A todos los lectoras y lectores les agradezco por entrar a leer Apócrifo; me siento muy entusiasmada por sus ánimos y sus comentarios… así que me aparecí de nueva cuenta para publicarles una entrega más del fic, que quedó larguísimo, debo agregar.
Ojalá les agrade.
Está dedicado a las personas que leyendo historias pueden tocar un sentimiento. Y aunque el capítulo no tenga título, les adelanto que en esta ocasión el tema principal es la paternidad. Es un escrito lleno de POV, como es mi costumbre en esta saga.
O
A p Ó c r I f O
Por CieloCriss
5
O
P.O.V. Soji Miyagi
Cuando preguntan si cambiarías algo de tu pasado, la mayoría de las personas contesta que no.
"No, claro que no. Todas las decisiones que tomé y las experiencias que me han tocado vivir me hacen ser quien soy", responden a la ligera.
Yo no pienso como todos ellos.
Cambiaría montones de cosas de mi pasado e, incluso, cuestionaría si mi existencia es necesaria en este mundo.
No debí haber nacido. Esa opinión la tuve desde que era pequeño.
Mi existencia en sí era problemática desde que estaba en el hospicio para huérfanos. "¿Para qué estoy aquí?", me cuestionaba constantemente, "¿para acaparar los donativos del orfanato por mi enfermedad? ¿Para causar lástima con mis interminables derrames de sangre y mi salud debilitada?".
Sé que un niño no debe pensar en esas cosas. Pero si desde que naces no provocas una sonrisa en los demás y en lugar de serles indispensable les generas una carga, es normal que surja esa inquietud.
Nunca sentí un vínculo hacia nada y hacia nadie. No fue apropósito, pero me sirvió para sobrevivir. Mi niñez fue una pequeña cueva en la que sólo yo pude habitar. Mi adolescencia también es una madriguera, pero ahora puedo simular que soy una persona adaptada.
De chico, mi mejor refugio era el aislamiento. Con éste conseguía que nadie quisiera.
Todavía pienso que la soledad es el mejor aliado… pero mis esfuerzos por aislarme de las personas está en crisis.
Alguien quiere invadir mis decisiones. Alguien está deseando remover mis bríos de desazón por el mundo y todos los ideales innecesarios.
Ese alguien se llama Taichi Yagami.
Es mi padre, aunque eso yo ya lo sabía… creo que lo entendí desde que lo conocí, hace nueve años atrás.
F l a s h – b a c k
"¡Bloody! ¡date prisa!, todos los chicos ya te han rebasado", apuró la profesora de deportes. Curiosamente era una mujer gorda, que no gustaba de mi presencia porque estaba enfermo y casi siempre me perdía la clase de educación física.
Ella siempre me llamaba Bloody, que era el apodo que habían elegido para mí los otros huérfanos.
"Sabía que no era buena idea traer a este niño, Sasaki-sensei, este chiquillo alenta al resto del grupo".
"No sea sí, Fujita-sensei, no se enoje", le respondió otra de las educadoras, "Soji-chan tiene sólo seis años ¿vale?, y ha pasado una larga temporada en el hospital, creo que un poco de aire fresco le hará bien… ¡Vamos, Soji-chan, apresúrate!".
Nunca me importó que me llamaran Bloody, ni ser más lento que los demás. Tampoco era especialmente obediente o estoico en los deportes.
No apremié el paso, sólo me jaloneé la camiseta del uniforme y me detuve, totalmente agotado.
Fujita-sensei se encrespó de nueva cuenta. Me sujetó del brazo e hizo que me sentara en una banquita del parque, que era un lugar muy famoso de la zona de Odaiba. En realidad era un sitio hermoso, hasta había un largo artificial, por eso era un oasis para cualquier niño abandonado, porque podíamos mimetizarnos con otros críos que sí tenían padres o tíos o algún otro familiar.
"¿Te sientes mal, Soji-chan?", preguntó la profesora Sasaki.
"No. Me quedo aquí", les avisé, agachando la cabeza, "no quiero que los otros niños se enojen".
"Aquí tú no decides si te quedas o continúas, Bloody, ¡date prisa, reanuda la caminata!".
"No".- desafié, con el rostro indiferente.
Mis compañeros decían que era un niño sin sentimientos. A mí me gustaba que dijeran eso, supongo que me sentía especial por eso.
"Profesora Fujita, ¿qué le parece si continuamos?, Soji se portará bien y le recogeremos pronto, ¿prometes ser un buen chico, esperar aquí y no escapar otra vez de tus maestras?, sólo así podremos confiar en ti", planteó.
"Sí".
"Eso es, Soji-chan", sonrió Sasaki, satisfecha, como si dejar a un chico de 6 años enn la banca de un parque por dos horas fuera normal.
"Ya la pagarás luego, Bloody", gruñó Fujita.
Las vi alejarse de mí, hasta que desaparecieron.
A pesar de que no tenía adonde ir, siempre que podía (y desde que había aprendido a caminar), intentaba escaparme del hospital o del orfanato.
Al final terminaba regresando a la misma casa-hogar, con la misma gente, pero a las profesoras no les importaba si me perdía o no para la eternidad, sólo les interesaban los recursos que los voluntarios daban por un chico enfermo de hemofilia… por eso, aunque me dejaban el camino libre cada vez que podían, se veían obligados a recuperarme.
Incluso Sasaki-sensei, que era reconocida como la profesora más amable del hospicio, me exponía a la soledad y a mis ganas de marcharme a donde corriera el viento.
"Las profesoras no deberían dejarme solo, porque soy pequeño", me afirmé a mí mismo, sentadito en la banca, mientras seguía con la vista el camino de cemento del parque y veía a lo lejos un lago que se me antojaba salado, pero que estaba lleno de agua dulce, "aunque yo sé que ellas quieren que esté solo y me pierda".
Abandoné la banca segundos después. Arrastré los zapatos entre el pasto y fui a ver a los gansos que estaban en la charca.
Eran feos. Toscos, pero sus plumas no se mojaban aunque se zambulleran con fuerza en el agua.
"Yo también soy como ellos", me susurré, inclinándome hacia los animales, mientras analizaba mi reflejo malhecho en el agua.
El pelo me había crecido en el hospital y se me desacomodaba. A veces me tapaba la mayor parte de la frente y me picaba las cejas. Tenía los ojitos despiertos, o eso decían, pero la boca y los gestos míos eran como una caja fuerte.
Entonces, una risita me distrajo. Levanté la cabeza y noté que una pelota con una estrella amarilla pasaba cerca de mí, levantándome el flequillo.
"¡Goooooooooool!, ¡papá, fue gol!, ¿cierto?", gritó una voz.
Esa voz era yo. Y la silueta que se fue dibujando frente a mí debía ser mi fantasma. Quise revisar que no se me hubiera salido el alma del reflejo del lago, pero apenas tuve tiempo de esconderme en los primeros arbustos que hallé. No sé, de repente sentí miedo.
Me agaché entre los matorrales. Primero me cubrí la cara y los ojos, pero conforme la risa de mi fantasma se intensificó, no pude contenerme más y le miré todo el rato.
"¡Claro que fue gol, mi Taik!, si eres más astuto y habilidoso que Maradona y Pelé fusionados", aseguró un hombre que me pareció alto, inalcanzable y muy guapo.
"Pero no sé quienes son esos tipejos, papá, sólo quiero ser tan bueno en fútbol como tú", exclamó el otro yo. Tenía la misma cabellera hecha un pajar color marrón. Los ojos igual de abiertos y vivaces que los míos. La diferencia era que él no parecía una caja fuerte.
Se reía. Movía las cejas entre el sudor, se le sonrojaban las mejillas y las orejas. Sus manos iban de arriba a abajo, al igual que su par de piernas, que eran más morenas y fornidas que las mías.
"Ve por la pelota, campeón, que hay que ir a casa".
"¡Sí, papá!", gritoneó.
Vi que él recogía el balón cerca de donde me encontraba. Sentí que por un momento, ese reflejo mío respiraba el mismo aire que yo y me consumía.
Era de verdad.
¿Eso era la felicidad? Si era así de bonita, ¿por qué no la podía tener yo? ¿tenía que buscarla mucho, para sonreír así?
"Papá, ¿de verdad soy bueno jugando fútbol?, ¡es que Kyosuke Motomiya anota más goles que yo y unos niños se burlaron de mí por eso!".
"Kyo-chan es mayor que tú tres años, ¿qué esperabas, hijito?", se rió el señor alto, "yo te aseguro que crecerás… así lo asegura tu padre: eres el mejor de los mejores, ¿acaso me he equivocado alguna vez?", mi sombra negó, el hombre siguió hablando, "Eres mi único hijo, Taik, el único y más querido de todos los hijos del planeta Tierra, del Digimundo y de cualquier otro lugar que exista. No hay nadie mejor que tú, ¿a que soy bueno dándote clases de autoestima?".
El otro yo se rió tan bonito, que me dolió en el pecho. Éramos iguales, pero yo no podía sonreír así… y eso era porque yo no era el único y más querido de todos los hijos del planeta Tierra, ni del Digimundo o de cualquier otro lugar que existiera jamás.
"No entiendo…¿qué es autotima?"
"Ay, mi Taik, nomás no me saliste bien del cerebro, pero qué se le va a hacer si eres sólo mío y los genes buenos se los robó la tía Hikari, ¡vámonos a casa y te compro unas papitas para que comas en el camino de regreso!".
"¡Sí!, papá!… eh, tú también eres el mejor de los papás y del Digimundo y Koromon y todo lo demás, bueno, eso".
"Jaja, Taik, eres divertidísimo siendo tan despistado … tú mejor no pienses en cosas complicadas y anota goles para papá", el hombre se inclinó y besó al fantasmita. Se lo echó a la espalda y cuando se fueron, las risas no se dejaron de oír por largo rato.
El pecho me dolió aún más.
Regresé al lago y mi reflejo seguía ahí, nunca se había salido de mi cuerpo.
"No. Él no era yo. Fue otro. Otro mejor".
… Bastaron unos meses para que lo comprendiera y un par de años para que lo investigara.
El hombre alto y guapo era un personaje famoso en las noticias, tenía su biografía y un hermoso hijo que era igual a mí.
Me habían abandonado porque había otro mejor que yo.
Por eso aún me cuestiono ¿para qué estoy aquí? Y la respuesta es clara: para nada.
F i n – d e l – F l a s h – B a c k
El Puerto de Los Ángeles nunca olió tanto a sal y a desagüe como ese día.
Sentí la muñeca apretada por un plástico duro, de color gris, mientras Benjamín Tachikawa se alejaba triunfante hacia el yate donde debía despedirse de su padre, un tal Michael.
Era la primera vez en mi vida que estaba esposado y encadenado, pero por alguna razón me sentí libre, aunque invadido por una sensación de angustia y gozo que me confundía.
El gozo se derivaba de mi oportunidad de escapar, y como estaba apresado a una Muñeca, podía intentar llevarla. El pánico -que jugaba un rol principal en mi mente-, era porque sabía que mi fuga no iba a ser eterna ni sencilla.
Osen Izumi tiró de las esposas con ahínco, para zafarse. Chilló débilmente el nombre de su hermanastro y, cuando vio que sus gemidos eran bajos e inútiles, intentó accionar su brazalete digital, un aparato que podía hacer literalmente de todo.
Por eso, antes de que pidiera ayuda, yo se lo impedí de una manotazo y tiré el brazalete al suelo, sin importarme lo costoso que parecía.
"Lo siento, linda", comenté, "ya te lo he dicho, te irás conmigo".
Y sin más, comencé a caminar del lado contrario al embarcadero, rumbo a la salida del puerto. Había que cruzar un estacionamiento largo, con guardias de seguridad privada y del mismo Gobierno de L.A., por lo que me desvié por un estrecho camino que estaba lleno de contenedores de carga, de esos en los que se guarda mercancía y se transportan por buques enormes. Supuse que eran productos decomisados o cuyos trámites no estaban completos, porque los vagones se veían abandonados, oxidados, rojizos y tristes.
"Tratar de fugarte no tiene caso, Soji ", renegó Osen Izumi, "no conoces a mi padre, ni a Taichi, ellos te encontrarán en breve, además, quitarle a una persona su brazalete digital es una falta de respeto".
"Eso no importa, Muñeca", desvié la conversación, "… puedo ser tan listo como esos sujetos; lo que dure este escape es bueno".
Arrastrar a la pelirroja era sencillo. Era tan menuda que me daba la impresión de que iba a romperla, parecía una hermosa pieza de porcelana.
Tenía que admitirlo, había una parte de mi angustia que no se debía al inminente encuentro que iba a tener con el señor Yagami; la causante era justamente esa muchacha.
Todavía no comprendía lo que sentía por ella. Esa niña no hacía ningún intento por coquetear conmigo, sus ojos negros eran evasivos, lejanos y concentrados en un mundo que no me apetecía conocer. Aún así, yo buscaba su mirada y apreciaba la caída de su cabello lacio y de color ladrillo; apreciaba si hacía un puchero y más aún si ella sonreía.
La jalé con fuerza hacia el malecón, con el objetivo de hacerme de un atajo por un sitio donde no hubiera policías.
Yo no conocía el puerto muy bien, pero en un par de ocasiones el señor Miyagi, mi ex tutor, me había traído para recibir estupefacientes ilegales en una de las embarcaciones provenientes de Sudamérica. Lo malo era que eso hacía mucho tiempo y no recordaba nada en especial.
Quizá yo podía recordar rostros, voces y personas en sí. Pero los lugares siempre terminaban revolviéndose en mi mente frágil.
La herida del navajazo de la noche pasada me pulsaba; a veces la sangre se me arremolinaba tanto en el cuerpo que de alguna manera buscaba salir.
"Déjame regresar", ordenó de pronto Osen, después de que se cansó de que la arrastrara tras de mí. "Has tirado mi brazalete, ¡es carísimo!, no me conoces, pero atentar contra mi tecnología es como ganarme de enemiga".
Le sonreí.
"Osen-chan, ¿quién lo diría?, al parecer sí tienes un punto débil", interpreté.
Pero ella comenzó a obstinarse en cuanto estuvimos alejados de la entrada principal del puerto y no había muchas personas alrededor.
"¡Soji, nunca hay que huir del pasado!", reclamó, "¡regresemos!".
Dejó caer su peso al suelo, sentándose. Yo perdí el ritmo de la caminata y me detuve.
"¿Por qué no has hecho un escándalo antes, Muñeca?, pensé que te había convencido de fugarte conmigo para hacernos de una historia de amor", dije.
"No quería hacer un escándalo en el embarcadero", admitió la pelirroja, "eso te habría causado problemas con los policías y entonces mi tío Taichi se hubiera puesto triste".
Una sensación de ira se agolpó en mi vientre. "El tío Taichi", decía ella. Y lo soltaba con naturalidad, con su voz sin altibajos, pero a la vez aguda. Me molestaba que nombrara a mi presunto padre.
Lo que me lastimaba era que la Muñeca no pensara siquiera un poquito en mí; no me gustaba su negación ante la propuesta de que fuera mi compañera de evasión… después de todo, ¿acaso no argumentaba ella misma que iba a ser una fuga corta e infructuosa?, ¿qué le costaba ser buena y consentirme?
Me agaché a su altura, estuve a punto de sentarme a su lado, pero desistí.
Le miré de nueva cuenta de manera inquisidora y, sin más, la atrapé con los dos brazos y me levanté con ella a cuestas. Las cadenas me permitían cargarla sin dificultad.
Mi cuerpo se tambaleó, lo cual era un indicativo de que yo estaba débil. Sin embargo, ella no pesaba gran cosa, ¿cuánto sería?, seguramente no rebasaba los 40 kilos.
"Te fugarás en mis brazos, Muñeca".
"¿¡Qué?", se asombró la chica, "¡No no no!, ¡bájame!, ¿¡qué te pasa?, ¡suéltame!".
Por primera vez la escuché descontrolada, pero yo caminé unos pasos más.
"¡La herida se te va a abrir! ¿Estás loco, Soji?".
"Quizá no llegue muy lejos, pero con esta fuga le dejaré en claro a ese hombre Yagami que no me interesa", aseguré, "en cambio tú, preciosa, tú sí me interesas, podría soportar ese pasado que me espera si yo te gustar…".
Osen Izumi no me dejó terminar, porque revoloteó su cuerpo en mis brazos. Alzó lo más que pudo el brazo con el que traía la esposa, para tambalear mi muñeca.
La terminé soltando de manera abrupta y los dos caímos al suelo e hicimos crujir la madera del muelle.
Para ese entonces yo ya no sabía dónde estábamos, probablemente nos habíamos perdido y el atajo que me había inventado era más bien un laberinto.
Apreté los ojos cuando aterricé en el suelo, con ella encima. Osen rebotó un poco y se quitó de mí casi al instante, parecía una figura de origami.
No dijo majaderías, no renegó porque trataba de secuestrarle, sólo se hizo a un lado, se sentó como si estuviera en una ceremonia japonesa de té, y frunció su par de cejas rojas y gruesas.
"Quiero mi brazalete digital", ordenó sin tono alguno.
Yo apreté más los ojos. Mi mente dibujó el primer recuerdo que tenía de Taichi Yagami y los jugos gástricos de mi estómago se hicieron más agrios.
"Quiero de vuelta mi brazalete digital", insistió, todavía inmóvil y severa.
Me atreví a sentarme y a dejarle ver una mirada triste ante su indiferencia.
"Eso no me importa, yo también quiero muchas cosas y no las tengo", respondí, también con sequedad.
La Muñeca suspiró desganada, trató de ponerse de pie, pero de nueva cuenta se lo impedí… sucumbió ante mi peso y mi estatura.
La jalé hacia mí y la forcé para que se sentara, esta vez con una postura más liberal, que me permitió verle las piernas pálidas y un fragmento de sus pantaletas.
"¿Te preocupa ese brazalete porque no podrás comunicarte con tu cyber-novio?", cuestioné.
Esperé gritos, una cachetada, al menos un rezongo, pero en cambio, Osen puso su mano libre en la barbilla y reflejó su gesto de niña-genio.
"Si vas a llevarme a esta locura, quiero al menos mi brazalete digital", reiteró.
Era terca. Muy terca. Tan terca como yo. Sabía que era una batalla aparentemente perdida entre los dos. Y eso me llenó de estrés.
No me pareció justo que me forzaran a encontrar a un padre y que al mismo tiempo conociera el rechazo amoroso por parte de esa chica.
El muelle seguía crujiendo, pero no era por nuestro peso, sino por el de los contenedores, que cada vez se enfilaban en torres más altas y cercanas a nosotros.
No supe por qué, pero empujé con suavidad a la Muñeca hasta que su espalda chocó con uno de ellos; ella hizo el intento de separarse de mí, pero yo tomé con fuerza su mano y la inmovilicé.
Luego me acerqué a ella más y más y más, hasta que mi nariz rozó la suya.
" dame... mi brazalete...", insistió.
Y le robé un beso sin pensar más.
Era un arrebato sin perdón, lo tenía en claro, pero no me importó. Un beso de esa Muñeca desabrida. Eso era lo único que quería en ese momento.
Su boquita pálida se mezcló con la mía; sentí que a pesar de su impasibilidad y neutralidad, había un manojo de calor en ella.
Osen no hizo nada, ni siquiera intentó separarse. No respiró, no suspiró, no rezongó, ni gimió, ¡ni siquiera cerró los ojos!
De hecho, cuando le dirigí la mirada, sus ojos de ónix miraban a lo lejos, estaban perdidos y sonámbulos ante mi caricia.
No iba a ser fácil quererla y mucho menos hacer que me quisiera. Aunque yo estaba decidido... si tenía que encontrarme con ese hombre y con ese "otro yo", esta niña evasiva iba a ser mi consuelo.
Esa no era una petición, mía, sino de los pocos sentimientos que había desarrollado en mi pasado.
Había besado a la hijas de los hombres que hacían negocio con mi tutor; había consentido a mujeres mayores con relaciones de interés, también por órdenes de Miyagi. Ahora, por primera vez en mi vida, quería besar a alguien.
Me separé de ella con la cara caliente y mis sentidos desnivelados, no obstante, no temblé ni flaqueé ante sus encantos.
Osen en cambio seguía sin mirarme y cuando sus labios volvieron a despegarse, dijo lo que menos imaginaba que diría en ese momento:
"Una mariposa digital", avisó, como si el beso que le había robado nunca hubiera existido.
"¡¿Qué?", fue mi respuesta. ¿No iba siquiera a maldecirme?; decían que el odio era cercano al amor, ¿pero qué pasaba si de por medio había TANTA indiferencia?
"¡Shhh!, vas a hacer que se vaya", ella me regañó.
Vencido y humillado, miré hacia atrás y, en efecto, vi una mariposa que parecía un pequeño arco iris volador.
Eso sí, de 'digital' no le vi nada.
"Muñeca, no sé si te enteraste, pero acabo de robarte un beso", dije algo herido.
"Hay que seguirla, puede ser una clave que explique los sucesos que están ocurriendo en Japón sobre los digimons", comentó casualmente, como si fuera de lo más natural perseguir mariposas en lugar de hablar de besos recién otorgados.
Se puso de pie con una fuerza que hasta el momento yo le desconocía; los ojos le brillaron con curiosidad y su boca dibujó una sonrisa ansiosa, que estaba lejos de mi beso.
De nuevo la Muñeca había mencionado a las presuntas criaturas digitales. ¿Sólo ese tipo de cosas le entusiasmaban?
Tiró de la esposa que nos unía con determinación; me puse de pie.
"Quieres que te obedezca, pero tú no quisiste huir conmigo, ¿te parece justo?", reclamé.
"¡El polvo digital se va!", exclamó, "¡Vamos, Soji!".
La mariposa dibujaba un haz de luz en ese ocaso del mismo atardecer. Movía las alas aprisa, con constancia.
Y a pesar de que sabía que seguir a esa criatura significaba exponerme con más apremio a Taichi Yagami y perder una guerra de amor sin combate alguno, permití que la pelirroja de sangre fría me llevara tras ella, con las manos esposadas, cautivas mi propia miseria.
Fin P.O.V. Soji Miyagi
O
P.O.V. Benjamín Tachikawa
No soy idiota.
Por supuesto que entendí que dejar a Soji atado a la Cerebrito podía ser contraproducente. En primera, porque Osen es físicamente débil, no representa un obstáculo de fuga para nadie. En segunda, porque ese insecto clon de Taiki había tenido el atrevimiento de decirle a mi hermanastra "Muñeca", lo que en MI lenguaje significaba que a él le gustaba a ella.
Pero la Cerebrito tenía que aprender a rechazar a sus prospectos y, además, con sus neuronas aerodinámicas bien podía evitar que el trillizo lograra su objetivo de escapar.
Si algo había aprendido todos esos años que había convivido con el esposo de mi bella madre y su hija, era que para ellos no había imposibles… y no tanto por sus cerebros superdotados, sino porque eran perseverantes.
Y yo sabía mucho de eso, después de todo eso personificaba mi viejo emblema.
La idea de encadenarlos surgió en ese instante, cuando vi que las esposas de juguete de Tulo, mi fastidioso hermanito, rondaban por la autonave que habíamos rentado.
Así que sin preocuparme las tomé y los encadené a los dos. Yo realmente tenía que irme a despedir a mi dad y a su nueva esposa, por lo que arrastrar a Soji hasta allá seguro que habría sido un dolor de cabeza. En consecuencia, si seguía con los planes originales, el yate de papá partiría antes de que llegara y yo me quedaría sin decir adiós, lo que me haría quedar como un hijo insensible.
No es que realmente me importara despedirme del viejo y su susodicha, pero en el fondo estaba mejor criado de lo que parecía, así que después de echar una última ojeada a Osen y al hijo de Taichi, giré mi cuerpo, vislumbré el embarcadero -en la zona de lujo- y comencé a trotar hacia allá.
Vi los cruceros frente a mí minutos posteriores, oí los vítores de mi hermanito mientras veía zarpar a los viajeros… la risa de mi madre también acompañaba la extroversión de su "adorable" hijito menor.
"¡Benji, has llegado a tiempo!", exclamó mamá al verme. Estaba descalza, en sus manos llevaba sus zapatos de tacón Prada destruidos por haberse puesto a corretear con Tulo.
A veces, bueno, corrijo, casi siempre, mamá parecía una niña pequeña y me desesperaba.
Cuando sólo convivíamos ella y yo era capaz de tomar las riendas de un hogar, pero ahora que estaba casada con un sujeto serio y tenía otros hijos, ella se dedicaba a hacerse consentir.
La verdad eso a mí me molestaba mucho, porque Mimi Tachikawa era una mujer madura y con responsabilidades. A veces ella se olvidaba de eso.
Jadeé un poco y caminé con calma una vez que visualicé el barco de papá. En realidad era un enorme yate privado, que cualquiera habría confundido con una especie de crucero privado.
Mi padre estaba al lado de su esposa, que era morena y tenía los ojos gigantes y con pestañas rizadas.
No era fea, claro está, pero mi madre era mucho más hermosa.
Mommy estaba platicando con los recién casados como si fueran grandes amigos, mientras Tulo retozaba de un lado a otro haciendo piruetas en el muelle y llamando la atención de la gente de alrededor.
¿Por qué no podía ser un niño normal?, ¿por qué mamá no se sentía incómoda al despedir a mi padre hacia su Luna de Miel?, ¿acaso no era una situación penosa convivir con el enemigo? ¿o era que había que aceptar que las dos mujeres se habían acostado con mi el mismo hombre y aún así podían ser amigas?
Quizá yo no tenía un pasado turbio como el hijo de Taichi. Ni al caso, ya sé. No era huérfano, no tenía problemas con los gángsters, ni hacía apuestas ilegales por California. Tampoco tenía una enfermedad congénita con la cual desangrarme, pero también tenía mis problemas.
Bufé, dispuesto a simular que era un joven de 15 años maduro. Ahora que tenía un hermanito tenía la "obligación" -sólo por el hecho de ser mayor-, de no hacer berrinches.
O al menos eso era lo que argumentaba mi mamá a cada instante, ¡Ja!, como si ella fuera madura.
"How are you, Benjamín?", tartamudeó mi madrastra, nerviosa. Era la primera vez que hacía el intento de dirigirse a mí y sentí un regocijo que salía de mi vientre al notar que estaba nerviosa.
Tenía raíces hispanas, aunque era estadounidense. Se llamaba Marie, y por lo que había oído de Koushiro, era una niña elegida que habían conocido en Nueva York durante la aventura digital del 2002.
Miré con recelo a la enemiga, pero mamá endureció sus ojos, raspó su garganta y yo alcé las cejas.
"¿Qué se dice, Benji?".
"… Fine", le respondí. Dad pareció conforme con mi contestación. Estoy seguro de que creía que le iba a armar un escándalo. Qué asco, era un hecho que Michael no me conocía del todo.
Ser padre a distancia no tenía validez para mí. Cierto, me mandaba regalos a cada rato y le veía en las vacaciones… aunque, en realidad, quitando su esperma y su cariño, no le debía gran cosa.
Mi madre en cambio me había criado sola a pesar de su inmadurez y de su torpeza. Lo había hecho bien, porque si yo era un malcriado no era por ella, sino por mi propio carácter. Ah, y los psicólogos decían que tenía un trauma de la infancia o alguna incoherencia de ese tipo.
Mimi me había cuidado todas las veces que me había enfermado, había lidiado mis reportes de mala conducta en la escuela y mis interminables caprichos.
Eso, para mí, sí era ser madre y padre al mismo tiempo.
Además, aunque Koushiro Izumi era medio autista, era más papá mío que Michael. Con frecuencia pensaba eso y me reprendía por eso, quizá no quería aceptarlo.
Porque la sangre llama a la sangre, y en el fondo, aunque Mike era un progenitor distante, él era quien me había dado la vida… y le quería.
"M-Me alegra", soltó con torpeza la madrastra.
Habría sido más fácil si fuera de esas villanas de película, de esas que se casan con un hombre por su dinero. Habría estado mucho mejor si la mujer fuera de fealdad mordaz o de mirada perversa... pero no, Marie parecía buena persona.
En consecuencia, si yo era grosero por estar en desacuerdo con su relación con mi papá, el culpable sería yo.
"¿Te ha gustado la boda, campeón?", preguntó dad.
"No me llames campeón", rogué, malhumorado, "que yo sepa nunca he ganado algo en mi vida, así que es sobrenombre barato de triunfador no me queda bien".
"¡Benji!", regañó mi bella madre, sonriendo por los dos para aligerar la tensión que había causado mi grosería, "Le ha encantado la boda, Michael, pasó toda la mañana hablando de lo lindo que fue todo, ¿cierto, hijo?".
"Por supuesto que no", la contrarié, "Fue una boda y ya".
Tanto Dad, como Mom, suspiraron ante mi respuesta.
No sé qué clase de hijo querían ellos dos, pero definitivamente no era uno como yo. Aunque, pensándolo bien, yo tampoco habría elegido que mis padres fueran así de ligeros e inmaduros, así que, en resumidas cuentas, los tres éramos infelices en esa relación absurda de familia forzada.
Justo para empeorar la situación y la tensión del momento, Tulo cruzó por donde estábamos a toda la velocidad que le daban sus patitas de cucaracha pelirroja.
"Aún así, gracias por venir, Benjamín", soltó Marie.
"It's nothing... 'cuz, it was my old man's wedding", respondí de manera fúnebre.
Ella me sonrió.
"Let's be friends", pidió, ofreciéndome su mano morena, de uñas pintadas con manicure francés y dedos rellenos de anillos.
Tenía el cabello oscuro envuelto en rizos y un traje beige, entallado, firme.
Era bonita, pero repito, mi madre era aún más bella. ¿Entonces por qué papá prefería a esa mujer sobre Mimi Tachikawa? ¿Por qué demonios?
"Ok", contesté, vencido.
En cierta medida lo sabía. Lo que unía a mi padre con esa tal Marie era el amor. Mi madre se había casado con Koushiro por esa misma causa.
El amor.
Ese amor que haría y daba felicidad al mismo tiempo.
Era lo que Mayumi Ishida y Taiki Yagami probablemente sentían entre ellos, por ejemplo. Yo no conocía esas emociones y eso me frustraba mucho.
No importaba de quien se tratara, pero hasta mis 15 años cumplidos yo había sido incapaz de enamorarme.
Me mordí los labios y alcé la cabeza. Con el mayor esfuerzo traté de sonreírle a Marie.
Como respuesta a MI amabilidad, mamá me dio un coscorrón.
"¡No le estés haciendo muecas feas a la pobre Marie!", me reprendió.
¿Muecas, decía ella?, ¡yo estaba tratando de sonreírle!... era un hecho, mis padres no me comprendían en absoluto.
"¡Eh?", me defendí, "no era una mueca, era una sonrisa".
"Pues esfuérzate más", riñó ella, mirando a Michael y a Marie avergonzada, "Ay, perdónenlo, no sé qué le pasa, de niño sonreía de manera tan adorable".
"Es lindo", fue la opinión de Marie, la muy desgraciada parecía haber captado mi 'intento' de sonrisa.
Era verdad que yo no sonreía muy seguido. A veces sí me reía a carcajadas cuando castigaban a Tulo o cuando mis amigos hacían alguna estupidez. Sin embargo, ese tipo de sonrisas obligadas y tiernas eran algo que no iban conmigo... quizá era porque estaba impuesto a ver las sonrisas de mamá y creía que éstas encajaban mejor en una mujer que en un hombre.
Sonó una campana y anunciaron que el barco estaba por zarpar. Sin rodeos, papá me tomó de los hombros.
"Te agradezco que estés aquí y hayas compartido mi felicidad, campeón", susurró en japonés. Su pésimo acento me causó ñáñaras.
"Soy tu único hijo después de todo", repliqué.
"Por ahora", fue lo que agregó a la conversación, entrecerrando el ojo como si esa frase hubiera sido graciosa.
De plano que yo ya no quería más hermanitos en mi vida, ¡y menos si se iban a criar lejos de mí!
Mom y Marie también se abrazaron, Tulo llegó hasta ellas y se unió al abrazo grupal como si su presencia "hubiera" hecho falta. Aunque, en realidad, ¿qué coherencia tenía que Tulo estuviera ahí?
Resoplé ante el sinsentido de la vida.
"Tulo, tú también viajaste desde tan lejos para la boda, gracias, pequeñín", dijo dad.
"En realidad me trajeron mis papitos", anunció él, todo simpático y feliz.
"Sweet Honey-Moon, Mike", se despidió mi madre. Ahí no hubo abrazos, sólo un gesto sincero.
"A silly Honey-Sunny it would be better!", exclamó Tulo, con su súper inteligencia de ignorante. En un par de días había aprendido a decir disparates en inglés. Sus frases eran incoherentes y no venían al caso, pero su gramática y pronunciación eran buenas, qué loco...
"¡Tuls, eso ni siquiera existe!, ¿quién te llenando la cabeza de tanta cosa?".
"Pues Ben, mami", mintió el engendro del mal. Yo lo miré con ojos asesinos y él se escondió detrás del vestido floreado de mi madre, quien todavía traía las zapatillas en la mano, como si fuera lo más normal del mundo andar ensuciándose los pies en un puerto de muelles mohosos.
"¡Eso no es cierto!", me defendí.
Marie volvió a decir lo "tiernos" que éramos mi hermanito y yo. Papá terminó perdonándonos y despidiéndose de manera afable, pero apurada.
¿Qué?, ¿llevaba prisa por acostarse con su mujer? ¿O de qué diablos se trataban las lunas de miel si no era para tener sexo día y noche y mediodía?
Qué disgusto.
Los despedimos por enésima vez, les vimos subir a su súper yate y les dijimos adiós con nuestras palmas.
Mi madre y Tulo jugaron competencias para ver quien se despedía con más ímpetu, quise fingir que no los conocía, pero estaba demasiado cerca de ellos como para salir ileso de la crítica social.
Cuando estábamos por regresarnos a buscar a Osen y a Soji, grandpa llegó.
Ya era viejo, pero seguía causando amores y desamores, como si se tratara de un adolescente lleno de arrugas. Él era un actor famoso de Hollywood y, como era de esperarse, era multimillonario.
Había estado en la ceremonia religiosa de la boda de daddy, aunque a la fiesta sólo había asistido brevemente porque tenía grabaciones en los estudios.
Al Puerto de L.A. arribó custodiado por guardaespaldas. Sólo alcanzó a decirle adiós a papá.
Llevaba puesta una gorra ridícula y lentes oscuros, dizque para que la gente no le reconociera.
"Qué pena, no has alcanzado a darle un abrazo a Michael", dijo mamá.
"¡Mimi, mi ex nuera favorita!", exclamó él; mi madre se sintió rebosante ante ese piropo, lo noté al instante. "Esta vez te he perdido para siempre, ¿por qué no te casaste con mi Mike?".
"Ay, no, no nos hemos perdido, ex suegro, ¿qué no lo entiendes?, tu nieto Benji nos unirá por siempre como una familia, ¿cierto?", aseguró Mimi, "¿no saludas a tu abuelo, hijo?".
"Hola, abuelito", dije. El día pasado apenas nos habíamos dicho hola.
"Ben, ¡qué guapo estás!", grandpa me señaló asombrado.
"Me acabas de ver ayer, ¿te acuerdas?", renegué.
Me sacudió el cabello justo como lo hacía mi padre.
"You look just like your dad when he was young", enunció con fanfarronería.
"¿Eeeeeh?, ¡físicamente soy igual a mamá!", me quejé, arreglando mi cabello, mientras sus guaruras me veían con desaprobación.
"Mimi, Ben ya tiene edad para aparecer en una película conmigo", consideró mi abuelo, "no creo que tenga madera de actor como yo porque no es capaz de fingir que cuando incómodo, pero lo que las chicas quieren ahora es a galanes sin muchos diálogos, además, ¿no cantaba muy bien este chaval?".
Era la primera vez que mi abuelo proponía que actuara junto a él, por lo que me emocioné mucho. Por un instante, me olvidé de mis padres, de mi desconocimiento del significado de la palabra "amor" y de mis frustraciones sin sentido... no tomé en cuenta la revuelta que ocasionaba Tulo en el puerto, ni recordé que había dejado a la Cerebrito encadenada con Soji-kun en quién sabe dónde.
Actuar. Esa palabra resonó en mi mente. Sólo imaginármelo hizo que me hirvieran las mejillas. ¿Yo? ¿Galán de Hollywood, como esos odiosos adolescentes de Highschool Musical Delux?... excelente. Lo que más necesitaba en esos momentos era ser popular. No importaba realmente que el comentario del abuelo fuera hasta cierto punto despectivo.
Lo entendía a la perfección, más que actuar, lo que tenía yo era… presencia, o eso decían con frecuencia las mujeres. Todas se la pasaban diciendo que era lindo o guapo o mierdas por el estilo, pero la verdad era que en el colegio no tenía muchas admiradoras.
Cuando las miraba, las niñas me rehuían. Mi amiga Hidemi Yagami decía que me tenían "miedo", pero ¿por qué diablos una chica tendría miedo de mí?
"Lo haré, quiero actuar con grandpa", dije con firmeza, tratando de no verme tan desesperado.
"Ni loca", se quejó mi madre, "No quiero que Benji crezca en esa industria del espectáculo, mucho menos con lo vanidoso que es".
"¡Pero madre!", reclamé.
"Pero nada, ya decidirás esas locuras cuando seas mayor", refunfuñó ella. Grandpa se rió, volvió a sacudir mi cabello y sacó su regalo de siempre.
Mi abuelo siempre compraba mi afecto con regalos, justo como papá. A decir verdad, le funcionaba bien la técnica.
Abrí la cajita y encontré un reloj carísimo, de color negro.
"¡Quiero ver, quiero ver!", pidió Tulo.
El abuelo tronó los dedos y uno de sus guardaespaldas se acercó con otras cajas de regalos, seguro que para mi mamá, Tulo y Osen, porque eso sí, el padre de mi padre tenía complejo de Santa Claus hasta con mi familia postiza.
"También te traje uno a ti, kiddo", sonrió abuelo.
"¡Genial, gracias abuelito!", exclamó mi medio hermano de cinco años. Sacó de la enorme caja una espada brillante, de color verde fosforescente, "¡Es de Star Wars Next Generation, donde actuaste de Jedi, abuelito!".
"Mira, insectito, comparto contigo madre y casa, pero este abuelo es MÍO solamente", le dejé en claro.
Tulo Izumi no me hizo caso, sólo extendió el sable en alto y me asestó un par de golpecitos nada tiernos en la cabeza.
"¡A la carga! ¡A conquistar el espacio digital! ¡Zum! ¡Tras! ¡Boom!", gritó, repitiendo sus movimientos por todo mi cuerpo.
"¡Auch!" me quejé, "¡Mamá, dile que pare ya!".
"¡Tuls, no le pegues a Benji!, ¿recuerdas lo que hemos platicado?, ¿de qué han servido todos los regaños que te hemos dado papá y yo?".
"No sé", afirmó el pelirrojito con descaro.
"¡Madre, esto es el colmo, dile a Tulo que me respete".
"Pero creo que nunca te he respetado, oniisan", dijo el niñato, con expresión de inocencia. El abuelo se rió y mamá a como pudo se mordió los labios para que no se le saliera la carcajada.
Luego calló al niño y le pidió que guardara la espada, lo que hizo que Tulo plisara su enorme frentota de cerebrito maltrecho. Porque, a decir verdad ese niño no era normal. Sí, era inteligente, pero a la vez invertía sus neuronas en tonterías o en travesuras… es decir, en empresas sin futuro. Koushiro Izumi, mi padrastro, decía a menudo que quizá Tulo fuera un niño hiperactivo, pero los especialistas nunca lo había confirmado porque el insectito era capaz de recordar varias cosas a la vez y de retener todas las órdenes que le daban… la cuestión era que a veces no le pegaba la gana obedecerlas.
"A Osen, la chica, le traje este abrigo", dijo grandpa, "y para ti, mi ex nuera favorita, este collar".
"Son hermosos", dijo mi bella madre, recogiendo los obsequios, "pero retomando la situación de Tuls, ex suegro, quisiera pedirte que ya no le des ese tipo de regalos de superhéroes y violencia. A veces mi chiquito se emociona con esos juguetes y en casa pasan cosas que no deberían pasar".
"Casi se mató la vez que le regalaste la capa de superman", recordé, "cuando se la puso, literalmente se echó del segundo piso queriendo volar".
"¡Volé por casi tres segundos!", aseguró el niño.
"Si Benji no lo atrapa no quiero saber lo que habría pasado…". Mamá tuvo pesadillas por tres semanas después de aquel incidente.
"Y cuando se creía hombre araña fue peor, ni qué decir de su época de vaquero y de power ranger…", apunté.
Tulo soltó su clásica risita nerviosa.
"Pequeñín, ¿verdad que te vas a portar bien con esta espada de Jedi que te di?",
"¡Sí, abuelito!", lo peor de mi medio hermanito era que cuando él prometía algo lo hacía en serio, pero el voto de honor pasaba a segundo plano en días posteriores, "Mamá, Benji, seré bueno con la espadita… ¿puedo ir a jugar allá?".
El niño apuntó un sitio despejado a unos 10 metros de distancia de nosotros.
Mi madre suspiró. Al menos ahí no golpearía a nadie.
"Está bien, tesoro, pero no te alejes de mí", le concedió, "Benji, tú ve a buscar a O-chan y a Soji-kun, por favor… ex suegro, ¿qué te parece si me compras un helado antes de que te marches?".
El abuelo asintió… al desconsiderado ya se le había olvidado que acababa de invitarme a ser una súper estrella juvenil. Quizá lo había dicho en broma, lo que lo convertía en un abuelo poco atento.
Mis otros abuelos, los Tachikawa, eran consentidores y joviales a más no poder, así que lo único que podía hacer este grandpa era ofrecerme cosas que los otros no podían darme.
Mientras me alejaba de ellos para buscar a la Cerebrito le encontré sentido a mi viaje a los Estados Unidos.
No había ido a parar de nuevo al país americano con el objetivo de asistir a la boda de mi padre, lo que yo había conseguido de mi viaje –además de encontrar hijos perdidos de amigos de mis padres- era mi nuevo propósito en la vida.
Mi nueva meta, sin duda alguna, era ser famoso y conferirme una aventura amorosa con muchas, pero muchas fans.
Fin P.O.V. Benjamín Tachikawa.
O
P.O.V. Tulo Izumi
A veces soy muy malo con mi hermano Ben y no sé por qué. Me gusta que se enoje, pero es todavía más bonito cuando me quiere.
Cuando Mami vea a papi le dirá que yo le pegué a Ben con la espada y me castigarán, ¡pero es que fue tan divertido!, imaginé que yo era un Jedi y él un robot malo. Ben no es malo, sólo corajudo. Mami dice que es como el enanito renegado de Blanca Nieves o como el pitufo gruñón.
Debe ser bonito ser enojón. A mí no se me hace fácil, yo sólo puedo estar jugando y cuando me regañan a veces me río…
Satoru-senpai dice que eso no está bien, siempre me dice bien serio: "Tulo, tú eres extravagunte, tienes un coeficiente intelectal muy brillante, nomás que pareces un bufón y no quieres aprender, cuando a uno lo regañan hay que sentirse culpable, no hay que reírse".
Satoru-senpai sabe muchas palabras y cosas que sólo los grandes entienden, pero a mí no gusta saber de eso. A Min-chan tampoco le interesan las cosas de grandes, aunque ella siempre entiende cuando alguien está triste o feliz.
A ella no le molesta que yo haga bromas y juegue todo el tiempo; ¡nunca se enfada!, aunque a veces Min se pone a llorar, porque dice que tiene sueños muy feos.
Si pasa eso, yo le doy un beso y un abrazo, como me enseñó mamá. Me gusta cantarle:
"El ruiseñor
unos días no viene,
otros dos veces".
Papi y Mami me cantan eso cuando pasan cosas malas.
Papá dice: "Las personas tenemos días malos, pero hay otros días en los cuales pasa lo contrario y todo es tan agradable que no queremos que regrese la noche".
Él dice que esa canción es un poema haiku (*) y que la música la agregó mi tío Matt, que es un cantante súper famoso.
Satoru-senpai concuerda con papá en que los haikus son obras de arte, y que la canción significa justo lo que me explican en casa: que aunque hay días en los que el ruiseñor no viene a cantar porque está triste o pasó algo malo, hay veces en las que sí viene ¡y hasta dos veces!, entonces los días son buenos, o algo así… yo canto la canción porque… ¡a Min se le olvida la pesadilla y se pone feliz!
Me alejo de mami un poquito y saco el sable de Jedi. Estamos en el lugar donde los barquitos se van a la mar con los piratas a buscar tesoros o a lunas del miel, como dice Ben.
Me gusta estar aquí, pero ya me quiero ir a mi casa en Odaiba, ¡a Satoru-senpai le gustará mi espada!, ¡y jugaremos a los príncipes y rescataremos a Min-chan de… de… de… un digimon malo!, muajajaja.
¡Zam! ¡Blush!
La espadita hace ruidos intergalápticos cuando la muevo… o bueno, es cosa de mi imaginación, como dice mi hermana.
¿Pero, dónde está mi hermanita?, es que no la he visto, no estaba con Ben… ¿Se perdió?, ¿y el hermanito nuevo de Taik también se perdió?, ¿Dónde se escondieron?... ¡eso está mal!, tal vez se han perdido, ¡por eso yo los rescataré!
¡Splash! ¡runnnnk!
Me gusta correr y esta vez lo hago a toda velocidad. Las señoras se enojan cuando paso al ladito de ellas y todos me apuntan y eso es feo, porque apuntar a la gente es malo.
Aparte yo tengo la misión de encontrar a mi hermanita.
Osen es buena. A ella no me gusta hacerla enojar como a Ben… quizá es porque ella no es… no es tan divertida, pero nunca le diré eso a oneechan, ¡es un secreto!
La quiero mucho mucho mucho, pero mi hermana no es buena renegando, ella es buena con la compu, pero es que a mí no me gusta la compu, bueno, sí me gusta, pero es más divertido ver pelis y que me lean cuentos y jueguear.
A veces corro mal como ahora. Me caí.
Me topecé y me duele… ¿y mami?
Pero mami ya no está cerquita, se perdió también.
Creo que estoy en un mundo muy lejano a mami… Aquí nomás se ven muchos señores con maletas y otros traen muchos aparatos que cargan cajas y hay señoras con sombrerotes y todos son muy altos, como arbolotes… ah, y tienen cabello amarillo.
La espada del Jedi se ve chiquita.
Corro otra vez y esta vez mucho mucho muchote y ya luego, cuando me canso, ya no corro.
Ahora ya no hay nadie en este lugar de barcos. Sólo el mar y cajas, pero tan gigantédimas como un kabuterimon y… y… una whamon, como dicen los cuentos de tío Tk.
Hay humo y no veo. ¿Y mami? ¿y papi? ¿y mi hermana?
"¡Beeeen!", le grito a mi hermanito, porque él siempre me salva aunque yo sea malo.
Me pongo a llorar porque nadie viene, no me escuchan… Satoru-senpai dice que yo soy muy chillón.
"¡Mami, tengo miedo!".
Me limpio la cara con la ropa, aunque en casa me regañan por eso.
Oí a alguien. Se oyó como un monstuo. Había más humo. Miré otra vez la espadita que me había regalado el abuelito de Ben… El abuelito era tan valiente en las pelis y ahora yo tenía su arma secreta, así que podía serlo también.
Tenía que ser un niño grande y valiente, aunque fuera el más bajito de la clase.
Alcé la espadita, brilló verde y bonito entre el humo feo. Me puse atrás de la cajas y me asomé.
Vi a un señor con un traje muy raro, de color rojo, era como un vestidote que le tapaba todo el cuerpo, mami le llamaba a eso túnica de monja.
Pero eso no era lo malo, ¡lo malo era que el señor traía el sombrero de Min-chan!, ¡ése señor traía en su cabeza el sombrero de Min-chan!, ¿por qué?, ¡y traía una capota que le tapaba la cara!
Minagawa nos decía a Satoru-senpai y a mí que su sombrero era un regalo de su digimon, uno que hacía magia y se llamaba wizardmon. Mi mejor amiga se ponía contenta cuando platicaba esas cosas, pero ni Satoru ni yo nos acordábamos mucho del Digimundo, y eso que yo era súper bueno imaginando.
"Es lógico, Tulo, eras un recién nacido por aquel entonces", me consolaba mi senpai, "yo tenía dos años… si Min lo recuerda es porque ella también es tan mágica como su digimon, son cosas del destino, no seas llorica".
Satoru-senpai lo sabía todo.
Yo no, pero sí sabía que ese señor traía el sombrero de mi amiguita, lo reconocía, porque Min-chan siempre lo cargaba y era como su juguete favorito.
Me acerqué y no sé por qué, pero me temblaron las dodillas como si fuera un pececito que se salió del mar sin querer… aunque los pececitos tienen cola, no piernas.
"¡Señor, ese sombrero es de mi amiga Min!", le grité muy fuerte y alcé la espada.
El señor me volteó a ver y ¡zas!: me dio más miedo.
Ése no era un señor, era un digimon. Y uno malo maloso.
"Oh, ha venido el emblema de la Creación, aunque esperaba a alguien más…", eso dijo y me dolió en la pancita, me dieron ganas de hacer pipí.
"¡Dame el sombrerito de Min!" volvía a gritar, luego sacudí el arma mortal, aunque creo que al malo no le dio miedo, quizá no servía tan bien.
Yo no me fui de ahí aunque me miraba feo, corrí hasta él y le pegué muy fuerte, ¡Plawww! ¡Pussssh! Pero el señor malo me agarró la cabecita y la apretó, y todo dio vueltas.
"Este sombrero es la unión de dos mundos, lo he traído para llevarme al último Emblema cuya presencia brilla aquí, ¿y tú te lo quieres llevar, crío?, no me hagas reír, quizá hoy no pueda visitar a la persona que buscaba, pero en cambio, haré que la Creatividad se anule con un poco de tinieblas".
Me apretó mucho y yo ya no tuve ganas de hacer pis, porque se me salió todo.
Miré al suelo y vi que el pipí había manchado la ropita que mami me había comprado en el mall y lloré más porque a mí no me gustaba eso de mojar la cama ni nada de nada, ¡eso era cosa de bebés pequeños, como decía Kotaro-sama!
La espadita se me había caído también y grité y nadie vino, ¡pero ese sombrerito era de Min-chan!, y si ese digimon o señor malo se lo robaba, ella se iba a poner a llorar tanto como yo… y los dos nos íbamos a hacer pis de lo asustados y, entonces, Satoru-sama, que lo sabía todo, también se pondría triste.
Entonces hice lo que Ben decía que yo sabía hacer mejor. Le di un mordisco al malo.
Lo mordí como si fuera un leomon … el monstuo me soltó, me caí y le pegué bien rápido con la espada que recogí y le arrebaté el sombrerito.
Me quise alejar, pero no me dejó.
"¡Pagarás por haber retado a uno de los Siete Reyes Digimon, mocoso!", me gritó, "Ojalá pudiera matarte ahora, escoria!".
Ese digimon se enojaba feo, no era como Ben, que se enojaba bonito y en verdad era bueno siempre.
Fin P.O.V. de Tulo Izumi
O
P.O.V. Koushiro Izumi
Taichi me está volviendo loco; Siempre había sido una pesadilla llevarlo de copiloto cuando conducía, pero el estrés que me estaba generando hoy no se comparaba con las otras ocasiones en las que se había dedicado a torturarme.
En el fondo lo comprendía, porque estaba desesperado: iba a conocer a su hijo.
Pero el que lo entendiera no desaparecía el hecho de que me estuviera volviendo loco. A cada segundo se quejaba del tráfico, argumentando incluso que era todavía más terrible que el de Tokio. Movía los espejos retrovisores del auto sin mi permiso, prendía y apagaba el estéreo… Se revolvía en el asiento del copiloto como si tuviera diarrea y todavía tenía el descaro de inconformarse por la manera en como manejaba.
Hacía diez minutos, cuando habíamos tomado el freeway para acercarnos al Puerto de L.A., estuvo a punto de arrebatarme el volante del automóvil que había rentado justo y exclusivamente pare recogerle. Como me negué, empezó a hacer pucheros, como si tuviera cinco años.
Luego se brincó a la parte trasera a buscar unos papeles de su hijoSoji Miyagi -unos que le había dado Ken-, y se las arregló para desordenar todo su equipaje, sobre todo unos documentos de su trabajo y su ropa interior.
Eso me colmó la paciencia.
"¡Ya, Tai, cálmate o terminaremos chocando!", le regañé.
"¡Es que dejé los papeles que me dio Ken justo en esta maleta, Izzy! ¡Estoy seguro que esa sobrecargo se los robó!", chilló él.
"¿Para qué se robaría la sobrecargo del avión privado de tu amigo político unos papeles sobre tu hijo?, no tiene sentido, Tai", reprendí, "lo mejor será que te calmes, regresa al asiento delantero, ponte el cinturón de seguridad y sé paciente… por lo que conocí del carácter Soji-kun, no parece gustarle la idea de tener un padre y mucho menos uno tan descontrolado".
Quizá me pasé de la raya, pero en ocasiones hasta yo tenía mis límites. No era problema ayudar a un amigo, sin embargo, su manera de mostrar que tenía miedo sí que podía causarnos un accidente.
Taichi ya no dijo nada, por el espejo noté que de repente había dejado de estar eufórico y lucía alicaído. Me di un golpe en la frente por el arrepentimiento.
¿Qué hubiera pasado si Osen o Tulo se hubieran criado lejos de mí?, ¿cómo me habría sentido si de un segundo a otro me enterara de que mi primera esposa, Yue, me había engañado y había escondido a otro hijo nuestro?
Por supuesto, eso era improbable, porque Yue gustaba de mí, pero de haber existido la posibilidad, ¿podría estar calmado ante un encuentro tan devastador? ¿Podría mirar a mi hijo perdido al rostro y decirle que lo amaba?, ¿estaría preparado para sentir un desprecio por parte del chico o la chica?
Eran situaciones que no podría soportar… pero Tai sí, porque él era el Valor, a mí me daba la impresión de que su máxima cualidad salía a borbotones de su espíritu.
"Lo lamento, no quise decir eso", susurré, "Será difícil, pero Soji lo comprenderá todo".
"Supongo…", fue lo que dijo Taichi antes de volver a su asiento de copiloto y amarrarse el cinturón.
Llegamos a Puerto cuando la luz se apagó. Mimi había llamado por teléfono media hora atrás para avisarnos que Michael había zarpado sin contratiempos por el Pacífico. "Sólo me falta reunir a los chicos para irnos al hotel", mencionó.
En esos momentos, yo le pedí que no se moviera y que nos esperara ahí, porque Taichi estaba impaciente y quería conocer al chico. A mi segunda esposa no le había gustado la idea, porque ella quería que los Yagami de sangre se conocieran en un restaurante muy fancy que ella tenía reservado para la ocasión.
"Estás mal de la cabeza, Mimi, ¡yo no puedo esperar hasta una cena para conocer al chico!", había exclamado Tai, rezongándole a mi mujer.
Yo suspiré vencido. No podía siquiera precisar quién podía ser más cabezotas, si Mimi o Taichi. El punto era que probablemente a mí me gustaban ese tipo de personas, porque las seguía fielmente en amistades eternas y hasta en matrimonios.
Ni hablar, como decía mi amigo Yamato Ishida, "estamos rodeados de estúpidos, Izzy, pero eso nos hace listos".
Estacioné el carro cerca de la camioneta que le había rentado a Mimi para el viaje. Como anochecía, la mayoría de los turistas y los viajeros estaban abandonando el embarcadero.
Apagué el motor, abrí la puerta y miré brevemente a Tai.
"¿Estás listo?", le pregunté de forma educada.
"Qué va… creo que me voy a desmayar", su voz salió como un silbido sin gracia y muy agudo, "al fin comprendo cómo se sentía mi Taik aquella vez que lo llevé a la fuerza a que conociera a Akane y a Hidemi", narró, "él estaba bien angustiado y no se quería bajar del auto, creo que terminé arrastrándolo en contra de su voluntad".
"Sí, bueno, no esperarás que haga lo mismo que hiciste ese día con tu hijo, ¿verdad?".
"¿Por quién me tomas?, ¡la angustia no es nada si lo comparamos con mis ganas de conocerlo, no importa nada más!", y pisó el muelle en un segundo, se sacudió el traje sastre de color gris y se volvió a amarrar la corbata roja, ligeramente satinada.
Se le veía porte a pesar de que yo sabía que no había dormido por un día entero.
"Le llamaré a Mimi…", antes de marcarle a mi esposa, resonó mi celudigital con fuerza, era ella. Respondí de manera glacial.
"Mimi, ya estamos aquí", dije y la puse en altavoz, para que Taichi escuchara dónde estaban los chicos y mi mujer.
En la bocina del móvil sólo pude escuchar su llanto escandaloso y lleno de hipo.
"¡Ay, Izzy!", me gimió, "¡Ay, perdóname!".
Era frecuente que Mimi se echara a llorar. Siempre decía que era porque estaba en la PRE-menopausia, según le había dicho el médico. No obstante, lo único cierto era que ella era así por naturaleza.
"¿Qué pasó?", le pregunté. Tai se quedó serio pero siguió acomodándose la corbata, como si en realidad le hiciera falta.
"¡Es que Tulo se perdió de nueva cuenta!", chilló con fuerza.
"¿Lo perdiste de vista otra vez?", me molesté, "¿Hace cuánto que se perdió, Mimi? ¿Dónde estás ahora? ¿Dónde le viste la última vez?, ¿avisaste al departamento de niños perdidos?".
Dije todo eso muy rápido. Mimi se emborricó, quedó aturdida sin saber qué decir. De nuevo me sentí ofuscado, sabía que no había perdido a Tulo a propósito, pero esta situación nos ocurría a menudo.
Esa era una señal de que algo no estábamos haciendo bien con el niño. Para mí, Tulo Kosuke Izumi, como decía su acta de nacimiento, era un reto. Era totalmente contrario a Osen a pesar de que físicamente se parecían mucho.
Este crío era gritón, llorón, travieso, mimado, disperso, desobediente y aventurero. Era imposible tenerlo quieto un rato, salvo con películas y cuentos.
A pesar de eso, adoraba a ese pequeño con todo lo que podía. Admiraba la capacidad de creación que tenía Tulo: armaba rompecabezas muy rápido, hacía torres con sus piezas de juguete, entendía los haiku y las canciones, captaba el honor y la destreza de los superhéroes que admiraba.
Hacía esfuerzos por portarse bien, era cariñoso con afán y vocación, incluso conmigo, que era un padre que no sabía dar cumplidos ni abrazos.
Todo estaría perfecto con Tulo si no se perdiera tan a menudo. Quizá mi hijastro Benjamín tenía razón al decir que su medio hermano era un "corto circuito" de los genes míos combinados con los de Mimi, pero el niño nos tenía enamorados a todos, incluyéndolo a él.
"Tranquila, Mimi, llorando no resolveremos nada", serené, "Comenzaré a buscarlo, pero por mientras contacta con las autoridades del Puerto, estoy seguro de que si vocean a Tulo éste se dará cuenta de que tiene que buscarnos".
"…. Sí… perdón, mi amor", mugió ella, a través del celular.
"¡Ánimo, princesa Mimi, yo les ayudaré a buscar a ese torbellino!", exclamó Taichi.
"Ay, Tai, qué pena, Izzy tenía el altavoz y oíste todo eso… gracias por ayudarnos, snifff".
Si Taichi era capaz de desaparecer el llanto de Mimi, también era apto para conquistar el corazón de un hijo.
Fin P.O.V. Koushiro Izumi
O
P.O.V. Soji Miyagi
Una mariposa con alas teñidas de infinidad de colores era capaz de disipar el efecto de un beso, al menos para Osen Izumi, alias mi Muñeca.
Esa niña era capaz de ignorar mi presencia con una facilidad tremenda. Desde que había percibido al insecto volador, había adoptado una actitud hipnótica.
Estaba obsesionada con atrapar al bicho y buscar la relación de este con el Mundo Digital, el cual para mí no tenía ningún valor. No me dejaba hablar y tiraba de mí como si fuera un mono de felpa o de trapo… todo era culpa de esas malditas esposas que nos había puesto Ben…
Sus ojos negros mostraban un fulgor que la tenían a ella en trance y a mí entre indignado y curioso. De hecho, la única razón por la que seguía a la Muñeca sin rezongar era porque quería comprender qué era lo que tanto le llamaba la atención.
El mundo de esos monstruos no era de mi interés, pero seguir a Osen y ver sus diferentes expresiones era algo que no podía dejar de descubrir.
Por eso le seguí los pasos y dejé en segundo plano mi estrategia de huir de Taichi Yagami y mi pasado.
F l a s h – B a c k
Nunca entendí lo que quería decir añorar el pasado cuando era un niño. Muchos chicos del internado pasaban horas imaginando pasados que no existían. Inventaban quienes habían sido sus padres y sus familiares; luego armaban historias fantásticas sobre éstos.
Con nueve años recién cumplidos a mí no me hacía gracia pensar en esas cosas. Cuando los chicos de la habitación comenzaban a inventar sus historias yo les ignoraba y mejor me iba a leer al patio.
Si había que imaginar lugares que no existían era mejor ponerse a leer un libro o alguna partitura musical. Platicar de hechos que no existían a mí me parecía un insulto.
Seguramente esas excusas que acabo de describir sean tontas. Sé perfectamente que la razón por la que no participaba en las fantasías de mis compañeros era porque mi historia y mi pasado eran reales.
Desde que había visto a ese hombre y a ese otro niño igual que yo, lo único que hacía era soñarlos.
No me gustaba dormir porque la sonrisa de aquel hombre me perseguía en aquellas pesadillas, mientras la otra copia de mí pateaba un balón de fútbol en mis recuerdos.
Y estaba claro que a mí no me interesaba tener esos recuerdos porque no sabía asimilarlos… además, mis otras remembranzas eran estancias largas y dolorosas en las camillas de un hospital.
El sujeto del parque comenzó a salir en la televisión, se llamaba "Taichi Yagami". En el orfanato no nos dejaban ver la TV a menudo, pero siempre ponían las noticias por las mañanas. Ahí, en un foro de globalifóbicos, el hombre de cabello marrón y ojos parecidos a los míos era anunciado como el Embajador Yagami.
Cuando lo veía en la tele me daba torzón en el estómago, miraba alterado a mis profesoras y a los otros niños, pero nadie parecía comprender lo parecidos que éramos ese diplomático y yo.
Era muy injusto que nadie se diera cuenta…
En una de esas tardes soleadas, en las que decidí ignorar a los otros niños que inventaban historias sobre sus progenitores, caminé por el patio trasero del orfanato con gesto desenfadado.
Llevaba un libro de geografía muy viejo, porque Sasaki-sensei no me había prestado ni la guitarra ni ninguna novela apta para mi edad, como decía ella.
Dejé el libro sobre la banca y me senté. Podía pasar horas sin moverme cuando estaba sentado en soledad. A veces me daba la impresión de que no respiraba, era como si el viento lo hiciera por mí.
Me distraje viendo el cielo, que dejaba caer una luz intensa, la cual pasados unos minutos se volvió una bruma espesa. Me pregunté si ésta se debía a la humedad o al calor, ¿Era posible que se pudiera formar una mase de nubes tan firme en tan pocos minutos?
Pero aunque fuera un hecho insólito, el patio del orfanato, lleno de juegos de plástico chamagosos y árboles de cerezo, comenzó a dibujar alrededor una línea de niebla, parecía una enorme burbuja.
Me quedé estático. Deseé ser una nube e irme con ese viento húmedo, aunque lo que pasó fue lo opuesto. Permanecí lo más quieto posible mientras se abría el camino de bruma y entraba caminando un mensajero.
Al menos así lo califiqué yo. Era un hombre vestido con un hábito güinda, tenía las manos enguantadas de blanco y unas botas gruesas, enormes, también de color claro combinadas con dorado.
No me gustó que el rojo oscuro de su sotana se combinara con su calzado albino. Estaba encapuchado y no podía verle la cara, pero le sobresalían unos mechones de cabello dorado. Era una persona alta y esbelta, aunque con una joroba picuda que me conmocionó ligeramente.
Lo vi acercarse a mí con pasos densos. Lo dejé sentarse a mi lado y poner su enorme mano sobre la mía. Lo único que hice fue dejar caer el libro de geografía y mirarle con ojos de cachorro perdido.
"Tu padre es Taichi Yagami", dejó salir su voz, que resonó como un canto.
"Lo sé", dije muy bajito, bajando la mirada.
"Y te abandonó", agregó, subiendo su enorme mano a mi espalda.
"Ya lo sé", repetí. Las historias que creaban mis compañeros de orfanato cobraron sentido en un instante. Cuánto les envidiaba yo, porque podían crearse un padre a molde aunque no fuera de verdad. "¿Quién eres tú?".
"Tu padre dejó que tu madre muriera y eligió al otro niño antes que a ti", explicó. De la túnica sacó una fotografía borrosa donde había una tumba que decía "Akane Fujiyama" y una canasta con un bebé adentro.
¿Era yo ese bebé?, no podía saberlo bien, pero me vibró el pecho y consideré que lo que me decía ese hombre tan raro era verdad. A los nueve años uno entiende mejor las cosas de lo que los mayores creen. Quizá a esa edad comprendía las cosas mejor que ahora.
"¿Quién eres tú, mensajero?", lo volví cuestioné, sin llorar ni berrear por conocer el pasado que siempre había temido.
"De donde vengo, algunos me llaman Luce M. Falldown", declaró. "No te miento, pequeño, soy enemigo de la persona que te dio la vida, de Taichi Yagami. Ese hombre se la pasa interviniendo en mi país y causando guerras entre nuestra gente… por eso decidí averiguar sus pecados y descubrí que te había abandonado y causado la muerte de tu madre… el pecado de ese hombre es el de la soberbia, ¿lo entiendes?, ese mal hizo hizo que te rechazara a ti porque eres débil y enfermo, por eso prefirió al otro".
Luce M. Falldown se levantó de la banca. Fue ahí cuando tuve el impulso de querer detenerlo para que me contara más cosas sobre el hombre que por soberbia había preferido al otro niño.
Tiré de su manto y la capucha cedió, su rostro hermoso quedó frente a mí. Era un hombre muy pálido, de ojos cian y cabello oro. Sus rasgos me hacían recordar a los ángeles de las pinturas europeas que había visto en los libros del Renacimiento en la clase de historia universal.
Lo único que me alteró fue que de su cabello sobresalieron un par de cuernos. Uno tenía forma de ala de murciélago, el otro parecía un ala de ángel.
"¿Qué es eso?", pregunté con zozobra.
"Tu imaginación", me dijo Luce M., antes de que me mareara por unos segundo y no me diera cuenta de su partida.
F i n - d e – F l a s h - B a c k
Mi viaje al pasado desapareció cuando Osen comenzó a toser sin control alguno.
Carraspeaba con fuerza, como si tuviera experiencia en estar encamada por algún padecimiento. Pestañeé y olvidé el día en el que me dijeron que Taichi Yagami era mi padre y que me había abandonado.
Por primera vez caí en cuenta de que aquel mensajero era extraño y la situación bajo la que se había dado su visita en el orfanato lo era más. Sin embargo, de niño pequeño, me había impactado más el sospechar que mi padre me odiaba que el descubrir que ese hombre tenía cuernos.
"¿Qué pasa, Muñeca? ¿Te sientes mal?", pregunté a Osen. Ella se dobló el vientre, tosió con más fuerza, de modo que la mariposa nos escuchó y terminó despareciendo.
"Nada", respondió, "Así pasa a veces… ¡Oh no, he perdido de vista a la mariposa digital!".
Otro ataque de tos pareció invadirla, la chica se cubrió los oídos en lugar de la boca. Quise darle algo para que se sonara la nariz, deseé darle un abrazo, pero la Muñeca me hizo a un lado en seguida.
"Algo no está bien aquí", aseveró Osen, luego apuntó el cielo, que ya estaba oscuro. "Mira, se está formando un remolino de neblina…".
"Son volutas de humo", acerté a decir.
No era una niebla cualquiera. Era la misma bruma que había percibido cuando me había visitado ese hombre.
"Seguramente un digimon está cerca", concluyó la pelirroja, "si tuviera mi brazalete digital aquí podría precisarlo mejor, pero le has tirado".
No supe si lo dijo con rencor o resignación, porque ella no daba cabida a adivinar nada. La única chica que me había gustado estaba resultando ser un acertijo. No asimilé lo que había dicho sobre esas criaturas llamadas digimon, ¿era que sólo esas cosas habitaban en la mente de Osen?, ¿por qué ella no le daba a sus pensamientos al menos un espacio para analizar lo de nuestro beso?
Un chillido me sobresaltó, después se escuchó un llanto, le siguió una risa de sonido dulce, pero que sonaba a mal presagio.
"¡Me duele! ¡Mamiii!", gritó el niño menor de los Izumi. Pude reconocerle claramente, aunque se oía como un eco.
"¡Están atacando a Tulo!", clamó la Muñeca, sacudiendo las manos para tratar de hacer a un lado la neblina. Intentó correr y me jaló tras ella, aunque no tardamos en estrellarnos contra un contenedor.
"No se ve nada", comenté, "¿dónde estará tu hermanito?".
Otro llanto de Tulo nos lastimó el corazón. Osen se echó a llorar y su pinta de nerd despareció por completo, dejando a mi lado a una chica con los sentimientos en trozos.
"QuéhagoQuéhagoQuéhago", dijo ella a la velocidad de la luz, mientras llevaba unos de sus brazos a su pecho, "Ay, Motimon, qué hago, amigo, dime qué hago".
No tenía idea de quien era el tal Motimon, pero la Muñeca pareció tranquilizarse al pensar en él. En unos pocos segundos ella se tranquilizó como si estuviera impuesta a escuchar a su hermano gemir del dolor.
Luego, de su pecho se desprendió, o eso me pareció a mí, una luz morada muy tenue que la hizo verse aun más hermosa.
"Soji-kun, es por acá", comentó con seguridad, "Tenemos que correr, porque sospecho que le están haciendo algo malo a Tulo-chan, ¿de acuerdo?, correremos primero con la pierna derecha y luego con la izquierda, para no caernos por culpa de las esposas y la cadena, yo te guiaré a la cuenta de tres... uno, dos… ¡tres!".
La Muñeca japonesa se echó a andar deprisa y me guió con una precisión que rayaba en la sabiduría. Sentí como si el conocimiento mismo se le estuviera segregando del cuerpo.
Trepamos algunas cajas de los barcos de carga, en todo el recorrido no vi personas, ni luces que no fueran las de la misma Osen. Llegamos a la cima de una pequeña montaña de contenedores. Justo debajo de éstos estaba el humo y, al parecer, de ahí provenía el llanto de Tulo Izumi.
Sin avisar y perdiendo los estribos, la pelirroja saltó y me atrajo con ella. Caímos de pie, aunque no supe precisar cómo lo habíamos conseguido.
Osen comenzó a toser por la niebla y yo me llené de recuerdos. Vi al mismo hombre de túnica roja y cabellos dorados que había sido el mensajero de mi desgracia.
Esta vez lo miré pasmado, en lugar de estar sentado, hablando con su voz de ángel, tenía sujeto a un bebé de 5 años del cuerpo y le apretaba, tratando de quitarle un gorro.
Tulo estaba llorando, aunque se aferraba con fuerza al sombrero de brujo como si se tratara de un tesoro muy importante.
"¡Es un… es un Lucemon Falldown Mode, uno de los Siete Reyes Demonio de las que hablan las leyendas del Digimundo (**)!", declaró Osen, "¡Oh por Dios, que deje a mi hermano en paz!".
La chica quiso abalanzarse sobre el sujeto, pero su prisa nos hizo tropezar a los dos. Tulo nos divisó desesperado. Tenía una herida aparentemente superficial en la frente, pero gran parte de su cabecita estaba ya con sangre.
"¡Hermanita!, ¡este feo quiere el sombrero de Min-chan!", acusó, "y yo no se lo doy!".
"¡No le hagas daño a mi hermano!", pidió la pelirroja.
"¡Suelta al niño!", ordené a ese demonio, mientras Osen y yo nos poníamos de pie.
Y soltó al niño, pero después de arrebatarle el sombrero. El pelirrojito fue a estrellarse con una caja y calló de bruces. Quedó silente, desmayado y si ni un solo grito. Osen gimió desesperada e intentó ir por él, pero el sujeto nos cerró el paso.
"¡Tulo!", lloró ella, "¡Déjale en paz!, ¿Qué es lo que quieres de nosotros?".
Por mi parte estaba helado. Había muchas cosas que yo había conocido en el mundo, pero ver sufrir a un bebé no era parte de las situaciones que me jactaba de haber presenciado antes.
Vi el mechón rubio bajo la capucha del monstruo. Sin pensar, volví a tirar de la capa del hombre y el mismo rostro que había visto en el pasado quedó al descubierto. Los mismos cuernos brillaron, aunque éstos fueron cubiertos rápidamente por el gorro de maguito que con tanto ahínco había tratado de quitarle Tulo.
"Me mentiste…", le dije al sujeto. La Muñeca me miró desconcertada.
"No te mentí, hijo del Valor. Él te dejó por soberbia, hoy te he estado buscando para llevarte conmigo, he venido por ti, es hora de que vayas a mi país a resolver todo lo que Yagami ha dejado en mal estado cuando se creía embajador".
"¿De qué está hablando Lucemon Falldown, Soji?", reclamó Osen, "¿Acaso le conoces? ¿Tienes trato con este tipo de digimon?, ¡no me lo puedo creer! ¡dijiste que no creías en el Digimundo! ¡han lastimado a mi hermanito! ¿Te das cuenta?".
No. No me daba cuenta. Y no, no tenía tratos con ese tipo de digimons. Al menos no tenía idea de lo que eran y no quería creer en ellos.
"¡A callar, Conocimiento!", vociferó Lucemon. Al momento de su orden, la Muñeca comenzó de nueva cuenta a toser sin parar, como si la presencia de ese tipo le causara alguna alergia.
El mensajero se acercó a nosotros, tomó en sus manos las esposas con las que nos había encadenado Benjamín, y las hizo añicos, lo que hizo que nos separáramos la nena y yo.
Osen se encogió un poco y Lucemon Falldown la hizo a un lado de un empujón fortísimo.
"Vámonos, Apócrifo, no invertí tanto en tu oscuridad como para que te llenes de luz", susurró con dulzura, tomando mi mano.
Para ese entonces, la manta roja del sujeto ya se le había resbalado del cuerpo, que era mitad de luz y mitad oscuridad, con alas de ángeles y demonios conviviendo como amigos.
En el momento en que tomó mi mano sentí que me mareaba. Vi que un portal oscuro, como si fuera un hoyo negro, comenzó a abrirse en el muelle.
Esa cosa me iba a llevar con él y cuando lo entendí, sentí algo de empatía hacia el señor Yagami aunque éste fuera un soberbio y hubiera preferido al otro yo.
"No quiero ir contigo…", fue lo que pude responder.
El brillo de un haz de luz anaranjada me llenó de templanza.
"¡TOCAS UN CABELLO DE MI HIJO Y TE MATO!", bramó una voz estridente, que hizo temblar a la tierra y al sol y a la luna... y a todo el Digimundo del que se hablaba tanto.
Una flama descargó contra el digimon. Perdón, no fue fuego. Fue una bala de hombre. Lucemon me soltó no porque le hubiera asustado el disparo, sino porque Benjamín Tachikawa salió de la nada y de un salto le arrebató el sombrero al monstruo.
Al mismo tiempo, el señor Izumi recogió a Tulo-chan del suelo y le abrazó con consternación.
A mi costado, la niebla salió huyendo hacia el infinito y se perfiló Taichi Yagami.
Hizo más disparos con la pistola que cargaba. Uno tras otro sin parar. Sus balas parecían contaminadas por su cuerpo que remitía una luminosidad de color melón.
Osen calmó su tos, se puso de pie y brilló con su luz violeta. El señor Izumi la imitó, lo mismo que Ben, aunque de él emanó una luminosidad verdosa.
De mí no salió nada.
"Es un digimon demonio legendario, del tipo virus… no creí que existieran todavía", alcanzó a decir Izumi, "la única manera de defendernos es con los emblemas".
Lucemon berreó de la ira, como si hubiera perdido un duelo entre el día y la noche, luego se volvió hacia Ben, se abalanzó hacia él…
"¡Lanza el sombrero, Ben, ¡YA!", ordenó Taichi Yagami. Benjamín asintió tembloroso y aventó el gorro hacia el mar, que comenzaba a verse por la desaparición de la niebla.
Después de juntar el sombrero de las aguas del mar, Lucemon Falldown Mode -mi mensajero o quienquiera que fuera-, se desvaneció, como si nunca hubiera pertenecido al Puerto de L.A. y a mi mundo.
Osen y Ben corrieron hacia Izumi-san, exasperados por ver si su hermanito estaba bien.
El niño abrió sus ojitos y comenzó a llorar ruidosa mente, apretando a su papá como si fuera un piojo.
"Descuiden, chicos, creo que está a salvo", avisó el padre.
El padre…
Yo quedé quieto, comprendiendo que no había marcha atrás. El pasado estaba encima de mi presente y la sombra de Taichi Yagami se delimitaba bajo el candil del farol que estaba frente a mí.
La luna estaba llena.
Él puso la mano sobre mi hombro, giró mi cuerpo para que nos viéramos de frente.
Qué hombre más confianzudo, pensé de repente. Aparecía de la nada y me salvaba de caer en un hoyo sin fondo con un demonio que tenía un nombre casi idéntico al de Lucifer.
Qué hombre tan arrogante. Creía que podía entrar en mi vida en forma de héroe, con una pistola en mano y el cuerpo brillándole como un Piel Roja.
Qué encuentro tan miserable. Si tu padre te da la vida cuando naces y pasados 15 años, a pesar de que te abandonó, te salva nuevamente, ¿acaso te da derecho a odiarlo?
"Eres perfecto", fue lo primero que me dijo Taichi, antes de extender los brazos y capturarme en un abrazo surrealista, el cual viví sin moverme un centímetro.
Fin P.O.V. Soji Miyagi
Continuará…
O
(*) Los Haikus son poemas breves japoneses. Generalmente están conformados por tres líneas, la primera de siete sílabas, la segunda de cinco y la tercera otra vez de siete. Los temas más recurrentes en estas pequeñas obras de arte son la naturaleza, la sabiduría y el amor. No tengo alma de poeta, pero sí escribo este tipo de poesía de vez en cuando. El Haiku (o jaiku) que utilicé para este capi es de un autor llamado Kito. No es mi Haiki favorito, pero creo que a Tulo sí le gusta.
(**) Los Siete Reyes Demonio en Digimon sí existen y serán los malos de esta saga. Ya he presentado a Lucemo Falldown Mode y a Demon (o Daemon). Creo que con estos digis podré cuadrar bien mis planes para finalizar mi trilogíaa.
O
¡Y bueno!, pasemos a las notas.
Muchas gracias por leerme, espero que les haya gustado. Para mí ha sido un reto utilizar algunas primeras personas a la hora de narrar, sobre todo la parte de Tulo… ¿qué puedo decir en mi defensa?, no tengo idea de cómo piensan los niños de 5 años genios pero hiperactivos… aún así espero que les haya gustado, yo me la he pasado bien escribiendo, aunque no tengo idea de si quedó bien.
Sobre todo me preocupa el encuentro entre Soji y Tai. Espero que los flash back de Soji y su manera de pensar hayan quedado clara. En realidad yo tenía una idea muy diferente de este encuentro, pero al sentarme a escribir sucedieron cosas imprevistas: resultó una escena de un beso, por ejemplo, lastimé a un niño de 5 años… y encontré a un padre y a un hijo en una situación alarmante.
No se me ocurrió qué palabra podía ser mejor que le dijera Taichi a su hijo, que el "Eres perfecto", creo que eso engloba lo que Tai ansiaba de su trillizo. Quizá al decir que era perfecto se dio cuenta de que lo amaba o no sé, Tai es Tai. También le puse una pistola, jaja, luego explicaré de dónde sacó esa arma y cómo funciona.
Escribiendo la última escena, cuando Tai llega gritándole al malo, recordé que hace muchos años, cuando escribí Memorias Borradas, Hidemi también llega gritándole a LadyDevimon que deje en paz a Seiyuro… entonces tuve como un deja vu y llegué a la conclusión de que Hide y Taichi, hija y padre, sí que tienen algo de parecido.
Sobre el beso que le robó Soji a O-chan, pues ¿qué puedo decir?, me sonó tentador hacer a la pelirrojita muy evasiva, jaja, pero al muchacho le caló que la hija de Izzy estuviera más interesada en mariposas digitales que en besos.
También Ben tuvo su parte, quizá no tan elemental de momento, pero tengan por seguro que es clave para conocer la historia que girará en torno al hijo de Mimi… además, ¿apoco no es divertido leer a Ben?, jeje, al menos me divierte escribir "siendo" él… Con respecto a Izzy, pues lo utilicé como un puente para unir las escenas y la parte de Tulo fue para narrar el ataque y para intentar darles a conocer más de este nene… ciertamente está medio loco, seguro que cuando se reencuentre con sus amigos Satoru y Min serán una bomba de travesuras.
En este capi había una parte de Hidemi, pero la quité porque bueno… decidí enfocarme más a la situación en L.A., además de que anhelaba que Taichi conociera a su hijo…
¿Cómo será la relación de ese par? ¿Qué pasará cuando Soji conozca a sus mellizos? ¿Qué pensará Osen del beso? ¿Por qué Lucemon FM llamó "Emblema Apócrifo" a Soji? ¿Por qué ese digimon apareció ante el hijo perdido de Tai cuando era niño para mentirle parcialmente sobre su padre?... ¡y hay más!, ¿qué tiene que ver Calumon en todo esto?, ¿Qué habrá pasado con Seiyuro? ¿Estará bien Akane Fujiyama? ¿Qué pasará con el embarazo de Yuri? ¿Los otros personajes tendrá más acción?
Todas esas dudas espero esclarecerlas pronto.
Nuevamente, Gracias por leerme. Espero con ansias sus comentarios, porque éstos nutren mis ánimos como no tienen una idea.
Otra cosa. He decidido que el niño de Yuri y Toshi será niño. ¿Cómo ven?, sólo no tengo claro el nombre. Al momento es la decisión, pero tengo tiempo para cambiarla, ¿tienen más sugerencias?... y otra pregunta, ¿con quien preferirían que se quedara Osen, con Zet o con Soji?...
Me despido.
CC
