La fiesta terminó antes de las 2 de la mañana. Era jueves y debían trabajar, no pudieron prolongarla por más tiempo a pesar de que fuera el cumpleaños de Uravity. Como había anticipado, Jenna y su esposo fueron amables y la llevaron hasta la puerta del edificio de departamentos. Uraraka les agradeció y les dio las buenas noches con una sonrisa adormilada. Estaba tan frío como solo una madrugada de invierno podía estarlo, en el cielo no había una sola estrella y las calles se encontraban completamente desiertas, pero Uraraka pudo ver tenue luz artificial escapándose por el resquicio de las cortinas de su vecino en el piso de abajo.

Con dedos helados, buscó las llaves de su departamento en los bolsillos de su abrigo antes de llegar a la puerta del elevador. Las encontró frías, olvidadas junto al presagio de la galleta de la fortuna que había comprado cuando estuvo de visita con sus padres; jamás lo sacó del abrigo. Se dio la vuelta cuando el elevador ya había llegado y salió del edificio nuevamente para toparse con los primeros copos de nieve que formaban la primera nevada de la estación.

Una parte de ella, la que se encontraba completamente sobria y expuesta, le dijo que estaba cometiendo una estupidez. La otra, la dominante, no le hizo caso. Ochako anduvo todo el camino hasta el costado del edificio, donde se localizaba el estacionamiento y, ayudada por la luz de las farolas, buscó el Lexus negro de Bakugou con los ojos, andando entre los vehículos. No le encontró y le impresionó que su estómago se hundiera ante la información. Era algo que esperaba. Algo que sabía. Volvió a ingresar al edificio, esta vez subiendo por las escaleras, casi como si se autocastigara por ser tan ingenua.

Arrojó el abrigo en la entrada de la puerta, luego un zapato seguido de otro. Se sacudió con fuerza la nieve de su cabello y dejó sus llaves sobre el sillón. Se fue a dormir sin cambiarse, sintiéndose acongojada, pero no poniendo el dedo sobre el porqué.

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Era jueves, pero también su cumpleaños, por lo tanto ella no debía ir a trabajar. Podía pasarse todo el día en cama, recuperándose de su resaca. No había bebido demasiado como para sentirse miserable, pero sí lo suficiente para estar cansada y con el estómago indispuesto a algo diferente a agua.

Se sentó frente a la barra de la cocina con uno de los dos bancos que poseía y bebió dos vasos de agua como si fueran nada. Eran las nueve de la mañana, ni siquiera era tan tarde. Revisó sus chats llenos de felicitaciones, agradecida por todo el cariño que le daban. Conversó con sus padres por 10 minutos —ellos también estaban ocupados en el trabajo— antes de darse el valor y revisar Twitter. Seguía en los temas del momento, ahora en sexto lugar y las notificaciones las tenía a reventar. No quiso revisarlas, pero agradeció todos los saludos por su cumpleaños sin hacer alusión ni a los videos ni a los memes. Le pareció injusto, por otro lado, que en todos los años en los que Midoriya llevaba siendo una celebridad, jamás le hubieran sacado un video vergonzoso para hacerlo viral. Y ella tenía muchos de esos.

Con un café negro y desayunando arroz frito solo por desayunar y tener algo en el estómago, Uraraka se enfrentó a uno de los hechos que su mente estaba postergando: su quiebre la noche anterior. Recordaba todo lo que había sucedido y si bien había estado tomada hasta cierto punto, no lo suficiente para olvidar. Y ahora que lo recordaba, se sentía abochornada por su accionar. Nadie la había visto, pero le daba vergüenza haber estado tan desesperada como para ir a buscar el auto de Katsuki.

Había sentido angustia, decepción y abatimiento al saber que le había abandonado de la fiesta para irse a una gala a tomar fotos con Rie Harin. No era que ella no supiera que debía irse temprano. Él le había advertido días antes que sólo podría estar un rato. En realidad, se había desviado para estar con ella y no al revés. Y allí, cuando él se lo había explicado días antes, ella lo habían entendido, lo había aceptado y hasta le había ofrecido declinarle la invitación para no tener problemas con su agenda preestablecida. Incluso cuando se fue no había estado decepcionada. Fue tan solo cuando vio la foto…

En ese punto, reacia a buscar más opciones, Ochako trató de utilizar la lógica lo más que pudo sobre sus emociones de la noche anterior, el impulso de buscar el Lexus de Katsuki en el aparcamiento con anhelo palpitando en su pecho. Culpó, por supuesto, al alcohol. Era la opción más fácil, la más viable. Había bebido y sus sentimientos se habían amplificado con ello. Estuvo abatida, también, por haber perdido el concurso, por haber cantado y bailado tanto. Por haber estado despierta tan tarde. Achacó la traición y la decepción que sintió al pensar que su amistad con el rey de las explosiones parecía como un secreto. Él conocía su departamento, sus gustos musicales, a sus amigos y, ahora, a sus compañeros de trabajo. Lo había hecho formar parte de su vida y ella no era parte de la suya, excepto por esas tardes robadas donde comían juntos viendo alguna película tonta en su televisión.

La angustia fue más difícil de racionalizar, pero encontró excusas suficientes en el clima, en la soledad de su departamento y a la falta de mensajes, de tweets, de llamadas o de cualquier cosa que le indicara que Bakugou, una persona a la que se consideraba tan cercana como lo puede ser con un amigo, no le hubiera felicitado por ser su cumpleaños.

Con esa lista de excusas repitiéndose en su cabeza, Uraraka salió de casa para despejarse un rato.

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Llegó al centro comercial porque no quiso dar vueltas en el centro de la ciudad para buscar cosas qué hacer. Entró al cine para matar el rato y estuvo acompañada de otras 10 personas más para ver la función de El Regreso de Mary Poppins. Salió con el estómago hinchado por las palomitas de caramelo y el pensamiento de haber sido mala idea comprarlas en primer lugar. Dio vueltas por las tiendas, enamorándose al instante de una gabardina rosa. La pagó sin importarle el precio porque era su cumpleaños. Cualquier otro día le hubiera importado. Consiguió unos nuevos y bonitos botines rojos que probablemente no usaría más de tres veces, pero, de nuevo, era su cumpleaños, podía permitírselo y gastar dinero la estaba distrayendo de sus turbulentos pensamientos. Se midió un par de vestidos en otra tienda y unos pantalones. Salió sin comprar nada de allí, pero gastó unos cuantos yenes más en un rubor color cereza en otra parte.

Entró a una tienda de recuerdos y chucherías varias, apretando peluches y riéndose de los contenidos de las tarjetas de felicitación. Quiso comprar cosas que definitivamente no necesitaba, como un muérdago o botas de tela para colgar en la chimenea que no poseía, pero se contuvo. Vio entonces entre la sección de artículos navideños las bolas de nieve. Había grandes, pequeñas y medianas. Unas con el muñeco de nieve de la película de Frozen, otras con Santa Claus y unas completamente infantiles con unicornios. Ella eligió una mediana, con una casita de madera frente a un sauce llorón escarchado y una pareja con las manos tomadas en el porche. Uraraka la agitó y vio fascinada cómo la nieve caía sobre la casa y la pareja enamorada. En algunas culturas, estar con tu pareja durante la primera nevada del año era un presagio de una relación duradera. Trató de no amargarse con el recuerdo de su yo de anoche, buscando el auto de Katsuki en el aparcamiento cuando cayó la primera nevada de Tokio.

Pagó por su bola de nieve y se marchó.

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Su siguiente parada fue el área de comida. Sólo quería una malteada, pero dio vueltas por la sección por si algo más se le antojaba. Ahí fue cuando le recordaron que formaba parte de una carrilla nacional.

Unos adolescentes que ella presumía se debían haber escapado de clase soltaron un "te floto" cuando pasó a su lado. Eso pareció desatar una reacción en cadena porque en menos de diez minutos dio 4 autógrafos, estrechó 7 manos y recibió 9 felicitaciones de cumpleaños. Algunos hicieron alusión al video que Aoyama había colgado, otros tuvieron suficiente tacto para solo hablar de ella como una heroína, lo cual agradeció. Pero cuando un niño le pidió que por favor lo flotara decidió salir de allí para quizá no abandonar su departamento de nuevo en lo que restaba de semana.

Lástima para sus planes que mañana debía trabajar.

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Estaba consiguiendo un taxi cuando escuchó los gritos asustados de las personas antes de ver el camión de pasajeros aproximarse al abarrotado estacionamiento del centro comercial a toda velocidad. Alguien gritó que corrieran, alguien más señaló que no tenía frenos. Otra persona, una niña, lloró por ayuda. La histeria se percibía desde al menos dos o tres manzanas atrás. Le quedó claro que si hubiera un héroe que pudiera detener el inminente desastre en el área, ya lo habría hecho. Uraraka corrió a analizar la situación sin pensárselo dos veces, sus oídos llenos por los gritos de auxilio de las personas.

Cuando el vehículo estuvo a menos de 40 metros de distancia, lo vio chocar de costado contra los autos estacionados en la calle, pero los impactos no lograron que disminuyera su velocidad. Debía ir al menos a 55 km/h, quizá 60 km/h, y pesar 30 o más toneladas contando a los pasajeros y siendo un vehículo de tres ejes. Sin un quirk, no había manera de pararle sin provocar más daño a la propiedad pública y sin herir a las personas. Se necesitaba hacer algo ya. Uravity lanzó sus bolsas al suelo, escuchó la bola de nieve quebrarse contra el asfalto y corrió a toda velocidad sobre la acera, esquivando peatones, en dirección al autobús.

15 metros. 10 metros. 5 metros. 3 metros...

Sabía que por la velocidad del vehículo y la fuerza de atracción que ejercería sobre su masa, podría acabar arrojada de vuelta a la acera, inconsciente, en el mejor de los casos. En el peor… No se dio el tiempo de pensar en eso. Ella no podía detener el autobús sólo con su cuerpo como Midoriya o frenar su movimiento con un excepcional ataque físico a distancia como el de Todoroki; era una heroína de contacto, una rescatista en desastres, y debía hacer lo que mejor pudiera con lo que tenía.

2 metros. 1 metro... ¡Ahora!

Uraraka saltó hacia un costado impulsada con la fuerza de sus piernas y ayuda de su quirk, directo hacia el autobús con su mano derecha extendida tan hacia el frente como podía y se preparó para el impacto. No se decepcionó. Sintió más que escuchar sus dedos romperse, ahogando el dolor con la adrenalina. Su muñeca, y todo el brazo, ardieron por la fricción. Su cabeza también llegó a golpear, mareándola. Pero había alcanzado a tocar el autobús con sus almohadillas y lo sintió elevarse junto a ella, por la inercia avanzando hacia adelante unos cuantos metros más, antes de estabilizarlo todo a cinco metros sobre el suelo en medio de una quietud y silencio que duró una eternidad.

Entonces, estallaron los gritos de júbilo, de alivio, de miedo y de preocupación. Uraraka no se dejó distraer por ellos. Su trabajo todavía no terminaba; sabía que si devolvía el transporte al suelo volvería a avanzar. No habían resuelto el problema de los frenos. Uraraka se concentró y flotó el vehículo más bajo, más bajo, hasta medio metro sobre el asfalto. Pidió al conductor que abriera las puertas y uno a uno, con ayuda de las personas que se habían reunido alrededor, todos los pasajeros fueron bajando con seguridad.

Tardaron 2 minutos y 37 segundos. Ochako contó uno por uno los segundos en su mente viviéndolos como si fueran horas, con el dolor del brazo roto, el estómago apretado y la cabeza a punto de estallarle. Sentía como la energía se iba drenando de su cuerpo y, más que el nauseabundo sabor de la bilis reptándole por la garganta, creyó que todas las entrañas se le saldrían por la boca. Jamás había cargado tanto peso, menos durante un periodo prolongado de tiempo. En situaciones de riesgo y sin ninguna otra opción viable, su jefe se había asegurado que lo máximo que flotara fueran 20 toneladas y tan solo por unas decenas de segundos. Había pasado de las 3 toneladas con las que había iniciado la UA a 8 para la graduación y 20 tras arduos entrenamientos y experiencias de campo como profesional. Pero jamás nada como esto.

Cuando el conductor bajó de último, pidió que todos se alejaran de la zona y, con un toque de su mano buena, acostó el bus de manera horizontal antes de dejarlo caer con todo su peso al suelo. Nuevamente los gritos de victoria y agradecimientos atronaron en sus oídos, junto con unos "¿Estás bien?" que preguntaron muchas voces que ignoró. Y, en medio de un jadeo casi agonizante, preguntó si nadie había salido herido. Cuando confirmaron que todos estaban tan bien como se podría estar en una situación como esa, entonces y sólo entonces, se permitió doblarse sobre sí misma y vomitar todo el contenido de su estómago sobre el concreto. No pensó en lo mal que se veía vomitando después de un acto tan heroico en donde —por fin cayó en cuenta— pudo perder su vida, aunque notó de reojo que alguien estaba filmando con su celular. Si volvía a convertirse en un chiste, que así fuera. Esperaba que pudiera conservar su mano; no estaba segura de sentir sus dedos en medio de la intensa ola de dolor que la abrumaba. En su lugar aceptó agradecida la botella de agua que le ofrecieron y se enjuagó la boca tres veces para después dar dos pasos y desvanecerse. Si alguien la atrapó, no lo supo.

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Despertó de camino al hospital, en una ambulancia y con un paramédico tratando las heridas superficiales con su quirk sanatorio.

—Vas a estar bien —trató de confortarla.

—¿Tengo todos los dedos? —preguntó tontamente. Debían haberle administrado algún sedante porque ya se sentía mucho menor.

—Sí, todos. Pero deben tratártelos en el hospital.

—Mientras los tenga —volvió a dormir.

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Despertó más tarde sin saber cuánto tiempo había estado inconsciente, con una enfermera ajustando el goteo de la intravenosa. La situación le hizo sentir un deja vú, pero al menos no estaba hospitalizada en esta ocasión por envenenarse comiendo comida tailandesa.

—¿Qué hora es? —preguntó con voz débil y rasposa. Todavía se sentía adolorida, pero principalmente cansada, muy, muy cansada. Movió los dedos de sus manos y sintió un terrible alivio al ver que pudo sentirlos uno a uno, los 10. Habían hecho un buen trabajo.

—Son las 4:27 de la tarde.

Uraraka calculó que llevaba alrededor de tres horas en el hospital.

—¿Cómo te sientes?

—Muy cansada.

—Te presionaste demasiado utilizando tu quirk, el doctor dijo que deberías descansar idealmente tres días para volver a estar al cien por ciento.

—Me gusta cómo suena eso —acordó Uraraka. Esperó que en su trabajo le dieran permiso de faltar. Ahora que Tsuyu era la jefa por tiempo limitado, creyó que eso no sería una preocupación.

—Has estado recibiendo muchas llamadas. Hemos contestado las de tus padres para ponerles al tanto de tu situación y un par de amigos tuyos vinieron a ver cómo estabas en su hora del almuerzo, pero tuvieron qué marcharse. Llamamos a tu trabajo, pero están atendiendo una emergencia; dejamos el mensaje con la secretaria.

—Gracias —dijo Ochako, sintiendo sueño otra vez. De verdad estaba muy cansada.

—Allí —continuó la enfermera con voz dulce, señalando una mesa con flores y obsequios— están todos los regalos que te han enviado la gente que estaba en el lugar y también quienes vieron el video en televisión. Tienes muchos admiradores.

Ochako jadeó, imaginándose que ahora tenía un hashtag terrible otra vez, como #Vomiuravity o algo así. Decidió que lo mejor en esos casos era dormir. Con suerte todos se olvidarían para la mañana siguiente.

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Cuando volvió a despertar vio la nieve caer afuera de la ventana. Ya estaba oscuro y en la mesa había más flores y más regalos de los que había visto cuando se quedó dormida esa misma tarde. Encontró el reloj de pared marcando las 6:49 PM. Ni siquiera era tan tarde.

—Por fin estás despierta —esa fue una voz que no esperaba escuchar; no en ese momento y definitivamente no tan furibunda. Sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal y hasta que no estuvo segura de sí misma, no se atrevió a encarar a Katsuki.

Le pareció surreal verlo allí, sentado a su lado con su ropa de civil, con el ceño tan fruncido que podría ocasionarle arrugas permanentes en la frente en un segundo. Estaba enojado, muy, muy enojado. Con una molestia real y no el cotidiano hastío que sentía por ciertas cosas. No entendió por qué estaba allí, listo para regañar a una pobre muchacha convaleciente.

—Mmmm… —respondió, temiendo por la tensión que su vecino irradiaba. No quería alterarlo más, aunque no sabía por qué estaba molesto en primer lugar. Pero, de igual forma, Ground Zero explotó contra ella.

—¿Acaso eres estúpida? ¿Por qué demonios saltaste así contra el maldito autobús en movimiento? Pudo haberte arrancado el jodido brazo, maldita imbécil. ¿Y cómo demonios se te ocurre flotar un puto autobús de 27 mil kilogramos? Apenas y podías con el doble de tu peso ayer —a medida que pronunciaba cada palabra su tono de voz se elevaba más y más, tanto que una enfermera entró para pedirle que bajara la voz y no alterara a la paciente o lo sacarían de la habitación. Ochako tuvo qué asegurarle que no la estaba molestando antes de que se marchara con una mirada de advertencia a Katsuki.

—Ayer no podía con el doble de mi peso —rebatió como si nunca los hubieran interrumpido—. Incluso cuando peleamos ya podía con 3 toneladas.

—Eso no cambia nada. No debiste saltar así, fuiste una imbécil. Debiste buscar la forma de ponerle obstáculos, de frenar esa mierda, no de verte como una payasa suicida lanzándote hacia él.

—No tenía muchas opciones y todos hemos vivido cosas peligrosas siendo héroes. Esta fue una entre mil.

Ella había querido tranquilizarlo, pero Katsuki sólo se alteró más; sin embargo, se contuvo. Lo vio revolverse el cabello y dar vueltas por la habitación antes de regresar a la silla que había apostado a la derecha de su cama con un gruñido fiero. Ella quiso preguntarle por qué estaba allí, pero había perdido el momento y Katsuki seguía enojado. Así que optó, con su mano derecha —de la que se había preocupado haber perdido algún dedo—, buscar a tientas la de Katsuki para dibujar círculos tranquilizantes en el dorso de su mano. Él no dijo nada, no se molestó ni intentó romper el contacto, a lo que ella estuvo agradecida. Se sentía bien darse cuenta de que sus dedos todavía funcionaban con normalidad, saber que podían percibir cosas y no solo hacerlas; se sentía bien sentir el calor de su piel bajo ellos.

—Estoy bien, ¿lo ves? —dijo, su dedo índice escribiendo Katsuki sobre el dorso de su mano—. Todavía tengo todos mis dedos. Solo debo dormir tres días, como los osos, y estaré como nueva —rió quedito y detuvo el movimiento de su dedo, pero no movió ni un músculo más para quitarla.

Pero Katsuki sí lo hizo. Giró su muñeca y atrapó la pequeña de ella, envolviéndola con la suya y llevándolas sobre el colchón, para que no tuviera qué estirarse. No hicieron ni se dijeron nada por un largo instante; Bakugou ocupado mirando sus manos, ella mirándolo a él, bebiendo de sus rasgos, reconfortándose con su presencia.

Aceptó volver a resolver sus sentimientos de la noche anterior en la tranquilidad de su cuarto de hospital y con los copos de nieve derritiéndose contra el cristal de la ventana. Era el momento perfecto con él allí, provocando cosquillas en su estómago con una simple mirada y un frágil toque. Perdonó sus excusas de la mañana y se dio permiso de darse cuenta —de admitir— que estaba enamorada de Bakugou y que había estado celosa y dolida aquella madrugada porque la había dejado para encontrarse con otra mujer. Entendió que aún no tenía derecho para pedirle explicaciones, pero atesoró que estuviera allí, con ella, sosteniendo su mano, preocupado por su bienestar.

Se permitió, también, ser absurda e ilusa y pedirle tonterías a Katsuki sólo porque podía; porque, en su estado, no había mucho que él pudiera negarle—. ¿Puedes quedarte otro rato? ¿Aunque esté dormida? —le pidió en un murmullo adormilado, acurrucándose más hacia el lado derecho de la cama. Hacia donde estaba él.

Con su mano libre, Katsuki le revolvió suavemente los cabellos castaños y aceptó casi tan quedo, tan tranquilo como ella—: Lo que quieras, Cara de Ángel.

Ella suspiró y, antes de quedarse dormida, sintió sus dedos entrelazarse.

Okay, es medianoche, pongámosle gasolina a esto: originalmente Uraraka iba a estar en una stuación de rehenes que iba a resolver por su cuenta, lo tenía pensado desde hace MESES, pero al final acabé con esto, lo cual nos llevó a una ruta más soft, la cual francamente me gusta más. Es evidente, amikos, que estamos en la recta final. Me falta resolver unas cosas que ya se han mencionado, pero quizá en tres capítulos terminamos. Uno más, uno menos. El quirk de Uraraka no se si ya haya evolucionado en el manga y no recuerdo mucho en el anime, pero aquí aparte del evidente peso que ahora puede cargar, puede decidir a qué altura y qué cosas flotar cuando las toca, así como también cuánto peso quitarles. Esa escena me tardó muchísimas horas y es la mayor razón de la demora, me daba miedo que diera ASCO. MMmmmms, igual si da asco tengan compasión de mí.

No me da el tiempo para responder comentarios, pero quiero agradecer mucho a quienes dejaron uno en el capi anterior: Milii-chan, Mich Rangel (x2), abysschankuchiki, Kats-th31, Owonderr, MajoPatashify, TrashKing65 y MiriAkt.

Gracias por leer UwU