Nota: ¡Estoy viva! Han nueve años desde la última vez que publiqué algo acá y creo que incluso más desde la última vez que escribí algo de InuYasha. Ha pasado mucho tiempo y la nostalgia es fuerte en esta ocasión, pero volví porque como deben saber, vamos a tener una secuela. Hanyō no Yashahime es precisamente el tipo de noticia que necesitábamos y realmente estoy muy emocionada al respecto. Espero que, como yo, estén esperando con ansias. Y, para celebrar, escribí algo pequeño. Espero que les guste. (Y sí, me estoy acostumbrando de nuevo a cómo funciona esta plataforma ok ;v;)

Disclaimer: Los personajes de InuYasha son propiedad de Rumiko Takahashi.


Tinieblas

Y justo así, habían desaparecido.

No había señales que ver. No había rastros que seguir. No había nada de nada.

Solo sombras y tinieblas.

La oscuridad de la noche se cernía sobre el bosque con dureza, como si quisiera absorber todo a su paso; le añadía un aspecto casi fantasmal al humo que todavía salía de algunos troncos. Parecían almas, casi, aunque él sabía que no era así. Si lo fueran, podría seguirlas; tendría un rastro, por mínimo que fuera, pero no lo eran.
No tenía nada.

Se sentía casi inútil y Sesshōmaru no estaba acostumbrado a sentirse de aquella forma. Era un sentimiento extraño e inusual; su pecho se sentía pesado y sus extremidades estaban frías, y aunque podía sentir su corazón latiendo en su pecho, no podía reaccionar. Por primera vez en su larga vida, estaba paralizado. Era, también, la primera vez en años que sentía miedo. Miedo de verdad, como el que le había carcomido el corazón hasta hacerlo llorar de la desesperación cuando decidió ir al Inframundo por el alma de Rin. Ahora, aunque no lloraba, estaba temblando; sus puños temblaban a cada lado de su cuerpo, sus nudillos blancos de la fuerza con que apretaba sus manos, y sus ojos...

Sus ojos seguían mirando al frente.

Esperando.

La oscuridad, sin embargo, persistía. No había nada frente a él, ya no.

Ya no estaban las llamaradas que lo habían recibido hacía unas horas; habían sido reemplazadas por la humedad de la lluvia que apagó el incendio. El suelo estaba recargado de agua y no había huellas que seguir. Todo estaba en sombras, como si imitara el miedo que apresaba a su corazón y lo sumía en tinieblas. La oscuridad dentro de sí mismo era tan densa como la de la noche, tan fría como la lluvia que había tomado lugar minutos antes. No podía ver. No podía oler más que el humo y la carne calcinada a su alrededor.

Ni su vista ni su olfato le servían en aquel momento.

Sesshōmaru se sintió impotente por un par de segundos más y luego... Luego comenzó a caminar. Primero un paso. Luego otro. Un par más. Para cuando tomó consciencia de lo que hacía, ya estaba corriendo.

Eran apenas unas niñas. No podían haberse ido muy lejos, ¿no? Si era lo suficientemente rápido, quizá podría alcanzarlas. O alcanzar al bastardo que las tomó de su lado.

Mientras alzaba vuelo, buscando con la mirada a sus hijas, un poco de culpabilidad se filtró a su corazón; si se hubiera despertado antes, tal vez no estaría buscándolas ahora mismo. Estaba seguro de que la luz y los estruendos del incendio las había despertado a mitad de la noche, y si tan solo él las hubiera escuchado, estarían a salvo...

No estarían perdidas en algún lugar lejano.

No estarían en las manos equivocadas.

No estarían en peligro.

Se maldijo mil y un veces, pero interrumpió sus pensamientos cuando por fin percibió la esencia de sus gemelas. Sin pensarlo dos veces, se dirigió en esa dirección, rogando en silencio encontrarlas jugando con alguna flor como solían hacer siempre. Rogó por encontrarlas a salvo.

No tuvo tal suerte.

Por unos segundos, Sesshōmaru miró la escena en silencio. Casi parecía una broma de mal gusto, pero no lo era; aquí acababa el rastro de Towa, y el de Setsuna había desaparecido un par de árboles atrás. El problema no era el rastro, era el lugar a donde lo había llevado: el pozo devora-huesos.

Sabía que el pozo se había sellado luego de que Kagome volviera. Sabía, también, que era caprichoso. Si, por alguna razón, se había abierto... Su hija había acabado en algún lugar desconocido, años en el futuro, sin ningún tipo de protección.

Sesshomaru se acercó al pozo con cautela, casi esperando escuchar la voz de sus hijas desde el fondo. Quiso escuchar su "¡Papá! ¡Papá! ¡Míranos!" pero lo único que lo recibió al asomarse fue silencio y oscuridad. Estaba vacío.

Intentó tomar consuelo en que cabía la posibilidad de que Towa estuviera a salvo, pero fue imposible. Era imposible. Apretó sus puños una vez más y se prometió que las encontraría.

Lo haría.

Hallaría a sus hijas sin importar qué...

...aunque tuviera que ir una vez más al mismo Inframundo para traerlas de vuelta.