Los rayos del amanecer entraron por la misma ventana por la que que la noche anterior el cielo bañaba el cuerpo desnudo de Elsa. Anna abrió los ojos de golpe al recrear su recuerdo. Su mente se encontraba aun en ese espacio en el que la conciencia vaga entre la vigilia y el sueño, y su imaginación le trajo de vuelta retazos confusos sobre la noche anterior, hasta que vislumbró a Elsa desnuda y se despertó de golpe. Se incorporó y la claridad del día le cegó tanto los ojos que alzó, por instinto, una mano para impedirlo. Anna lo recordó todo de pronto y su sonrojo fue tal que su piel no se diferenciaba del tono de su pelo. Elsa no estaba en la cama, aunque bien pensado, no sabía si había dormido con ella pues lo último que recordaba era esa indecorosa posición sobre el sillón del tocador.
Ciertos sonidos típicos de un lavabo llamaron su atención. Elsa debía de estar dentro. Anna volvió a recostarse en la cama sintiendo a la Reina en las sábanas y en su vestido. Suspiró descansada pero cerró los ojos esperando poder volver a dormir puesto que temía enfrentarse a la mirada de su hermana. ¿Y si no lo recuerda tan espectacular como lo viví yo? ¿Y si se arrepiente y por eso no me ha despertado? Las dudas comenzaron a carcomer su placentero despertar hasta que sintió una mano que le tocaba la pierna con delicadeza:
- ¿Anna? ¿Estás despierta? - La Reina la miraba desde el lateral de la cama, perfectamente vestida y peinada.
- ¿Elsa?
La Reina acarició su mejilla con el dorso de su mano enguantada y se sentó junto a ella:
- Buenos días - le sonrió. La princesa desvió la mirada por el sonrojo:
- Buenos días - respondió en un susurro.
- Vaya - comentó - ¿dónde tenías guardada toda esa timidez anoche, Anna?
La princesa no supo responder. La Reina sabía lo que pasaba, por supuesto, conocía a Anna desde siempre y sabía que su hermana padecía, a veces, el efecto de las mareas: en un momento se mostraba tranquila y paciente y al siguiente la dominaban los nervios y la urgencia. Elsa comprendió que no debía forzar a Anna en ese momento, sencillamente debía dejarla ser así:
- He de ir a una reunión para ultimar los detalles de mi viaje pero mandaré que te suban el desayuno aquí, si deseas permanecer en la cama
- ¿De qué viaje? - Anna se alarmó ligeramente incorporandose para hablar con Elsa
- Oh, es cierto - la Reina rió gracilmente - cuando ayer nos encontramos en tu habitación, yo planeaba preguntarte por el recado que me habías dejado y quería contarte que tengo que asistir al enlace de la hija de Weselton.
- Es cierto, no te conté nada - asintió Anna con reprobación.
- Bueno, teníamos… otras prioridades.
Anna se tapó el sonrojado rostro con las manos ¡Qué vergüenza!:
- Basta, Elsa - se quejó. La Reina trataba de contenerse pero la princesa era muy fácil de apabullar en esos momentos - ¿Cuando te marchas?
- En dos días - respondió - he de enviar respuesta ahora. La boda es dentro de tres, al atardecer. Así que si salgo lo bastante pronto de aquí ese mismo día probablemente llegue con tiempo de sobra. - le explicó Elsa.- Volveré al día siguiente ¿de acuerdo?
Anna asentía sin mostrar queja alguna aunque no era la mejor noticia que había oído. Se olvidaba de que Elsa podía leer en su rostro.
- ¿Qué querías contarme tú? - preguntó la Reina.
- Oh, terminé con Kristoff ayer por la tarde. Nos encontramos cuando salí de la empresa de construcción.
Elsa alzó las cejas sorprendida y Anna le correspondió con la mirada: Sí, anoche no te lo pensaste dos veces y no sabías si me había deshecho de mi novio…
- Y… ¿qué tal? Es decir ¿cómo se lo tomó? - Elsa se acomodó un poco mejor en la cama, frente a Anna.
- Mal - suspiró Anna. - Lo tomó muy mal, me llamo "princesa de hielo".
La Reina rió la ocurrencia por la ironía que contenía que su exnovio le pusiese justamente ese título:
- Ni que fuera algo tan malo…
Estaban tan cerca y el ambiente tan relajado que las dos pensaron al mismo tiempo que era el momento perfecto para un beso. Un primer beso que aun, con todo lo que habían provocado y sentido, no se habían dado. Anna leyó en los ojos de Elsa que estaba pensando en sus labios. Y la Reina que soñaba con el primer beso de Anna estaba empezando a acercarse peligrosamente pero, el destino creyó oportuno interrumpirlas y Gerda llamó a la puerta:
- ¿Su majestad?
Elsa cerró los ojos frustrada y se alejó de la cama:
- Si - respondió abriendo la puerta - estoy aquí.
- Holsen la espera en su despacho ¿quiere que mande el desayuno allí?
- De acuerdo, ah y Gerda, la princesa no se encontraba bien anoche así que la traje a mi alcoba para velar su descanso ¿puedes traerle desayuno? Algo contundente, creo que ha mejorado su apetito.
Anna sonrió desde la cama, medio escondida de la vista de Gerda.
- En seguida, majestad - el ama de llaves las dejó a solas de nuevo y Elsa cerró la puerta. Se acercó a la cama y le dejó a Anna una sencilla bata para que nadie más viese cierto vestido verde:
- Alteza - dijo Elsa - mis deberes me reclaman ¿nos vemos a la hora de comer?
- Por supuesto - asintió Anna levantándose de la cama y mientras se ponía la bata, se dio cuenta de que Elsa la miraba de arriba a abajo desnudándola con esos ojos de hielo. Como si estuviera despidiendose antes de abrir la puerta. Anna dejó abierta la bata y ladeó un poco la cadera para llamar la atención de Elsa sobre su rostro y no sobre su cuerpo. La Reina mordía suavemente su labio inferior de forma inconsciente. Y Anna no pudo más, corrió descalza hasta Elsa y la abrazó contra la puerta para besarla. La espalda de la Reina chocaba con la madera de la puerta de su dormitorio, esa bendita puerta que las separaba de la realidad. Los labios de Anna eran un poco más gruesos que los de Elsa. Más cálidos y jugosos de lo que podían parecer a simple vista en la distancia. Anna agarró ambas manos de Elsa y y entrelazó los dedos con los suyos. La Reina separó levemente sus labios y deslizó con cuidado su lengua sobre el labio inferior de su hermana. Quería penetrar en su boca, quería provocar a Anna. Y a la vez quería decirle cuanto la amaba con sus actos, con sus caricias y con su lengua. Anna se estremeció silenciosamente ante la humedad del beso. Dejó que Elsa siguiera disfrutando de sus labios hasta que empezó a sentir cierto calor que de nuevo se avivaba y se separó de la Reina para poder respirar.
- Anna - fue todo lo que pudo susurrar la Reina…
- Vete antes de que vuelva Gerda - le pidió suavemente. La timidez de la que se había despojado instantes atrás volvía paulatinamente.
Elsa tuvo que recomponerse antes de entrar en su despacho. Holsen la esperaba para discutir los detalles sobre la invitación. El consejero se puso en pie en cuanto Elsa entró en el habitáculo y ella le cedió el permiso para volver a sentarse:
- Buenos días, Holsen
- Buenos días, Majestad - respondió él alegremente - ¿le parece si empezamos?
- Sí, aceptaremos la invitación e iré yo sola acompañada por una escolta.
- Excelente, si el carruaje parte al alba, su majestad llegará a Weselton con tiempo de sobra - aprobó Holsen.- Por otra parte, me he informado y parece ser que han dispuesto dos mansiones para acoger a los invitados tras el enlace.
- Oh, no será necesario - contraindicó Elsa pensando en Anna. - Deseo estar de vuelta lo antes posible, al acabar la recepción, dentro de lo que establece el protocolo, partiremos de vuelta a Arendelle.
- ¿No será agotador en exceso, Majestad?
- Probablemente, pero será peor despertarme en Weselton y desayunar con el Duque, por no hablar …
- De las Islas del Sur, lo sé - sonrió Holsen. - Muy bien, redactaré la misiva. ¿El regalo?
- Delego en ti, tienes toda mi confianza - respondió ella - Algo soberbio pero sin caer en el afecto, más bien distante.
- De acuerdo, Majestad - aceptó el consejero - Asumo que se interrumpirán nuestras reuniones hasta que estéis de vuelta, debereis preparar el viaje.
- Sí - coincidió Elsa ante el ofrecimiento de tiempo libre - gracias, Holsen.
- No hay de qué, Majestad - respondió él mientras se levantaba para abandonar el despacho de la Reina.
- Holsen, un minuto más de tu tiempo, por favor
- Por supuesto, Majestad - concedió él de pie, junto a la mesa.
- La princesa se halla turbada por las noticias de Weselton y las Islas del Sur - comenzó a explicar - Es decir, no le agrada la idea de que abandone el castillo y tampoco le place que recibamos constantes noticias sobre ellos. He pensado en darle algo con lo que ocupar su mente, además de las reformas y los arreglos del castillo.
- Muy atento por su parte, Majestad.- Elsa sonrió. Holsen era tan correcto conversando que le gustaba reunirse con él para tratar los temas de la corona
- La princesa siempre ha sentido pasión por la equitación y la cría. Creo que podríamos, dadas nuestras nuevas relaciones comerciales, conseguir algo lo suficientemente bueno para distraer a Anna antes de que tenga que partir.
- Oh, temo que Lars pueda estar más enterado que yo en estos temas pero consultaré con él y le ofreceré respuesta antes del medio día.
- Como siempre, Holsen, gracias - agradeció la Reina en un gesto sincero - Ah, dirigid la respuesta a mí solamente. Pretendo que sea sorpresa.
Holsen asintió con una leve sonrisa y abandonó el despacho discretamente.
La mañana transcurrió sin novedad alguna. Elsa aprovechó el tiempo que le quedaba antes de la comida para poner en orden los archivos de su despacho. Deshacerse de la insufrible burocracia y completar las lecturas que precisaran atención. Tenía por delante dos días de absoluta libertad que no quería interrumpir ni enturbiar con nada. Sin embargo, antes de poder acabar de leer la documentación que tenía sobre la mesa, Anna entró en el despacho:
Elsa - llamó Anna con preocupación - no sé si quiero que te vayas
Incluso la princesa se sorprendió de su propio tono de voz. Palabras egoístas en un tono lastimero.
- Anna…
La Reina se descolocó levemente al ver a su hermana de aquella forma. En su vestido verde de diario y con el pelo recogido. Esa voz no se parecía en absoluto a la voz que había escuchado de ella la noche anterior. Escudriñó los ojos de su hermana en busca de una pista o un desliz sobre lo que pudiera estar atribulando a Anna de aquella manera. Ya lo habían hablando y la princesa aceptó sin duda alguna, Elsa debía ir y desentenderse por fin de Weselton. Pero entonces lo vio claro, la princesa no era en ese momento la sensual Anna que la había seducido, ni la alegre princesa que la había enamorado. No, Anna era en aquel instante la hermana pequeña que golpeaba su puerta pidiendo un muñeco de nieve:
-¿Qué te ocurre? La verdad - exigió la Reina.
- Me aterra la idea de quedarme en el castillo esperándote y que no vuelvas, como…
Madre y Padre.
Elsa la abrazó y la estrechó todo lo que pudo contra su cuerpo. Apretó su cintura para tenerla más cerca y acarició su pelo. La Reina pensaba en si podría llevarse el pesar de Anna a base de estrechar su abrazo. El Rey y la Reina, como los llamaba ella. Hacía mucho tiempo que no les dedicaba un triste pensamiento a sus padres. Ni si quiera estuvo presente en el entierro. Comprendió la soledad de Anna y el miedo que la atenazaba por dentro:
- Estoy aquí, Anna - le dijo la Reina sin soltar el abrazo - Entiendo tu pesar y tu miedo pero serán unas pocas horas. Finalmente pasaré el día fuera y estaré de vuelta pasada la media noche. No me ocurrirá nada. Tras este viaje no volveré a salir del castillo a no ser que tu me acompañes. ¿De acuerdo?
Anna asintió intentando disimular sus lágrimas y Elsa fingió no haber visto nada. La instó a bajar al comedor y esperar por el servicio de la comida mientras la distraía con preguntas sobre las reformas del castillo.
