La voz de Gerda sonaba tan insistente que cuando la desnuda Reina abrió los ojos le pareció que rozaba la impertinencia. Era ofensivo que interrumpiesen su momento de descanso y dicha después de todo lo que había ocurrido momentos atrás. Después de haber quedado absolutamente satisfecha en el mejor y más oscuro de los sentidos. Elsa habló a Gerda desde el suelo para intentar disipar sus dudas sobre su bienestar:

- Gerda, la princesa está dándose un baño y yo me he dormido.

- Ah, Majestad - suspiró el ama de llaves - un momento más y habría tirado la puerta abajo.

- Espero que sea una broma - sugirió la Reina. Adoraba al ama de llaves pero a veces le daba la impresión de que se le olvidaba que hablaba con la Reina de Arendelle, no con una niña.

- Por supuesto que lo es, Majestad - el ama de llaves corrigió, pero Elsa estaba segura de que estaba riéndose - ¿sus majestades a cenar?

- Sí, a no mucho tardar.

Anna se despertó al oír las voces que conversaban a su alrededor y buscó rápidamente algo con lo que cubrirse. Se relajó al ver a la Reina en su misma situación de desnudez distrayendo a Gerda y señalándole el baño. Antes de perderse por el umbral de la puerta echó un último vistazo al cuerpo desnudo de la Reina que aun hablaba con Gerda. Le pareció imposible haber pasado por alto durante tantos años tanta sensualidad escondida en su hermana. ¿Cómo es posible Hans y Kristoff consiguiesen mi atención teniendo a Elsa presente? La Reina enfatizó el gesto que le señalaba el cuarto de baño con más energía y Anna cedió y se perdió rumbo al aseo. Si la princesa hubiese seguido mirándola de aquella forma la Reina no hubiera hallado suficiente fuerza para controlarse y se habría desatado el deseo entre aquellas cuatro paredes de nuevo. Pero lamentablemente Elsa podía seguir escuchando los pasos de su incansable ama de llaves cerca de la puerta.

Una vez los pasos de Gerda se hubieron perdido pasillo abajo, Elsa cayó en la cuenta de su propia desnudez y a su mente acudieron vagos retazos de lo ocurrido horas atrás. El rubor cubrió sus mejillas al recordar esas sensaciones tan explícitas recorriendo su propio cuerpo. Alcanzó la camisa de lino de su hermana y se la puso por encima para tapar al menos lo más evidente. El perfume de Anna la envolvía, como la habían envuelto sus brazos. Pero en aquel instante que compartió con Anna no había sido más que Elsa, una vez despierta y alejada de aquel lugar de fantasía que era el cuerpo de la princesa, debía volver a ser La Reina de Arendelle. Anna me hace sentir libre, lo hace desde que éramos niñas. La Reina no pudo evitar cuestionarse si esa desihibición - esa libertad - que había sentido horas atrás había alumbrado a su verdadera personalidad o si había sido producto del desenfreno. He pasado tanto tiempo encerrada en mí…

La Reina reflexionaba sobre todos aquellos años de aislamiento, era posible que acostumbrada como estaba a esconder su poder ahora le fuera difícil mostrarse sin tapujos. Apretó la camisa contra su cuerpo en un intento por sentirse menos desnuda y el olor de Anna la invadió de nuevo. Su hermana nunca había dejado que se aislara por completo; por más empeño que puso la Reina, la princesa siempre le ofrecía un haz de luz sobre aquella oscuridad.

- Elsa - la llamó la princesa desde el umbral del cuarto de baño. Ya estaba vestida.

- ¡Anna! - La Reina se sorprendió y apagó todas sus divagaciones de golpe.

- Que bien te sienta el lino - comentó la princesa ofreciendo su mano para que la Reina se levantase del suelo. Elsa sentía una ligera vergüenza avanzando poco a poco. Comprendía de pronto a su hermana y ese arrebato de timidez que tuvo pocos días atrás, tras su primera vez. Anna rió dulcemente al leer lo que ocurría en el rostro de Elsa:

- ¡Vaya! ¿Dónde tenías guardada toda esa timidez?

- ¡Anna! - protestó la Reina recuperando su sobriedad natural. Mantenía las manos bien ceñidas sobre el cierre de la camisa. Ha vuelto a ser mi regia hermana, concluyó Anna. Sin embargo, ya le pondría la princesa solución a eso en otro momento…

- Estabas arrebatadora - le dijo en un susurro para apaciguarla. Y le regaló un tierno beso en la mejilla.

A Anna le habría encantado decirle que esa faceta tan desatada era increiblemente atractiva y que al pensar en ella se le cortaba la respiración pero leía en su hermana el debate interno. Elsa no podría ser así siempre, era la soberana de Arendelle y como tal, debía anteponer los deberes y las prioridades del reino a las suyas. Aunque siempre tendrían la posibilidad de cerrar una puerta con llave y liberarse de Arendelle para entregarse la una a la otra sin miedo y con libertad, como es el amor.

Durante la cena, Holsen le había enviado una leve misiva haciéndole saber que una majestuosa yegua española llegaría a los establos al alba, con el nombre de Noble Dama. Elsa ofreció la nota a Anna son la intención de distraer a su hermana de la ansiedad del viaje. Noble Dama y Perseo le darían trabajo durante el día y su ausencia sería solo un mal recuerdo poco duradero. La princesa sonrió plena y feliz al leer la nota y asintió con cierta solemnidad para agradecer a la Reina su atención. Dejó su mente vagar durante los postres sobre la apariencia de esa majestuosa yegua española, Noble Dama era un nombre portentoso y quizá el animal que lo poseía también lo sería. Anna se imaginaba a lomos de una yegua blanca y brillante, de crin sedosa y pajiza, paseando por los bosques invernales de Arendelle. Seguro que el color blanco de la yegua se confundiría con la nieve y que de toda la estampa solo su cabello rojo se distinguiría en la lejanía.

Lamentablemente, por hermoso que fuera imaginar todos los paseos que podría dar con Noble Dama y con Perseo se acercaba el final de la cena. Y tras esto, la partida de Elsa al amanecer. Y aunque con toda probabilidad estaba siendo una reacción exagerada, nunca había estado separada de su hermana. Le daba miedo no poder distraer a su mente al dia siguiente y que el miedo y la ansiedad la embargaran.

Por otra parte, las divagaciones sobre sus años de encierro hicieron que la Reina se tensase durante la cena y para cuando llegaron los postres, mientras la princesa se perdía a sí misma imaginando toda suerte cosas sobre su nueva yegua, la Reina imaginaba un ataque de ansiedad en plena ceremonia nupcial: el hielo se apoderaría de todo, todos los miembros de las cortes cercanas a su reino estarían presentes mirándola fijamente, Robert V la observaría con desdén desde el altar, las imágenes de los santos cerrarían los ojos para no mirar y los miembros de la comunidad religiosa de Weselton la señalarían con el dedo si su poder se desataba por no conseguir escapar a tiempo de un lugar en el que no quería estar. Estaría obligada a interactuar y a ser ceremoniosamente amable con todos los invitados mientras que por dentro simplemente se sentiría sola. Y si, peor aun si cabe, se llegara a descubrir su secreto, su relación con Anna… Yo puedo elegir que me condenen pero no puedo decidir por ella.

- Elsa

La princesa la llamó desde su sitio con el rostro cargado de preocupación. Desvió su mirada hacia la copa que la Reina sostenía. Elsa no se había dado cuenta de que la cena estaba aun por concluir y de que sostenía una copa de agua con la mano izquierda. La copa tenía una ligera capa de escarcha recubriendo el cristal. Un atento mayordomo se acercó con una bandeja que le ofreció para posar la copa y retirarla de la mesa como si fuese un gesto tan natural como descorrer las cortinas por la mañana.

- ¿Te encuentras bien?

- ¡Oh! Sí, tranquila - mintió - me he dejado llevar y estoy algo cansada

(- Curioso, después de la siesta… - susurró Gerda mientras disponía una copa de repuesto en la mesa)

- Gerda - dijo Anna. Su tono era leve pero de advertencia.

- Estoy perfectamente, Anna - se justificó Elsa sonriendo- y aunque el servicio no se lo crea estoy cansada, y mañana será un día insufriblemente eterno.

Tras un silencio de unos segundos en los que Anna evaluaba hasta que punto debía o no preocuparse, Elsa habló de nuevo:

- Debería retirarme ya - dijo levantándose - disculpadme pero he de descansar para mañana.

- Nos retiramos, pues - respondió Anna imitando a su hermana y dirigiéndose a puerta del comedor.

La Reina caminó todo el recorrido de pasillos hasta el dormitorio de Anna en silencio. La princesa paseaba a su lado en silencio valorando la situación: podía dejar que Elsa resolviese sus preocupaciones sola o podía tratar de averiguar que ocurría dentro de tan regia cabeza y salvaguardar el bienestar mental de su hermana. Al llegar al dormitorio de Anna, la princesa supuso que la Reina se opondría a entrar y buscaría la soledad del dormitorio real para atormentarse en paz. Y no se equivocaba, Anna ofreció su compañía y la Reina lo declinó con elegancia y amabilidad igual que rechazaba las peticiones de los nobles:

- No me encuentro en disposición de ser una grata compañía esta noche, Anna.

Anna no pudo evitar sentir una oleada de ternura al ver a su hermana, capacitaba como estaba para llevar el peso del mundo, estresada por un viaje. Así que tasó que era el momento de darle un pequeño empujón que la animase:

- Elsa, ni soy una cortesana ni formo parte de tu consejo. Soy tu hermana, y como tal deseo conocer lo que te perturba. Más aun si me priva de tu compañía.

Elsa no tenía escapatoria y lo sabía. Anna habló como la auténtica princesa que era; y cuando Anna sacaba esos aires a relucir era imposible llegar a un acuerdo, la rendición era incondicional. La Reina siempre supo que la voz de Anna era de esas voces que silenciaría una habitación llena de gente que grita y maldice. Su carisma y su encanto eran de esa clase que desprende luz propia y no necesita de reflejo ajeno para brillar. Se parecía a la antigua Reina, a su madre. Y lo mejor del encanto de Anna era que lo mantenía oculto hasta que llegaba el momento de utilizarlo, como el dia que rechazó al príncipe embajador que esperaba en el puerto de Arendelle cuando Elsa perdió los nervios por tamaña ofensa. Nunca se podía saber hasta dónde iba a llegar a Anna cuando sacaba el porte real, porque solo ella decidía cuando sacar su encanto a relucir para salirse con la suya.

- Nada perturba mi mente, Anna - mintió la Reina - y disculpa mis modales si te ha parecido que te rechazaba como a una cortesana cualquiera.

Anna abrió la puerta de su dormitorio y le ofreció la entrada sin mediar más palabras. La Reina cedió y entró. Una vez dentro del dormitorio y tras oír como la princesa cerraba la puerta, se dio cuenta de que parte de su ansiedad se había quedado en el pasillo. En el cálido dormitorio de Anna todo parecía más ligero y menos importante, menos pesado. Anna se acercó a su hermana por detrás y deshizo la cremallera que cerraba su vestido. La Reina habría ofrecido el mundo a cambio algo de lujuria, la culpabilidad y sus divagaciones le impedían sentir nada más y no sabía como impedirle que la princesa siguiera adelante:

- Como Reina que eres, creo que eres de esas personas que jamás dudan al hacer lo correcto - explicó Anna mientras dejaba que las mangas del vestido azul se deslizaran por los brazos de Elsa - y creo también que esa misma admirable cualidad te pone a veces en situaciones que no te agradan. - Elsa no se movía expectante ante los gestos de la princesa desnudándola por fuera y sus palabras desnudándola por dentro. - No sé exactamente de qué trata el problema que te asolaba en la cena pero me gustaría que me lo contases.

Anna la había despojado de su vestido y aun teniendo ante sí esa magnifica y seductora espalda - siempre recta -, luchó por contener su deseo pues era más importante su preocupación por la Reina. Tras desnudarla, la princesa le ofreció un cómodo salto de cama. Que dulce había sido ese gesto para Elsa. La princesa no solo quería satisfacer sus deseos superficiales con ella sino que quería recuperar la confianza y la intimidad que habían tenido antes de que Elsa se encerrase. No habría sabido por donde empezar a confesar, no sabía exactamente que le ocurría ¿Era miedo a que Anna no consintiera una relación secreta? ¿Inseguridad porque ninguna había declarado su amor en palabras todavía? La Reina no quería hablar ni confirmar sus temores en voz alta solo quería abrazar a Anna y sentirla cerca. Tan cerca que fuese posible que se fundiesen y jamás se separasen.