amaba a Anna desde siempre y con el tiempo y la distancia su hermana se transformó… en otra cosa. Había decidido ignorarlo, admitió ante si misma que intuía que esa sensación era atracción pero no quiso ni caer en la cuenta más de lo debido ni darle importancia pero, evidentemente, ahora todo tenía sentido: Evitaba pensar en herederos porque no quiero estar con nadie que no sea ella. La Reina alzó la mirada a tiempo de ver el buque de las Islas del Sur perdiéndose en el horizonte. Y junto al buque también desaparecía ese lugar al que podía recurrir, entre la vigilia y la fantasía, donde le estaba permitido sentir atracción por su hermana y donde Kristoff no existía. Debía volver al trabajo, se dijo. Y abandonó la terraza.

Mientras que la Reina había concluido su debate mental de una forma más sosegada, Anna discutía mucho más acaloradamente con sus pensamientos. Hasta el punto que gritó de frustración y en vez de tomar ese relajante baño, cerró las cortinas y se metió en la cama. Se prometió a sí misma que no saldría de sus aposentos hasta que hubiese resuelto sus dudas por más que le costase. No quería enfrentarse a Elsa ni quería ver a Kristoff. Incluso fingió estar enferma y sufrir fiebre ante los sirvientes para que no la molestasen. Mandó comunicar a la Reina que no la esperase para la cena ni para el desayuno del día siguiente y aunque su intención no era otra que mantenerse alejada, Elsa, que sabía de primera mano lo que estaba haciendo Anna fingiendo estar enferma, acudió por la noche hasta la puerta de su dormitorio. El toque de la puerta sobresaltó a Anna:

- Anna - solicitó la Reina - ¿Anna?

La princesa no se movió de la cama, apretó las sábanas que la cubrían con sus dedos y cerró los ojos:

- Anna quizá te hayas dormido o quizá me escuches hablar. Si no quieres salir, lo entiendo perfectamente - hice lo mismo hasta hace poco - solo quiero que sepas que si te ocurre algo estaré esperando a que estés preparada para contármelo. - La Reina acarició la puerta con la palma la mano y se sió por vencida - Buenas noches, Anna.

Anna dejó que pasara la noche, aun encerrada en sí misma y sintiendo que el apocalipsis estaba más cerca cuanto más se demoraba ella en averiguar lo que sentía. Finalmente aceptó la idea del baño en cuanto llegó el amanecer y se resignó a pensar las cosas con quietud. Se había desnudado y metido en la bañera rezando por algún momento de lucidez que le resolviera el problema, pero ¿qué buscaba resolver exactamente? ¿Ese intimo calor intenso que sentía cuando Elsa rozaba su cuerpo o la circunstancia de que ese roce jamás pasaría a convertirse en algo más? ¿Quizá averiguar de forma súbita las preferencias de Elsa en ese terreno? ¿Y dónde diablos encajaba Kristoff en todo esto?

- ¿No se suponía que debía sentir esta atracción por Kristoff? - meditó Anna en un susurro. Ciertamente Kristoff había conseguido que la princesa se sintiese importante y querida pero Anna no había hallado esa satisfacción de sentirse deseada con él. Si Kristoff la deseaba era problema de él, a Anna le traía sin cuidado. Pronto se dio cuenta de que en lugar de escudriñar sus recuerdos sobre Kristoff en busca de esa fascinante atracción capaz de martirizar a quien la siente, estaba buscando la forma de deshacerse apropiadamente de él.

Aunque bien mirado, al paso que van las cosas Kristoff será la única forma de darle un heredero al reino… ¡Pero no quiero acostarme con él! ¡Pero quiero menos todavía que Elsa se acueste con alguien!

La visión indecorosa de su hermana sobre un lecho matrimonial ligera de ropa hizo que el agua de la bañera comenzase a parecerle fría. Su cuerpo se calentó y aun estando sumergida en agua podría jurar que estaba sudando. Sintió como su bajo vientre se calentaba y ciertas partes de su cuerpo comenzaban a reaccionar ante la vivida imagen de Elsa bajo la tortura de la espera. Pero no era ningún inoportuno príncipe quien se postraba sobre la Reina de Arendelle; no, era Anna quien acompañaba a la Reina en ese dormitorio lascivo. Las manos de Anna comenzaron a acariciar su propio abdomen bajo el agua y en la visión acariciaban el abdomen de Elsa mientras se acomodaba sobre ella. No deseo que se acueste con nadie que no sea yo… Esa era la verdad oculta que tanto la estaba molestando, pero ya era tarde para seguir razonando porque en su ensoñación Elsa rodeaba su cuello con ambos brazos y le exigía el cumplimiento de su deber para con su Reina. Anna gimió en la bañera ante esa dominante petición y sus húmedas manos acariciaron su cuello, y descendieron adulando su torso, su pecho y su ombligo hasta su parte más íntima. El espejismo se volvía más erótico por momentos y Anna ni siquiera se planteó detener sus dedos antes de que fuera tarde. La enardecida Reina jadeaba bajo su agarre y la contemplaba con esa gélida mirada que solo Elsa podía tener. Anna se vio a sí misma acariciando con delicadeza aquella espalda blanca y agarrando con fuerza los mulsos de la reina. Y lejos de detener sus propias manos bajo el agua de la bañera, exploró y satisfizo su curiosidad sobre el deseo que sentía mientras Elsa gemía y gritaba su nombre clavándole las uñas en la espalda. Anna… Ah Anna, la princesa no pudo contenerse y gimió más alto de lo que pudo controlar al recibir el primer impacto del orgasmo que la Reina le había regalado en aquella fantasía. Contuvo el aliento y trató de recuperar la respiración para volver a la realidad - a la bañera - y despedirse con ternura de su soñada majestad, cuando para su horror al abrir los ojos descubrió que su hermana Elsa estaba de pie junto a la bañera mirándola con extrañeza.