Hoy era un día especial, según los niños. Últimamente esta semana ha sido muy lluviosa, obligando a los niños a tener que quedarse en casa, pero nunca faltaba el niño rebelde que saldría a jugar en la plaza. El sol iluminaba radiante a toda la ciudad, el calor obligaba a los ciudadanos a al menos tener una ventana abierta, el viento y marea estaban tranquilos.

Que mejor día para ir a la playa que hoy, ¿No?

Macarona y Emalf tenían cinco años.

La niña, la bien portada, se quedo en casa cuando los días eran lluviosos, por eso no pesco un resfriado, no como otros. Vestida de un bikini verde que no dejaba ver la panza, con un volante, un par de pequeños aros rojos en el lóbulo de la oreja, un sombrero de paja con un listón rojo, sandalias que dejó en el bolso de su madre con tal de poder tocar la arena con los pies.

Mientras que el niño, el mal portado, no se quedó en casa cuando hubo lluvia y por eso se enfermo, pero como si la suerte estuviera de su lado despertó sano. Con lentes de sol como siempre, un calzón rojo oscuro, y un kimono de playa negro pero también rojo, y un pequeño collar dorado que colgaba de su cuello, a sus sandalias se las había quitado por la misma razón que la chica pero él ya las había perdido.

Sin duda abundaba la gente en la playa, pero nuestros niños no querían mantenerse en la multitud, por eso se distanciaron un poco pero no lo suficiente para perderse. Primero fue la de ojos rojos que había llegado más temprano que el niño, luego el de ojos almendra siguió por curiosidad las huellas de la arena queriendo también alejarse de la ruidosa gente.

La caminata de Emalf lo llevó a un gran castillo de arena, ahora su curiosidad era más grande, quería ver ese castillo, así que aceleró el paso. Se detuvo cuando vio largos cabellos castaños, con ese tipo de ropa que las mujeres utilizan.

El niño controlo el impulso de decir que ella tenía piojos y huir, una parte de él decía que debía ser gentil con las chicas, escuchaba muchas veces el ser bueno con una mujer, ¿Pero una mujer era lo mismo a niña?

- Hola, soy Macarona, ¿Y tu? - Ella era tímida, pero reunió el coraje para entablar una conversación con un niño que con verlo ya le ha agradado. - Hola, soy Emalf, ¿Puedo ayudarte con el castillo? -

- Claro - Asintió sonriendo al conseguir un nuevo amigo, haciendo que el sonría también.

El proceso no fue muy difícil, para la niña crear desde cero el castillo fue algo trabajoso pero ahora con la compañía del niño diseñarlo fue más fácil, dejaba a la imaginación fluir cuando lo construía y sus ideas encajaban como un rompecabezas con lo que ideaba el niño.

El resultado fue un castillo no perfecto, pero si ideal. Ya no significaba un simple castillo para ellos, era el hogar que juntos crearon.

Fue la chica la que rompió el momento del castillo para mirar a su compañero, y tener una nueva idea - Ven conmigo, por favor - Pidió en un susurro tímido.

Macarona camino hacia el mar, sin darse cuenta hasta que al siguiente paso de tocarlo Emalf se había retrasado por caminar lento. - ¿Pasa algo? - Preguntó ella. - Le temo al mar… - Musito desviando la mirada a pesar de poseer los lentes de sol.

Fueron las tímidas palabras lo que ocasionó que sus ojos brillarán como el espacio, era parecido a ella y por eso quería ayudarle a mejorar como persona, él fue la primera persona que cruzó la raya del amor que en su corta vida había conocido.

- Déjame ayudarte - Extendió su brazo hacia él, para que tome su mano - a no temerle a nada -

No hay pasos temerosos cuando te sientes seguro, así se sentía Emalf con Macarona, no apretaba el agarre en vez de eso era gentil como pidiendo tocarla, mantenerla cerca. Poco a poco el agua subió de pie a pierna, y ya empezaba a subir hasta la cadera.

-No se nadar… - Declaró haciendo lo mejor que pudo para mantener la voz neutral. - No te preocupes, yo si se. Podría enseñarte -

El llamado a Macarona rompió la "tensión" entre los dos. Rigatona esperaba que su hija viniera de inmediato hacia ella, pero en vez de eso llego lento a la arena por venir con su amigo, no podía juzgarla, la pequeña solo hacia lo que su madre le enseñó, y estaba feliz de que su hija al menos fuera más amable que ella.

-Mama, ¿No puedo quedarme un ratito más aquí? - Pregunto Macarona con un toque de madurez a sabiendas de que a su mama no le gustaba que se comportara muy infantil. - No, Macarona. Tengo cosas que hacer -

- Adiós, Macarona… - Se despidió con la mano también, moviéndolo desanimado - Adiós, Emalf… - En el interior de la chica rezaba porque se volvieran a ver, pero el presentimiento de los dos destruía la esperanza. El la vio marcharse con su madre, y ella giró la cabeza para verlo cuando ya estaba lejos.

La madre de la chica tomó la mano de su hija, dirigiéndose al hogar. Pero nadie tomó la mano del niño cuando iban a su casa, casa no hogar.


Uh, no se si vaya a continuar esta historia.