Capítulo 4

"Puffles"

Ártico y Artiquito eran los dos puffles amarillos de Amarillín. Eran unas bolitas felpudas muy tiernas y muy pequeñas. Artiquito tenía ojos verde esmeralda, mientras que Ártico tenía ojos celestes, como Amarillín.

Artiquito era muy parecido a un puffle blanco, tanto física como mentalmente, ya que era muy pequeño para su edad, de unos quince centímetros de altura, y era muy alegre, siempre viendo lo positivo de las cosas. También, era algo hiperactivo. Siempre buscaba estar jugando o haciendo cualquier otra cosa, ya que tenía mucha energía contenida; además, sufría de cambios bruscos de humor… Lo típico de un niño. A pesar de esto, era un poco miedoso, incluso con las cosas tontas de la vida diaria; tanto que siempre usaba un gorro verde, con una pluma roja al frente, en vez de peinarse y tener que usar un cepillo, porque les tenía miedo. En sus propias palabras: "Tienen muchos dientes, ¡¿por qué lo usaría si sé que me va a comer?!".

Ártico era su hermano mayor, y a pesar de su parentesco, él era casi lo contrario a Artiquito: era más grande para su edad, e incluso más grande que el puffle promedio, midiendo unos treinta y cinco centímetros de alto; y más valiente y mucho más maduro. Además, él no veía precisamente las cosas buenas, sino que era mucho más crítico y veía lo correcto. Era muy analítico, y el tener un gran sentido del bien y el mal hacía también que fuera muy responsable en sus acciones, siempre con un ojo en el futuro para determinar las consecuencias, inclusive de los actos más irrelevantes. Así, a veces lo creían un visionario, puesto que veía más allá que los demás.

Para este momento de la historia, ambos estaban en el Hotel para Puffles, un paraíso que hacía ver los iglús de Amarillín, Rojín y Patito juntos, como nada. Cada piso estaba destinado a algo específico: podían ejercitarse, dormir, comer, asearse, jugar… Con decir que los puffles preferían estar en ese lugar en vez de quedarse en sus iglús.

Ártico y Artiquito iban todos los días, por lo menos un rato. Poco después de haber comido, como ya se estaba haciendo tarde, Ártico fue a buscar a su hermano para regresar a su iglú. Lo encontró cuando salía de tomar un baño.

-Artiquito, ya tenemos que irnos –le dijo.

-Sí, sí. Rápido, antes de que vengan a ofrecerme un peine –contestó Artiquito mientras se ponía su gorro.

Bajaron al lobby y ahí se encontraron a un puffle conocido: Rojito, el puffle rojo de Rojín. Lo conocían porque habían ido los tres a la escuela de puffles, aunque en distintos años, ya que Ártico era un año mayor, y Artiquito, uno menor; además, estaban conscientes de que sus dueños ahora eran amigos, junto con Patito. Tenía ojos grises y, junto con su expresión molesta, le daban una apariencia aterradora. A comparación de los otros dos, Rojito sí era del tamaño normal de un puffle, de veinticinco centímetros, aunque esa diferencia de tamaños entre los tres también ayudaba a representar quién era el mayor y quién el menos.

Rojito, como había dicho Rojín, parecía más un puffle negro en cuanto a personalidad: era pesimista y siempre estaba enojado; se le veía en su expresión de frustración y en su ceño fruncido permanentes. No había nada que lo pusiera feliz… Bueno, seguramente la destrucción y el sufrimiento lo maravillaban, lo que lo hacía mucho más intimidante. Es posible que sí tuviera un corazón amable, pero muy en el fondo; pero de algo se podía estar seguro: siempre era él mismo y siempre decía lo que pensaba, aunque inintencionadamente dañara a los demás.

-¡Rojito! –le gritó Artiquito cuando lo vio, rebosando de alegría –¡Qué gusto nos da verte! ¿Cómo estás?

-Ash, no puede ser. ¿Qué tengo que decir para que te vayas, que estoy bien o mal? –le contestó Rojito, que no estaba de humor para hablar. …Aunque, bueno, nunca estaba de humor, eso no era sorpresa.

-Jajaja. Siempre igual de gracioso –dijo Artiquito, riendo. Su naturaleza inocente hacía que en serio creyera que era broma.

En ese momento, se les acercó un puffle café, de la misma altura que Rojito y, por su cara, dirían también que de su misma edad. Llevaba unos anteojos rojos muy parecidos a los que usaba Patito; a pesar del lente azul cristalino, podían ver que sus ojos eran de un color ámbar.

Al parecer, él sí reconoció a los tres puffles, pero el único de ellos que supo quién era fue Rojito; como eran de la edad, habían estado juntos en la escuela de puffles. Era Davín, el puffle de Patito. Como había dicho Rojín, su reputación en la escuela le dificultaba hacer amigos, ya que siempre causaba problemas por estar haciendo inventos y experimentos. Era muy inteligente, pero se había vuelto algo inseguro.

-Hola, amigos –les dijo en cuanto estuvo con ellos. Llevaba una sonrisa tímida, pero determinada –, ¿qué hacen?

-Me largo de aquí –dijo Rojito y se dio media vuelta. Si los demás no le agradaban, a Davín no lo soportaba en lo mínimo.

-Jajaja. No le hagas caso, a él le gusta bromear –dijo Artiquito, agarrándolo y volteándolo.

-¿Cómo te llamas? –le preguntó Ártico, tratando de ser amistoso.

-Soy –titubeó, porque si no lo reconocieron por su cara, lo iban a hacer por su nombre –…D-Davín Panda…

-Oh –soltó Artiquito, incómodo, porque efectivamente reconoció su nombre. Ahora quería irse como Rojito –… …Hola, Davín… Err…

-Es un gusto conocerte, Davín –le dijo sinceramente Ártico, que no lo conocía, porque había salido de la escuela un año antes.

-El… ¡El gusto es mío! –le dijo Davín, emocionado de que no lo corrieran automáticamente. "Ya la hice," pensó, "me voy a hacer sus amigos" –Eres Ártico, ¿verdad? Y él es tu hermanito, Artiquito, ¿cierto?

-Sí. Veo que ya nos conoces –le contestó Ártico, algo sorprendido.

-Yo soy el puffle de Patito. Supongo que habrán escuchado de ella, ahora que Amarillín y Rojín son sus amigos.

-Ártico, ¿puedo hablar contigo? –le susurró Rojito al oído. Accedió y se apartaron un poco –No creo…que te convenga hacerte su amigo.

-¿Por qué? No parece una mala persona.

-Es porque no lo conoces. Mira, iba en mi salón, y es el peor. Se la pasaba haciendo experimentos locos que se salían de control. Normalmente me encantaría, pero es un nerd. No es como que quiera estar con ese tipo de personas.

-¿Experimentos? ¿Y dices que sólo no te cae bien porque es un nerd? No creo que esa sea una razón para excluir a alguien. ¿Por lo menos te diste el tiempo de conocerlo? –le preguntó.

-Hmph. No era necesario –contestó Rojito.

-Entonces deberías darle una oportunidad. Debo admitir que es un poco…raro… Pero eso seguramente es porque no tiene muchos amigos… ¿Qué tal que todos con los que se acerca se dan la media vuelta y se van, como tú? Debe estar sufriendo en silencio.

-¿Quieres que me haga su amigo? –repitió Rojito, con los ojos en blanco.

-Creo que le deberías dar una oportunidad. Además, seguirás viéndolo, aunque no te guste; nuestros dueños son amigos y nos llevarán con ellos a sus salidas.

-Hmph. Bien –aceptó, a regañadientes. Sí tenía corazón, aunque no siempre lo mostrara -. Pero no prometo nada. ¿…No deberías proponerle lo mismo a Artiquito?

-Nah, conociéndolo, le va a caer bien en unos minutos… Y si no, entonces disimulará su incomodidad.

Volvieron con Davín y Artiquito, quienes ya habían empezado a platicar. Como dijo Ártico, a Artiquito ya le empezaba a caer bien.

-Davín –lo llamó Rojito –. Disculpa…por lo de hace rato. Voy…a darte…una oportunidad…de conocerte –las palabras se le atoraban, pero ese hecho tan pequeño hizo que Davín se alegrara tanto que trató de darle un abrazo. …Se detuvo un segundo antes ante la mirada amenazadora de Rojito.

Los cuatro salieron juntos del Hotel, para encontrar que, allá a lo lejos, cerca de la Estación Pingüi-Fónica, Nl-Bot estaba volando y Rojín, Patito y Moñito lo perseguían por tierra.

-¡¿Qué sucede?! –gritó sorprendido Artiquito.

-Oigan, ¿no se parece ese a su dueño? –les dijo Davín al ver al robot.

-¿Y no son ellos sus dueños? –les dijo Artiquito al ver a Rojín y Patito.

-No puede ser, Amarillín. ¿Qué acabas de hacer? –suspiró Ártico.

Entonces los cuatro puffles fueron corriendo hasta donde estaban con tres pingüinos. En cuanto los vieron, dejaron lo que estaban haciendo y se les acercaron.

-¡Davín! ¡Me tenías muy preocupada! –le dijo Patito a su puffle, corriendo a abrazarla. Rojín hizo ademán de abrazar también a Rojito, pero él lo detuvo diciendo:

-Puf puf puf-puf-puf (Ni se te ocurra abrazarme) –Rojín se paró en seco. Los puffles hablaban puffines, pero entendían el español. En cambio, sólo quienes estudiaban ese lenguaje, como Rojín o Patito, podían entenderlo.

-¿Puf puf? ¿Puf puf- Puf-puf puf (¿Qué pasó? ¿Por qué Amarillín está volando?) –preguntó Ártico –…Puf-puf puf puf puf puf puf puf, ¿puf? (Tiene algo que ver con su trabajo raro, ¿verdad?)

-Aww, Davín. Conseguiste nuevos amigos –dijo Patito, y los abrazo a todos, menos a Rojito, que se veía muy amenazador.

-La verdad… No sabemos –respondió Rojín, ignorando a Patito –… Pero de que fue en su trabajo raro, sí fue en su trabajo raro.

-¿Qué? –Moñito estaba confundida con esa escena; no entendía nada de lo que decían. Rojín repitió lo que preguntó Ártico.

»Ahh… En ese caso… Sí, es por su trabajo de la EPF –entonces se le ocurrió una idea y les ordenó:

»Puffles, vayan a la Estación Pingüi-Fónica y usen el ascensor que dice EPF. Den el nombre de Amarillín para activar el elevador. Cuando lleguen al laboratorio, busquen a Gary; él sabrá qué hacer.

-Seguramente esté en la máquina rara –continuó Patito –… Búsquenlo al final del pasillo principal, pero les recomendaría que no se metieran a la cosa rosada por más que los llame.

-Nosotros cuidamos que este viejo loco no cause destrozos en la ciudad –concluyó Rojín.

Entonces los puffles siguieron sus indicaciones y se fueron. Cuando llegaron al elevador de la EPF y les pidió que se identificaran, se toparon con un problema mayor:

-Oh, rayos –dijo Davín, el primero en darse cuenta –. No vamos a poder pasar. Esta máquina seguramente no entiende nuestro idioma.

-Tranquilos –dijo Artiquito, sonriendo –. Nosotros dos estamos registrados. Amarillín nos trae a veces –y luego dijo su nombre.

La voz los aceptó y descendieron a la EPF. Una vez abajo, caminaron por el pasillo hasta llegar al portal, pero sin ver rastros de Gary por ninguna parte.

-No puede ser –exclamó Davín al ver la obra de arte que era ese portal –… ¡Es fantástico! Si mis conocimientos no me fallan, esto debe ser un portal… Wow.

-¿Creen que sería buena idea…? –empezó Artiquito, apuntándolo.

-Bueno, Patito dijo que Gary seguramente estaba en la máquina –dijo Ártico –. Y lo que le pasó a Amarillín debió suceder del otro lado, ¿no? No creo que sea peligroso que entremos por Gary para pedirle su ayuda.

-¿Quieres que entremos a esa cosa? Es el plan más tonto que he escuchado –replicó Rojito, posiblemente el único con sentido común ahí.

-Bueno, es la única opción –contestó Davín –. No creo que sea peligroso; pero sólo debería ir uno mientras los demás lo esperamos aquí buscando algo que nos pueda ayudar.

-Ve tú, hermano –le dijo Artiquito.

-¿Por qué yo-? –empezó a replicar Ártico, pero entonces se dio cuenta que era el más indicado para la misión. A Davín lo ocupaban ahí, sólo él entendía las cosas científicas que abundaban en la EPF; Artiquito era muy asustadizo, así que cualquier cosa que viera en la otra dimensión lo mataría de miedo (le sorprendía que no estuviera lloriqueando en este momento); y Rojito tenía una cara de "si me mandas por esa cosa te voy a…"

Entonces así lo hizo. Entró al portal, llegó al Null Space y lo arrastró el portal de la dimensión 6-16, aún lleno de la energía de Metal Sonic.