Naruto © Masashi Kisimoto.


El placer de lo cotidiano

El sentimiento de «estar en casa» no lo podía definir con palabras. No era como si su vocabulario fuera mediocre, sino que simplemente no hallaba las palabras para decirlas en voz alta, así que prefería transcribir sus sentimientos en acciones.

Así pues, aquel día, oportunamente, había despachado a Boruto temprano, de modo que tenía el día libre y Sakura tenía guardia de treinta y seis horas en el hospital.

Sarada se encontraba agotada y con algo de temperatura, por lo que que decidió llevarle comida a la cama y charlar con ella el tiempo que su hija estuviera dispuesta a escucharle. Cuando ella se quedó dormida, retomó los quehaceres de la casa. De pequeño, cuando sus padres aún vivían, solía ayudar a su madre en las labores domésticas. Mikoto decía que un hombre que no supiera las bases del hogar, difícilmente podía formar uno.

Pero eso había pasado hacía mucho tiempo y su mamá tenía razón, porque pronto se vio viviendo solo por muchos años.

Se encontraba revisando la heladera cuando escuchó el grito proveniente del cuarto de Sarada:

—¡No es cierto!

Sasuke se dirigió hasta el cuarto de su hija y tocó la puerta.

—¿Sucede algo, Sara-? —Pero no pudo continuar, porque la niña vociferó:

—¡No, papá! ¡Vete! ¡No es necesario que estés aquí!

Él, como todo padre, respetaba la intimidad y el espacio personal de su hija, pero al activar el sharingan y abrir la puerta para observar lo que ocurría, reafirmó su autoridad parental entrando de todos modos.

Los ojos de Sarada también se habían coloreado con el sharingan y lo miraban furiosos y llenos de lágrimas.

—¡Papá, te dije que no era necesario!

Sasuke observó la escena: su hija se encontraba con las mejillas arreboladas, cubierta de mantas hasta el pecho y en posición fetal. Desactivó el sharingan para que ella se tranquilizara, pero antes se dio cuenta de que estaba manchada de sangre.

—Hija, ¿te cortaste con un kunai? —preguntó, solo para estar seguro.

Ella negó vivamente con la cabeza y el sonrojo ya le llegaba a las orejas.

—¿Entonces es el periodo?

Sarada asintió.

Así que era eso. Sasuke había estado presente en la charla que le dio Sakura. Su esposa no era en absoluto reservada para ese tipo de temas. Le explicó a ambos —sí: a ambos— sobre el ciclo menstrual en las mujeres y que pronto Sarada debía estar lista. Habló de cambios de humor, cólicos y el engrosamiento del endometrio que, cada mes, expulsaría con un poco de sangre.

Sasuke lo sabía. Recordaba las toallas que guardaba su madre cuando era pequeño, pero la explicación le dio un poco de asco y, de todas formas, no creía necesaria tantas explicaciones porque Mikoto había tenido dos varones.

Cuán equivocado estaba.

Cuando hacía equipo con Sakura, no eran necesarias las explicaciones. Ella prefería callar, quizás porque Naruto era demasiado ruidoso y él demasiado callado, así que Kakashi era como su ángel guardián. Hasta hace no mucho tiempo entendió que la razón por la que su antiguo maestro tenía una mochila tan grande…

Hizo una comparación entre la Sakura de aquellos días y la Sakura de ahora. Sonrió.

—¡Papá! —lo llamó su hija, consternada—. ¿No te estarás riendo de mí, verdad?

—Ejem. No, Sarada. En absoluto —respondió—. ¿Tuviste dolor de vientre o algo estos días?

Sarada pensó por un rato antes de negar con la cabeza.

—Pero me duele mucho ahora. Y necesito una toalla.

Sasuke murmuró una especie de «mmn» y fue a buscar en un calmante en el botiquín de la casa. Revisó uno por uno los blísteres, hasta que encontró el que buscaba. Luego, se puso a buscar la caja de toallas, pero recordó que Sakura utilizaba tampones, y cuando se miró en el espejo vio que se había puesto verde con solo imaginar a su pequeña Cacahuate usando esos… palillos de algodón… en…

No, gracias.

Bajó a la cocina en busca de un vaso con agua y fue inmediatamente a ver a Sarada. Su hija estaba hecha un ovillo entre las mantas y cerraba los ojos con fuerza.

—Ten, hija. —Le puso en una mano una pastilla rosa y también le pasó el agua—. Tómatela, pone que alivia los síntomas del periodo.

Luego de tomar la pastilla, Sarada preguntó:

—¿Y la toalla?

—Tu madre no las ocupa. Iré a comprarlas a la tienda. Por favor, quédate en cama; te las traeré en un rato.


Vale, Konoha había cambiado bastante. Kakashi se había encargado de traer la modernización a la aldea y Naruto la potenció. Las tiendas de conveniencia como él las conocía seguían ahí, pero mucho más grandes. A la primera que fue, no encontró lo que necesitaba, y la segunda era una tienda grande, donde frente a él se elevaban dos grandes filas de artículos femeninos.

«¿Con alas? ¿Sin alas? ¡¿Micro?! ¡Diarias! ¿Nocturnas?»

¿Por qué tanta variedad?

Mientras cavilaba, un viejo recuerdo se asomó a su mente. Eran Suigetsu y Karin. Peleaban.

¡Te dije con alas, estúpido!

¿Es que quieres volar maldita zanahoria?

Idiota.

¿Ah, es que quieres que vaya por la vida buscando tus malditas toallas que vuelan? ¡No estamos para andar de aquí para allá!

¿Acaso tu cerebro de sushi no procesa una simple lista de compra?

¡Ya te dije que no había! ¡La próxima vez vas tú!

¡Pues mejor, así no traes más verduras podridas para la comida!

¡Tú…!

Cállense —intervino Sasuke—. Iré yo la semana que viene.

Sasuke, el adulto, sintió cómo el frío se le subía por la espina dorsal a recordar al Sasuke capullo que había sido. Le costaba mucho todavía procesar esa parte de su vida.

En fin, en aquellos tiempos hizo las compras varias veces, pero en ninguna le tocó comprar toallas para Karin. Ella, contrario a lo que podía parecer, era bastante tranquila durante su periodo, quizás un poco más hostil con Suigetsu, pero nada fuera de lo común.

O capaz era él quien no prestaba atención a nadie.

Basado en sus recuerdos, buscó entre las toallas con alas. Si Karin las usaba, debía funcionar. Encontró una para para primerizas, con una caja de color rosa y diseños de flores de cerezo, y cargó dos en su carrito. Luego se fijó en las nocturnas. Sakura les había dicho que el flujo de la primera vez tendía a ser abundante, así que, al fijarse en la caja, donde ponía «extra absorbente», decidió llevar un par esas también.

El dependiente sonrió con nerviosismo al ver el rostro esculpido en piedra de Sasuke y el contenido de su carrito.

—Que tenga un buen día, Uchiha-san —le dijo al despedirse.

—Gracias —contestó Sasuke.

En una tienda de té compró dangos para su hija y luego regresó a su casa, donde lo recibió el ruido de la máquina de lavar.

—¿Sarada? —llamó, pero no obtuvo respuesta. Subió hasta la habitación de la niña y tampoco la encontró ahí. No obstante, notó que la cama estaba hecha con todo cambiado.

—¡Papá, estoy en el baño! —oyó decir a Sarada y se dirigió hasta allí.

Su hija interceptó la bolsa que le había acercado Sasuke y volvió a encerrarse celosamente en el cuarto de baño.


Ninguno de los dos quiso llamar a Sakura. Sarada era demasiado centrada e independiente, y Sasuke pensaba que podía lidiar con ello sin interrumpir el trabajo de su esposa.

Su hija era fuerte y eso lo hacía sentir orgulloso. Empero los cólicos no la dejaban tranquila, así que prefirió mantenerla en cama y consentirla.

Ambos habían oído hablar de fiestas donde se celebraban la llegada del periodo como el inicio de ser una «señorita», pero los dos pusieron cara de asco solo con la idea, y Sarada incluso había dicho una palabra que él desconocía:

"Cringe".

Cuando Sakura regresó de su larga guardia en el hospital, ambos la esperaban con la cena lista. Sakura sonrió complacida y llena de ternura al ver cómo padre e hija se habían compenetrado tan bien.

—¿Cómo les fue? —preguntó.

—Brutal —respondieron Sarada y Sasuke al mismo tiempo. No era algo que hubieran ensayado previamente, sino que les salió del alma.

La cena transcurrió con calma. Sasuke serio, Sarada correcta y Sakura sonriente. El retrato perfecto de la cotidianeidad de la familia Uchiha. Hasta que Sarada lanzó la bomba:

—Mamá, tuve mi primera vez estos días.

Se oyó el sonido de un cubierto cayendo contra un plato. Ese fue Sasuke, quien se llevó la palma de la mano a la cara.

—Creciste mucho, hija —dijo Sakura, animosamente. Luego sus ojos se crisparon y dejó el vaso en la mesa abruptamente—. ¡¿Espera, qué?!

—Sí, mamá. Y duele como el demonio.


Notas: Ayayay.

El humor es subjetivo. Lo que a mí me da risa, a ustedes puede no darles ni un poquito. Y quizás el chiste más gastado del mundo sea el de las famosas toallas.

Suibian, esto salió de una tira de GIVEN, manga y animé que AMO CON TODO MI SER. En esta tira, Uenoyama va a comprarle toallas a su hermana a una tienda, y como no tiene idea de qué mierda es eso, termina pidiéndole ayuda al señor de la tienda. Y se lo cuenta todo dramático a su compañero de banda Haruki, quien también tiene una hermana mayor.

Eeen fin. Me encanta molestar a Sasuke, uno de mis personajes favoritos, y ya que la vida no nos salva de la muerte, que el humor nos salve de la vida.

¡Hasta la próxima!

11/05/20. Día sesenta y uno de cuarentena.