Capítulo 1

"Besties"

Club Penguin. La ciudad perfecta para aquellos que quisieran tener una vida tranquila y armoniosa. Una isla en donde la nieve cubría el suelo los doce meses del año y cuyos únicos habitantes eran los pingüinos y sus mascotas, unas criaturas pequeñas y peludas a las que llamaban puffles. Era una ciudad bastante rudimentaria, pero con sus plazas y edificios dignos de una población periurbana en crecimiento. Se respiraba un aire tan puro y apaciguador que "podía curar todo tipo de males," según los habitantes. Las viviendas, acomodadas ordenadamente en el litoral de la ciudad, eran en realidad pequeños iglús constituidos principalmente de bloques de hielo; era en el centro donde se localizaba toda la actividad comercial: hacían y vendían los mejores atuendos y accesorios, los mejores cafés, las mejores pizzas, los mejores juegos, organizaban las mejores fiestas locales… En pocas palabras, era una utopía donde todos convivían en paz.

Amarillín Nl era un pingüino que vivía aquí. Era un pingüino normal en la mayoría de los aspectos: clase media, sin gustos inusuales (a no ser por su extrema adoración a los puffles) y sin nada en su apariencia que resaltara… vaya, incluso tenía una altura promedio para su edad, de unos ciento diez centímetros. De hecho, su apellido era la abreviación de "Normal."

Su plumaje era de un amarillo intenso, pero no del que lástima la vista, sino del cálido y luminoso que transmite energía, optimismo y alegría. Eran justo estas tres cualidades las que más apreciaba Amarillín en su persona. Sus ojos eran de un celeste muy resplandeciente, que contrastaba muy bien que su cuerpo. No llevaba ningún tipo de prenda, aunque esto no era mal visto en Club Penguin: todos eran libres de decidir qué usar.

Las fiestas del pueblo eran asombrosas y nadie se salvaba de esa emoción compartida, aunque no duraban tanto como uno querría y había un gran lapso entre cada una de ellas. En estos espacios de tiempo, los pingüinos, acostumbrados a la actividad, se aburrían mucho; Amarillín no era la excepción. Era muy amistoso, así que le gustaba pasar el tiempo saliendo a charlar con sus amigos…o con cualquiera que se le pusiera enfrente. Pero en estos días nadie tenía nada que hacer fuera de su iglú, así que las calles permanecían desiertas y silenciosas, interrumpidas solamente por el murmullo lejano de algún televisor o el llanto de un niño.

-Qué aburrido estoy –se decía Amarillín, mientras vagaba por las calles solitarias, buscando alguien con quien hablar. Iba algo distraído; tanto que no se dio cuenta que estaba a punto de chocar con un pingüino…

¡CRASH!

-Disculpe, señor…n-no me fijé –se disculpó el pingüino con quien había chocado, ayudándolo a levantarse.

La verdad, a Amarillín no le importaba eso; lo único que pensaba es que esa era una buena oportunidad para entablar una conversación con alguien. Pero, al voltear a verlo, quedó perplejo por la extraña familiaridez que resultaba de su rostro, y soltó:

-Rojín…¿eres tú? –Rojín era su viejo mejor amigo, con quien había perdido contacto hace ya mucho tiempo. No se percató que sería muy vergonzoso haber confundido a aquél pingüino hasta que había pronunciado sus palabras; pero no podía equivocarse. No conocía a ninguna otra persona a la que le faltara tanto sentido de la moda: la única prenda de ropa que llevaba era un sombrero vaquero café, sucio y viejo, con un listón amarillo, justo igual que su conocido.

Se veía joven, de la misma edad que Amarillín (y de la misma estatura, también). Este pingüino era de un rojo ligeramente oscuro, del color de la sangre y, por tanto, de la valentía y el corazón. Si bien la primera cualidad no se le podría aplicar del todo (si es que en verdad fuera Rojín, claro), la segunda lo describía por completo: era muy emotivo y muy carismático, aunque muy despreocupado. Sus ojos eran de un verde pasto, contrastante con su plumaje. Además, tenía sobre él una mirada que parecía sacada de una caricatura, de esas que no puedes olvidar aunque las veas una vez en tu vida.

-…Amarillín, ¿eres tú? –preguntó el pingüino, después de un momento, quien también reconoció a su viejo amigo.

-¡Rojín Roger! –Amarillín gritó de felicidad. No sólo había encontrado alguien para platicar, sino también a su mejor amigo –¡Qué alegría me da verte!

-¿Hace cuánto no nos veíamos? –le preguntó Rojín.

-Si no me equivoco… desde la graduación de tu puffle de la escuela, hace casi dos años –contestó Amarillín, recordando. Tenían muchas cosas en común, y una de ellas era que ambos amaban a los puffles. Los trataban como si fueran niños; incluso los llevaban a la escuela, al teatro, a la estética, etc… En serio parecían sus hijos.

Amarillín y Rojín siguieron platicando ahí mismo, recuperando el tiempo perdido. Un rato después, se dirigieron al Centro a comprar el periódico. Lo único por lo que leían el periódico era para ver los estrenos en el teatro, descuentos en las tiendas (aunque nunca compraran nada), concursos de modelaje o de iglús y, sobre todo, la sección Tips para tus amigos peludos?.

-Bla, bla, bla –leyeron los dos, dando vueltas al periódico –, ¿dónde están las secciones de iglús y de puffles?

-Aquí está –dijo Rojín, localizando la sección de iglús –. ¡…Oh, mira! Prepararon otro Concurso de Iglús –además de las fiestas, también se organizaban Concursos de Iglús y otros eventos en Club Penguin, y a ambos les encantaba participar. Cabe mencionar que nunca habían ganado (y posiblemente nunca lo harían), pero seguían con esa vana esperanza.

-¡Hay que inscribirnos! Aunque, bueno, está claro quién va a ser el ganador, ¿no? –dijo Amarillín, dándose aires, pensando en vano que era su turno de brillar.

-¡Claro! –exclamó Rojín, sin morder el anzuelo –… ¿…Hablas de la tipa de la revista Cómo decorar tu iglú? Ella lleva ganando como…

-¡Hablo de mí! –lo interrumpió, señalándose con sus aletas

-¿? Jajajaja –Rojín se partió de risa –. ¡Amarillín, me vas a matar de la risa! Sabes muy bien que hasta yo te ganaría arreglando mi iglú… ¡Y no tengo nada de sentido de la moda! -señaló su sombrero viejo. Al parecer, estaba consciente de eso.

-¿Eso crees? –se burló Amarillín –Pues sólo hay una forma de resolver esto, ¿no? –y ambos corrieron inmediatamente a sus iglús para remodelarlos.

El iglú de Amarillín estaba justo en la costa, y por fuera parecía una casa vieja, degradada por el viento y el oleaje; pero por dentro era un completo paraíso para puffles. Tenía comederos, bebederos, casitas y todo lo que un puffle pudiera desear, a pesar de que sólo tenía dos. Había comprado toda la colección edición limitada de muebles para puffles, la cual consistía de muebles afelpados y con siluetas y caras de puffles en ellos: sofás, libreros, alfombras y mucho más. De hecho, empezaba a preguntarse para qué quería redecorar su iglú, si todo estaba perfectamente como a él le gustaba. …El problema era que, en su caso, tener muchas cosas no significaba "perfección;" significaba que todo estaba amontonado y faltaba orden. Lo peor es que Amarillín creyó que sería conveniente comprar más muebles y, dada su situación actual, eso sólo entorpecería sus pocas probabilidades de ganar.

Rojín, por otro lado, no mentía cuando decía que su iglú era mejor. A pesar de que el suyo era más pequeño y no tenía tantos muebles, estaba mejor acomodado que el de Amarillín. Aparte del comedor y la cocina, sólo tenía un sofá, un escritorio, un librero y unos cuantos muebles para su puffle. Al igual que su amigo, creyó pertinente comprar más muebles, que, en su caso, sí le vendrían bien. Ambos pingüinos se dirigieron a la mueblería en el Centro.

Llegaron pronto a la tienda, tomando en cuenta que siempre se abarrotaba durante los Concursos de Iglús y ahora estaba prácticamente vacía; al parecer, aún no se había extendido la noticia. Amarillín se fue directo a la sección de puffles y estuvo mucho rato vagando por ahí, hasta que vio un castillo miniatura que simplemente le encantó. Por su parte, Rojín estuvo paseando por toda la mueblería, aunque eventualmente se dirigió a la parte de puffles y se maravilló con el mismo castillo que Amarillín.

-Quiero el castillo –le dijeron ambos al gerente, simultáneamente.

-¿Qué haces aquí? –le reprochó Amarillín a su amigo.

-Vine a comprar este castillo para mi puffle, ¿y tú?

-¡Pero yo lo vi primero! ¡Yo me lo voy a llevar! –se pusieron a discutir en el medio de la tienda, y estaban tan inmersos que ni siquiera se dieron cuenta de que una pingüina ya se lo estaba llevando.

-¿Qué haces con mi castillo? –le espetó Rojín al ver lo que hacía.

-¿Tu castillo? Pero no tiene tu nombre… –contestó ella por lo bajo.

-Claro que no, porque no es tuyo –le replicó Amarillín a Rojín.

-En ese caso… Con su permiso, pero voy a comprarlo –dijo la pingüina, dándose media vuelta.

-¿Qué? ¡No, no, no! No es suyo, pero mío sí –replicó Amarillín.

-Espera –Rojín detuvo a la pingüina, rescatando cierta chispa de familiaridad con su rostro –… Yo te conozco… Eres… ¡…Eres la dueña de ese puffle que siempre hacía experimentos en la escuela! Este… ¡Patito Panda! –Amarillín, quien no la reconocía por su cara, la reconoció por el nombre debido al impacto que había tenido en la escuela de puffles.

-¡Perdónalo, ¿sí?! –respondió Patito, saliendo en defensa de su puffle –¡Es un puffle café, está en su naturaleza!

Ella era una pingüina de color rosado suave, un tono muy tranquilizante que, siendo combinación del blanco y el rojo, sacaba cualidades de ambos: la pureza e inocencia en su persona y el ardiente sentimiento de valor que salía a relucir en las situaciones más convenientes. Medía casi lo mismo que los otros dos y tenía su misma edad; además, al igual que ellos, ella adoraba los puffles, aunque sólo a los cafés. Su única prenda de ropa eran unos anteojos cafés que aumentaban el tamaño de sus ojos varias veces, muy parecidos a los que usaban estos puffles. No se podía determinar el color de sus ojos fácilmente, ya que sus lentes lo distorsionaban un poco, pero a simple vista se veían blancos.

Los tres pingüinos echaron a suerte cuál de los tres se llevaría el castillo para poner fin a su discusión. Ganó Patito. Sin decir una palabra más, se fue corriendo a su iglú para dejarlo. Su iglú era una mezcla de los de Amarillín y Rojín: muchos muebles, como el primero, pero ordenados, como el segundo. Tenía los mismos artículos de edición limitada que Amarillín, pero en café; era algo perturbador voltear a cualquier pared y ver un puffle café observándote.

Amarillín y Rojín, como ya no tenían nada que hacer ni en sus iglús ni en ningún lado, continuaron con su interrumpida discusión en el Centro.

-¡Yo ganaré! –decía el primero.

-¡No, yo ganaré! –le espetaba el segundo.

-¡No, yo! –entonces Patito volvió y también se les unió en su discusión.

-¡Hey! ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a espiar al enemigo? –le dijo Amarillín en cuanto la vio acercarse.

-No, tiene que estar aquí porque está destinada a ser una protagonista de la historia junto con nosotros dos –dijo Rojín. Los otros dos se le quedaron viendo fijamente, determinando si bromeaba o no. Era una frase que sólo escucharían en la televisión o algún otro medio ficticio.

-Ajá –dijo Patito, decidiendo ignorarlo –… No, en realidad vine para registrarme en el Concurso. ¿Ustedes ya se inscribieron?

Un nuevo mundo lleno de posibilidades se les abrió a los dos pingüinos al darse cuenta de lo que tenían que hacer en primer lugar. Los tres se dirigieron al edificio encargado de la publicidad (uno grande y con paredes de cristal, demasiado llamativo, aludiendo sin duda a su nombre) y registraron su nombre y su domicilio. Los jueces no comenzarían a ir a los iglús hasta el día siguiente, y el ganador se anunciaría dentro de una semana, así que por el momento nuestros pingüinos no tenían nada que hacer.

-Y…¿ahora qué? –preguntó Patito en cuanto los tres habían salido.

-Pues esperar a que tengan a los ganadores –dijo Amarillín, pegando su cara al cristal frío de las paredes. La pingüina se le unió unos segundos después.

-¿En serio vamos a quedarnos esperando una semana aquí? –preguntó Rojín, irónico.

-¿Tienes una mejor idea? –le respondió Amarillín.

-Bueno, err… no. Es sólo que esto no es como mi taza de té; pero conozco algo que es como mi taza de té.

-¡Una taza de té! –exclamó Rojín, un rato después. Tras tener la pasada conversación, Rojín invitó a sus dos amigos a su iglú a tomar un té y pasar el rato, y no fue hasta que estaban todos sentados en la sala que se le ocurrió gritar eso.

-¿Por qué dices eso tan repentinamente? –lo interrogó Patito, confundida por su súbita intervención.

-¿Recuerdan hace rato que estaba diciendo que conocía algo que era como mi taza de té? Sólo estaba terminando la oración.

-Pero, Rojín, eso fue como hace dos horas –replicó Amarillín, irónico.

-Pero imaginen que son un espectador externo que sólo ve pedazos de nuestras vidas diarias –contestó él, como si fuera lo más obvio del mundo.

-¡Oh, claro! –respondió Patito, tratando de hacerse la lista –Sí, tiene mucho sentido-No, la verdad no entiendo nada.

-Como sea. ¿Dónde está tu puffle? ¿…Rojito, si mal no recuerdo? –le preguntó Amarillín, volteando a todos lados en el iglú.

-Debe de estar en el Hotel para Puffles –respondió Rojín –. Siempre se va sin avisar.

-Yo recuerdo a Rojito –dijo Patito, rememorando –… Davín me contaba sobre él. ¿Sigue siendo igual de…tú sabes…enojón?

-Sí, igual que siempre… A veces me da miedo. Siento que es un puffle negro atrapado en el cuerpo de uno rojo –y así es como la conversación se desvió a los puffles.

Después de un rato más de platicar, se despidieron y se fueron a sus respectivos iglús. Al día siguiente, como habían prometido, los jueces pasaron a cada uno de los iglús para calificarlos. No hubo otros incidentes mayores dignos de mención ese día (aunque cabe mencionar que ninguno de sus iglús impresionó a los jueces.

Casi una semana después, el día en que anunciarían al ganador del Concurso, Amarillín, Rojín y Patito se juntaron fuera del edificio de publicidad, esperando ser los primeros en enterarse. Los tres estaban pegados al cristal, reaccionando a cualquier señal de movimiento. Su silencioso suspensivo sólo se veía interrumpido por algún comentario de "¿Quién ganará?" o "¡Ya falta poco!"

En eso se encontraban cuando vieron salir a una pingüina. Ella, sorprendida por la presencia de esos tres pingüinos a las afueras del edificio, se les acercó un poco.

-Hola… Err… Si me permiten preguntar, ¿qué están haciendo aquí? –no se podría decir si detrás de ese tono cordial se escondía una actitud grotesca.

Los tres voltearon a verla. Era la pingüina más hermosa que habían visto en su vida: su plumaje color morado tan intenso y tan abrazador que parecía artificial y, sin embargo, era un color natural; sus ojos de un rosa dulce y suave; su falta de maquillaje y, aun así, sus pestañas largas… Su fisionomía perfecta era simplemente hermosa. Inclusive, irradiaba una luz amarilla cegadora que, aunque quemara, no podían apartar la vista. …Claro, el efecto sólo funcionaba para Amarillín y Rojín, ya que para las pingüinas, niños y puffles sólo era una pingüina cualquiera; lo único rescatable que veía Patito era que tenía que ser de su edad y, por lo tanto, tenía su misma estatura (no era de sorprenderse, la mayoría de los pingüinos jóvenes medían lo mismo).

Evidentemente tenía mucho más sentido de la moda que los tres pingüinos juntos: llevaba un chaleco azul rey con encajes en amarillo y celeste, el mismo que anunciaba la tienda de ropa en cada ocasión (y que, por supuesto, era carísimo). Si no estuvieran tan embobados contemplando su belleza sobrenatural, les daría la impresión de que esa pingüina era una niña rica y presumida estereotipada. …Y aún…se les hacía familiar, pero no estaban seguros de dónde.

-E-Estábamos esperando a que anunciaran al iglú del Concurso de Ganadores-¡Digo, al ganador del Concurso de Iglús! –contestó Amarillín, distraído.

-Oh. Entonces no hace falta que esperen más –contestó ella. Parecía con ganas extremas de contarlo, pero se contenía un poco –. Ya escogieron al ganador…y soy yo –su naturaleza presumida le ganó a sus ganas de parecer una niña perfecta física y emocionalmente.

-¡Hey! ¡Un momento! ¡Yo te conozco! –exclamó Rojín, observándola atentamente –¿Que no eres la que sale en la portada de la revista Cómo decorar tu iglú? –ella agitó la cabeza en señal de afirmación. Ya estaba acostumbrada a la atención.

-¿Moñito? –se preguntó Patito, también reconociéndola. Pero ella tenía más razones para conocerla –¡Moñito, qué alegría me da verte! –se le abalanzó a los brazos y se dieron un gran abrazo.

-¡Patito! ¡Hace mucho que no te veía! –exclamó la otra, regresándole el abrazo.

-¡Pues claro! Desde que te mudaste no has vuelto al pueblo –le reprochó Patito, pero en tono de broma.

-¿Conoces a la Señorita Celebridad? –le preguntó Rojín, incrédulo –Digo, a la Señorita Modelo… ¡…DIGO! A…

-Antes éramos vecinas –respondió Moñito, evitando que siguiera. La verdad es que su voz, ahora que sabía que Patito estaba ahí, no tenía nada que ver con su apariencia. Parecía más bien que Moñito era de esas personas que son muy humildes ya que llegas a conocerlas.

-Hasta que se volvió modelo y se mudó a su departamento en el Centro –terminó Patito, con algo de nostalgia.

-¡Changurititis! –exclamó Amarillín –Estuvimos tanto tiempo peleando entre nosotros que no nos acordamos de quién era la real amenaza.

-¡Exacto! –confirmó Rojín –Debimos haberla secuestrado y liberado cuando se terminara el Concurso –todos se le quedaron viendo, demasiado asustados para decir algo –… Err… Lo siento, pensé en voz alta.

-No te preocupes, sé que no hablas en serio –le dijo Moñito –… ¿…Verdad? –la pregunta iba más bien dirigida a Patito, la cual hizo un gesto de "más o menos."

-Y –dijo Amarillín, rompiendo el silencio, volteando a ver a Patito –… ¿No nos vas a presentar…o algo?

-Sí, necesito ser su amigo para que no se escuche tan raro decirle que se ve mucho más hermosa en persona que en las revistas –dijo Rojín.

-Oh, vamos. No soy tan hermosa –contestó ella, restándole importancia. "Claro que lo soy, pingüino, lo sé," pensaba, por otro lado. Al parecer sólo era así de humilde y modesta en el exterior.

-Ahh, sí, disculpa –dijo Patito. Entonces los señaló a los dos pingüinos –… El amarillo es Amarillín Nl y el rojo es Rojín Roger (qué nombres tan originales), los conocí en la escuela de puffles, pero les hablo desde hace una semana. …Y –señaló a Moñito y se volteó con los otros dos –…ustedes ya saben quién es: Moñito Elegante.