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—Capítulo 2—
Las consecuencias del libre albedrío
1
El centro comercial de DIVERCITY plaza en la ciudad de Kōtō era el sitio ideal para perder el tiempo sin aburrirse. Atsushi conocía cada una de las tiendas. Había paseado infinidad de veces por allí, junto con Tatsuya y en otras ocasiones solo. Inclusive conocía la gente que concurría seguido como él.
Abrió su sétima bolsas de papitas fritas y miró entretenido el juego de su amigo. Tatsuya tenía destreza para el billar. Su amigo solía participar en grandes apuestas que le remuneraban dinero fácil; mientras él solo observaba y comía. Le gustaría aprender el arte del billar, pero la pereza lo noqueaba. Además, también era muy entretenido ver los lloriqueos de los perdedores o las peleas por las revanchas.
—Otra vez —insistió un tipo ya conocido. Tatsuya solo sonreía—, ¿tienes miedo?
—La última vez vino tu padre a abogar por el carro que se te retuvo, niño —le contestó calmado y dejó su taco sobre la mesa de juego—. Aprende la lección, no siempre voy a ser tan indulgente.
El sujeto intentó golpearlo, pero la seguridad del local lo sacó a la fuerza. Atsushi se rio. Tatsuya era su ídolo. No entendía cómo conseguía una reputación de cloaca con el rostro tan armonioso que tenía.
—¿Qué vas a hacer con ese dinero, Muro-chin~~~?
—Amortiguar la hipoteca de mi casa, me faltan solo tres meses —contestó contando los billetes. Había ganado alrededor de 250 mil yenes, casi un sueldo básico, pero en un solo día.
—¿Me invitas un helado~~~?
Tatsuya le guiñó y le entregó un billete para el capricho. El resto lo guardó en la billetera antes de salir de la casa de los vicios. Era una buena táctica económica aprovecharse de la ludopatía de la gente.
El billar quedaba para la puerta trasera del centro comercial. Atsushi se estiró perezoso. Eran las nueve de la noche y no había hecho nada por encontrar trabajo. Tatsuya le señaló la tienda de 24 horas antes de caminar de largo por la avenida principal. Atsushi intentó cruzar, pero una limusina se atención justo a sus pies que lo obligó a retroceder. Reconoció ese coche. Seijūrō salió de allí junto con el chofer.
—Hola, Akashi —Tatsuya lo saludó por cordialidad y se apartó unos pasos para no inmiscuirse. Atsushi no dijo nada, solo miró al chofer que bajaba tres maletas con ruedas de la maletera.
—¿Te vas de viaje, Aka-chin~~? —se animó a preguntarle con cierto temor.
—No —su novio le contestó cortante y lo observó de pies a cabeza—. ¿Conseguiste trabajo?
—Sí busqué~~~~, pero no encontré nada. Verás… se necesita experiencia~~ y yo no tengo.
—A dos calles he visto un cartel donde dice: se necesita joven para operador con o sin experiencia. —Lo acorraló y cruzó los brazos esperando una respuesta. Atsushi titubeó. Él le insistió.
—… no he buscado, Aka-chin.
—Ya veo.
Seijūrō con una seña le indicó al chofer el proceder. El empleado dejó el equipaje al costado de Atsushi y entró a la limusina. Él no amenazaba en vano y era momento de cumplir su palabra. Estaba harto de la actitud despreocupada de su novio. Esa relación no avanzaría a ningún lado hasta que Murasakibara se comportara como un adulto responsable. Le dolía, pero estaba convencido de que, con un empujón al abismo, su novio reaccionaría o al menos, entraría al fin a la población económicamente activa.
—-Es momento de que asumas la responsabilidad que conlleva incluso solo subsistir, Atsushi —le dijo sátiro y abrió la puerta de su limusina—. Un Akashi no se relaciona con un parásito social y te advierto ahora que no intentes acercarte a mi casa, porque los agentes de mi padre no serán tan diplomáticos.
No dudó y entró a la limusina sin esperar respuesta. Atsushi no reaccionaba.
Tatsuya se acercó sin saber qué decir y miró preocupado las maletas. Suspiró. No supo cómo comprar unas paletas heladas se convirtió en un desalojo a media calle. Además, desconocía los problemas que Atsushi acarreaba en su relación con Seijūrō. Todo había sucedido en literalmente un pestañeo.
—Nunca había visto a tu novio tan… molesto —dijo con tino para romper el silencio.
—Tengo… tengo que ir a buscarlo —Atsushi contestó de repente e intentó avanzar, pero él le estorbó el paso. Pensar con la cabeza caliente era una pésima idea—. Muévete, Aka-chin me perdonará si voy a buscarlo, siempre es así —le dijo, pero no le permitió irse y menos, abandonar las maletas a su suerte.
—Mejor espera a que se calme y de ahí conversan, además no puedes aparecerte sin un empleo.
—… hoy tenía que buscar uno y no fui por tu culpa ¡Es tu culpa, Muro-chin~~~!
—¿Disculpa? —preguntó incrédulo y rio por la inmadurez de su amigo—. Yo no tengo nada que ver en tu vida amorosa, Atsushi. Es más, quien suele llamarme eres tú y después te acoplas a mi rutina.
—Es fácil decirlo, como tú sí tienes un trabajo, qué te importaba hacer el vago conmigo. Eres un mal amigo, Muro-chin. Yo solo te pido ir a comprar dulces y tú me arrastras al billar —lo acusó—. Aka-chin me debe estar odiando~~~ —le dijo fastidiado y pateó las maletas tirándolas a la pista.
—Bien, puedo aceptar que tal vez no he sido el amigo más productivo para tu vida, pero tu pereza no es mi culpa, que eso quede claro —le avisó y recogió el equipaje antes de que un carro les pitara o en el peor de los casos, las chanque—. Ahora, la solución es simple, consigue un empleo y deja de quejarte como si fueses un niño. No estaría mal que maduraras un poco, Atsushi —le aconsejó.
—¿Y me lo dices cuando ya me botaron?
—Eres un caso… vamos a mi casa, te alojaré por estos días —le dijo—, pero mañana vamos a pasar el día buscándote un empleo. Tengo tiempo, es domingo y puede que en las tiendas tengan cupos.
Murasakibara aceptó y fueron rumbo a la casa de Tatsuya. Tendría que conseguir un trabajo sea como sea. No quería que Seijūrō se decepcionase más de él, o que decidiese viajar y olvidarlo para siempre.
2
Su noche de aniversario había sido una bomba laboral. Taiga se secó el sudor con el brazo. Era más de medianoche y recién acababa con el levante del derrumbe. Se amarró la chaqueta en la cadera y sopló el polvillo en sus brazos. Los días de adrenalina le gustaban en realidad. Se sentía útil.
Una enfermera le indicó dónde estaba su amigo. A Daiki le habían cocido un corte en el antebrazo, por una astilla incrustada. Pasó al cuarto después de tocar. Su novio se encontraba allí. Kuroko lo saludó y le avisó que Satsuki se quedaría con el moreno hasta que el médico le dé el alta de emergencias. Aún faltaban llegar las radiografías para descartar lesiones graves después de haber soportado una pared.
—¿Ya te sientes mejor? —le preguntó a su amigo socarrón y le golpeó en el brazo herido. Daiki siseó y lo empujó, aunque no estaba enojado—. Cómo te gusta hacerte el héroe, imbécil.
—Hablo el gato con completo de tigre~.
—Recuérdamelo la siguiente vez para dejarte ahí aplastado —se burló con ganas y le volvió a apretar la herida por fastidiar. Daiki dejó de reírse de diversión y comenzó con los quejidos de dolor. Kuroko le llamó la atención. La brusquedad no mejoraría el estado de su amigo—. Has tenido suerte que te viera. Aunque con tus gritos…hasta Dios hubiese hecho algo para callarte, negro escandaloso.
—Calla, imbécil —su amigo dijo entre risas.
Se despidió apenas llegó Satsuki, quien le agradeció por milésima vez haber salvado a su mejor amigo. No ahondó en eso, le gustaban los elogios, pero era su deber más allá del amor-odio entre ellos.
—Ah, y arregla tus dilemas existenciales con Kise —le advirtió. Kuroko ya le había contado lo sucedido en la tarde entre ellos y a él solo le gustaba el chocolate espeso, nada más. Además, cuando se trataba de Tetsuya, Aomine no era su amigo sino un buitre más—. Kuroko no tiene por qué frecuentarlos por sus idioteces, él también tiene una vida, ya bastante complicada por mi trabajo —añadió y se fue.
Su novio no apeló como otras veces, al parecer él también estaba cansado de ser el mediador. Salieron del hospital de la policía y tomaron un taxi. La casa no quedaba lejos, pero mataba por ducharse e irse a dormir para reponer fuerzas. Kuroko lo comprendió y no lo volvió a presionar con el aniversario.
3
Pestañeó varias antes de recobrar el conocimiento. Se frotó los párpados y bostezó. Se sentía cansado e incómodo con su respiración. Hubiese preferido no despertar. No sabía cuántas horas habían pasado, ni por qué estaba lleno de jeringas. Se levantó en ese instante como un rayo y un hincón le punzó justo en la ingle que lo obligó a echarse de nuevo, renegando del dolor. No recordaba cómo llegó está allí.
—¿Qué rayos me pasó? —murmuró adolorido e intentó hacer memoria.
Ese día participó desde muy temprano en la organización de un evento para familias monoparentales, de corte social, como parte indispensable para la validación de sus prácticas preprofesionales.
Estudiaba Bienestar Social en la universidad Metropolitana de Tokio, y estaba a un semestre de acabar su carrera y acreditarse al presentar su tesis. Si hubiese sabido que iba a enfermarse, se hubiese puesto las pilas desde la preparatoria. Perdió dos años en su indecisión, aunque los invirtió muy bien en la PEA. Trabajó todo ese tiempo en el McDonald's de Shinjuku donde ascendió tres veces. Ahorró cada salario hasta que en un voluntariado de verano para señores de la tercera edad le vino una epifanía.
Recordó a Himuro en ese instante. Él fue quien lo inscribió sin su autorización para no aburrirse solo al haberle prometido a Taiga que asistiría. El cuerpo de bomberos solía participar de los voluntariados de labor social y se encargaban de conseguir algunos voluntarios más. Chasqueó la lengua del disgusto al rememorar cosas que se relacionaban con Tatsuya, su ex mejor amigo. No le hablaba hace dos meses.
—Hasta en mis desgracias aparece ese idiota —murmuró y rio a carcajadas, entre quejas por el dolor en la pelvis—. Qué estúpido, cómo no va a aparecer si es un idiota, predilecto para las desgracias~.
De todas maneras, le agradecía el hecho de orientarlo para su carrera. Gracias a él dejó de vivir el día y se dedicó a estudiar seis meses en una academia para pasar el examen extraordinario de admisión.
Rio al recordar la gran celebración que armó su padre cuando ingresó a la universidad. Su papá pensó que sería un conformista en busca de un marido con dinero. Tuvo esa idea por su crush con Midorima, quien era de una familia de dinero y por su amistad con Tatsuya, quien aparentaba más de lo que tenía.
Esa vez le mandó un mensaje a Shintarō después de tres botellas de cerveza, con la osada borrachera. Su amigo era un tipo tan disciplinado que estaba seguro de que sí le contestaría y así sucedió. Después de cuatro horas de fiesta y rumba, chequeó su celular y se encontró con una contestación.
—Felicitaciones, Takao. Éxitos —leyó esa madrugada, con poca estabilidad física y emocional.
Fue tan simple, tan tímido, tan él, pero fue la felicitación más gratificante que tuvo.
Sonrió como un bobo. Era un bonito recuerdo que amenizaba su situación. Se frotó el rostro otra vez y suspiró largo. Aún no encontraba la razón para estar tendido en esa cama, aunque de la nada recordó el dolor de pecho y el baño del local donde se realizó el evento. Arrugó el ceño. Comenzaba a hilar.
—Tuve un infarto —dijo convencido y sorprendido—. ¡Dios! ¡Tuve un infarto!
Recordó claramente el apretón en el corazón y la dificultad para respirar después del evento. Se había ido a lavar las manos después de comerse una hamburguesa de doble carne, y a mojarse el rostro para disipar un poco su extraña agitación de un momento a otro. Eso había sucedido, por eso estaba allí.
No tenía antecedentes de problemas cardiovasculares, ni siquiera por su familia. Sonrió irónico. Ya se imaginaba la razón y rio con ganas. De nuevo se le cruzó el nombre de su mejor amigo en la mente.
—Un día vas a tener un infarto, Kazunari, mídete con la comida chatarra —dijo imitando la voz calmada de Tatsuya—. Si le pagaran por fastidiarme, ya se hubiese comprado la mansión más cara de Ginza.
Se quedó en silencio un buen rato. Le esperaba un sermón de parte de sus padres, quienes también le habían advertido de sus malos hábitos alimenticios. Estiró el brazo y apretó el timbre de comunicación con las enfermeras. El estómago le rugía y sea cual sea el menú del hospital, se lo comería sin protestar.
Escuchó la puerta y levantó la cabeza. Una enfermera lo saludó y se acercó amable.
—Buenas noches, Takao-san —lo saludó mientras revisaba los implementos y las agujas que tenía en los brazos—. ¿Cómo se siente? ¿Algún malestar? —le preguntó y le retiró los parches de los hombros.
—Sí, tengo un malestar en la tripa, pero creo que es hambre~. —Bromeó.
—Oh, no se preocupe, le traeré su cena enseguida —le dijo. Él le guiñó—. Le indicaré al doctor que ya se levantó, si todo está bien podremos pasarlo a cuarto para que sus familiares lo puedan visitar.
La señorita hizo una reverencia antes de retirarse.
Estiró el cuerpo para relajarse, aunque volvió a punzarle la pelvis. Se levantó la bata para ver qué tenía y recién se percató de los puntos. Ahora cobraba sentido el dolor cada que movía la pierna.
—Sabes que me enervas —escuchó y volteó rápido hacia la puerta. No era un sueño. Shintarō estaba allí—. Te advertí que tu dieta basada en carbohidratos y grasas saturadas serían tu tumba.
—¡Dios mío! ¡Qué veo! —dijo desencajado—. No, no, debo estar soñando~.
—Déjate de estupideces, Takao. ¿Sabes que pudiste haber muerto? Tienes las arterias una porquería.
Lo observó. Shintarō vestía una impecable bata blanca, con un estetoscopio negro descansando sobre sus hombros, y sujetaba una tablilla de informes. No había duda de que Midorima Shintarō había sido quien lo había operado o hasta donde tenía entendido, su crush se había especializado en cirugía.
—Qué coincidencia… No pensé volverte a ver en estas circunstancias, Shin-chan ¿Cómo has estado?
—Takao —Shintarō lo llamó más severidad.
—Qué genio… tímido —susurró entre risas—. No sé qué quieres oír, ya sé que me excedí con mi dieta nada vitamínica. No lo vuelvo a hacer —dijo de paporreta—, pero cuéntame algo, hace casi diez años que no nos vemos... ¡Diablos! ¡Una década! —se sorprendió el mismo—. Cuánto tiempo, eh~.
Shintarō no le contestó a sus preguntas, solo atinó a avisarle que su cardiólogo lo visitaría mañana en la primera ronda al igual que él. Fue lo único y luego se fue con la parquedad que lo caracterizaba.
No se preocupó por los detalles. Habría tiempo suficiente para conversar con su tímido favorito. Si no se equivocaba, su estadía en ese hospital no bajaría de una semana. Sonrió de oreja a oreja y se alegró más cuando la enfermera llegó con su bandeja de comida. Eso no era broma, tenía un hambre voraz.
4
Después de ser dado de alta en el hospital de la policía, le aceptó la invitación a Satsuki de reposar esa noche en su casa. Necesitaba descansar, y sin saber si Ryōta se había ido o no de su departamento, era mejor no llegar hasta mañana. El doctor le había dado un permiso médico por dos días precisamente para evitarse el estrés del trajín y de la vida cotidiana. Tal vez por vagar, pero acataría al pie de la letra.
Su mejor amiga vivía aún con sus padres. Entró sin hacer ruido para ahorrarse las explicaciones, aunque los señores Momoi lo viesen en sí como el hermano adoptado de su adorada hija. Se tumbó en el sillón del cuarto sin protestar por una cama y durmió de corrido, con una paz que su novio parecía odiar.
Ryōta le encantaba y sentía mucho por él. No entraría en negaciones absurdas, pero todo se tergiversó en algún punto de la convivencia. Cuando lo invitó a vivir juntos, se planteó formar una relación sólida después de tantas idas y venidas durante tres años de mucha informalidad. Su historia merecía acabar bien, pero quizás pecó de idealista cuando eran dos polos opuestos. Diferían. Ryōta aspiraba a más en su economía, él no. Aceptaba que se conformaba con poco y eso les provocaba peleas torrenciales.
No sabía qué hacer. Kise no renunciaría a ser piloto, como él tampoco a su empleo. Era un gran dilema. Se robó una manzana del frutero y se despidió de su amiga, que aún no salía de la cama. Era domingo, muchos estaban en su día de ocio. Su condominio quedaba a casi una hora caminando y si no tuviese la cabeza llena, hubiese tomado un bus, pero era necesario darle vueltas al asunto en frío.
Taiga tenía razón también. Kuroko solía ser el intermediario entre Kise y él. Merecía un descanso. Y no le animaba estar de bronca en bronca con un pseudo compañero de trabajo, además de único amigo en esos tiempos que, los recuerdos de preparatoria parecían muy lejanos. Cada uno tenía su vida.
Llegó con la mejor disposición, pero apenas abrió la puerta de su número, se quedó inmóvil en el marco al ver que todo estaba patas arriba. Reaccionó solo cuando vio sus zapatillas favoritas cortadas. Cerró la puerta y entró. Oyó ruidos en la habitación. Ahí estaba Ryōta y esa vez sí lo escucharía. Había violado su tolerancia. Aventó su maletín al sillón y no hubo necesidad de irrumpir en la pieza, Ryōta chocó con él cara a cara, llevaba consigo un maletín de viaje y no era por la mudanza sino por el trabajo.
—Daiki —dijo sorprendido y le miró el brazo—, estaba preocupado por ti. Supe por Kurokocchi sobre tu accidente. ¿Estás bien? —le preguntó sin caer en el detalle del desastre del departamento.
Le mostró el brazo con los puntos para resumir y le señaló hacia el salón para no divagar.
—¿Qué diablos has hecho, Ryō? Mira cómo has dejado mi casa —le recriminó.
—Ah, no me siento orgulloso de eso —dijo entre dientes y suspiró—. Tuve un ataque de ira y no pensé dos veces lo que hacía. Les pasa a muchos —se excusó, aunque no parecía dispuesto a disculparse.
—¡¿Y?! ¿Qué esperas para limpiar? ¿O estás esperando que yo lo haga?
Ryōta rio sin importarle y se hizo paso para ir al salón a buscar su billetera. Él lo siguió.
—Si quieres contratamos a una muchacha dos veces por semana y lo pagamos a medias —le propuso y se terminó el café que había dejado en la cocina—. Gano lo suficiente como para olvidarme de estas cosas, Daiki, y, además, no tengo tiempo y tampoco me nace hacer de criado —ironizó—. Nos vemos.
Ryōta guardó su billetera y fue hacia el recibidor, pero Daiki lo retuvo del brazo y plantó el pie delante de la maleta para impedirle avanzar. Él también estaba cansado de esa situación. Eran incompatibles.
—No voy a pagar una criada por tus ataques de ira. Aquí es simple. Tú lo desordenaste, tú lo ordenas. Además ¿Qué haces aquí? —le preguntó soltándolo—. Ya deberías haberte ido de MI CASA.
—Pagamos la hipoteca los DOS y yo soy quien más aporta —le recordó enojándose—. Sé que tenemos que hablar, pero ahora no tengo tiempo, Daiki, será cuando regrese de mi vuelo. Me voy a Hokkaido.
—¿A Hokkaido? Vaya, ¿y cuándo regresas? ¿En tres días?
—Dos y medio, pero sí, tres… creo que es tiempo suficiente para pensar.
—¿Pensar qué? —le preguntó fastidiado—. Que yo recuerde ya hemos terminado. Esto no funciona, Ryō, es un martirio. Tú vives en las nubes y yo no, y no pienso seguir así.
—Como quieras —le contestó por orgullo—. Lo tendré muy presente en este vuelo.
—Mejor, ¿no? Así animas a tus copilotos, como sirves más como vacilón que como pareja.
Ryōta lo miró altivo un lapso y no le contestó. Se fue dando un portazo que retumbó en el condominio si no exageraba. Sabía dónde herirle. Sabía qué le dolía escuchar a Kise, porque toda su historia había comenzado precisamente con revolcones informales sin luces de algún compromiso a futuro.
Sintió un nudo en la garganta y maldijo. Él sí tenía cargo de conciencia cada que no medía sus palabras.
5
La sana vanidad de su pareja era un punto a favor para la relación. Taiga se levantaba diario a las 6:00 para salir a correr una hora. Regresaba, se duchaba y preparaba el desayuno. Él lo admiraba. De verdad lo admiraba, porque él hace muchos años había desertado la rutina del deportista. Ahora apreciaba la suavidad de la cama y los cinco minutos más antes de levantarse, sino el cuerpo ya no le rendía igual.
Se estiró al escuchar el ruido de la licuadora. Su novio ya debía estar terminando. También amaba que Kagami supiese cocinar tan bien. Él no pasaba de cocer verduras y huevos. Si no fuese por su oficio de riesgo, le llamaría el novio perfecto. Salió de la cama, pensando cómo saludar. Ayer al llegar no habían cruzado muchas palabras por la discusión anterior, pero después de dormir el mundo se veía diferente, o al menos para él era así. No era su pasatiempo discutir, menos con su novio que se ofendía rápido.
Bajó y disimuló haberse olvidado del entredicho de ayer. Había aprendido el carácter de su pareja con la convivencia. Para solucionar un problema con Taiga había dos salidas: la amnesia o las disculpas.
—Buenos días, Kagami-kun —saludó y se sentó con él en el comedor. Su novio respondió con un gesto al estar ocupado comiendo. Después de correr, el tigre regresaba hambriento—. ¿Hoy vas a trabajar o tienes medio turno? —le preguntó para obligarlo a hablar y saber que todo estaba bien.
—Medio turno de mañana, vengo para el almuerzo —le contestó y le desordenó los cabellos con una mano antes de levantarse por más tortillas con leche. Suspiró. Todo estaba bien—. ¿Salimos a comer?
—Me gustaría, pero hoy es la reunión de padres de familia —dijo con la mirada hacia el calendario—. Regresaré a las seis si se alargara —balbuceó pensativo. Apoyó el codo en la mesa y reposó la cabeza sobre su mano. Era una mala racha, esas dos últimas semanas sus horarios no cuadraban—. Lo siento.
Taiga no le dio mucha importancia y le pidió que le avisará para recogerlo en la moto. El almuerzo podía ser una cena, no le molestaba en lo absoluto. También podían ir al cine antes o después.
Había sido injusto o se sentía así. No fingiría amnesia, pediría disculpas. En el fondo, estaba paranoico por estar tan cerca de Aomine y Kise. Tenía miedo de que su relación se resquebrajara por discusiones sin sentido. Taiga fue muy realista al preguntarle si soportaría tener un novio bombero antes de iniciar algo formal y él aceptó, después de una semana meditándolo. Debía sostener sus palabras.
—Discúlpame por enojarme —le dijo dejando el orgullo. Taiga le prestó atención—. Sé que te gusta lo que haces y es injusto de mi parte obligarte a renunciar —aceptó—. Tampoco tenía derecho a culparte por no estar juntos en nuestro aniversario cuando tú no tienes el control de tu horario, Kagami-kun.
—Ya me estoy acostumbrando a esas peleas —le contestó entre risas, pero luego apoyó ambos brazos en la mesa para inclinarse mejor hacia él—. No te preocupes, sé que mi trabajo fastidia y si las broncas no pasan a más, todo normal —dijo y se levantó para dejar sus trastos en el caño—. Ser policía es más fácil en este país, casi nunca pasa nada —se burló—. Tal vez por eso Kise no esté tan neurótico.
Taiga se colocó atrás de su silla y le dejó una pequeña caja con un listón blanco al lado de su café.
—Feliz aniversario —le dijo y le besó la mejilla antes de subirse, tenía prisa.
Destapó el presente y se quedó observando el anillo de plata. Estaba grabado por fuera. Tenías dos T, separadas por un corazón. Era sobrio, elegante y sencillo. Se lo colocó sin ajustar, era su número.
Su cultura era más reservada a diferencia del medio extranjerismo de su novio y un regalo fuera de las estaciones para estos, significaba retribuirlo por cariño y por compromiso. No le molestaba comprarle algo a Taiga, pero sí se le convertía en un mundo por el choque sociocultural de ambos.
En Japón era muy popular regalar fruta de lujo o comida, entonces en su cumpleaños, le obsequió un bonito melón de almizcle y Taiga lo aceptó con una clara expresión de decepción e hipocresía, que aún la recordaba. Se sentía en desventaja, porque los presentes de su novio siempre le robaban una sonrisa y él, hasta el momento, no conseguía lo mismo en esos dos años. Taiga era transparente con los gestos y no dudaba que intentase con fuerza no mostrar desilusión, pero resultaba terriblemente mal.
Se rendía con encontrar él mismo el regalo ideal. La próxima semana llamaría a Takao. El halcón era un experto en el tema de regalos para los cuasi occidentales. Tenía entendido que su amigo todos los años le obsequiaba cosas a su cuñado, que también se regía por costumbres occidentales. Hubiese querido ser más directo e ir de frente donde Himuro, pero a Taiga no le gustaría la idea. Más que novio celoso lo consideraba novio ególatra. Lo aprendió desde preparatoria. A Kagami Taiga no le gustaba que otro buitre lo acaparara o rondara. Como diría Midorima: digno Leo, le gusta ser el centro de atención.
Volteó apenas escuchó el ruido de la escalera. Su novio ya estaba listo. Se acercó y lo abrazó, recién se percataba que Taiga llevaba un anillo igual. Realmente le había fumigado las telarañas de la cabeza.
6
La casa de Himuro le gustaba más que la mansión Akashi. Su amigo no tenía los grifos bañados en oro, pero su decoración americana le llamaba la atención. Había muebles grandes, donde él cabía, y camas más cómodas que los futones. La recámara de visitas era su favorita. Las pocas veces que durmió por esos lares se laxó como un bebé en ese colchón ortopédico tamaño King. Se preguntaba cuánto habría gastado en amoblar su casa de esa manera. El estilo occidente era un poco caro e inusual en Japón.
El único problema era la comida. No mataba por desayunar con Himuro. Pasaba del pan tostado, de la famosa miel de maple, de los huevos fritos con tocino, de los panqueques y del café. Ahí sí extrañaba el bufé asiático de los Akashi o el simple desayuno tradicional de su mamá con una buena sopa miso.
—¿No tienes sopa, Muro-chin~~~~? —le preguntó asqueado de tan solo oler los panqueques.
—No… pero recuérdame comprar algunas cosas para ti —contestó pensativo—. No tengo nada como para tus gustos… ah, hay cereal de chocolate y leche —le dijo y abrió una alacena. Él negó. No comía cereal con leche sino con yogurt, pero en el desayuno no se le antojaba.
—¿Tortillas con leche?
—Solo huevo frito con orégano y salpimienta.
—¿Por qué comes cosas tan raras~~~~? Esto es Japón, Muro-chin~~~.
—Comemos galletas con sabor a pescado, Atsushi, los japoneses somos los raros —Tatsuya le explicó y rio. Se esperanzó con un pote de arroz graneado, pero su amigo no se lo recomendó. No desayunaría en esa casa—. Tenemos que hacerte un CV —le avisó y se paró a traer su ordenador. Era una Macbook.
—Muro-chin, ¿de qué trabajas~~~?
—Negocios varios. Préstamos, apuestas, servicios —le contestó—. ¿Por qué el interés…?
—Aka-chin siempre me decía que eras una mala junta~~~~ y pensé que era por vagar mucho contigo~~, pero viendo otra vez tu casa… Mmm~~~, no pareces una mala junta… y trabajas —agregó.
—He estudiado traducción en un instituto técnico —le comentó mientras miraba el ordenador—. Tal vez tu novio se refiera a mi falta de título universitario o de un trabajo formal en una empresa.
Tatsuya no entró en más detalles y le preguntó sobre su vida laboral en esos años. La respuesta fue un rotundo silencio. No había experiencia laboral, solo estudios inconclusos en un instituto de repostería. Detalló que lo obviase, porque no se acordaba de ninguna receta ni de cómo prender el horno.
—… eres un caso, Atsushi.
Su amigo le creó el currículum resaltando sus competencias personales e interpersonales, como saber trabajar en equipo, también la disciplina implícita por pertenecer a un club de básquet. Resaltó su buen rendimiento académico en Yōsen. Nadie le creía, pero se graduó siendo parte del tercio superior, con distinción en el curso de Física. Ni su propio compañero sabía cómo había obtenido tan buenas notas.
—¿Yo soy comprometido~~~~? —le preguntó al leer el boceto final.
—Tienes un noviazgo formal hace diez años, creo que eso se considera un espíritu de compromiso. No está relacionado al trabajo, pero es una competencia.
—¿Y empeñoso~~?
—Estás decidido a encontrar un trabajo para recuperar a Akashi, eso es empeño…
—Mmm~~~~, Muro-chin… eres un estafador~~~~.
Tatsuya soltó un par de risas y le restó importancia al insulto. Le recordó que para conseguir un empleo a los 28 años necesitaba endulzar la hoja de vida, de lo contrario, ningún empleador lo contrataría.
No creía necesario encontrar un trabajo. Akashi siempre lo perdonaba después de unos días, pero haría el intento solo para tener armas la próxima vez que viese a su aún novio, porque todavía lo consideraba así. Tatsuya mandó a imprimir la hoja y la colocó en un folder. Era momento de insertarse en la PEA.
N/F: Gracias por leer~
