.


—Capítulo 1—

¿Crees en las casualidades?


1

¿Justo tenía que ser él? De todos los exitosos cirujanos que había en Japón, precisamente a Midorima Shintarō operaría a Takao Kazunari. Hace menos de una semana acababa de finalizar su especialización en cirugía. Era el destino que su primer paciente oficial sea precisamente el ex halcón de Shūtoku.

Desconocía la causa. Sus colegas solo le comentaron que lo necesitaban en la sala de emergencias. Le alcanzaron la tablilla con toda la información necesaria: el diagnóstico, el procedimiento a realizar, el nombre de sus ayudantes y en qué sala de operaciones se encontraba el infartado.

En el limbo: así se encontraba Midorima Shintarō.

—¿Sufría del corazón? ¿Y cómo estuvo jugando básquet hasta el último año de preparatoria? —pensó contrariado. La causa debía ser otra, no una prescripción médica o hereditaria.

No había tiempo para pensar en los por menores, se acomodó sus lentes y se dirigió al sexto piso, era momento de realizar la inserción del catéter. Entró decidido a la sala. Kazunari estaba soñoliento, ya le habían inyectado la anestesia suficiente y estaba a punto de quedarse dormido.

—Estamos listos, Midorima-san —le avisó una de las enfermeras.

Se puso los guantes y se acercó a su excompañero que hace mucho tiempo rechazó repetidas veces.

—Bisturí —pidió y le realizó sin titubear una pequeña incisión en la parte izquierda de la pelvis baja.

Un corte femoral era la mejor decisión; en vista de que, el infarto había afectado solo a la parte inferior del corazón. Introdujo la aguja con cuidado en la vena y comenzó a adentrar la sonda mientras veía el monitoreo para asegurarse de que la deslizaba en la dirección correcta.

—Tenías que ser tú de todos los escorpiones del mundo, Oha-Asa no deja de sorprenderme —pensó.

Se detuvo un par de veces y retrocedió para ubicar bien la sonda. Cuando llegó al corazón vio hacia la pantalla y efectivamente tenía obstrucciones en las arterias del corazón, inevitablemente le colocaría un Stent. La frecuencia cardiaca se mantenía en 165 lpm., su compañero estaba estable.

Las arterias estaban cargadas y no dudó en recordar la mala alimentación de su amigo, que sobrevivía a base de pan y gaseosa en los recreos. Takao ahorraba mucho su dinero para luego despilfarrarlo. No le extrañó entonces ese resultado. Recordó de golpe también el último día en la preparatoria Shūtoku.

La ceremonia de graduación finalizó antes de los esperado y él, con un diploma de primer puesto y una vacante en la facultad de medicina de la Universidad de Tokio. Kazunari no postuló a ningún instituto al no tener certeza de qué hacer con su vida. Ese no era su caso, nunca lo había sido. Podía hasta decir que su vida estaba esquemáticamente diseñada desde los 12 años que ingresó a la primaria. Su padre era un exitoso neurocirujano, activo en la sociedad de investigación médica, y él lo sucedería. Kazunari le decía que lo admiraba por tanta determinación y le creía. Los ojos del halcón eran muy expresivos.

Ese día también los notó así. Kazunari se le acercó al acabar la pesada sesión de fotos de la promoción del tercio superior. El halcón sonreía a pesar de no tener nada planeado, solo le enseñó una cámara.

Sabes que no me gustan las fotos —le dijo en ese entonces.

—Por favor, Shin-chan, sales en muchas revistas de básquet —su amigo se burló y disparó sin permiso antes de reírse a sus anchas. Le enervaba a veces—. No seas tímido~, una juntos antes del adiós.

—… apúrate.

Su padre era un hombre conservador y clasista, y solía decirle que eligiese su círculo. Un médico debe saber relacionarse con gente de poder. No creía necesitar apoyo, pero concordaba con su padre hasta cierto punto. Se agachó para que Kazunari pudiera fotografiarlos y se irguió apenas salió la captura.

—Sabes que te deseo suerte, no te pierdas en la vagancia, Takao —le aconsejó para buscar a su familia, la había perdido de vista cuando salió del anfiteatro. Kazunari le alcanzó la mano. No era propio darse esas costumbres tan confianzudas e irrespetuosas, pero el halcón siempre se caracterizó por nadar en contra de su propia cultura. Kazunari le guiñó pícaro—. ¡N-no hagas eso, idiota! —se molestó.

—Vamos, Shin-chan, no tengo pulgas~. Dame la mano —le dijo y le sonrió amistoso.

Le recibió el apretón con recelo. Kazunari lo apretujó con fuerza. Le notó los ojos llorosos cuando se soltó y sintió un nudo en la garganta. Era desagradable ver llorar a una persona tan alegre.

—No vives lejos de mi casa, sabes que algún día coincidiremos —dijo para evitarse un drama.

—Sí, pero seamos sinceros, Shin-chan, seguro te mudarás a una pensión de estudiantes o a un espacio propio de esos para niños ñoños y ricos —Kazunari bromeó y se desternilló, pero la voz se le quebró y se limpió las lágrimas que aparecieron de repente. Se sintió muy extraño—. Sé que no nos veremos y eso, pero sabes que te deseo lo mejor, Midorima —lo imitó en seriedad y formalismo—. ¡Clásico!

Kazunari volvió a partirse de la risa. Cómo lo desesperaba con sus bromas de mal gusto, pero en medio de una operación, podía incluso soportarle las burlas con tal de que volviese a ser el mismo halcón.

Recordó que ese día le entregó un talco. Era el amuleto de la suerte de los Escorpios. Kazunari frunció el ceño al aceptárselo, se colocó a la defensiva como buen escorpio que era así lo disimulase bien.

—¿Y esto qué? —preguntó fastidiado—. Yo me baño todos los días y REXONA no me abandona.

—Idiota, sabes perfectamente que es tu amuleto.

—Ah… ¡Ah! —expresó más relajado—. Cielo, Shin-chan… eh… gracias por el detalle, supongo —dijo mirando ese artículo de aseo—. Siempre tan tímido —murmuró divertido y alzó la mirada otra vez—, eres el colmo, pero ni con este regalo te salvas de mi abrazo de despedida. Tímido~. —Repitió burlón.

En el fondo reconocía que era una verdadera despedida. Kazunari tenía razón. Él se mudaría la próxima semana a un departamento en Taitō y estaría sumergido en su carrera como médico. No habría tiempo para amistades, ni para romances, ni para reuniones esporádicas de básquet. Su padre lo absorbería.

Aceptó. Dejó abrazarse. El halcón fue muy afectuoso y se aferró. Sí quiso corresponderle con la misma intensidad, pero su timidez lo cohibió y sintió su pulso acelerarse cuando Kazunari lo miró a los ojos.

—Me sigues gustando mucho —le confesó por tercera vez. Su amigo no aprendía. Era obstinado como un Escorpio, intenso, acaparador. Tragó duro—. Era mi última oportunidad… no sé, tenía que hacerlo. Sé que me vas a rechazar —dijo y desvió la mirada antes de soltarlo—. Fue un verdadero gusto.

Kazunari le sonrió tan agrio que no fue nada gratificante. Se despidió así y se fue. Era correspondido en el sentimiento, pero él prefería ser realista: no tenían futuro. Kazunari jamás sería aceptado por su familia y su vida era demasiado apretada como para incluir romance. No cabía y no lo quería lastimar.

Sintió nostalgia. Cosió la incisión con dos puntadas y se apartó. Había terminado. En serio le deseó un excelente futuro, no un hospital y una recuperación post operatorio. Las enfermeras arreglaron la sala y pasaron a retirarse junto con el cardiólogo que estuvo presente. Él no se movió de allí tan pronto.

—La vida de los Escorpio siempre se convierte en drama —pensó.


2

¿Bombero? ¿Ayudar a los demás? ¿Adrenalina? Tetsuya no congeniaba con esas palabras. Le perturbaba saber que su novio arriesgaba la vida. Si Taiga necesitaba riesgo en su rutina, podía descargarse unos cuantos juegos de carreras de autos, y él le mismo compraba el timón 3D para un efecto más realista.

Era egoísta con la sociedad, lo reconocía, pero también era humano pensar en él. Le estaba costando la salud estar pendiente de las noticias, del celular en caso lo llamasen para reportarle algún accidente. Taiga ya había sufrido quemaduras e incidentes en el trabajo. Le angustiaba recogerlo en el hospital o en la oficina de salud del cuerpo de bomberos. Estaba cansado de comprar cremas para las ampollas.

Taiga lo invitó a su casa siendo bombero. En un principio fue su mejor amigo, que le aconsejó ser cauto al momento de desenvolverse en un incendio. Ahora era su novio y durante esos dos años de noviazgo, la medida de su preocupación estaba alcanzando el límite. Lo comían los nervios de que pasara algo.

—¡Ya me voy! —escuchó y apartó su lectura—. ¡Quizás venga a las tres, depende de la rotación!

Tetsuya dejó el libro sobre la cama y bajó apresurado la escalera antes de que su novio partiese. Otra piedra del oficio de Taiga era su horario impredecible, que le arruinó muchas veces fechas importantes. Era su tercer aniversario y no se permitiría otra vez cenar comida recalentada, solo en la cocina.

—¿Y si voy a la central y cenamos allí? —le propuso de inmediato.

—… que no —Taiga le repitió con cansancio—. No puedes presentarte con una canasta de picnic en las oficinas de mi trabajo, no te pases —le dijo incluso incrédulo—. Me pueden hasta despedir.

—No sería una mala noticia.

Taiga volteó hacia él sin cerrar la puerta. Tetsuya estaba con los puños un tanto rígidos y la mirada dura del fastidio. Entendía la postura de su novio. Lo comprendía y, por eso, no iniciaba discusiones con él. Prefería evitar esos roces cuando el problema no tenía solución. Era su trabajo y le gustaba, se sentía tan cómodo como cuando jugaba básquet en Seirin. No iba a renunciar por miedos ajenos.

—¿De nuevo vas a enojarte por lo mismo? —el tigre le preguntó menos déspota.

—Que te vaya muy bien, Kagami-kun —Tetsuya contestó con ironía y rendición, exhausto de lidiar con esas conversaciones. En el fondo, reconocía que era un sinsentido.

Se dio media vuelta y subió las escaleras sin esperar la respuesta de su novio. Otra vez amargaría. Otra vez renegaría por haber creído que podía soportar el gran peso de tener un novio bombero.


3

Un vuelo internacional es pesado, más para el piloto. Kise llegó exhausto de pilotear durante horas, le dolía la espalda. Se sentía como un saco de boxeo añejo: apaleado y pesado. Entró al departamento que compartía con Aomine desde hace un par de meses y colgó la llave en la entrada. Asumió que tenía el lugar para él solo al ver las pantuflas de estar por casa de su novio. Como siempre.

Su cama lo recibió con los brazos abiertos. Cada que regresaba la sentía más acolchonada. Se envolvió en la frazada para dormir, aunque un ruido lo despabiló. Era la puerta. Pegó un brinco olvidándose de su sueño. Los milagros existían al parecer. No solían coincidir. Hace más de una semana y media que no veía a su novio y se suponía que habían decidido vivir juntos justamente para pasar más tiempo juntos. Fue atolondrado al salón encontrándose con el moreno, pero no venía solo, ahí estaba Momoi.

—¡Ki-chan! —lo saludó sorprendida, aunque él le fuese desapareciendo la sonrisa al ver su privacidad en la basura—, no sabía que ya habías llegado de viaje.

—Sí, ya llegué —contestó desdeñoso—. ¿Te vas a quedar, Momocchi?

Satsuki lo miró extrañada por la pereza explícita de las palabras y asintió cohibida. Su novio ni siquiera lo había saludado, había ido de frente a la cocina a sacar una caja de jugo y de cereal azucarado.

—¿Qué hay, Ryōta? —Daiki le dijo con desparpajo y le golpeó amistoso con la mano en el hombro—. Pensé que estarías de vuelo o algo así, es raro verte —bromeó antes de dejarse vencer al costado de su mejor amiga. El moreno también lucía ojeroso como él.

—Sí, hace días que no nos vemos —respondió fastidiado de su desinterés. La parquedad perenne de Aomine le molestaba. No mostraba viva emoción por nada y luego le decía que ÉL era el frívolo.

—Oye, Satsuki ¿Qué esperas? —Daiki la molestó—. Necesitamos resolver esto rápido.

Momoi abrió varios fólderes y entre los dos comenzaron a examinarlos.

Ryōta bufó. Era increíble que Daiki decidiera ignorarlo olímpicamente en vez de priorizarlo. Eso no era una relación, era el alquiler de un departamento de dos desconocidos. Carraspeó y exigió su atención al pararse delante de ellos.

—Estoy trabajando —Daiki le aclaró presintiendo el huracán. Había un detalle que Ryōta ignoraba—. Hace una semana Satsuki entró a la división de investigación en mi jefatura —le explicó sin enojarse, pero sí con pesadez de por medio—. Es criminóloga y estamos juntos en un caso ¿Contento?

No le respondería lo evidente: no, no estaba contento. Estaba harto. No coincidían y la convivencia se estaba tornando absurda. Él necesitaba ver gente a su alrededor, aunque sea una vez al día. Antes vivía con su familia y con dos hermanas mayores, no tan ególatras como él, pero sí sociables. En su casa en Kanagawa nunca faltó un ambiente dinámico. En cambio, allí se sentía un cactus de desierto, plantado en soledad así se dé una vuelta de 360°. Nadie le prestaba la debida atención en esas cuatro paredes.

Derrochó fastidio y le pidió a su novio por favor conversar en privado antes de iniciar con la discusión, pero el moreno lo animó a perder los estribos al negarse, repitiéndole que estaba trabajando.

—Para los 300 mil miserables yenes que ganas en ese trabajo —le lanzó sin medirse. Daiki se desencajó y tiró incrédulo las hojas que leía a la mesa de centro—. Ese es tu sueldo, ¿no? —lo retó sin retractarse. En el fondo sabía que su frivolidad emputecía, pero estaba hastiado de toda esa situación.

—Eres increíble —Daiki susurró reteniendo su molestia.

—Solo digo la verdad. Yo doblo tu sueldo y a mitad de año, quizás lo triplique —presumió para pinchar y lo consiguió. Su novio se levantó e intentó amedrentarlo al sostenerlo de la camiseta con el puño, sin éxito. Ryōta le respondió igual—. Suéltame que no soy un trapo sucio para que me zarandees.

—A veces lo pareces.

Satsuki se sintió muy incómoda entre esos dos.

Daiki fue el primero en soltar el agarre y se frotó el rostro. Entendía parcialmente a su novio. No verse o coincidir de milagro dinamitaba la relación. Suspiró para calmarse, aunque Ryōta no cedía la postura.

—Sé que estás cansado de esto, pero créeme que yo también, Ryō —le dijo más concienzudo—. Quizá no fue buena idea invitarte a Tokio, no sé, en realidad pensé que nos veríamos más al convivir.

—O quizá el error fue confiar en ti.

—¿Perdón? —Daiki volvió a incomodarse y soltó una risa irónica—. Esto no es solo mi culpa, no hasta donde yo lo sé. Tú eres quien se desaparece por días —lo acusó—, ni siquiera tienes un horario normal. Duermes a deshoras y a veces estás insoportable, de malhumor por tus estúpidas horas volando.

—Claro, estúpidas horas, pero no son tan estúpidas cuando son cosas, ¿no? Como el sillón donde estás sentado, o el televisor, o el internet de alta velocidad —satirizó. Daiki volvió a reír—. Por mí ríete todo el día, pero sabes que es cierto, porque con tu sueldo miserable solo nos alcanza para MALVIVIR.

Aomine no lo soportó más y lo empujó, lo obligó a retroceder unos pasos. Satsuki lo apretujó del brazo en ese instante para frenar eso. Levantó los brazos en son de paz, librándose del agarre también. Solo se calmaba para no preocupar a su mejor amiga, no por consideración a su novio. Ryōta siseó.

—Lárgate a dormir si no quieres empeorar esto, Ryō —le avisó.

—Lo único que intento es convencerte de renunciar a ese trabajo basura que tienes —le contestó con tres piedras en la mano. Ya no tenía tino—. O redúcelo a tiempo parcial, no se notará la diferencia.

—¿Y por qué mejor no renuncias TÚ?

—¡¿Para malvivir de tu sueldo?! —preguntó y se le escaparon las risas. Daiki apretó impotente ambos puños—. Por favor, Daiki, primero muerto y además no voy a desperdiciar mi título universitario ni por ti ni por nadie en realidad —dijo más entre dientes—. Deja la mediocridad y haz algo que valga la pena.

Daiki se mantuvo en silencio un lapso y reaccionó solo para recoger los papeles.

—Vámonos, Satsuki. Trabajaremos en la oficina.

Su mejor amigo no tardó en obedecer y levantó los pendientes para huir, rápida como un rayo, porque el trueno ya había sonado hace unos minutos. A Ryōta le quedaba espectacular ese papel.

—Ah, y tienes razón, Ryō, esto tiene una solución bastante obvia: déjame malvivir en paz y lárgate de una buena vez de mi inmundo departamento —le pidió y cerró fuerte la puerta.

Ryōta sintió la sangre en los pies. Esa discusión había traspasado la delgada línea de la tolerancia.


4

Para Akashi Seijūrō, la ociosidad era el peor defecto que una persona tenía. Un defecto imperdonable debido a su esquematizada y rigurosa vida desde la infancia. Disciplinado para ser un hombre de éxito. Por eso, no comprendía cómo Atsushi vivía sin preocupaciones. Su novio no tenía ganas de superarse o de llegar a ser alguien. Atsushi había desperdiciado ya una década en la vagancia y pretendía seguir.

Por su poco tiempo disponible, Seijūrō nunca le había hecho realmente hincapié en ese tema. Siempre colocó en un segundo plano la vida de Atsushi, porque era precisamente eso: la vida de Atsushi. Él no se inmiscuyó, pero en ese momento se encontraba de vacaciones laborales. Dos semanas estaría libre de las responsabilidades de la corporación Akashi, aunque no de las académicas. Estaba por comenzar el tercer año de su doctorado en Derecho Corporativo en la Universidad de Tokio.

Todo había salido de acuerdo con su plan, tanto en su vida laboral como en la profesional, pero su vida sentimental no crecía. No había peleas entre ellos, pero la renuente flojera de Atsushi le comenzaba a exasperar ahora que veía a diario la holgazanería de su novio. Además, su padre lo estaba presionando.

Seijūrō terminó de revisar el archivo que imprimiría más tarde y cerró su ordenador. Eran casi las 18:00. Sus clases empezaban en una hora más. Se alistaría. Subió a su habitación y tomó su maletín junto con la billetera. Bajó nuevamente y guardó su laptop en la mochila, también metió dos libros.

—Aka-chin~~~~, los empleados todavía no han cocinado —escuchó. Seijūrō suspiró y no hizo caso—. ¡Aka-chin~~~~~~!

Se colgó la maleta y fue a la sala donde estaba su pareja, con quien iba a cumplir dentro de una semana trece años de noviazgo, largos años que habían transcurrido en una fugaz luz de bengala. No concebía que el tiempo se haya pasado tan rápido y le era increíble pensar que llevaban tanto tiempo juntos.

—Atsushi —dijo al verlo desparramado en sillón—, los empleados no nos atenderán más —le recordó por tercera vez—. Te advertí que mi padre no amenazaba en vano.

—Pero tengo hambre~~~~.

—Lo más conveniente es que almuerces en algún restaurante — le sugirió—. Ten cuidado y, por favor, desconecta lo que enchufas.

—Aka-chin, espera, pero no tengo dinero —su novio le dijo extendiendo una mano—. ¿Me prestas~~? Mis ahorros ya se acabaron.

—La cuota —lo corrigió—. Atsushi, no bromeo, yo estoy de acuerdo con la posición de mi padre, ponte a trabajar si quieres recibir un sueldo. Esfuérzate.

—¿Pero por qué~~? No hay ningún apuro, Aka-chin. Más tarde miraré el periódico —Murasakibara dijo y volvió la atención a sus caricaturas favoritas.

—Tienes 28 años, Atsushi. —Seijūrō avanzó para colocarse delante del mayor para que le prestara la debida atención—. No obtendremos la aprobación de mi padre bajo tu pereza intermitente. Esmérate, empieza por un empleo de remuneración parcial por el momento, no te exijo más.

Para Masaomi, padre de Seijūrō, fue una puñalada enterarse de que su hijo había estado manteniendo una relación idílica con un parásito social —palabras literales con que él se refería a Atsushi—. Aun así, a pesar de todos los contras que le atribuía al novio de su único hijo, aceptó esa relación con dos condiciones: que no descuidara los estudios, ni el trabajo.

Seijūrō había cumplido con ambas condiciones a lo largo de esa década. Trabajaba en la casa de bolsas de su padre y, en sus tiempos libres, enseñaba shōgi en una academia que montó. En cambio, Atsushi era toro de otro establo. Su novio no hacía ningún esfuerzo por demostrarle a su suegro que valía.

Cuando Murasakibara terminó la preparatoria, se dio tres años sabáticos para pensar profundamente en qué estudiar. Al pasar el plazo, puso como excusa su accidente en carro y su pierna rota, razón por la cual no se instruyó en un par de años más. En el quinto año de vagancia, se le ocurrió aprender a conducir. Un gran chispazo de improductividad, como le llamó el señor Akashi. Seijūrō, por su parte, lo apoyó. Finalmente, los cinco últimos años se la había pasado entre ir a un curso para hacer postres y dulces —otra acción improductiva según el dueño de la mansión—, el club de los dulces —ocio de ociosos—, el billar —casa de los ludópatas— y dormir largas siestas —digno de un parásito social—.

Seijūrō simplemente no le permitiría un undécimo año de sinónimos referidos a la ociosidad a Atsushi. Los comentarios de su padre le pasaban factura directa en problemas y dolores de cabeza continuos.

Suspiró y fue a desconectar el cable del televisor.

—Atsushi, tu vida transcurre sin ningún propósito. Tú subsistes —dijo hasta indignado de sus propias palabras—. Tu existencia se basa en comer, socializar con otros de tu misma especie y dormir.

—No seas exagerado~~~.

—Esta última semana solo te has dedicado a ver televisión y a perder el tiempo en el billar con tu amigo Himuro-san durante horas —Seijūrō le increpó. Atsushi mostró una mueca larga—. Te lo advierto por última vez, encuentra un empleo. Sé que solo tú tienes libre albedrío de hacer y deshacer sobre tu vida, pero si decides continuar en tu haraganería, te botaré de la casa sin pleitesías. Estás advertido.

Sacó de su maletín una sección del periódico que había comprado en la mañana y puso los anuncios de trabajo en uno de los soportes laterales del sillón.

—Es tiempo que empieces a comportarte como un joven adulto, no como un adolescente —dijo para terminar con esa plática—. Nos vemos, iré a la universidad.

Atsushi se movió con pereza y miró desinteresado la primera plana apenas su novio se fue. Había varios empleos como editor de manga, chofer, electricista, bombero, policía, ayudante, entre otros.

—Trabajar, trabajar, es lo único que sabe decir —refunfuñó.

Nada le llamaba la atención. En realidad, solo de pensar en levantarse temprano a diario lo agobiaba. Dejó el periódico a un lado y sacó su celular para llamar a su mejor amigo de preparatoria.

—Muro-chin~~~~~, ¿me acompañas al centro? Ya se me acabaron mis dulces~~~.

—… eres un caso especial —Tatsuya le dijo resignado—. Estoy en una negociación, salgo en una hora. Si deseas, espérame en la tienda de dulces —le propuso—. Te doy el alcance.

Atsushi aceptó y colgó. Aplazaría la búsqueda de trabajo para otro día, a pesar de la advertencia. Cogió su casaca, aunque no hiciera tanto frío, y salió de la casa sin siquiera llevarse consigo el periódico.


5

Su inteligencia emocional era escasa. Ryōta lo reconocía con frescura, tanto que destrozó de rincón a rincón el departamento de Aomine. Simple y sencillo. Nadie lo botaba como si fuese un tío del montón, además de explotar cuando Daiki no le contestó a ninguna de sus llamadas post discusión.

Adiós a la lámpara, adiós a la mesita de noche, adiós a las zapatillas de Daiki, adiós vajilla, etc.

—Maldita sea el día en que decidí estar contigo —murmuró fastidiado.

Incluso soltó palabras soeces que pensaba que no conocía, aunque el enojó también se disipó cuando observó el desastroso resultado de su histeria. Se desparramó en el sillón, ya rasgado, y se frotó la cara con ambas manos sin descubrirse al sentir ganas de llorar. Odiaba sentirse tan impotente.

Eran muchos los sentimientos encontrados. No quería terminar su relación con Daiki, no llevaban años saliendo, pero admitía que lo quería un montón, más de lo que aparentaba. Si no le fallaba la memoria, en dos semanas hubiesen cumplido medio año. Tal vez sí fue demasiado precipitado convivir. Su madre se lo advirtió repetidas veces. Bufó al recordar sus palabras. Era difícil, pero no torcería el brazo, menos se disculparía por sus palabras despectiva. Daiki sabía que solo soltó verdades hirientes. El moreno no sabía qué hacer con su vida, por eso optó por el conformismo de entrar al cuerpo policial, nada más.

Suspiró y miró otra vez el muladar a su alrededor. Daiki lo mataría o por lo menos, no conversaría con él cara a cara en unos cuantos días. Lo conocía. Tarde o temprano se le pasaría el enojo por el destrozo del departamento, sin contar que mucha de la mueblería la compró él con su sueldo de piloto. Bajo tal concepto, tenía todo el derecho a romper lo que quisiese cuando quisiese, como ese día de arrebato.

Buscó el móvil entre su ropa. Necesitaba conversar con alguien y desahogarse antes de llorar de nuevo. Lo encontró a unos metros de él y le marcó a Kuroko. Sabía que los sábados estaba de marmoteo.

—Buenas noches, Kise-kun, ¿cómo está? —le preguntó al contestarle—. ¿No tenía vuelo a Francia?

—Volví hace unas horas —resumió con el tono más neutro. Se sobó la sien—. Mira, te llamaba, porque necesito hablar con alguien. Tuve una discusión fuerte con Daiki y… terminamos —le contó.

Hubo un lapso de silencio.

—Aomine-kun suele ser impulsivo, es muy probable que se arreglen apenas conversen, Kise-kun —su amigo lo animó—. Ustedes viven en un vaivén emocional y siempre han encontrado una solución.

—Esta vez no creo… me excedí. Fui muy despectivo con él y me sacó de mis casillas su dejadez.

—¿Quiere que vaya para allá? Hoy tengo el día libre.

Aceptó y le agradeció el gesto antes de colgar. Kuroko vivía apenas a diez minutos. Era el tiempo justo para lavarse la cara y calmarse. No quería que su amigo lo viese tan vulnerable.

Se encerró en el baño hasta que escuchó el timbre. Salió más despejado, con el rostro frío de las tantas veces que se remojó la cara. Tetsuya lo saludó amistoso y se quedó parado en el umbral de la entrada al ver el desorden descomunal de ese departamento. La pelea había sido titánica para sus ojos.

—Lo siento por llamarte hoy, sé que es tu aniversario con Kagamicchi —se disculpó de antemano.

—No se preocupe, Kise-kun, hoy Kagami-kun está en la nocturna.

Dicho eso, Ryōta se explayó no solo en la discusión de la tarde sino incluso en la soledad que se sentía en ese lugar y el estrés que le provocaba. No era su intención ser frívolo o déspota, pero ante la presión reaccionó de la peor manera. Era la primera vez que se comportaba así, que mostraba menosprecio.

—Kagami-kun concuerda contigo, piensa como tú, que Aomine-kun está en la policía solo para hacer algo productivo, Kise-kun, pero no tenemos ningún derecho a criticarlo —le dijo en regaño—. Además, lleva cinco años en ese empleo, es probable que inclusive se sienta a gusto allí, ¿no cree?

—Sí, pero estorba. Su trabajo estorba en nuestra relación, casi nunca lo veo, Kurokocchi.

—Su caso es especial por los horarios. Yo convivo con Kagami-kun hace cuatro años y nos vemos todos los días por nuestro tipo de trabajo —le contestó pensativo—. Es difícil y debería considerar si quiere de verdad mantener la relación… hay cosas que no van a cambiar y no quieren cambiar —enfatizó.

—Es que necesito conversarlo con él, pero no me contesta… ¿Y si lo llamas tú? Sí, llámalo tú —le dijo insistente—. Solo para saber si está o no con el móvil a la mano.

Tetsuya suspiró y lo llamó, sonó dos, tres, cuatro, ya cuando iba a colgar escuchó la voz de otro.

—¿Kagami-kun? —se extrañó.

—Luego me explicarás por qué estás llamando al imbécil de Aomine, pero por ahora solo ve TV Tokio, así me ahorro explicaciones. Nos vemos —le dijo y colgó sin dejarlo contestar.

Cada vez que su novio le recomendaba ver la televisión era por una desgracia.

Ryōta se arrepintió de haber roto su televisor. Sacó su celular para conectarse a la línea por red y volvió donde su amigo para ver las noticias juntos antes de que alguno de los dos cayese en estrés.

Había habido un derrumbe en una casa antigua en el centro de Shinjuku, dejando dos muertos y cuatro heridos. Ryōta miró afanoso todo el plano para divisar a Daiki, pero no lo encontraba por ningún sitio.

—Ahí está —Kuroko le dijo señalando la ambulancia que acababan de enfocar.

En la pantalla se veía a Kagami delante del moreno, quien estaba acostado en la ambulancia por haber sido aplastado por varios bloques de madera al rescatar a una niña. Daiki tenía el brazo ensangrentado, aunque parecía estar tranquilo, aunque no se apreciaba bien. Ryōta maldijo cuando la cámara cambió de ángulo. Tetsuya al menos agradeció de que su novio haya salido ileso de ese lugar.

—No se preocupe, Kise-kun, si le hubiese pasado algo grave a Aomine-kun, Kagami-kun me lo hubiese dicho sin rodeos —le avisó para calmarlo—. Estará bien, ¿quiere que vayamos para allá?

—N-no… yo tengo que dormir, mañana tengo vuelo a mediodía, pero sí te agradecería que fueras tú y me informaras, Kurokocchi, por favor, tenme informado —le pidió.

Tetsuya asintió y se despidió de su amigo. Le gustaría tener la serenidad de su amigo rubio, que razonó con la cabeza fría ante su breve explicación. Ahora entendía por qué Ryōta jamás le había mencionado fastidio alguno por tener un novio policía, expuesto al peligro. Seguía siendo bastante mental.


N/F: Esta es la edición de la historia original. He tratado de mantener la esencia y el hilo. Otra vez, esto se desenvuelve más en el contexto de los problemas de pareja ocasionados por el ámbito laboral. Segundo, les he formado una personalidad sólida a cada personaje —con obvio OC porque no son míos y lo máximo que se puede hacer en estos casos es una aproximación—, contando que no son críos de 16 sino de 27 años. Subí más la edad, porque no estaba muy lógico el desarrollo con respecto a carreras profesionales que son extensas. Tercero, en estas publicaciones, subiré la trama de la primera versión, más allá de algunos ajustes... acaba igual, PERO esta historia tendrá un final alternativo. Y en determinado capítulo se dividirá en dos, con obvias consecuencias en la historia de algunos personajes. Como dicen, un solo cambio genera múltiples realidades para los afectados. Sin más, gracias por leer~