Anna miró a Kristoff a los ojos y decidió no tener miedo. Iba a dar el paso y a alejarse del muchacho para apostar libremente por lo que estaba empezando a sentir sin pensar en el día de mañana o en que Elsa pudiera algún día corresponder algo más que su mutua atracción.

- ¿Podría adelantarse y esperarme junto al puente? - le dijo al cochero. Prefería caminar con Kristoff y dejarle en el pueblo. No quería cruzar el puente de piedra que encaminaba la entrada del castillo con ese peso a rastras. El castillo era solo para Elsa y para ella. Vetado a todo lo demás. El cochero obedeció y se alejó de ellos creando una sensación de falsa intimidad en medio de la plaza en la que se encontraban.

- ¿Qué ocurre Anna? - preguntó Kristoff sorprendido. Normalmente ella habría despedido al cochero y preguntado mil cosas diferentes en vez de tener esa inmutable expresión más propia de la reina que de la princesa de Arendelle.

- Kristoff… - se armó de valor y no supo como empezar - ¿te parece si vamos caminando?- Él asintió y le ofreció su brazo en un acto de caballerosidad. Anna lo aceptó dadas las circunstancias:

- Quiero ser sincera contigo, Kristoff - un segundo intento - lo cierto es que quiero que dejemos de vernos.

El muchacho paró en seco sus pasos y miró a la princesa como si no la reconociese. Ya no era la misma chica inocente y perdida en la Montaña del Norte. Ahora Anna era otra cosa:

- Quieres ser sincera conmigo - le invitó él - pues, adelante: dime por qué estás diferente desde hace días y por más que te miro no sé reconocer el cambio en ti - dijo frustrado y cansado. Como si llevaran horas hablando de lo mismo en vez de acabarse de encontrar casualmente.

- ¿Cambiado? - preguntó ella entre asombrada y asustada - ¿Qué quieres decir?

- No lo sé exactamente, pero desde hace unos cuantos días estas… diferente, como si de pronto ya no fueras la princesa Anna que conocí de casualidad.

- No entiendo que me quieres decir con eso - resolvió Anna - pero con cambio o sin él, creo que yo no siento lo mismo que sientes tú por mi.

- ¿Ah no? - se ofendió Kristoff - ¿No saliste del castillo en medio de la ventisca llamándome?

Sí, pero me fui con Elsa.

- Sí, sí que salí y creo que lo hemos dado todo por sentado desde entonces - trataba de explicarse la princesa - es decir, no es que no sienta nada por ti, Kristoff: tengo mucho aprecio por ti y soy consciente de que ni la mitad de príncipes del mundo habrían tenido las agallas de hacer lo que hiciste tú. Pero no quiero mantener una relación en la que no siento nada

Nada más, en la que no siento nada más, quería decir Anna. Pero no lo dijo y Kristoff sintió como la princesa estaba paseando con sus nobles zapatos por encima de su orgullo ¿Qué no siente nada? ¿Qué de pronto no quiere una relación en la que no siente nada?

- ¿Y puedo saber como es que la expectativa de salir conmigo es tan pobre ahora? - preguntó Kristoff a la defensiva - Llevamos meses saliendo y tan felices y de pronto de un día para otro…

- No es de pronto, Kristoff - corrigió Anna tratando de tener paciencia y ser comprensiva. - Es culpa mía, yo di por sentado que empezaría a sentir por ti cosas que no he sentido y no creo que sea justo para ninguno de los dos.

- ¿Empezamos a salir y no sentiste nada?¿Ni si quiera entonces? - Kristoff entrecerraba sus ojos ligeramente - ¿Llevamos meses y no has sentido nada?

Anna no dijo nada para no empeorar la situación

- Anna, di algo

- ¡No se qué decirte! - se defendió la princesa - Creí que iría a más pero quedó en afecto y confianza. Cuando empezamos creía que era amor, creía que crecería con el tiempo…

- ¿Afecto y confianza? - Kristoff lo dijo en un tono irrisorio y ofensivo

- Kristoff, yo…

- ¿Qué clase de princesa no siente nada? Ya te respondo yo, Anna: una de hielo. - Anna quiso gritarle que el hielo no tenía nada que ver pero se mordió la lengua. Kristoff resultaba casi amenazador y Anna incluso se retiró un par de pasos para alejarse, nunca había visto ese lado de su ahora exnovio:

- Entiendo que Hans no te besara - le dijo alejándose herido en su orgullo.

Anna no quiso tomar en serio las palabras de despedida porque sabía que todo era fruto del enfado y la decepción. Sencillamente se quedó mirando como Kristoff se alejaba y suspiró levemente aliviada, entristecida por la conversación y algo dudosa por su futuro. Lo acababa de apostar todo por esas incomprensibles y ardientes emociones hacia la Reina y sentía el mismo miedo que siente un niño que aprende a montar y no confía todavía en el animal que conduce. No se arrepentía de nada, pues el alivio le demostraba que esa decisión era la que deseaba tomar en el fondo sin embargo, el miedo estaba ahí y no la dejaba estar del todo tranquila.

Se abre la veda, Elsa


La princesa llegó paseando hasta donde el carruaje la esperaba. Subió en él y dejó que su espalda reposara en el asiento recordando con cariño como se había dormido sobre el regazo de Elsa hacia pocos días. Le parecía increíble como Kristoff tenía razón, lo entendió en ese momento: sí que había cambiado algo en ella. Cuando eran niñas seguro que se había dormido miles de veces sobre su hermana y sin embargo, el recuerdo de la última vez le parecía igual de inocente pero con otros matices añadidos… Anna solo era capaz de pensar en diferentes maneras de poder seducir a Elsa. Si, de verdad, se había excitado en su cama ese mismo día antes de comer, aun podía acorralarla y recuperar el éxtasis interrumpido ¡Oh Dios! ¿Qué habría pasado si no nos llegan a interrumpir? Quizá Elsa se habría escandalizado si hubiese tratado de asaltarla en la cama, no, no. La mejor manera, se dijo a sí misma: será provocarla hasta que no pueda más y se rinda a sus impulsos.

El carruaje llegó a la puerta del castillo y Anna ya tenía casi esclarecido su plan para esa misma noche. Al bajar del carruaje pidió ver al ama del llaves, Gerda. A diferencia de su hermana, ella no trataba de forma distante con el servicio sino que se mostraba cercana y familiar. Después de todo, Gerda - el ama de llaves - y Kai - el jefe se servicio - llevaban en el castillo incluso más tiempo que ella misma.

- Su alteza- saludó Gerda al verla entrar por la puerta y despedir a la guardia.

- Buenas tardes, Gerda - saludó Anna - ¿sabes si Elsa ha acabado por hoy?

- La Reina lleva reunida desde que os marchasteis, alteza - respondió el ama de llaves - pero uno o dos de sus consejeros se han marchado ya, por lo que no tardará en acabar.

- Bien ¿puedes darle recado de que llegué y de que resolví cierto asunto del que hablamos esta mañana? - Gerda asintió confusa pero obediente. - Ella lo entenderá - le confirmó Anna - Estaré en mis aposentos.

Y con las instrucciones aclaradas, su alejó pasillo adentro en dirección a su alcoba. Cerró la puerta y se deshizo del vestido de diario que llevaba, buscó algo más sugerente para la acalorada noche de verano que se le presentaba por delante, el camisón de verano era recatado incluso para ella, fresco y cómodo, pero muy decoroso. El de invierno quedó absolutamente descartado desde el principio pero, un blusón de satén que solía utilizar para dormir le hizo dudar. Pero no, lo que ella estaba buscando estaba al fondo del armario. Y casi de sus recuerdos, era un vestido que le había regalado su madre al cumplir los diez y seis, según ella, ese color en concreto era su color. Dijo que aunque era todavía demasiado joven para utilizarlo, algún día - su madre estaba tan segura que se lo juró con la mano en el pecho - encontraría la noche perfecta para utilizarlo. Y aunque Anna lo dudó mucho en ese instante, no pudo evitar darle la razón al volver a ver el vestido:

- Gracias, mamá - musitó frente al armario. Recordó como se sonrojó ella misma al ver el corte de la pieza y como su madre le decía que el tono verdoso de ese vestido sería en el futuro más poderoso que una espada.

Por último, un libro. Y esperar a la Reina.

Mientras la princesa confabulaba en su dormitorio Elsa despedía con cortesía agradecimiento a los consejeros que la acompañaban todavía. Tras acabar la reunión se dirigió a su despacho para recoger y archivar la documentación pertinente y deshacerse de lo que fue secundario.

- ¿Majestad? - el ama de llaves tocó a la puerta del despacho.

- Sí. Adelante

- Buenas noches, Majestad - saludó Gerda - ¿Vais a cenar en el comedor o preferís el despacho? - Elsa dudó un instante antes de responder:

- ¿La princesa ha cenado ya?

- Lo cierto es que no, se retiró a sus aposentos y pidió que os dijera que había resuelto esta misma tarde el asunto que habían discutido esta mañana.

- El asunto que habíamos discu… - repitió Elsa sin estar segura de comprender el mensaje - Oh. ¿En su dormitorio dices?

- Así es, majestad

- De acuerdo, gracias - sonrió la Reina - Buenas noches.

Gerda se retiró sin comprender que llevarían entre manos las dos hermanas, pero llegada esa hora de la noche tampoco iba a darle importancia. Y tratándose de la Reina se podía confiar en el buen juicio y raciocinio.

- ¡A-Anna! - Elsa había abierto la puerta sin llamar, confiando que la princesa estaría sentada en su tocador o quizá en la bañera. Pero lo que se encontró fue algo muy… diferente.

El joven cuerpo de la princesa descansaba de lado sobre las sábanas de la cama sin deshacer. Anna, que había reaccionado sin inmutarse demasiado, había levantado despacio su mirada desde el libro que leía hasta el rostro de su hermana, y la miraba desde la cama casi invitándola a acercarse. Pero Elsa no podía mover un solo músculo de su cuerpo así como articular palabra. La princesa escondía su cuerpo bajo un vestido de encaje verde oscuro, casi negro por la luz velada que había en el dormitorio. De tirantes finos y escote pronunciado, el vestido ceñía el busto de la princesa apretando ligeramente el pecho y frunciendose en la cintura. Elsa no recordaba que su hermana tuviera esas cualidades tan marcadas y era incapaz de apartar su mirada del cuello y escote de Anna. La princesa jugaba con la punta de una de sus trenzas hábilmente semi desechas. Continuando el sinuoso camino de la cintura, la cadera de Anna destacaba levemente bajo la tela verde y el vestido marcaba el hueso de su pelvis. Los muslos quedaron al descubierto por la posición que Anna mantenía sobre la cama, como si de forma natural la tela del vestido hubiese resbalado al dejar su cuerpo postrado. Eran unos muslos blancos salpicados en diminutas pecas anaranjadas como las que la princesa exhibía en el rostro. Tan delineados y apetecibles que la mirada de la Reina no avanzó más allá siendo imposible de decir si Anna estaba descalza o calzaba botas de montar. El rubor encendió aun más las mejillas de Elsa y tuvo que respirar disimuladamente varias veces por espacio de minutos para encontrar la manera de volver a hablar. No enlazaba pensamientos coherentes y Anna seguía mirándola incitante sin moverse de la cama, Elsa solo podía conectar ideas vagas pero éstas eran cada vez más indecorosas y obscenas sobre todas las cosas que le haría a Anna antes de quitarle el vestido. Y entonces Anna fué más allá y en lugar de pronunciar el nombre la Reina, lo gimió:

- Elsa…

La reina sintió un escalofrío que le recorrió la columna desde la nuca y hasta los pies. Y por si aun fuera poco, notó cierta humedad entre sus muslos que la confirmó rendida:

-Mmh…

Pero no. Elsa sabía que llegado ese punto ya no podía claudicar, puesto que no habría bandera blanca en el mundo que pudiese calmar a la princesa. Elsa entendió que su hermana se hallaba en plena guerra con ella y que no pensaba hacer prisioneros ni conceder la paz de una forma segura. Su orgullo como reina venció a la parálisis del hechizo de Anna y le dedicó una desafiante sonrisa desde la puerta:

- Anna - la llamó con una dulce suavidad

- Sí - respondió la princesa

- A este juego, podemos jugar las dos… - sonrió con regia maldad y dejó entreabierta la puerta. Ahora era ella quien invitaba a Anna a acercarse.


A/N: Gracias por leer y por el apoyo, para el que escribe es importante.