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—Capítulo 3—
Érase unas relaciones en crisis
1
Donde sea que estuviese Kazunari, lo ahorcaría. No le contestaba las llamadas. Necesita conversar con alguien que le diese buenas ideas de venganza, o como el halcón solía decirles: inocentes revanchas.
Se despidió de sus compañeros pilotos y subió al taxi. Consideró en ese momento comprarse un carro, o sacar la licencia de conducir para alquiler de coches. Le aburría esperar por transporte, aunque tomar él el volante significaba dejar el celular o no estar al 100% en la conversación. Dudó y dejó el móvil. Era más conveniente tener un chofer, pero su sueldo no le alcanzaría para esos lujos. Siseó. Le urgía tener la experiencia suficiente para vuelos interoceánicos y mandar a rodar el no-dinero que le fastidiaba.
Insistió con el halcón, sin resultados positivos. Se preguntó dónde estaría y con quién para olvidar por completo el móvil. Pensó en Himuro. Kazunari solía ser la sombra de ese tipo, pero su amigo le prohibió entablar una amistad o cercanía con el cuasi hermano de Taiga, y tampoco quería resentir esa amistad por una tontería. Descartó la idea de investigar por ese lado. Algo tenía qué hacer para ubicar a Takao, porque desconocía dónde vivía desde que el tonto comenzó con la manía de mudarse cada fin de año.
Tampoco podía pedirle consejos venenosos a Kuroko, que era una especie de Pepe Grillo molesto que lo sermonearía hasta alterarlo. Kagami estaba en el mismo saco. Ese par era tal para cual en perdonar.
—Ni modo, al menos me servirán para pedir información —susurró pensativo.
Llegó al departamento y se detuvo cuando el portero se le acercó. Daiki lo estaba provocando. En esos tres días su posible exnovio no había reconsiderado sus palabras, ni su afán por botarlo. Allí estaba su maleta de 23 kilos con que llegó el día que pisó ese condominio. El empleado le informó que al figurar el nombre de Aomine como propietario, este estaba en el pleno derecho de restringirle la entrada.
—Esta me la pagas, esta me la pagas —repitió más rencoroso y cogió el equipaje sin hacer escándalos. Daiki herviría en cólera como él estaba en vergüenza de ser echado como un vil indeseado—. Juro que, si no apareces, Takaocchi, no vuelvo a respetar tus estúpidas prohibiciones y me levanto a tu consuelo favorito un día de estos, total, ahora sí estoy libre —refunfuñó mientras caminaba hacia la avenida.
Tokio lo recibía a patadas y se arrepentía de haber deseado regresar pronto. La próxima vez aceptaría el cambio con un compañero para quedarse un día más en cualquier otro lugar para salir de fiesta. Eran casi las 18:00 y él estaba varado. Aomine le había tocado el orgullo, eso se lo pagaría con creces.
2
Como conseguir una entrevista formal iba a tomar tiempo, Tatsuya guio a su amigo primero por la vía fácil: la semi informalidad. A los alrededores del centro comercial de Nakano Broadway siempre había letreros pegados que solicitaban personal, mayormente de meseros o volanteros por horas.
Tomaron la línea que los dejó exacto en la estación de la ciudad de Nakano y recorrieron por esos lares desde las 10:00 hasta casi las 19:00 el domingo sin conseguir nada. El lunes los recibió igual y el martes parecía querer finalizar con el mismo resultado desastroso. Una mala racha de tres días de rechazos.
Tatsuya miró su reloj para corroborar que, otra vez, el tiempo se les estaba acabando. Atsushi estaba en medio de una entrevista con el responsable de una juguería. El cartel requería un muchacho para el área de producción. Sería el colmo que Atsushi no supiese pelar y cortar fruta, aunque la esperanza en su amigo oscilaba mucho. Se sentó en la banca libre que había a unos pasos y esperó paciente. La calle le recordaba a Kazunari. Pensó que se lo encontraría, pero la mala suerte se expandía hasta en él.
Atsushi miró a través de la ventana. Su amigo estaba distraído en la nada. Algún día le agradecería ser tan considerado con él. Llevaba tres días en su casa y no le había hablado de pagarle por el alquiler de un cuarto. Suspiró agotado. No caminaba tanto desde hace años. Pasó a la cocina cuando el encargado le indicó y se sentó en la única banda disponible. Había tanta fruta que se le antojó un raspado de pera.
—Según dice en su CV, usted es un joven emprendedor —le dijo el señor después de unos minutos en silencio y lo observó jovial—. Eso es lo que busco por ahora, un joven con ganas de trabajar y aprender de este negocio. La disponibilidad sería de tiempo completo ¿Podría con usted? —le preguntó.
—Estoy aquí ¿No? —contestó hosco.
—Bien… entonces dígame ¿Estará disponible los fines de semana también?
—¿Ah~~~? ¿Fines de semana? —dijo con desgano—. ¿Encima que tengo que trabajar de lunes a viernes en este mugroso despacho también tengo que venir los fines de semana~~~~~?
Fue suficiente para ser rechazado con la frase: lo llamaremos.
Salió de la juguería con misma expresión de pereza y negó con la cabeza apenas Himuro se levantó. Le agradecía el esfuerzo a su amigo, pero él no quería un empleo. Solo armas para después. No le apetecía tener un jefe y seguir órdenes todo el tiempo. Prefería mil veces ser independiente como Tatsuya, que no le rendía cuentas a nadie. Lo conocía desde hace años y su estilo de vida le gustaba mucho.
Con esa sumó un total de 32 entrevistas y en ninguna lo aceptaron. Himuro no podía creer qué diantres sucedía allí adentro. Se cuestionó sobre qué contestaba su amigo para que nadie quisiese contratarlo.
—¿Cómo es posible que no hayas aplicado a ningún empleo? ¿Qué les dices? —le preguntó.
—¿Yo? Nada, Muro-chin~~~. No entiendo por qué a los entrevistadores no les agradé~~~.
—¿A todos? —reformuló incrédulo. Incluso por estadística era imposible ese resultado—. Algo debes estar haciendo mal, Atsushi… Hagamos una prueba, yo te pregunto y tú me respondes —le dijo.
Murasakibara se desparramó caprichoso en la banca que Tatsuya había estado sentado. Le punzaba la cabeza de haber contestado tantas preguntas, pero aceptó la idea simplemente para acabar con el día de búsqueda laboral de una buena vez. Himuro se sentó a su lado y comenzó por el protocolo básico. Al menos, mentir le salía bien o distorsionar un poco las cosas, aunque su amigo no era tan iluso.
—Muchas gracias, señor, soy Murasakibara Atsushi —dijo sin paporretear apenas Himuro le preguntó por su nombre—. Soy un joven competente con muchas ganas de trabajar en esta empresa. No tengo experiencia laboral, pero le aseguro que no se arrepentirá si me da una oportunidad~~. —Inventó.
Tatsuya lo observó sin mostrar ningún gesto en particular y luego suspiró.
—No entiendo por qué no te contratan…
—Te lo dije, Muro-chin. No sé por qué no consigo empleo.
Murasakibara alargaría el trabajar el tiempo necesario, al menos hasta encontrar algo que le llenase lo suficiente como para olvidarse de la comodidad del sofá. Aunque sí volvió a brotarle la idea de unírsele a Tatsuya en ese método de no-jefe. Era justo lo que necesitaba: solo ganar dinero y tener contento a Akashi. No había necesidad de estar bajo un contrato, solo llevarle un sueldo decente a fin de mes.
El billar no era una opción para un principiante como él. Se necesitaba tiempo para saber lucrar con las apuestas, de lo contrario, se endeudaría peor que los indeseables de la casa de ludópatas que conocía. Tatsuya también tenía una cuenta en Amazon. Invertía en importar y exportar productos, pero para él cooperar, primero necesitaba dinero para comprar mercadería. Esa tampoco era una buena opción. El último flotador era la música, porque sabía que el trabajo de traductor inglés-japonés era unipersonal.
—Muro-chin~~ —lo llamó. Tatsuya se detuvo y volteó hacia él. Nada perdía con proponérselo—, ¿y si trabajo contigo~~? Ganas bien y es un horario libre, pregúntale al cuervo ese si me puedo unir~~~.
—Falcon —dijo en inglés y suspiró—. Significa lo mismo que su apellido: halcón —lo corrigió, aunque sabía que Atsushi solo lo hacía por molestar a Kazunari—. Me gustaría hablar con él… pero hace unos meses que ya no trabajamos juntos —le comentó incómodo y retomó el paso. Atsushi lo siguió—. Eso lo cambié por eventos de música en un club elitista. Toco todos los viernes a las 22:00 —detalló.
—Mmm~~~, ¿y por qué ya no trabajas con el pajarraco~~~?
Tatsuya metió las manos a los bolsillos y volvió a suspirar. Era un tema delicado, que no deseaba tratar con nadie. No era algo personal contra Murasakibara. En líos ajenos, los terceros salían sobrando.
—No tiene caso decírtelo, simplemente nos separamos y cada uno se fue por su lado.
—Mmm~~~ ¿Terminaron? —preguntó solo por cargosear. Su amigo se detuvo y volteó extrañado.
—… no éramos novios, solo buenos amigos —le aclaró, y sonrió antes de reírse y continuar.
—Ah~~~~, pensé que ya te le habías declarado, Muro-chin~~~, me equivoqué —dijo inocente y le pidió acompañarlo donde Akashi para no ahondar en el tema. Tatsuya calló, lo había desencajado.
En realidad, sí le interesaba saber por qué tan de repente su amigo había dejado de perseguir a la fea- ave-con-pulgas, como le llamaba él, pero ya lo averiguaría por otras fuentes. Kise era una de ellas.
La mansión Akashi quedaba a una hora de allí. Debían apresurarse para no regresar en trenes fantasma como el lunes. Le daba miedo el túnel sin ninguna persona alrededor. Tatsuya aceptó ir con él, pero le avisó que al regreso se desviaría. Su amigo se reuniría con antiguos colegas del instituto técnico.
3
Martes a las 19:05 en la sala de la casa: recién se celebraba con amor, champán y buen sexo el segundo aniversario de la relación. Una celebración póstuma, pero valida por las ansias acumuladas.
La ropa cayó al suelo. El sofá era acolchado y la iluminación ideal para deleitarse en un previo. Taiga no se escondía en la intimidad, tampoco le gustaba lo soso. Era más animal, quizás tosco por tener fuego en vez de sangre. No tonteó. No romantizó lo plenamente carnal, para eso servía el champán, la charla entre risas y la entrada antes de devorar a su pareja. Lo dominó en el primer beso y se encimó. Cogió una de las blanquecinas piernas de su novio y la puso encima de su hombro para poder acomodarlo mejor entre él y las almohadas del sillón. Kuroko se movió y se inclinó un poco hacia delante y lo abrazó.
Sin esperar más, metió su miembro en el interior de su novio haciéndolo dar un grito ahogado que inundó la habitación. Por más que sus palabras dijeran que se detuviera, su cuerpo no reaccionaba igual, movía las caderas al ritmo de las fuertes embestidas que recibía, deseaba que eso nunca acabara. Su corazón latía rápido, estaba muy feliz no solo por el éxtasis, sino porque hace días pensaba que Kagami ya no lo miraba de manera sexual, pero en ese momento todas sus dudas se esfumaron por completo. Su rostro estaba sonrojado y con los ojos algo húmedos.
Tetsuya arañó la ancha espalda de Kagami y se aferró a él gimiendo cerca de su oreja, no lo aguantaría por mucho tiempo, se iba a correr. Ya había llegado al clímax, cada estocada le excitaba más que la anterior. Se vino manchando levemente el torso de su novio y gozó al sentir el semen de Taiga en su interior, los dos habían llegado, tenía un líquido cálido inundándolo por completo dentro él.
—F-feliz aniversario, Kagami-kun.
El timbre sonó de repente. Taiga alzó la mirada, extrañado. No esperaba visita de nadie y no creía que su hermano fuese tan inoportuno. Tatsuya le había conseguido el champán, estaba enterado del sexo en la sala incluso. El timbre volvió a sonar, esta vez intermitente. Taiga se acomodó en el sillón y buscó en el suelo su ropa, pero Kuroko le ganó al tener las prendas más cerca. Su pareja se vistió y fue a abrir.
—Esto es mala suerte —Kagami dijo resignado. Encontró su camiseta debajo del sillón, y la utilizó para limpiarse el sudor y los restos de semen. No era tan buena idea desbarajustar el recibidor.
Kuroko le avisó que su pantalón estaba detrás del sillón personal al pasar por allí y se dirigió a la puerta. Apostaba quién era. Solo Kise Ryōta se prendería del timbre de esa forma tan escandalosa. Abrió y se encontró al susodicho. Suspiró. La buena suerte se había olvidado de ellos o estaba de vacaciones.
Su rubio amigo sonrió inocente y lo saludó con su particular alegría. Suponía que Daiki había elegido la peor solución. Ninguno de los dos aprendía a enfrentar los problemas. Fingió la sonrisa, frustrado de compartir sus horas de calidad con su novio, y le preguntó por el motivo de la visita a su amigo.
—Problemas, pero… ¿Puedo pasar? —Ryōta le preguntó, aunque no esperó a su respuesta y se coló.
—E-e-espere, Kise-kun —le dijo e intentó bloquearlo en vano. Kise era escurridizo como el halcón, que felizmente ya no se aparecía por allí—. Kise-kun —lo llamó otra vez sin resultados.
Ryōta se había detenido en el umbral. Rio y se disculpó por la intempestiva visita antes de sentarse en el sillón unipersonal. Taiga estaba en bóxer, con un cojín sobre el regazo para conservar algo el pudor en medio de tan embarazosa situación. Kise no se cohibió y le sonrió animado. Era mejor mantener el humor si pretendía buscar alojamiento en esos aposentos. No quería desperdiciar dinero en un hotel.
Tetsuya cerró la puerta y se acercó. Era evidente que su amigo estaba decidido a quedarse y contarles todo lo ocurrido sin dejarlos continuar con la celebración de su aniversario.
—A los años, Kagamicchi —mintió. La semana pasada había coincido con el tigre. Taiga le respondió el saludo por amistad implícita. Ryōta le guiñó y se estiró para alcanzarle el pantalón—. Sé que en esta época hace mucho calor, pero ten más consideración con las visitas, no des espectáculos —se burló y le entregó los jeans. Kuroko se acomodó en el borde del sofá largo, al lado de su novio—. ¿Qué tal?
—Kise, no es por nada, pero no crees que-…
—Sí lo sé, Kagamicchi —lo interrumpió—. Es increíble que esté aquí en vez de estar con ese en nuestro departamento después de tres días de viaje, pero estamos atravesando una crisis y decidí darle tiempo para no precipitarnos —siguió mintiendo. Taiga no sabía la historia del desalojo, Kuroko sí—. En fin…
—… genial —Taiga dijo entre dientes y estiró su pantalón—. ¿Siguen con eso de pelear por el trabajo?
—Bueno fuera —masculló y volvió hacia él—. No, no fue por eso, se molestó y me lanzó técnicamente piedras al decirme que lo nuestro era solo por diversión —expresó irritado—. Es un estúpido y tal vez no debería darle tiempo, pero se lo daré… no sé, he estado con él cinco años tonteando, CINCO años.
Ryōta trataba de sonar lo más natural posible, pero el estrés y la cólera se traslucían en sus palabras.
El timbre volvió a interrumpirlos. Taiga se frotó el rostro y deseó que fuese su hermano, que fuese tan inoportuno y lo invitase de pronto a tomarse unas cervezas en el bar de la esquina. Prefería eso a estar en el papel de psicólogo de parejas. Ser Dr. Corazón le asentaba fatal y decía solo lo indispensable para no soltar alguna burrada que pusiese a Ryōta como un huracán. Se ofreció a abrir él y se mal colocó el pantalón mientras caminaba a la puerta. Atendió y se le escapó la risa de lo patética que era su suerte.
—Esto si lo cuento, no me lo creen —murmuró.
Ahí parado estaba Aomine con una pelota de básquet y ropa deportiva.
Ese par no respetaba su vida privada. Se acomodó los cabellos para atrás y volteó un momento hacia la sala. Kuroko parecía comprender la situación. Ryōta se asomó curioso para saber quién los visitaba ahora, pero era mejor mantener el anonimato. Taiga salió y juntó la puerta, cruzándose de brazos.
—Tienes que estar bromeando, Ahomine, son casi las nueve —le dijo con los dientes apretados. Daiki se rio—. No sé qué habrá pasado ahora entre ustedes, pero tu noviecito está aquí en mi casa con una maleta. Y ahora tú. La ONG Kagami se declara en suspensión de servicios —ironizó.
—¿Juegas o no? —le preguntó en tono burlón.
No tenía otra alternativa. Era mejor perderse un rato en un partido de básquet, que soportar el dilema amoroso de Kise. Lo consideraba su amigo, pero no le llamaba la atención involucrarse en lío ajeno. Le pidió a Aomine que se adelantara al parque, que en unos minutos lo alcanzaba. Daiki aceptó y se fue.
Taiga cerró la puerta y le pidió a Kuroko que lo acompañase un momento a la habitación.
—¿Quién era, Kagamicchi? —Ryōta le preguntó antes de que subiera las escaleras.
—El vecino y sus disculpas por el ruido de la tarde —mintió. Kuroko siguió a Kagami al segundo piso y cerró la puerta del cuarto.
—¿Era Aomine-kun? —preguntó.
—Sí, voy a jugar básquet unas horas —le avisó—. Ese imbécil seguro que también va a soltar su rollo. Trata de convencer a Kise de hablar con Aomine, sino los tendremos aquí una larga temporada.
—Saldremos de esta, Kagami-kun.
Eso esperaba por el bien de su vida sexual. Besó a Kuroko en la frente y salió despidiéndose de la grata visita. Era momento de sudar un poco más, a pesar de que por trabajo y sexo ya se sentía cansado.
4
Seijūrō no mintió acerca de los agentes de seguridad. Por más que Atsushi intentó, no logró pasar por encima de ellos y terminó sentado al borde de la vereda al igual que Tatsuya, quien se había mantenido al margen del ajetreo. Había sido una pérdida de tiempo viajar una hora en tren para no lograr nada.
Murasakibara cruzó los brazos y los apoyó en sus rodillas. Era frustrante haber asistido por tres días a aburridas entrevistas para al final no lograr ni siquiera conversar con su novio. Hizo un mohín.
—… creo que no iré a la reunión con mis amigos —Tatsuya le dijo para no estar en silencio, se le notaba aburrido—. Tu situación me deprime incluso a mí… hemos tirado a la basura tres días.
—Tú estás deprimido por tu fea ave sin plumas~~~, no por mí~~~~ —le dijo caprichoso, con una mueca. Tatsuya suspiró, había sido mala idea comentarle el tema de Kazunari—. Y encima me dejaste sin mi bufón favorito, era divertido verle la cara de idiota~~~ cada que lo regañabas —dijo riéndose de todas las veces que Takao terminó con un gestó de limón. Rio, pero volvió a la seriedad. Desparramó el rostro en sus brazos, agotado—. Ya deberías superar tu egoísmo, Muro-chin~~~~, madura~~~~.
—… no fue mi decisión —le contestó cortante.
—Si no te le declaras, obvio~~, se aburrió~~~ y se fue a ofrecérsele otra vez a Mido-chin seguro —soltó de nuevo y volvió a cerrar el tema tan rápido como lo abrió. Le preguntó cuánto tiempo más creía que necesitaría Akashi para perdonarlo. Tatsuya arrugó el ceño—. ¿Qué~~~~? Contéstame~~~~.
—No lo sé, Atsushi, tú debes conocer esa faceta de tu novio —Tatsuya le respondió incómodo.
Cómo le gustaba picarle en la llaga. Era mejor eso a entristecerse por estar lejos de Akashi tantos días. Su novio ni siquiera le contestaba las llamadas. Le había reventado el móvil y llenado el buzón de voz.
—Mmm~~~~, Aka-chin es muy estricto cuando me da una orden —dijo pensativo—. Además~~, ¿quién se toma tan en serio el trabajo cuando te pudres en dinero~~~?
—Quien se pudre en dinero es mi padre, no tú —escucharon y pegaron ambos un salto. Seijūrō estaba allí. Atsushi se paró de inmediato e intentó abrazar a su novio, pero él lo alejó con el brazo—. Supongo que ese es el aliciente bajo tu interés de convertirte en un auténtico parásito social, Atsushi.
—No, no quise decir eso, Aka-chin —se excusó inocente.
Era incómodo estar en medio de una discusión de enamorados. Tatsuya suspiró y volvió a acomodarse en la vereda dándole la espalda a la pareja. Esa era la razón para mantener su cabeza fría. Los noviazgos luego se convertían en una revisión de próstata. No tenía tiempo para ello. Estaba soltero desde hace diez años, desde que se mudó a Tokio para independizarse de su molesto padre y su ausente mamá.
Volteó un par de veces. Seijūrō era bastante preciso al expresarse. Se preguntaba cómo Atsushi habría conseguido conquistar a alguien tan fuera de su liga. Era un logro. Regresó la mirada aburrida a la pista y reconsideró la reunión del instituto. Podía zafarse con esa excusa, pero la idea se le perdió al recordar las palabras de Atsushi. Era verdad: estaba como una centrifugadora dándole vueltas al tema de Takao. Mayormente invitaba al halcón a cualquier festividad que se le cruzase. Le resultaba extraño salir solo. Y también era cierto que estaba entre molesto y triste por haber terminado su amistad con Kazunari.
—Te juro que sí he ido a buscar trabajo~~~~, Muro-chin es testigo~~ —escuchó. Asintió para mantener perfil bajo en esa discusión ajena—. ¿Ves~~~~? Sí te he hecho caso, he ido a 32 entrevistas~~~~.
—¿El contrato? —Seijūrō le preguntó incrédulo.
—No tengo~~~, no he conseguido ningún contrato todavía, pero voy a seguir intentando —Atsushi le insistió—. Perdóname, Aka-chin~~~. Seguiré buscando, te lo juro~~~, pero no sigas molesto conmigo.
Seijūrō no cedió. Su aún novio podía llorar sangre e igual no conseguiría nada de él hasta que estuviese integrado en la población económicamente activa. Su padre no le permitiría readmitir a Murasakibara en la mansión sin un sueldo fijo o una aportación insignificante a los gastos cotidianos. Y si desobedecía su condición, estaría arriesgándose a terminar él también en la calle. Su padre era un hombre rígido y mucho más determinante que él, y coincidía con Ryōta en ese dicho folklórico: de amor no se vive. No iba a experimentar el quedarse desheredado por la pereza de su novio. Atsushi cambiaba, o cambiaba.
—Desafías la Estadística, Atsushi, es… inefable que hayas fracasado en 32 entrevistas.
—Pero es cierto~~~, no sé, Aka-chin, tal vez me discriminaban por mi altura~~ —dijo y a su novio se le escapó la sonrisa. Murasakibara ciertamente divertía con sus comentarios ocurrentes—. De verdad~~, no sé por qué no he conseguido un contrato~~~. Tú sabes que aquí son muy prejuiciosos~~~.
Apostaba que Atsushi había fallado las entrevistas adrede. Era predecible y, por eso, él también había buscado un arma confiable. Buscó su billetera y le entregó la tarjeta de presentación de un compañero de preparatoria que se había especializado en terapias a jóvenes irresponsables como Atsushi.
—¿Qué es esto~~~~?
—Una solución a tu desconocimiento por la aptitud vocacional —le contestó y se despidió de Tatsuya antes de pasar a su mansión. Si recibía noticias satisfactorias de su amigo de Rakuzan, reconsideraría.
Himuro se levantó y actuó por su amigo. Llamó desde su celular para sacar una cita. Había decidido no ir a la reunión y eso le abría un espacio mañana a primera hora para acompañar a Atsushi a la terapia.
—¿Qué haces, Muro-chin~~~?
—Separaré una cita para los dos —le avisó y lo miró con pesadez—. Te tendré vigilado, porque entre más lo pienso, más incoherente me resulta tu respuesta del simulacro. Debes haber sido un apático.
Atsushi le sacó la lengua y pegó su oreja al celular para escuchar.
—¡Muy buenas noches, habla Hayama Kotarō, ¿con quién tengo el gusto?! —escucharon. Tatsuya alejó un poco el móvil. La voz era demasiado estruendosa.
—H-hola, buenas noches, soy Himuro Tatsuya —se presentó—. Verá, un amigo suyo nos recomendó sus servicios y quería pedir una cita para terapia vocacional. Sería para mí y para Murasakibara Atsushi.
—¡Ah, es de parte del novio de Akashi! ¡Sí, no hay problema!
Kotarō los agendó con prioridad y les avisó que mañana debían madrugar a su consultorio para poder ser atendidos. Himuro le agradeció las atenciones y colgó. La vagancia de Atsushi llegaba a su fin. Era cuestión de esperar, con suerte Kotarō convencería a Murasakibara de pegar el salto al mundo laboral.
5
Qué mal le asentaba a Daiki la ruptura. Taiga dejó de driblear y se paró frente a su amigo. El partido iba 108 a 23 a su favor. Era una vergüenza incluso para él. Había dejado el sexo a medias para jugar un soso uno-a-uno con alguien que tenía la mente en la Luna. Daiki debía sentirse muy culpable para bajar su rendimiento deportivo de esa manera. Se secó el sudor y plantó el balón en el suelo. Daiki siseó.
—No pienso seguir jugando así, das asco, imbécil —le dijo sin tacto.
—Cállate, idiota, solo estaba distraído —se excusó e intentó quitarle la pelota.
Taiga tiró el balón hacia el parque muy lejos de ellos, al demonio el básquet… por el momento. No era Cupido, pero sabía escuchar y al menos, Daiki no se resentiría por sus comentarios toscos.
—Vamos, dime qué pasó. Tal vez te pueda ayudar.
—El imbécil de Ryōta que cree que yo soy su sirviente —soltó sin más—. Destroza mi departamento, me rompe mis zapatillas ¡Hace todo un desorden y cree que yo voy a llegar a limpiarlo! —se encolerizó al recordarlo. Taiga guardó las manos en los bolsillos de la incomodidad para no molestarse por el tono tan agresivo de su amigo. Ahora apreciaba más el don de su novio al mantener la compostura—. Como justo tenía un viaje, aproveché y lo boté, le dejé su maleta en la portería y hace unas horas me enteré de que ya la había recogido. Me jode ese imbécil, pero me siento mal —dijo fastidiado, sin entenderse bien en sí—. Lo último que le dije fue muy hiriente y sé que nuestra relación es una mierda, que vamos de pelea en pelea, que damos asco como pareja, ¡pero me siento mal! —repitió enojado consigo mismo y las ganas de llorar lo abordaron—. N-no quiero terminar con él así… me debe estar odiando…
Taiga relajó el gesto al ver a Daiki tan vulnerable, en el fondo, era empático y le desesperaba no saber cómo lidiar con gente llorando. Tragó duro y abrazó a su amigo en un consuelo quizás muy occidental.
Daiki se limpió las lágrimas, más por mostrar lo último de su entereza. Admitía que él era más lloroncito que Ryōta, a quien su frivolidad le ayudaba para fingir frente a los demás. Él se mostraba más sincero. Se alejó de su amigo y le palmeó el brazo en agradecimiento. Era suficiente con escucharlo.
—Deberías hablar con él, quizás lleguen a un acuerdo —Kagami le aconsejó.
—Lo mismo me dijo, Satsuki, pero no es tan fácil —le dijo—. No sé cómo solucionar esto y si hablo con él… tal vez terminemos definitivamente y… no quiero —aceptó y se limpió el rostro con la manga del polo—. No sé qué hacer con Ryō, pero al menos me deja tranquilo que esté en tu casa y tampoco seré yo quien se disculpe si no viene él a disculparse primero. Es más fácil si él cede, olvidaríamos todo y-…
—¿Q-qué? —Taiga lo interrumpió desencajado y negó con ambas manos—. No me puedes hacer esto, idiota. Tu noviecito no va a salir de mi casa hasta que te amistes con él, yo también tengo necesidades.
—Entonces convéncelo de que se disculpe, créeme que así me sería más fácil arreglar las cosas.
—¿Kise pidiéndote perdón después de que lo botaste de tu casa? —preguntó riéndose de lo imposible que resultaba esa misión—. No sé tú, Ahomine, pero esa fue una acción suicida de tu parte.
—No lo pensé, me dio cólera que destrozara mi departamento.
—Tú sabes cómo es Kise cuando se enoja, le entra el síndrome Uchiha y va a buscar venganza —le dijo en recordatorio de la última vez que Ryōta se molestó—, y más si se junta con Takao, así que busca a ese saltimbanqui y ponlo de tu lado al menos —le avisó para prevenir. Daiki se quedó pensativo.
Era el mejor consejo si es que no conseguía ablandar a Ryōta. Se despidió y le recordó que su paciencia tenía un límite. Su casa no era ONG para parejas abandonadas. Se marchó corriendo. Eran casi las once de la noche y su novio debía estar esperándolo, tal vez preocupado por su demora. Un día de esos, le propondría a Kuroko cobrar por la amistad, porque con Kise y Aomine no salía a cuenta a la larga.
N/F: Gracias por leer~
