Capítulo 2
— Ya casi llegamos, mi rey—comentó Okoye con voz tranquila.
T'Challa asintió, mirando un momento la posición de su guerrera, mientras piloteaba la nave y después alejándose, para ir a una de las paredes. Paso su mano por la pared y apareció una pequeña ventana. Observó cómo llegaba al pequeño pueblo falso que habían construido para recibir a extranjeros.
Desde que decidió compartir su tecnología con el mundo, las cosas habían estado un poco tensas con el consejo. No le agradaba que el resto del mundo supiera que Wakanda no era tan marginal como creían, por lo que decidió adaptar uno de los pueblos de las fronteras como una ciudad con rica arquitectura de las diferentes tribus, un hermoso palacio en la punta de una pequeña colina y unos cuantos edificios medio modernos, como la capital ficticia de su país. Todo para mostrarle a su consejo que había mucha gente que era de fiar.
— ¿Ayo no ha mandado otro mensaje? —preguntó T'Challa, masajeándose el cuello para quitarse unos cuantos nudos de tensión.
Okoye negó.
T'Challa suspiró. La tensión estaba por todo su cuerpo, no solo en el cuello. Ya tenía suficientes problemas. Su consejo estaba molesto por unos turistas que salieron de los límites de la falsa capital, porque recibió a los vengadores para buscar a Steve y Sam, por haberles dado a sus amigos una misión que era enteramente para manos wakandianas y ahora, porque, Okoye interrumpió la junta para informarle que en el palacio del pueblo estaba una representante del gobierno de Narobia con noticias importantes sobre el país.
Después de pelear por el poder de su nación con su primo y contra Thanos, no esperaba tener problemas tan grandes. Sabía que no iba a ser fácil lidiar con su consejo después de tantos movimientos, pero ahora con la desaparición de Sam y Steve, no necesitaba que Narobia entrara de nuevo en conflictos después de 7 años con relativa paz.
Y que representante mando Narobia. Imogen Swaan no era buenas noticias. El hombre del saco para varios políticos pocos fiables y criminales. La contratista militar era contratada por naciones cuando las cosas estaban feas y ocupaban una solución manejada con la mayor prudencia y discreción posible.
Solo esperaba que no fuesen problemas con la princesa Zanda.
La ira comenzó a inundarlo al pensar en ella. "No, T'Challa, no necesitas pensar en ella en estos momentos", se dijo.
Su nave se detuvo. T'Challa fue al medio de la nave, parándose sobre un circulo con símbolos antiguos de su cultura. Respiró, sosteniendo el aire lo más que podía, hasta que el circulo se abrió y bajo. Pronto sintió como el aire a su alrededor comenzaba a hacerse más pesado y su velocidad de caída se detenía. Unos segundos después cayó suavemente en un círculo un poco más grande con dibujos de la diosa pantera.
Se movió y esperó. Okoye llegó un segundo después, cayendo con su elegancia típica. Los aros en su cuello tintinearon suavemente y tomo la lanza de su cinturón, estirándola.
— No creo que haya necesidad de la lanza—le dijo caminando.
Entre más se alejaban, menos escuchaba el suave ronroneo de su nave oculta en las nubes.
— Si hay una representante de Narobia aquí, es necesaria la lanza.
— Okoye…
— No sé puede ser demasiado precavido. Las cosas ahorita no están bien.
No podía negárselo. Okoye había empezado a ser su guardia cuando todos los problemas de Narobia empezaron. Como Cannán y Azania, Narobia era una nación que en su momento tuvo muchos problemas con políticas duras y una mala casa reinante. La princesa Zanda y su padre sumieron por años a su nación a la marginación, la tortura y la desigualdad. El pueblo se moría de hambre, todos los días mataban a alguien, moría alguien por mala atención a su salud y sus demás condiciones de vida. A la princesa y a su padre solo le importaban el poder. Muchas veces mandaron soldados para tratar de robar el vibranium y sus conocimientos, sin grandes resultados. Llegó un punto donde se propuso un casamiento entre la princesa y él para unir las dos naciones, pero su padre se negó. De ahí los conflictos se volvieron peores con pérdidas en los dos lados. Al final, el pueblo narobiano se cansó. El pueblo se levantó en armas contra la princesa Zanda y su padre. Fue una guerra interna que duró dos años y finalizó cuando su padre comenzó a mandar guerreros a intervenir cuando la princesa comenzó a mandar espías a tratar de matar a Shuri, para que él fuese el único heredero, y cualquier mujer que a él le interesara como esposa para no tener otra opción más que casarse con ella. El rey murió poco después de mandar guerreros wakandianos y la princesa Zanda fue mandada al exilio sin ningún poder o riqueza.
Ahora Narobia era un país democrático. Con la dirección del presidente Adeleke Bakhit, el país poco a poco salía de la pobreza y la esperanza de vida y seguridad eran mucho mayores. La última vez que se reunió con él, le comentó que tenían suficiente presupuesto para abrir hospitales más cerca de los pueblos más necesitados y la princesa Zanda seguía sin dar señales de vida.
De eso un mes. ¿Qué pudo cambiar?
Después de 10 minutos caminando, llegaron al pueblo. Varios wakandianos y turistas los saludaron. La combinación de razas era increíble; la gente reía con los turistas y parecía que se estaban divirtiendo.
— ¿Conoce a Imogen Swaan? —preguntó Okoye, haciendo una mueca cuando algunos flashes le dieron directo en la cara.
— No, pero tiene su fama en las naciones unidas. Es… ella es la última opción que se usa cuando una nación no puede hacerle frente a sus conflictos y no desean a otro país metiéndose o sepan que tan grande estuvo el problema. Baba me decía que era una mujer imponente. La única vez que fue a una reunión de la ONU, fue para darle un reconocimiento por su ayuda al capturar a un criminal de guerra nigeriano. Fue hace como 15 años; subió al podio, tomo el reconocimiento y en su discurso dijo que, si Nigeria quería darle un reconocimiento, que fuese en sus tierras, con una pequeña y privada ceremonia, no en un edificio lleno de perros vestidos como economistas y con cámaras en cada esquina. Que ella no era un payaso para estar en todo ese circo.
Okoye lanzó una pequeña carcajada y él no podía evitar reír. Cuando su padre le contó eso, rió hasta casi llorar y deseo conocer a Imogen Swaan. En las reuniones que acompaño a su padre años después, nunca tuvo el placer de encontrarse con ella. Y dudaba que la ONU quisiera arriesgarse a otro ridículo ante la prensa si la volvía a invitar.
— Suena a alguien interesante de conocer.
"Lo es", se dijo T'Challa. Pasaron el mercado del pueblo, después dieron una vuelta por una cuadra de casas y pronto llegaron a un grupo de escaleras doradas que se elevaba hacia el castillo. Las subieron a paso lento. Entre más avanzaban más empinada se volvía la escalera.
Pronto llegaron al final de las escaleras. Antes del castillo había un jardín con una fuente en medio y varias figuras de la diosa pantera. Más allá de la fuente se veía el castillo. El castillo se elevaba con elegancia junto con las columnas de torres que se elevaban elegantemente. El color arena parecía dorado con el sol y en casi todo el castillo, largas vigas de madera servían como adorno a la arquitectura. Por fuera se veía muy pobre, pero por dentro, el arte, los colores y los símbolos de su nación, cantaban con vida wakandiana.
Dos guardias (hombre y mujer), le abrieron la puerta del castillo. Al entrar, Ayo no tardó en aparecer y darle una ligera reverencia. Estaba vestida igual que Okoye, con su uniforme rojo, sus aros en el cuello y su lanza bien apretada en una de sus manos.
— Mi rey.
— Llévame con nuestra visita, Ayo.
La guerra asintió. No se veía contenta. Su lanza la apretaba con demasiada fuerza y su postura estaba tensa.
— ¿Todo bien, Ayo?
— Sí, mi rey—respondió Ayo—. Solo algo incomoda. La mujer… La mujer no es muy amable.
Intercambió una mirada confundida con Okoye.
— ¿A qué te refieres?
Ayo no respondió. Pronto llegaron a una gran puerta de madera y Ayo indicó que ahí estaba Imogen Swaan.
— Gracias, Ayo. Quédense las dos afuera.
— No creo que sea lo mejor, señor—replicó Ayo—. Hay algo en esa mujer que no me gusta.
— ¿Está armada? —preguntó T'Challa, sabiendo ya la respuesta.
— No, pero…
— Estaré bien. Estarán afuera y podrán escuchar si algo malo pasa—miró a sus dos guerreras. Ayo no dudaba en demostrar su incomodidad ante la orden, Okoye se veía un poco más taciturna. Quizás pensando en las palabras de Ayo—. Avísenme si algo paso.
Las guerreras asintieron.
Ayo abrió la puerta y entró, dándoles un pequeño asentimiento a las mujeres para tranquilizarlas. El cuarto era amplio, las pinturas de sus mejores artistas estaban por todas las paredes que estaban pintadas de un ligero color amarillo. Los únicos muebles eran una gran mesa rectangular con varias sillas alrededor. Imogen Swaan estaba sentada en una de ellas. Su rostro estaba agachado mirando una tablet, por lo que no pudo distinguir muy bien sus rasgos. Solo veía su espeso y corto pelo gris.
— Lamento la tardanza. No andaba en el pueblo cuando usted llegó.
Con posición recta, expresión solemne y sus brazos tras su espalda, T'Challa se acercó.
— Descuida—musitó Imogen, levantándose de su silla y acercándose un poco a él.
T'Challa se había detenido en cuanto estuvo a la mitad de la mesa y Imogen camino hasta detenerse a dos sillas de él. Debía de admitir que estaba impresionado. Imogen Swaan se veía más como una política que como una contratista militar. Debía de tener unos 60 años y era casi tan alta como él. Su rostro formaba un corazón, su nariz era pequeña y aristocrática; sus ojos pequeños, algo enchinados y sus labios muy delgados. Usaba lentes de montura gruesa de color negro, que combinaban con sus pantalones de vestir oscuros. La blusa también era negra y, a pesar de que el clima aún era lo suficiente cálido como para estar sin suéter o saco, ella usaba un saco de color durazno que acentuaba su piel aceitunada.
Ella no parecía ser aquella mujer que insulto con tan poca elegancia a los políticos de las naciones unidas hace 15 años. Se veía demasiado elegante y muy "política" y "empresaria". Y definitivamente, no la imaginaba dirigiendo un grupo militar privado.
— No es el primer rey que me deja esperando—volvió a hablar Imogen con voz suave, casi cantarina—. Después de la muerte de su padre, lo que paso con su primo y la guerra contra Thanos, entiendo que su nación tenga tantos conflictos que ocupa atender.
T'Challa le dirigió una mirada extrañada, levantando un poco su rostro.
— Es una mujer muy informada.
Imogen lo miró. Sus pequeños ojos lo analizaban, haciéndolo sentir desnudo.
— Saber cosas es mi trabajo. Y en mi trabajo, no saber algo complica mucho los resultados de mis encargos.
— Entiendo. Le gusta ir con todo el armamento.
— Así es—Imogen se alejó, caminando hacia un cuadro en la pared. En el cuadro se veían las montañas de Wakanda siendo besadas por el sol—. Supongo que sabe quién soy.
— Imogen Swaan, la líder del grupo militar G7W. Tiene su fama en la ONU—respondió T'Challa sin moverse de su lugar. Observaba a la mujer. Sus movimientos se veían muy controlados. Casi calculados.
— Sí. Estoy en la lista negra de muchos políticos por mis modos al hablar y trabajar. Después de mi actuación en aquella ceremonia de la ONU para premiarme, los sentimientos hacia a mí rayan más al coraje que al gusto. Pero—se volteó a verlo—. Ni de niña me gustaban los espectáculos de circo. Cualquier que me ha visto, hablado o trabajado conmigo lo sabe. Claro, no tuviste el placer de hacer alguna de esas tres cosas, hasta ahora. No puedo evitar pensar que está decepcionado.
— Al contrario. Se ve que es una mujer imponente. Debo de admitir que siempre quise conocerla.
Imogen asintió, como si no le creyera. Su mirada comenzaba a irritarle un poco y no desvió sus ojos de ella para no mostrar debilidad.
— Entiendo que tiene noticias para sobre Narobia.
— Así es—Imogen se acercó a la mesa tomando la tablet. Movió algo en ella mientras se acercaba a él y después volteó la tablet, mostrándole un video. Los sonidos fuertes lo aturdieron un poco. La imagen estaba algo oscura por haberse tomado el video de noche, pero se veía perfectamente como unos hombres comenzaban a atacar a la gente de un pueblo. Golpes, disparos, insultos e incendios a chozas. Los gritos en narobiano, así como los gritos de dolor y de auxilio hacían eco en la habitación—. Esto fue el ataque a un pueblo de las fronteras del sur de Narobia hace 3 meses.
— Hablo todos los meses con el presidente de Narobia y nunca me comento de esto.
Imogen dejo la tablet sobre la mesa y apoyo la mano en la superficie, más por comodidad que por soporte.
— El presidente Bakhit no quiere que nadie se entere que Narobia tiene una célula rebelde que ahora mismo anda luchando por poner otra vez a la princesa Zanda en el poder. ¿Por qué? No lo sé. Estoy bien informada de todo lo que hicieron la princesa y su padre; más la princesa. Se me hace algo absurdo pensar que alguien quiere volver a tener a alguien tan sádico en el poder.
— Suena más a simpatizantes que tenían mucho poder antes de que Narobia se volviera democracia.
— En eso tienes razón.
— ¿Bakhit te mando a informarme esto? ¿Qué la princesa Zanda regreso?
— Aunque sé que la princesa es mala noticias no solo para Narobia, sino también para Wakanda; no soy portavoz de nadie. Bakhit no sabe que estoy aquí.
— ¿Por qué? Él contrato sus servicios.
— Otra vez te equivocas. Nadie me contrato—replicó Imogen, pareciendo irritada—. Para la suerte de Bakhit, mi misión está en medio de toda esta célula terrorista.
— ¿Cómo es así? ¿Alguien le dio una misión que indirectamente beneficia a Narobia?
— No.
Imogen volvió a tomar la tablet. Sus dedos se deslizaban casi igual de suave como hablaba. Aunque demostró un par de veces irritación, ella se mantenía casi siempre seria y con voz parsimoniosa.
— Una de mis agentes estaba en el pueblo y fue secuestrada durante el ataque junto con 4 médicos—le volvió a enseñar la tablet. Pensó que le iba a mostrar un nuevo video, pero en lugar de eso, le mostro la foto de una joven bonita con una gran sonrisa—. Ella es mi agente; Lennox Grace.
¿Agente? La chica no parecía en nada una agente. Su cara era ovalada, sus ojos grandes y de color avellana. Nariz un poco larga, labios gruesos y una gran sonrisa que hacía ver sus mejillas grandes. ¿Cómo se les decía a esas personas? ¿Personas que sonríen con toda su cara?
Su cabello le llegaba debajo de la barbilla y estaba pintado de verde y azul, que le daban un aspecto aún más pálido a su piel blanca. Su maquillaje era suave, su cara dulce, sus ojos traviesos; su sonrisa demasiado feliz y genuina para una foto.
Se veía joven; como a mediado de sus 20. Tampoco parecía una agente. Se veía como la protagonista de alguna película juvenil que a su hermana tanto le gustaba ver.
— Se lo que piensa—comentó Imogen haciendo que la viera—. No parece una agente y no es exactamente una. Es como mi mano derecha. Se encarga de ayudarme con la logística de las misiones, el recabado de información, expedientes; pero principalmente, al mantenimiento y reparación de computadoras y diseñar programas para uso de campo.
— ¿Una técnica en informática?
— Ingeniera en informática—corrigió Imogen rápidamente.
Muy rápido, se dijo T'Challa. Por un segundo pareció ofendida por la suposición de carrera de su agente.
— Dice que no es agente de campo, ¿por qué mando una ingeniera en informática a recabar información sobre unos rebeldes de una princesa exiliada?
Imogen lo miró mal. Su rostro se contrajo con ira, más no sabía si por su comentario o vestigios de su interrupción anterior.
— Exacto, no es una agente de campo y jamás mandaría a alguien sin preparación al campo. — Bien, andaba enojada por el comentario—. A finales del año pasado me pidió un año sabático para poder participar en un grupo mandado por una ONG para dar atención médica y psicológica a pueblos marginados al sur de Narobia. Apenas llevaba 4 meses en el pueblo cuando fue atacado y me vine a África a investigar donde está.
— Y si Bakhit mantuvo todo este problema en anonimato, ¿cómo supo del ataque y del secuestro de su trabajadora? ¿Cómo obtuvo la grabación?
— Porque jamás dejaría a nadie trabajando para mi yendo solo a una zona que sigue con conflictos de guerra sin tener un ojo sobre él—respondió dejando la tablet otra vez en la mesa—. Cuando se fue yo le di un botón de pánico que, en lugar de sonar una alarma, me mandaría una señal en cuanto estuviese problemas y en cuanto piso el pueblo de Narobia mande a alguien para vigilarla y a poner una zona segura con cámaras en todo el pueblo. Así fue como grave toda la desgracia. Y es la última vez que aceptó que haga un comentario como ese, ¿entendió?
T'Challa asintió. Lo último no lo gritó, pero hubo algo en su tono que le ocasionó una sensación de malestar en su cuerpo. No miedo, solo… solo malestar.
— Le pido perdón por mi comentario. Me adelante…
— No quiero disculpas y está conversación ya se alargó demasiado. Iré al grano. En estos tres meses, mi equipo y yo nos hemos encontrado con muchos rebeldes. Hemos rescatado a mucha gente, limpiado a casi toda Narobia de los rebeldes y rescatado a 3 de los 4 doctores secuestrados. Cada grupo me manda más cerca de Wakanda y ayer encontré a uno que me dijo que me ingeniera estaba en un templo del dios Sobek.
— ¿Les cree?
— No. Pero la princesa Zanda odia a Wakanda y a ti; no es ilógico pensar que ahora mismo estén grupos de su célula rebelde en Wakanda esperando el momento exacto para atacar.
— Tiene razón. Sin embargo, hay dos problemas; mis guerreros están en todas partes y nunca han visto nada y le mintieron. Ya no hay casi ningún templo al dios Sobek en Wakanda. Su culto murió hace siglos. Sus templos fueron cambiados y los que quedan son ruinas y están muy perdidos en el país.
— Y ahora yo le diré dos cosas: Zanda lo odia, está despechada por como tu padre y tú la despreciaron y ayudaron a su hundimiento. Una mujer dolida es el peor enemigo y si espero tanto a aparecer, fue porque ya tiene a alguien apoyándola y trazo un buen plan. Por lo que no sería de extrañar que esté aquí sin que nadie sepa. Y el número de templos solo significa que más rápido salgo de Wakanda y rescato a mi ingeniera.
T'Challa sabía que tenía razón, pero algo dentro de él impedía que aceptara que había parte de una célula rebelde en Wakanda. Imogen calló, esperando a que él volviera a hablar, analizándolo duramente con su mirada. Ahora entendía porque era una mujer solicitada solamente en momentos de emergencia; él no la contrataría de otro modo. Sin embargo, no podía evitar notar que toda su fachada dura se derrumbó unos minutos al hablar de Lennox Grace. Se irritó, se enojó y ofendió. En su mirada llegó a notar preocupación casi maternal. ¿Será su hija?
Tomó la tablet de la mesa y volvió a observar a la chica. Si es su hija, no se parecían nada. Donde Imogen era dura y aristocrática; Lennox era suave. Imogen sonreía con un humor seco y en la foto la joven se veía genuinamente feliz. Una foto no podía decir nada, pero estaba casi seguro que Lennox Grace no tenía la dureza e ironía de Imogen Swaan. Quizás porque no veía los horrores de la guerra y las misiones de primera mano.
Solo ayudaba con la logística, repara computadoras y diseñaba programas.
Le daba pena pensar en sí, estaba viva, como los rebeldes narobianos estarían quitándole su alegría y travesura.
— Lamento decirle esto, pero, podría no estar viva. Durante su independencia, los hombres de Zanda violaban a las mujeres hasta matarlas.
— Lo sé—musitó Imogen. Su voz apretada por alguna emoción que no identifico—. Yo conozco a los que trabajan para mí. Lennox es fuerte. Si alguien puede sobrevivir en una situación tan delicada, es ella.
— ¿Y si no?
— Entonces, en lugar de pedirle permiso para estar en Wakanda buscándola, le pediré permiso para que me deje cazar a cada bastardo que trabaja para Zanda. Y después, matare con mis propias manos a la maldita bruja.
T'Challa asintió, tratando de no cohibirse por la mirada y la voz de Imogen. En un segundo dejo de ser la persona elegante, para ser una asesina despiadada. O un soldado. Es una contratista militar, debía de tener experiencia en la milicia y algún cargo alto.
— Le agradezco la información que me dio sobre la expansión de la célula rebelde a mi país.
— No quiero agradecimientos. Quiero que me diga que puedo estar aquí con mi equipo hasta que peine todos los templos y sin la intervención de sus guerreros.
— Y se lo daré. Tiene permiso para estar aquí 10 días, pero va a tener a uno de mis guerreros con ustedes, y no se preocupe, no será un estorbo. Mis guerreros no la dejaran tranquila si no está con ustedes alguien en que confíen.
— Solo un guerrero—accedió Imogen.
— Si su equipo es grande, córtelo a la mitad. Si la encuentra, mi guerrero le hablara a más para ayudarle a sacar a su trabajadora. Quiero toda la información que ha recabado. Debe de mandarme actualizaciones todos los días y decirme que encontró y no encontró—Imogen asintió—. Quiero también los archivos de sus agentes en el campo.
— Están en la tablet—dijo señalándola—. Está en la única carpeta del inicio.
— ¿También viene la información de su trabajadora perdida?
Imogen asintió.
— ¿Tiene otra condición? Me gustaría reunirme con mi equipo y comenzar a trabajar.
— No, son todas.
— Entonces me voy.
— Espere a que le dé al guerrero que estará con usted y su equipo.
— Dígale que estoy en un campamento a las afueras de la frontera norte o que me siga, me da igual.
Imogen abrió la puerta y salió antes de que pudiese decir algo más.
Steve mojó un pedazo de tela y se limpió el sudor de la cara y brazos.
A pesar de que afuera escuchaba un suave aire moviendo las hojas de los árboles y el clima era templado, en su pequeña prisión hacía mucho calor. En el día parecía estar en un horno, en la noche en un congelador, que, de a ver sido aquel escuálido chico de Brooklyn, se hubiese enfermado por tal cambio tan abrupto de clima.
Dejó el trapo en un cuenco de plástico alado de la vieja mesa de madera donde tenían el cuenco con agua, jabón, trapos limpios, una pequeña jarra de agua y una lámpara de mesa de baterías que ya había visto sus mejores días hace mucho.
La vieja habitación de piedra no era la mejor prisión donde había estado, pero admitía que sus captores eran un poco más amables que otros. Había agua para tomar, agua para limpiarse, les daban un poco de comida, un botiquín, un catre con algunas sábanas y un baño algo improvisado cubierto por grandes cortinas.
Todo el lugar era viejo. Parecía que estaba en un viejo templo o vieja iglesia. Las paredes y el piso eran de piedra llena de moho y erosión por el tiempo; los frescos poco nítidos inundaban las paredes. En la pared contigua al catre, donde estaba la única abertura que cumplía la función de una ventana, parecía a ver un fresco sobre alguna clase de cocodrilo humanoide.
Fue hacia el catre, que rechino al sentir su peso. Miró las sabanas acomodadas una sobre otras, como haciendo un pequeño saco para dormir, alado de la pared de enfrente. Ahí dormía su no muy amable y comunicadora compañera de celda.
Lennox Grace.
Hizo una mueca al recordar la forma en la que se conocieron... La conoció. Sabía por ella que lo trajeron hace dos semanas y estuvo como 8 días entrando y saliendo de la consciencia por sus heridas. Ella lo curó, usando el pequeño botiquín, agua jabonosa y unas hierbas que pudo conseguir de algún rebelde. Le sacó como pudo las balas con unas pinzas y comenzó a hacer todo el proceso de curación mientras él entraba y salía de la fiebre. No recordaba mucho de sus días con fiebre. Puros flashes y ligeras sensaciones. Recordaba la forma de una silueta y unas manos en su cuerpo lavándolo; las manos de Lennox lavándolo y curándolo, recordó sintiendo el calor en su rostro.
Así despertó. Lennox le estaba lavando el sudor del cuerpo cuando recuperó la consciencia. Justo en el momento que sus manos estaban cerca de su entrepierna. Había apartado sus manos, apretándolas fuerte y aún un poco desorientado. Ella había chillado, le había gritado para que lo soltara y no capto su orden hasta escuchar su chillido de dolor.
Suspiró. Una muy mala primera impresión.
Se levantó, caminando por la habitación algo desesperado. No tenía reloj, pero por el sol que entraba por la abertura y su posición en el piso de piedra, sabía que habían pasado por lo menos 4 horas desde que se llevaron a Lennox. En los últimos días se dio cuenta que se la llevaban todos los días cerca del mediodía. Nunca más de un par de horas. El aumento de hoy le hacía sentir muy incómodo y preocupado.
¿Por qué se preocupaba?, se dijo. Lennox no quería su preocupación.
En los últimos días, solo habían cruzado palabras cortas y todo intento de conversación, ella lo cortaba con algún comentario mordaz. Le dejo en claro más de una vez que no debía de preocuparse por ella, porque no lo recibiría de vuelta.
Sin embargo, ella mentía. No era tan bueno leyendo a las personas como Natasha, pero sabía que mentía y ocultaba algo. Decía que ella no se preocupaba, pero lo cuido, lo curo, le dio el catre para dormir, le consiguió ropa y podía apostar a que ella no era alérgica al arroz que les daban para comer. Le daba la mayor parte de la comida a él, quedándose solamente con unos cuantos pedazos de pan duro.
Ella no podía vivir de puro pan y agua, pero no insistía. Era terca y no conseguiría nada tratando de ofrecerle más comida.
La puerta rechinó. Apenas se abrió lo suficiente para lanzar a alguien adentro de la habitación y cerrarla otra vez. Se hizo para adelante y atrapo a la joven antes de que cayera completamente al suelo.
— ¿Estás bien? —preguntó mientras la enderezaba, sin hacer mucho esfuerzo por su fuerza y lo liviana que era Lennox.
Ella gimió cuando apretó un poco sus costillas para levantarla. Aflojó su agarre, preocupado. No uso mucha fuerza. Su fuerza aún no regresaba completamente.
Lennox se alejó y se fue a sentar en el tendido de sabanas, ocultando el rostro.
La miró extrañado. No porque se alejó o sus faltas de palabras, sino porque le ocultaba su rostro. Hasta ahora, no lo había hecho y… ¿traía ropa diferente?
se fue vestida con una camisa manga corta y unas mallas llena de agujeros, ahora traía puesta una camisa de botones demasiado grande y larga.
Se aguantó las ganas de preguntar y se dirigió al catre, con una sensación amarga en la garganta. No dejaba de pensar que paso.
"No vayas, Steve, ella no quiere hablar", se dijo. Parecía estar bien, se dijo. "No le hacerle nada", se volvió a decir. Solo se cambió de ropa. "Si te acercas, ella te empujara como ayer".
"¡Maldición!". Era un masoquista, se dijo caminando hacia ella. Un tonto masoquista. Ella ayer lo empujo cuando quiso ver si no le había pasado nada después de empujarla a la habitación con un picotazo con la culata de un arma.
— Lennox…—la llamó suavemente.
— Vete—pidió, su voz sonaba adolorida.
Se hincó frente a ella y levantó su rostro para poder verla. Maldijo entre dientes. Su labio estaba roto y en su pómulo izquierdo estaba un gran moretón.
Ella lo miró sorprendida por su acción. No le dijo nada, solo lo miró a los ojos. Paso un dedo por su labio roto y ella siseó, golpeando su mano.
— ¡Qué me dejes!
Bajó sus manos, más no se alejó. La observó. Ya no ocultaba su rostro y había una expresión adolorida.
¿Le habrán lastimado en otra parte? La observó. La camisa era manga larga. Las mangas cubrían hasta la mitad de sus manos. Bajó más la mirada. Sus piernas estaban medio abiertas y la camisa medio levantada; traía puesto un bóxer de licra oscuro. El escalofrió le recorrió al ver el interior de sus muslos. En cada uno había un gran moretón que empezaba un poco abajo del largo de bóxer y llegaban hasta debajo de sus rodillas.
Recordó una de sus primeras misiones con la SHIELD. Natasha, unos cuantos agentes y el fueron a rescatar a unas niñas que estaban retenidas para ser esclavas sexuales. Vio en varias moretones así en sus muslos, causados cuando sus violadores usaban sus piernas para mantenerle sus piernas abiertas.
Ella subió sus rodillas tapando su pecho, con vergüenza. Bajo la camisa hasta cubrir sus piernas y miró a otro lado.
— Ellos te…
— No—volvió a mirarlo—. No te importa si me hicieron algo o no. No ocupo tu preocupación o tu lastima. P…—ella calló, cerrando sus ojos. El suspiró que hizo se escuchaba roto, lastimero y adolorido. Abrió los ojos, pestañeando para apartar las lágrimas.
— Lennox…
— Vete. Déjame sola, por favor—pidió con voz rota.
— Lennox—repitió más suave—. Ellos…— su mandíbula se tensó. No sabía que decir—. Te sacare de aquí antes de que te vuelvan a lastimar, lo prometo.
— No ocupo tus promesas. Ocupo que me dejes sola y no me vuelvas a hablar.
Steve asintió, decidiendo dejarla sola. Se levantó y Lennox no espero a que se fuera para volverse a mover.
Quería darle el catre y decirle algo, pero no sabía que decirle. Ella no aceptaría ningún tipo de ayuda suya. La observó desde el catre. Se apoyó en la pared, seguía con sus rodillas arriba y se abrazaba a sí misma. Volvió a cerrar sus ojos y por un momento creyó ver algo de tranquilidad en su rostro.
¿La violaron? ¿La habían lastimado antes, durante su fiebre o antes de que lo capturara? Si lo hicieron, ella no lo diría y, si bien, ella no se encogía ante su toque, lo evitaba a toda costa.
No sabía cuánto tiempo lleva secuestrada. Guardaba cualquier información sobre ella de forma casi hermética.
Suspiró. Cuando rescataron a las niñas, no supo hablar con las niñas. Le temían solo por verlo grande y ser hombre. Natasha y agentes femeninas fueron las que intervinieron después de capturar a los criminales. Se había sentido en aquella ocasión tan impotente, por primera vez había extrañado ser el chico escuálido de Brooklyn para poder apoyarlas. Su yo de antes no se veía imponente. Natasha le había dicho que no se sintiera mal, así eran las víctimas. O se cerraban o esperaban abrazos y mimos. A veces nada; se bloqueaban como mecanismo de defensa.
Lennox parecía ser de las que se cerraban.
Se preocupaba por ella y no debía, en sus palabras. Pero… Debía de salvarla antes de llegar a un punto sin retorno. Antes de que ella se perdiera. Le frustraba seguir débil. Lo que tenían las balas no se había ido totalmente de su sistema. No jadeaba, no tenía fiebre ni dolor; y su fuerza no se sentía como la de siempre.
Si trataba de sacarla así, los dos morirían. Y todavía no sabía dónde estaba Sam.
Se hizo para atrás, apoyando su espalda en la pared. Debía de hacer un plan, no sabía qué hacer.
No, sabía qué hacer, más no sabía cómo iba a lograrlo. No iba a dejar que la volvieran a lastimar. Pero, ¿cómo hacerlo si todos los días se la llevaban? ¿Si ella no le dejaba estar cerca y apenas soportaba cruzar un par de frases con él?
La certeza de que sus manos estaban atadas, lo lleno de amargura.
Era un soldado, un héroe, el líder de los vengadores y no podía ayudarla. Ni a ella ni a Sam.
"Viva, viva, el Capitán América", pensó con sarcasmo.
