Y llegó el aciago día de la partida de la Reina al ducado de Weselton. Anna se despertó al alba para despedirse pero La Reina ya no estaba en su alcoba. Así que aun ataviada en ropa de cama se deslizó por los pasillos aun oscuros por la falta de luz temprana y llegó sigilosamente hasta la cámara real. Esperaba que el amanecer se hubiese llevado los malos pensamientos y las preocupaciones de su hermana pues verla partir en un estado triste le habría partido el corazón:
- ¿Elsa? - Anna entró con cuidado en el dormitorio y se acercó a la cama
- Buenos días, Anna - saludó la Reina a su espalda, desde la puerta del baño.
- Ah, ya te has arreglado.
- Sí, hemos de salir ya para poder llegar a tiempo - le explicó Elsa tratando de ser lo más suave posible - estaré de vuelta por la noche ¿estarás despierta?
- Leeré junto a la ventana de la biblioteca para poder ver tu carruaje cuando regreses.
Y sellaron esa suerte de promesa con un casto beso de despedida, casi un leve roce. El corazón de la Reina del hielo se enternecía cuando Anna le mostraba su lado más dulce:
- Y hablando de leer - sugirió Anna mientras le ofrecía un delgado libro que la Reina reconoció - te hará compañía en mi ausencia.
La princesa le había traído su ejemplar de El Mercader de Venecia. El amor no descongela, derrite…
La Reina parecía menos turbada que la noche anterior y con esa tranquilidad Anna la vio partir desde la puerta del patio donde, con mucha propiedad y fingiendo cierta distancia, se despidieron con un leve abrazo. Gerda había salido también a desearle un buen viaje a su majestad ahora se retiraba junto a Anna hacia el interior del castillo mientras el carruaje de la Reina ya cruzaba el puente de piedra:
- Alteza - Kai, el atento mayordomo, había aparecido desde el patio con pasos apresurados para alcanzarlas - Alteza, la esperan en el establo.
- ¡Oh! - la princesa lo había olvidado por completo - En seguida voy.
- ¿Y el desayuno? - interrumpió Gerda. Anna sonrió con una disculpa y se alejó lentamente - ¡Alteza, Princesa Anna! - las llamadas de Gerda fueron inútiles pero el ama de llaves sabía que la princesa estaba fingiendo no escucharla. Se resignó y volvió a sus tareas.
La sorpresa que la Reina le había preparado era mucho más interesante que desayunar a solas en el comedor. Y efectivamente así era, Anna lo comprobó al llegar a los establos. El chico encargado de los caballos estaba algo inquieto y se mostró nervioso al dar la bienvenida a la princesa, como si no supiese como explicar un grosísimo error:
- Princesa - hizo una torpe reverencia - yo, las yeguas, es decir, la yegua que tenía que llegar, no sé cómo decirlo…
Anna le tranquilizó con amabilidad y le pidió que hablase con calma, ocurriera lo que ocurriese nadie iba a perder la cabeza:
- Alteza, resulta que la información que teníamos sobre la yegua española no era acertada del todo - le explicó mientras la acompañaba hacia el interior de los establos.
- ¿Te refieres a Noble Dama? - Anna le siguió sin entender aun la gravedad de lo ocurrido.
- Exacto, en la misiva se explica que es una yegua española blanca llamada Noble Dama pero…
- ¡Oh! ¿la yegua está bien? - Anna de pronto creyó que quizá el viaje había sido demasiado para el animal en cuestión.
- Sí, sí - le confirmó el muchacho - no es un problema de salud, alteza. Más bien… - habían llegado hasta el final del establo y el muchacho, aterrado como estaba, solo pudo articular las presentaciones. No había un ejemplar, sino dos hermosas yeguas blancas:
- Alteza, ésta es Noble - dijo el muchacho posando su mano en el lomo de la que tenía más cerca - y ésta de aquí es Dama - completó señalando a la yegua que estaba detrás.
Anna solo pudo contener su emoción unos instantes antes de inundar el establo con su dulce risa:
- ¡Dios mio! Son preciosas - dijo alegremente para sorpresa del muchacho, que respiraba aliviado. La princesa se acercó hasta Noble e hizo una sentida reverencia antes de abrazar su cuelo y acariciar su crin rubia como si la yegua fuera lo más hermoso que había visto jamás. Su pelaje era tan blanco como se lo había imaginado la noche anterior - Eres hermosa, Noble y será un placer sacarte a pasear.
El muchacho más que aliviado, se sentía cómodo al ver la reacción de la princesa. No hacía mucho que trabajaba para los establos de la casa real y aun caminaba con inseguridad sobre el terreno pero al ver como la princesa repetía otra reverencia para saludar a Dama y la mimaba sintió que la familia real de Arendelle no podían ser personas crueles, quizá autoritarias como realeza que eran, pero no crueles o malvadas. Alguien que ama así a los animales no puede ser vil con los demás.
- ¿Como te llamas, chico? - preguntó la princesa Anna de pronto, mientras aun abrazaba a Dama.
- Me llamo Luca, Alteza - dijo cohibido y agachando la cabeza. La princesa evaluó que debía contar con doce o trece años a lo sumo - Lars, el consejero de la Reina, me consiguió el trabajo hace unos días cuando su majestad pidió las reformas de los establos y las compras de los caballos.
- Encantada de conocerte, Luca. No te preocupes más por ese error en la misiva, la Reina no culpará a nadie - le tranquilizó - además estoy segura de que Dama enamorará a Elsa en cuanto la vea - decía la princesa mientras arrullaba a la nueva yegua.
La princesa decidió pasar la mañana supervisando las actividades de los establos, quería salir a montar pero se contuvo, deseaba cabalgar con ambas nuevas yeguas pero siendo dos los ejemplares disponibles no podía decidirse y decidió esperar a que la Reina volviera para proponerle una salida en conjunto.
Mientras tanto, en algún lugar entre Arendelle y Weselton, una taciturna Reina observaba el paisaje del bosque de la Hondonada tras la ventana del carruaje. Sujetaba el libro que su hermana le había otorgado como prenda contra su regazo mientras se perdía entre sus divagaciones. En algún punto entre línea y línea de la obra de teatro sus pensamientos fueron más fuertes y cesó en su intento de leer. Una boda, cavilaba la Reina, una boda para unir un ducado y unas islas. No a dos personas, sino dos territorios. No sabía por qué encontraba tan aterradora la idea después de haber pasado la vida estudiando la historia de las monarquías adyacentes: una guerra o un matrimonio concertado eran las soluciones más recurrentes siempre que se daba un conflicto o se necesitaban aliados. ¿Por qué de pronto era tan desagradable algo que ya le era archiconocido? Obviamente por Anna, por que sus fantasías nunca se iban a hacer realidad y siempre iban a ser fantasías. Sentía una deliciosa presión en el pecho cada vez que pensaba en Anna y una sensación placentera la inundaba desde la punta de los pies al ver sus sueños hechos realidad, sin embargo, esa oleada de placer daba pronto paso a la inquietud. Había cedido al deseo y a la pasión antes de haber hecho las cosas con propiedad, antes de haber entablado una conversación en la que hubiesen quedado zanjados los puntos más preocupantes de su relación. Si de verdad la princesa la amaba - y Anna no era la clase de persona que intimaba sin amor - no iba a consentir distancia alguna entre ellas. No iba a permitir que la Reina hiciese lo que antaño hizo para protegerla de sus incontrolados poderes. Y Anna la amaba, la Reina lo sabía, lo había visto con sus propios ojos el día de la ventisca en que la salvó de la espada de Hans. Y ese amor verdadero hacía que Elsa sintiese ganas de asomar su rostro a la ventana del carruaje y gritar y predicar que no había nada mejor en este mundo ni el siguiente que los labios de su amada pero al mismo tiempo… el secretismo.
Pasé lo suficiente encerrada y ocultándome, renegando de mí misma, como para saber que no puede hacerle ningún bien a nadie vivir una mentira. No deseo eso para Anna. No podrá concebir hijos propios, ni podremos pasear de la mano. No podrá besarme a su antojo si bailamos juntas en una recepción y la pasión nos desborda. No nos casaremos… no podremos hacer nada de lo que habremos soñado hacer y siempre que podamos buscaremos la soledad y el amparo del secreto para amarnos. Detesto hacerle eso a Anna precisamente…
Y entre recuerdos y vagos pensamientos de censura, el bosque terminó y la Reina arribó a Weselton justo a tiempo para el comienzo de la boda. La ceremonia había sido banal, la decoración escueta y los novios excesivamente sobrios, en opinión de la reina. Cierto que ante una boda concertada con una pareja que desconoces y sabiendo que tu única posibilidad de amor y deseo van de la mano del caprichoso destino, no se puede pedir mucho entusiasmo. Pero aún así Elsa se había mostrado regia y educada. Con mucha cortesía había respondido a todas las peticiones e incluso en la presentación de la nueva feliz pareja, sus majestades de las Islas del Sur había hasta sonreído y deseado una feliz unión. Y una vez llegado el baile había decidido excusarse por el largo viaje y retirarse a descansar. Weselton no estaba precisamente lejos de Arendelle pero el trayecto en carruaje de medio día de camino y la posterior ceremonia, los saludos, presentaciones y demás exquisiteces del protocolo monárquico la había dejado exhausta. Se había despedido con cortesía y ya caminaba hacia su carruaje dispuesta a salir de Weselton y pisar su helado paraíso.
Además no había dejado de pensar en Anna. Por un lado, una terrible culpabilidad de imaginar a su hermana sola y asustada, rezando porque Elsa no compartiera el funesto destino de sus padres y la abandonase. Y por el otro, todas las habladurías, andanzas y anécdotas sobre los dichosos viajes de luna de miel y tórridas noches de boda que ahora tenían por delante los recién casados. Tanta cháchara sin sentido sobre la intimidad de los novios obligaba a Elsa a pensar en Anna. Aunque estuviera lejos, la impasible reina del hielo estaba doblegada por la princesa y lo sabía, lo admitía y además le encantaba. Pero no lo confesaría tan fácilmente, no se echaría en sus brazos nada más llegar al castillo. La Reina se deleitaba imaginando un nuevo juego de seducción muy similar a los que ya habían experimentado y entonces una punzada de dolor atravesó el pecho de Elsa. Una sensación desagradable recorría su estómago y le apretaba el corazón. Anna…
- Majestad - Un soldado de la guardia sujetaba sus hombros. Elsa había perdido momentáneamente el equilibrio al sentir ese insólito miedo.
- Estoy bien - ratificó la Reina, clavó sus ojos de hielo en el soldado y le dijo - hemos de volver en seguida.
El soldado no comprendió los motivos de la reina pero su deber no era entenderla sino protegerla, y dada la preocupación de esos azules ojos casi cristalinos, el soldado dio las pertinentes ordenes de partida inmediata. Pero la urgencia de Elsa era más grande por lo que decidió tomar prestado uno de los caballos del carruaje y lanzarse al galope en dirección al norte, lejos de Weselton y su banalidad.
- ¿Majestad? ¡Majestad! - los soldados sorprendidos no se atrevieron más que a gritar a una Reina que se alejaba cada segundo
- ¿Qué hacéis parados? ¡Protegedla! - gritó el primer soldado. Y él mismo desenganchó otro caballo del carruaje real y comenzó a perseguirla.
La Reina no oía los gritos ni las voces de sus soldados, no le temía a la noche ni a la espesura del bosque. Le traía sin cuidado que hubiese decenas de ojos amarillos de animales nocturnos observando su atropellado paso y no podía pensar en otra cosa que en ese miedo que había aferrado su corazón durante unos instantes. Sabía que por más que azotase al caballo sería imposible llegar a Aredelle antes de la media noche pero debía intentarlo a cualquier precio.
Pocos instantes antes, en el mismo Aredelle cierta princesa de pelo cobrizo se disponía a elegir un libro de la inmensa biblioteca en el que sumergirse y distraerse. Poco faltaba para que la oscuridad se comiera el día por entero y su cuerpo ya sentía el cansancio acumulado. Por la mañana había pasado más tiempo del previsto en los establos, mientras Luca limpiaba y atendía al resto de los caballos, ella se había volcado con Noble y Dama. No había podido resistirlo, la crin rubia de ambas le recordaba al cabello de Elsa. Luca había sido muy atento además, observaba con cuidado a la princesa y le dejaba a mano cualquier cosa que pusiese necesitar. Parecía un buen chico, quizá muy joven para empezar a trabajar pero lleno de bondad al tratar con los corceles.
Entrada la tarde, Anna había decidido no romper su promesa y ataviada de un vestido cómodo se había acomodado en la biblioteca apilando libro tras libro en busca de alguno que llamara tanto su atención que hiciese que el tiempo corriese más deprisa. Pero nada conseguía distraerla. La princesa, al igual que su majestad, sentía que les faltaba una conversación. Igual que ambas sintieron que les faltaba un primer beso de inicio de romance y de forma natural lo tuvieron en ese instante. Anna sopesaba que las preocupaciones de la Reina podían tener que ver con eso, con esa conversación que no habían tenido y dónde ninguna de las dos había dejado ver ciertos sentimientos que ya eran evidentes. ¿Sería tan importante tener esa conversación? Se preguntaba la princesa ¿Quizá pasaría igual que con el beso, se daría de forma natural en el momento adecuado y punto? Es posible que esté precipitándome, la última vez que di algo por sentado fue mi relación con Kristoff y no tuvimos un final de cuento de hadas precisamente… No debería dar nada por hecho con Elsa. Deberíamos tener esa dichosa conversación.
Entonces un ruido en el pasillo sacó a la princesa de su estado pensativo. Era un sonido sordo, un golpe seco de algún objeto estrellado contra el suelo. La noche había caído y el pasillo estaba más oscuro de lo que Anna esperaba, los candelabros estaban apagados. Normalmente el servicio ya debería haber pasado por allí con velas prendidas para dejar una mínima estela de luz y era extraño que ni siquiera Gerda hubiese acudido al escuchar el fuerte ruido en el pasillo.
