Febrero del 2012.- ¿Pueden creer que actualicé dos veces en tan sólo una semana?... pues créanlo, los milagros existen.
Muchas gracias por sus pasados comentarios, los cuales me dieron mucho ánimo de continuar con ese escrito. Apócrifo es un fic importante para mí, por eso me alegra que lo sigan y me den su opinión, la cual atesoro a como no tienen idea.
Les doy un resumen: en el capi pasado pudimos ver que más personas se están enterando del embarazo de Yuri. Tai, Soji y los Izumi van en avión rumbo a Japón, para el encuentro de los trillizos. Yama descubrió que su hija está enamorada; Miyako tuvo una pelea con Cody porque éste no quiere ir al refugio de los Elegidos y finalmente algunos protagonistas van a moverse un poco: Toshi quiere hablar con su hermano Sei sobre su bebé; Taik quiere ver a su madre para avisarle de la llegada de Soji, Yuri quiere enfrentar a su padre, Zet quiere superar a la voz que escucha y contar la verdad sobre su doble identidad.
En este capi hay mucha acción y es algo oscuro, espero les guste.
O
A p Ó c r I f O
Por CieloCriss
8.2
Cuando su madre entró al carro y tomó el volante, Zetaro de inmediato supo que se iba a echar a llorar.
En efecto, Miyako Inoue no encendió el motor de la autonave, sólo se recargó en el volante y le estallaron los ojos.
"¿Pero qué le pasa al señor Hida? ¿Es que está poseído por las tinieblas del Digimundo o algo así?", renegó Kurumi, dándole palmadas suaves a su madre en la espalda.
Zetaro las observó en silencio, sin subirse al auto. Tenía la respiración acelerada, no sabía precisar si estaba molesto o le dolía el pecho.
"No juegues con eso, hermana", regañó levemente Zet a Kurumi, "una posesión no es cosa de juego".
La consanguínea se mordió la lengua, como si recordara. Zetaro lo supo. Supo que su hermana estaba recordándolo a él cuando estaba poseído.
'¿Cuando ESTABAS?, pero, chiquillo de la Maldad, ¿no crees que lo sigues todavía?', le dijo la voz, pero Zetaro trató de no hacer caso, el grito de berrinche que lanzó su madre le ayudó a despejarse.
"¡Cody es un tonto!", gritó Ichijouji.
"Mamá...", Zetaro habló, "no debes ponerte así, después de todo ha sido la decisión de Hida-san".
"¡Es que está mal!", gruñó Miyako, "Iori está mal y yo soy como su hermana mayor".
Los dos hijos suspiraron. A Zetaro le enternecía el cariño de su madre hacia el señor Hida, querer a alguien como si fuera su hermano aunque no hubiera de por medio lazos de sangre era algo digno de admirarse.
'Tú ni siquiera quieres a tu sangre', le decía su mente, 'A veces, cuando todavía vivías en tu casa, ¿acaso no te daban ganas de ahogar a tu hermanito en la bañera?, y a esa chica que tienes frente a ti, ¿no tenías ganas de hacerle callar para siempre?'.
"Cállate...", soltó Zet, a quien recorrió un escalofrío.
Kurumi y Miyako voltearon hacia el mediano.
"¿Acabas de callar a nuestra madre?", preguntó con indignación la chica de 18 años, mientras Yolei pestañeaba incrédula.
Zetaro no respondió, se apretó la cabeza, la aplastó lo más que pudo.
'Lo siento, Maldad, pero no dejarás oírme', le retumbaban los oídos, y cuando no oía la voz, un silencio que sonaba a concha de caracol parecía carcomerle el tímpano, 'ahora que ha llegado el tiempo, ahora que se complementará el emblema Apócrifo, ha llegado la hora de que la Bondad sucumba ante la Maldad que corre por tu sangre Ichijouji'.
"No... noo...".
"Mi Zetty, ¿qué tienes?", Miyako dejó el volante, se bajó de la autonave de un brinco.
Zetaro negó.
"No tengo nada, sólo aléjate", mandó el chico.
Estaban justo fuera de la cochera de los Hida, donde habían aparcado la autonave. Zet se había encogido levemente, los ojos comenzaron a vérsele brillantes.
Kurumi quedó quieta, tras los cristales de sus lentes, sus ojos de color miel temblaban.
El pasado le vino de pronto. La carita de su hermano llena de oscuridad y sufrimiento que vivía en sus remembranzas hizo que una bocanada de vómito se le viniera de pronto, y sin poder evitarlo, se puso a regurgitar en el jardín olvidado y seco de Iori.
"¡Kurumi!", gritó entonces Miyako, yendo hacia donde su hija acababa de vomitar.
'¿Has visto eso?, a tu hermana le das asco... ella sabe la podredumbre que habita en ti, a ella le repugnas, quizás por eso tú también le odias... ella, un alma simple y pura es mucho más fuerte que tú, un ser complicado y pecador... lo sabías desde el principio, Ichijoiji, que el káiser iba a volver, que la Maldad iba a reinar ante la Bondad, lo has sabido siempre... ¿notas cómo se inclina la escoria de tu madre ante tu hermana? ¿por qué no aprovechas que te dan la espalda para clavarles una daga... busca en ti, y siempre encontrarás la guerra".
Pero Zetaro no se movió de lugar, sólo dejó de presionar su cráneo, dejó caer los brazos a sus costados y un brillo metálico lo hizo asomarse hacia el bolsillo de su pantalón.
Ahí, entre el grafito para dibujar que siempre llevaba consigo, había una afilada navaja de forro púrpura.
"No... ¿Cómo ha llegado eso ahí?", gimió. Dio gracias que su madre estaba ocupada con su hermana y no había podido escuchar su débil gemido.
'Tú lo has puesto ahí, porque ha llegado el momento en el que tú y yo seamos uno mismo como en los viejos tiempos', decretó la voz.
"¡Sobre mi cadáver!", gritó entonces con locura Zetaro, estallando en llanto.
Kurumi y Miyako alzaron el rostro llenas de terror por el berrido que había lanzado el chico.
Con un pañuelo la chica cabellos azules se limpió el resto vómito.
"Zet, ¿es acaso la oscuridad?", preguntó a su hermano.
"¡Nunca lo permitiré!", aseguró Zetaro, respondiéndose a sí mismo y no a su consanguínea.
Y una risa lo invadió por dentro. La sintió como un intenso martilleo trozándole el alma.
Sencillamente Zetaro no podía caer en las garras de la Maldad, él no podía permitírselo.
Miyako corrió hacia su hijo y lo abrazó con fuerza.
"No te preocupes, yo te voy a proteger, hijito, no permitiré que te vuelvan a hacer daño, ¿es que estás escuchando algo? ¿Es la voz de la fusión prohibida?", preguntó.
Kurumi Ichijouji activó su brazalete digital.
"¡Llamaré a papá!", avisó.
"Mamá... perdóname por preocuparte", susurró Zet.
Por un momento, el chico de cabello violeta se aferró al cuerpo de su madre.
'Eso es, abrázala, bésala, y cuando esté más dócil, penétrala con la daga', le aconsejaron a sus oídos.
'Jamás, ¡Jamás seré tu esclavo ni haré daño a mi madre!... yo no soy un monstruo', se aseguró en su mente el hijo de Ken y Miyako.
'¿Estás seguro, Ichijouji?, ¿entonces por qué llevas la navaja en tu mano?'.
Los ojos azul celeste de Zetaro crecieron, llenos de pánico. Sus manos pálidas llevaban entre sus dedos la daga con mango púrpura, cuyo metal estaba recargado en la espalda de Miyako Inoue mientras se realizaba el abrazo maternal.
Lo primero que hizo fue lanzar la daga, que fue a caer en el patio trasero de los Hida, cuya casa estaba impregnada de silencio y hermetismo, luego se despegó de su madre con brusquedad.
Estaba hiperventilando del miedo.
Se estaba volviendo loco: en su afán por luchar contra la oscuridad que residía en su interior, hacía cosas sin darse cuenta... aunque su corazón seguía con la determinación de no dejarse vencer, las manos con las que dibujaba los paisajes más hermosos lo estaban traicionando.
Miyako retrocedió un poco.
"Me estoy volviendo loco, mamá", le dijo Zetaro. Afortunadamente ni Kurumi ni Miyako habían visto la daga, tampoco podían oír la voz resonando dentro de Zet.
"No digas eso... estás llorando, pero tus ojos siguen sanos, no tienes los ojos de aquella vez", chilló de repente Kurumi.
"¿Has podido comunicarte con tu padre?", preguntó Miyako, de nuevo, tratando de acercarse a Zetaro, quien por cada paso que daba su mamá, se hacía para atrás.
"No contesta", dijo la muchacha.
"Mi papá...", susurró Zet. La imagen reconfortante de su padre apareció en su mente. "Eso es... tengo que ver a mi papá".
'¿Eso crees que resolverá las cosas, Maldad?, ¿ir con el chisme con tu padre, el mayor fraude de emperador que ha tenido el Digimundo? ¿crees que ir con esa ex semilla oscura te librará de mí?'.
"Te llevaremos con papá", aseguró Miyako, "sólo cálmate un poco, ¿quieres, cariño?".
"Sí, Zet, ya basta", pidió Kurumi, "no me asustes así, te lo prohíbo", y de nuevo el estómago le falló a la chica y el reflujo la invadió, aunque esta vez pudo reprimirse el vómito.
Con su brillante mirada, Zet observó a su hermana, a su madre y a sí mismo. Generalmente, esa parte oculta de él sólo lo molestaba cuando él daba o hacía alguna muestra de afecto, ahora parecía que el acoso que su mente padecía era más constante y tortuoso.
Era la locura. Era la locura o el inicio de algo peor que las guerras de la fusión prohibida y las memorias borradas.
Brevemente miró hacia la autonave de su familia y distinguió las llaves plateadas, que estaban incrustadas en su sitio, justo del lado del volante.
"Lo lamento, no quisiera preocuparlas, pero... me temo que lo haré", de unas cuantos pasos el muchacho franqueó a su madre y cuando su hermana intentó perseguirle, le dio un suave empujón que la hizo tropezar sobre la hierba seca del jardín.
"¡¿En qué estás pensando, Zetty?", reclamó su hermana mayor.
Miyako se dio media vuelta sobre sus pies y vio a su hijo treparse en la camioneta.
"Tengo que ver a mi padre", avisó.
"¡Espera, Zetaro!", rogó su madre.
"Es algo que tengo que hacer solo", afirmó el chico.
El chico encendió el vehículo, apretó el acelerador, tomó el manubrio con la misma fuerza con la que siempre veía que lo hacía su hermana y se condujo por las calles de Odaiba como si al que estuviera paseando fuera a de corazón.
O
Se balanceó con torpeza por las avenidas de la Ciudad.
A Zet le temblaban las manos mientras conducía y hacía los cambios de velocidad.
'Maldad... no vas a llegar a tiempo', le decía la voz. Su voz.
Trató de ignorar la conversación de su mente.
Pulsó el gps del vehículo y lo accionó.
"Localiza a la autonave de Ken Ichijouji", pidió al rastreador mientras viraba por dondequiera que lo llevaban los caminos grises de asfalto.
-Buscando autonave de Ichijouji Ken, placas JPOD4567 - dijo el programa.
Un ruidito semejante al pitido que emana de aparatos médicos comenzó a oírse. Pi. Pi. Pi. Pi.
-Localizado. Estacionamiento de la Embajada Americana. Calle 44. Distrito de Odaiba. Tokyo. Japón. Tiempo de camino: 25 minutos 30 segundos. Tráfico regular-
Una pantalla se proyectó con el mapa a un costado de donde estaba Zetaro. Le echó una ojeada. No era bueno orientándose, pero la ruta que debía seguir se dibujó con una línea amarilla en el amplio mapa citadino.
Se mordió los labios y trató de guardar compostura.
'¿Qué vas a decirle? ¿Que tú eres yo? ¿Que le odias? ¿que le envidias por ser capaz de superar la oscuridad cuando tú no puedes siquiera contra ti mismo?'.
"¡Cállate!", gritó, histérico.
Llevaba años soportando ese silbido de odio dentro de sí. Había sacrificado muchas cosas con su silencio. Se había alejando de quienes más quería, pero ahora sencillamente no podía contra ese destino.
Frenó abruptamente cuando se topó con un semáforo en rojo; fue justo antes de que un puñado de niños de edad escolar cruzara el paso de cebra.
Le miraron feo, él, lo único que hizo, fue llevarse una mano al pecho, donde sintió que sus latidos estaban exaltados.
"Tengo que llamarle... papá, tú me tienes que decir qué hacer", accionó su brazalete y tras picar varios botones la llamada comenzó a buscar el celular de su padre.
-Lo sentimos, el número que usted marcó no está disponible- dijo el contestador automático.
'¿Ves?, tu padre ni siquiera atiende la llamada, Maldad, ¿por qué no te rindes ante tu verdadero ser, que soy yo?'.
"Satoru... Sato está con papá", recordó, y entonces marcó el número de su hermanito.
La llamada comenzó a sonar y entró en el primer tono.
"¡Hola, hermano", se oyó desde el otro lado de la línea. La voz fresca del menor de los Ichijouji hizo que los ojos del mediano se humedecieran más.
"Pásame con papá", imperó.
"Es genial, hermano, papá me ha traído al consulado americano y pude hablar inglés con una secretaria que dijo que era inteligentísimo", se ilusionó la vocecita del otro lado.
"¡Sólo pásame a papá!", exigió el muchacho, perdiendo la paciencia.
"Hermano... ¿por qué me regañas?", preguntó el menor.
"¡Obedece una vez en tu vida, mocoso!", gritó desesperado, asustado de su tono de voz.
"Es que hermano... no te enojes", gimoteó Sato.
La voz, que todo lo sabía, comenzó a carcajearse.
'Ese es el verdadero tú. El que hace sentir mal a niños bocones, el que los detecta como escoria y traiciona a su sangre'.
"Sólo... sólo pásame a papá...", trató de dulcificarse.
"Es que papá está con el embajador... no me dejaron pasar y...".
El ruido de los cláxones hizo que la ansiedad volviera a Zetaro. Volteó desesperado hacia el semáforo y vio que la luz roja ya no estaba, y que en cambio brillaba con fiereza el verde azulado que indicaba el siga para los coches.
Atrás, una fila de autos que iba detrás de él le pitaban desesperados, por lo que Zet aceleró sin fijarse y con mucha fuerza, totalmente confundido.
Su hermano seguía llamándole por el celular en el altavoz.
"¡Fíjate, idiota!", le gritó un automovilista.
"¿Hermano? ¿es una emergencia de las de los digimon? ¿hermano Zet?, ¿colgaste? (...)".
Zet miró de reojo el mapa.
"¡Tengo que dar vuelta!", se dio cuenta y giró el volante con brusquedad, atravesándose al otro carril de autonaves.
Aceleró al notar que los carros venían muy cerca, dio vuelta otra vez, y cuanto menos pensó, un impacto le hizo soltar el volante, la frente se le estrelló contra el cristal y sus ojos azules fueron capaces de percibir un enorme poste de luz antes de que se inflaran las bolsas de aire del vehículo.
Ni tiempo le dio de gritar.
O
Para Soji fue un viaje que nunca debió empezar.
Hubo instantes en los que deseó que el avión en el que viajaba se estrellara en el océano Pacífico. Añoró que el aeroplano se partiera en dos y todo acabara de una buena vez, porque el control de su vida se le estaba escapando de las manos.
El señor Yagami era un hombre que no comprendía. Tenía un porte de líder que le molestaba. Tenía una sonrisa nítida y demasiado sincera.
Vestía como un importante hombre de negocios y el corte de cabello que llevaba era casi igual al suyo.
Era como verse en un espejo del futuro.
"Pero qué diablos, jamás tendré esa sonrisa", soltó el joven de pronto.
"¿Pasa algo, So-chan?", de inmediato intervino el padre, que se había sentado junto a su hijo y no lo dejaba moverse de sitio.
"No quiero estar sentado aquí", comentó con desprecio el trillizo, viendo de reojo a los Izumi.
La señora Mimi estaba dormitando con Tulo en brazos, quien dormía apacible con el pulgar en su boca. Koushiro, el jefe de familia, iba absorto en una computadora y no paraba de teclear en ningún momento.
Era como si ese hombre fuera una extensión de hadware o software o alguna de esas cosas que Soji no tenía interés por comprender.
Ben Tachikawa tarareaba una canción mientras escuchaba su reproductor de música. De reojo, en ocasiones, veía a Osen Izumi, quien iba mirando por la ventanilla.
¿Qué vería la Muñeca?
Afuera de ese avión sólo había oscuridad, una tan intensa que mezclaba el cielo y el mar en esa noche sin nubes ni olas.
"¿No quieres estar sentado conmigo? ¿Preferirías ir solo?", preguntó Taichi, poniéndose serio.
"Sí", respondió con firmeza el joven.
"Quieres ir con mi Osen-chan, ¿no es cierto?", Tai hizo un puchero, pero después sonrió encantado, "Yo quería contarte más de tus hermanos, de tus tíos, tus primos y mis amigos, pero supongo que estás más interesado en ir a consolar a mi sobrinita".
"No le interesa lo que yo prefiera, voy al sanitario, no creo que esté prohibido orinar", se molestó, poniéndose de pie y saltando a su padre, quien se encontraba en el asiento del pasillo.
Tai Yagami lo tomó de la camiseta.
"No presiones".
"¿Que no presione? ¿a quién? ¿Habla de la hija de los Izumi?", indagó.
"No. Me refiero a tu temor. No lo presiones, porque va a salir a flote y yo tengo puros hijos valientes", dijo de nuevo con seriedad, como si detrás de ese hombre lleno de simpatía, se escondiera un héroe.
Soji se sacudió el brazo. Viajaban en una avioneta de lujo que tenía tatuado el logo del departamento de Relaciones Exteriores de Japón. El transporte tenía varias filas de asientos, quizá había cupo para unas 50 personas.
Una sobrecargo rubia y malhumorada daba rondas entre los pasajeros, pero su presunto padre y Benjamín Tachikawa eran los únicos que pedían bebidas y bocadillos.
Caminó hasta los sanitarios y se encerró un rato en el de los varones.
Se esculcó la herida después de usar el escusado y notó con gusto que su sangrado estaba controlado.
Le dolían las articulaciones, eso sí. Y el corazón le bombeaba sangre a toda velocidad, como si la ansiedad estuviera poseyendo todo su ser poco a poco.
Escapar. Huir. Fugarse. Cómo hubiera deseado hacer realidad esas palabras, aún sin la pelirroja a su lado.
La madrugada pasada había conocido el rostro de su hermana Hidemi, de quien ignoraba su existencia, pero Soji no se sentía especialmente entusiasmado.
Estaba consciente de que era una niña preciosa, tremendamente parecía a él, pero sin una gota de masculinidad en su rostro y en su voz.
Se le oía angelical e igual de alegre que Taichi Yagami y, por lo mismo, Soji no tenía interés en reforzar lazos con alguien demasiado feliz.
Por supuesto, su mayor preocupación era su doble.
Sabía que era injusto detestarlo, al llamado Taiki, aunque ningún sentimiento positivo afloraba de su pecho cuando pensaba en ese personaje.
Se echó agua en la cara, simuló que se clavaba un puñal en el vientre y después tomó fuerzas para continuar con su misma sonrisa torcida, amarga y triste de siempre.
De verdad que no quería ir con su presunto padre, ni conocer a sus hermanos mellizos o trillizos o como se dijera.
Lo único que anhelaba era naufragar en una isla, al lado de la desabrida Muñeca, para besarla en esa niñez acabada y juventud naciente.
Pero Soji Miyagi nunca conseguía lo que quería. Era una ley más allá de la física y cualquier ciencia exacta, era una ley del corazón.
Salió del baño y lo primero que notó fue que Yagami había sucumbido al sueño. El sujeto debía estar muy cansado, porque se había dejado caer en los dos asientos , tenía la boca ligeramente abierta y un hilito de saliva le chorreaba por la comisura de los labios.
Encogió los hombros, agradecido. En realidad cargar con su supuesto progenitor era algo muy pesado para él, que no estaba impuesto a convivir con nadie.
Los días que no la pasaba apostando, Soji la vivía durmiendo en el cuarto en turno que rentaba. Casi siempre, cuando se encerraba en su "hogar", era para recuperar fuerzas, inyectarse el factor para la coagulación o para leer algún libro.
No discriminaba ninguna lectura, ni siquiera los folletos del supermercado y las malas revistas que sus vecinas dejaban tiradas en los pasillos.
Vivía en un barrio coreano de L.A. que estaba céntrico, pero siempre se dejaba llevar por nuevos cuartos en condominios de la misma zona.
No tenía buenos recuerdos de Estados Unidos, pero al menos eran mejores remembranzas que sus primeros nueve años en Japón. Detestaba los internados y los noticieros donde veía la cara de Yagami y las reservas de la sociedad japonesa le ponían los pelos de punta.
Suspiró y se sentó al lado de Benjamín, quien a su vez estaba cerca de Osen Izumi, para quien solamente existía la ventanilla y el paisaje que ofrecía el vuelo.
"(...) Trata de ser un poco más fresco", cantaba el joven castaño, con los ojos cerrados, "enfría tu cabeza... Hay una posibilidad de ganar cualquier juego".
Soji se sorprendió un poco. No sólo su padre llevaba en su tono de celular una melodía de su grupo favorito, sino que ese chico Ben-kun cantaba con familiaridad una de las canciones que más le gustaban al moreno.
"Estoy bien conmigo mismo. Incluso me voy caminando al borde del filo".
Al borde del filo. Esa frase lo caló un poco y le causó desconcierto. 'Estoy bien conmigo mismo. Incluso me voy caminando al borde del filo', eso decía la canción de Ishida Yamato-sama, uno de sus más grandes ídolos.
Se veía a leguas que ese hombre no le temía a nada ni a nadie, y aunque tenía que sobrellevar peligros, ¿acaso no estaba bien consigo mismo cuando caminaba justo en la orilla del abismo?, si no aceptaba los retos de la vida, ¿entonces para qué diablos estaba vivo?
"Deja de verme con esa cara de maniático, insecto", regañó Ben, quitándose los audífonos y renegando por tener sobre él los ojos intensos y chocolates de Soji.
"Es que cantas 'Walk in the Edge'... ¿Te gustan los Teenage Wolves?", preguntó el hijo de Tai, ignorando los insultos del hijo mayor de Mimi.
"En parte. Ese grupo no sería nada sin la voz de Yamato y su bajo", comentó con flojera Ben, "Así que no me gusta todo el grupo, sino solamente Yamato".
"¿Le llamas Yamato a Ishida Yamato-sama?, es una falta de respeto. Honestamente tienes buena voz, Ben-kun, pero Ishida-sama es un grande, incluso fue astronauta, ¿lo sabes?", Soji apretó con simpatía los puños y Ben soltó la carcajada, lo que terminó por indignar todavía más al moreno.
"¿Bromeas?, ¡yo sé todo de Yamato!, a mí no me vengas con los cuentos de un fan frustrado", se rió el hijo de Mimi, jugueteando.
"No soy un fan frustrado, soy un admirador de su música", declamó Soji, interesado por la plática.
Por fin el chico Ben-kun no le estaba hablando de los monstruos digitales ni le amenazaba por cortejar a la Muñeca, quien seguía ausente, como si tuviera un autismo temporal.
"Qué locura, tu padre se infartaría si se enterara de quien eres fan", dijo Benjamín.
"¿Por qué lo haría?, mis gustos musicales son míos y no tienen que ver con ese sujeto".
"Ay, clon de Taiki, eres lo máximo", se burló Tachikawa. Intentó ponerse de nuevo los audífonos, pero Soji se los quitó con brusquedad.
"No vuelvas a llamarme clon de Taiki, Ben-kun", ordenó, con ese tono que empleaban los Yagami cuando se enojaban, "Agradezco que me hayas ayudado con la mafia y me hayas rescatado de desangrarme, pero no soporto que no me llames por mi nombre, tú no sabes nada de mí".
"Joder, eres un insecto, ¡si a esas vamos tú no sabes nada de tu padre", se molestó Ben, "Trágate esta información: ¿quién crees que es el mejor amigo de tu padre?, ¡pues Yamato Ishida!, ¿y quién supones que es la mejor amiga de tu hermano, a quien pareces odiar?, ¡pues la hija de Ishida!, así que antes de andar despreciando familiares, lo mejor es que los conozcas, ¿o no?; ah, y anexando a la plática: te prohíbo coquetear con mi hermana de nuevo".
Aunque Soji mostraba un rostro de genuino interés por la confesión de Ben, su boca quedó silente unos segundos.
"Insisto, no me vuelvas a llamar clon de Taiki", pudo reiterar, enfadado.
No tenía idea de qué podían tener en común el vocalista de su grupo favorito y su padre. Aunque de pronto, recordó levemente que había leído sobre un Yamato en el libro que le había obligado a relatar en voz alta el pequeño Tulo Izumi.
Sacudió la cabeza, pensó de inmediato en ir a pedir ese libro. ¿Cómo era que no se había fijado bien en la lectura?... quizá fuera porque a Soji no le gustaba la fantasía, ni ese tipo de historias de niños felices.
"Ben, ya no discutas con Soji-kun", pidió de repente Osen, con su voz queda de siempre.
Se había volteado ligeramente hacia los muchachos con sus enormes ojos negros bien abiertos y su cabello recogido en una media coleta.
A Soji le causó un maremoto oír esa vocecita por primera vez en la noche... definitivamente estaba enamorado.
"No estoy diciendo mentiras, Cerebrito", se defendió Ben, "además, ¿Qué diablos pasa contigo? ¿Por qué no te pones a teclear como demente en la computadora?".
"No sé si lo recuerdas, pero mi brazalete digital se destruyó", se defendió ella.
"Sí, bueno, pero puedes usar el mío, que tiene la misma potencia y capacidad que el tuyo", ofreció Tachikawa.
"Te lo agradezco, pero por el momento no me apeteces usar un computador", susurró, de nuevo perdiéndose en la ventanilla.
"¡Espera, Muñeca!", le exclamó Soji. Osen de nuevo le dirigió una escasa mirada.
Ciertamente algo no estaba bien con esa chica. Si bien él sabía que no era una muchacha simpática, tenía un brillo en el rostro difícil de captar en otras mujeres. Quizá era eso lo que más le gustaba a él: ese guiño único de quien queda inmerso en la curiosidad.
Pero ahora la pelirroja parecía opacada, perdida, con una de sus manos vendadas y un rostro pálido, vacío.
"¿Cómo estás?", fue lo único que pudo cuestionar Soji, nervioso.
"Estaré contenta cuando vea que te encuentres con tus hermanos y cuando conozca a Óleo", confesó, con un tono agresivo que ni la pelirroja misma comprendió.
"¿Tu novio virtual?", preguntó ofendido Soji.
Osen asintió, con indiferencia.
"¿NOVIO VIRTUAL? ¿ES QUE ESTÁS DEMENTE, CEREBRITO?, ¡YO NO TE HE DADO PERMISO DE TENER NOVIO!", exclamó Ben.
Soji y Osen, ajenos a los gritos de Ben, se miraron con intensidad, como si se estuvieran retando.
Unos asientos más enfrente, Koushiro dejó de teclear y palideció, mientras su esposa, quien también había oído a su hijo, puso una sonrisa extendida.
"Ay, ¿oíste mi amor?, nuestra Osen-chan ya tiene novio por Internet", canturreó, mientras Tulo, sin comprender lo que pasaba, se acurrucó más en el cuerpo de su madre.
"Maldición, no puedo concentrarme", confesó Izumi, preocupado porque su damita estaba creciendo y era objeto de deseos de chicos como ese cybernovio y el hijo de Tai. "¿Dónde ha quedado mi niñita cuyo único interés era resolver misterios en las redes?".
"Imagínate cuando Osen-chan se case, ¿crees que me deje elegir su vestido de novia?", siguió diciendo la madrastra de la pelirroja.
"Mimi, no hagas comentarios incómodos", rogó Koushiro.
Sin resultados de su plática con los hermanos Izumi-Tachikawa, Soji regresó hasta donde estaba Yagami, quien ya había despertado del letargo por el grito de Ben.
"Te dije que no presionaras a Osen-chan", regañó.
"No, usted dijo que no presionara mis temores".
"Ésa era una metáfora", se rió Taichi, pero Soji no le encontró gracia al comentario.
"¿Cómo es posible que una persona como usted sea amigo de un hombre tan cool como Ishida Yamato-sama?", preguntó directamente, cruzando los brazos y sentándose, esta vez, en el asiento del pasillo.
Taichi estiró una de sus cejas y se rascó su mata de cabello castaño.
No le hizo gracia ver que en el rostro de su hijo se desprendía una absoluta adoración hacia uno de los co-protagonistas de su historia.
Pero quizás era el destino. Su Hidemi había resultado fan de los diseños de su Sora, y Soji parecía idolatrar a su Yama... estaría perfecto si al menos Taiki le adorara a él.
"Todavía me pregunto eso, So-chan, pero supongo que es que algo que se arregló antes de que naciéramos, cuestiones mágicas o del destino".
Yagami desparpajó el cabello de su hijo.
"Pero ni creas que Yama es tan cool, el secreto de su éxito es su esposa, ¿te enteras?", y de nuevo, sin que Soji lo comprendiera, su padre se echó a reír.
Ya no supo distinguir si era una risa triste o triunfal... había cosas que a su edad no podía discernir.
O
"¡ZETTY!", exclamó de nuevo Miyako Ichijouji.
Su hijo había salido disparado en el auto como si estuviera huyendo de su peor pesadilla, de las tinieblas, de la oscuridad, ¡de algo que ella no podía ver!
"¡Tenemos que ir tras él!", fue Kurumi quien sacó a su madre del estado de crisis en el que estaba.
La agarró de las manos y la arrastró hasta la banqueta, porque anteriormente estaba en medio de la calle.
"¿¡Qué hacemos, hija?, no podemos permitir que le vuelvan a hacer daño", gimió dolida.
"Tenemos que pedir ayuda", sugirió Kurumi y se echó a correr hasta la puerta del hogar de Iori Hida.
"¡No! ¡Cody no querrá ayudarme! ¡ni siquiera quiere ayudarse a sí mismo!", dijo Inoue.
"No digas tonterías, mamá, él es como tu hermanito, ¿no lo acabas de decir?", expresó la muchacha, desparramando golpes en la puerta y timbrando con desesperación.
La puerta se abrió segundos después. La hijastra de Iori, Kaede, miró desconcertada el rostro lloroso de Kurumi y de Miyako con susto.
"Hazte a un lado niña", la hija mayor de Ken entró dando un empujón a la chiquilla, quien abrió sus ojos al doble.
"¿Qué pasó?", preguntó la niñita, pero las dos mujeres que entraron a la casa no le respondieron.
Los gritos de Miyako resonaron por la casa. Llamaban a Cody, pedían ayuda y las palabras se le desordenaban en la boca sin que se diera a entender.
El señor Hida salió presuroso de su despacho.
"Miya-chan...", dijo, dirigiéndose a su mejor amiga. Sus ojos verdes mostraban perplejidad y parecía que su enojo se había diluido al ver las lágrimas de su ex vecina.
"Sé que ahora me odias, pero tienes que ayudarme... mi Zetty... algo malo... lo siento... la oscuridad", dejaba salir la señora, hipeando.
La sola idea de que otra vez tomaran de rehén a su hijo la enloquecía. Todavía, por las noches, tenía pesadillas con el día en que su pequeño había sido controlado por la semilla de la oscuridad y se lo habían llevado al Mar Oscuro, donde había estado a punto de perecer.
"Señor Hida, se trata de mi hermano", explicó Kurumi, de nuevo con el reflujo paseándole por el esófago debido a los nervios, "Se ha puesto muy raro, creemos que los digimons malignos le quieren hacer algo, que lo quieren dañar como en el 2028, se ha puesto como loco y le ha robado el auto a mi mamá".
"¿Qué dices?", fue la respuesta de Cody.
"¡Tenemos que seguirlo o será demasiado tarde!", rogó Miyako, tomando la camisa de Cody entre sus manos.
Noriko había salido de la cocina al oír los gritos, Kaede había corrido al regazo de su madre y se había aferrado a ella.
Yuriko bajó las escaleras de la segunda planta a toda velocidad, tomó las llaves y corrió hacia su padre.
"Hay que ir en la autonave y localizar las placas con el rastreador", propuso.
Cody tomó las llaves, giró la cabeza hacia su mujer.
"Cierra la puerta, no le abras a nadie", ordenó. Noriko asintió y apretó más fuerte a su hija. "Miya, tranquila, lo vamos a salvar".
Kurumi y Yuriko abrieron el portón de la cochera.
Al contrario de los Ichijouji, los Hida tenía un carro de modelo mucho más sencillo, para cuatro personas y de marca Toyato.
Las chicas subieron en la parte de atrás y Miyako se trepó en el asiento de copiloto sin dejar de emitir su ruidoso llanto.
Tiempo después de que el carro se echó a andar, el GPS encontró la autonave Ichijouji a 10 minutos de distancia de donde se hallaban.
"La camioneta está detenida", anunció el abogado algo preocupado, "pero no está aparcada", se fijó en el mapa, "todo indica que se detuvo en el cruce de dos calles".
"Zetty...", susurró Kurumi. Ella lloraba menos que su madre, pero tenía una gastritis que la estaba quemando. Yuriko le tomó la mano a su amiga.
O
Zetaro abrió los ojos. Lo último que recordaba era el impacto del choque.
Sintió húmeda la frente, por lo que se tentó y descubrió que un hilito de sangre le corría por la cara.
En un principio no pudo enfocar nada. No supo distinguir si estaba en un hospital, en la ambulancia o en la autonave.
Se percibió amoratado, sin embargo, guardó la calma. Se sentía terrible, había robado el auto de su mamá y ni siquiera había sido capaz de llegar hasta donde estaba su padre. El choque había sido fuerte, ni siquiera su hermana se había estampado de esa manera a pesar de que era una amenaza al volante.
Aún así trató de incorporarse.
"La voz...", recordó, "... no la escucho".
En efecto, la voz que lo mal-aconsejaba no se oía en su alma.
Estaba en un lugar oscuro, tirado en el pavimento frío. Tuvieron que pasar varios segundos antes de que sus ojos marinos comenzara a delimitar el sitio.
Había niebla a su alrededor, un bote enorme para la basura y paredes llenas de graffiti.
"Es un callejón...", susurró.
"Al fin has despertado, emperador", una voz femenina y frívola interrumpió los murmullos de Zet.
Alarmado, el chico levantó la cabeza y pudo ver la silueta de una mujer.
No podía verla con detalle, pero llevaba puesto un kimono entreabierto de mal gusto, que más bien parecía haber sido elaborado con una cortina violeta. Era de piel clara o al menos eso le pareció. Cabello y ojos negros, aunque la vestimenta extraña de la mujer estaba acompañada de unos accesorios dorados y dos pares de alas de murciélagos que parecían falsas.
El brillo de los ojos de esa fémina le causó ansiedad.
"... eres un digimon", soltó el muchacho de 14 años, tratando de ponerse de pie para escapar de ahí.
"Lilithmon", precisó la dama digital, alzando uno de sus largos brazos para sujetar a Zet antes de que se escapara.
"¡Ah!", dejó salir Zet, al notar que las uñas de la digimon se le atascaban en su piel. Traía las garras pintadas de un púrpura muy oscuro, el tacto con Lilithmon le dolía, era como si ésta estuviera desparramando algo tóxico en él.
"¿Te gusta mi veneno, emperador?", preguntó la majestuosa digimon, estrellando al chico contra la pared del callejón, "A mí no me gusta tu olor, pero la semilla oscura que habita en ti me tienta".
"¿Que-é qué quieres de mí?, ¡Suéltame!", gritó con el rostro lívido.
Ya era tarde. Estaba tan preocupado por la voz que ni siquiera se había puesto a pensar en la posibilidad de que lo atacara un digimon oscuro, como había pasado con algunos de sus amigos.
Era tan tarde para soñar con liberarse de su pesadilla, que lo que hizo fue desviar la mirada.
Lilithmon sonrió.
"Qué humano tan hermoso y resignado", mencionó, acercándose a oler el cabello de Zet, el cual tocó con su otro brazo, que parecía hecho de un metal dorado.
La mano de oro tenías unas garras largas que Ichijouji vio de reojo con desesperación.
"Amor negro", dijo Lilithmon. Un beso negro salió de sus labios y se estrelló en el pecho de Zetaro, quien lanzó un alarido de terror y cayó al suelo después de que la digimon lo soltó.
Un choque eléctrico le recorrió todo el cuerpo. Sintió que se estremecía de pies a cabeza; fue como si sus órganos se hubieran bañado de una sangre negra, dolorosa, llena de sentimientos de desesperanza.
Odio. Tristeza. Enojo. Dolor. Miedo. Orgullo. Envidia... Lujuria... Maldad.
Lilithmon soltó un grito de confianza.
"No te he matado ¿verdad?", tomó el mentón del chaval y se burló de él.
Zetaro llevaba las mejillas sonrosadas y la mirada estaba violentada. Estaba respirando con apremio, como si se fuera a acabar el oxígeno.
"Eso es, sigues vivo", la digimon revisó las manos de Zet. Como de costumbre, los dedos del mediano Ichijouji estaban manchados de tinta china y lápiz. "Y tus manos milagrosas están a salvo".
No pudo decir nada porque las palabras no le salían. En ese momento no podía siquiera pensar con claridad. Veía interesado las curvas de la digimon, los labios pintados con labial morado, los ojos enormes delineados con negro, el escote mostraba unos pechos copa c que parecían sacados de una prevista Play Boy de los humanos.
"Eso es, me miras con lujuria, emperador", se rió, "… siempre me he preguntado qué pasaría si un digimon hiciera a un humano su amante ".
Le ofreció la garra más normal, Zet se puso de pie, su mirada embobada estaba estacionada en Lilithmon y comenzó a estirar su brazo.
"Ven, sígueme".
Zetaro asintió, estiró la mano, pero justo cuando iba a tocar al monstruo digital, una estela de recuerdo apareció por su mente. El rostro tímido y ausente de Osen Izumi frente al computador lo descontroló… fue como si hubiera despertado de un hechizo.
"¡NO!", espetó con fuerza, se apretó el abdomen y comenzó a correr.
"Miserable humano, ni siquiera porque tienes la semilla oscura obedeces", se molestó Lilithmon, "¡Dolor fantasmal!".
Tras lanzar ese ataque, Zet volvió a caer al suelo y se retorció. Le dolía todo, se hizo bola, se estiró, gimió. Lilithmon caminó con lentitud hasta el chico, quien alcanzó a escuchar el ruido del kimono y de los pies, que también tenían garras.
"... tienes un nivel de tolerancia asombroso, Lucemon y Daemon podrían interesarse en ti después de todo, pero tú y yo estamos aquí para otra cosa, emperador", hizo la observación ella.
La digimon se acuclilló al lado de Zetaro y sacó un espejo. El chico apretó los párpados cuando escuchó a Lilithmon recitar un hechizo.
Luego, la digital le obligó a abrir los ojos tras lastimarle y él terminó de perder dominio de sí mismo.
"Eso es, humanito, levántate".
A pesar de que estaba herido por las lesiones del choque y los ataques, el chico se puso de pie. Sus ojos se veían más azules que nunca porque no mostraban pupila alguna.
"Ahora... quiero que me acompañes y pintes para mí", sonrió Lilithmon.
Zetty tomó el brazo del monstruo y la siguió.
O
Satoru Ichijouji estaba muy preocupado por su hermano mayor. Hacía unos minutos, su consanguíneo le había llamado, le había dado órdenes y le había gritado.
Zetaro no era del tipo de chico que daba órdenes y gritaba a sus hermanos menores, por eso el pequeño de siete años estaba confundido.
Había tratado de devolver la llamada pero el celular lo mandaba a buzón, había intentado entrar a la oficina donde su padre estaba reunido con el Embajador Americano en Japón, aunque no le habían dejado entrar.
Estaba indignado. Había puesto su carita más adorable, se había picado los ojos para lagrimar -técnica que había aprendido de su hermana-, pero ni siquiera por eso los guardias que custodiaban el despacho le habían permitido el paso.
A la secretaria sí que la había conmovido. La pobre mujer no había encontrado forma de tranquilizar al nene. Le había traído juguetes, un refresco de cola, una hoja para que dibujara y hasta le había ofrecido que usara el internet.
"Ya, sólo déjeme", había dramatizado el niño después de los intentos fallidos de la mujer por congraciarse con él, "si le pasa algo a mi hermanito, les demandaré".
O
Ken salió de la oficina con su rostro serio de siempre. Iba con un traje sastre gris y una corbata color carbón. Llevaba un maletín, un cinturón escondido dentro del saco con la indumentaria de policía y un sombrero elegante le cubría los cabellos lacios.
"Jefe Ichijouji", la secretaria le llamó. En Japón, sobre todo en Odaiba, llamaban a Ken 'Jefe'.
"El niño...", adivinó Ken, "¿ha hecho algo?, de antemano le pido una disculpa".
"Ha querido entrar y se ha puesto muy triste porque no le han dejado los guardaespaldas del señor embajador", explicó la trabajadora muy afligida.
Ken le dijo que no se preocupara.
"¿Dónde está ahora?", cuestionó.
"¡Oh!, pero si estaba aquí hace un momento", dijo la señorita.
Tras despedirse de la mujer, Ken trotó por el pasillo con el ceño fruncido mientras enviaba un mail a Taichi avisándole que la situación de Soji en Japón estaba arreglada.
Resopló. Su Satoru estaba verdaderamente incontrolable.
No sólo era el triple de osado que sus hermanos, sino que no aprendía a comportarse bien aunque él se esforzaba por darle los castigos más severos.
Se encontró al niño en la puerta del sanitario, justo a la salida, llevaba la cara empapada, pero Ken pudo notar a la perfección que el chiquillo había estado llorando.
Y Satoru de verdad que no lloraba por cualquier cosa.
"Sato", llamó con autoridad.
"¡Es que papá, Zet está en problemas y los tontos de esos señores no me dejaron entrar a decirte!", exclamó apurado el niño.
"¿Qué estás diciendo?".
"Zet llamó y se puso muy raro, incluso me gritó y mi hermano no grita, dijo que quería hablar contigo y pues le dije que estabas en junta, pero luego se escuchó un ruido y colgó", el niño tomó aire como maniaco, "le tuve que hablar a mamá porque mi hermano no contestó de vuelta, pero mamá estaba gritando como loca, ya ves que ella sí que grita, entonces Kurumi le arrebató el móvil y me dijo que Zet se había robado el auto sin permiso porque creía que lo iban a atacar los digimons, pero entonces lo siguieron y encontraron la camioneta chocada en una calle".
El pequeño tomó otra bocanada de aire con desesperación.
"¡¿Qué estás diciendo?", Ken se inclinó y le tomó los hombros al niño. Imaginó a su Zetaro herido, se imaginó a la sangre de su sangre derramada en el pavimento.
Eso no podía estar pasando.
"¡Pero Zet no estaba en el auto! ¡Kurumi dice que la bolsa de aire estaba rota pero no había rastro de mi hermano!", y sin poder retener su valentía más, el chico comenzó a derramar unas lágrimas discretas de sus ojitos.
Ken abrazó a su hijo menor, quien se le aferró al cuello como sanguijuela, como si de pronto su Satoru volviera a tener dos años.
El corazón le latía a toda velocidad a Ken, sin embargo, mantuvo la calma. Sus años de experiencia persiguiendo asesinos y resolviendo crímenes le ayudaban a tomar control de sus emociones y permitirse fijar su atención en resoluciones prácticas.
No dijo nada a Sato ni a su silencioso llanto, tan diferente del de Kurumi y del mismo Zetaro.
Con la mano con la que no sostenía a su vástago accionó su brazalete y comenzó a iniciar los programas de búsqueda que usaba como detective que era.
A los celulares de sus hijos les había instalado un chip especial para buscarlos en caso de que se perdieran. Esa estrategia la había diseñado después de que Satoru había comenzado con el hábito de escaparse de casa con el pretexto de "conocer el mundo".
Con Kurumi también le había resultado muy práctica la herramienta, ya que Ken identificaba los antros en donde su primogénita se iba a bailar por las noches; siempre que detectaba el sitio, enviaba al buen muchacho Motomiya con la misión de regresar a su primogénita sana y salva a casa.
Ahora, por primera vez, utilizó la herramienta para buscar a su hijo del medio.
"Papá, mi hermano no se va a morir, ¿verdad?", preguntó Satoru.
"No", fue la respuesta de Ken, mientras caminaba hacia el estacionamiento de la embajada americana.
Notó que varias personas se le quedaban mirando pero no le dio importancia. Había en realidad muy poco personal, eso en gran medida por la celebración del feriado japonés de la Golden Week.
Para cuando llegó a su patrulla, la búsqueda había finalizado con éxito. El paradero de su primer varón apareció en la pantalla.
El chip que llevaba su hijo se movía, lo que parecía indicar que estaba bien. Por supuesto, cabía la posibilidad de que alguien hubiera robado la pulsera digital de su chico, pero Ichijouji no quiso pensar al respecto.
"Está cerca del Museo Digimon", dijo en voz alta, llamando la atención de Satoru, que moqueaba sus lágrimas y se las secaba con pañuelos desechables.
"Pero está bien ¿verdad?".
Ken no supo qué responderle. Lo que hizo fue voltear hacia el chiquito y entregarle una pelotita de metal.
"Esto es una bomba", le explicó, "es muy probable que tu hermano esté en el poder de los digimon malignos ¿entiendes?... tenemos que ir por él y tienes que acompañarme porque dejarte solo puede ser aún más peligroso".
"Yo te ayudaré a luchar", dijo decidido el chico.
"No. No harás tal cosa. Sin embargo, si hay una situación de riesgo vas a lanzar esta bomba hacia el enemigo, la explosión causará mucho humo y justo en ese momento es cuando aprovecharás para correr todo lo que puedas hasta que des con tu mamá".
"¡Pero es que papá!".
"Pero es que nada. Si yo te doy la orden, la acatarás. No importa si tu hermano y yo seguimos en peligro, tú vas a obedecerme porque eres un niño pequeño y no quiero que te hagan daño".
"Es que papá, yo quiero ser como tú", dijo Satoru.
"Bien. Entonces harás caso, porque cuando tenía tu edad obedecía ciegamente a mis padres y a mi hermano mayor", terminó de decir Ken, justo al tiempo en que arrancaba la patrulla.
O
Lilithmon observó con deleite los movimientos de las manos de Zetaro mientras pintaba. Ese chiquillo era un genio a pesar de ser un humano, el dibujo le había tomado al ex emperador unos cuantos minutos, justos los necesarios antes de que el hechizo de manipulación cesara.
Estuvo tentada en robárselo, pero Daemon seguramente se pondría pesado si ella decidía tener un esclavo humano. Además, por el momento, la prioridad de los Reyes Demonios del Digimundo era crear el emblema Apócrifo.
Habían tenido que esperar mucho tiempo para poder investigar cómo obtener el emblema, ya que en lugar de parir a un heredero, la mujer que habían elegido había tenido tres niños.
Habían realizado el ritual con uno de los chicos y no había resultado.
"Además esas odiosas Bestias Digimon intervinieron", dijo con rencor la única dama digital que tenía un reinado de oscuridad.
Zetaro Ichijouji dejó de pintar. Ahora sus dedos parecían un arco iris de colores. Lilithmon miró con desprecio al chico, que había quedado de pie, con los brazos en los costados y la mirada perdida dirigida a ella.
"Eso es... ahora ven conmigo, quiero matarte", dijo.
No era mentira, sentía unas inmensas ganas de matar a ese muchacho, ¿por qué los hombres no podían desvanecerse temporalmente como los digimons?, las vidas frágiles de los humanos, sin posibilidad de reencarnación, era el elemento más claro de que eran una raza inferior a los monstruos digitales.
Tomó con brusquedad a Zetaro, le mostró el espejo y recitó el hechizo de nuevo.
¡Cuánto quería matar a ese humano!, pero Lilithmon no podía hacerlo. La orden era dejarlo vivo para después arrebatarle lo que quedaba del emblema de la Bondad.
Por supuesto, para lograr el plan de los Reyes Digimon, que era el de hacer la fusión prohibida, había que sacrificar los emblemas y fusionarlos con una cresta apócrifa.
Matando al humano se perdía el emblema, así que lo que había que hacer era esperar el momento oportuno para corromper el alma del elegido, quitarle su cualidad y afectarle con el emblema apócrifo. Era simple, pero esperar tanto tiempo la tenía harta.
El museo de los Digimon donde se encontraban le causó repulsión. Había puesto al chico a pintar un mural en la réplica de la vieja mansión de Devimon como le habían pedido.
No había humanos, pero de haber sido necesario, los habría dormido para ejecutar su misión.
Salió del museo con la mano del chico bien oprimida. Al lado de ese enorme edificio había un estadio de fútbol y una larga avenida llena de automóviles.
Justo ahí, en ese momento, lo olió.
"¡Suelta a mi hijo!", dijo la voz de un hombre. Montando a la espalda del mismo, había un chiquillo.
Bondad. Destino. Semilla de la Oscuridad. Elegido.
Lilithmon sonrió al tiempo en que Ken Ichijouji lanzaba un disparo hacia el vientre de la digimon, quien exclamó:
"¡Onda de oscuridad!", de su cuerpo salió una ola oscura que se carcomió las plantas de las jardineras cercanas y achicharró un espectacular de metal.
La bala del arma del humano se consumió por completo. Ichijouji, con el niño montado en él, hizo un salto espectacular hasta el techo de una patrulla de policías para evadir la onda oscura. Luego, el policía saltó hacia la digimon, lanzando una patada.
Lilithmon retrocedió, arrastrando consigo a Zetaro como si se tratara de un muñeco de trapo.
"Ichijouji Ken, el primer emperador de los digimon del que hablan las leyendas", apuntó con sorna, "eres el más grande perdedor que se ha visto jamás".
"¡Mi padre es el mejor detective del mundo!", defendió el niño que venía con el hombre.
Lilithmon bufó con desagrado.
"El Destino parece tener una boca muy grande", aseguró.
"Libérale", exigió Ken.
"¿O si no qué?, Ichijouji Ken, ¿crees que puedes ganarle a la Demon Lady del Digimundo", cuestionó.
Ken gruñó.
"Ni siquiera tienes un digimon que ofrecerme, ni siquiera reside dentro de ti un emblema que puedas sacrificar, porque lo que una vez fue tuyo ahora es de este pequeño títere", explicó.
Ken sacó otra pistola, con las dos volvió a disparar a velocidad constante, provocando que Lilithmon retrocediera y echara ondas oscuras.
"Pero me interesa el Destino, es un emblema poco común, ¿intercambiamos niños?", propuso la digital.
Satoru abrió los ojos al doble.
"Vete a la mierda", farfulló Ken, y su hijito quedó asombrado de que su padre hubiera dicho una mala palabra.
Lilithmon se carcajeó.
"Amor negro", atacó a Ken, quien vio salir un beso de los labios de la digital y esquivó el ataque con apuro.
"¿Rechazas el beso?, pero si a tu hijito le ha gustado tanto que ha venido por gusto propio a mi regazo... he pensando en hacerlo mi pareja", amenazó.
Satoru lanzó un grito despavorido. Su padre apenas acababa de explicarle que las parejas eran las que tenían sexo porque se querían. La sola idea de que a su hermanito le obligaran a ser pareja de una digimon mala le sacó de sus casillas.
Se soltó de la espalda de su padre.
"¡Tú no eres una humana y no le puedes hacer eso a mi hermano!", gritó.
Ichijouji se incorporó desesperado, pero su hijo fue más veloz y sacó del bolsillo la bomba que le había dado.
"¡Satoru, basta!", ordenó.
"Te detendré, te sabotearé e irás a la prisión, vieja fea", amenazó el niño, alzando el bracito.
Lilithmon comenzó a acercarse al elegido del Destino.
Emblemas como los Milagros y el Destino aparecían pocas veces entre los elegidos. La sola idea de llevarse a ese chico aunque no fuera una orden le tentó tanto o más como la enfermiza idea lujuriosa de aparearse con el humano de la Bondad.
"Ven, ven acá, niñito bonito e impertinente", tentó Lilithmon. Sacó el espejo mágico y oscuro de su vestido, a Ken entonces se le iluminó el rostro.
"Hazlo ahora, Satoru, al cristal", ordenó.
Sato miró brevemente a su padre y con lanzó la pelota con la mayor fuerza que pudo. La bomba se estrelló en el brillo del espejo, provocando que Lilithmon chillara de la ira cuando se desfragmentaron los cristales de su imagen.
Era como si el espejo fuera una extensión de su cuerpo, porque los Ichijouji la escucharon llorar.
Ken entonces observó que arriba de la digimon había una viga endeble, pues estaban afuera de la estructura del Museo que dirigía su mujer, el cual estaba en construcción.
Disparó como loco hacia la viga, que tronó y comenzó a caer.
"¡ZETARO, VUELVE EN TI!", mandó el padre, lanzándose a correr hacia donde estaban la digimon y su hijo mediano.
El humo no lo dejaba ver, pero alcanzó a tomar a su chico antes de que la viga cayera encima de Lilithmon, que estaba demasiado ocupada chillando por su espejo.
"¡Lo pagarás caro! ¡Lo pagarán caro!", la demonio pulverizó la viga justo después de recibir el golpe y se desvaneció del escenario humano, como si nunca hubiera existido.
Ken jadeó entonces, pero no dejó de arrastrar a su hijo tras él. Lo tomó en brazos cuando vio que Zetaro estaba más dormido que despierto y ordenó a Satoru salir de la zona de niebla.
O
Yamato aparcó en la cochera de los Kido. Frente a su camioneta estaba el auto de Joe perfectamente estacionado. Imaginó que su amigo, que había pasado 48 horas sin dormir, estaba descansando un poco después del traslado de Seiyuro la madrugada pasada.
En realidad, sacar a un paciente sin permiso de un hospital había sido una total desaventura. Seiyuro no había ayudado mucho, porque aunque se recuperaba milagrosamente de su herida, había tenido fiebre toda la noche.
"Es como si estuviera sacando toda la oscuridad de esa forma", había sido la explicación de Kido, cuando finalmente habían llegado a la casa.
Habían puesto a Sei en el cuarto de Doguen, para descontento del muchacho, quien se había puesto a renegar por la decisión de sus padres.
"¡Tienen un hospital en el patio!", había gritado.
"Solecito, no seas así con tu amigo, que está enfermito", había regañado Jun.
"No podemos dejarle lejos de donde esté yo, no sabemos lo que pueda pasarle y yo necesito dormir un poco", había agregado Joe.
Con los cachetes indignados por ceder su habitación, Doguen había aceptado, e incluso, había puesto a dormir al digimon Calumon en el regazo de Sei, quien de inmediato había abrazado al pequeño digimon como si fuera un muñeco de felpa.
"Eres un gran chico, Doguen-kun, a pesar de que mi Seiyuro te ha hecho pasar malos ratos le das tu habitación y le mimas", le había agradecido Tk al hijo de Joe, quien de inmediato se había sonrojado como crío de seis años.
"No diga eso, no soy un gran chico", esa había sido la respuesta de Doguen.
Yamato hizo que los chicos con los que viajaba se bajaran de la autonave. Sin embargo, el rebelde hijo de Taichi no lo hizo, se quedó trepado en la parte trasera de la camioneta, como esperando.
"Será mejor que te bajes", pidió Matt.
"No… quiero ir a ver a mi madre", se entercó Taik.
"Iremos en cuanto saludemos a Seiyuro", avisó el adulto, pero Taiki encogió los hombros.
"A Sei no le importa que yo lo visite, tiene mucho que platicar con mi primo Toshi de cualquier manera. Quiero ir a ver a Akane ya, si usted no me lleva iré yo solo, no quiero que mi hermana vaya conmigo, no quiero que ella tenga que preocuparse por el traslado de mi madre, mi hermana necesita prepararse para la llegada de mi hermano y como soy el mayor, quiero ir con Akane ya".
"¿Qué clase de lógica estás usando, Taiki?", regañó Yamato. Se molestó al notar que la manera en la que hablaba ese muchacho era igual a la de su mejor amigo. "No sólo te atreves a besar a mi hija, sino que además te atreves a ordenarme qué hacer… sin duda eres digno hijo de tu padre, y créeme, no te estoy piropeando".
"Iré por mi cuenta", renegó Taiki, bajándose de la autonave y comenzando a caminar en dirección opuesta de casa de los Kido.
Yamato se golpeó la frente, caminó unos pasos y jaló al adolescente de la camiseta negra con la que se había vestido.
"¿¡Pero qué diablos piensas, Taiki! ¿Que puedes hacer tu voluntad a tus 15 años?", reprendió, "No vas a ir a ningún lugar solo y te vas a esperar a que se me pegue la gana llevarte al hospital, ¿es que no entiendes que debes obedecer?".
Taik miró con rencor a Yamato. Por un instante, el ex astronauta pensó que el mocoso iba a jalonearse y a soltar su agarre, pero para su sorpresa el chico no hizo tal cosa.
Sólo quedó silente, como si quisiera calmarse.
"Por favor, señor Ishida, lléveme con mi madre", pidió.
Ahora la mirada que le lanzó a Matt fue de súplica.
"Necesito verla, usted no entiende porque nunca odió a su madre, pero yo detesté a Akane por años enteros, necesito verla de nuevo, necesito pedirle perdón de nuevo y hacer algo por ella, quiero trasladarla hasta el refugio, decirle que mi papá trae a Soji, que lo verá pronto, que estaremos unidos por primera vez los cinco… usted… usted es hijo de padres divorciados, así que me comprende un poco, ¿no?".
Ishida aflojó el agarre de la camiseta de Taiki. Sintió un poco de compasión por el chico, que a intervalos se inflaba y actuaba como un león enamorado –de su hija, por desgracia-, luego se volvía un lobo solitario y rabioso, y después, justo como ahorita, se transformaba en un corderito conmovedor y débil.
"Tenías que ser hijo de Tai, por eso eres tan problemático", renegó Yama, "Bien, te llevaré, sube al auto".
Taiki sonrió. Esta vez parecía un cachorro agradecido y simpático. Se trepó al auto, Matt envió un mensaje a Takeru, diciéndole que iba al hospital a resolver lo de la madre de los trillizos y luego subió a su asiento de conductor.
"Se estaban tardando mucho", la voz de Mayumi penetró en los oídos de Yamato Ishida.
"Hija, ¿Qué haces aquí?, te he mandando a que vayas con tu primo Seiyuro".
"No me apetece estar en casa de los Kido. Toshiro tiene que confesarle a Sei lo del bebé y tardarán años en eso, y yo no estoy de humor para soportar que la señora Jun comience a decir cosas raras", silbó la rubia con despreocupación, "Además, quiero conocer a la madre de Taiki y Hidemi, qué ¿no puedo?".
Yamato Ishida gruñó. Su princesa darketa era mucho más indomable que el salvaje de Taiki Yagami.
O
"Mamá, el súper es cosa de niñas", se quejó Kotaro Ishida, mientras veía con hastío las estanterías llenas de comida del supermercado.
Hacía 15 minutos que habían llegado y ya estaba más que fastidiado.
En realidad a él le gustaba ir al súper, pero con su padre. Con su mamá le aburría, porque nunca le dejaba ir a la sección de deportes ni a la juguetería.
"A tu padre le encanta el súper, Kotty, ¿eso quiere decir que a él le gusta hacer cosas de niñas?", preguntó Sora de manera juguetona a su pequeño, mientras le hacía un mimo en la nariz y le besaba la cabellera de color zanahoria.
"Mamá, no me digas Kotty, ¡no enfrente de Min!", rogó Kotaro, "imagina que luego ni siquiera mi primita me respete… aparte, a papá no le gusta el súper, le gusta hacer compras conmigo, son compras de hombres ¿te enteras?".
"Sí, cielo, claro", siguió la corriente Sora, mientras echaba latas y más latas al carrito de metal que el mismo Kotty empujaba.
Al lado de su primo, Minagawa Takaishi permanecía muy callada.
Con su manita tenía apresada la ropa de su primo y no parecía interesada en soltarle. A Kotaro le encantaba su prima y el hecho de que ésta no se quisiera separar de él le hacía sentir poderoso, como un superhéroe.
"¿Qué pasa, Min?", preguntó al notar la carita triste de la pequeña.
"Si hay sueños feos luchamos para que se vuelvan bonitos", fue lo que respondió la niña, pero Kotaro no entendió muy bien lo que pasaba por la mente de la chica.
En realidad, aunque era muchos años mayor que Min, a veces Kotaro se sentía incapaz de entenderla y eso lo ofuscaba un poco.
"Sora, ¿te parecen bien estos conjuntos?", Hikari caminó hasta Sora, llevaba con ella algunos pantalones y camisas en el hombro.
Takenouchi observó las prendas.
"Sí… me parecen buena elección. No conocemos los gustos de Soji-kun, pero según lo que nos dijo Mimi, estos cambios de ropa le gustarán", hizo la observación la ex elegida del Amor.
Kotaro suspiró. Comprar ropa era todavía más aburridísimo que adquirir comida.
Soltó el carrito del súper y se dedicó a bobear toda tienda departamental. Una risa conocida le llamó la atención, por lo que se asomó por un pasillo y delimitó la fortachona figura de Kyosuke Motomiya.
"¡Kyo!, mira mamá, son Kyosuke y sus papás", avisó Kotty, señalando con ímpetu a los Motomiya.
Sora y Hikari sonrieron al ver a Daisuke y a su esposa Makoto.
La señora Motomiya llevaba una larga lista de papel. Daisuke arrastraba dos carritos de súper al igual que su vástago.
"¡Chicas!", sonrió Makoto, una mujer esbelta, morena y bastante guapa, "justo le decía a Dai que era importante que antes de comprar las provisiones para el refugio les llamara, al parecer estamos haciendo las mismas compras".
"Ya, no me regañes Makoto", se indignó Daisuke, "mejor que sobre comida a que falte".
Kotaro escuchó poco de la plática de los adultos, lo que hizo fue correr hacia Kyosuke junto con Minagawa.
"Kyo, muéstrame tus músculos", pidió Kotaro a su amigo.
Min no dijo nada, sólo seguía apretando la tela de la playera del menor Ishida.
"Hola, nenes", saludó Kyo, se agachó para besar a Min y despeinar a Kotaro.
"Pero si yo no soy un nene", se quejó Kotty, "voy en sexto de primaria, tengo casi la misma edad que tenías tú cuando pasó lo de la fusión prohibida, en el 2027…".
"Eso es, olvidaba lo mucho que has crecido, 'Taro", se rió Kyo.
"Ya, vale, te perdono si me muestras tus músculos", pidió el pelirrojo.
A Kotty le fascinaba el cuerpo fuerte y trabajado del mejor amigo de sus primos Seiyuro y Toshiro. Kyo era todavía más alto que Sei, tenía los brazos hinchados por tanto ejercicio y en el abdomen se le dibujaban cuadritos.
Ishida miraba con interés esos músculos porque quería que aparecieran en él cuando se volviera adulto. Seguro que si tenía los brazos así miles de chicas le enviarían cartas de amor como la niña esa que iba a volverse su novia.
Kyosuke se remangó las mangas y mostró sus brazos de joroba de camello. Cuando iba a levantarse la camiseta, su madre le lanzó una manzana a la cabeza.
"¡Auch!".
"Ya te dije, hijo, que no me gusta que andes exhibiéndote en público", reprendió Makoto desde lejos.
"¡Ya te dije que mi cuerpo le pertenece a mi Kurumi-chan, mamá, así que no te preocupes!", gritó el hijo, y como respuesta, Makoto Motomiya le lanzó otra manzana a la cabeza, provocando que su hijo desprendiera otro 'auch' melodramático.
"Siempre es lo mismo con ustedes, qué vergüenza", se quejó Daisuke, y Kotaro rió al ver que su mamá y su tía Hikari sonreían también.
Minagawa, en cambio, no emitió ningún sonido de gozo.
Al contrario, lanzó un grito de angustia, y sin soltar a su primo se le doblaron las piernitas hasta caer en el suelo.
"¡Min!, ¿Qué tienes?", se asustó Kotaro.
En ese momento, las luces de la enorme tienda departamental comenzaron a hacer corto circuito. Las personas que estaban comprando comenzaron a gritar y el lugar comenzó a llenarse de niebla.
"¡Fulgor del Caos!", se escuchó una voz gruesa, mientras unas ráfagas oscuras se adherían a la niebla y el piso se estremecía, como un temblor.
"¡Min, hija!", Hikari se echó a correr hacia su pequeña. Sora hizo lo mismo.
Cerca de donde estaban Kyo y los pequeños, una sobra comenzó a dibujarse.
"Makoto, no te muevas de aquí", mandó Daisuke, yendo hacia donde estaba su hijo.
La figura del demon lord Daemon se dibujó justo enfrente de donde estaban Kotaro, Kyouske y Minagawa.
Kyo Motomiya se puso frente a los niños de inmediato y estiró los brazos. Kotaro trató de levantar a su prima, pero ésta no parecía querer reaccionar, por lo que la acomodó en sus brazos.
"¡Es Daemon!", reconoció de inmediato Daisuke "¡Es el tipo loco que hizo tanto mal en el 2002 y quería secuestrar a Ichijouji!".
Daemon comenzó a reír.
"Es una pena que escoria humana como este ex elegido me recuerde", apuntó con frialdad, comenzando a caminar hacia los niños.
Daemon era un digimon oscuro y encapuchado, con dos enormes cuernos y un par de alas de murciélago gigantescas. Vestía una túnica roja y de su rostro sólo se podía apreciar el brillo maligno de sus ojos, que se asomaban por una ranura de su vestuario.
"¡Atrás, no te acerques!", advirtió Kyo, y esta vez se remangó más la ropa y mostró sus puños a la bestia digital.
"El valor de este chico me da asco", consideró.
"Un paso más y lo lamentarás", siguió diciendo el hijo de Daisuke.
"¡Cállate, humano!", se burló mientras caminaba.
"Espera Kyosuke, ¡no te le acerques!", mandó Daisuke, pero para su disgusto, su hijo de 17 años no le obedeció, en cuanto Daemon dio un paso más, se le echó encima.
El joven lanzó el mejor de sus puñetazos, el cual fue recibido por Daemon con total indiferencia.
"No está mal. Pero no me interesan emblemas tan banales como el valor", le dijo, "¡Puño martillo!".
Las garras de Daemon parecieron crecer, el digimon se deshizo de su manta y reveló su verdadera forma de demonio, que se parecía a un ogremon, pero con rasgos más endemoniados.
"¡Kyo!", chilló Kotaro.
Con sus garras apuñadas, el demon lord atacó el vientre de Kyosuke, a quien le brotó sangre de la quijada y se le destantearon los ojos color vino tinto que tenía.
"¡Deja a mi hijo en paz, bestia!", exigió Daisuke.
Kyo, sin embargo, no perdió el conocimiento, se mantuvo de pie. Vio con fiereza a Daemon.
"Esos ojos… qué humano más fuerte", se burló el demonio de código binario, "mi puño no te mató".
"No hay manera de que un bicho como tú acabe con un Motomiya", dijo Kyo con valentía, lanzó una patada hacia la bestia, la cual le agarró el pie, pero al mismo tiempo, el chico alcanzó a dale otro puñetazo, que hizo que Daemon casi perdiera el equilibrio.
"Aunque seas un humano fuerte, tampoco hay manera que un niño elegido pueda triunfar sin su digimon", volvió a reírse, "¡Puño martillo!".
Otro puñetazo se estampó en el cuerpo de Kyosuke, dejándolo esta vez inconsciente.
"¡Te he dicho que le sueltes!", gritó Daisuke desesperado, al fondo se oían los gemidos desesperados de Makoto.
"Como quieras, ya te he dicho que el Valor no es un emblema que necesitemos ahorita", juzgó Daemon, lanzando el cuerpo de Kyosuke a una estantería, la cual se derribó junto con el muchacho.
Makoto no pudo más y se echó a correr hacia su hijo, Daisuke se mordió los labios.
"¡Niños, aléjense de ahí!", ordenó a Kotaro y Minagawa, "Hikari, Sora, tenemos que romper este campo de niebla y escapar".
"¡Kotty, muévete!", mandó Sora. Llegó hasta donde estaba su hijo y se puso enfrente, dispuesta a protegerlo. Hikari hizo lo mismo.
Daemon sonrió.
"Por favor, no lastimes a nadie más", soltó de repente Minagawa, que estaba abrazada a su primo mayor, "no le hagas nada a mi mamá ni a mi tía Sora ni a mi primito, has venido por mí, ¿verdad?... yo te vi en ese sueño feo".
"¡No, Min!", chilló Hikari. Se recordó a sí misma cuando tenía ocho años y Myotismon buscaba al octavo niño elegido.
Daemon hizo aparecer frente a él el sombrero de Wizardmon. Min se tocó el pecho.
"¡Eso es de Wizardmon!", dijo.
"Eso es, niña, es de ese mago", se rió Daemon, acercándose, "y he venido a que me digas el secreto de este sombrero y a que hagas un milagro para que podamos crear el emblema Apócrifo".
"Ni en tus sueños te llevarás a esta niña", gritó Daisuke.
Tembloroso, porque estaba preocupado por su hijo herido, Daisuke se puso al frente de Sora y Kari.
"¡Fulgor del caos!", gritó el rey demonio, entonces una ráfaga de aire oscura hizo que los cuerpos del señor Motomiya y de la señora Ishida se estrellaran en otra pila de despensa.
"¡Cómo te atreves a hacerle eso a mi mamá!", gritó Kotaro, histérico.
Hikari era la única que no había salido volando por esa ráfaga oscura. De hecho, el cuerpo de la esposa de Takeru estaba brillando con intensidad, tenía los brazos extendidos a manera de protección.
"Kotaro-kun, tienen que huir de aquí", mandó.
"¡Pero tía Kari!", excusó el pelirrojo.
"No, mami, ese señor te lastimará", anexó Min.
"La Luz que expides no es tuya, Yagami Hikari", explicó con sorna Daemon, "esa luz le pertenece a Yagami Toshiro… una luz prestada no es suficiente para proteger a quienes amas… ¡Sed del Mal!".
Tras lanzar su último ataque, el cuerpo de Hikari comenzó a oscurecerse, Minagawa empujó a su primo Kotaro y corrió hacia su mamá.
"¡Nooooooooo!", gritó la niña, desprendiendo un brillo multicolor, que envolvió a su madre y la protegió de la sed maligna del Mar Oscuro, "¡Te he dicho que no hagas daño a mi mamita!, ¡haré lo que quieras! ¡Te diré incluso las cosas que no sé, pero no hagas daño a mi familia!".
"Mina, no…", susurró Kotaro.
"El emblema de los Milagros sin duda es la clave para despertar al Apócrifo, ven entonces conmigo, niña", abrió su enorme garra y la ofreció a la pequeña, pero antes de que ésta lo sujetara, Kotaro se interpuso.
"No. No te vas con ese demonio", el pequeño Ishida jaló a su prima, miró de reojo que todos, a excepción de la señora Makoto, estaban desmayados.
Más allá del escudo de niebla, no se veía a nadie más.
"Primo Kotty, yo te quiero mucho, pero tengo que irme", susurró Min a su primo, el cual la tenía abrazada con fuerza.
Era como si el pelirrojito expidiera una energía muy cálida.
"Jamás dejaré que te lleven", insistió, "apenas que me maten, ¡no te llevarán!".
Daemon lanzó un bufido.
"De todos los emblemas de los niños elegidos, el que más aborrezco es el del Amor", dijo, agarrando con sus garras el cabello rojo de Kotaro y alzando el cuerpo del chico, que se vio obligado a soltar a su prima y a gritar.
"¡Dijiste que si era buena e iba contigo no le harías daño a nadie!", rogó Min.
"¡No te llevarás a mi primita, te juro que antes… que antes!, ¡Ahhhhh!", gimió Kotaro.
"Puño martillo", dijo con frialdad el Rey Demonio, lanzando su ataque al niño de 11 años, que de inmediato soltó sangre y quedó inconsciente.
El cuerpo del pelirrojo cayó a un costado de Min, que corrió desesperada a abrazar a su primo.
"¡Eres muy malo!", le gritó a Daemon, "¡Mi primo es muy bueno y le has hecho mucho daño!, ¡dijiste que si era buena no les harías cosas malas, eso dijiste!".
"Elegida de los Milagros, tú vienes conmigo", ordenó el digimon.
Min besó desesperada la frente de Kotaro. La pequeña aún brillaba.
"No te preocupes, voy a estar bien… yo te doy un beso porque quiero que tú también estés bien".
Con sus seis años convertidos en escalofríos, finalmente la niña tomó con terror el manto del Daemon, que había vuelto a vestirse.
"Muy pronto el emblema Apócrifo nos permitirá hacer la fusión prohibida que tantas veces hemos fallado", recitó Daemon, sujetando a la niña del suetercito beige que vestía.
"Te equivocas", pudo decirle Min, aunque se moría de miedo, "muy pronto este sueño tan feo se hará bonito".
O
Continúa en parte 8.3
O
Apuesto a que no se esperaban que pasarían estas cosas en este capítulo… seguro reflexionan sobre mis locuras y se dicen: ¿por qué pardiez quiso que los Demon Lord raptaran a Min-chan? ¿por qué en el proceso tuvieron qué herir a Kyo y al precioso de Kotty? ¿y qué cosa tuvo que pintar Zetaro por culpa de la manipulación de Lilithmon?
Es un hecho que la parte dark y de acción en este fic dio comienzo. El encuentro trimelo, si todo sale bien, se realizará en el siguiente capítulo.
Gracias por haberme leído, me gustaría mucho saber sus opiniones al respecto.
Saludos de CieloCriss.
