A todos los lectores y lectoras, les agradezco su presencia en este nuevo capítulo de este fic. Hace semanas que quiero actualizar pero no había podido hacerlo... quizás fue lo mejor, porque eso permitió que mi perturbada y loca imaginación ideara nuevos planes malévolos para este fic.

Muchas gracias por todo el apoyo para esta secuela de la saga de Fusión Prohibida, les adelanto que este fic, Apócrifo, tiene la intención de cerrar con mis historias futuristas y darles coherencia a las precuelas mismas.

En esta ocasión, mi capítulo estará enfocado a la historia de Akane Fujiyama, la enigmática prostituta que tuvo a los trillizos de Taichi... aquí sabremos su pasado, el nacimiento de Taiki, Hidemi y Soji, además de más de la trama principal de esta historia: el emblema apócrifo y los enemigos a vencer. Por supuesto, quedarán muchas dudas, pero ya las iré resolviendo próximamente.

Espero no les desagrade.

Este fic está dedicado a todas las personas que después de que terminaron las historias de Digi01 y 02, siguieron soñando con el epílogo del 2027.

Cabe resaltar que este episodio está enfocado en los Yagami, pero en las próximas entregas seguiré con los demás chicos, los cuales también tendrán su importancia.

Es importante aclarar que en este cap puede haber escenas subidas de tono.

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A p Ó c r I f O

Por CieloCriss

7.1

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Odaiba, Japón

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"Eras tú… entonces no era él… aún no lo he hallado", gimió y se le derritieron los ojos a Akane Fujiyama.

"¿De qué está hablando, señora?", interrumpió Taiki, "¿Quién es él?, ¿a qué juega ahora?".

"Yo... en realidad... quiero contarles mi historia...".

"¿Tu historia, mamá?", preguntó Hidemi, "¿De verdad nos la dirías?".

Taiki se recargó en la pared del cuarto de urgencias.

"Y bien, ¿qué es lo que espera para 'contar su verdad', señora?, despotrique su mentira", dijo con sorna el hijo mayor de Tai.

Fujiyama asintió, los labios le temblaron... y entonces, sólo entonces, fueron incapaces de cerrarse.

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Flash Back

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No le cerró el vestido esa noche. Akane intentó por todos los medios sumir el vientre, apretarse con una faja y apachurrarse los pechos, pero no pudo.

Ya no podía seguir ocultándolo más. La tanga que debía ponerse para el show dejaba al descubierto su pancita.

Ella sabía lo que significaba. Desde que le invadieron las náuseas todas las mañanas y su regla desapareció, su embarazo fue más que evidente.

"Estás preñada", le dijo la matrona de La Adivinadora esa noche. "Ahora que por fin te crecieron los senos y te volviste popular entre los clientes, te da por quedar embarazada".

Akane no dijo nada porque no había nada que pudiera decir.

Simplemente su mente estaba en blanco.

"¿No te pago para que te compres anticonceptivos orales? ¿Qué no querías ser una bailarina profesional?; siempre supe que eras muy tonta, pero no creí que a estos niveles".

"¿Me va a echar?", fue lo que pudo articular Akane.

"¿Y qué harías entonces?", se rió la apoderada del tabledance, "¿Eres retrasada mental, Akane-chan?, ¿tú crees que tus padres te aceptarían de vuelta, siendo que huiste de tu casa a los 14 años?, ¿o crees acaso que te vas a reencontrar con el hombre que te preñó y te aceptará a la criatura?, ¿o consideras que podrás triunfar con esa panzona?

"Yo sé quien es el papá...", susurró ella en tono bajito. Tenía apenas 17 años y el rostro hundido por los primeros meses del embarazo.

"¡Por el amor de Dios!, desde que te cobijé, a los 14, te has acostado con decenas de hombres, no me salgas con que sabes cuál te embarazó", chilló la matrona, Chiyo, dándole un coscorrón a la chica, "Ahora te explicaré lo que vas a hacer."

"Sí...".

Chiyo era una mujer voluptuosa, con la cara arrugada de tanto tabaco y alcohol, pero con el cuerpo entero. Tendría unos 50 años en aquel entonces y se encargaba de seleccionar a chicas para convertirlas en prostitutas.

Generalmente no aceptaba menores de edad, pero las ganas que tenía Akane Fujiyama de ser bailarina la habían conmovido, y le había dado la oportunidad a la joven, a quien después de un año por fin le habían crecido los senos y se había vuelto muy popular en la clientela.

La matrona sacó un fajo de billetes, apuntó una dirección en un papel y lo entregó a Akane.

"Ahora, niña, te me vas a esta clínica para que te hagan un legrado".

"¿Legrado?".

"¡Para que abortes, tontita!, ¿o qué?, ¿te vas a hacer cargo tú de ese niño?, porque yo no, y desde ahorita te aviso que ese mocoso tampoco te dejará ser bailarina".

"Pero no quiero...".

"Si tenemos suerte y todavía no rebasas las 12 semanas, podrás liberarte de esa panza hinchada que traes; de hacerlo así te podrás convertir en la Esmeralda para cuando tengas 18 años, la joya más preciada de La Adivinadora. Eso te digo yo que soy casi como una vidente".

Chiyo le dio un empujón hacia la calle a Akane, quien salió del establecimiento con los ojos muy abiertos y el susto hecho ganas de vomitar.

Caminó siguiendo las instrucciones de su jefa, pero a medio trayecto, mientras viajaba en tren, apachurró el papel con la dirección, lo tiró y se echó a llorar.

Se bajó en Odaiba.

Caminó rumbo a una plaza comercial donde había un restaurante de comida rápida. Miró su reloj, ya era hora. Estaba buscándolo a él... al papá del bebé que esperaba.

Akane quizá se había acostado con muchos hombres sin siquiera proponérselo, pero sabía exactamente quién era el padre de lo que le crecía adentro.

Lo sabía porque era del único de quien se había enamorado.

Su corazón había quedado enganchado al de un hombre mayor que ella, pero con el rostro jovial y visionario.

Esa noche, él -que llevaba un traje muy elegante-, se la había pasado emborrachándose, quejándose de un amor perdido.

Ella lo había arropado y simplemente había quedado fascinada con esos ojos de chocolate amargo que tenía él, con ese olor a coraje y a desenfreno.

Se llamaba Taichi Yagami y era al único cliente al que había dejado que le hiciera el amor sin preservativo alguno.

Justo lo había detenido cuando él se lo estaba colocando.

"¿Por qué?", le había preguntado él.

"Porque esta noche quiero ser tu Sora", había contestado Akane, que había pasado esa noche escuchando su historia de desamor. Ella tampoco se tomó las pastillas, nunca las tomaba porque le hacían mal.

Desde que se había dado cuenta de que algo le crecía adentro, se había vuelto una acosadora invisible de Yagami.

Había espiado al hombre las últimas semanas y sabía que todos los viernes en la tarde el hombre iba al mismo restaurante con un niño pequeño.

Ella se sentaba en una banca que estaba cerca de la entrada, fingía que leía una revista, pero en realidad observaba con nostalgia al hombre que ella había elegido, pero que era imposible alcanzar.

Inalcanzable porque seguramente ese niño bonito con el que iba al restaurante era su hijo, o eso creía ella.

Inalcanzable porque ella no se llamaba Sora, ni era mejor amiga de nadie, ni era un amor prohibido.

Inalcanzable porque ella sólo era una niña fingiendo ser mujer.

Inalcanzable porque no era nadie. Ni siquiera con el vientre abultado lo era.

"¡Toshi-chan, dame la mano", escuchó Akane y se cubrió el rostro con la revista. De reojo vio pasar a Taichi Yagami junto a ese niño bonito y obediente, que al instante levantó su bracito y se agarró al adulto.

"¿Qué quiere que le compre de comer mi bebé precioso?", preguntó.

"Mmh, tooooyo".

A Akane se le acalambró la respiración, se miró su naciente embarazo y se sintió embarrada de mugre.

Lo que le crecía dentro no podía llegar a ser tan lindo como el niño de enfrente.

"¿O sea, todo?, ¡pues todo será entonces, bebé Toshi!, nomás me ayudas a convencer a tu mami de que no te consentí demasiado, ¿vale?".

"Haaaaaiiii", agregó el chiquito.

Akane ya no pudo ver más.

Un torrente de náuseas se estacionó en su vientre. Aprisa se puso de pie y se alejó lo más rápido que pudo de ese hombre y de ese chiquillo.

En definitiva, había amores imposibles. Y ella y su vientre horrible y desafinado de chica de 17 eran un claro ejemplo de ello.

El resto del día deambuló sin rumbo fijo por diferentes colonias de la zona metropolitana de Tokio.

Se subía al tren y se baja sin leer los letreros. En la noche, cuando se dio cuenta que ya no podía caminar más, se sentó en una plaza de Shibuya y consiguió que un hombre le pagara por acostarse con ella.

Al otro día amaneció sola en una habitación de hotel. Con resaca de cansancio regresó a casa de Chiyo, para devolverle el dinero, que por suerte seguía intacto.

"Voy a dejar que crezca lo que vive dentro de mí y luego esperaré a que se salga", susurró Akane, con una reverencia de agradecimiento.

"Te vas a joder, Akane-chan", aseguró la madrona, "aquí no puedes quedarte y jamás serás una bailarina si te pones a parir, ¿tú crees que no se te van a colgar tus pechos recién nacidos?, ¿crees que tu vientre no quedará con estrías?, ¿tú crees que no te va a chupar la vida una criatura a la que no tendrás siquiera para darle de comer?".

La chica encogió los hombros totalmente ida. Luego pestañeó suavemente.

"Si vuelvo y no se me han caído los pechos, si no tengo estrías en el vientre y si no me he muerto de hambre, ¿me aceptará de nuevo, Chiyo-san?".

"Sólo si sigues siendo suficientemente hermosa y talentosa como para ser la Esmeralda".

La muchacha asintió decidida. Fue a la habitación que compartía con algunas compañeras.

Mientras recogía sus cosas, Akane sintió las miradas de esas jóvenes, las cuales eran frías y le detallaban una vez más que estaba sola en el mundo.

No había esperanza, ni lucha.

Había llegado a ese burdel con tres vestidos y una panza vacía. Se iba con los mismos tres vestidos, pero el vientre relleno.

Chiyo le dio un poco de dinero cuando se fue. Akane iba a agradecerle, pero la matrona se lo prohibió.

"Sólo desaparece de mi vista, Akane-chan", fue lo que le dijo y lo que hizo que a la muchacha se le pusieran los ojos remojados.

Salió del tabledance y vagó de nueva cuenta sin rumbo fijo. Esta vez no fue al restaurante de comida rápida para ver pasar a Yagami y a ese niño bonito, porque sabía ella que esa rutina sólo sucedía los viernes.

Aún así, quiso con todas sus fuerzas ir adonde trabajaba ese hombre tan importante. Deseó tener valor para plantarse se frente a él y decirle todo lo que estaba pasando... que le quería, que no podía olvidar la noche que habían dormido juntos y que llevaba un bebé dentro de ella que le pertenecía a él.

¿Por qué simplemente no lo hacía?, era simple, porque Akane ya no quería más decepciones en su vida.

Cuando había salido de su pueblo le habían prometido fama, pero la fama que había conseguido era entre cuerpos desnudos, eran rutinas con tubo y gemidos de pasión que eran sólo un cuento de pesadillas.

Compró onigiris en una tienda de autoservicio, se sentó en un parquecito que estaba en alguna parte de la ciudad y comenzó a comer con calma, mientras oía los susurros de la gente que pasaba, el ruido de los coches, del tren perdiéndose entre los pecados citadinos y las cigarras de ese lugar feneciendo ante el clima frío.

"Mujercita ¿Estás sola?", le preguntó alguien a Akane. Ella alzó sus ojos negros y miró a un hombre encapuchado.

A la muchacha le pareció que era de esos sujetos peligrosos que salían en las películas de terror, pero no sintió miedo alguno.

Desde que se había enamorado de un extraño y llevaba un bebé de éste en el vientre, Akane simplemente no sentía nada. Sólo respiraba cuando había que respirar; comía si se podía y era necesario, y sonreía y abría las piernas si le pagaban.

"Sí", le dijo ella.

"Soy Luce, ¿quieres dar un paseo conmigo?".

"Sí", respondió de nuevo ella, con indiferencia.

"Tal vez sea un paseo muy largo", advirtió Luce.

"No importa".

"¿Nadie te espera en casa?".

"Yo no tengo casa, señor".

El hombre encapuchado le ofreció una mano enorme, desproporcionada, pero ella la tomó. Notó de inmediato que se trataba de un digimon. Los digimons eran unas criaturas que salían de las computadoras. En aquel entonces, muchos humanos tenían algún amigo de este tipo, pero Akane nunca había tenido la oportunidad de tener contacto con esas criaturas. Sólo las había observado en la televisión, porque el acceso de los digimon a la Tierra estaba restringido y había que hacer trámites muy largos y costosos para poder adoptar alguno.

"¿Es usted un Digimon?", cuestionó.

"Sí, pero también soy un ángel. El ángel que ha venido a salvarte".

Tenía una voz suave, quizá tendenciosa, pero muy suave. Por eso Akane se dejó guiar. Incluso, cuando a la criatura se le cayó la capucha y mostró cuernos, no sintió temor, sino una inmensa paz o vacío, o lo que se le pareciera.

Una sensación que le fue cerrando los ojos.

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Akane despertó en un lugar donde no había luz. Por más que se esforzó, no logró acostumbrarse a tanta negrura.

Estaba tendida en un suelo húmedo.

Cuando intentó ponerse de pie, notó que no tenía fuerzas y tenía los talones encadenados; sólo podía avanzar unos cuantos metros. Estaba rodeada de unas paredes rocosas y gélidas.

No tuvo que razonar mucho para comprender que era prisionera de aquél sujeto que le había prometido llevarla a pasear. Lo que no entendía era por qué justamente la había invitado a ella, si era una chica común y corriente.

Se sentó en el suelo, desamparada, y se tocó la barriga.

La notó más inflada y burbujeante.

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Fin del Flash Back

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A Taiki no se le salieron las lágrimas. Quizá, pensó brevemente, su lagrimal estaba obstruido.

Akane Fujiyama tenía una voz muy suave cuando rememoraba el pasado y lo transmitía a sus hijos.

Por alguna razón que no supo precisar, Taik creía en lo que la mujer le estaba contando. A pesar de que siempre había juzgado a su madre, en esta ocasión le parecía que de ella emanaban palabras reales, vívidas, puras y ciertas.

Hidemi, sentimental como la mayoría de las mujeres, ya estaba llorando con fuerza. Le sujetaba la mano a Akane con adoración; Taiki en cambio permanecía sin moverse, estaba separado de la cama ensable, pero su corazón latía desbocado, con fuerza, con ímpetu.

Su madre era una mujer joven y hermosa, la vio en ese momento como una persona que no había tenido valor suficiente, pero también como una niña indefensa y sola.

En esos casos, se preguntó Taiki, ¿era posible perdonar?

¿Era posible creer en una disculpa que iba en contra de su propio credo?, porque aunque Akane hablaba con ternura, seguía teniendo ojos fríos, como si no sintiera nada.

"Mamá, por favor, continúa", pidió Hidemi, "por primera vez me cuentas esta historia, continúa por favor".

Akane había quedado momentáneamente enmudecida, mirando hacia la puerta de la sala donde se encontraba postrada.

Taiki se permitió observar que en el marco de la entrada estaba su tía Hikari al lado de la enfermera.

"Mis niños, sólo quería saber si estaban bien, no quería interrumpirlos", soltó suavemente Yagami.

Taiki entonces pudo moverse, caminó hasta su tía y a ella sí le tomó la mano.

Sentir piedad por su madre biológica era una cosa, pero su tía Hikari, su verdadera madre de crianza, jamás dejaría de estar en el pedestal del vástago de Tai.

"No interrumpes, tú también debes oír lo que ella está contando", opinó el moreno, jalando a Kari tras él y cerrándole la puerta en las narices a la enfermera amable, pero chismosa.

Akane bajó la mirada.

"¿Eres Sora?", preguntó estremeciéndose. Los mellizos negaron, pero fue Hikari la que respondió.

"Soy hermana de Taichi Yagami", susurró. Era la primera vez que interactuaba con la mujer que le había dado la vida a sus sobrinos. "Estoy a cargo de ellos por el momento, mi hermano está de viaje".

"¡No sólo eso!", anexó Taiki, "ella me crió y tomó las riendas de madre, papel que no quisiste tener tú".

"Ya veo... Eres la mujer a quien el chico quiere como mamá", analizó Akane. "Está bien, tú también puedes saber mi pasado... tú brillas tan fuerte como aquél niño con el que Yagami iba a comer todos los viernes... aquellos viernes de hace más de 15 años".

Kari no dijo nada más porque no entendía lo que decía la mujer. Taiki apretó la mano de su tía con mucha fuerza y se plantó en la misma posición de antes.

"Por favor, como dijo Hidemi, continúa...", esta vez el vástago de Tai no le habló de usted a su progenitora.

Akane Fujiyama asintió.

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Flash Back

O

Akane pasó en esa cueva mucho tiempo.

Nunca supo contabilizar los días, ni las horas.

Una vez al día, un haz de luz muy pobre se dejaba ver por una rendija, por donde una bola con alas y apariencia de murciélago, entraba y le daba comida, o algo parecido. Ninguno de los dos interactuaba, ya que ese monstruo siempre estaba escuchando música en su reproductor.

Ella siempre comía con desesperación. Su barriga creciente le exigía alimento. Nunca era suficiente; nunca se saciaba.

La comida ahí no tenía sabor o al menos ella no lo detectaba.

Siempre le daba mucho sueño después de ingerirla y pasaba mucho tiempo en duermevela, sin saber la dimensión donde se hallaba.

Si tenía suerte, soñaba con Yagami. A veces, como los sueños no aparecían, se inventaba que un príncipe de chocolate y le salvaba.

Sin embargo, sabía que eso no iba a pasar nunca, porque ella no era el amor frustrado de aquel hombre y porque después de haberle hecho el amor él nunca más la había buscado.

Ella era un grano de arena perdido en el universo.

Pasaron puños de segundos y minutos y días antes de que la muchacha dedujera que estaba en el Digimundo.

Ocurrió un día o una noche -por la oscuridad nunca supo- cuando un grupo de encapuchados entró de lleno en la caverna.

Akane se hizo la dormida.

Para ese entonces, su calabozo hedía. No se había bañado en mucho tiempo y sus desechos estaban en una letrina que nunca aseaban.

Sintió que las figuras encapuchadas se reunían en torno a ella y murmuraban.

"Aquí apesta peor que en una cueva de Nunemons", se quejó una voz.

"A callar, Belphemon, bastante le debemos a Lucemon Falldown que ha conseguido a la humana", dijo una voz femenina.

Akane se estremeció. Se cuestionó por qué no la mataban de una vez y dejaba de sufrir en ese calabozo.

"¿Estás seguro de que está preñada, Lucemon?".

"Barbamon, no seas ingenuo", Akane sintió que la seguían oliendo, "¿no hueles en su vientre el poder de los Emblemas?".

"Lilithmon tiene razón. Se huele que trae dentro a un elegido, al hijo del primer digielegido del Valor, Taichi Yagami. Daemon ha investigado antes de pasar el informe a Lucemon", dijo alguien más.

"Con este heredero podremos crear el Emblema Apócrifo", dijo la voz del digimon que había raptado a Akane, ella lo reconoció, "Este niño humano ayudará a que podamos lograr la leyenda de la Fusión Prohibida, entonces nosotros, los Reyes Demonios del Digimundo, por fin podremos comernos todos esos datos digitales, los emblemas y poseer ese mundo humano que nos ha quitado todo".

"En especial quiero comerme a esos odiosos elegidos", gruñó Beelzemon.

"A ese ridículo embajador", gruñó Belphemon.

"Al que rechazó mi semilla de la oscuridad", agregó Daemon.

"¿Y qué me dices del que estudia sobre nosotros como si en realidad conociera la naturaleza de un digital?, ¿o del que trabaja enjuiciando a digimons con humanos en un tribunal? ¿O qué piensan del que escribe a costa de nosotros? ¿O del que se atreve a viajar a otros mundos con un digimon? ¿O del que cree que sana digimons?".

"Basura", gruñó la voz femenina.

"¿No podemos abrirla ya y sacarle al heredero?".

"Paciencia... el ritual también llevará su tiempo, los humanos no ponen digihuevos después de todo, sólo quería que conocieran nuestra venganza".

Akane sintió miedo por primera vez en toda su estancia en esa cueva. No había entendido muy bien la conversación, salvo que no la querían a ella, sino a lo que le crecía dentro... al bebé.

Querían lo único que le recordaría de por vida a Taichi Yagami.

Unas risas siniestra, compuestas por ese coro de voces perdidas, finalizaron la conversación. La caverna volvió a abrirse y los monstruos evacuaron.

Akane ahora no pudo ni pararse porque estaba temblando. Sujetó con fuerza su vientre y dijo con voz muy suave.

"¿Niño, será que esto que siento por ti es amor?", y apretó más su barriga.

O

La joven estuvo lo más lúcida que pudo los días que siguieron. Aún le invadía el sueño pesado después de que se alimentaba y vivía sin saber a ciencia cierta si estaba cuerda, pero trataba de estar alerta.

Esos monstruos querían llevarse a su hijo.

Comenzó a tener temor a alimentarse.

Los digimons le daban una comida que no sabía lo que era, pero que siempre que la comía, le provocaba cólico y sueño.

Entre la oscuridad palpaba el alimento, que tenía formas extrañas y una consistencia pegajosa.

Tenía mucho miedo, sobre todo cuando notaba que su vientre se le iba inflando demasiado, a paso desmesurado.

Era imposible que hubieran pasado tantos meses en esa cueva, pero era un hecho que su barriga era tan enorme que no podía con ella.

A veces, cuando le pasaban el alimento, hacía el intento de escapar. Se ponía de pie trabajosamente y se acercaba a la puerta, pero la criatura que la cuidaba siempre era más veloz, por lo que la chica jamás estuvo a punto de escaparse.

En ocasiones, le dejaban baldes de agua para que se duchara, pero Akane Fujiyama prefería bebérsela y usarla para asearse sólo las zonas necesarias.

Poco a poco se fue llenando de odio.

Esos monstruos jugaban a ser superiores y le trataban como si fuera una mosca.

Los días de somnolencia se fueron volviendo ira pura y ganas de destruir a esos seres tan terribles. Los detestaba.

La tenían encerrada y querían robarse al hijo de Taichi Yagami. Le daban de comer cosas que le daban náuseas y vivía como ermitaña entre sus propios desechos.

Se revolcaba de la furia por las noches, las cuales la volvieron insomne.

Comenzó a llevarse bien con la oscuridad. Como tenía las uñas crecidas, dedicaba el tiempo en escarbar la tierra lo más que podía, para buscar una salida.

En una de sus excavaciones se había hallado una piedra, la cual se había convertido en su aliada en hacer agujeros.

"No lo permitiré... no permitiré que esos monstruos se lleven lo único bueno que he hecho", eran las únicas palabras que entonaba en voz alta.

Pasadas la semanas, o las horas o los meses o la eternidad, Lucemon Falldown Mode volvió a visitarla.

Llevaba con él una linterna y un médico humano, el cual estaba en condiciones tan lamentables como Akane.

Ésta lo supo porque otro digimon, llamado Belzeemon, le azotaba el látigo para que caminara.

Era alto, de ojos negros y cabellera oscura. Usaba gafas y parecía igual de perdido que ella.

"Oh", dejó salir Akane, tapándose la cara después de ver al hombre y atarantarse con la luz de la linterna que cargaba Lucemon, el cual, como era costumbre, llevaba su túnica color vino tinto.

Le dolían mucho los ojos y se retorció. Poco a poco la luz se fue amoldando a sus pupilas y se permitió volver a ver al hombre, quien se había encogido a su lado y se había puesto a llorar.

"¡Malditos monstruos!", soltó el hombre, "¡Tienen cautiva a esta pobre niña que está esperando un bebé!".

"Te he traído para que se lo saques, Kido. Lo que ella trae dentro nos pertenece".

Akane se aferró a la mano del doctor.

"Sácame de aquí, por favor, ayúdame", le rogó.

El médico siguió llorando.

"Ustedes no son digimons, son demonios".

El llamado Beelzemon le dio otro latigazo a Kido, aunque éste se incorporó con valentía.

"Este lugar es un foco de infección, ella necesita estar en una cama con cuidados especiales".

"¡Revísala, Kido!", le chilló Beelzemon, volviéndolo a golpear.

De manera temblorosa, el médico se giró hacia Akane, quien lo sujetaba con fuerza

Kido se hincó a su lado.

Le tomó la muñeca, para medirle el pulso. Con el estetoscopio que colgaba de su cuello trató de escuchar dentro del vientre de la muchacha.

Akane notó que, en ese momento, el joven se mordía los labios y los ojos se le llenaban más de agua, como si una tormenta de sufrimientos pendiera de la situación.

Después le separó un poco las piernas.

"Lo siento", le dijo al hacerlo. Akane sólo asistió. Ella no tenía en claro sentimientos como la vergüenza y el pudor, mucho menos en ese tipo de situaciones.

Cuando Kido dejó de revisarla, alzó las manos y éstas estaban llenas de sangre.

Horrorizado se puso de pie.

"Ella necesita ir a un hospital ahora", imploró, corrió hacia Lucemon y lo jaló de la túnica. Lucemon lanzó al médico Kido contra la pared.

"Un humano como tú, que ni siquiera es un elegido, no tiene derecho a tocarme", dijo con desprecio.

"Traeremos una cama y los instrumentos médicos que usan en los hospitales de los humanos para que saques a nuestro heredero", agregó decidido.

Pero el médico volvió a ponerse de pie.

"¡No lo entienden, ella no sobrevivirá!", se entercó, "ni ella ni el bebé, ¡necesito un quirófano!".

"Belzeemon, consigue el instrumento médico, yo iré por los demás. Si esta mujer está sangrando, es porque hoy mismo haremos el ritual", comentó Lucemon por su parte.

Los digimons dieron media vuelta, como si el médico y Akane fueran animales que pertenecieran a un circo y en estos momentos debieran estar en sus jaulas.

"¡Dejen la luz!, no podré comenzar a atenderla si no veo", rogó el hombre. Lucemon sonrió y le aventó la linterna eléctrica.

Cuando los Reyes Demonios Digimon se alejaron, Akane hizo el intento de arrastrarse hacia Kido, pero éste se apresuró a llegar hasta ella y la recostó en sus piernas.

"¿Me voy a morir?", preguntó Akane, sin interés.

"Tienes... tres corazones latiendo en tu vientre además del tuyo, bonita", le mencionó muy serio, "¿Qué te han hecho estos digimons?".

"¿Tres corazones?".

"Tres bebés", resumió el médico, "se escuchan los tres claramente, esos monstruos me han quitado muchas cosas, pero mi oído está intacto".

"¿Por qué te han capturado?".

"Al principio porque pensaron que era mi hermano", sonrió el doctor, "Tengo un hermano que también es médico y atiende a los digimons... estos demonios creyeron que yo era él y me secuestraron... creo que no les gusta la labor que hace mi hermano, que es la de salvar vidas de digimons... honestamente no los entiendo, pero ya llevo meses en las garras de estos monstruos...".

"¿Tu hermano no va a salvarte?".

"Joe cree que estoy trabajando en una isla virgen y sin comunicaciones, le dije que no iba a volver a Japón hasta dentro de 10 año", suspiró el médico, "pero eso es lo de menos, bonita, ¿cómo te llamas tú? ¿A ti por qué te capturaron?".

"Soy Akane... ellos quieren a mi bebé. A mí no me importa morir, ¿pero le llevarías el bebé a su padre?"-

"Tendrás tres bebés... y te prometo que no morirás... aunque es un hecho que estás sangrando y yo no soy ginecólogo, ¡pero prometo que no morirás!".

Akane encogió los hombros, lamentó sentirse tan sucia e insignificante en esos momentos. Claramente el médico le había dicho que tenía tres bebés en lugar de uno, pero ella no parecía poder asimilando.

"¿Sabes cuántos meses de gestación tienes?".

Akane negó.

"¿Cómo te llamas tú?", fue lo que le preguntó la chica, como si su vida fuera menos importante que el conocer el nombre de ese médico tan amable.

"Shin".

"Shin-san, gracias, pude hablar con alguien una vez más, se siente bien".

Cuando dijo eso, Akane se retorció enterita y no supo porqué. Shin Kido se quitó la bata mugrienta que llevaba puesta y formó un cojín que colocó debajo de la cabeza de la chica. Se dio la vuelta, le abrió de nueva cuenta las piernas, que estaban llenas de sudor y sangre.

Un líquido transparente se esparció por la tierra de la cueva.

La muchacha gritó.

"¡Has entrado en trabajo de parto!", exclamó asustado, con las manos temblorosas pero los ojos brillantes y decididos.

"Me... due...le"

Shin Kido se levantó, corrió hacia las rendijas de la celda. Alzó la linterna y descubrió que no estaban cerca los Reyes Demonios. El Demidevimon que cuidaba de Akane estaba dormido.

Corrió de vuelta con la chica, que seguía retorciéndose, había juntando las piernas y estaba tratando de incorporarse.

"¡No, espera!, no podríamos escapar... tienes que intentarlo, tienes que tenerlos aquí y antes de que ellos vengan".

Akane no dijo nada, sólo siguió tratando de huir de ahí, de escarbar la tierra con la piedra que tenía.

Las contracciones se lo impidieron.

"Escucha, trata de serenarte", aconsejó.

"Esos monstruos se van a llevar al bebé", dijo apurada.

Shin logró hacer que Akane se recostara. Le pidió que se tranquilizara, le enseñó cómo respirar y le rogó que tratara de acallar sus propios gemidos.

"Si tenemos suerte puedes tenerlos aquí, los esconderemos en el agujero que veo que estás haciendo y haremos un plan para escapar, ahora... por favor, sé que es mucho pedir, pero puja...".

Así lo hizo Akane.

No lo hizo porque comprendiera el plan del Kido, ni porque quisiera acabar con las contracciones. Lo hizo porque quería que lo que crecía dentro de ella saliera de una buena vez, quería que ese médico se llevara a ese o esos bebés y se los diera a Yagami. A Akane no le importaba lo que pasara con ella. Sólo quería olvidar su vida.

Quería dejar atrás la horrible niñez en casa de sus padres, quienes la maltrataban.

Quería borrar de su cuerpo las cicatrices invisibles que le habían dejado las caricias de esos hombres con los que había dormido.

Quería apagar los recuerdos de Chiyo-san, su matrona, quien le había explotado desde los 14.

Lo único que no quería olvidar era esa noche de chocolate con Yagami. Y la única forma de lograr eso no era estando con vida, sino consiguiendo parir lo que llevaba en el vientre.

El médico cogió los restos de la cubeta de agua que estaban en el calabozo y se lavó las manos con enjundia.

"Ya estás dilatada, vamos, Akane-chan, puja un poco más".

Ella obedeció. Con la mayor fuerza que pudo se puso a pujar, presionando su vientre con su mismo vértigo y rogando que le saliera el bebé.

Kido le masajeaba el vientre, estaba tratando de supervisar si el primer bebé venía en la correcta posición. Parecía un médico que estaba impuesto a trabajar con carencias, quizá se debiera a que siempre elegía islas vírgenes para laborar con gente que no contaba ni con instalaciones médicas necesarias, ni con elementos ideales para trabajar.

Ahora mismo lo único que tenía era la entereza de salvar a esa mujer, que estaba en una situación todavía más penosa que la suya.

La hizo pujar en silencio. Los dos tenían sus voluntades concentradas.

Akane no supo cuánto tiempo pasó. El desgarre de su vagina la tomó desprevenida y finalmente soltó un gemido escandaloso. El dolor la tuvo al punto del desmayo, pero otro chillido, uno mucho menos intenso que sus propios gritos, la calló en un instante y la hizo seguir despierta.

Alzó la cabeza un poco. Vio que Shin agarraba la piedra afilada -con la que ella escarbaba- y cortaba una cuerda. Y ahí, al final de ese cordón umbilical, la muchacha menor de edad vio a su bebé.

Y finalmente, por primera vez en mucho tiempo, se echó a llorar, se apresuró a atrapar al niño en sus brazos y así lo hizo después de que Shin se lo dió.

El médico volvió a correr a la entrada del calabozo. El Demidevimon seguía perdido en sueños, pero había pasado tiempo y seguramente los Reyes Demonios no tardarían en regresar.

Se devolvió. Akane abrazaba a la criatura mientras seguía revolcándose del dolor de parto por dentro. El bebé que había nacido era de bajo peso, tenía abundante cabello castaño en su cabecita y estaba colorado. Lucía sano a pesar de todo.

Había respirado sin complicaciones y tenía buenos pulmones porque chillaba con fuerza.

"Es un varón", le dijo Shin a Akane. Se quitó la camisa, luego la playera interior y la cortó en trozos, luego volvió a vestirse con la prenda superior y envolvió al niño, "El bebé tiene frío, intenta callarle".

"¡Ahhh!", volvió a gritar Akane, olvidándose del niño por el dolor que le dio otra contracción.

Shin Kido se dio cuenta de que el segundo bebé ya veía.

"¿... de verdad... son tres?", mugió con desesperación la muchacha, apretando con fuerza al nene que ya había nacido.

"Sí", anunció Shin, muy pálido, limpiándose la sangre y volviéndose a lavar las manos.

El segundo bebé no tardó en salir y fue mucho menos doloroso para Akane, que ya estaba desgarrada y entumida de tanta contracción. Kido agarró al bebé, le limpió los restos de sangre y cortó el cordón.

"Una niña".

Akane, más condundida que nunca, levantó la cabeza y vio que Kido arropaba a un bebé igual al que ella cargaba en sus brazos. También estaba chiquitito, con el pelo marrón grueso y unas mejillas coloradas. Tenía un llanto más ligero, quizá por el hecho de que era una niña.

Parecía un fruto exquisito. Un pequeño regalito.

"Hidemi...", fue lo que dijo, Shin le pasó a su hija.

Akane la cargó junto con el otro crío, el cual paró de llorar en cuanto sintió cerca a su hermanita.

Aunque la muchacha estaba sintiendo una extraña felicidad en el corazón, ya estaba cansada, apenas podía abrir los ojos. No se creía tan fuerte como para arrojar a otro bebé. Intentó pujar, pero contrario a los otros dos casos, éste no parecía querer deslizarse por su cuello uterino.

Akane comenzó a sentir mucho dolor.

Era muy diferente a las contracciones del parto... era algo que le perturbaba la mente, se la electrificaba, le daba sacudidas. Shin se asustó al palmar el vientre y al notar que la mujer comenzaba a sangrar un líquido espeso, negro.

"El niño que falta no está en la posición adecuada", se alteró Kido.

Akane ya no pudo contener el grito y comenzó a ver borroso.

Unas pisadas vibraron en la estancia, Kido se asomó y vio que las sombras de los Siete Reyes Demonios Digimon se acercaban.

"Maldición... Akane-chan, aguanta, aguanta por favor".

Pero Akane siguió gritando, la piel comenzó a ponérsele morada. Con terror, Kido tomó a los dos bebés y los escondió en el hoyo que escarbaba la madre cautiva todos los días.

Cubrió el hoyo con su bata de médico, luego jaló a Akane a otro sitio, para que no sospecharan que ya había parido a dos niños.

"Por favor, no vayan a llorar, bebés", les rogó a los mellizos; luego miró a Akane, "Tranquila... esconderemos a los niños lo más que podamos, trata de aguantar... por favor, trata...".

Akane se estremeció nada más se abrió de nuevo la jaula.

Los Diablos digimons, enemigos de los dioses digitales, fueron entrando uno a uno.

Por primera vez Akane los pudo visualizar sin sus capuchas.

De verdad eran monstruos.

Podía distinguir en algunos ellos rasgos humanoides, pero no pudo describirlos.

Al que más temía, sin embargo, era a Lucemon Falldown, el que la había secuestrado.

Era un hombre-demonio con cara de ángel. De su cráneo le colgaba un cabello lacio y rubio, pero de ahí mismo le nacían unos cuernos que parecían alas. La del lado derecho era una pequeña ala de ángel, mientras que la del lado contrario tenía la textura y la apariencia de una de un murciélago.

Lo mismo pasaba con las alas que le crecían de la espalda. Era como si la mitad de ese ser se inclinara al bien y otra al mal, y para desgracia de la misma Akane, que era un ser neutro y sin demasiadas emociones, sabía que a Lucemon sólo le funcionaba la parte de la maldad.

Miró de reojo el sitio donde Shin Kido había escondido a dos de sus bebés, los cuales seguían en silencio. Si ella se concentraba podía escuchar los suave suspiros de esos pequeños con cabellera castaña y espesa.

Una nueva contracción le detuvo sus reflexiones, se asió el vientre con ímpetu y trató de retener al dolor y al niño.

A Shin le temblaron las piernas de horror cuando los digitales entraron a la celda y gruñeron.

Eran siete. Uno de ellos tenía la apariencia de un lagarto rojo, se llamaba Leviamon y le conocía porque era el que le había capturado.

Otro parecía una bestia sin forma precisa. Tenía hocico de perro, cuernos de cabra, alas de murciélago y ojos carmín sin pupilas. Había una mujer demonio, un encapuchado con cuernos, el ángel Lucemon, que parecía el jefe, además del Beelzemon, el que siempre le torturaba con latigazos.

"El cascarón de esa chiquilla apestosa se está rompiendo", dijo con burla la mujer demonio, tapándose la nariz, pero a la vez saboreando la sangre que estaba regada en el suelo junto al líquido amniótico.

"Ya está lista la habitación con todos los juguetes médicos de los humanos, Lilithmon, sólo espera un poco más y te la podrás comer", se burló Beelzemon, sacando su látigo y golpeando a Shin por mera costumbre.

"Le sacarás a nuestro heredero ahora mismo", acotó Lucemon Falldown, "Leaviamon, ¿por qué no llevas a esa mujer al quirófano?".

El lagarto rugió gustoso.

"¡La lastimará con su dentadura!", chilló Shin, al ver a ese lagarto enorme acercarse hacia Akane, "y lastimará al bebé que tanto quieren".

El hombre mostró su brazo, donde todavía tenía cicatrices de Leviamon.

"Beelzemon, hazlo tú".

El demonio digital sonrió. Con su látigo rompió las cadenas de Akane, luego la enrolló y la arrastró tras él. Los ojos de Shin se enrojecieron de la impotencia.

"¡¿Qué les hemos hecho?", vociferó, "¿¡Qué hicimos para que nos traten así?, ¡nosotros no tenemos nada en contra de los digimons!".

"¿Te duele cómo los tratamos, doctorcito?", se rió el digimon de la capucha, Daemon, "Es justo como los humanos tratan a muchos de los nuestros, ¡como esclavos!, ¿Juntar el Mundo Digital con su Tierra?, Já, no nos hagan reír. No somos iguales".

"No", habló el que tenía forma de can alado, "por eso haremos la fusión prohibida".

A Kido también lo llevaron con ellos.

O

Oía los quejidos de Akane y se llenaba de desolación.

No había forma de que esa pobre mujer y sus bebitos salieran vivos, pero se esforzaría en protegerlos, justo como su hermano menor había protegido a la humanidad al representarla en el Digimundo cuando sólo tenía 12 años.

El sitio donde tenían ubicado el quirófano estaba también en una caverna. Sin embargo, las estalagmitas que había ahí eran de metal.

Shin se fijó en que literalmente habían removido el quirófano entero de una sala de hospitales.

Para su satisfacción estaba lo suficientemente limpio.

Beelzemon arrojó a Akane a la cama, como si fuera una muñeca rota.

"¡Ahora, sácale a nuestro engendro!", exigió la mujer demonio.

Shin asintió dudoso, pero después de mirar a Akane supo que debía de hacerlo o ésta terminaría muriendo. Una gran cantidad de sangre estaba abandonando el cuerpo de la chica. El bebé que restaba no venía en la posición adecuada, probablemente tenía el cordón umbilical enrollado en el cuello.

"Dios mío", gimió el médico. Con el agua que estaba dispuesta en una pila se lavó las manos. Con horror se fijó que la cueva tenía forma de un heptágono y también había siete tronos, donde los demonios digitales se habían sentado para ver la cirugía como si fueran estudiantes de medicina.

Shin también vio que en el centro había una roca, donde estaba dibujado un símbolo.

Se mordió los labios. Después comenzó a temblar.

Halló todos los instrumentos médicos y comenzó a buscar desinfectantes, anestésicos, todo lo hacía temblando, la mirada de los monstruos lo ponía mal.

Akane, por su parte, ya no estaba consciente de lo que estaba pasando.

Aún mugía y se retorcía, pero con menor fuerza. La pérdida de sangre la estaba debilitando.

No había anestésico para sedarla por completo. Pero le inyectó uno que tenía un poder local, para nublar el dolor del vientre. En cuanto le aplicó el fármaco, Akane le dijo un breve gracias.

Le puso anticoagulante, la limpió lo mejor que pudo. Le rompió el vestido para dejar libre parte del abdómen y con el bisturí se animó a cortar el vientre.

Una cesárea. Eso era lo único que podría salvar al niño y a Akane. Eso pensó Shin.

Sin embargo, si después no conseguía sangre, la chica no aguantaría mucho. Se veía que apenas era una niña, ¿cómo era que estaba metida en un lío así?

Justo cuando hizo la cortada, dejó de temblar. Lo primero era sacar al bebé de ahí.

Pero al ver lo que había dentro del vientre volvió a dudar.

El bebito era muy pequeño, mucho más que los otros dos; también tenía el cabello espeso y castaño, pero no mostraba ese color rosado de sus hermanos. Estaba envuelto en un cordón umbilical completamente negro, la placenta misma estaba ennegrecida.

Shin se mordió la lengua.

A su espalda sintió las sombras de los demonios acercándosele.

"Lo puedo oler", dijo el lagarto, Leviamon.

"Lo puedo sentir", agregó la digimon femenina, Lilithmon.

"Lo puedo ver", agregó Daemon.

"Lo puedo hacer mío", se rió Beelzemon.

"¡Nuestro!", corrigió Barbamon.

"Hermanos míos", rió con apremio Lucemon Falldown, "El día de hoy nació el emblema Apócrifo que nos permitirá...".

"Realizar la fusión prohibida", agregó Belphemon, el más flojo de todos.

Shin sacó al bebé y cortó el cordón, el cual se desintegró de inmediato.

En ese instante Lucemon se lo arrebató.

"¡Mi bebé!", gimió Akane con voz ronca.

"¡Está delicado, es un muy pequeño y no ha llorado! ¡Aún no respira!", rogó Shin, pero Beelzemon le azotó varias veces hasta dejarlo en el suelo.

Lucemon y los otros demonios se adjuntaron alrededor de la piedra donde estaba el símbolo raro y pusieron al niño ahí.

Akane intentó levantarse, Shin se lo impidió.

"Lo siento mucho Akane, de verdad lo siento, no pude salvarlo... el bebé no ha respirado...".

La chica se mordió el labio inferior.

"Tengo que coserte antes de que pase la anestesia, todavía podemos intentar salvar a los otros dos".

Así comenzó su tarea, mientras de reojo y con horror, veía al niño pálido y pequeñito en la roca.

"Barbamon te otorga el mal de la Avaricia", rugió ese digital, que tenía forma humana, con un largo pelaje gris y un antifaz en el rostro.

"Beelzemon te regala el pecado de la gula".

"Belphemon, el de la pereza", bostezó éste.

"Daemon te envenena con su ira".

"Y Leviamon te dará envidia".

La mujer demonio sonrió al bebé.

"Lilithmon te acosará con la lujuria".

"Y yo, Lucemon, soy el sol de la oscuridad y te doy la soberbia".

A cada exclamación un haz de luz negra se estrellaba en el bebé, el cual no respiraba todavía.

"¡El niño!", chilló Akane mientras le suturaban la herida y paraba de sangrar.

"¡No veas, Akane-chan!, ¡piensa que el bebé no respiró!"

Después del conjuro, el bebé no presentó ningún cambio, para furia de los digimons.

Daemon se volvió con ira hacia Shin.

"¡Le has matado a propósito!", gritoneó.

Lilithmon cogió al bebé, caminó hasta el médico.

"¡Revívelo!", exigió. Shin palideció al verse rodeado de todos los digimon demonios.

Abrazó al niño. El pequeño segundo varón.

Intentó reanimarlo. Hizo lo mejor que pudo. Le dio primeros auxilios, le nalgueó. Pero lo único que hizo llorar al bebé fue el mismo llanto de Akane.

Soltó un chillido muy suave, más que el de la niña, lo que enterneció a Shin, pero no tuvo tiempo siquiera de revisarlo, porque Lilithmon de nuevo se lo arrebató.

Lo volvieron a poner sobre la roca. Y volvieron a comenzar a conjurar una a una sus frases y a atacar con sus rayos de tinieblas.

Shin volvió a la tarea de suturar con rapidez. Akane se cubrió el rostro.

Nunca había pensado en que se podía sentir tanto dolor.

No podía entender lo que estaba pasando, ni por qué le hacían eso a uno de los pequeños que había crecido dentro de ella.

"Cómo odio...", gimió, "cómo odio ser yo...".

Shin terminó de suturar a la mujer cuando el niño se elevó gracias a los rayos de tinieblas que habían invocado los Reyes Demonios. La piedra donde lo habían acostado comenzó a mutar, hasta convertirse un un símbolo pequeño, de un material parecido al mercurio.

"... es un emblema", susurró Shin, al recordar que su hermano Joe Kido tenía algo similar, pero en una pequeña placa.

"¡El emblema apócrifo!", chilló emocionado Beelzemon.

El emblema entró al cuerpo del recién nacido por el vientre, pero en el último instante, un haz de luz pura y brillante rodeó también al bebé, como si un escudo lo estuviera protegiendo.

Akane y Shin se cubrieron los ojos por la incandescencia. Cuando los abrieron de nuevo, vieron que la cueva se había llenado de criaturas pequeñas y brillantes.

"¡DigiGnomos!", gruñó Leviamon, comenzando a abrir su hocico para comerse a esos seres.

La cueva comenzó a despellejarse, pero alrededor de Akane y Shin apareció una burbuja que los protegió.

Las sombras de unas bestias comenzaron a perfilarse en el sitio del ritual. Se dibujaron tomando las posiciones cardinales y el centro del universo.

"Maldición, las bestias sagradas...", gruñó Lucemon.

"¡Han roto las reglas de nuestro mundo!", se oyó el gruñido de un dragón azul, que fue el único que se hizo visible. "Han mutado a un humano con un emblema, ¡esa fusión está prohibida!... las bestias sagradas que protegen a nuestro mundo no lo aprobamos".

"¡Huída!", gritó Belphemon, el digimon maligno de la pereza, desapareciendo.

Lucemon Falldown Mode saltó para apoderarse del bebé, pero la bestia sagrada se le interpuso.

Daemon desapareció abriendo un portal rumbo al mar oscuro. Barbamon también se largó del sitio.

Shin Kido aprovechó el momento de confusión para salir de la burbuja y correr hacia el niño, a quien cogió de un salto.

El chiquito sangraba de la herida por donde se le había penetrado esa extraña piedra.

"¡Te detendré!", graznó Leviamon.

Pero otro de los dioses, uno con apariencia de león gigante y blanquecino, bloqueó el ataque.

Shin pudo coger al bebé y regresar adonde Akane hacía esfuerzos inútiles por incorporarse.

"La fusión prohibida no acabará con nuestro mundo", gruñó esa bestia.

Shin lo logró. Akane pudo abrazar al bebé, que parecía vivo pero se veía muy debilitado; parecía que la respiración se le iba a desaparecer de un momento a otro.

"¡Tenemos que huir!, los bebés... hay que ir por ellos...".

"Yo... no puedo... llévatelos, por favor... su papá se llama Yaga..m..i...".

"¡No! ¡No te voy a dejar!", afirmó Shin.

Lucemon, Lilithmon, Leviamon y Beelzemon comenzaron a enfrentarse a las dos bestias sagradas que se habían materializado. Las otras siluetas habían desparecido, como si no fueran necesarias.

Shin hizo el esfuerzo por levantar a Akane, pero fueron los pequeños DigiGnomos los que, con su brillo, ayudaron a que la mujer levitara y pudiera moverse.

"¿Qué son estos?", preguntó ella.

"No lo sé... están de nuestra parte".

La burbuja que protegía a los tres humanos comenzó a moverse.

"¡Beelzemon!", ordenó Lucemon, "¡No dejes ir a nuestro emblema!".

La esfera que protegía a los humanos comenzó a movilizarse a gran velocidad por la caverna.

"¡Los bebés!", recordó Akane.

En ese instante, unas luces doradas aparecieron de otra parte, cargando a los dos nenes restantes en burbujas separadas.

Shin logró atraparles, a sus espaldas la cueva se seguía desmoronando.

Lo que vino después no lo pudieron precisar ni Akane ni el doctor Kido.

O

Cuando despertaron del letargo, se encontraron a sí mismos en una selva, frente a un televisor.

No había rasgos de los demonios, ni de las bestias ni de los pequeños seres de luz que los habían ayudado. Shin fue el primero en incorporarse.

Akane ya no sangraba, estaba a su costado y parecía estable. No tenía cicatriz en el vientre, era como si los seres de luz la hubieran curado.

Los bebés estaban tirados a sus alrededores. El mayorcito y la niña lloraban. El menor no emitía sonido, sin embargo, Kido confirmó que estaba vivo.

"Shin... ¿dónde estamos?".

"Es el Digimundo, Akane...", pudo decir el doctor, "creo que nos hemos salvado... ¡mira, un televisor! ¡por aquí podremos marcharnos!".

"¿Por un televisor?", la mujer se sentó. Se sentía entera, como si una magia le hubiera devuelto la vida. Ella fue recogiendo a la niña y al bebé mayor. Shin cogió al pequeño.

"¿Nunca has viajado del Digimundo a la Tierra o viceversa? ¿no tienes ni digivice, ni digimon?".

La muchacha negó.

"Para gente como yo este mundo es un lujo... pero ahora que lo he vivido, este mundo es una pesadilla".

"No tiene que ser así...", creyó el médico, "hay cosas maravillosas de este mundo, yo lo sé...".

"¡No me importa! ¡sólo llévame a casa!", se histerizó la mujer.

"Me han quitado mi digivice... y mataron... a mi compañero digital", se entristeció, "mi pobre Kamemon... pero sé que renacerá".

Los dos miraron con decepción el televisor.

Sin embargo, dos de los bebés, los primeros en nacer, comenzaron a brillar.

Cual meteorito, del cielo cayó un aparato metálico. Cayó tan cerca de Akane que ésta se arrastró hacia atrás, alterada.

"¡Un digivice!, tómalo, debe ser tuyo o de alguno de ellos", señaló Shin a los niños.

Akane lo tomó, en cuanto lo tocó, un huevo apareció de la nada, se rompió y de él salió una bola negra con ojos amarillos.

"¡Akane, soy Botamon y siempre he esperado por ti!", le dijo.

Akane soltó un grito y retrocedió más, apretando a los recién nacidos.

"¡No escaparán con mi emblema!", rugió de repente Beelzemon.

Había aparecido entre el bosque montado en una motocicleta.

"¡Doble impacto!", atacó.

Comenzaron a salir balas de su arma, las cuales fueron directo a Akane y sus niños.

"¡Yo te defenderé!", gritó Botamon.

Botamon digivols a... ¡Agumon!...

Agumon digivols a... ¡GeoGreymon!

Un enorme dinosaurio se interpuso entre Akane, los niños y Shin, pero en cuanto las balas lo alcanzaron, se desintegró por completo en mariposas digitales.

"¡Botamon!", chilló ella.

" ¡Maldición! ¡Abre el portal ahora, Akane-chan!", rogó Shin.

"¡No sé!".

Shin tomó en brazos a la niñita, estiró la mano de Akane hacia el televisor.

"¡Ábrete puerta!", rogó por la joven.

Un arco iris de luz apareció frente a Akane, Shin le cedió a los niños que cargaba cuando notó que Beelzemon había lanzado ahora una esfera oscura hacia ellos.

"Me gusta el pequeño, es al que tienes que cuidar más", soltó Shin con calma, como si viera claras las cosas por primera vez en su vida, "deberías ponerle Soji... si yo hubiera tenido un hijo varón, lo habría llamado así... por favor... vive, bonita".

Antes de que el ataque alcanzara a Akane, Shin Kido le dio un empujón.

Entonces el portal la absorbió junto a los bebitos.

Lo último que ella escuchó, fue el grito ahogado del médico que le había salvado la vida en ese mundo.

O

Fin del Flash Back

O

Akane se llenó de lágrimas, lanzó un suspiro largo y se cubrió el rostro. Hidemi Yagami agarró las sábanas, rodeó el cuerpo de Akane y la abrazó mientras hipeaba. Taiki se dejó caer al suelo, como si sufriera un ataque de catarsis.

"Cuando desperté estaba en un hospital, nunca les di mi nombre. El bebé más pequeño estaba en terapia intensiva neonatal, los otros dos parecían saludables... yo tenía pensando buscar al hermano del doctor Shin, pero cuando estaba en el hospital, uno de esos monstruos volvió... le vi por el recibidor y me aterré... sabía que buscaban al niño... a como pude me escapé con los tres, pero ya no pude más... no tenía dinero, ni vida, ni nada... terminé por renunciar... al bebé pequeño lo llamé Soji como me aconsejó Shin, los médicos me decían a cada rato que iba a morir... cuando me escapé pensé que no tendría dinero para atenderlo y lo único que cavilé fue en dejarlo en un orfanato, no pude llevarlo con Yagami, de verdad que no pude... en el internado dejé una nota que sólo decía su nombre... después... después yo perdí el sentido de todo, me perseguía el temor, el miedo, la ira... decidí que yo no podía tener a ningún de los tres... al varón mayor se lo di a Yagami después de muchas discusiones conmigo misma... nunca le dije nada de lo que me había pasado, sólo puse al bebé en la canasta, dejé otra nota, pero ni siquiera le elegí nombre... no pude elegirte nombre- le chilló a Taiki -... a la niña la dejé con mis padres... yo pensé que separándolos y mandándolos lejos de mí les daba una esperanza de vida.

De nuevo Akane se contorsionó. Hikari le cogió una de las manos.

"Pero cuando Yagami reapareció, cuando encontró a Hidemi, simplemente pensé en el otro bebé, pensé que alguien como Yagami podría... podría hacerlos felices a los tres, que podría vencer a esos monstruos... yo... lo siento... yo no soy una mártir, chico- dijo dirigiéndose a Taik, "soy un monstruo como esos que me raptaron".

"¡Cállate!", le gritó Taiki, poniéndose de pie con fiereza "¿¡Cómo puedes siquiera compararte con esos demonios!, ¡Tú eres mi madre!, si lo que dices es cierto, entonces eres una madre que estuvo dispuesta a dar la vida por mí, ¡es sólo que te equivocaste! ¡Debiste acudir a mi padre! ¡No debiste separarnos!, ¡Carajo, tengo otro hermano y no sé dónde diablos está!".

A Taiki se le salieron las lágrimas... finalmente su lagrimal no estaba tan obstruido como pensaba.

"¡Mamá!", chilló más Hidemi, "La verdad es que los digimons malignos han intentado hacer esa fusión prohibida dos veces, ¡quizá tienen a mi hermano en su poder!".

"No", dijo de repente Hikari, "Soji está a salvo. Tai lo ha encontrado, él está en Estados Unidos y fue por él".

Los ojos de Akane Fujiyama brillaron y miraron a la hermana del hombre que amaba para agradecerle.

"¡Tenemos que decirle todo eso a papá!", gimió Hidemi, sacando con desesperación su celudigital.

Marcó el número de Tai, pero éste no contestó.

La trilliza volvió a insistir, pero al no encontrar respuesta, aventó con desesperación el móvil al suelo, totalmente histérica.

"Hidemi-chan...", susurró Hikari.

"Tengo tanto miedo", lloró la niña, inconsolable.

"Todo estará bien, mi amor, todo estará bien", trató de animar Kari.

Taiki se puso de pie y se acercó a Akane.

"De ahora en adelante, si tú me muestras quién eres realmente, te prometo que te diré mamá", murmuró con la cara devastada.

Se dio media vuelta y salió corriendo sin más.

"¡Taik!", gritó la tía.

"¿Qué hacemos, tía Kari?", preguntó Hidemi.

"Tu hermano puede hacer una locura, por favor, Hide, deténlo", rogó Yagami, "lo que necesitan es descansar, localizaremos a Tai y le explicaremos todo... quizá esos demonios digimons estén relacionados con lo que le pasó a Seiyuro y con los ataques que se están suscitando".

Hidemi asintió. Besó a su madre y a su tía en la frente.

"Mamá... por favor, no te vuelvas a ir...".

"Se lo dije al chico, Hidemi, yo no soy una mártir, es verdad que seguí con mi vida de prostituta, es verdad que los regalé, es verdad que no los busqué y que no siento amor maternal".

"¡Deja de mentirte a ti misma, mamá!", ordenó Hidemi, "Por primera vez te he visto hablar con el corazón... admite que nos amas, admite que todo este tiempo te has mentido y has vivido torturada y bajo mentiras porque abandonaste a mis hermanos y me hiciste la vida difícil a mí... si amas a mi papá, aprende de él, aprende de su valentía y acepta el amor que habita dentro de ti".

Volvió a besar a su madre y salió como alma en pena, dispuesta a buscar a su hermano.

Hikari suspiró. Se sentó en la silla de al lado y soltó las lágrimas que también tenía retenidas.

"¿Por qué me crees?", le preguntó Akane, con su cabello oscuro ocultándole el rostro.

"Porque a mí me ilumina el Digimundo, porque conozco a uno de los demonios digimon de los que hablaste, a Daemon, y porque ahora concuerdan muchas cosas... también conocí al médico que te ayudó... es Shin Kido, el hermano de uno de mis amigos".

Akane se incorporó.

"¿Le conoce usted?, por favor, le ruego que me deje ver a esa persona, tengo que contarle, tengo que decirle todo esto, agradecerle por lo que su hermano hizo por mí".

Hikari Yagami asintió.

"Por el momento te pido que estés lo más tranquila que puedas, yo hablaré con Joe y volveré".

Akane asintió.

"Y si lo que dices es verdad, si de verdad amas a mi hermano, por favor, haz caso de lo que dicen tus hijos y no vuelvas a luchar sola".

Sin decir más, Kari se puso de pie y salió temblando de esa habitación de hospital.

O

Taiki Yagami atravesó el hospital hecho un huracán.

Pateó todo lo que se le cruzó por el camino: botes de la basura, plantas en macetas, puertas blancas y paredes.

Estuvo a punto de salir corriendo a su casa, para recoger su patineta o su bici y ponerse a vagar aunque ya era tarde.

Le hervía la cara de la impotencia.

Akane Fujiyama no era quien él juraba. Deseó con todas sus fuerzas no creer en lo que le acababan de contar, pero era de verdad. Taiki sabía que era verdad, así lo sentía por dentro.

Ahora sabía por que nunca se había sentido completo en su vida. No sólo lo habían separado de su hermana, sino también de otro chico, de su trillizo.

Se sintió miserable.

¿Por qué él había tenido ser el afortunado niño que había salido ileso, rojizo y fuerte de ese traumático nacimiento?...

Si su padre había encontrado a su hermano perdido, ¿qué sentiría éstel?

La idea de ser odiado por su propia sangre lo heló. Le hizo calmar un poco su furia de salir huyendo hacia la nada.

Hidemi tenía razón, no tenía caso huir de Akane y de los otros problemas, porque a final de cuentas él seguía enfrentándose a todo, le gustara o no.

Fue volviendo por donde había pasado, recogiendo los botes que había tirado y disculpándose con las enfermeras. Después deambuló sin rumbo fijo hasta que se trepó en un elevador.

Le picó a todos los números. A cada piso el ascensor se abría y se cerrada, nadie entraba, nadie veía a Taiki entonces, ni siquiera él mismo.

Cuando llegó a la azotea del hospital salió directo hasta la barandilla.

Vio hacia abajo. Los árboles parecían maleza; los carros que circulaban, pequeños juguetes, y la gente, palillos chinos.

Había unos 15 pisos abajo de él. Se paró en la barda para sentir el viento y la altura.

Miró hacia abajo sin pensar, hasta que escuchó un grito a sus espaldas.

Se descontroló un poco y perdió el equilibrio, pero no resbaló, porque unos brazos níveos lo rodearon con brusquedad y lo jalaron hacia la azotea.

"¡Sabía que estabas loco!", chilló Mayumi Ishida, "¡pero no tenía idea de que fueras un maldito loco con ideas suicidas!".

Taik había caído encima de la hija mayor de Matt. El chico se levantó un poco, miró absorto el rostro de su mejor amiga.

"Ni demente saltaría de este edificio sin hacerlo", murmuró.

"¿Sin hacer qué cosa, idiota?", retó May, tratando de hacerlo a un lado.

"Sin hacer esto", comentó él, tembloroso.

Se agachó hasta tocar con suavidad los labios de la chica. Ésta no reclamó, sino que le siguió el juego, lo que provocó que Taiki, al separarse, volviera a estrecharla en un beso más apasionado.

La imperiosa necesidad de meterle la lengua se apoderó de él, pero entonces May lo cacheteó, alzó su rodilla y le sacó el aire.

Luego lo hizo aun lado y se levantó, restregándose la boca.

"No seas imbécil, Yagami", renegó.

"Vamos, no te hagas la difícil", restregó él, "te habría gustado".

"En sueños tal vez, pero ahorita no".

Ella se levantó y pateó con simpatía a Yagami.

Éste suspiró, estiró los brazos y se quedó en el suelo.

May lo miró con preocupación.

"May, tienes toda la razón, soy un loco imbécil que hace todo mal".

La rubia se sentó a su lado y le revolvió el cabello.

"Cuéntame".

"No, es que terminaría llorando otra vez", se excusó el muchacho. Mayumi acercó sus dedos y tocó los párpados de Taiki, que estaban húmedos.

Era verdad. Su mejor amigo, el rebelde e insano de su camarada de la infancia, había llorado después de mucho tiempo.

"No seas idiota, cuéntame. Si te pones a llorar quizá te deje meter la lengua en alguna ocasión", tentó con frivolidad.

"¿En dónde podré meter la lengua?", jugueteó Taik.

Mayumi puso los ojos en blanco, notando la malicia del moreno. Definitivamente la relación que tenía ese par ya no era para nada inocente.

"Ahora en ninguna parte, pervertido", expresó, fingiendo estar ofendida.

De otro impulso, Taiki se lanzó a los brazos de Mayumi y la abrazó con una fuerza brutal.

En ocasiones, cuando estaban solos, se ponían a juguetear con besos. Nunca llegaban a mucho.

May creía que para Taik los agasajos eran un modo de pasar el tiempo. El chico, por su parte, tampoco pensaba en que su amiga aceptaría algo más.

Sin embargo, esta vez el abrazo era tan intenso que los dos quedaron absortos en él.

Ishida pudo sentir el sufrimiento de Yagami. Éste, por su parte, sabía que esa niña era su único consuelo en todo el mundo.

"Estoy muy asustado, Mayumi", susurró, "¿Sabes?, tengo un hermano más...".

"Lo sé", respondió la rubia, todavía acariciándole el cabello.

"¿Cómo lo sabes?".

"Bueno... de alguna manera alguien me reveló el secreto", mencionó la adolescente.

Taiki también tuvo fuerzas para subir los brazos y sobar el pelo amarillo y corto de su amiga.

"Pero eso no es todo... creo que todo este tiempo viví tratando de crear un odio hacia la mujer que es mi madre, y quizás no he analizado bien las cosas... hay demasiadas cosas que contarte".

"Empieza de una buena vez", amenazó con dulzura Mayumi, quien siempre vestía de negro o de algún color oscuro.

"Sí, supongo", suspiró el muchacho, "lo primero que debes saber es que... creo que hay que cambiar mi acta de nacimiento... verás, creo que yo nací en el Digimundo".

La historia y los abrazos se prolongaron muchos minutos más.

O

Continuará...

O

Esta historia continúa en el capi 7.2, el cual publicaré en los próximos días (a Dios gracias ya tengo la mayoría escrito).

¡Muchas gracias por leer!

¿Les ha gustado?

Apuesto a que no se lo esperaban!... apuesto a que yo no me lo esperaba tampoco, pero yo soy una persona que deja que las teclas guíen a sus dedos cuando redacta y a veces salen las cosas así.

Al final de cuentas, los Reyes Demonios Digimon serán los enemigos (si quieren ver lo horribles que son, basta con que tecleen en un buscador "Reyes demonios digimon", para que los conozcan). Éstos, después de espiar a los elegidos, decidieron apoderarse del descendiente ilegítimo de Taichi para hacerlo un emblema atrofiado.

¿Qué pasará con Soji?

¿Cuándo se encontrarán los trillizos?

¿Qué pasará entre Akane y Taichi?

¿Y Seiyuro? ¿Y el bebé de Toshi y Yuri?

¿Le confesará Zetaro a Osen que la engaña con el internet? ¿Kyosuke logrará llamar la atención de Kurumi? ¿Se habrá afectado Tulo por la oscuridad después de que lo hirió Lucemon Falldown Mode?

¿Por qué los reyes demonios no habían intentado apoderarse antes de Soji?

¿Estará vivo Shin Kido?

¡Dios!, podría hacer decenas de preguntas.

Saludos y abrazos para todos.

Por favor, si les es posible, déjenme su comentario.

O

Atte. CieloCriss

O

P.D. lamento si se fue por ahí un error de "dedo", no tengo tiempo de releer -.-