La Reina escudriñó el rostro del capitán sin reparo alguno. Era de suma importancia averiguar si el capitán sabía o no la identidad del intruso puesto que su identidad podría hacer florecer preguntas inoportunas que La Reina y la princesa no podrían responder con sinceridad.

- El intruso, la ahora escultura de hielo, ha sido llevada a las mazmorras del castillo, majestad - prosiguió Simons.- Por los signos de violencia, el arma y la sangre es evidente que vos llegasteis a tiempo de que sucediera algo terrible.

Elsa se compuso en el sitio con molestia, alargó su brazo ligeramente más allá y apartó los pliegues de la falda de la princesa para dejar al descubierto sus piernas:

- ¿Esto no le parece suficientemente terrible, Simons?

Las piernas de la princesa Anna estaban magulladas, las anteriores marcas enrojecidas se habían amoratado con el paso de las horas, unas eran más fuertes que otras pero sin duda, lo más llamativo era que se podía apreciar donde habían ejercido presión los dedos de una mano grande. Anna volvió a cubrir sus piernas con cierto rubor y una mirada reprobatoria hacia la Reina.

- Destrozad la estatua de hielo y tapiad todas las salidas del castillo que supongan una futura amenaza - dictó la Reina dando por acabada la sesión.

- Majestad - se atrevió Holsen aun cuando los demás se habían levantado - ¿Es esta entonces la versión oficial? Un desconocido se cuela sigiloso en el castillo una particular noche en que su majestad se halla ausente. La gente se preguntará por qué ¿qué buscaba en el castillo si vos no os encontrabais en el? ¿Acaso su objetivo era agredir a la princesa? ¿Pretendía el secuestro de la monarca o un asesinato?

- No sé responder a eso, Holsen - dijo la Reina con cierta sinceridad - para cuando yo llegué…

- ¿Cómo llegasteis tan rápido, majestad? - preguntó Kai de improviso - es decir, os esperábamos horas más tarde. La princesa Anna clavó su mirada en la Reina que ahora se ruborizaba levemente al tener que confesar.

- Sentí que algo iba mal al terminar la recepción y partimos de vuelta - respondió llanamente. Anna sabía que el rubor ocultaba algo más que esa sencilla explicación.

- Yo puedo corroborar eso - dijo Simons - pero estáis siendo demasiado humilde, majestad. Con vuestro permiso: la Reina se mareó y perdió el equilibrio cuando tuvo la extraña sensación de que algo no iba bien en Arendelle y ordenó una partida inmediata pero, no contenta con eso, desenganchó ella misma a uno de los corceles del carruaje y galopó de vuelta al castillo en soledad cruzando el bosque y el páramo a toda velocidad. Para cuando nosotros llegamos y nos adentramos en el castillo ya había ocurrido todo.

Los presentes miraban a la Reina con cierta sorpresa, pues su majestad formaba parte de la nobleza que considera vulgar cualquier actividad que no destilase gracia y belleza:

- No creo a ver hecho nada digno de mención - repuso la Reina en su regia postura - vosotros mismos habríais actuado igual si vuestra familia hubiese corrido peligro.

La princesa tomó nota para poder agradecer apropiadamente a Elsa ese esfuerzo por acudir en su ayuda, de hecho, tenía bastante que agradecerle teniendo en cuenta lo que podría haber sucedido de no ser por su intromisión. Dejando de lado el dramatismo del momento había algo cómico en que justamente Elsa, firme defensora de que la sudoración era algo impropio se comportase de pronto como una aventurera de novela.

- Volviendo a la versión oficial - retomó Holsen - quizá debiéramos centrarnos más en eso, en la verdad. Restaremos importancia a la identidad del intruso, diremos que es alguien desconocido en el reino, que no se trata de ningún enemigo real ni se avecinan conflictos políticos. Nos ceñiremos a nuestra era de paz duradera y ensalzaremos nuestras alianzas con los reinos vecinos, de hecho la misma Reina estaba presente en una boda para mostrar la alegría de Arendelle por dicha unión. Ha sido un desafortunado suceso que lamentablemente se ha llevado a la criada Emmanuelle por el camino pero sin más repercusiones que un susto. Y mientras tanto, majestad, sugiero averiguar la forma de descongelar al susodicho intruso y averiguar qué buscaba o si trabajaba para alguien. No es un vulgar asesino quien se cuela en un castillo y amenaza la vida de la familia real.

- Pretendes que oculte al pueblo la investigación - dijo Elsa

- Pretendo que le restéis peso a fin de ahorrarles preocupación y acallar los posibles rumores.

- No creo que sea posible averiguar de quien se trata pues el único precedente de escultura de hielo descongelada soy yo - dijo Anna para captar la atención Holsen. - Y como bien sabéis, el hielo de un corazón no puede irse sin más, sin un acto de amor verdadero.

Holsen se pasó la mano por el cabello tratando de encontrar una respuesta para eso pero desgraciadamente para él la princesa Anna decía la verdad:

- Cierto, Alteza - corroboró Simons para alivio de Elsa - un cuchillo de caza y una vaga escultura de hielo no son suficientes para averiguar su identidad.

- Pero quizá exista algún otro precedente que… - comenzó a sugerir Lars en apoyo a su colega.

- Es imposible deshacer la maldición - se jactó Kai y Gerda asentía de igual modo. La palabra maldición reabría vieja heridas.

Y mientras los consejeros y el ama de llaves discutían y el capitán de la guardia trataba de apaciguarlos, la Reina sintió que se formaba una leve capa de escarcha en la yema de sus dedos:

-¡Basta! - dijo para silenciarlos a todos. Anna miraba hacia ninguna parte dejando el peso del asunto en manos de Elsa - He ordenado que se destroce esa escultura. Explicaré yo misma al pueblo que al llegar y ver a un desconocido tratando de agredir a la princesa Anna, a mi hermana, mi poder se descontroló y lo arrasó todo a su paso. Incluido el agresor. Admitiré que desconocemos de quien se trataba pero que lamentablemente falleció en el instante llevándose toda oportunidad de un interrogatorio. Apaciguaré los rumores de afrentas políticas y pondré en valor la actitud soberbia de mi hermana al arriesgar su vida para evacuar el castillo así como la entereza de toda la plantilla del leal servicio de la casa real.

Los asistentes a la reunión no podían apartar los ojos de la Reina y ésta prosiguió - No repetiré la orden. Ese vulgar asesino no volverá a ver la luz, no quiero la más mínima posibilidad de que nos aterrorice de nuevo.

La reunión había sido zanjada. La Reina no iba a consentir más debate al respecto y lo había dejado obtusamente claro. Su única preocupación era impedir que Kristoff atormentase a Anna de nuevo y que el secreto se mantuviese a salvo pues de saberse públicamente que el novio de la princesa era el asaltante del castillo que no buscaba más que forzar a su supuesta novia los rumores y las preguntas incómodas se dispararían en todas direcciones haciendo que los ojos de cada habitante del castillo se posaran sobre ellas. El secreto sería desvelado y con ello toda posibilidad de dicha se iría al foso por el que la Reina pretendía despeñar la estatua de Kristoff.

Horas más tarde, mientras la Reina reflexionaba en su despacho, la princesa Anna descansaba en el interior de una bañera llena de agua caliente. Se preguntaba si Elsa y ella podrían retomar su pasional romance justo donde estaba antes de la partida de la Reina, antes del dichoso asalto. ¿Podía el amor convertirse en algo tan horrible como el odio y los celos? Quería alejar a Kristoff de su mente pero era perturbador el hecho de que alguien que la había amado pusiese llegar a tales extremos. Anna se preguntaba si las caricias de Elsa podrían borrar las oscuras sensaciones que su cuerpo había sentido. No esperaba que fuese pronto pero sí comenzaba a sentir esa necesidad, esa añoranza por el ser amado que no tardaría en avivarse y consumirla. Conocía a la Reina, se la imaginaba debatiéndose por haberla salvado de Kristoff arrebatándole la vida sin dudar. Sentiría alivio y culpabilidad por lo sucedido y de igual modo estaría preocupada por la desaparición rápida de la estatua de hielo. Así era la Reina, su Reina, todo debía estar siempre bajo su perfecto control.

Pero la princesa se equivocaba, lo que mortificaba a Elsa profundamente era que su hermana, la princesa, la mirase con otros ojos, que la viese como un monstruo por haber disfrutado de la muerte de Kristoff. Ella no habría disfrutado jamás del mal ajeno, al contrario, sentía empatía bajo toda esa faceta de gélida mujer de gélidos sentimientos. Pero la noche anterior había sido diferente, con Kristoff no pudo evitar el disfrute de saber que había librado a Anna de alguien tan vil que pensaba volcar en ella toda esa masa oscura de celos. Lo habría vuelto a hacer y lo habría disfrutado de nuevo.

Elsa es magnífica cuando se trata de control y dominio, pensó Anna desde la bañera, aunque cuando cede el control… . No era necesaria mucha agilidad mental para recordar lo que sucedía cuando deleitándose con un baño de agua caliente sus pensamientos la transportaban con su hermana. No quería reconocerlo y si la Reina algún día se enteraba, lo negaría todo con rotundidad pero lo cierto era que cuando pensaba en Elsa con esos modales tan formales y regios, acallando un debate o de exigiendo el cumplimiento de una orden, cuando recordaba la expresión de severo triunfo en su rostro al deshacerse de Kristoff, se excitaba sobremanera. Quería que Elsa la sometiese y la dominase. Quería sentirse un animal salvaje solo conquistado por la Reina pues solo ante ella respondería. Y bajo el hechizo de esos bajos deseos que la princesa estaba sintiendo olvidó y enterró los sucesos recientes y solo pudo pensar en Elsa.

Ese anhelo de ser domada bajo el yugo de la Reina empezó -sin que Anna lo impidiese- a acalorar su cuerpo, volvió a sentir como aquella primera vez, la necesidad de acariciar su cuerpo en ausencia de las gélidas manos de su acompañante. De rozar con suavidad su cuello y pasear sus dedos, tibios por el agua caliente, por su torso. La princesa se acomodó en la bañera y dejó vagar sus sentidos intentado recordar cada bello matiz de sus encuentros con la Reina. En realidad había aprendido y desvelado parte del misterio que era su hermana y ¡oh dios! Que atracción mas poderosa ejercía sobre la princesa cuando se dedicaba a conquistar su piel y sus labios. Elsa estaba indómita llevada al extremo, sus únicos dos extremos potentes eran completos opuestos y a Anna le resultaban arrebatadoramente excitantes. Bien podía verse a la Reina en toda su magnificencia teniéndolo todo bajo control y ejerciendo elegantemente su poder, o bien cedía absolutamente todo dominio y se dejaba llevar por sus impulsos sin pensar en lo que hacía ni lo que decía, solo deleitándose. Anna recordó la pasión desbordante de Elsa al arrancar el broche de su pantalón de montar y contuvo un gemido. Acarició con suavidad su bajo vientre imaginando que era su Reina quien se acomodaba sobre ella y la acariciaba. La temperatura del ambiente subía y Anna empezó a deslizar su cadera bajo el agua en un ligero movimiento casi desapercibido. En su mente la Reina le susurraba al oído "me perteneces". Ah, sí, sométeme, Elsa, gemía Anna en su interior suplicando a su Reina de fantasía. Los dedos de Anna adularon sus muslos mientras que con la otra mano se aferraba al borde mojado de la bañera clavando las uñas por cada suspiro.

Ah, dios, la princesa rozó con suavidad su punto más débil, entre sus piernas y su cuerpo sintió un espasmo delicioso que Anna rogaba por volver a sentir en brazos de Elsa. Imaginaba a una sumisa Reina lamiendo su cuello y rogando por sus caricias y sus manos, cabalgando sobre ella y aprisionado su pelvis contra el postrado vientre de Anna y solo quería gritar y gemir mientras centraba su atención en agasajarse con sus propios dedos. Hubo de pronto un impulso por tocar más allá y más que tocar, penetrar. Pero la princesa lo desechó por completo sabiendo que sería mil veces mejor si eran los dedos de Elsa o mejor aún, su lengua.

Seguidamente imaginó a la reina en todo su dominante acto de exigirle obediencia real "tu deber es satisfacer a tu Reina" le susurraba al oído entre jadeos su soñada majestad mientras Anna se sonrojaba más y más con cada fricción de sus dedos. El deseo de Anna era desbordante y la princesa sentía el avance de esa placentera sensación comenzaba a moverse desde los dedos de sus pies hasta su relajada nuca. Su éxtasis fue exquisito y su voz descontrolada. Los consecuentes jadeos de la princesa denotaban cuanto había disfrutado de sí misma mientras fantaseaba en la bañera y el colofón final fue dedicar su último gemido para despedirse de su anhelada majestad:

- Ah, Elsa

- ¿Otro golpe al salir de la bañera?


N/A: Disculpad el retraso, intento seguir el ritmo pero a veces es complicado :) Gracias por leer ^^