Y ahí estaba, Elsa había recibido la confirmación de que Holsen y Lars eran tremendamente serviciales en asuntos extraoficiales. Durante la comida había llegado un mensaje dirigido a la Reina que rezaba: "Disculpad la tardanza, Majestad. Confirmamos que mañana por la mañana la princesa Anna dispondrá de un pura sangre inglés negro azabache llamado Perseo en las caballerizas de palacio."
Elsa lo leyó con calma y ordenó al mayordomo que se lo había entregado tirarlo al fuego de la chimenea, no quería dejar rastros, pero ese movimiento no pasó inadvertido para Anna:
- ¿Qué era eso?
- Oh, nada relevante - dijo Elsa con naturalidad - pedí a Holsen que se encargase del regalo de la boda.
- Ah claro, debes llevar algo - coincidió Anna. - ¿Y con quien se casa la heredera del ducado?
Elsa alzó las cejas sorprendida:
- ¿No te lo dije? Con Robert V de las Islas del Sur, mi afanado pretendiente - dijo la Reina reteniendo una sonrisa de satisfacción por llevar razón al rechazarlo deliberadamente.
- ¿El hermano mayor de Hans? - Anna no salía de su asombro. ¡Qué descaro! No hacía un mes que había propuesto un cortejo formal a la Reina. Claro que, dados los últimos acontecimientos, mejor así - Robert V, menudo infame.
Elsa la miró de soslayo aun sorprendida por la reacción excesiva de Anna y observando además la expresión del servicio presente, pero Anna arregló su comentario al añadir:
- Echarse en los brazos de la hija del duque solo demuestra la poca importancia que le concedió a la Reina, cuando todos sabemos que es la pieza más importante del tablero.
Ciertamente, cuando Anna quería, podía lucirse. Era esmerada en el noble arte de tener encanto propio. Sin embargo no fueron sus propias palabras de disimulo lo que llamó la atención de la princesa sino el ligero sonrojo que calentaba el rostro de la Reina, tan tenue como la llama de vela pero en la mente de Anna, tan poderoso como un volcán. Pues ese sonrojo le daba una satisfacción placentera y encontró la posibilidad de un nuevo juego que plantearle a Elsa:
A ver cuantas veces puedo hacer que te sonrojes antes de que el deseo nos consuma de nuevo
- Anna - La Reina exigía su atención - no tendré trabajo que hacer ni atenderé peticiones hasta que vuelva de Weselton. Había pensado qué quizá a ti se te ocurriría algo en lo que pudiera ocupar mi ocioso tiempo.
- Me ocuparé de ello, Majestad - respondió la princesa en tono burlón pero visiblemente más alegre que por la mañana.
La Reina y la princesa pasearon por el patio del castillo para aprovechar el buen clima de día después de comer. Jugaron al ajedrez, dada la referencia de la princesa durante la comida, leyeron la una para la otra en la biblioteca fragmentos de libros cuyas historias se sabían de memoria:
- Oh ¿es esta tu obra favorita? - preguntó Elsa sosteniendo El Mercader de Venecia. Anna se lo había ofrecido. Estaban en un cómodo diván de la biblioteca disfrutando tanto de escuchar en voz alta la perfecta dicción y el sonido de la voz de la otra que a Anna le pareció romántico que Elsa le leyese una parte en particular.
- No sabría decirte pero ciertamente la he leído varias veces - respondió la princesa. - ¿No la conoces?
Elsa negó abiertamente, nunca se había interesado por el teatro y jamás llamaron su atención las obras cuyo tema principal era el amor.
- ¡Oh, Elsa! Pero esta es una gran obra - le reprendió su hermana - mira, lee aquí. - Anna le quitó el libro de las manos y buscó una página en concreto. Elsa obedeció y recitó con su regía voz:
" Por eso te rechazo en absoluto, oro, alimento de Midas, y a ti también, pálido y vil agente entre el hombre y el hombre; pero a ti, débil plomo, que amenazas más bien que prometes, tu sencillez me convence más que la elocuencia, y es a ti al que escojo."
- Un hombre escoge entre Oro, Plata y Plomo - concluyó Elsa - Ilústrame mejor, por un fragmento tan corto no se decirte si el romance me convence.- Anna se ríe y le explica el argumento de la obra y cómo el quid del romance se encuentra justamente en esa humilde elección que el protagonista hace. Obviando las riquezas y banalidades de los ornamentales Oro y Plata, elije al sencillo plomo que pesa tanto como lo hacen las promesas.
- Nunca sospeché que una obra romántica pudiese tener esa profundidad, la verdad - declaró la Reina. - Padre insistía en que me interesase por otras cosas y creí que todas esas obras de amor serían iguales entre sí.
- ¿Y qué piensas ahora?
- Pues ¿te importaría prestármelo para leer durante el viaje?
- Puedo ser tu nueva consejera en relación a la lectura romántica - ofreció Anna deslizando su dedo índice sobre la yugular de Elsa. La Reina sintió un escalofrío. - Concédeme las primeras líneas.
Elsa aceptó gustosa el ofrecimiento y acompañó a Anna hasta su dormitorio dónde tendidas en la cama compartieron la obra de teatro que Anna recitó con el alma puesta en las palabras intentando que un mensaje oculto sobre amor y deseo llegase hasta Elsa. Pero, la Reina, en toda su inocencia se quedó dormida sobre el pecho de Anna.
Con el amanecer del día Elsa recobró el sentido sobre la cama de Anna. Mejor dicho, sobre la princesa Anna. Una picaresca sonrisa fue su reacción al descubrir que se había dormido mientras Anna leía, la noche debió aparecer sin que se diesen cuenta. La princesa dormitaba aun con el libro entre las manos. Era placentero observar a Anna durmiendo, sus labios entreabiertos y su expresión relajada. Las pecas anaranjadas de su hermana jamás le habían parecido tan apetecibles como en ese breve momento antes de que Anna se despertase.
-¿Elsa?
- Sí, buenos días.
- Hola - susurró aun sin despertar del todo.
- Es pronto, pero debes levantarte y arreglarte, Anna - ordenó la Reina en un tono demasiado exigente para tan temprana hora.
- ¡Elsa! - protestó la princesa.
- ¡Vamos, Anna! - La Reina se reía ante la incapacidad de su hermana - Tengo una sorpresa para ti, has de levantarte.
La princesa parecía haber reaccionado mejor con ese aliciente:
- ¿Qué es?
- Levantate - respondió Elsa.
- Venga, Elsa - la princesa seguía en protesta.
- Levantaos de la cama, alteza - advirtió la Reina dirigiéndose a la puerta como ultimátum - Y vestíos con ropa de montar
No tardaron en presentarse en los establos del castillo. Elsa no planeaba montar a caballo por lo que no llevó más que un fino vestido de verano, azul por supuesto. Anna sin embargo estaba arrebatadora ataviada con el uniforme de amazona. Esos pantalones negros de cuero le hacían completa y absoluta justicia a su figura ajustándose bien en la cintura y amarrando con fuerza su camisa blanca de lino. Se había dejado las trenzas sueltas, cayendo por sus hombros, pues un tocado recogido para montar a caballo no resultaba práctico. La Reina esperaba junto a la princesa a la puerta del establo, ya había dado orden de que el muchacho de las caballerizas sacase al recién llegado Perseo para presentárselo a Anna.
- Elsa ¿me vas a contar qué… - la princesa enmudeció al ver la maravillosa obra de arte que era aquel caballo. - ¡Oh Dios mio! - Enorme y negro todo él con una actitud altiva y regia. Muy similar a cierta Reina del hielo:
- Anna, te presento a Perseo - le dijo señalando al corcel en un grácil movimiento. - Todo tuyo.
- Es maravilloso - articuló la princesa al acercarse al animal - Perseo, eres magnífico - le susurró al caballo mientras acariciaba su cuello - ¿Te gustaría pasear conmigo?
El caballo no pareció dar muestras de desaprobación y Anna no perdió un minuto para erguirse sobre él. La princesa sí que estaba portentosa alzada sobre aquel majestuoso animal. Anna se inclinó ligeramente para acariciarlo y tranquilizarlo antes de dar las primeras instrucciones. Sus trenzas rojas se apoyaron sobre la crín negra y Elsa suspiró disimuladamente ante la imperiosa belleza de su hermana sobre el negro corcel. Anna sonrió a Elsa y la Reina asintió apartándose del camino. Estaba feliz por haber visto a Anna así de nuevo. La equitación era algo que le encantaba pero cuando se cerraron las puertas del castillo y el comercio de Arendelle se mantuvo exclusivamente con Weselton, los establos del castillo dejaron de ser una prioridad y su cuidado cayó en el olvido. Pero ahora la princesa podía retomar lo que se vio obligada a abandonar. De hecho, estaba ofreciendo cierto espectáculo de su paseo.
Perseo también ha caído bajo tu hechizo, Anna, hace todo cuanto le pides. Pensaba Elsa. Y no se equivocaba. Paso lento, trote y galope. Salto de media altura y salto completo. Incluso cuando su aliento ya no daba abasto y se acercó de nuevo al establo para recibir el aplauso del muchacho de las caballerizas, tuvo la cortesía, de hacer una reverencia sobre el caballo, que Perseo también imitó.
- ¡Bravo, Anna! - la felicitó Elsa - Has estado fascinante.
- Cierto - corroboró el muchacho, el encargado - Su alteza ha cabalgado de una forma inmejorable.
Anna asintió educadamente para aceptar sendos cumplidos.
- ¿Entonces os agrada, alteza? ¿Disponemos el lugar para Perseo en los establos?
- Indudablemente - respondió Anna soberbia. - Aunque no es el mejor ejemplar que he montado, me agrada. Gracias.
Elsa tembló ligeramente al escuchar las palabras de su hermana que, en efecto, por la expresión de Anna iban dirigidas a ella.
- ¿Cuál ha sido el mejor, alteza?¿Algún semental de este establo?
- En absoluto - negó Anna - una joven yegua.
Elsa creyó desmayarse ante las indirectas indecentes de la princesa. Anna la estaba estaba provocando:
- ¿Majestad, estáis bien?
- Sí - asintió Elsa rápidamente. Maestra en recomponerse: - Estaba pensando en ir a cambiar mi vestimenta.
El muchacho de los establos no comprendía a la Reina:
- ¿Sabes, Anna? Al verte subida en Perseo… - comenzó a explicar pensativa - Creo que esta tarde seré yo quien monte.
Anna estrujó las bridas del caballo al oírla.
- Fantástico, Majestad - aplaudió el muchacho - el ejercicio es necesario a diario.
Elsa le sonrió y le dio instrucciones para que instalasen a Perseo en el establo apropiadamente. Anna y ella estuvieron toda la mañana en el establo conversando con el encargado y explorando las posibilidades de mejorar las instalaciones. Si a Anna le hacía feliz retomar la equitación, Elsa le daría todo el lujo del que dispusiera a sus manos:
- Gracias - le dijo Anna una vez hubieron abandonado las caballerizas. Fue un agradecimiento profundo, no había cortesía ni protocolo, era un reconocimiento íntimo de que su hermana, de otra forma más, la había hecho feliz.
- El placer ha sido mío - respondió la Reina.
- Debería de tomar un baño caliente antes de comer - comentó Anna mientras entraban en el castillo de nuevo. Y cuando giraron la primera esquina y nadie podía oírlas susurró: - Estoy empapada.
Aunque Anna se refería a su excesivo ejercicio a caballo, la Reina se sonrojó visiblemente y la causante rió sin ocultar su pervertida maldad:
- Sé que lo has hecho para distraerme de tu viaje - dijo apaciguadora.
- Culpable - admitió la Reina. Abandonaban el protocolo conforme sus pasos las acercaban a los dormitorios. - Espero que no te ofenda que hubiese una intención oculta.
- En absoluto, Elsa. Oculta o no, la intención era buena.
- Me place entonces - dijo la Reina cerrando el tema.
Llegaron a la puerta del dormitorio de Anna y la princesa abrió la puerta. Elsa quedó junto al marco esperando por una invitación, pues por mucho que hubiesen transgredido ciertas barreras, ella era una Reina educada y no iba a entrar en su dormitorio sin motivo alguno.
- A Perseo le llegara compañía muy pronto - dijo tratando de estirar la conversación, dando la oportunidad de que la princesa la incitase.
- Estupendo - respondió Anna con sencillez.
- He pensado que podríamos retomar la crianza.
Anna la observó pretendiendo que seguían hablando con inocencia. Pero también conocía a su regia hermana perfectamente; le hacía falta un poco más de provocación.
- Oh - Anna fingía sorprenderse por la noticia - ¿y sacaré yo a pasear al resto de corceles también?
- Si gustas de ello, así será.
- Pero Elsa - protestó la princesa en un tono bajo desabrochando su pantalón de cuero - Creía que eras tú la que quería montar…
